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julio, 2022:

Memoria de Alfonso X en Alcocer

mayor guillen de guzman

Para mañana sábado tengo programado, en Alcocer, dar una charla sobre Alfonso X el Sabio, de quien ahora se cumplen los 800 años de su nacimiento, y que por este motivo se ha querido, impulsado el conjunto de actos por su Ayuntamiento y vecinos, rememorar de diversas maneras la presencia de este monarca castellano en tierras de la Alcarria, y la huella que de su paso ha quedado en ellas, que es denso, y curioso.

Aunque fue en Toledo, donde a la sazón paraba la corte, y en sus reales alcázares, donde nació el rey Alfonso, a quien la posteridad le puso el calificativo de Sabio, se ha querido que la Alcarria conmemore esta efemérides porque de diversas maneras aquel monarca tuvo mucho que ver con esta tierra, y en ella han quedado señaladas huellas de su paso, de su vida, de sus decisiones.

Desde 1252 a 1284 gobernó como señor máximo a Castilla don Alfonso. Y aunque la mitad de su reinado, que fue denso y fructífero, la pasó urdiendo alianzas para ser nombrado Emperador del Sacro Imperio, la otra mitad, y algo más, le tuvo ocupado en mil cosas diversas que hicieron a su reino, a Castilla, más sabio y dilatado, bien gobernado y mejorando.
Por Guadalajara pasó numerosas veces. En la ciudad, a la que había concedido feria anual y fueros, estuvo las Navidades de 1271 junto a su hija Berenguela, a la que concedió de por vida el señorío de esta villa. También en 1273, siempre en su alcázar real. Y en Atienza incontables veces, tanto en su castillo, como en los caserones eclesiásticos de la plaza del Trigo. Moró en muchas ocasiones por la Alcarria de Gualda, donde cazaba, y donde firmó un privilegio de creación del Honrado Concejo de la Mesta, en 1267. Por Brihuega estuvo, en 1973, en el castillo de los arzobispos, dando privilegios a sus ciudadanos. Y en Pareja paró, en sus caminares por el reino, para llegarse a Huete un día y allí confirmar el señorío creado en aquellas tierras a favor de su amante doña Mayor Guillén de Guzmán, que comprendía Alcocer, con otros muchos lugares.

La cita va a ser aquí, junto al Guadiela, para conmemorar este octavo centenario y hablar de esa mujer que no llegó a ser su esposa, pero sí la madre de su hija más querida, Beatriz de Castilla, quien junto a Alfonso III llegó a ser reina de Portugal. De las diversas concubinas que tuvo, en su primera juventud, hasta casar con la princesa Violante de Aragón, la más querida fue sin duda Mayor Guillén, de la casa de los Guzmanes. A ella le concedió el gran señorío del infantado de Huete, en el que se incluían, entre otros, los lugares de Alcocer, de Cifuentes, de Palazuelos y de Viana, previamente segregados de sus anteriores comunes o señoríos. En 1255 se crea ese señorío del que Mayor resplandece como gran señora, y en 1260 ella funda el convento de Santa Clara, que tiene desde el principio el apelativo de real, porque es confirmado al mismo tiempo por Alfonso. En ese convento quedó ella a residir, con su hija, señoras del entorno, y apoyos principales. Las primeras monjas fueron compañeras de la Santa de Asís, y crece pronto en riquezas y edificios.

Tras la muerte de doña Mayor, su hija se ocupa de que Juan González, prestigioso escultor burgalés, le labre un sepulcro digno de memorias, y así pone, en el centro de la nave del templo clariso, una gran urna decorada de plañideras y caballeros, y encima de ella la estatua de madera de nogal, luego policromada, en la que Mayor descansa sobre almohadones acompañada de ángeles turiferarios. Triste es la historia de ese sepulcro, que se cobijaba en gran baldaquino, del que algo sabemos por documento de la época en que se describe su estructura. Se trasladó a la villa de Alcocer, donde quedó en la sacristía del templo del nuevo convento, que aún perdura aunque convertido en casas de vecindad, y almacén de trigos. En 1936, la guerra propició que alguien se lo llevara sin dejar dirección de adonde iba. Por eso el Ayuntamiento actual, que rige el periodista Borja Castro, ha tenido el gran acierto de hacer una reproducción con su forma y tamaño similar al original, y dárnoslo a ver, porque así será mejor recordar todo aquello: sepulcro, señora y rey.

En mi charla daré cuenta de esta secuencia cronológica vital de Alfonso X, y muy especialmente de la importancia que las mujeres tuvieron en su vida. Llegó a tener en varias de ellas un total de 18 hijos. Porque en esa época en que las fuerzas antagónicas sobre la Península estaban basadas en dos religiones diferentes, marcando ambas los caminos que seguían las políticas de los diversos reinos peninsulares. Mientras que el Islam permite haber a un varón varias consortes, y al mismo tiempo mantenerlas, en la parte cristiana solo podía, como hoy, tener una. Pero los monarcas, y quienes se lo podían permitir, tenían varias, aunque –eso sí– sucesivas. Al menos oficialmente. Tal le ocurrió al Rey Sabio, y una de ellas (ni la primera fue, ni la última) doña Mayor Guillén de Guzmán, vio al final que esa relación no estaba bien conducida por los estrechos cauces de la sinceridad, y a pesar de lo que digan los documentos oficiales, guardó al rey un resquemor, transformado en odio al final de sus días, que la llevó a mandar tallar, en la iglesia de su villa señoreada de Cifuentes, una alusión que venía a ser el revulsivo crucial de la monarquía en la Edad Media, retratando al rey como “hijo del demonio” y no como “reinante por la gracia de Dios” como era lo habitual decir.

En todo caso, cabrá recordar la fundación, progreso y avances en el mérito y poder del convento de Santa Clara de Alcocer, herencia clarísima de doña Mayor, de don Alfonso, de doña Beatriz y de tantas otras glorias del castellanismo. Del que hoy quedan vulgares paredones ocupados por almacenes y viviendas, que incluyen algunos breves detalles artísticos del tiempo de la opulencia.

En 1260, según se lee en un hermoso pergamino que todavía se conserva en el Archivo Histórico Nacional, mandó escribir doña Mayor: conoscida cosa sea a todos los omes que esta carta vieren como yo donna mayor guyllem a onra de dios de santa maría de sant francisco e a salud de mi alma e en remisión de mis pecados, con mandado e con plaçer de mi Señor don Alfonso por la graçia de dios Rey de castiella e de leon fago monesterio de menoretas de la orden de sant françisco en un lugar cabo de alcoçer que fue aldea e fue nombrada sant Miguel. Y en ese mismo año Alfonso X el Sabioconfirmaba la fundación y los bienes entregados.

La señora concedió a la comunidad muchos bienes de su pecunio: un amplio monte de encinas, una heredad de 20 yugadas cerca del cenobio, 50 aranzadas de viñas en Alcocer, 300 cahíces chicos de pan, los molinos del riachuelo de San Miguel, un olivar en el Espinar, y el pecho del pan de Palazuelos. Todo lo suficiente, en fin, para que desde el primer momento el monasterio de clarisas de San Miguel del Monte pudiera marchar en pie y derecho por el mundo. Una de sus primeras abadesas fue doña Urraca Alfonso (¿hija quizás del Rey Sabio?), y otra doña Mencía Pérez Carrillo.

Un siglo después de su fundación, en 1373, las monjas solicitaron trasladar su casa a lugar más poblado, y en ese mismo año, y con la aprobación del rey Enrique II, se procedió al traslado, asentándose la comunidad en la villa de Alcocer. La construcción en este lugar de una nueva casa, monasterio e iglesia, comenzó enseguida, y la comunidad de clarisas se hizo numerosa, hasta el punto de que a comienzos del siglo XVI había más de cuarenta religiosas en él. Las memorias escritas han dejado constancia de algunos nombres que alcanzaron fama de santidad completa: por ejemplo los de sor María de la Torre, natural de Huete, que era humildísima en extremo, y de sor Catalina de Toledo, natural de Cuenca y que al tiempo de expirar, despidió de su boca una hermosísima y refulgente luz, la qual, rodeando la cama, ilustró toda la estancia con admiración y espiritual consuelo de todas las asistentes. La comunidad de clarisas aguantó en su casa alcarreña desde la remota Edad Media hasta el año 1936, en que los crueles avatares de la Guerra Civil las hicieron huir al monasterio palentino de Calabazanos, de donde ya no regresaron a Alcocer.

Del enterramiento románico de doña Mayor no quedó nada. Pero hoy por iniciativa del Ayuntamiento alcocereño se ha repuesto la estatua de la señora, en generosa idea fraguada en modernas resinas, cosa que mañana veremos, según está previsto.

En el convento de San Pedro Mártir de Toledo

escudo de la cerda en san pedro martir de toledo

Hace unos días, y con motivo de haberse constituido en Toledo la Academia de Ciencias Sociales y Humanidades de Castilla La Mancha, de la que he sido uno de los fundadores, he tenido la oportunidad de visitar el templo mayor de San Pedro Mártir, en el que se celebró la ceremonia de constitución académica, con la presencia del presidente don Emiliano García-Page y numerosas autoridades y figuras de la vida académica castellano-manchega.

Aunque para escribir mi libro “Monasterios y Conventos de Castilla La Mancha” (Aache, 2005) visité en su día minuciosamente el edificio que fue casa principal de los dominicos en Toledo, he tenido ahora la fortuna de volver a verlo, constituido como Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Castilla La Mancha, y aprovechado al máximo en su función docente, pero también social, cultural y turística. De Toledo se podrán decir siempre las maravillas que le corresponden, pero de algunos de sus edificios (y este de San Pedro Mártir como antiguo convento dominico es uno de ellos) siempre se podrá aumentar el conocimiento y expresar la admiración progresiva hacia su conjunto y sus partes.

La esencia de esa casa solemne y cuajada de maravillas artísticas ya la expresé en su día en el referido de libro. Esta es la esencia de ese saber: El gran convento de dominicos se fundó en 1230 por iniciativa real: concretamente Fernando III fue quien dio todos los pasos para crear, bajo la advocación de San Pablo, un convento de predicadores situado en la llamada Huerta del Granadal. Crecido y respetado, el convento fue trasladado en 1407 al centro mismo de la ciudad, a las casas de doña Guiomar de Meneses, mujer del adelantado de Cazorla don Alonso Tenorio de Silva, que las había donado para tal fin. Sucesivas y rápidas transformaciones y ampliaciones, le hicieron uno de los espacios religiosos más grandes y ricos de la ciudad del Tajo. Formaba, junto al convento de la Madre de Dios y la iglesia de San Román, una inmensa manzana. La existencia de esta antigua iglesia medieval, que se quedaba como englobada entre los edificios del nuevo monasterio, creó ciertos problemas para ubicar la entrada a la iglesia, que se tuvo que colocar en la calle de San Román. El convento, de enormes dimensiones, se organiza en torno a tres espacios centralizadores, que son otros tantos patios: el más cercano a la entrada se denomina Real; el más pequeño es llamado del Silencio, y el de los Naranjos o de las Procesiones está situado en el lado de la epístola de la iglesia.

El más antiguo es el llamado “claustro del Silencio” que se hizo aprovechando el patio de una antigua casona englobada por el conjunto. Consta de tres plantas, teniendo la baja arcos de medio punto que descansan sobre columnas, con distintos capiteles, escudos y columnas, de estupenda labra. El segundo piso consta de arcos rebajados que se apoyan sobre columnas muy semejantes a las inferiores. Cerrados sus huecos, se ocupan por balcones. Y el piso superior, con pequeñas columnas y capiteles embutidos en el muro, expresivas de agresivas reformas posteriores.  Es claustro con el Real, que es de tamaño mucho mayor y realizado, según las trazas dadas por Covarrubias, por su discípulo Hernán González de Lara. Empezó a labrarse en 1541, y consta también de tres pisos, todos ellos con elementos de piedra: el bajo está compuesto de arcos de medio punto que descansan sobre columnas de una esbeltez sorprendente. Los pisos superiores son arquitrabados y de proporciones más rechonchas. Toda la decoración con que cuenta es la utilizada habitualmente por el arquitecto toledano. Finalmente, el llamado “claustro de los Naranjos”, de las Procesiones sufrió una transformación importante a mediados del siglo XVIII, llegando a nosotros como un espacio de arcos rebajados sobre columnas. En el claustro real de San Pedro se ha rodado varias películas, por la grandiosidad de sus dimensiones. Pero la más conocida es “Tristana” en la que Buñuel dirigió a Catherine Deneuve y que siempre permanecerá en el memorial de las grandes obras del cine español.

La iglesia y sacristía son obras que se encargó de dirigir Nicolás de Vergara el Mozo, a partir de 1587. Primero construyó el espacio correspondiente a la sacristía, y luego, a partir de 1605, se inició el alzado del templo conventual, que dos años después siguió dirigiendo Juan Bautista Monegro. Este edificio muestra los elementos estructurales más clásicos y conocidos de Vergara. Tiene tres naves con coro en alto y presbiterio plano con dos capillas laterales. Las naves se separan por tres arcos mantenidos sobre pilastras dóricas que sostienen el entablamento, encima del cual se levanta una bóveda de cañón. En el crucero sorprende una magnífica bóveda de media naranja sobre pechinas. Una reja de comienzos del siglo XVII separa el presbiterio del crucero. El retablo ofrece un conjunto de pinturas realizadas por el fraile dominico alcarreño Juan Bautista Maino. 

La fachada del templo, colocada en un lugar de difícil visibilidad, por los edificios que la rodean, especialmente la torre mudéjar aparejada, está presidida por una puerta de ingreso que es obra debida a Monegro. Durante siglos, este convento sirvió para distintas funciones, pues tras la exclaustración se destinó a Museo Provincial, cuartel, maternidad, reformatorio, etc.

Ahora he tenido la fortuna de poder admirar con tranquilidad este templo, y especialmente sus detalles memoriales. Porque bajo la grandiosidad del espacio sacro, aparecen cosas como los arcos que (procedentes del que fue convento de agustinos recoletos) cobijaron los mausoleos de los Condes de Mélito, don Diego de Mendoza (segundo e los hijos del Cardenal Mendoza), y doña Ana de la Cerda (abuelos de la Princesa de Éboli). De ellos solo quedan los escudos de armas, que adjunto a este texto.

Doña María de Orozco, “la Malograda”, famosa también por haber sido la abuela del Cardenal Mendoza.

En una capilla lateral se encuentra el precioso enterramiento de doña María de Orozco, “la Malograda”, famosa también por haber sido la abuela del Cardenal Mendoza. En esa misma capillita está enterrado nada menos que Garcilaso de la Vega, y en los brazos del crucero surgen espléndidos los enterramientos de los Condes de Fuensalida, don Pedro López de Ayala y su hijo.

El retablo es fastuoso. Por resumir pero ahondando en la importancia que tiene, decir que fue tallado por Giralte (el mismo que hizo el retablo de la catedral de Sigüenza) y las pinturas, alusivas a etapas de la vida de Cristo, fueron debidas al pincel de fray Juan Bautista Maino, natural de Pastrana. Los originales se conservan hoy en el Prado, pero en San Pedro se ven las reproducciones fidedignas que conceden esplendor al retablo. La capilla mayor se cierra por espléndida reja del siglo XVII, y en el coro alto es superinteresante la sillería tallada en madera que ocupaba el conventus de los dominicos. 

Lecturas de patrimonio: el castillo de Embid

castillo de embid

No hace mucho tuve la suerte de llegarme a Embid, ese “postrer lugar de Castilla” que fue durante siglos frontera con Aragón, protagonizando batallas y sucesos propios del borde. Allí subí al castillo, y gracias a su alcalde, que llevaba la llave, pude penetrar en su recinto murado, y asombrarme de su grandeza.

De los castillos del Señorío de Molina, uno de los más señalados, por altura, empaque y anales históricos, es el de Embid. Su importancia derivó de varias circunstancias, pero especialmente de la de ser lugar fronterizo, eminencia rocosa sobre el Camino Real de Aragón, y puerta del reino vecino. De ahí que cuando los Lara, señores y monarcas de Molina, desde 1129 (momento de su reconquista a los árabes) hasta 1276 (cuando sube al trono de Castilla Sancho IV, quien previamente había casado con María Alfonso de Molina, señora del territorio) deciden construir su fortalezas, estas tienen desde el primer momento dos rangos. Las fortalezas interiores, de vida y defensa (Molina, Castilnuevo, Zafra, etc.) y las fortalezas exteriores, defensivas del territorio, fronterizas. Una de estas, en el límite nordeste del Señorío, frente al Común de Daroca, es Embid.

Existió como aldea desde los inicios de la repoblación del Señorío, cayendo en los límites del mismo según el Fuero de 1154 dado por don Manrique de Lara. Siempre incluido en el Común de Villa y Tierra molinés, la quinta señora, doña Blanca, en su testamento (finales del siglo xiii) dice dejárselo en propiedad a su caballero Sancho López. Fue realmente en 1331 cuando pasó en señorío a manos particulares, pues en esa fecha el rey Alfonso xi extendió privilegio de donación y mínimo Fuero para este enclave, disponiendo que fuera su señor Diego Ordóñez de Villaquirán, quien estaba facultado para repoblarlo con veinte vecinos, que no debían ser de otros lugares de Molina, ni siquiera castellanos, y facultándole para levantar un castillo. En 1347, los Villaquirán vendieron Embid al caballero Adán García de Vargas, repostero del rey, en 150.000 maravedíes de la moneda de Castilla. Su hija Sancha, en 1379, vendió el lugar a Gutierre Ruiz de Vera, y éste lo perdió por usurpación que de Embid hizo, en algarada guerrera, y como acostumbraba hacer por toda la zona, el conde de Medinaceli.

El fin de la Edad Media, en el que todavía suenan trompetas de guerra entre ambos reinos, más concretamente en 1426, los La Cerda se lo ceden junto con otros pueblos molineses, a don Juan Ruiz de Molina o de los Quemadales, el llamado Caballero viejo de las crónicas del Señorío, jurista y guerrero, en cuya familia quedó para siempre. Por sucesión directa fue transmitiéndose el señorío del lugar, y en 1698 un privilegio del rey Carlos ii hizo marqués de Embid a su noveno señor, don Diego de Molina. Uno de sus más modernos sucesores, don Luis Díaz Millán, fue autor de varios interesantes libros y estudios sobre Molina, y hoy se conserva el magnífico archivo de la casa en poder del heredero del título.

En la “Historia de Molina” que escribió Diego Sánchez Portocarrero en la primera mitad del siglo XVII, Dice así en el Tomo I de su Segunda Parte de la Historia del Señorío de Molina (BN, MSS 1556, folio 45): Embid es de mucho tiempo a esta parte Villa del mismo mayorazgo en que entró en tiempo del señor rey don Juan II habiendo sido de otros dueños. Es pueblo antiguo de que ay mención en el testamento de la Infante doña Blanca. Tiene una fortaleza que solía resistir las entradas de los aragoneses. De sus señores, gobierno y sucesos se habla en sus lugares en esta historia. Su nombre parece español.

No caben muchas descripciones del castillo de Embid, porque su sola presencia ya emociona al viajero. Desde cualquier perspectiva que se le mire, asombra por su belleza. De tal modo que es este uno de los más relevantes elementos patrimoniales de la provincia de Guadalajara Es un típico castillo montano con caserío a los pies. Detenido su proceso de ruina, que le fue acompañando los últimos siglos, gracias a la actuación del Instituto del Patrimonio Español, a instancias del propio ayuntamiento de Embid y de sus instituciones culturales, se procedió en 2006 a restaurarlo de forma equilibrada y ejemplar, tal como hoy lo vemos. Deteniendo, quizás para siempre, su ruina progresiva.

Sin duda el castillo de Embid fue en su origen una sola torre defensiva

Sin duda el castillo de Embid fue en su origen una sola torre defensiva, a la que se accedía mediante escalera de mano por el exterior. Con un par de plantas superpuestas, y terraza superior almenada. Algo parecido, aunque más pequeño, a la primitiva Torre de Aragón en la capital del Señorío. Sería levantada por los primeros señores del territorio, los Lara. Ya más adelante, en el siglo XIII finales, o a lo largo del XIV, sus nuevos señores la fueron reforzando, primeramente levantando una cerca exterior que albergara a la torre inicial en su interior, rodeada de dependencias, que serán de madera, adosadas al muro. Tanto los Villaquirán, como luego el Caballero Viejo en el siglo XV, fueron ensanchando y promoviendo este castillo hasta extremos realmente poderosos. Su planta es pentagonal y en las esquinas se pusieron torres circulares de refuerzo. Se puede ver esa estructura en la imagen o plano que acompaña a estas líneas, tomada en la visita que realicé hace meses. 

El castillo de Embid fue testigo de un considerable número de acontecimientos bélicos y cambios de posesión, y eso es lo que forzó tantos “cambios de planes” y modificaciones de su original estructura, aunque a la vista de lo que hoy contemplamos, está claro que fue un castillo roquero, con torre central, y muralla en torno con cinco torrecillas esquineras, apoyado todo él so bre la pura roca, y manteniendo una sola entrada, orientada a levante, que con arco semicircular se abría protegida de dos torreones. El

El hecho de estuviera muy deteriorado, ha forzado la reconsturcción “ex novo” de diversos maramentos y muros de la torre del homenaje, y otras estructuras, que conforme a las normas actuales de restauración patrimonial, se han dejado evidentemente señaladas con materiales nuevos, de tal modo que el espectador que a él se acerca podrá darse idea de su estructura original, delimitando visualmente con certeza las partes antiguas y las partes renovadas.

Creo, francamente, que al castillo de Embid se le ha hecho el honor que merecía, y ha pasado de ser una triste y olvidada ruina, a un elemento patrimonial señero en el contexto del Señorío de Molina, y de la provincia entera. Ello se lo debemos, no hay duda, fundamentalmente a los vecinos del pueblo, que durante años y años se movieron para propiciar esa recuperación. Desde el Ayuntamiento a la Asociación de Amigos de Embid,  entre todos los han conseguido.

Miralrío, del 36 al 39

Miralrío 1936-1939

En el verano de 1936 se produjo un conflicto armado en España, como todos saben y de manera que a cada uno más le acomoda, porque interpretaciones las ha habido para todos los gustos. De sus causas, de sus justificaciones, y de sus consecuencias para la nación y sus individuos han corrido muchas líneas de texto, ya todas comentadas, alabadas y/o vituperadas

Uno pensaba que ya iba siendo el momento de olvidarse de aquello, porque va para un siglo que empezó, acabando dos años y 8 meses después. Sin embargo, las vivencias de aquellos años, que se han ido transmitiendo por los protagonistas de generación en generación, ha procurado la escritura de muchas memorias, libros y enciclopedias. A nivel nacional unas, a retazos de este o aquel pueblo, provincia o institución otras.

Ahora nos llega un libro grande (en tamaño especialmente, también en contenidos) que relata con muy bien tino lo ocurrido en esos años conflictivos en Miralrío, ese pueblo alcarreño que se asoma, desde la primera meseta, al hondo valle del Henares.

Se trata de un relato largo y concienzudo, detallado e íntimo. Unas memorias al completo de una familia alcarreña a la que tocó vivir una guerra que sin saber cómo se produjo y les envolvió….

Con muchas fotografías, a lo largo de sus 654 páginas, y tras una introducción explicatoria, la autora va exponiendo de forma cronológica las diversas vivencias de las gentes de Miralrío durante los tres años que duró la terrible guerra (civil entre españoles, con invitados de varios países) de 1936 a 1939. El frente bélico estuvo toda esa época cerca de Miralrío, habiendo sido ocupado el pueblo primero por el ejército republicano, y después por el nacional. Los relatos que componen este libro, inspirados en hechos y personajes reales, ponen el foco en personas normales que se vieron inmersas inopinadamente en un conflicto bélico que no comprendieron, pero que transformó y, en algunos casos truncó, sus vidas. 

Las narraciones, diversas en sus escenarios y formatos, tienen como nexo de unión la familia que regentaba la tienda-taberna de Miralrío y que, por tanto, no solo conocía en detalle a todos los aldeanos que eran sus clientes, sino que tuvo que tratar con los soldados y militares que pasaron por allí, de forma que fue testigo de excepción de las vivencias de unos y otros, siempre cerca de la parte más humana de la contienda.

El libro, dividido en 40 capítulos bien estructurados, inicia cada relato con una o varias fotografías de la época, de Miralrío y sus gentes, sumando unos árboles genealógicos necesarios, un epílogo, más la bibliografía imprescindible y una relación de pies de fotos. La obra se puede enmarcar, con nitidez, en el aporte historiográfico que nace de la memoria popular, pero que tiene la fuerza y validez de los documentos.

El libro ofrece, a lo largo de esos cuarenta capítulos, que abordan aspectos muy concretos de la contienda, y especialmente vivencias de sus protagonistas, hijos todos ellos de Miralrío, una visión general de la España de aquellos años. Y especialmente de lugares cercanos a Miralrío (Sigüenza especialmente, Guadalajara capital, también Madrid…) en los que la autora sitúa escenas y evocaciones, muy bien narradas, constituyéndose, una por una, como relatos individuales, aunque todos ellos en el mismo contexto conflictivo. De Sigüenza son especialmente vívidos los capítulos en los que se narran aconteceres de los que se ha dado en llamar “La Batalla de Sigüenza” o el asedio a la ciudad por las tropas franquistas, cuando un millar de personas, entre soldados y población civil quedaron recluidas en el interior de la catedral (septiembre-octubre de 1936). Lo titula “A la espera de refuerzos” y a Miralrío la sigue describiendo como una “Ínsula Montana” en la que los tiros se oyen muy a lo lejos.

Tras la batalla de Brihuega/Guadalajara en marzo de 1937 se produjeron variaciones en el estado de Miralrío. Por ejemplo, el 10 de marzo de ese año, los nacionales entraron en el pueblo, tras breve batalla, y el hecho lo narra una niña pequeña, que no distingue combatientes de un lado ni de otro. En esa primavera, un muchacho escribe una carta a su familia, y les cuenta los aconteceres del frente, Alcarria abajo.

los nacionales entraron en el pueblo, tras breve batalla, y el hecho lo narra una niña pequeña, que no distingue combatientes de un lado ni de otro.

Nuria Martín

También va describiendo el comercio del pueblo, la tienda de comestibles que tenía su abuelo, y la vida normal de una familia pudiente del pueblo, a la llegada de la guerra, y de los ejércitos, con milicianos y requetés, en orden sucesivo. Es terrible el capítulo dedicado a “La retaguardia revolucionaria” fechado en noviembre de 1936, cuando unos milicianos asesinan, y de qué modo, al cura del pueblo. Pero el libro se abre a otros horizontes, como el “Monólogo de trinchera” que interpreta un joven miliciano en una trinchera defensiva en la Ciudad Universitaria de Madrid. Lo valioso de la obra, en suma, es la variedad de aspectos que toman sus capítulos. Dejando la posible relación cronológica de los hechos, van apareciendo relatos sueltos de la contienda, en variedad de temas y tratamientos. Especialmente sorprendente es al acto de una obra teatral que se desarrolla en la iglesia de Miralrío.

Un apunte sobre la autora

Nuria Martín Herrero (Madrid, 1964) es Ingeniera Técnica Agrícola, y ha ejercido su actividad profesional realizando proyectos de paisajismo en empresas privadas y posteriormente como técnica en la Oficina Comarcal Agraria de Hellín, Albacete. Aunque vivió sus primeros años en Madrid, siempre tuvo un contacto habitual y próximo con el pueblo de sus ancestros, Miralrío (Guadalajara), donde desde pequeña pasaba los fines de semana y las vacaciones. De esta cercanía con los suyos nació primero su curiosidad por escuchar las historias narradas por sus abuelos “al calor de la lumbre”, sobre el pueblo, sus costumbres y sus gentes, y posteriormente su interés por conocer los paisajes alcarreños y serranos, que ha recorrido en multitud de ocasiones. Lectora incansable, analista y buscadora de recuerdos ciertos, actualmente reside en Almería junto a su familia, y comparte su tiempo libre entre su afición a la montaña, al mar, a la música y a la literatura. Nadie puede negar que Nuria Martín, según manifiesta en este libro inmenso y apasionante, está en posesión de un estilo literario elegante y preciso, que no cansa, y suma intereses.

Brihuega, entre líneas y plantas

tras los cipreses negros

Comienza el mes de julio, y el nombre de Brihuega se va a ver entremezclado de líneas de texto y matojos de lavanda, porque ahora llega la plenitud del color, del olor y de la naturaleza alineada, y entre sus renglones surge una bella historia romántica que escribe Ángel Taravillo Alonso, sobre Brihuega.

En estos días comienza, y va a durar buena parte del mes, la floración de la lavanda por las tierras altas de la Alcarria. Tanto las que entornan a Brihuega, por Villaviciosa y Malacuera, por Yela y Solanillos, como por otros muchos lugares de nuestra tierra (espectaculares los campos de lavanda también ahora en Mirabueno, en Budia…. ) Pero será Brihuega la que mejor parte se lleve en el despliegue mediático, sobre todo porque lo han sabido hacer muy bien desde su Ayuntamiento, dando relieve al color, y sonido a los olores. Una explosión de sensaciones que se concentran en esta villa de la Alcarria, de la que por muchos motivos se está poniendo a la cabeza, demostrando con creces que lo saben hacer, y muy bien: eso de atraer visitantes, de que se hable de su gastronomía, de sus monumentos, de sus fiestas, de sus ofertas de ocio y entretenimiento. 

Una de esas ofertas, todavía sin fecha, pero que está a punto de revelarse, es la puesta en valor, con oferta de visita para el público, y sorpresa para cuantos hemos estudiado el tema patrimonial de la villa desde hace años, de la iglesia mudéjar de San Simón, una de las varias que en el siglo XIII mandó construir el arzobispo toledano y señor de la villa briocense don Rodrigo Ximénez de Rada. Quizás como aprovechamiento de un edificio anterior dedicado a sinagoga. Quizás –y es lo más probable– como nuevo elemento de culto cristiano, en un momento en que la Fe y el Rito se acentuaban tras los éxitos militares de la monarquía frente a la invasión fundamentalista árabe desde Al-Andalus. De los diversos templos levantados, así como el castillo, en época de este dirigente, la iglesia de San Simón había quedado oculta en el discurrir de los siglos entre viviendas y corrales. Ahora renace, se recupera, y agranda el horizonte de esta villa, que tuvo tanta importancia en el Medievo.

Mucho después, Brihuega pasó a ser protagonista de singular batalla en la que se resolvió una lucha dinástica (y una Guerra Europea disimulada tras ella) en la que venció el partido francés de los Borbones. De resultas del apoyo que los briocenses dieron al nuevo monarca, devino la fundación y construcción de una Real Fábrica de Paños. Esta institución, que tantas vicisitudes ha conocido (tantas que sería demasiado largo tratar aquí de resumirlas siquiera) está ahora de nuevo en el punto de partida de una gran aventura: la de convertirse en un nuevo espacio de la red de “Hospederías de Castilla La Mancha”, un espacio solemne e inaudito para acoger visitantes, viajeros y gustadores de la vieja España.

Y es en esa Fábrica de Paños de Brihuega, que tanta historia densa ha encerrado, donde se desarrolla ahora una novela que va a dar mucho qué hablar entre los lectores y gente que ama Brihuega en sus calles y en sus libros. Es un escritor que está dando muchas pruebas de su buen hacer, concretamente Ángel Taravillo Alonso, quien ha desarrollado su más reciente composición literaria (con casi 400 páginas de relato y emociones) en los campos de batalla de la Guerra de la Independencia, y en los palacios neoclásicos del absolutismo fernandino. Peor surgiendo todo ello de los tapiales musgosos y los caserones blasonados de Brihuega, donde los protagonistas tienen su inicial asiento. Así vemos a los principales protagonistas, que encarnan dos niveles muy distintos de una sociedad pretérita: desde un “Santullán” de la alta nobleza y “director y máximo responsable de la Real Fábrica de Paños de Brihuega”, a un Domingo Ramos que sale del arroyo y llega a lo más alto. Todo ello a través de unas secuencias históricas ­(por supuesto, imaginadas­) que discurren en la Guerra de la Independencia, con sus batallas y bajas pasiones, hasta los momentos del absolutismo fernandino. 

Tierras y ciudades de España se suceden, en aventuras de vértigo, con un fundamento realista que nos pone delante la España de lujos y miserias en que los protagonistas se mueven. No falta la Sevilla capitalina ni el Gibraltar contrabandista. Por supuesto Madrid y Cádiz, Bailén a tiros y las relaciones internacionales de los gobiernos absolutistas. Un bien trabado plantel de personajes y acciones que, en todo caso, dan valor a Brihuega como un lugar de preeminencia en la Historia de España.

Se hace difícil parangonar la historia real de la Fábrica briocense con los que Taravillo nos relata en su “Tras los cripreses negros”. Primero de todo, porque cuando se suceden los hechos del relato, la Fábrica aún no tiene jardines románticos ni sus valladares se escoltan de oscuros cipreses. Pero sí que tiene la solemnidad de su portón primero, en el que lucen talladas las armas reales y debajo la cartela en que va impreso, a puro golpe de escoplo y martillo, el legendario nombre de su director y promotor, don Bentura de Argumosa, superintendente del establecimiento, caballero de la Orden de Santiago, y Caballerizo Mayor del Rey, que por entonces lo era Fernando VI. Junto a estas líneas van, en su homenaje, dibujo de la cartela y retrato de don Teodoro-Ventura.

Creo sinceramente que la lectura de esta novela, que enseña y entretiene, como toda buena “novela histórica” debe hacer, va a ser un nuevo puntal en el que muchos van a apoyarse para hacer más conocida, y renombrada, y en suma visitada, la villa de Brihuega. Taravillo Alonso, aunque nacido en Corral de Almaguer, Toledo (1966) está muy comprometido en los ambientes literarios y teatrales de Guadalajara, desde hace largos años. Con sus estudos de Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid, y su incansable tarea de leer, aprender y soñar, está consiguiendo que la historia y el patrimonio de Guadalajara sea más conocido, fuera de nuestras fronteras, y mejor apreciado dentro de ellas. Solo reseñar que de su actividad, durante 2021, han resultados tres novelas que le han llevado en clamor: las “Andanzas de don Íñigo de Losada y Laínez” con la que ha obtenido un gran éxito de crítica y público, ha sido la primera, que ha visto su segunda edición recientemente. Y con sus “Cuentos y Leyendas de Romancos” seguidos de los “Relatos de lumbre y candil de Valdeconcha”, que ya he comentado por estas páginas no hace mucho, está poniendo la pica en Flandes que cualquier autor pretende al escribir: y es nada más y nada menos que sus paisanos le lean. Y sus escritos queden como testimonio válido, y palpitante, de cuanto por aquí ha acontecido.