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Un día y todos los días en la provincia de Guadalajara

Celebra hoy, tras muchos años de parón, su Día la Provincia de Guadalajara. Y lo hace en Torija, que es como una puerta de entrada a la misma, aún estando en medio de ella. Y lo hace también con entrega de distinciones, música popular y encuentros personales. Por eso me detengo a considerar algunas páginas que, si breves, pueden ser representativas de esta tierra, de Guadalajara, convertida en provincia.

Porque no siempre existió este ente al que hoy llamamos provincia de Guadalajara. Nace exactamente en 1833, y lo hace de la mano y firma de un ministro del gobierno que surge inmediatamente tras la muerte de Fernando VII, en un primer atisbo de liberalismo en que se quiere modernizar España. Javier de Burgos da forma a una península ibérica que al estilo francés divide en provincias, cada una con su jefe político, su gobierno civil, sus instituciones culturales y guardadoras de las esencias que cada una creará en años sucesivos. Guadalajara es creada acoplando tierras que tradicionalmente habían sido de los Mendoza, aquí y allí de Alcarrias y Serranías, más fragmentos de la diócesis de Cuenca y múltiples retazos de señoríos viejos, de tierras independientes y ajenas. Por eso, amalgamar tanta variedad de esencias supuso durante años una tarea de pensar y cantar, un continuo recordar de historias, de personajes y monumentos. Sacando a luz, ya va para 200 años, un territorio que hoy sí tiene una cohesión constatada, porque el tiempo da valor a las cosas frágiles, las fundamenta y ancla sobre la tierra. En el caso de Guadalajara, la provincia se ha constituido firme y ya antigua, sobre ciudades, gentes altas y bajas, y libros, muchos libros.

Desde hace ya casi cincuenta años he disfrutado en el cometido que en su día se me encomendó de ser Cronista de esta provincia. Y desde entonces vengo pensando en las razones por las que debe ser considerada un todo con personalidad. De ellas destacan fundamentalmente las geográficas, las históricas, las patrimoniales y personales, pero también las folclóricas y aún anecdóticas.

De las razones geográficas, está claro que nuestra provincia de Guadalajara es la más elevada y norteña de las que conformaron (en la división de Burgos) la región de Castilla La Nueva. Al pie de la sierra central, en esa Transierra que era el lugar más remoto de la Extremadura castellana, todo en ella es “cuesta abajo”, son arroyos que luego ríos, fríos que se templan, y camino que se va haciendo cómodo. Es el paso de la Castilla recia y solemne a una tierra en la que lo mudéjar, lo judío, lo reformado y lo poético tiene su asiento. De esa geografía queda clara una cosa: que sus ríos (que fueron siempre los conductos y acompañantes de caminos) comunican la meseta ancha de la Nueva Castilla con la vieja territoriedad de los páramos burgaleses, sorianos y aragoneses. En definitiva, Guadalajara fue durante siglos “un camino”, un lugar por donde todos (moros y cristianos) pasaron.

El Arco de los Perdigones, un monumento perdido que suponía la unión del palacio de los duques del Infantado con la iglesia mudéjar de Santiago. Del acervo patrimonial de Guadalajara, muchas piezas se han perdido, y deben ser recordadas.

De las razones históricas, se queda nuestra provincia con las esencias castellanas, las que fundamentan un devenir de recepciones (romanos, visigodos, árabes) sobre la esencia ibérica que se transformó en castellana, y luego en española. Largo recorrido en el que se fueron afianzando unas formas de vivir y gobernarse que aún se palpan vitales, especialmente en la esencia municipalista del alfoz y el fuero, el respeto a la figura del Rey, el temor a los señores y la confianza alegre en el buen gobierno de los letrados y humanistas. Son muchas páginas en las que pueden leerse el discurrir de un pueblo entre el temor al señorío despiadado y la confianza en personas de buen criterio.

De las razones patrimoniales, afortunadamente nuestra tierra provincial tiene todavía muchísimos testimonios vivos. El palacio de los duques del Infantado, la catedral de Sigüenza, el castillo de Molina de Aragón… son cientos, miles aún, los elementos físicos en los que vemos retratada la historia. Unos a medio derruir, otros firmes y restaurados, en todos ellos encontramos un detalle, un dintel, un escudo, unas ventanas, en las que late severa y en pétrea serenidad la esencia de la provincia. Quizás fue en esa parcela en la que más me entretuve, porque considero que lo físicamente construido es el testimonio más relevante del pasado y sus quehaceres. De ahí que me halla entretenido en revisar, descubrir y describir castillos, monasterios, palacios y plazas mayores (con sus escudos, sus rollos y picotas, sus claustros y sillerías). Fijándome también, como he hecho recientemente, hasta en esas recónditas cuevas donde habitaron los eremitas de siglos viejos. Lástima que hubiera tiempos, momentos de locura social, y pasiones desatadas, en los que esos edificios, esos escudos y esas filigranas del apasionado vivir fueran destruidas sin otra razón que el compulsivo entusiasmo por derrocar lo antiguo, lo pasado, lo que ya no nos nutre.

Un coche Hispano-Suiza que se fabricó en Guadalajara, en aquella época de inicios del siglo XX en que la ciudad surgió como potente motor de la industria automovilística y aeronáutica de España. Su recuerdo es una asignatura pendiente.

De las razones personales la provincia se fundamenta en algunos nombres que son luz de España y Europa, los poetas (el Arcipreste de Hita, el Marqués de Santillana, Gálvez de Montalvo, y aún Ochaita, o Suárez de Puga) los guerreros, los escultores, los estetas y los fundadores. En esa ventana de las gentes notables se muestra también la riqueza de esta tierra, que siempre nos dará (que nos sigue dando a día de hoy) la muestra cierta de su identidad.

Y al fin la razón costumbrista, que nos permite ver señas propias en un conjunto de expresiones que se hacen comunes al más amplio mundo en que asentamos. Guadalajara tiene fiestas que resaltan entre todas las de España, y que vienen a compactar más aún la idea de provincia. Así, por ejemplo, la Caballada de Atienza (hoy mismo Medalla de plata de la provincia, reconociendo ese valor de cohesión y de significados seculares) o las botargas serranas y campiñeras. También las danzas propiciatorias, tan antiguas y aún hermosas (en Valverde, en Utande, en la Hoz de Molina, en Majaelrayo y Galve) que son ya una vigorosa seña de identidad. Y esas leyendas, esos respetos por los montes a los que se supone seres vivos. Y esas romerías tras la Virgen María que se bambolea en unas andas…

Ante la iglesia de Alcocer, un grupo de alcarreños y alcarreñas de pura cepa posan ante el fotógrafo. Como diciendo y recordando sus viejas leyendas repetidas e identifcadoras.

Por todo ello, el Día de la Provincia vuelve, y lo hace con el sentido correcto y medido de dar testimonio de una personalidad certera, de una cohesión histórica y social que debe mantenerse y aún promoverse, ir al crecimiento, dejar clara la palabra de en qué consiste. La Provincia de Guadalajara tiene sus señas de identidad cada vez más claras, mejor dichas y estudiadas, puestas en el álbum solemne de sus realidades. Solo nos queda mantenerlas, y aún acrecentarlas.

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