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Una vuelta por Yebes

Cuando se van a cumplir los 40 años del descubrimiento del Asteroide Yebes, un cuerpo celeste que fue descubierto desde los telescopios del Observatorio Astronómico Nacional, en nuestro alcarreño entorno, en la altura limpia y transparente de Yebes, aprovecho a recordar la existencia y méritos de este pueblo tan singular.

En Yebes se conjugan varias circunstancias para hacer de esa villa un enclave sorpresa: de una parte, su situación en plena Alcarria, en ese territorio medio llanura medio barranco, que le confiere las características inconfundibles de esta comarca. De otra, la historia mínima en la que aparecen como brillantes sorpresas datos relativos a su señorío por banqueros genoveses, la jurisdicción sobre un terreno (el coto de Alcohete) en el que hubo antiguamente dos pueblos; de otra aún, la presencia junto al caserío del Observatorio Astronómico Nacional, que allí se instaló precisamente por la limpieza de su aire en las noches claras. Y aún finalmente la circunstancia de haber sido uno de los municipios que más han crecido, en construcciones y en habitantes, durante estos últimos años, por la presencia en su término de una de las poquísimas estaciones de A.V.E. que existen en España (la única en nuestra provincia) y que le sitúa en la punta de las comunicaciones modernas.

Historia antigua

Yebes existe desde la remota prehistoria. Se han  encontrado huellas de pueblos primitivos en un cerro que otea los valles de los arroyos que caminan desde el altiplano alcarreño hacia el valle del Tajuña. En el yacimiento “El Castillo”, un alto castro de más de 3.000 años de antigüedad, el arqueólogo Fernández-Galiano encontró en 1978 importantes restos ibéricos y monedas romanas, y por el término se han hallado luego otros dos espacios, el “Cerro de la Cabeza” y el “Cerro de las Tumbas” con restos de tipo altomedieval.

La existencia del pueblo, se concreta en la Edad Media plena, cuando se produce la repoblación del reino castellano hacia territorios medievales ocupados por los árabes durante los siglos anteriores.

A propósito de esos tiempos, tenemos la oportunidad de elucubrar sobre el nombre del pueblo: este Yebes (hay por la Alcarria otros parecidos, como Yebra, Yela y Yélamos) es expresión procedente del árabe que significa fuente, manantial, lugar con manantiales. Así lo decían las antiguas Relaciones del Cardenal Lorenzana: “A la orilla de este pueblo nacen varias fuentes, cuias aguas son en bastante abundancia y en buena calidad”, teniendo el nivel freático a suficiente altura para que por todas partes, y más en otoños de muchas lluvias, salga el agua por cualquier agujero.

El nombre tal como hoy le usamos aparece ya en el siglo XII, y menciona a Yebes como una aldea del común de Guadalajara, en su sesmo de la Alcarria.

El señorío de Yebes

Tras pertenecer administrativamente muchos siglos al común de Guadalajara, y ser señorío real exclusivamente, llegaron los siglos (en los que de algún continuamos, especialmente desde el punto de vista financiero) en que los enormes endeudamientos de la Hacienda Real por gastar más de lo que se ingresaba, tuvo que ingeniárselas para sacar dinero de donde fuera: una de las mejores formas fue la de desposeer de pueblos a anteriores propietarios (Órdenes Militares, órdenes religiosas y clero) y ponerle un valor al señorío de las villas y aldeas reales para poder vendérselas a los acreedores.

Desde la época del rey Carlos I hasta finales del siglo XVII, todos los monarcas de la casa de Habsburgo se implicaron en guerras que les supusieron acudir de continuo a los banqueros genoveses. De los muchos que hubo (eran lo que ahora se llaman “los mercados” pero que en realidad eran personas de carne y hueso que primero prestaban dinero y luego te retorcían la muñeca por la espalda hasta hacerte gritar) especialmente los genoveses se alzaron como principales acreedores del Estado español.

De ahí que tanto Felipe III como Felipe IV fueran vendiéndoles lugares de Castilla a diversas familias para pagar sus deudas: aquí aparecieron los Spínola, los Grimaldi, los Strata, los Bocanegra y los Imbrea. Muchos otros, que cayeron como buitres sobre la península ibérica. Y una de estas familias, los Imbrea, originarios de la Liguria (donde hay un pueblo así llamado) pero con palacio en Génova, se hicieron con el señorío de Yebes, alcanzando pronto la nominación aristocrática con la creación del título de “Conde de Yebes” que lo fueron usando por generaciones y aún hoy se mantiene en las “naturales” herederos de aquella grandeza financiera, los Figueroa y Torres.

Esa unión, de memorias solamente, entre Yebes y Génova, entre la Alcarria y la Liguria, debería ser destacada de algún modo, como ya lo hace el libro que hace unos escribió Aurelio García López sobre Yebes merecidamente y con todo detalle.

Alcohete

La obra que escribe el historiador Aurelio García López ofrece la visión evolutiva de otro de los espacios que hoy conforman Yebes: lo que fue durante siglos el coto de Alcohete, en el “Monte de la Alcarria” y que ha pasado a ser ocupado prácticamente al completo por la nueva Ciudad Valdeluz junto a la estación del Tren de Alta Velocidad.

Ese término que primero fue del común de Guadalajara, y en el que asentaron dos pueblecitos (Alcohete y Valverde), de los que se sabe que tuvieron su templo parroquial, y una mediana conjunción de casas, fue añadido al término de Yebes cuando este se formó tras la Constitución de Cádiz. Allí existió, desde muchos siglos antes, gran caserío que fue primero de los Pecha, luego por estos cedido a los monjes jerónimos de San Bartolomé de Lupiana, que allí pusieron granja y lugar de retiro, y más tarde aún a los Desmiassières (la gran señora, doña Diega, que levantó el Panteón para sus progenitores, y para ella, en lo alto de nuestra ciudad) y de la que por morir soltera y sin testamento pasó finalmente a los Figueroa y Torres, condes de Romanones, de una parte, y a los Valdés, marqueses de Casa Valdés, de otra.

Pero el territorio de las viejas casas del poblado se utilizaron desde principios del siglo XX para otros menesteres, tras su construcción y reconstrucción en diversas épocas: como Sanatorio antituberculoso, y como Centro de internamiento psiquiátrico, en lo que hoy continúa. La granja de los jerónimos ha terminando siendo restaurante y lugar social del nuevo Campo de Golf de Valdeluz, y el resto del chaparral, una vez roturado, se ha transformado en una ciudad luminosa, amplia y moderna en la que cada vez más gentes se están animando a vivir, porque es realmente un buen sitio para hacerlo: vivir y convivir, esencia de lo humano.

Yebes, de los orígenes a la modernidad

El libro que antes he mencionado, se titula “Yebes, de los orígenes a la modernidad” y fue escrito por Aurelio García López, quien dedicó largas jornadas de consultas en archivos y bibliografías para componer la historia total y meticulosa de este enclave. Se presentó en el Centro de la Asociación de la Prensa de Guadalajara, y forma como nº 85 en la Colección “Tierra de Guadalajara” de la editorial AACHE, tiene más de 300 páginas y muchas imágenes en color por su interior distribuidas. 

Pero lo esencial es la información que contiene, en la que surgen datos de relevancia como la aportación de datos para hacer de Yebes la patria del descubridor de las fuentes del río Nilo, el jesuita Pedro Páez Jaramillo; o la revelación muy detallada de cómo en el lugar de Alcohete se montó el búnker principal de la IV División del Ejército de la República, que albergó sesiones de generales como Mera, Casado y el presidente del gobierno, Negrín, allí retirados en los últimos días de la contienda. Conservado intacto, hoy está sellado para evitar deterioros; o incluso los sucesivos dueños de Alcohete, desde los Pecha hasta los Desmaissières y los Romanones, y el paso de la galiana principal de la Mesta, desde Soria a Andalucía, por allí en medio.

Yebes, en su secular aislamiento, es hoy para quien lo mire a través de las páginas de este libro un verdadero cofre de sorpresas. Quizás lustrado por la buena presencia de Valdeluz, avalorado por la firmeza científica de su Observatorio Astronómico, y mantenido por quienes han sabido preservar tradiciones y espacios en el pueblo, que hoy está cuidado y limpio como la patena.

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