Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

julio 3rd, 2020:

Lecturas de Patrimonio: el retablo de Peñalver

En mis lecturas de Patrimonio, que quieren formar un corpus de noticias, estudios e ideas acerca del colosal acervo que nuestra provincia tiene heredado de siglos anteriores, no podía faltar una visita a la localidad alcarreña de Peñalver, y en ella admirar su urbanismo, su templo parroquial, y sobre todo su retablo, uno de los mejores de la comarca.

Si será Alcarria honda y olorosa Peñalver, que de allí surgieron hasta no hace todavía mucho tiempo los meleros que recorrían el país entero, y aún otros lugares del mundo llevando en sus tinajillas de madera el producto sabroso y dulce de esta región de Castilla. La miel de Peñalver es, pues, conocida en todas partes y apreciada justamente. Tanto, que en el segundo y definitivo viaje de Camilo José Cela a la Alcarria, allí pone sus reales para divagar literariamente sobre la miel, como si a capital de un reino hubiera arribado.

Lo que ya no es conocido tan en detalle son sus monumentos e historia, de los que aún quedan retazos dolientes o altivas manifestaciones. Del castillo de Peñalver, que estuvo situado en lo alto del roquedal que domina al pueblo por el oeste, solo permanecen en pie algunos muros, entre los que se ha hecho moder­namente el cementerio. En las antiguas salas de esta fortaleza se entrevistaron Sancho IV de Castilla y Jaime II de Aragón en cierta ocasión que concertaron treguas entre sus dos reinos.  Dentro de su término, junto a la carretera que conduce a los Lagos de Castilla, aún perduran las ruinas severas, cargadas de historia y nombres importantes, del convento franciscano de la Salceda, primer reducto de la observancia franciscana en Casti­lla.

Pero no es de ésto de lo que en esta ocasión quiero hacer mención, ni siquiera del colosal edificio de su parroquia dedica­da a Santa Eulalia, que posee una bella portada plateresca digna del mejor aprecio. Es del retablo que en su interior atesora, barnizando con su oscura madera la pared última de la capilla mayor.

La iglesia

Antes de ello, conviene recordar la estructura de este templo que lo alberga. Situado en medio del caserío, como todo él está instalado en sitio incómodo y sobre fuerte pendiente. De tal modo, que se hizo preciso, cuando su construcción, rellenar lo que había de ser ocupado por el ábside, acumulando tierra y piedras y haciendo un fortísimo muro de contención con barbacana encima. De ese modo se consigue que templo tan grande pueda caber, en equilibrio permanente, sobre tan cuestuda pendiente. Su fábrica es de mampostería de piedra caliza y argamasa, llevando sillar de lo mismo en esquinas y refuerzos. A los pies del templo se alza una torre rechoncha y de fuerte aspecto.

En el exterior hay dos detalles artísticos que arrebatan la atención: son sus puertas. Una de ellas, la orientada al norte, es obra de fines del siglo XVI, y por lo tanto está construida con unos cánones geométricos severos, en el sentido que la reforma trentina y los gustos del reinado de Felipe II imponían. La portada principal está orientada al sur, y ante ella se abre una estrecha y muy recoleta plazuela. Esta puerta monumental, joya de la arquitectura plateresca en la Alcarria, es obra de la mitad del siglo XVI, momento en el que se alza en conjunto todo el templo. Está, pues, pensada y programada con equilibrio, y merece un comentario aparte por varias causas.

Una de ellas es su estructura general: se incluye la portada toda en gran arco, como si una inmensa hornacina la cobijara. Ese gran arco lo forma el muro del templo, y dentro aparece, como un tapiz, la portada, toda ella cuajada de decoración y esculturas muy en la línea del plateresco alcarreño y toledano, casi perfectamente encuadrable en el modo de hacer de Alonso de Covarrubias. Al menos, es lo que recuerda la primera visión de esta portada: a la del templo conventual de la Piedad en Guadalajara, que este artista trazara y tallara en el primer tercio del siglo. Dentro de gran espacio, la portada también con arco semicircular, y columnas y pilares recubiertos densamente de decoración de grutescos. Esta portada está compuesta de un arco de ingreso semicircular, escoltado de pilastras y rematado arriba por dintel, frisos y hornacina. Todo ello cubierto de numerosas esculturas y relieves: se ven muchos grutescos (monstruos, sirenas, faunos, cabezas de ángeles, etc.) pero también se ven, –y esto es llamativo– una gran profusión de símbolos santiaguistas: bordones, veneras, escarapelas, calabazas, cruces incluso de Santiago. Todo ello como si nos quisiera recordar, proclamar incluso, que quien ha hecho aquello es un fervoroso santiaguista ¿canteros gallegos? Poco probable, pues un cantero no dirige la decoración de una portada generalmente. Será la historia del pueblo, una vez más, la que acuda a explicar este detalle: perteneció el pueblo durante varios siglos a la Orden Militar de San Juan, que tenía su iglesia en el centro del lugar (era la ya arruinada iglesia de la Virgen de la Zarza, de estilo románico rural). A mediados del siglo XVI, concretamente en 1552, Peñalver fue puesto en almoneda por el Emperador Carlos I, maestre proclamado de todas las órdenes militares, y este pueblo alcarreño, junto con el inmediato de Alhóndiga, fue comprado por don Juan Juárez de Carvajal, obispo de Lugo, en cuya familia (pues tuvo hijos, y nietos) permaneció también varios siglos. Quizás sea esta razón, la de que su nuevo dueño, en el comedio del siglo XVI y nada más tomar posesión del lugar, se pusiera a construir nueva iglesia, la de que por ser obispo de Lugo, gallego de nacimiento, y por tanto ferviente enamorado de Santiago, de su Camino, y de sus símbolos, mandara llenar la portada del templo parroquial de Peñalver con veneras, bordones y cantimploras camineras.

En el interior admiramos sus tres naves, mucho más ancha la central, y algo más alta. Las tres se cubren por bóvedas de crucería, con bellos dibujos y combinaciones geométricas, que recuerdan inmediatamente el estilo de las catedrales góticas, pero que se justifica en su época de construcción porque así se hacía todo en esos momentos. Dichas bóvedas apoyan en pilares poliédricos que separan las naves. Esta iglesia fue declarada, tras incoación del correspondiente expediente, como BIC (Bien de Interés Cultural) en 1991.

El retablo

Es este retablo parroquial de Peñalver uno de los más anti­guos e importantes que se conservan en toda la provincia de Guadalajara. Durante años estuvo en muy malas condiciones, pues en la Guerra Civil fue desmontado y trasladado para su custo­dia a Madrid, de donde se trajo posteriormente, aunque ya muy mermado en sus exuberancias ornamentales, siendo colocadas sus tablas en orden diferente al primitivo, y viéndose privado de dos de sus paneles centrales, en los que con toda seguridad irían tallas de la misma época del retablo. Lo ví hacia 1970, y a pesar de su calamitoso ensamblaje, pude describirlo y entenderlo.

A grandes rasgos, y con la única pretensión de dar a cono­cer, a todos los alcarreños y buenos catadores de nuestro arte provincial, este escondido retazo de la pintura del siglo XVI, paso a describirlo. De principios de ese siglo es, sin duda alguna, esta obra. En ella chocan dos conceptos del arte típicos del reinado del emperador Carlos: mientras en ciertos detalles campea el gótico, flamígero y ya decadente, en otros se alza el plateresco, a tientas y con balbuceos aún. Teniendo en cuenta, además, el consabido retraso con que las modas artísticas van llegando a los pueblos, se puede fechar este retablo de Peñalver en época que oscila entre 1520 y 1540. Más no se puede afinar, pues la total desaparición del archivo parroquial borró para siempre no sólo ese detalle, sino el que hubiera sido todavía más importante: el del nombre del autor o autores. Modernamente, se le ha atribuido, por sugerencias estilísticas, al Maestro de la Ventosilla.

La estructura de este retablo es todavía gótica. Tres cuer­pos horizontales y una predela inferior, se parten por igual en cinco calles, la central a base de elementos escultóricos, y las cuatro laterales, simétricas, con pinturas sobre tabla. Cubre todo el conjunto un guardapolvo que arranca desde el primer cuerpo y modela el Calvario cimero: es un guardapolvo éste que se decora con motivos claramente renacentistas, y que alberga a trechos escudos con los emblemas de la Pasión de Cristo. Rematan­do cada pintura, doseletes góticos finamente tallados. La separación de las calles se hace a base de finas columnillas góticas, rema­tadas en pináculos sencillos, y albergando a trechos algunas pequeñas estatuillas de las que ya sólo se salvaron cinco o seis.

Las cuatro pinturas de la predela representan sendas parejas de apóstoles, entre los que destaca la figura de San Bartolomé por su vigorosa fuerza descriptiva. Desapareció la talla de su calle central y ahora está ocupada por una pintura de la Inmaculada Concepción. 

De izquierda a derecha del espectador, las tablas del primer cuerpo inferior representan las siguientes escenas: la Resurrec­ción de Cristo; la Ascensión a los Cielos; la Pentecostés y la Asunción de María a los Cielos, llevada de los ángeles, siendo las cuatro de tan subido mérito y extraordinaria ejecución que se hace difícil alabarlas una por una. En su calle central, una moderna talla de Santa Eulalia sustituye al ignorado relieve que ocuparía ese puesto.

En el segundo cuerpo de pinturas, también de izquierda a derecha del espectador, aparece la Presentación de Jesús Niño en el Templo; la Última Cena; Un santo orante que podría ser San Roque; y la escena de la Flagelación. En su calle central, una extraordinaria talla en alabastro sin policromar de la Virgen del Rosario, en el mejor estilo del primer Renacimien­to. Es lástima que aparezca tan alta y distante, porque creo se trata de una obra escultórica de primera magnitud. Los paneles que recubren interiormente estas dos hornacinas centrales, van revestidos de prolija ornamentación gótica, tallada en bajorre­lieve sobre madera. Finalmente, en el tercer cuerpo horizontal, aparecen otras cuatro tablas que representan la Anunciación del Arcángel a María; la Natividad de Cristo; la Circuncisión, y la Epifanía. Separándolas en su centro, un sencillo Calvario del estilo, que remata todo el conjunto.

De toda esta descripción, y, sobre todo, de su visita, podemos sacar en conclusión que el retablo de Santa Eulalia en la iglesia parroquial de Peñalver es una de las joyas a destacar del Patrimonio Artístico de la Alcarria. Que debería ser promocionado, mejor estudiado, y -por supuesto- siempre defendido.