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abril 25th, 2020:

Libros, romances, el Arcipreste…

Ayer, 23 de abril, hubiéramos celebrado el Día del Libro si el Estado de Alarma no nos hubiera obligado a muchos a quedarnos encerrados en nuestros domicilios. Pero esa obligada retirada física nos ha ayudado también a tener más proximidad con los libros, esos adornos que con diversos colores, lomos dignos y susurradas historias, nos esperan dóciles (algunos, desde hace años!!!) para ser leídos.

El Día del Libro, el 23 de abril, que conmemora el fallecimiento del Príncipe de los Ingenios, el alcalaíno Miguel de Cervantes, que en su breve mansión madrileña abandonó el mundo un día antes, del año 1616, ha supuesto siempre una fiesta de encuentros y sorpresas, de tener en las manos un libro, de abrirlo, de leerlo…

La fiesta que en Barcelona se celebra en torno a ello, a Sant Jordi, y a las rosas que unos a otras se regalan los barceloneses, es como un eje colorista, ramblero y, sobre todo, económico, que este año va a quedarse atónito y en silencio, porque sigue estando prohibido salir a la calle sin una urgencia explicable.

En esta ocasión, y desde hace mucho, se ha dado en reunirse la gente de la cultura en espacios más o menos solemnes, a leer libros clásicos, especialmente el Quijote, y repasar sus ocurrencias y altas calidades, uno a una, para honrar al genio, para paladear sus palabras. Ha habido años en que he participado en lecturas comunes de esta manera, se ha hecho en Bibliotecas, y especialmente, guardo el entrañable recuerdo de haber participado en una lectura comunitaria de “El Libro de Buen Amor” en la villa de Hita, en el espacio abierto de las ruinas de su antigua iglesia de San Pedro, bien abrigados mientras las nubes pasaban deprisa y aguanosas en el entorno del cerro.

Este año, el Ayuntamiento ha llevado a cabo otra graciosa iniciativa, que aplaudo y a la que me he sumado contento: crear una sesión virtual con las lecturas que numerosas personas han elegido y grabadas digitalmente han enviado al Ayuntamiento alcarreño para ser proyectadas en redes sociales. Bien por Hita y su Ayuntamiento, que han sido capaces de sortear la suerte y ponerle cara y sonido a este “Día del Libro 2020”.

El Arcipreste de Hita y su Libro de Buen Amor

Una de las andanzas más sonoras de nuestro idioma, es sin duda ese “Libro de Buen Amor” o recopilación de historias, bromas, fábulas y oraciones que en amalgama variopinta se decían por las tierras de en torno al Henares, y un clérigo llamado Juan Ruiz (probablemente “de Cisneros”) a quien ahora llamamos el Arcipreste de Hita, las cosió por el lomo, y las dio a recitar a las gentes de esa tierra.

Como entonces, pero organizados por el Ayuntamiento de Hita con su alcalde José Ayuso a la cabeza, los alcarreños de en torno al Henares se han puesto a recitar los versos rufianescos y las chanzas pías de don Arcipreste. Concretamente ayer pusieron a través de las redes sociales en marcha una grabación en la que unos cuantos lectores y lectoras dan vida a las ingeniosa poesías de don Juan Ruiz.

Podría aquó volver a entretenerme en analizar su vida, su obra…. Es siempre una delicia rememorar a las gentes que han granado en el nombre de Guadalajara. Y este de Hita es uno de los primeros (aunque él se dijera, también, que era “de Alcalá”).

Juan Ruiz ha quedado desdibujado por la leyenda, y lo único concreto que de él sabemos es que fue un clérigo del arzobispado toledano, que aparece en algún documento nombrado como “Johanne Roderici archipresbitero de Fita” haciendo de testigo en algún juicio. Quizás fue sobrino y por tanto protegido del obispo seguntino don Simón de Cisneros, pasando luego al cortejo del obispo toledano don Gil de Albornoz, con quien anduvo caminos, y quizás hasta le acompañó a Concilios (Aviñón, Roma…) aunque siempre se movió en el ámbito de los valles de Tajo, Manzanares, Jarama y Henares.

El Libro de Buen Amor de este arcipreste castellano está escrito a lo largo de una vida, en diferentes épocas, lugares y momentos inspirativos. No encaja con claridad en una corriente literaria medieval, creando por sí mismo una nueva fórmula: el compendio de temas, de géneros, y síntesis de todo lo hecho hasta entonces. Con fuerza argumental y descriptiva, el autor se pone, en primera persona, como sujeto activo, y pasivo, de amores varios. El protagonista, es un clérigo, un arcipreste, y se muestra como un persistente y tenaz amante, que una y otra vez trata de alcanzar la plenitud del amor, aunque, consciente de sus peligros y contradicciones, no logra sino cosechar un fracaso tras otro.

Ese amor es ambiguo, se mueve entre el “buen amor” acordado con la ley de Dios, y el “loco amor”, que es pecaminoso, rechazable, aunque siempre tiende (el autor y el sujeto humano) a caer en el segundo, aún pretendiendo mantenerse en el primero. En la famosa copla 71 viene a resumir ese trabajo y ambivalencia: «Como dize Aristótiles, cosa es verdadera, / el mundo por dos cosas trabaja: la primera, / por aver mantenencia; la otra cosa era / por aver juntamiento con fembra plazentera». Muy diversas figuras femeninas entran a formar parte del repertorio. Así aparecen la dueña rica y noble, la panadera Cruz, la viuda doña Endrina, la dueña de pocos años, las serranas, la viuda lozana y rica, la monja doña Garoza, la mora… todas sus aventuras terminan en fracaso. No es cuestión aquí de analizar obra tan compleja, a la par que grandiosa. Solamente animar a los lectores a discurrir por sus páginas, a reir con sus trances, y, sobre todo, a admirar el lenguaje castellano, espléndido, rico y sugerente. Es, además, un libro culto, repleto de citas bíblicas, con alusiones a los autores clásicos, a la Biblia, a San Pablo, a Santo Tomás, a Aristóteles, al Ovidio medieval, a Esopo, a los trovadores, a las Decretales.

Composiciones líricas se derraman por el texto, como una lluvia mansa de sorpresas. Unas son de carácter religioso, otras profano. Algunas son de inspiración devota, como los Gozos y Cánticas de loores de Santa María, al comienzo y el final del libro, o las coplas a la Pasión de Cristo, ofrecidas a la Virgen en Santa María del Vado, expresando un real sentimiento religioso: “A ti, noble Señora, Madre de piedat, / luz luziente del mundo, del çielo claridat…” Las profanas podrían ser representadas por la «troba cazurra» a la panadera Cruz, las cánticas de serrana y los cantares de escolares y de ciegos. La parodia campa por todo el libro, lo mismo que el deseo de provocar, de suscitar controversia. Nos ha quedado la constancia de “El ibro de Buen Amor”, pero carecemos de las opiniones de la gente de entonces sobre él ¿Qué opinarían de Juan Ruiz, de su libro, los coetáneos? ¿Qué los reyes, los obispos, los profesores, los caballeros? No lo sabemos, pero la polémica surgió, eso es seguro. Aunque, como sabemos, era muy poca gente la que leía: el pueblo en general estaba a expensas de que juglares y ciegos por las plazas de los pueblos les cantaran/contaran lo que Juan Ruiz había escrito.

Lo que permanece claro es la fuerza del Arcipreste, su vinculación con esta tierra de la Alcarria, donde tuvo “su lugar y refugio secreto” en Valdevacas, donde siempre que podía se retiraba a descansar, y su asombro por los lugares de junto al Henares, de la Sierra del Guadarrama, de Alcalá y Segovia, de Sotosalbos y El Vado. En muchos sitios vemos alusiones a su presencia, a su escritura, a su pasar -tan lejano- por ellos. En Hita, concretamente, parece palpitar su presencia en el aire de la plaza, o al cruzar bajo el arco de Santa María que salva la muralla. Este año, esta primavera maldita del 2020, han sabido torearla allí con ese encuentro virtual de lectores, de entusiastas y de amigos del aire limpio de la plaza hiteña.

El romancero castellano

Y ya acabando esta jornada de libros y lecturas, debo recordar cómo hace pocos días apareció un libro que hubiera venido muy a cuento usar para leerlo, entre unos cuantos más, este Día. Me refiero al “Romancero Castellano [y otros poemas]” que firma Juan Pablo Mañueco, y que aparece en Aache como número 15, y último de la Serie “Cantil de Cantos” en el que este escritor ha plasmado, a lo largo de los últimos años, una inmensa aportación en forma de nuevas estrofas, repaso a los clásicos, recopilación de saetas, homenaje a Gloria Fuertes, lectura de los místicos y muchas otras aportaciones.

Un amplio prólogo del autor explica intenciones yresultados. Dice así Mañueco al empezar su obra: “La base argumental de este libro se encuentra, efectivamente, en el amplio tesoro de los romances viejos castellanos, que aportan la mayoría de los asuntos. Yo sólo les que cambiado o ampliado las letras que la tra­dición nos ha transferido, añadiendo técnicas poéticas contemporáneas. Esta combinación de las viejas tramas y de la añeja estrofa en que van envueltos con los recursos y las metáforas contemporáneas… el lector dirá si está o no lograda en el libro”.

A mí me parece que está muy lograda, y que sus temas, su variedad, su brillantez, su sabia mano que dibuja y pule, ha conseguido un gran libro. Porque en esta ocasión, Mañueco se enfrenta al clásico repertorio de los romances de Castilla, interpretando numerosas piezas, a su manera, con su versificación peculiar, tan personal y con fuerza. Por eso desfilan en estas páginas cosas tan clásicas como “El cura sacrílego”, “El enamorado y la muerte”, “El arriero de Bembibre” o “El sol es de oro, la luna de plata”, revistos y reinterpretados.

Pero también surgen cosas que entusiasman y se aplauden con ganas. Así ese “Romance del caballero de Santiago, don Martín Vázquez de Arce, llamado el Doncel de Sigüenza”, o “El espartero mágico de Tórtola de Henares”, sin olvidar esa preciosa letrilla que baila tras el título de “Romance de la niña y el palacio del Infantado”, apurando la actualidad hasta componer un gran “Romance de la lavanda en Brihuega”.

Además de escritor, de poeta, de inventor de palabras y situaciones, Mañueco se desvela en este nuevo libro, que sale a luz en su “Día Universal”, como un gran amante de Guadalajara. Ah, caramba, si todos cuantos aquí vivimos le tuviéramos a nuestra tierra este cariño, esta admiración arrobada, esta sincera gana de homenajearla.

Apuesto entonces por estos libros, los tradicionales como “El Libro de Buen Amor”, de Juan Ruiz de Cisneros, o los contemporáneos como el “Romancero castellano y otros poemas” de Juan Pablo Mañueco. Porque en ellos se escucha la alegría de la tierra, que -como ha quedado demostrado en estos días aciagos de la peste del siglo XXI- es la única que da sin pedir a cambio, la madre última que nos parió, y nos acoge.