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noviembre, 2020:

Clamor de campanas

campanas

A vueltas con el patrimonio, sus lecturas y descubrimientos. Hoy no traigo ningún hallazgo, pero sí una llamada, para que se estudien, se recuperen y se traten dignamente los restos sonoros de una civilización que se pierde: las campanas, sus orondos cuerpos de bronce, sus grandes melenas de madera, sus cantos infinitos que son como avisos y parlas para las gentes del campo.

Desde hace algunos años he venido en buscar los testimonios que nos ha dejado el tiempo, aquel en que la gente se daba a construir cosas, a levantar templos y palacios, a escribir comedias y preparar fiestas por las plazas. Tuve la suerte de recoger imágenes, y analizar su significado, de los escudos tallados en piedra, o de los capiteles románicos y portadas de iglesias. De monasterios también, y de retratos. De tondos tallados, y ahora de cuevas. Y hace años me dieron un premio por reunir en un tomo (que no se llegó a publicar ni yo he guardado) sobre los hierros antiguos de las rejas, los picaportes y las cabezas de clavo de nuestros pueblos. Hoy, la mayoría, en el mercado de las antigüedades.

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Campanas, y sus melenas, de La Olmeda de Jadraque (Guadalajara)

Esta almoneda de las cosas viejas, le ha llegado también a las campanas. Muchos pueblos que aún las tienen, no las hacen sonar ¿para qué, si hasta las misas se comparten “on-line”? Si ya se sabe cuando va a empezar el rito porque ha llegado el párroco en su coche. El problema es que algunas se están retirando, o por rotas ya no valen, o incluso se venden. Todo en declive, y nosotros perdiendo las referencias de lo que fuimos, como sociedad. Porque algunos consideran que todo lo viejo es caduco, no vale, y hay que ignorarlo, o retirarlo (por no decir tirarlo) ya.

A las campanas de Guadalajara, que no tienen una protección específica (como no la tienen los chozos del campo, los majanos, las veletas ni los órganos) les hace falta además un catálogo, un buen catálogo. Un ciudadano benéfico, como es Francesc Llop i Bayó, está haciendo, por su cuenta y a su costa, el “Inventario General de Campanas de España”, en el que se incluyen muchas de Guadalajara (calculo que están ya inventariadas un 20% aproximadamente) y que puede consultarse en www.campaners.com, donde podemos ver todo lo que ha reunido sobre Cifuentes, a cargo de Alvaro Romera Sotillo, quien nos cuenta muchas cosas sobre las campanas cifontinas. Por ejemplo, que de las seis campanas que tenía su templo parroquial de El Salvador, en la Guerra Civil echaron abajo y destruyeron cinco de ellas, quedando solo el campanillo, pero en los años cuarenta se repusieron dos, primero colgando de sus típicas melenas de madera y luego pasando a ser, en los años noventa, mecanizadas colgando de yugos de hierro.

Porque lo mismo que una foto antigua de familia, la campana de la iglesia es parte, vigilante, de nuestras vidas.

Esta secuencia es común a muchos de los templos alcarreños. Grandes campanas antiguas (la mayoría de los siglos XVIII y XIX) que por deterioro, o destrucción sistemática, desaparecieron, siendo sustituidas poco a poco por elementos conectados a sistemas electrónicos, programables, y con inicio de los toques mediante impulsos eléctricos. Cuando no, sencillamente, se conecta una grabación digital (un MP3 campanero) a un altavoz que emite, –con fuerza, eso sí– sobre tejados y campos cercanos.

El problema real es no solo la pérdida de los elementos físicos, las campanas, sino la destreza de tocarlas, a base de golpes de cuerda, y el ritmo que conforman los distintos toques. En este sentido, es muy meritorio el trabajo de Diego Sanz Martínez, un molinés de Alustante que ha conseguido en su pueblo recuperar campanas, técnicas y toques, y darlos a conocer por múltiples canales, incluso logrando que se inicie el expediente para su declaración como Bien de Interés Cultural, con carácter inmaterial, para “El toque manual de campanas de Alustante” gracias a su escrito “El uso de las campanas en el Señorío de Molina: memoria sobre la recuperación de los toques de campanas de Alustante”. En él recoge los nombres de los 17 toques que gracias a sus campanas resuenan sobre los altos campos y bosques de aquel rincón molinés. Son estos, tan sonoros como sus propios nombres: Oraciones de alba y anochecer, misa cotidiana, escuela, catequesis, penitencia (confesión), mediodía, tan-ta-ra-una, Concejo, tin-ti-li-nublo, clamores de adulto y clamores de niño, más la Misa en la ermita del Pilar. De ellos, solo cinco se usan a diario, porque los demás son circunstanciales. Eran, y son, medios de comunicación simples y hermosos.

Por otro lado, recuerdo ahora que en un libro reciente que publiqué con datos sobre Sigüenza y dibujos de Isidre Monés i Pons, concretamente el titulado “Sigüenza y alrededores” vine a recoger los nombres de las campanas que en la torre catedralicia a ellas dedicadas aún suenan a ratos. Son estas: Campanillo de San Cristóbal (de 1698); Campanillo de coro, Pascualín (de 1450); Campanillo del Beato Julián de San Agustín de Medinaceli (de 1941); Campanillo de las flores, Periquito (de 1762); Campana de San Pascual (de 1924); Campana del Hospital (de 1733); Campana de la Oración, o Anunciación de Nª. Sra. (de 1941); Esquilón de las ocho (de 1941); Campana de las Ánimas (de 1817); Campana Dorada, de Santa Librada (de 1924); Campana Grande, de la Asunción de Nª. Sra. (de 1924); Campana de aviso a los Campaneros desde el Coro (de 1941); Campanillo de los cuartos menor; Campanillo de los cuartos mayor; Campana del reloj (de 1684), más la Campana Jubilar de 2.845 kilos de peso, que en la torre de don Fadrique se colocó en 2000 con motivo de un Año Jubilar.

Pero todo esto, que no es poco, es la excepción en nuestra provincia. Lo normal es que las campanas no suenen, o lo hagan por medios electrónicos y altavoces. Tirar de la cuerda y voltear la campana broncínea, arropada de su melena de madera tallada, para que el badajo choque con sus faldones y agite el aire y nos llegue al alma, eso ya es casi una anécdota, un hallazgo casual.

Voy por los pueblos, y veo algunas allá en lo alto de los huecos de la espadaña, la mayoría mudas, cuando no queda solo el oscuro vacío de su ausencia. Los clamores no los reconocería ahora nadie, ni el brinco que les da al corazón los campanillos menor y mayor, la llamada a misa, el aviso de tormenta por el horizonte…

Aquí acompaño algunas imágenes, tomadas casi al azar de mi archivo fotográfico, con imágenes de espadañas románicas solitarias y mudas, con las de campanas amelenadas como esas dos de La Olmeda de Jadraque, en las que van tallados muchas “estrellas de la vida” que a los antiguos les gustaba poner para que defendieran desde el aire el del pueblo ante epidemias y disgustos. O con la grande Jubilar que se le añadió a la Catedral de Sigüenza, casi ya el único sitio (además, siempre, de Alustante) donde puede uno ir a escuchar las mil variantes de ese espectáculo sonoro que es el canto de las campanas desde la gran Torre catedralicia.

En todo caso, y sin haber descubierto nada nuevo, ojalá sirva este pequeño trabajo de aviso hacia otro peligro que se cierne sobre nuestro patrimonio, este de las poéticas y añoradas campanas, que sin saber cómo, están desapareciendo, para siempre, de nuestras cotidianas existencias. Como todo lo referente al patrimonio, solo tres cosas necesitan: 1. estudio y catalogación; 2. aprecio y puesta en valor, y 3. Defensa por parte de todos, de autoridades, sí, y de los ciudadanos. Porque lo mismo que una foto antigua de familia, la campana de la iglesia es parte, vigilante, de nuestras vidas.

El monasterio servitano de Arcávica

eremitorio de Arcavica

Leyendo el patrimonio de nuestra tierra alcarreña, en esta ocasión me salgo momentáneamente de la raya geográfica y entro en Cuenca. Aunque en todo momento sigo con Guadalajara a la vista: voy a la orilla izquierda del río Guadiela, y asciendo al cerro de Ercávica, frente a Alcocer. Allí se escribe una página densa -por antigua y significativa- de la historia de España.

Otra tarde de otoño que he pasado pateando los montes de la Alcarria en busca de las huellas (estas sí que eran perdidas, remotas y casi invisibles) de épocas pasadas y personajes olvidados. He tenido que ir hasta Alcocer, cruzar el embalse de Buendía por un nuevo puente que ha venido a unir más nuestras provincias hermanas (Guadalajara y Cuenca) y subir hasta Alcohujate para llegar a Cañaveruelas y de allí por caminos arribar a la excavación de la ciudad romana de Ercávica, abierta al público.

El objetivo era encontrar las ruinas del Monasterio Servitano fundado por el monje Donato “el Africano” a mediados del siglo VI d. de C. Y parece ser que sí, que allí está todo, un tanto olvidado, pero con la fuerza de los siglos sustentándolo. Me olvido en principio de la ciudad romana, que está todavía en proceso, bastante avanzado, de excavación. Esa ciudad, que fue construida por los celtíberos unos seis siglos antes de nuestra Era, en una posición fuerte y estratégica, dominando el valle del río serrano de Guadiela, fue llamada Erkauica, y tomada por el ejército imperial en el primer siglo antes de Cristo. Allí creció y fue poderosa, porque tenía posición elevada y estratégica y por los alrededores pasaban calzadas comerciales y militares. Al parecer, hacia el siglo III d. de C. fue perdiendo importancia, y ya en el siglo VI carecía de ella, sirviendo solo de alojamiento a pobres caminantes y gentes sin fortuna. Pero fue ese el lugar en que se fijó Donato, un líder religioso que hacia el año 560 llegó a la península procedente del Norte de Africa, al mando de un grupo muy numeroso de anacoretas, que le tenían por “hombre santo” y le seguían en todo. Así nos dice Ildefonso de Toledo en su escrito “Varones ilustres” del siglo VII: “Donatus et professione et opere monachus cuiusdam eremitae fertur in Africa extitisse discipulus”. Y Juan de Biclaro en su “Crónica” confirma: “Donatus, abbas monasterii Servitani mirabilium operator clarus habetur”. En su escrito nos dice que, perseguidos de los vándalos norafricanos, Donato y 70 monjes compañeros, cargados de códices antiquísimos y libros manuscritos, llegaron a Hispania, y ayudados por una dama de nombre Minicea asentaron junto a Ercávica ­ya en ruinas­, y junto a ella levantaron el Monasterio Servitano.

Los datos históricos para identificar este antiguo monasterio alcarreño los proporciona San Ildefonso de Toledo en su “De viris ilustribus”, y de sus noticias sacamos la conclusión de que a mediados del siglo VI vinieron a Hispania muchos monjes norteafricanos que se habían formado en torno a San Agustín, y que de sus prácticas monacales traían ideas y ganas de extender el formato que fue asentándose muy ampliamente por nuestro país, hasta el punto de que durante los siglos VI al IX, fueron numerosísimos los núcleos de eremitas que se instalaron, bien en cuevas aisladas, bien en comunidades breves, dando el primer paso para luego alcanzar la cultura de los Monasterios, que habrían nacido (lo dice la palabra, de “mono” = uno) y luego reunió en ritos comunitarios a varios de ellos. Aquí en el “Vallejo del Obispo” a la caída del cerro de las Grajas en Santaver, antigua Ercávica, que llegó a tener además sede episcopal en la España visigoda, se creó este conjunto de servidores de Dios, Servi Dei, que daría luego el nombre de “Monasterio servitano”.

Justo en esa zona estaba surgiendo un núcleo importante de poder, la ciudad real de Leovigildo, la por él llamada Recópolis, un regalo para su hijo Recaredo, y un hito estratégico en el sustancial camino central de la península, entre las tierras norteñas y la capital, Toledo. Con ayudas reales y de nobles poderosos, Donato instaló un monasterio junto a la ciudad romana de Ercávica. Pudo ser localizado, finalmente, hace 50 años, gracias a los estudios de Manuela Barthelemy, y posteriormente de don Carlos Moncó García y Amelia Jiménez Pérez, más las excavaciones dirigidas por Rafael Barroso Cabrera y Jorge Morín de Pablos. 

En el monasterio servitano a Donato sucedió como abad el gran Eutropio, que fue consejero del rey Recaredo, y posiblemente influyó en su conversión al catolicismo, renegando del arrianismo que hasta entonces había profesado la monarquía visigoda. De Eutropio se sabe que fue una de las figuras relevantes del III Concilio de Toledo, y con él en Arcávica queda afianzada la idea del apoyo que el trono visigodo prestó a este monasterio del que hoy solo quedan mínimas ruinas.

Lo fundamental de este entorno es saber que tras la existencia de la ciudad celtibérica de Erkauica (siglos V a I a. de C.) la gran urbe romana de Ercávica (siglos I – IV d. de C.) y la ocupación visigótica de Donato y su Monasterio Servitano de Arcávica (siglos VI – IX d. de C.) el lugar quedó abandonado y saqueado, hasta las excavaciones del siglo XX, que lo han estudiado en detalle y que han puesto al descubierto las raíces de sus edificios, y poco más.

En mi búsqueda de las huellas de los eremitas visigodos por tierras de la Alcarria, llego a Ercávica, y dejo el coche aparcado frente al edificio que custodia la excavación. Desde allí, me detengo primeramente en admirar el roquedal que hay a los pies de ese aparcamiento, y que sirvió de necrópolis a los ocupantes altomedievales del entorno: en él pueden observarse más de 50 tumbas excavadas en la roca, con sus huecos ya vacíos y en superficie, de varios tamaños (las hay también de criaturas) y orientadas en sentido E-O. Bajo la roca, se encuentra la gran cueva-eremitorio que en este caso es, además, tumba del fundador Donato “el Africano”. Este lugar tiene dos espacios tallados en la roca, el primero de ellos, que sería un pequeño templo, cubierto (según demuestran los mechinales tallados en el frontal de la piedra) con escalones para bajar a él desde el entorno. Y el segundo espacio, totalmente excavado en el interior de la roca, que contuvo el enterramiento del fundador. En sus paredes aún se ven grabadas cruces antiguas, cruces de calvario, otras con extremos adornados, y la misteriosa palabra FAH que a todos cuantos la han visitado ha intrigado, por su grande y clara grabación, y por su sentido misterioso.

No lejos de allí se encuentra la Fuente llamada “El Pocillo” (a la izquierda del camino de acceso a Ercávica), rodeada de alambrada, y consistente en un manantial profundo, y aún activo, protegido por paredes de sillar y al que se baja por una breve escalinata hasta el estanque. Aunque fue usada en época romana, es de la visigoda de la que procede su estructura.

Y finalmente, y conste que costó trabajo porque –aparte el problema de la edad que va acuciando a este cronista– están apartadas un kilómetro de Ercávica, en la caída meridional del cerro en que asienta, semiocultas entre asperezas, aparecen las ruinas del Monasterio Servitano, en la zona llamada “Vallejo del Obispo”, en un altozano rodeado de pinares de repoblación, y a vista del arroyo Garibay que va hacia el agua del embalse de Buendía. Fue excavado este monasterio hace unos 30 años por Barroso y Morín, y va perdiendo otra vez sus límites por el acoso de la erosión climática, pero aún pueden verse tres grandes espacios que pueden identificarse con estancias monasteriales. De una parte, la gran nave de su iglesia, que tiene unos 50 por 45 metros, con sus muros formados por sillares de entre uno y dos metros de ancho, lo que le confiere una sustantividad notable, y nos hace pensar que soportaría unos muros muy elevados. De otra, el espacio de lo que podría ser cillerería o almacén de alimentos de la congregación, porque en él se encontraron al excavarlo muchos restos de frutos secos, de cereales, todo ello en cestos grandes, pero quemados. Como fue quemado el conjunto monasterial, en época imprecisa, pero en torno al siglo IX d. de C. En tercer lugar, en esas ruinas se ven varias estancias delimitadas por muros más débiles, de unos 3 x 3 metros, y que bien podrían ser las celdas o habitáculos donde vivían los monjes. Va una foto aérea de estas ruinas (que no levantan más de medio metro del suelo) y que dan idea de su extensión.

En esta descubierta otoñal, pude encontrar también (y esto nadie lo había documentado hasta ahora) la boca del gran pozo que servía de agua a este monasterio: excavado en la roca, ya muy cerca del arroyo (en una cota de unos 5 metros sobre él) y con una boca circular, de aproximadamente 120 centímetros de diámetro, tiene a su lado una gran rueda de molino. Su antigüedad, entre los 11-13 siglos… y ahora me pongo a recapitular sobre lo visto, y me vienen a la cabeza varias cosas. La primera, que aunque esto que describo no está en la actual provincia de Guadalajara, sí que forma parte del patrimonio histórico de la Alcarria, pues todo se encuentra en la orilla meridional del río Guadiela, y su larga secuencia histórica y narrativa forma parte del acervo común de esta tierra. La segunda, reflexionar sobre cómo las memorias ­remotas, –tan ajenas a nuestros cotidianos deseos­­– de nuestra Alcarria han quedado hoy en el olvido más absoluto, cuando personajes de la misma época, de la misma condición y en parecidas circunstancias de llegada y actuación, en otros lugares siguen concitando aplauso o, mejor dicho, interés turístico y devoción patrimonial. Por poner dos ejemplos: San Millán de la Cogolla, o San Frutos en el Duratón, son personajes contemporáneos de “Donato el Africano” y hoy sus sepulcros, sus monasterios y sus memorias reúnen atenciones preferentes de las gentes del entorno y hasta de sus autoridades… aquí, en la Alcarria, no. Aquí prácticamente nadie sabe de todo esto, nadie se ocupa de poner un cartel siquiera, nadie anima a nadie a que se estudie, se visite y se conceda una atención, siquiera mínima, a estos restos. A los que yo me atrevo a calificar de venerables.

Petroglifos en Guadalajara

petroglifos de membrillero

Huellas del más remoto pasado podemos encontrar aisladas por el campo, perdidas entre bosques, talladas en las rocas de remotos paisajes. Así son los petroglifos, memoria marcada sobre las más altas y silenciosas piedras de nuestro entorno. Un investigador meticuloso (Óscar Ponce Jimeno) las ha buscado y nos las describe ahora en un libro increíble.

petroglifos de membrillera
Petroglifos astronómicos en Membrillera (Guadalajara)

Me acabo de encontrar con un nuevo horizonte, con otra perspectiva del patrimonio monumental de Guadalajara, con otra visión de nuestro acervo histórico y cultural, cuando ya parecía imposible encontrarle nuevos ángulos de perspectiva a este tema. Y ello ha sido gracias al trabajo del escritor serrano Óscar Ponce Jimeno, quien durante los últimos años se ha dedicado a recorrer algunos lugares, recónditos y cargados de significado, extrayendo conclusiones que nos sorprenden por su ingeniosidad, y por la noticia que da de algunos verdaderos “santuarios” de la expresividad humana.

Los petroglifos son dibujos tallados sobre la piedra, sobre las rocas. En lugares que hace miles de años tenían un sentido ritual, social y simbólico para los grupos de personas que en torno a ellos habitaban. Perdidas hoy las referencias habitacionales, huérfanos de cualquier basamenta documental sobre ellos, lo único que queda de antiguos grupos tribales celtibéricos son las expresiones gráficas que nos llegan, cuando las contemplamos, cargadas de sentidos a descubrir.

El libro de Ponce es muy buen trabajo de análisis y reflexión en torno a la religión primitiva y a la evolución de las creencias. Pero su valor fundamental es lo que supone de “catálogo” de yacimientos / lugares donde podemos contemplar esos grupos petroglifos.

El autor de este libro es de Miedes, en el confín de nuestra Castilla con el altiplano soriano. Y hombre dado a pasear el campo, a buscar huellas. Las encontró, y muy buenas, en un lugar al sur de su término municipal, muy próximas a la ermita de Santa María de la Puente, que comentaba yo en estas páginas hace tres semanas. En el entorno de esa ermita, alzada sobre la orilla izquierda del río Pajares, hay varias cuevas “trogloditas”, vestigios tallados en las rocas de habitaciones y santuarios. Pues lo que encuentra Ponce, -en primicia completa- es una amplia serie de dibujos tallados profundamente sobre la roca. Junto a estas líneas pueden verse algunos de esos gráficos, que muestran estilizadas figuras humanas, como en danza ritual y en homenaje al Sol. El estudio que hace de estos petroglifos es muy profundo e interesante.

Pero en este libro aparecen otros “santuarios” de esta temática. Así la “Peña Escrita” de Canales de Molina, con sus figuras antropomorfas sobre la roca, enormes de tamaño, como pidiendo a los “seres astrales” que las visitan desde el alto que vengan a ellos, que vuelvan a darles luz y saberes. Aparecen allí semblantes humanos, carátulas idólicas, letroides, huellas de pies y manos… un espacio mágico, sin duda. Como lo es el cercano abrigo de Rillo de Gallo, donde varias rocas se muestran plenamente ocupadas de estos símbolos. El autor analiza, a propósito de estos lugares, la formas religiosas primitivas de nuestros ancestros celtíberos, pues es en su territorio que todas estas muestras (y más que seguramente quedan aún por descubrir) aparecen ante los ojos sorprendidos de los viajeros que hasta allí leguen.

Otro lugar complejo, hermoso, y cargado de historia y sus huellas es la “Cueva del Moro” de Pastrana, donde además del propio conjunto cavernícola, hay muchos petroglifos con letras, con cruces, y hasta con rostros humanos… aunque quizás el que más profundamente a mí me ha sorprendido es el “campo astronómico” de Membrillera, en unas rocas próximas a la “Caseta de los Moros” de ese término, en la orilla izquierda del río Bornova. En ese lugar, y con muchas “cazoletas” talladas sobre las rocas, con amplias vistas sobre el valle, con horizontes que en las noches aún se dilatan, están tallados complejos signos que aluden a la posición de los astros y las estrellas…

Otros lugares son catalogados por Ponce y analizados a la luz de su valor semiótico ritual, hasta completar la quincena de yacimientos. Así los petroglifos de Romanillos y Casillas dan su imagen analizada, además de otros puntos aislados en Albalate de Zorita, la Fuensaviñán, Tordelrábano y algunos otros.

No creo que haya duda en afirmar que en esta ocasión, las investigaciones y el empeño viajero y descubridor de Óscar Ponce Jimeno, han abierto y aclarado un poco más la imagen de Guadalajara y su tierra, dándola nueva dimensión. Porque no sólo la batalla del Guadalajara de marzo de 1937 o el asalto a Atienza del Condestable Luna en 1446 son la historia. También participan de ella los personajes que hace tres, cuatro, cinco milenios… quisieron dar fe de sí mismos, y avanzar en el conocimiento de su postura frente al mundo.

El libro que nos llega

Esta es la ficha del libro que nos llega: Ponce Jimeno, Óscar: “Petroglifos en Guadalajara. Aache Ediciones. Guadalajara, 2020. Colección “Tierra de Guadalajara” nº 114. 126 páginas, muchas ilustraciones. ISBN 978-84-18131-22-6. PVP.: 12 €.

El libro de Ponce es muy buen trabajo de análisis y reflexión en torno a la religión primitiva y a la evolución de las creencias. Pero su valor fundamental es lo que supone de “catálogo” de yacimientos / lugares donde podemos contemplar esos grupos petroglifos. En ese sentido, cuatro fundamentales hay en la provincia que aquí son analizados en detalle, con muchas fotografías, dibujos y planos para acceder: Miedes de Atienza, Canales de Molina, Rillo de Gallo y Membrillera. Lugares sin duda poblados y utilizados como centros sociales y religiosos en el Neolítico y Edades del Bronce y del Hierro. Imágenes impactantes de símbolos solares, humanos y de observaciones astronómicas.

El autor, Óscar Ponce Jimeno, (Madrid, 1988) es un gran aficionado a la historia y a la investigación arqueológica. Oriundo de Miedes de Atienza, vive en Guadalajara desde su primera infancia. Es socio de Amigos del Museo de Guadalajara, y ha desarrollado su trabajo en dos ámbitos complementarios: de una parte el trabajo bibliográfico y fundamentalmente el trabajo de campo.