Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

abril, 2020:

La Cabeza del Cid, sobre Hinojosa

He conocido estos días la publicación del estudio que en su día hicieron los arqueólogos María Luisa Cerdeño y Emilio Gamo en el alto de “La Cabeza del Cid” en Hinojosa, y que fue publicado en el volumen 27 (1) de Complutum, en las páginas 169-184, en 2016, bajo el título de “Estudio preliminar del campamento romano de La Cabeza del Cid en Hinojosa”. Como todo lo relacionado con la arqueología y la historia antigua de nuestra tierra, solo ha tenido repercusión en la media docena de personas atentas e interesadas en estos temas. Pero creo que la cuestión tiene mayor dimensión. Por eso la comento aquí.

Hace ya unos cuantos años, en compañía de algunos amigos molineses, subí al cerro de la Cabeza del Cid (yo entonces creía que lo llamaban “el Cabezo del Cid”, pero viene a ser lo mismo). Sabíamos que el lugar, en una orgullosa meseta que se alza cien metros por encima del altiplano molinés del Campo, había tenido habitación primitiva. La estructura del cerro lo pregonaba abiertamente: en ese alto (del que en su costado suroccidental mana la “Fuente del Cid”) se colocaron los celtíberos como uno de sus bastiones principales. Un fuerte oppidum dio cobijo a una amplia población de agricultores y guerreros, desde el siglo VI antes de Cristo. Y su allí estaba el castro, en lo alto, la necrópolis no andaría lejos. Todavía no se ha hallado, pero debe estar cerca.

Desde hace siglos se sabe que en la meseta había muchas piezas de gran interés arqueológico. Hoy los arqueólogos investigadores han encontrado ya muy poco. Lo realmente valioso se lo han ido llevando curiosos y aficionados, desde hace siglos.

Como ejemplo (y estas frases ya las he utilizado anteriormente en algún otro escrito) cabe reproducir lo que don Diego Sánchez de Portocarrero, regidor e historiador molinés a comienzos del siglo XVII, escribió en su “Historia del Señorío de Molina”: “Se descubren (en el término de Hinojosa) cada día notables antiguallasdel tiempo de romanos u aún más antiguas, monedas y otros rastros, más frecuentes que en otros puntosde esta provincia. Del mismo Cid es notable memoria el cerro en cuya falda está este pueblo y se llama hoy Cabeza del Cid, con tradición constante de que estuvo allí fortificado largo tiempo contra Labros, a quien sojuzga esta eminencia, que es áspera y enriscada por todas partes, formando arriba planos grandes, bastante para un moderado trozo de ejército, donde hay señas de cerca, y algunos creen muralla, y más parece trincheras con cava, formadas de piedra, tierra y fagina, que ciñe casi todo el plano donde debiófortificarse por algún tiempo el Cid con sus gentes, para señorearse de Labros, o la mucha tierra y pueblos que desde allí se descubren (…) En él hay otras señales de algibes de agua, ya desechos, fuera de la fortificación, aunque no lejos, en alta eminencia, una copiosa fuente de cuyo principio, atribuído milagrosamente al Cid y a su caballo, cuenta el vulgo cosas no dignas de crédito ni de historia. Descúbrense en este sitio y a cada momento diversos pedazos de armas de antigua hechura; hierros de lanza de punta cuadrada; armaduras de cabeza a modo de cascos muy chatos con agujero en medio ymuescas para las orejas, y abajo alrrededor muchos taladros, de donde debían prender otras armas; y destoyo he visto allí mucha copia extraordinaria. Yo tengo más de treinta monedas antiquísimas de todos losmetales, halladas en mis tiempos, y sé que se han perdido o despreciado otras tantas…“ (Tomo II, inédito, de la “Historia del Señorío de Molina”: 52-53).

Hace dos décadas se realizaron prospecciones superficiales, recogiendo materiales diversos (puntas de flecha, fragmento de un morillo, cerámicas grafitadas, de mano, todo ello datable en el periodo del Bronce Final, y en toda la amplitud de la Edad de Hierro (Valiente y Arenas). Ahora se han presentado los resultados de las últimas excavaciones o prospecciones allí arriba realizadas. La meseta de la Cabeza del Cid está a 1.349 metros sobre el nivel del mar, y a 100 metros sobre su base, en la se alza la localidad molinesa de Hinojosa. Se han realizado prospecciones arqueológicas de superficie, con georradar, y electromagnéticas, para reconocer la potencialidad del yacimiento. Y han vuelto a encontrarse nuevos materiales, que vienen, sin embargo, a dar un giro a lo hasta ahora convenido. Y es que más que un oppidum celtibérico, (que sin duda lo fue en su inicio) lo que ahora queda son los restos, y muy amplios, de un Campamento Romano, de la época de Sertorio.

Para garantizar esta afirmación, los autores muestran la estructura defensiva del recinto militar, que concretan con precisión, mostrando en superficie, y con fotografías aéreas, un área de 4,6 hectáreas ubicada en el extremo SurEste de la meseta del cerro, en el punto donde alcanza su cota máxima, y estando limitada por una fuerte muralla de 3 metros de grosor, que recorre 118 metros en el lienzo norte, y 328 metros en el lienzo oeste, mientras que los otros dos costados de la eminencia están limitados por escarpaduras rocosas que apenas necesitaban defensa. La construcción amurallada está realizada en técnica de emplecton, con los paramentos de piedras careadas bien dispuestas, y en interior relleno de piedras y tierra. Parece reconocerse al menos un espacio de acceso, una entrada terraplenada, de 3 metors de anchura y que podría haber tenido sendos torreones o refuerzos a sus lados. En el extremo noreste. Mientras que con el georradar se leen las líneas de lo que serían edificios alineados a lo largo de dos ejes interiores que se cruzarían, y que hoy pueden hallarse a no más de 15 cms. bajo la superficie.

Aunque se sospecha que pudiera tenerlos, no se han visto restos de torreones, y el foso que teóricamente rodearía al espacio defensivo, están tan relleno que no se aprecia. En muchas aspectos recuerda al yacimiento de “La Cerca” en Aguilar de Anguita, del que este de Hinojosa tiene la misma evolución, pues pasó de ser un castro o habitamento celtíbero, a servir de campamento militar a las tropas del Imperio Romano.

De lo hallado en superficie, nos refieren los autores de este estudio que priman los clavos largos de sección cuadrangular y los vientos de grandes tiendas de campaña. Muy poca cerámica, y poco más… 

En cuanto a datación y funciones de este lugar tan potente y (sin duda) importante en la historia antigua del Señorío Molinés, Cerdeño y Gamo apuestan por una cronología de comienzos del siglo I antes de Cristo, o incluso algo antes, de la segunda mitad del siglo II a. de C. Si por los restos encontrados sugiere pertenecer a la época de las operaciones militares de Tito Didio y Cayo Valerio Flaco en las mesetas interiores de la Celtiberia, es más evidente que pertenece a los momentos del conflicto sertoriano, cuando sobre el suelo ibero se desarrolla una confrontación civil entre romanos. En este sentido, las tribus autóctonas se pusieron de parte de Sertorio, por lo que si bien los restos que se evidencia, y la estructura física del campamento alude a la prepotencia romana, el hecho es que allí hubo, y muchos, celtíberos en marcha.

El resumen de este importante y revelador estudio viene, pues, a decirnos, que “La Cabeza del Cid” (lugar en el que las resonancias del héroe castellano perviven limpias) fue un recinto campamental del siglo I a. de C. instalado en el extremo sureste de ese gran cerro que vigila Hinojosa. El patrón constructivo no se corresponde, en absoluto, con los bien conocidos sistemas de castros/oppidum de los celtíberos, pero sí al de los recintos militares romanos, especialmente por la limpieza y contundencia de sus límites amurallados. En cuanto a los materiales encontrados, se ve que son elementos del equipo militar romano, no de la panoplia celtibérica.  Las cerámicas corresponden a los utensilios utilizados por las tropas sertorianas, pero de origen autóctono, cuando el aislamiento de los centros productores itálicos obligó a los sertorianos a usar contenedores locales, en un momento de grandes necesidades logísticas. Es por eso que en La Cabeza del Cid se encuentran elementos metálicos romanos y cerámicos celtibéricos, lo que indica que junto a los invasores itálicos había una amplia presencia de celtíberos ayudándolos, como ya había señalado Plutarco.Para quienes gustan de evocar ese pasado tan lejano, y sentir la emoción del eco apagado de guerras, batallas y emociones, este alto cerro en el confín del señorío molinés es una meta indudable. Hay que llegarse hasta Hinojosa, y allí subir a la meseta, fría y pelada, de La Cabeza del Cid. Se escucha la historia pasar…

Libros, romances, el Arcipreste…

Ayer, 23 de abril, hubiéramos celebrado el Día del Libro si el Estado de Alarma no nos hubiera obligado a muchos a quedarnos encerrados en nuestros domicilios. Pero esa obligada retirada física nos ha ayudado también a tener más proximidad con los libros, esos adornos que con diversos colores, lomos dignos y susurradas historias, nos esperan dóciles (algunos, desde hace años!!!) para ser leídos.

El Día del Libro, el 23 de abril, que conmemora el fallecimiento del Príncipe de los Ingenios, el alcalaíno Miguel de Cervantes, que en su breve mansión madrileña abandonó el mundo un día antes, del año 1616, ha supuesto siempre una fiesta de encuentros y sorpresas, de tener en las manos un libro, de abrirlo, de leerlo…

La fiesta que en Barcelona se celebra en torno a ello, a Sant Jordi, y a las rosas que unos a otras se regalan los barceloneses, es como un eje colorista, ramblero y, sobre todo, económico, que este año va a quedarse atónito y en silencio, porque sigue estando prohibido salir a la calle sin una urgencia explicable.

En esta ocasión, y desde hace mucho, se ha dado en reunirse la gente de la cultura en espacios más o menos solemnes, a leer libros clásicos, especialmente el Quijote, y repasar sus ocurrencias y altas calidades, uno a una, para honrar al genio, para paladear sus palabras. Ha habido años en que he participado en lecturas comunes de esta manera, se ha hecho en Bibliotecas, y especialmente, guardo el entrañable recuerdo de haber participado en una lectura comunitaria de “El Libro de Buen Amor” en la villa de Hita, en el espacio abierto de las ruinas de su antigua iglesia de San Pedro, bien abrigados mientras las nubes pasaban deprisa y aguanosas en el entorno del cerro.

Este año, el Ayuntamiento ha llevado a cabo otra graciosa iniciativa, que aplaudo y a la que me he sumado contento: crear una sesión virtual con las lecturas que numerosas personas han elegido y grabadas digitalmente han enviado al Ayuntamiento alcarreño para ser proyectadas en redes sociales. Bien por Hita y su Ayuntamiento, que han sido capaces de sortear la suerte y ponerle cara y sonido a este “Día del Libro 2020”.

El Arcipreste de Hita y su Libro de Buen Amor

Una de las andanzas más sonoras de nuestro idioma, es sin duda ese “Libro de Buen Amor” o recopilación de historias, bromas, fábulas y oraciones que en amalgama variopinta se decían por las tierras de en torno al Henares, y un clérigo llamado Juan Ruiz (probablemente “de Cisneros”) a quien ahora llamamos el Arcipreste de Hita, las cosió por el lomo, y las dio a recitar a las gentes de esa tierra.

Como entonces, pero organizados por el Ayuntamiento de Hita con su alcalde José Ayuso a la cabeza, los alcarreños de en torno al Henares se han puesto a recitar los versos rufianescos y las chanzas pías de don Arcipreste. Concretamente ayer pusieron a través de las redes sociales en marcha una grabación en la que unos cuantos lectores y lectoras dan vida a las ingeniosa poesías de don Juan Ruiz.

Podría aquó volver a entretenerme en analizar su vida, su obra…. Es siempre una delicia rememorar a las gentes que han granado en el nombre de Guadalajara. Y este de Hita es uno de los primeros (aunque él se dijera, también, que era “de Alcalá”).

Juan Ruiz ha quedado desdibujado por la leyenda, y lo único concreto que de él sabemos es que fue un clérigo del arzobispado toledano, que aparece en algún documento nombrado como “Johanne Roderici archipresbitero de Fita” haciendo de testigo en algún juicio. Quizás fue sobrino y por tanto protegido del obispo seguntino don Simón de Cisneros, pasando luego al cortejo del obispo toledano don Gil de Albornoz, con quien anduvo caminos, y quizás hasta le acompañó a Concilios (Aviñón, Roma…) aunque siempre se movió en el ámbito de los valles de Tajo, Manzanares, Jarama y Henares.

El Libro de Buen Amor de este arcipreste castellano está escrito a lo largo de una vida, en diferentes épocas, lugares y momentos inspirativos. No encaja con claridad en una corriente literaria medieval, creando por sí mismo una nueva fórmula: el compendio de temas, de géneros, y síntesis de todo lo hecho hasta entonces. Con fuerza argumental y descriptiva, el autor se pone, en primera persona, como sujeto activo, y pasivo, de amores varios. El protagonista, es un clérigo, un arcipreste, y se muestra como un persistente y tenaz amante, que una y otra vez trata de alcanzar la plenitud del amor, aunque, consciente de sus peligros y contradicciones, no logra sino cosechar un fracaso tras otro.

Ese amor es ambiguo, se mueve entre el “buen amor” acordado con la ley de Dios, y el “loco amor”, que es pecaminoso, rechazable, aunque siempre tiende (el autor y el sujeto humano) a caer en el segundo, aún pretendiendo mantenerse en el primero. En la famosa copla 71 viene a resumir ese trabajo y ambivalencia: «Como dize Aristótiles, cosa es verdadera, / el mundo por dos cosas trabaja: la primera, / por aver mantenencia; la otra cosa era / por aver juntamiento con fembra plazentera». Muy diversas figuras femeninas entran a formar parte del repertorio. Así aparecen la dueña rica y noble, la panadera Cruz, la viuda doña Endrina, la dueña de pocos años, las serranas, la viuda lozana y rica, la monja doña Garoza, la mora… todas sus aventuras terminan en fracaso. No es cuestión aquí de analizar obra tan compleja, a la par que grandiosa. Solamente animar a los lectores a discurrir por sus páginas, a reir con sus trances, y, sobre todo, a admirar el lenguaje castellano, espléndido, rico y sugerente. Es, además, un libro culto, repleto de citas bíblicas, con alusiones a los autores clásicos, a la Biblia, a San Pablo, a Santo Tomás, a Aristóteles, al Ovidio medieval, a Esopo, a los trovadores, a las Decretales.

Composiciones líricas se derraman por el texto, como una lluvia mansa de sorpresas. Unas son de carácter religioso, otras profano. Algunas son de inspiración devota, como los Gozos y Cánticas de loores de Santa María, al comienzo y el final del libro, o las coplas a la Pasión de Cristo, ofrecidas a la Virgen en Santa María del Vado, expresando un real sentimiento religioso: “A ti, noble Señora, Madre de piedat, / luz luziente del mundo, del çielo claridat…” Las profanas podrían ser representadas por la «troba cazurra» a la panadera Cruz, las cánticas de serrana y los cantares de escolares y de ciegos. La parodia campa por todo el libro, lo mismo que el deseo de provocar, de suscitar controversia. Nos ha quedado la constancia de “El ibro de Buen Amor”, pero carecemos de las opiniones de la gente de entonces sobre él ¿Qué opinarían de Juan Ruiz, de su libro, los coetáneos? ¿Qué los reyes, los obispos, los profesores, los caballeros? No lo sabemos, pero la polémica surgió, eso es seguro. Aunque, como sabemos, era muy poca gente la que leía: el pueblo en general estaba a expensas de que juglares y ciegos por las plazas de los pueblos les cantaran/contaran lo que Juan Ruiz había escrito.

Lo que permanece claro es la fuerza del Arcipreste, su vinculación con esta tierra de la Alcarria, donde tuvo “su lugar y refugio secreto” en Valdevacas, donde siempre que podía se retiraba a descansar, y su asombro por los lugares de junto al Henares, de la Sierra del Guadarrama, de Alcalá y Segovia, de Sotosalbos y El Vado. En muchos sitios vemos alusiones a su presencia, a su escritura, a su pasar -tan lejano- por ellos. En Hita, concretamente, parece palpitar su presencia en el aire de la plaza, o al cruzar bajo el arco de Santa María que salva la muralla. Este año, esta primavera maldita del 2020, han sabido torearla allí con ese encuentro virtual de lectores, de entusiastas y de amigos del aire limpio de la plaza hiteña.

El romancero castellano

Y ya acabando esta jornada de libros y lecturas, debo recordar cómo hace pocos días apareció un libro que hubiera venido muy a cuento usar para leerlo, entre unos cuantos más, este Día. Me refiero al “Romancero Castellano [y otros poemas]” que firma Juan Pablo Mañueco, y que aparece en Aache como número 15, y último de la Serie “Cantil de Cantos” en el que este escritor ha plasmado, a lo largo de los últimos años, una inmensa aportación en forma de nuevas estrofas, repaso a los clásicos, recopilación de saetas, homenaje a Gloria Fuertes, lectura de los místicos y muchas otras aportaciones.

Un amplio prólogo del autor explica intenciones yresultados. Dice así Mañueco al empezar su obra: “La base argumental de este libro se encuentra, efectivamente, en el amplio tesoro de los romances viejos castellanos, que aportan la mayoría de los asuntos. Yo sólo les que cambiado o ampliado las letras que la tra­dición nos ha transferido, añadiendo técnicas poéticas contemporáneas. Esta combinación de las viejas tramas y de la añeja estrofa en que van envueltos con los recursos y las metáforas contemporáneas… el lector dirá si está o no lograda en el libro”.

A mí me parece que está muy lograda, y que sus temas, su variedad, su brillantez, su sabia mano que dibuja y pule, ha conseguido un gran libro. Porque en esta ocasión, Mañueco se enfrenta al clásico repertorio de los romances de Castilla, interpretando numerosas piezas, a su manera, con su versificación peculiar, tan personal y con fuerza. Por eso desfilan en estas páginas cosas tan clásicas como “El cura sacrílego”, “El enamorado y la muerte”, “El arriero de Bembibre” o “El sol es de oro, la luna de plata”, revistos y reinterpretados.

Pero también surgen cosas que entusiasman y se aplauden con ganas. Así ese “Romance del caballero de Santiago, don Martín Vázquez de Arce, llamado el Doncel de Sigüenza”, o “El espartero mágico de Tórtola de Henares”, sin olvidar esa preciosa letrilla que baila tras el título de “Romance de la niña y el palacio del Infantado”, apurando la actualidad hasta componer un gran “Romance de la lavanda en Brihuega”.

Además de escritor, de poeta, de inventor de palabras y situaciones, Mañueco se desvela en este nuevo libro, que sale a luz en su “Día Universal”, como un gran amante de Guadalajara. Ah, caramba, si todos cuantos aquí vivimos le tuviéramos a nuestra tierra este cariño, esta admiración arrobada, esta sincera gana de homenajearla.

Apuesto entonces por estos libros, los tradicionales como “El Libro de Buen Amor”, de Juan Ruiz de Cisneros, o los contemporáneos como el “Romancero castellano y otros poemas” de Juan Pablo Mañueco. Porque en ellos se escucha la alegría de la tierra, que -como ha quedado demostrado en estos días aciagos de la peste del siglo XXI- es la única que da sin pedir a cambio, la madre última que nos parió, y nos acoge.

Empedrados molineses

Insisto en leer el patrimonio, sus páginas antiguas, sueltas de cualquier cuaderno, llevadas por el viento. Empeñado en sacar su mensaje, en comprender su dictado. Hay que conocerlo, estudiarlo, apreciarlo, y defenderlo.

Aunque han desaparecido muchos, aún quedan por Molina algunos empedrados. Eran estos unos espacios que abarcaban el solado de portales, atrios, incluso de calles y plazas. En ellos se colocaban, con la paciencia de los antiguos, piedras de diversos tamaños y colores, de tal modo que consiguieran un efecto artístico, llamativo, sorprendente, y que le dieran calidad (además de calidez, que en Molina buena falta hace) al entorno.

Los empedrados molineses –así los llamo yo- eran abundantes y daban cierto tono de poderío, de importancia y notabilidad, a quien los tenía en sus propiedades. He llegado a ver una calle entera empedrada en modo artístico. Era la de Megina, que además estaba en cuesta. Desapareció por completo, claro, porque los que iban al pueblo en coche querían poder subir la cuesta sobre ruedas. Mejor que antes, que la subían pie, pisando piedras.

Hubo empedrados, que yo haya visto, en algunas casonas de Setiles, y en Alustante. Hubo uno muy bueno en la portería del convento de las clarisas, de Molina. Y hasta hace poco lo había también, ejemplar, y espectacular, en el atrio de la iglesia de Codes, del que pongo foto junto a estas líneas.

Estos empedrados no son exclusivos de Molina. También lo hay en la Sierra Norte de Guadalajara (los he visto a la entrada de la iglesia de Cantalojas)), en Aragón, en todas sus comarcas, y en Cataluña. Sin olvidar Granada, donde presumen de tener los mejores empedrados de toda España, hasta el punto de que han creado escuela, y sus técnicas y formas se exportan al mundo entero. Hace poco, una empresa granadina se encargó de empedrar al modo tradicional, con piedras blancas y negras, algunos salones del nuevo palacio de Abd-al-Azzid, en Riad. La solerías granadinas se hacía con piedrecillas blancas y negras, incrustadas en mortero. Imitaban a su vez lo hecho por griegos y romanos, y perfeccionado por los bizantinos.

En los empedrados molineses se empleaban piedras calizas blancas o piedras rodenas rojas. Esa mezcla era la imperante. Las piedras se colocaban de modo que su parte más plana quedaba en la superficie, empotrando el resto. Se ponían casando sus formas, o sacando astillas finas y juntándolas en forma de espiga. Todas las combinaciones eran posibles, con tal de dejar un suelo firme, hermoso, perdurable. Se utilizaban especialmente las líneas rectas y los círculos, con abundancia de estrellas y figuras de “rosas de la vida” que decían traían buena suerte a la casa donde se ponían. También se ponían cruces, y algunas frases. No he llegado a ver figuras antropomórficas, como en Granada se usan.

En todo caso, una costumbre ancestral, muy hermosa, muy elaborada y humana, que por desgracia ha desaparecido. Ya no hay quien sole con piedras de colores, ni casi quedan suelos antiguos, que sin el menor apuro muchos propietarios han eliminado para poner modernas plaquetas de cerámica. 

Y esto, finalmente, me lleva a la reflexión que siempre hago (y ahora ya con obligada solicitud, porque el tiempo apremia) sobre la necesidad de proteger este patrimonio, tan frágil. Sobre la conveniencia de que en los planes culturales de la Diputación Provincial, en los posibles (porque no existen, que yo sepa) planes de protección al patrimonio del Gobierno Regional de Castilla la Mancha, y aún en los planes que la Comunidad Europea acogería -es seguro- si alguien se lo planteara, deberían ir unos puntos o apartados que recogieran acciones de estudio primero, de análisis y catalogación, después, y de recuperación mediante restauraciones comprometidas con la esencia de las cosas, en último término.
La política, que hoy nos está deparando tantas sorpresas en su aspecto dialéctico, debería pasar firmemente por estos caminos del respeto al pasado, a la conservación del patrimonio y a la defensa activa del mismo. Creo que no es mucho pedir, porque si no se hace ahora, las generaciones futuras nos culparán de esta pérdida.

Una pincelada de Renacimiento

Santa Librada preside su retablo en la catedral de Sigüenza, pintado por Juan de Soreda.

Recuerdo épocas muy antiguas, en las que la peste asomaba sus dientes, y mordía por todas partes. Bocaccio nos describe en su “Decamerón” cómo unos jóvenes de Florencia se recogen en una quinta de las afueras, y pasan la cuarentena entretenidos en contar cuentos.

El Renacimiento, que daba primacía al ser humano y consideraba sus acciones independientes de la soberanía divina, quedó también estupefacto ante tales calamidades. Pero de ellas salió fortalecido.

Quiero aquí dedicar un breve recuerdo a aquella época, no vivida por todos, pero sí densa e infiltrada, de tal manera que el mundo (ese mundo teocéntrico medieval de largas centurias) comenzó a cambiar. 

El marqués de Santillana, los alumbrados, los obispos seguntinos, los palacios alcarreños, las torres y galerías, las novelas pastoriles, los poetas garcilasistas, la academia del cuarto duque, los grandes retablos, la orfebrería…. un mundo increíble, pleno, que debe ser conocido y apreciado por todos.

Y de aquí que hoy repase, aunque sea someramente, lo que el arte nos dejó en aquella época. Un arte que nace de la maestría y la técnica, pero que se nutre también, y primero de todo, de unas ideas filosóficas, de una consideración nueva respecto a la vida, la Naturaleza, y los seres humanos.

La pintura renacentista en Guadalajara

Un detalle de esa inmensidad patrimonial, que se parcela en arquitectura, pintura, escultura, orfebrería, telas y arte efímero, es la pintura, que se centra en los retablos, fundamentalmente y en elementos murales de gran calado. Algunas, muy pocas, pinturas de caballete, pertenecientes a los altos linajes mendocinos, y poco más. Nos vamos a dar una vuelta por la provincia, con la cámara de fotos preparada, y los ojos bien abiertos, para disfrutar de la belleza de formas y colores que nos ofrece este tema.

Los conjuntos pictóricos murales son fundamentalmente tres. Muy desiguales entre sí: los techos de las salas de la planta baja del palacio del Infantado, de gran aliento manierista italianizante; las bóvedas de la capilla de Luis de Lucena, con ínfulas vaticanas pero resueltas con aire provinciano; y el muro de un cuarto de estar de una casa particular de Albares.

Las del Infantado las pintó Rómulo Cincinato, entre 1578 y 1580, aprovechando una licencia que le diera Felipe II para trasladarse a Guadalajara a servir de este modo al duque del Infantado, quien por entonces se encontraba rematando su colección de reformas palacianas. Cincinato no demostró ser un genio de la pintura, pero sí nos dejó buena muestra de su oficio depurado, de su ambiciosa capacidad en el diseño de las grandes escenas, de su soltura en el manejo de los colores, y de su apego al grutesco y la decoración pompeyana. 

Podemos ver estas salas, cuando están abiertas, accediendo desde el patio de los Leones, a través de la primera sala que es conocida como sala de Cronos, estrecha y alta. En el centro de su techumbre vemos la figura, aguerrida y alada, escoltada por dos ciervos, y con sus clásicos atributos, la hoz y el reloj de arena en ambas manos, del viejo dios Cronos. Aparece en un atrevido escorzo vertical, pues ocupa su imagen el plafón central de la techumbre. Se rodea mediante ancha cenefa por multitud de grutescos y adornos florales, entre los que aparecen, realizados con una gran sencillez y naturalismo, los doce signos del Zodiaco, compañeros del padre Tiempo en muchas de sus representaciones. Se completa la decoración de esta sala con varios escudos del duque y la duquesa patrocinadores.

En la gran Sala de Batallas o de don Zuria se desarrolla un mundo iconográfico variopinto y abigarrado, en el que aparecen numerosas escenas guerreras, protagonizadas por no bien identificados personajes vestidos a la usanza romana. Su autor tomó por modelo la soberbia techumbre que para el salón de Cinquecento del Palazzo Vecchio de Florencia, trazó hacia 1565 Giorgio Vasari. A lo largo de diecinueve grandes plafones, sobre el centro del techo, y en forma de medallones en su moldeado declive, aparecen diversas escenas pobladas de guerreros y luchas, descritas con gran riqueza de medios. Batallas y escenas en las que los protagonistas visten ropajes de la época, pero con muchos rasgos y modismos de la antigüedad clásica romana. En general se trata de batallas y asaltos de ciudades entre hombres occidentales y orientales. En los cuadros centrales se representa una batalla en la que vence un sujeto de barba blanca, fácilmente identificable con el mítico creador de la dinastía mendocina, don Zuria, el Blanco. Se trata de la batalla de Arrigorriaga en la que vencieron a sus enemigos leoneses. El resto representan acciones guerreras de los Mendoza a lo largo de su historia, y particularmente en la guerra de Granada. Se entremezclan con estas escenas, diversas figuras simbólicas, magníficamente realizadas, del Honor, la Fama, la Gloria y la Victoria, así como innumerables figurillas de putti que juegan con arneses guerreros. Al fondo de este gran salón aparecen dos pequeñas y ovaladas saletas con sus paredes y techos totalmente decorados, en estos casos de escenas mitológicas y de las Historia de Roma. Los escudos de don Iñigo López de Mendoza, quinto duque del Infantado, y su mujer doña Isabel Enríquez, llenan rincones y cartelas.

La sala de Caza o de Atalanta es más reducida que la de Batallas, pero la destreza de su ejecución gana, indudablemente, a todas las anteriores. Su rectangular techo cuajado de mil colores distintos prende de inmediato el ánimo de quien la contempla. Presenta escenas de la leyenda de Atalanta e Hipómenes según la describe clásicamente Ovidio en sus Metamorfosis, y se distribuyen en cinco grandes pinturas rectangulares. Esta leyenda viene a ser una representación alegórica de la lucha del hombre con el Tiempo, aunque añade cuatro grandes medallones representando dioses de los cuatro elementos naturales, y en la cenefa algunas escenas de caza tal como se desarrollaba, por el duque cazador que era don Iñigo, en el siglo XVI: el jabalí, el venado, los patos y grullas que en los bosques de la provincia de Guadalajara, por donde tenía don Iñigo sus estados, había en grandes cantidades. Se completa la riquísima decoración de este techo con abundantes imágenes de aves exóticas o domésticas, incluso con alguna interesante interpretación de Diana, cual son la poco frecuente de la Artemis de Efeso, y la de Flora. 

Nos trasladamos luego a la Capilla de Luis de Lucena, en la cuesta de San Miguel, abierta los sábados (mañana y tarde) y los domingos por la mañana, para su admiración detenida. Las pinturas de las techumbres, arcos y enjutas de esta capilla se encuentran hoy en buen estado de conservación, tras una cuidadosa restauración a la que ha sido sometida esta capilla, y así se puede admirar su conjunto y el programa religioso que forman: la línea central de rectangulares cuadros ocupa, en sucesión y disposición que recuerda a la de la Capilla Sixtina, toda la bóveda de la capilla, y en ella aparecen escenas de la historia del pueblo judío, guiado por Moisés, y luego por Salomón, representándose en el arco mayor una magnífica escena de la llegada a Tierra Prometida. En las mismas bóvedas, se ven representaciones de las Virtudes Cardinales (cuatro figuras magníficas, de fina ejecución) con sus correspondientes atributos, de diversos profetas y luego de Sibilas, que en número de doce rellenan también algunos espacios de enjutas, completándose con representaciones de las virtudes teologales. Pueden interpretarse como un «camino en el Cielo hacia Cristo» de indudable inspiración erasmista.

Rómulo Cincinato pintó, al menos, las cuatro virtudes de la primera bóveda, y quizás sus dos iniciales secuencias históricas, dejando el resto a otros pintores, pues hay cosas de distinta mano, e incluso algunas figuras y escenas quedaron a medio terminar. La capilla tuvo un retablo en su muro de levante, del que no queda resto ni descripción alguna.

Un tercer ejemplo de pintura mural renacentista es el que encontramos en una casa de Albares, donde algún entusiasta admirador del marqués de Mondéjar, en el siglo XVI, mandó a algún pintor rural y peregrino plasmar la imagen del aristócrata, en trance de ganar una batalla a los moros, y amparado por algunos santos de su devoción. Pinturas murales que cuentan con la fuerza de los siglos, pero sin demasiada calidad.

La pintura renacentista por la provincia

Apenas ha quedado memoria de obras “de caballete” en nuestra provincia, durante los años del Renacimiento. Tanto los poderosos nobles, Mendoza y compañía, como los eclesiásticos, ambos grupos únicos de comitentes de obras pictóricas, solo se preocuparon de apadrinar retablos, y más retablos, y alguna composición mural. Los duques del Infantado, desde el tercero a la sexta, nos consta, encargaron retratos de ellos, de sus esposas e hijos, a las primeras manos de Europa: sabemos que el cuarto duque don Iñigo López de Mendoza, fue retratado por el Tintoretto. Doña Ana lo fue por Rubens. Sánchez Coello plasmó en lienzo la belleza de la princesa de Éboli, y el embajador Diego Hurtado de Mendoza gozó de la honra de ser retratado por Tiziano. Esas y muchas otras obras están hoy en poder de la familia Arteaga, herederos directos de los Mendoza.

Por los escasos museos existentes en la provincia, aún podemos rastrear algunas pinturas del Renacimiento que pueden ser aquí señaladas. Es una la existente en el Museo de la Colegiata de Pastrana, representando sobre tabla un “Descendimiento de Cristo” que es el único resto que nos queda del por todos alabado retablo mayor del templo encargado a Covarrubias y a Juan de Borgoña a inicios del siglo XVI. A este último, principal representante del Renacimiento pictórico castellano, hay que atribuir esa pintura. 

Son otros los lienzos que llaman nuestra atención en ese museo, en concreto los que representan a dos de los hijos de la princesa de Éboli. Retratos sólidos, muy personalizados, con mucha alma, debidos a los pinceles de ignota pero primera figura del Renacimiento, que bien podría ser un Sánchez Coello o de su estilo. Uno es el de don Pedro González de Mendoza, en sencillo hábito de franciscano, orden a la que pertenecía a pesar de luego llegar a obispo de Sigüenza y de Granada. Otro es el de Ana de Silva y Mendoza, hija menor de la Princesa, cuando a la muerte de su madre decidió entrar en clausura, desprendiéndose de sus joyas y atavíos.

En el museo de San Gil de Atienza quedan hoy unas tablas, cuatro en total, representando cada una de ellas un par de profetas, procedentes de algún gran retablo de alguna de sus numerosas parroquias. La fuerza, limpieza y sonoridad de los rostros, actitudes y atavíos de estos ocho profetas y sibilas, recuerdan en principio la mano de Berruguete, pero por diversos especialistas han sido atribuidas recientemente, aunque sin documentación de apoyo, al aragonés Juan de Soreda: en todo caso, unas pinturas de lo mejor del Renacimiento, en otro museo de la provincia.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

Sigüenza en el eje del arte

En el Museo Diocesano de Sigüenza hay algunas tablas de enorme interés, como el “Enterramiento de Cristo” que procede (el formato de arco lo delata) de un muro de enterramiento, en la parroquia de Pozancos. La belleza de rostros y actitud, la riqueza de los paños y el tratamiento de la escena recuerdan a Juan de Borgoña, aunque ha sido adscrito a un ignoto “Maestro de Pozancos”. También hay un buen cuadro, del Manierismo declarado, atribuido a Luis Morales el Divino. Es una Piedad muy en su línea, con rostros desencajados y dramáticos, como todo lo del extremeño.

Finalmente, el retablo completo del altar de Santa Librada, debido al pincel genial de Juan de Soreda, es un conjunto clave en el Renacimiento seguntino pues a la calidad técnica, y al aire rafaelesco de sus formas y escenarios, se suma un complejo programa de neoplatonismo humanista, que le hace eje del movimiento social y artístico que pronto veremos completo y en panorámica provincial: el Renacimiento más genuino.

El valle del río Gallo

Recluidos en la cuarentena que, a la antigua usanza, parece ser la única forma de librarnos de una (una más…) de las epidemias que de vez en cuando azotan a la Humanidad, saco a colación viejas andanzas por mi tierra.

Siempre es de acomodo evocar los caminos, la brisa que sopla entre las ramas altas de los chopos, el sonar levísimo de las aguas, el trote de nuestras botas sobre las viejas hojas resecas. Hoy me voy a Molina, vuelvo al Gallo.

Aunque no incluido plenamente en el Parque Natural del Alto Tajo, el recorrido del río Gallo por el señorío de Molina conforma una serie de espectaculares paisajes y entornos característicos que le hacen extensión natural de ese Parque. 

Para cuantos esta primavera se animen a viajar, a descubrir una de esas facetas que la provincia encierra y está deseando enseñar, la “Ruta del Gallo” es un destino a estudiar, porque va a proporcionar todo tipo de sorpresas: páramos silenciosos entre pueblos medievales, y abruptos cortados rocosos con ermita subterránea incluida. Preparar las botas, los mapas y los ánimos. Y poneros a andar por sus caminos.

Aunque el recorrido por el Gallo es muy amplio, pues nace en los altos montes de en torno a Motos y Alustante, en el extremo más oriental del Señorío, como un regalo de la sierra de Albarracín, y va a dar en el Tajo justamente en el espacio conocido como Puente de San Pedro, todas las miradas, y todas las pisadas se dirigen al estrecho barranco que forma el río Gallo entre las localidades molinesas de Ventosa, Corduente y Torete, aunque más abajo sigue, por Cuevas Labradas, hasta la junta con el Tajo en el sitio dicho.

Ahí están los espectaculares paisajes que cifran su belleza en la verticalidad y proximidad de los muros rocosos que dan límite al hondo cañón por el que corre el río. En su mitad se esconde (o se muestra, según se mire) la Ermita de la Virgen de la Hoz, que es patrona del Señorío molinés, y cuya leyenda, historia y realidad hoy es algo que se mete en los corazones de todos los molineses esparcidos por el mundo.

Merece la pena acercarse de nuevo hasta la Hoz del Gallo, y recorrerla desde un punto de visto más naturalista que piadoso, más ecologista que histórico. En ese sentido, quienes todavía no hayan viajado hasta ese lugar privilegiado deben hacerlo en cuanto puedan. En esta primavera que ya apunta tímida. O en el próximo verano en el que las sombras de los altos árboles y las inacabables rocas darán frescor a quien hasta allí se llegue.

Imágenes del río y del entorno

En los libros e historias que hablan de Molina, aparece siempre la imagen del Santuario de la Virgen de la Hoz, que antaño fue monasterio de monjes cistercienses (hay quien dice que quizás antes fuera acojo de templarios) y hoy es corazón del Señorío, dentro de la roca tallada, retablo barroco e imagen románica en conjunto.

Como un catedral de piedra arenisca que emerge entre las choperas, al murmullo de las aguas, rodeada de frágiles pinos, las cúpulas de piedra rodena parecen hablar de un tiempo mitológico. Está la ermita cargada de recuerdos, de glamour y versos. Sobre la roca, junto a la entrada, además de un escudo del clérigo Burgos (un águila de extendidas alas) aparece un panel de cerámica con las catorce líneas de Suárez de Puga que dan vida a uno de los más hermosos sonetos escritos en lengua castellana, aquel que se inicia con la invocación a María en la Hoz: «Con qué dulce volar la rama espesa / de tu parral ¡oh, Virgen en clausura!», y acaba en esos versos que a la hoja de parra dedica porque sabe que es sagrada y es eterna: «Promete, ¡oh tierno tallo de esperanza!, / un día darte la cosecha entera / de su primer racimo transparente / enseñándotela, pues no te alcanza, dentro de la sagrada vinajera / de algún misacantano adolescente».

Prometidas excursiones

Y no vale que andemos más en detalle contando vestidos dorados de vírgenes, o fundaciones pías de familiares de Santo Oficio y Liga Santa, porque a la Hoz del Gallo se va fundamentalmente de excursión, de coche cargado hasta los topes con sillas plegables, mesas ídem, abuelos que se valen y niños por desfogar. Y tortillas, muchas tortillas. Incluso carne empanada, y coca-cola, y (que no falte nunca) vino de la Mancha en bota. Con todo eso, el día por delante, y ganas de pasarlo bien, no hay mejor lugar en el mundo que el barranco de la Hoz.

En Molina de Aragón, primeramente, se ha podido mirar el castillo, o el ábside románico de Santa Clara, o el portalón barroco del Palacio del Virrey. Luego, en Corduente, su bien conjuntado caserío, de nobles casonas recias y francas. Y al fin la hospedería, clavada en el interior de la roca, un verdadero lujo del turismo rural que aquí en la Hoz alcanza el máximo de las posibilidades que el turismo de interior puede ofrecer.

La perspectiva de quedarse a comer en su inmenso salón, a dormir en sus pequeñas y bien acondicionadas habitaciones, y a despertarse arrullado por el sonoro discurrir del Gallo, es algo que verdaderamente carga de sugerencias cualquier plan de «Fin de Semana».

Pero además la Hoz nos ofrece muchas otras cosas. Una: subir por el escalonado vía crucis que parte de detrás de la ermita, hasta lo alto de los roquedales, disfrutando a cada tramo de las vistas suculentas del barranco, de los pinares de Molina, de los cielos transparentes de su altura. Recientemente el Ayuntamiento de Molina ha acondicionado pulcramente aquel entorno, haciendo fácil el discurrir por sus recovecos.

Dos: quedarse a disfrutar las mesas y asientos de madera que se han distribuido a lo largo de las riberas del río.

Tres: adentrarse en el bosque y buscar los restos de una antigua ciudad celtibérica que cercana a Ventosa existe.

Cuatro: cruzar el bosque a buscar ardillas, comadrejas, petirrojos, y algún ciervo.

Cinco: dormir plácidamente al arrullo fresco de la sombra de un cerezo.

Y muchas más cosas. Llegar, entre otras, finalmente a Torete, donde parte una carretera hacia Lebrancón, que junto al arroyo Calderón, también profundo y hermoso, nos da posibilidades de admirar paisajes sin cuento. O seguir carretera abajo hacia Cuevas Labradas, puestas en un alto bien oreado y fresco; seguir en dirección a Cuevas Minadas, para saber lo que es bosque salvaje y denso; o seguir ya sin pausa hasta el lugar en el que la carretera se une a la que viene desde Corduente y Molina en dirección al Puente de San Pedro. Todo son bocas abiertas, y ganas de volver, aunque se esté pasando por vez primera.

Ese es el mejor folleto de propaganda turística que puede proporcionar Guadalajara: recorrer entero el barranco de la Hoz del río Gallo en su tramo final, entre Corduente y el encuentro con el Tajo. Con el telón de fondo de ese Parque Natural del Alto Tajo, que ya cuenta con su Centro de Interpretación en Corduente, y que significa un aula vertiginosa y espléndida para saber más del mundo, de la geología, de los animales del aire y el agua, de nosotros mismos.

La ruta de Monje

Luis Monje Arenas, suficientemente conocido como biólogo director del Servicio de Fotografía Científica de la Universidad de Alcalá, y reciente autor, entre otros, de un libro titulado “El Señorío de Molina, paso a paso”, nos propone en las páginas de este una ruta en automóvil por el río Gallo. Por su trayecto más fácil y espléndido.

Y así nos sugiere que salgamos de Molina y entre campos de cultivo, barbechos y restos de matorrales acompañando al río escueto nos lleguemos a Corduente, tras haber parado un momento a visitar desde fuera la fortaleza de Santiuste, que otea el valle.

Ya junto al río, tras visitar el pueblo [Corduente] y su Centro de Interpretación, nos vamos a encontrar sobre la carretera estrecha y acompañados de unos enormes paredones rojizos, formados por conglomerados de cárdenas areniscas que parecen amenazar con bloquear el paso, y que así anuncian el comienzo del barranco de la Hoz propiamente dicho.

Nos dice Monje que “la erosión diferencial provocada por el caudaloso Gallo en épocas pasadas ha cincelado un zigzagueante y estrecho desfiladero de paredes verticales que alcanzan los 150 metros de altura en algunos puntos, y que hoy aparecen rematadas por cárdenos roquedos sobre los que mantienen un inestable equilibrio los pinos rodenos, centinelas arbóreos de las alturas del cañón”. 

El viajero ha de parar en la ermita, en el santuario: allí está la Hospedería, hoy abierta al público, y el templo siempre abierto y con la curiosidad de estar tallado íntegramente en el interior de la montaña, con una imagen románica de la Virgen María en su barroco altar. Poco más allá de los edificios, empieza a ascender una escalinata de cientos de peldaños que, en pocos minutos, y sin demasiado esfuerzo, nos permite subir hasta un mirador natural habilitado sobre una enorme losa de arenisca que sobrevuela el santuario y desde la que se aprecia una panorámica del barranco que se quedará indeleble en la memoria.

La ruta sigue río abajo, carretera abajo: es la GU-958 y va en lo profundo del desfiladero, entre el río y la muralla rojiza. Se llega pronto, tras 5 Kms., a Torete, población  donde el río Gallo nutre con sus aguas una fértil vega. Poco después el paisaje cambia de nuevo, las paredes se alzan y el camino se estrecha, pudiendo ver cómo los rojos conglomerados son sustituidos por grisáceas calizas, en cuyos estratos, fuertemente plegados, se adivinan las primigenias convulsiones orogénicas que sufrieron estas tierras, ricas en fallas, cuevas y plegamientos. 

En los altos del estrecho de Despeñaburros, situado a 3 kilómetros aguas abajo de Torete, están la sima de la Muela y la cueva del Horniciego, señaladas por sus correspondientes carteles orientativos. Poco después, 500 metros más allá, poco antes de llegar al pueblo de Cuevas Labradas, se toma la pista de tierra en buen estado que surge a nuestra derecha y que continúa acompañada del río Gallo, el cual se atraviesa poco después, gracias a una pasarela de cemento de la que surge hacia la derecha un caz que alimenta el viejo Molino del Manco. 

Si continuamos andando desde allí, hacia Poniente, a 200 metros vemos cómo aparece un impresionante anticlinal que ha sido mil veces fotografiado, y que da la esencia geológica de esta Ruta. La pista que llevamos, nos conduce 4 Kms. más adelante hasta la carretera CM-2015, que baja desde Molina/Corduente por el interior del pinar, y que desde aquí vuelve a hacerse compañera fiel del Gallo hasta que, 5 Kms. más adelante, le vemos entregar sus aguas al Tajo, en el paraje del Puente de San Pedro. Este último tramo es el que mayores perspectivas de grandiosidad nos entrega, pues los murallones calcáreos que escoltan al profundísimo río son de una esbeltez y belleza extraordinaria, destacando de todos ellos el cantil al que se conoce como “Castillo de Alpetea” cargado de leyendas y vigilante eterno de la junta de los ríos.

Añadido el bagaje viajero de algún plano que en la Oficina de Turismo de Molina tienen, y sobre todo con las ganas de ver espacios nuevos y rústicos, fuertes en color y siluetas, el viajero debe lanzarse a dar sus pasos largos junto al río Gallo. Los ríos son siempre libros que cuentan cosas, que cuentan penas y alborotan la memoria, pero que dan siempre, -eso no falla- agua a la sed del caminante, sombra fresca para su descanso, conciencia tranquila de que se está todavía en un mundo amigo y sabio.Este recuerdo se me viene ahora, en el obligado encierro de la cuarentena, porque hace ya diez años que Luis Monje Arenas y yo presentamos nuestro libro “El Señorío de Molina, paso a paso”, en la hospedería del Barranco de la Hoz. Fue una buena tarde, rodeados de amigos, de sombras, de yantares y beberes, de firmas, de abrazos…. No se me olvidará como, por sorpresa y sin haber avisado antes, se presentó en la reunión Luis Monje Ciruelo, padre del coautor del libro, conduciendo él solo su coche, desde Guadalajara, y cómo al acabar el acto, ya de noche, volvióse a casa, tan terne. Eran (estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora….) otros tiempos mejores, mucho mejores!