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febrero 13th, 2021:

Lecturas de Patrimonio: las salinas de Imón

las salinas de Imon por Antonio Trallero

También son patrimonio los lugares donde se han extraído minerales, de una u otra forma: la sal, la plata, el hierro o la turba. De esos “patrimonios mineros” cabe hablar y apuntar la importancia que tienen para mantener vivo y en la memoria nuestro patrimonio.

En el extremo noroccidental de la provincia de Guadalajara, se encuentra un conjunto de lugares en los que desde tiempo inmemorial se recoge sal. El conjunto de salinas de Atienza está formado por las salinas de Imón, La Olmeda, Bujalcayado, Santamera, Rienda, Tordelrábano, Carabias, Alcuneza, Paredes, Riba de Santiuste, Vadealmendras y El Atance. La mayor parte de estas explotaciones han ido perdiendo con el paso del tiempo su interés económico, por lo que la mayoría de ellas están cerradas y/o abandonadas. 

Hoy vamos a acercarnos hasta las salinas de Imón. Localizadas en la extensa llanura al pie de las montañas de las sierras de Paredes y Somosierra. A tan sólo 150 metros del pueblo que le da su nombre, a 15 Km. de Sigüenza, y a 95 de Guadalajara capital, siempre por buenas carreteras, lo que supone que cualquier fin de semana puede ser un buen momento para ir a contemplarlas, aunque ahora haya que esperar a que se levante la prohibición de salir del municipio en que se reside.

Su historia es larga, aunque anodina. Porque se sabe que en época romana ya se explotaban, muy rudimentariamente, y en la Edad Media constituyeron un filón económico de primera magnitud. Como todo lo que existe bajo el suelo de una nación, el Estado es su propietario. Así, los reyes de Castilla controlaron su producción, dando de vez en cuando permiso para recoger sus beneficios, muy cuantiosos, a nobles o eclesiásticos. El Cabildo catedralicio seguntino tuvo durante siglos la suerte de administrarlas, por comisión real. Y aunque la frase es algo exagerada, se ha llegado a decir que con el producto de esas salinas se llegó a construir la catedral de Sigüenza.

El almacén de San José, en las salinas de Imón, entre Sigüenza y Atienza.

Una minería ancestral en Imón

Llega el agua desde el arroyo Salado, siempre de escaso caudal, por haber nacido pocos kilómetros más arriba, en las suaves lomas de la Sierra Ministra, en las altas y frías tierras entre Soria y Guadalajara. De los pozos que se forman en el entorno, se extrae el agua mediante norias de madera movidas por caballería, a las que llaman norias de tiro, o de sangre. Esa agua, cargada de sal, se vierte en una artesa de madera y es conducida bajo el piso de la noria hacia el exterior por unos canales también de madera. Durante el invierno, el agua salada se almacena en grandes estanques a los que llaman recocederos, de unos dos metros de profundidad, en los cuales, por evaporación lenta, va ganando concentración. Si la salinidad inicial es baja, pasa a continuación a estanques menos hondos (calentadores), para hacer más rápida la concentración. Tanto los recocederos como los calentadores tienen un suelo empedrado con piedra caliza y paredes de lo mismo, reforzadas estas paredes con mortero de cal revestida por una tapia de arcilla sostenida con tablones de madera.

En última instancia, se lleva el agua a las balsas de cristalización, en un proceso que se conoce como el de “regar las albercas”, que han sido previamente limpiadas a mediados de mayo. 
Estas balsas, numerosas, amplias y extendidas por el terreno, son las que dan el carácter más auténtico al conjunto de las antiguas salinas de Imón. Son de muy escasa profundidad y de unos 6 a 8 metros de lado, empedradas y con paredes también de piedra o tablones colocados de canto, y en ellas hay practicadas unas aberturas para dar paso al agua de una alberca a otra. Una vez por semana se remueve la sal depositada para impedir que se agarre al suelo. Dos días después de esta operación, se recoge antes de que el agua se evapore, para evitar que se endurezca en exceso. La operación que se realiza cada 6 u 8 días y a la que se denomina “arrodillar”, consiste en empujar la sal hasta la balsa y amontonarla mediante una pieza a la que llaman “rodillo”, que es una tabla corta con largo mango. En grandes serones o volquetes metálicos sobre estrechas vías, la sal recogida se lleva a los almacenes, donde se acumula. El agua sobrante es recogida a través de unas acequias llamadas desagües que confluyen en dos canalizaciones mayores llamadas “regueras madres” y que a su vez van a desembocar al río Salado.

Las maniobras de extracción de sal se extienden entre mediados de Junio y finales de Septiembre. Al terminar la campaña, en otoño, se saca también la sal que se quedó en los recocederos y calentadores.

Un hermoso y bien conjuntado grupo de edificios constituyen las salinas de Imón. Son concretamente un conjunto de almacenes situados en la zona central y una serie de pequeños edificios de norias, recocederos y albercas. Todo el complejo arquitectónico se construyó a finales del siglo XVIII, y ha ido siendo reformado y adaptado a lo largo de los años pasados. Todavía quedan en pie cinco norias aunque sólo tres de ellas (Mayor, Rincón, y Masajos) están en funcionamiento. En la llamada “noria de en medio” se conserva el primitivo artilugio de arcabuces de barro cocido, con engranaje de madera y suelo tratado para el trabajo de animal. Todos los edificios de norias son de planta octogonal, con estructura de madera que se enlaza con el vértice de la cubierta. Los muros son de sillería y mampostería ordinaria de piedra caliza cogida con mortero de cal.

Los almacenes de Imón

En su inicio, a partir de la remodelación que en ellas hizo la administración real bajo Carlos III, tuvieron las Salinas de Imón tres almacenes, de los que sólo dos permanecen pie. San Pedro, construido en el siglo pasado, está en ruinas. Y los dos restantes, San José y San Antonio, son dos auténticas obras de arquitectura popular. Presentan una interesante solución estructural en la que destacan sus pórticos, y una entreplanta construida sobre viguería de madera. El almacén de San Antonio conserva el pórtico que protege la entrada principal. Asímismo se mantiene en pie la chimenea del generador que existía en el almacén. Dada la diferente proporción de su planta, el de San Antonio es de menor anchura, planta más rectangular, y el de San José es de planta más cuadrada. Sus crujías son diferentes, así como el número de pies derechos por cada uno de ellas. Por desgracia, todos estos edificios, carentes en la actualidad de función alguna, se van deteriorando paulatinamente.

Hasta hace pocos años se conservaba, junto a la fachada posterior del edificio de San José, la torre interior con parte de la maquinaria que ayudaba a subir las vagonetas por la rampa para depositar la sal en los almacenes. Los materiales empleados en las construcciones son de sillería y mampostería en los muros, de madera en la estructura interior y las cubiertas, que se han mantenido en buenas condiciones gracias al ambiente salino. Con teja curva árabe cerámica se cubre el conjunto.

Otro aspecto muy característico por la calidad de su construcción es el empedrado de las albercas, así como los muros y muretes de mampostería de los recocederos. También llaman la atención del visitante los enlaces entre las piscinas cruzando los caminos, las acequias y los desagües. 

Conservación y Rehabilitación

Hace ya algunos años, un grupo de alumnos de la Escuela de Arquitectos Técnicos, dirigidos por su profesor el arquitecto don Antonio Trallero Sanz, realizaron un magnífico estudio sobre estas salinas de Imón, y en él proponían, como conclusión, una continuidad en el uso de las mismas, siempre con el mantenimiento de su función primordial con las técnicas más tradicionales posibles. Su propuesta era la de volver a “recuperar el funcionamiento de las Salinas tal y como fue en su origen, y así poder disfrutar del testimonio vivo de unas técnicas, las de obtención de la sal, que permanecen inalterables desde la época romana, y conseguir una reproducción exacta de los mecanismos y tecnologías paleoindustriales que existían hace dos siglos”.
Lo primero de todo debería ser la rehabilitación de las edificaciones. Cosa que se ha ido haciendo muy poco a poco. Las norias de tradición mudéjar deberían ser restauradas y reutilizadas, así como volver a canalizar con los elementos antiguos, esto es, con troncos de madera ahuecados, retirando las actuales tuberías de fibrocemento. Conseguir, en cualquier caso, devolver a Imón el esplendor que tuvo en tiempos anteriores. La reciente inauguración de un centro de hospedaje, y la posibilidad de la visita a las salinas, ya es un adelanto importante en este camino, que se integra en ese más amplio concepto de recuperación de edificios, técnicas y modos antiguos que hoy pueden servir no solamente de admiración y curiosidad, sino de ayuda a muchas actividades todavía plenamente vigentes. 

Un lugar, en suma, que está pidiendo tu visita y tu admiración. Las Salinas de Imón son un elemento más que justifican una visita a ese espacio tan atractivo y cuajado de recuerdos históricos y patrimoniales como es la comarca existente entre Sigüenza y Atienza.

las salinas de Imon por Antonio Trallero
«Las Salinas de la Comarca de Atienza» por A. Trallero y cols.

El libro de Trallero

Dos ediciones ha conocido ya el libro que Antonio Trallero Sanz firma junto con Joaquín Arroyo San José y Vanesa Martínez Señor. Editado por Aache Ediciones, hace el nº 41 de su Colección “Tierra de Guadalajara”. Con 126 páginas, este libro constituye un estudio ya clásico, meticuloso, muy accesible a todos los lectores, sobre la industria de la sal de interior, y sobre las explotaciones salineras de la parte norte de la provincia de Guadalajara, en torno a la histórica villa de Atienza. En esta segunda edición, los editores han añadido una referencia a otras zonas salineras y salinas en explotación a lo largo de la historia en la provincia de Guadalajara, a cargo de Antonio Herrera. El libro, profusamente ilustrado con fotografías y planos, fue resultado de un proyecto de trabajo de alumnos de la Escuela de Arquitectura Técnica de la Universidad de Alcalá de Henares (en su Campus de Guadalajara), y que llevó a ganar el premio “Guillen de Rohan” para estudios de arquitectura técnica histórica, Una de las aportaciones más interesantes es que al final presenta un esbozo de proyecto de recuperación de estas salinas, fundamentalmente de las de Imón, que aún pueden salvarse, porque todas las demás de la comarca están irremediablemente perdidas. Gustará a viajeros, a turistas, a estudiosos, a arquitectos e historiadores. Gustará, como siempre pasa, a cuantas personas tengan la suficiente sensibilidad para admirar las obras antiguas y tratar de protegerlas.