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Sombras románicas por Angón

Una mañana de otoño, por los altos jadraqueños, si se planifica con tiento da para mucho. Después de avistar El Atance (lo que queda de él) y antes de subir al alto castillo de Inesque, los viajeros se dan una vuelta por Angón, donde hay cosas interesantes que ver y comentar.

En unos recovecos del terreno montuoso que cae desde la serranía de la Bodera, y dando anchas vistas, a la orilla del arroyo de Cardeñosa, hacia el ancho valle del Cañamares, donde ahora se encuentra el gran embalse de Pálmaces, asienta este minúsculo lugarejo, que se mantiene con vida como por milagro. Es comarca de Sierra, es partido judicial de Sigüenza, y es arciprestazgo de Jadraque. Es tierra alta, fría, boscosa, húmeda la mayor parte del año, silenciosa y amable.

Al Andalus tuvo cierta presencia por esta comarca, aunque escuetamente reducida a torres de vigilancia sobre los caminos más frecuentados, los vados preferidos por ganados y arrieros, o los mínimos caseríos poblados. De ahí que se alzara en una eminencia del terreno, en el vallejo que une cómodamente Pálmaces (Cañamares) con Angón (Salado) un castillete que tuvo su perfil de valentía durante la Baja Edad Media, hasta que guerras y abandonos dieron con él por los suelos. A la semana que viene diré algo de este castillo de Angón, al que luego se llamó de Inesque. 

Al ser reconquistada esta comarca quedó incluida en el Común de Villa y Tierra de Atienza, usando su fuero, siendo fijados sus límites en diciembre de 1149, con ocasión de la presencia del Rey Alfonso VII “el emperador” en Atienza. Pero luego en el siglo XV el rey Juan II de Castilla creó el territorio o Tierra de Jadraque, con más de cuarenta pequeños poblados, y lo dividió en dos sesmas: la del Henares, y la del Bornova. Se lo entregó de contino a don Gómez Carrillo el feo, por ser camarero real, y por haberse casado con una sobrina del monarca, María de Castilla, en 1432. Acabó en manos de los Mendoza, que eran sus dueños cuando a la iglesia le pusieron la portada nueva, y los adornos de ella.

La iglesia de Angón

Esta iglesia parroquial de Angón, que está dedicada a la mártir Catalina de Alejandría, en épocas de violencias masculinas y femeninas por un “quítame allá esas pajas” y cualquier “Mantégaos el Señor” adustamente recitado, es un lugar al que merece escalar con parsimonia y templanza. Porque está en lo más alto del pueblo, como un remate floreado al caserío, y en la cuesta se ciernen las sombras que ya en el otoño se escarchan de mañana.

Está usada al revés. Me explico: generalmente, las iglesias de nuestra tierra (y en general de toda la Cristiandad) tiene su cabecera a Levante, y sus pies a Poniente, usando el costado del Sur para la entrada, y dejando el del Norte cerrado (por frío y por sombrío). Pues bien: en Angón hoy se accede a la iglesia por el Norte, teniendo abierta la puerta principal del templo en este muro. A saber por qué, pero esto se hizo en tiempos ya de los Mendoza, en el inicio del siglo XVI. Antes, desde la Reconquista y Repoblación del lugar, que se hizo sobre anterior espacio celtibérico, porque el nombre que trae, Angón, huele (no sé por qué, pero huele) a topónimo prerromano, prelatino y, en todo caso, muy viejo, se levantó el templo cristiano, en el siglo XIII sin duda. De esa época, bien orientado ya y usado conforme a cánones, la puerta se puso en el sur, y hoy allí la vemos, aunque tapiada. Era una puerta pequeña, de arco semicircular adovelado descansando sobre jambas de sillar, cubiertas de marcas de cantería con cruces y demás signos… ese muro sur era también primitivo. 

Pero se ve que en el XVI, cuando aumentó la población, y con ciertas ayudas de los señores Mendoza, se recrecieron los muros, se ensancharon los espacios, se alzó la torre sobre la antigua espadaña, y se puso una nueva portada abierta en el muro norte. Esa portada es la que hoy vemos, presidiendo el pradillo o camposanto viejo (el nuevo está detrás, al costado sur y luminoso del cerro). Se llega a ella subiendo unos solemnes escalones de piedra caliza, y se cobija todo por un pequeño atrio amparado por dos muretes de feble fábrica que, así y todo, han protegido a la fachada del fiero clima.

La portada consiste en una gran arcada semicircular adornada por varias líneas de arquivoltas finas, que se sostienen sobre pilastras de sillar entre columnillas ornamentadas de rosetas, y de bolas, sobre los boceles finos del extradós de sus arcos. Lo más curioso, sin embargo, en punto a iconografía, son las dos figuras que se muestran, alineadas sobre el bocel superior, representando a nuestros Primeros Padres: Adán y Eva se ven allí tallados, desnudos, muy bastamente tratados, con una simplicidad que sorprende, porque no es su tenor románico, pero menos aún lo es renacentista. Parecen haber salido del taller de un principiante.

No les falta detalle, en cuanto a sus características de género, y no emocionan pero ilustran.

En el caso de Angón, Adán y Eva se muestran en su conocida y prístina desnudez. Que se acentúa por la simpleza de su talla, tan esquemática que parecen esculturas del movimiento vanguardista. No les falta detalle, en cuanto a sus características de género, y no emocionan pero ilustran. Invito a mis lectores a que comparen estos Primeros Padres de Angón (tallados por ignoto artista en los inicios del siglo XVI), con los que otro escultor de la zona, ­–este perteneciente al grupo del maestro Almonacid que entre otras cosas trajeron al mundo la estatua de El Doncel de Sigüenza–, puso en el enterramiento del clérigo Martín Fernández, en la iglesia parroquial de Pozancos. Salvadas hoy en el Museo Diocesano de Sigüenza, ambas parejas son contemporáneas.

Otro detalle curioso de esta portada son los grabados populares que aparecen sobre las jambas y el arco, que debió tener pinturas en sus principios. Grabadas, pues, se ven multitud de “rosas de la vida”, esos conjuntos de flores diseñadas simétricamente con compás, y a las que se ha llamado “roseta hexapétala”, u “Osireion” y que profusamente (algunas de gran belleza) aparecen esgrafiadas sobre las fachadas de las casas en numerosos pueblos de nuestra Sierra. Aparecen en algunos yacimientos celtibéricos, por lo que a ese pueblo se le aplica el origen, simbolizando entonces al Sol y a la buena suerte. Tenía siempre (en los dichos de las gentes, en la herencia memorial recibida) el fundamento protector de una casa, de una puerta, de una familia…

La piedra con que está hecha esta portada de Angón es procedente del término, donde desde la Edad Media hubo canteras que sirvieron para tallar sillares finos, y aún elementos escultóricos de cierta entidad. Se usó esta piedra (tan buena o mejor que la de Tamajón, y la de Oncerruecas) para algunos elementos de la catedral de Sigüenza, y la iglesia de Jadraque. Don Manuel Pérez Villamil en su clásico libro sobre la catedral seguntina, documenta el uso de la piedra de Angón para los muros y ornamentos de varios espacios platerescos catedralicios. Ciertamente, era de fácil talla y muy manejable. No hay más que ver cómo la gente del pueblo se entretuvo en grabar sus “ruedas de la suerte” en las jambas y muros del templo.

En el interior de esta iglesia de Santa Catalina de Angón debe reseñarse la capilla aneja al presbiterio, que es de traza gótica, con planta cuadrada, y cubierta de bóveda de terceletes con claves adornadas y bien talladas con elementos florales, que mantienen cierta vieja policromía. Quizás lo más curioso de ella sean las ménsulas de las que arrancan los arcos y que están decoradas con personajes que parecen sujetar con sus manos la techumbre.

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