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En el convento de San Pedro Mártir de Toledo

Hace unos días, y con motivo de haberse constituido en Toledo la Academia de Ciencias Sociales y Humanidades de Castilla La Mancha, de la que he sido uno de los fundadores, he tenido la oportunidad de visitar el templo mayor de San Pedro Mártir, en el que se celebró la ceremonia de constitución académica, con la presencia del presidente don Emiliano García-Page y numerosas autoridades y figuras de la vida académica castellano-manchega.

Aunque para escribir mi libro “Monasterios y Conventos de Castilla La Mancha” (Aache, 2005) visité en su día minuciosamente el edificio que fue casa principal de los dominicos en Toledo, he tenido ahora la fortuna de volver a verlo, constituido como Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Castilla La Mancha, y aprovechado al máximo en su función docente, pero también social, cultural y turística. De Toledo se podrán decir siempre las maravillas que le corresponden, pero de algunos de sus edificios (y este de San Pedro Mártir como antiguo convento dominico es uno de ellos) siempre se podrá aumentar el conocimiento y expresar la admiración progresiva hacia su conjunto y sus partes.

La esencia de esa casa solemne y cuajada de maravillas artísticas ya la expresé en su día en el referido de libro. Esta es la esencia de ese saber: El gran convento de dominicos se fundó en 1230 por iniciativa real: concretamente Fernando III fue quien dio todos los pasos para crear, bajo la advocación de San Pablo, un convento de predicadores situado en la llamada Huerta del Granadal. Crecido y respetado, el convento fue trasladado en 1407 al centro mismo de la ciudad, a las casas de doña Guiomar de Meneses, mujer del adelantado de Cazorla don Alonso Tenorio de Silva, que las había donado para tal fin. Sucesivas y rápidas transformaciones y ampliaciones, le hicieron uno de los espacios religiosos más grandes y ricos de la ciudad del Tajo. Formaba, junto al convento de la Madre de Dios y la iglesia de San Román, una inmensa manzana. La existencia de esta antigua iglesia medieval, que se quedaba como englobada entre los edificios del nuevo monasterio, creó ciertos problemas para ubicar la entrada a la iglesia, que se tuvo que colocar en la calle de San Román. El convento, de enormes dimensiones, se organiza en torno a tres espacios centralizadores, que son otros tantos patios: el más cercano a la entrada se denomina Real; el más pequeño es llamado del Silencio, y el de los Naranjos o de las Procesiones está situado en el lado de la epístola de la iglesia.

El más antiguo es el llamado “claustro del Silencio” que se hizo aprovechando el patio de una antigua casona englobada por el conjunto. Consta de tres plantas, teniendo la baja arcos de medio punto que descansan sobre columnas, con distintos capiteles, escudos y columnas, de estupenda labra. El segundo piso consta de arcos rebajados que se apoyan sobre columnas muy semejantes a las inferiores. Cerrados sus huecos, se ocupan por balcones. Y el piso superior, con pequeñas columnas y capiteles embutidos en el muro, expresivas de agresivas reformas posteriores.  Es claustro con el Real, que es de tamaño mucho mayor y realizado, según las trazas dadas por Covarrubias, por su discípulo Hernán González de Lara. Empezó a labrarse en 1541, y consta también de tres pisos, todos ellos con elementos de piedra: el bajo está compuesto de arcos de medio punto que descansan sobre columnas de una esbeltez sorprendente. Los pisos superiores son arquitrabados y de proporciones más rechonchas. Toda la decoración con que cuenta es la utilizada habitualmente por el arquitecto toledano. Finalmente, el llamado “claustro de los Naranjos”, de las Procesiones sufrió una transformación importante a mediados del siglo XVIII, llegando a nosotros como un espacio de arcos rebajados sobre columnas. En el claustro real de San Pedro se ha rodado varias películas, por la grandiosidad de sus dimensiones. Pero la más conocida es “Tristana” en la que Buñuel dirigió a Catherine Deneuve y que siempre permanecerá en el memorial de las grandes obras del cine español.

La iglesia y sacristía son obras que se encargó de dirigir Nicolás de Vergara el Mozo, a partir de 1587. Primero construyó el espacio correspondiente a la sacristía, y luego, a partir de 1605, se inició el alzado del templo conventual, que dos años después siguió dirigiendo Juan Bautista Monegro. Este edificio muestra los elementos estructurales más clásicos y conocidos de Vergara. Tiene tres naves con coro en alto y presbiterio plano con dos capillas laterales. Las naves se separan por tres arcos mantenidos sobre pilastras dóricas que sostienen el entablamento, encima del cual se levanta una bóveda de cañón. En el crucero sorprende una magnífica bóveda de media naranja sobre pechinas. Una reja de comienzos del siglo XVII separa el presbiterio del crucero. El retablo ofrece un conjunto de pinturas realizadas por el fraile dominico alcarreño Juan Bautista Maino. 

La fachada del templo, colocada en un lugar de difícil visibilidad, por los edificios que la rodean, especialmente la torre mudéjar aparejada, está presidida por una puerta de ingreso que es obra debida a Monegro. Durante siglos, este convento sirvió para distintas funciones, pues tras la exclaustración se destinó a Museo Provincial, cuartel, maternidad, reformatorio, etc.

Ahora he tenido la fortuna de poder admirar con tranquilidad este templo, y especialmente sus detalles memoriales. Porque bajo la grandiosidad del espacio sacro, aparecen cosas como los arcos que (procedentes del que fue convento de agustinos recoletos) cobijaron los mausoleos de los Condes de Mélito, don Diego de Mendoza (segundo e los hijos del Cardenal Mendoza), y doña Ana de la Cerda (abuelos de la Princesa de Éboli). De ellos solo quedan los escudos de armas, que adjunto a este texto.

Doña María de Orozco, “la Malograda”, famosa también por haber sido la abuela del Cardenal Mendoza.

En una capilla lateral se encuentra el precioso enterramiento de doña María de Orozco, “la Malograda”, famosa también por haber sido la abuela del Cardenal Mendoza. En esa misma capillita está enterrado nada menos que Garcilaso de la Vega, y en los brazos del crucero surgen espléndidos los enterramientos de los Condes de Fuensalida, don Pedro López de Ayala y su hijo.

El retablo es fastuoso. Por resumir pero ahondando en la importancia que tiene, decir que fue tallado por Giralte (el mismo que hizo el retablo de la catedral de Sigüenza) y las pinturas, alusivas a etapas de la vida de Cristo, fueron debidas al pincel de fray Juan Bautista Maino, natural de Pastrana. Los originales se conservan hoy en el Prado, pero en San Pedro se ven las reproducciones fidedignas que conceden esplendor al retablo. La capilla mayor se cierra por espléndida reja del siglo XVII, y en el coro alto es superinteresante la sillería tallada en madera que ocupaba el conventus de los dominicos. 

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