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Un alcarreño en América, don Antonio de Mendoza

La esencia de la tierra está fraguada tanto sobre pueblos y edificios, como sobre costumbres y personajes históricos. De todos ellos, destacan los Mendoza como esqueleto crucial de la tierra alcarreña. Y de esa larga lista de nombres, que García de Paz estudió al detalle y suponen más de 500, destaca don Antonio de Mendoza, el mondejano que llegó a ser primer virrey de América.

Más calles, monumentos y evocaciones de don Antonio de Mendoza y Pacheco deberíamos tener en nuestra provincia. Porque el personaje, un típico humanista volcado a la gestión, a la acción y a los fundamentos, dio tanto de sí que está unánimemente considerado como uno de los ejes de la primera acción hispana sobre el suelo americano. Allí le recuerdan, más que como primer virrey, ­–lo cual hace alusión a una etapa a la que los mexicanos de hoy no quieren asomarse– como promotor de la primera imprenta en el continente americano. Era entonces la imprenta una de las armas más poderosas para la conquista de las gentes (de las mentes también, de los espíritus). Hoy ese papel se lo ha arrebatado la televisión, con todas sus consecuencias.

¿Quién fue este don Antonio de Mendoza, a quien hasta la filatelia le ha dedicado algunas piezas a un lado y al otro del Atlántico? Caballero renacentista, había nacido en la villa de Mondéjar, hacia 1496, hijo del primer marqués de Mondéjar, don Iñigo López de Mendoza, y de su segunda mujer, Francisca Pacheco Portocarrero. Casó con Catalina de Vargas, hija del Contador Mayor de los Reyes Católicos, y de ella tuvo tres hijos. Se inició en la actividad política y militar en la Corte de Fernando V, siguiendo al servicio de su nieto el Emperador Carlos I, a quien, como todos los Mendoza, apoyó abiertamente en la Guerra de las Comunidades.

Fue Antonio de Mendoza el primer individuo que recibió el cargo de Virrey de un territorio americano. Obtuvo el nombramiento de Virrey y Capitán General de la Nueva España (México) el 17 de abril de 1535. De su gran obra en el nuevo continente, puede decirse que fue el impulsor de la organización de las tierras inmensas que constituían el territorio novohispano. Durante su gobierno se continuaron las empresas descubridoras de Las Californias iniciadas por Cortés. Creó en 1535, nada más llegar, la Casa de la Moneda en la ciudad de México; en 1536 dictó las ordenanzas de buen tratamiento a los indios, ordenó la minería, se realizaron las primeras obras para acondicionar el puerto de Veracruz, estableció la imprenta en 1539, y comenzó las gestiones para la creación de la Universidad de México.

Cuando siendo gobernador y Virrey de Nueva España, cayó en 1549 enfermo de cierta gravedad, su hijo Francisco de Mendoza se hizo cargo del gobierno novohispano. Es este un detalle que prueba la cohesión de la familia mendocina a la hora de controlar el poder sobre el territorio en que asienta. Pero este detalle, y el peligro real de que los Mendoza institucionalizaran un gobierno personal, e incluso hereditario, en la Nueva España, con el nacimiento del germen de una posible independencia del territorio, hizo que el Consejo de Indias actuara con rapidez y nombrara inmediatamente un nuevo Virrey, concretamente a don Luis de Velasco, hombre muy apegado a la Corona, dando a Antonio de Mendoza el Virreinato del Perú.

Llegó nuestro personaje a Perú en 1551, permaneciendo en el mando del gran territorio andino solamente diez meses, pues murió en 1552. Llegó además en un momento especialmente conflictivo, de crisis interna, y de enfrentamiento entre el poder civil y el religioso, lo que no le impidió realizar importantes logros, como la aplicación de las regulaciones sobre actividades procesales y judiciales; la reunión en Lima del primer concilio archidiocesano; la publicación de la Real Cédula que abolía el servicio personal de los indios y establecía su libre contratación. La ejecución de esta cédula ocasionó graves conflictos entre los colonos, estallando luego, en 1553, ya muerto don Antonio de Mendoza, un movimiento revolucionario en el Cuzco, encabezado por Francisco Hernández Girón, que terminó con la condena a la pena capital del cabecilla en Lima en 1554.

Es de destacar cómo los Mendoza actuaron de muy diversos modos, y en múltiples funciones, en la colonización de América. Allí fueron como militares y conquistadores, como funcionarios simples o de alto grado, como políticos en los Consejos Reales, como comerciantes y empresarios, como eclesiásticos, tanto en órdenes regulares como en altos cargos de la jerarquía episcopal, y como virreyes. 

Para saber más de don Antonio conviene consultar (en alguna biblioteca, porque hoy es ya libro raro de encontrar en librerías) el que escibiera Francisco Javier Escudero Buendía titulado “Don Antonio de MendozaComendador de la Villa de Socuéllamos y Primer Virrey de la Nueva España”, Ediciones Perea, El Toboso, 2003. Mucho se ha escrito sobre él, incluso yo le dediqué un capítulo en mi libro titulado “Mondéjar, cuna del Renacimiento”, porque manifestaron los documentos que allí había nacido este caballero. También ha escrito sobre él, poniéndole a gran altura moral en medio de un mundo complejo de trampas y traiciones, Antonio Pérez Henares en su penúltimo libro “Cabeza de Vaca” en el que la llegada del protagonista al virreinato de la Nueva España le supone un agudo trauma entre el comportamiento de dos alcarreños que por entonces lo controlaban: la vesania de Oñate y la magnanimidad de Mendoza.

Y una coda que conviene añadir, al enterarme ahora de que el Ayuntamiento de Guadalajara, y al hilo de conmemorar los 40 años de hermanamiento entre en las ciudades guadalajareñas de Castilla y Jalisco, pretende activar su mutuo conocimiento. Efectivamente, y aunque los tamaños y proyecciones de ambas ciudades sean difícilmente equiparables, no cabe duda que el origen de la mejicana, y la similitud de nombres, suponen ese compromiso de mantener relaciones cordiales, y muy especialmente en el ámbito de la cultura y el discurso. Este año va a dedicar monográficamente la ciudad de Guadalajara su Feria del Libro anual a la Literatura Española. Es la ocasión de que nuestra ciudad castellana tenga cierta presencia en ese evento, hoy ya el más destacado del mundo editorial mundial. Será un esfuerzo –tampoco excesivo­– que merecerá la pena, porque supondrá destacar, entre la población tapatía, los valores que un día marcaron el inicio de una aventura, y la continuación de la misma, en avatares diferentes y sobe personas renovadas. Un eje de ese nuevo hermanamiento, de esa presencia de nuestra Guadalajara en la de Jalisco, debería pasar por esgrimir el nombre, y la obra, de este alcarreño de pro, don Antonio de Mendoza y Pacheco. En todo caso, un nombre a recordar, entre los famosos de nuestra tierra, y un objetivo a recordar.

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