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marzo 13th, 2021:

Lecturas de patrimonio: el retablo de Pelegrina

Retablo de Pelegrina

No puede quedar tan en el olvido como ahora está el retablo de la iglesia parroquial de Pelegrina, porque es testimonio del arte de una época, que fue movida, dinámica y alegre en el contexto de la serranía seguntina, y porque es una nota más en la sinfonía del arte de nuestra provincia, que pide todavía hoy, y a gritos, su consideración, su estudio, y su cuidado.

Llegar a Pelegrina, aparcar en las afueras, y subir andando hacia el pueblo, es la rutina de todo visitante que llega a este encantador rincón de la serranía seguntina. Sus pasos le llevan derechos a la iglesia parroquial, al minúsculo templo que ha visto también el sosegado discurrir  de los siglos, y ha pintado sus muros del dorado tono de los otoños magníficos de esta tierra. Una espadaña triangular y un ábside minúsculo denotan su antiquísimo origen románico. Su puerta incluso, que se adjudica a la décimotercera centuria, es elemento simple pero hermoso del estilo más rudo y expresivo del Medievo. Aunque en el tímpano lleva el escudo de quien fuera, a principios del siglo XVI, obispo de Sigüenza y luego Virrey de Cataluña: don Federico [Fadrique] de Portugal. Los obispos seguntinos tenían en Pelegrina un seguro lugar de refugio, encastillados en la roca sobre el hondo pasar del río Dulce. Y este prelado se encariñó tanto con el pueblo que arregló y mejoró su iglesia, y hasta encargó un retablo acorde con su categoría de “sede auxiliar” y los nuevos tiempos.

Aquí me detengo y observo con atención. Es una pena que la mala iluminación, y el paso del tiempo sin ayudas ni limpiezas haya dejado este retablo de Pelegrina en tan precarias condiciones. Así y todo, me dispongo a leer, una vez más, la huella del patrimonio. Aunque el color se le haya ido, los estofados se muestren agrietados y la policromía haga aguas entre el gris y el pardo. Pero el retablo de Pelegrina es una de esas joyas, cercanas e íntimas, que conviene admirar, estudiar y, sobre todo, proteger.

Retablo de Pelegrina

Poco se ha escrito hasta ahora de esta obra. Un par de artículos míos, aquí en “Nueva Alcarria” en 1976/77, y lo que de él dijo luego el profesor Ramos Gómez en su libro de 2003 sobre Soreda y la pintura del Renacimiento en Sigüenza. Pocos datos documentales se conocen sobre este retablo, algunas suposiciones estilísticas, y la admiración de sus formas y pinturas, que cada vez se hace más difícil por su progresiva suciedad.

Descripción de pinturas y esculturas

Aunque realmente sorprende al visitante su grandiosidad, su riqueza de ornamentación escultórica, la perfección grande y curiosidad de formas en sus pinturas. El retablo, que cubre el muro del fondo del presbiterio, deposita su valor en la escultura y la pintura. Se estructura en cuatro niveles, siendo el inferior de tallas de evangelistas, y los tres superiores de tablas pintadas. 

El repertorio de pinturas es amplio, y sorprendente. En el nivel inferior, hay cuatro tablas que muestran escenas de la vida de la Virgen: la Natividad de María, la Anunciación, El Nacimiento de Cristo y la Epifanía, y en el inmediatamente superior se muestran otras tantas de la Pasión de Jesús: la Oración en el Huerto, el juicio de Pilatos, la Flagelación y el Camino del Cal­vario, con la escena de la Verónica. Rematando el retablo, aparecen otras tres composiciones pictóricas, más pequeñas, representando a los cuatro Padres de la Iglesia, de tal manera que al centro aparecen San Agustín y San Ambrosio, mientras que San Jerónimo vestido de cardenal y San Gregorio papa los escoltan. 

En cuanto a la parte escultórica, puede decirse que es variadísima y muy curiosa. Como cuerpo bajo del retablo aparecen cuatro hondos nichos avenerados para albergar a los cuatro evangelistas, acompañados de sus correspondientes símbolos. Actualmente solo están San Marcos, San Juan y San Lucas, faltando el San Mateo que desapareció en alguna guerra ó rapiña. 

Y luego destacan, en los fustes de las columnas y en los frisos, rellenando cada centímetro cuadrado de espacio, una profusa decoración tallada en bajorrelieve, y policromada, en la que la imaginación y el rico venero iconográfico del autor se dieron cita sobre la madera. De esta generosa profusión de temas paganos, simbólicos o meramente ornamentales, doy junto a estas líneas un ejemplo gráfico, en el que atlantes niños cargan con un friso cubierto de cabezas; dos hombres cabalgan en sendos caballos marinos, y abajo entre rigurosa decoración arquitectónica un rey grutesco se advierte. Muchas otras tallas exentas se distribuyen por repisas y hornacinas.

¿De donde surge la inspiración de este retablo? El entronque con el que preside la iglesia parroquial de Caltójar (provincia de Soria) es total. Pero aún se refuerza, y se aumenta esta paridad, al considerar los paños de separación de las calles, los de los extremos del retablo, los frisos y los fustes de las columnas, en ellos se ve ese denso mundo del grutesco que Martín de Vandoma, un genio seguntino, llega a dominar al fin de su vida, poniendo incluso retazos del espíritu manierista que en Italia ya ha triunfado. Junto a los angelillos, los triunfos militares, los faunos y los atlantes, vemos aparecer alguna figura mitológica bien diferenciada: Cupido con su arco y su carcaj de flechas es un claro ejemplo. Es lástima que las dos composiciones escultóricas de las hornacinas centrales del retablo, nos hayan llegado tan deterioradas. Sobre el sagrario aparece la titularidad de la parroquia, la Santísima Trinidad, de la que sólo queda la figura del Padre, representado como un venerable anciano, sentado, al que le falta la compañía del Hijo, y que mira como la paloma del Espíritu Santo anda ya caída en el suelo de la repisa. En la hornacina superior quedan los restos de lo que fue grupo tallado de Santa Ana y la Virgen niña. De muchas otras imágenes de santos y santas que, en tamaño reducido, y exentas flotaban por diversos lugares del retablo, sólo quedan cuatro ejemplos, de calidad, habiéndose perdido el resto. Aún los angelillos músicos ríen en las enjutas del arco central.

Del autor y sus documentos

No disponemos de documentos que acrediten la autoría de este retablo. Aunque el seguimiento de escultor y de pintor no se hace difícil, teniendo en cuenta el ámbito geográfico en que surge, y la cercana escuela de pintores y escultores que a mediados del siglo XVI palpita en la Ciudad Mitrada. Debido a sus características estilísticas, no es difícil adscribir este retablo a la colaboración entre dos de los más distinguidos obradores del Renacimiento seguntino: el pintor Diego de Madrid y el escultor Martín de Vandoma. Ello por varias razones: una porque la época de construcción del retablo (segunda mitad del siglo xvi) y el estilo de una y otra faceta, hacen pensar inmediatamente en la mano directora de ambos artistas. Y otra, aún quizás más definitoria, porque conocemos el retablo parroquial de la soriana localidad de Caltójar, idéntico en todo al de Pelegrina, y para el que tenemos documentalmente acreditados tanto el año de su terminación (1576) como los nombres de sus autores: Diego de Madrid, pintor, y Martín de Vandoma, tallista.

Sin embargo, aunque se reconoce la dirección de la obra por parte de ese genio artístico que fue Martín de Vandoma, del que solo sabemos nombre y vemos obras, pero apenas nada de su vida se conoce, la escultura puede adscribirse a su mano, (esa mano que talla, entre mil otras cosas, las puertas de acceso a la gran sacristía catedralicia, y las 300 cabezas de su bóveda animada) mientras que la pintura está más en duda. Si yo proponía, hace casi cincuenta años, la autoría del pintor seguntino Diego Martínez (hijo del gran Diego de Madrid), el profesor Ramos insiste en que el autor (del que tampoco consigue averiguar el nombre) sea el mismo del retablo de Riba de Saelices, que no es un “primera línea” de la escuela seguntina, ni mucho menos, pero que se maneja muy bien con las formas ya manieristas de las escenas sacras que con soltura trata. A ese misterioso “Maestro de La Riba” debería adscribirse el retablo de Pelegrina. Aunque yo sigo poniéndole nombre al pintor, y ese nombre es Diego (sea Martínez, o sea de Madrid). Y nada más, sino recomendar vivamente a quien guste del arte de esta nuestra provincia de Guadalajara, y tenga por divertimento viajar por sus tierras y sus pueblos, no deje de llegarse a Pelegrina, donde, además de un paisaje inusitado y vibrante, de un caserío dulcemente derramado sobre el cerro que corona el medieval castillo, encontrará en el interior de su parroquia una obra de arte de gran calidad, casi desconocida, y sugeridora de lo que la ciudad de Sigüenza tuvo, en el siglo XVI, de irradiante y peculiar fuerza en materia de arte.