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En Valencia frente al mausoleo de Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza

rodrigo diaz de vivar y mendoza

He podido pasar, por fin, después de haberlo intentado varias veces, al interior del antiguo convento de Santo Domingo (que hoy es Capitanía General)  en Valencia. Y allí en su iglesia, en la capilla real dedicada a los Tres Reyes Magos, he admirado el mausoleo del hijo mayor del Cardenal Mendoza, don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, primer marqués de Cenete, y de su segunda esposa, a la que de verdad quiso, madre de sus hijas, doña María de Fonseca. En otra parte de la capilla, hay otra lápida, si cabe más emocionante. Rigurosa y simple, pero con la solemnidad del tiempo sobre el mármol duro: la lápida mortuoria de la hija de ambos, doña Mencía de Mendoza y Fonseca, una de las primeras mujeres humanistas, cultas, protectoras del arte y la literatura…

El enterramiento del marqués de Cenete

En 1554, doña Mencía de Mendoza (hija de don Rodrigo y doña María) mandó labrar en Génova un gran sepulcro en mármol blanco de Paros para sus padres. En el centro de la capilla se colocó, sobre un basamento decorado con ángeles en las esquinas, roleos y carteles tallados, una cama en la que yacen dos figuras: la del varón, revestido con armadura y espada y el yelmo a sus pies; la de la fémina, sosteniendo sobre el pecho un libro de oraciones. Con calaveras en los laterales. Y estas inscripciones (traducidas del latín) en la basamenta: «A don Rodrigo de Mendoza, marqués de Zenete, padre de doña Mencía de Zenete, varón esclarecido. Murió en 22 de noviembre de 1523. A doña María Fonseca de Toledo, marquesa de Zenete, madre de doña Mencía de Mendoza, esclarecida dama. Murió en 16 de agosto de 1521».

Pero en esa capilla está también enterrada la fervorosa hija, que prefirió una simple placa con la talla de sus emblemas heráldicos, y una larga y profusa leyenda en latín, según vemos en fotografía junto a estas líneas.

El monumento funerario de don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza y su esposa doña María de Fonseca, fue diseñado y labrado en Italia. La traza es de Juan Bautista Castello, el Bergamasco, y la talla de Giovanni Ursolini e Gio, sobre mármol de la región de Como. Unas cuantas fotografías de este impresionante monumento funerario acompañan estas líneas.

Unas pinceladas biográficas

Después de ver ese mausoleo, solemne y frío, pero cargado de emoción para quienes valoramos la historia de quienes allí están enterrados, conviene saber algo más, solo un pequeño apunte, del personaje / los personajes que intentan hablarnos desde su fría talla.

Realmente la historia de don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, podría dar para escribirla en formato de novela, que sin duda atraparía con su secuencia de sorprendentes y continuadas sorpresas la atención de cualquier lector. Era hijo mayor de don Pedro González de Mendoza, Cardenal de España, Canciller mayor del Reino de Castilla con los Reyes Católicos, su apoyo en las batallas, en los descubrimientos y en las proezas, y enamorado de Mencía de Lemos, una dama portuguesa que vino en la compaña de la que sería reina por esposa de Enrique IV, doña Juana de Portugal. Con ella tuvo don Pedro dos hijos varones (Rodrigo y Diego) a los que los Reyes reconocieron oficialmente, dándoles doña Isabel el título de “los bellos pecados del Cardenal” y con Inés de Tovar luego un tercero, don Juan Hurtado.

El mayor, nuestro personaje, se hizo legendario en vida, por su hermosura, su carácter abierto, valiente, generoso, único. De él dice el clásico: «Su persona fue tal e de tan linda disposición que ninguno he visto yo tan bien dispuesto, ni tan galán ni tan agraciado en cuanto hacía, ni tan pulido y gentil cortesano. ¡Qué afabilidad, qué lengua y qué hermoso hombre! Y en todo de más extremada ventaja a todos los otros mancebos de su prosapia. A pesar de todo esto, era tenido por travieso e mal sesado».

De su padre recibió el regalo de Jadraque, en cuya altura se construyó un palacio en el que palpitaba la belleza del Renacimiento. Le crearon el título de “Conde del Cid” y su padre aún le regaló el castillo palacio de La Calahorra, para que pudiera subir también al alto cerro que coronaba la comarca cuyo marquesado había conseguido de los Reyes: el Cenete, al norte de Sierra Nevada.

Rodrigo fue valiente capitán en las batallas de la última Reconquista, la de Granada. Y fue embajador en Italia, y en otras partes. Su padre quiso para él los altos honores que en el Lacio a él le habían sido negados. Si don Pedro no pudo llegar a Sumo Pontífice, trató de casar a su hijo con Lucrecia Borgia, la fantástica hija del papa Alejandro. Al final, se torció la empresa.

De sus amores, mejor pasar rápido, y en puntillas. Le designaron por esposa a la hija del duque de Medinaceli, doña Leonor de la Cerda, a la que llevó al castillo jadraqueño, y la dejó sola, mientras él se iba a Italia, con el Gran Capitán… murió muy pronto la joven Leonor, quizás tras enterarse que su marido andaba ya prendado de otra, doña María de Fonseca y Toledo, con la que vivió aventuras sin cuento, por ella fue encarcelado, deportado, y luego aventurado a raptarla y llevarla al castillo de Jadraque, donde pudo al fin tenerla como esposa legítima.

De ese matrimonio nacieron cuatro hijas, siendo la mayor doña Mencía [de Mendoza], quien heredó el gusto de sus padres por el arte y la cultura, de tal modo que ha sido considerada, al contemplar entera su larga vida, una de las mujeres que más destacó en esos ambientes en el siglo XVI. Casada primero con Enrique III de Nassau-Breda, y tras vivir con él en los Países Bajos, volvió a casarse, tras quedar viuda, con don Fernando de Aragón, duque de Calabria y Virrey de Valencia. Protegió artistas y acaudaló una colección enorme de obras de arte.

Don Rodrigo tuvo que vivir aún momentos difíciles, tras ser nombrado por el emperador Carlos Capitán General del Reino de Valencia, cuando en 1521 se produjo el levantamiento de las Germanías. Gracias a la ayuda de su hermano Diego, entre ambos contuvieron aquella auténtica revolución. Durante ella, murió la esposa de don Rodrigo, María de Fonseca, y él ya cansado, no mayor, pero muy triste, se fue también al otro mundo, en 1523. Sería su hija Mencía quien habilitara los papeles, y los mandatos, para que, andando los años pudieran contar con un apoyo de mármol en el que mantener eterno el amor que se juraron muchas veces.

Del hermano de don Rodrigo también conviene decir algo, aunque breve: Diego de Mendoza colaboró en los ejércitos hispanos por Italia, junto al Gran Capitán, ganando el título de Príncipe de Mélito (una localidad del reino de Nápoles) en 1506. Fue nombrado primer capitán general del Reino de Valencia colaborando con su hermano en la revuelta de las Germanías. Se casó con doña Ana de la Cerda y Castro, hermana de la primera mujer de Rodrigo, y nieta suya fue doña Ana de Mendoza y de la Cerda, que llegaría a obtener el ducado de Pastrana y ser Princesa de Éboli.

planeta mendoza

La verdad es que, en punto a genealogía, y a sorpresas y aventuras por toda España de los Mendoza originarios de Álava y en Guadalajara asentados, podríamos estar hablando horas y horas. Para centrarse mejor, con índices y capítulos bien medidos, yo aconsejo hacerse (como si de libro de cabecera se tratase) con el “Planeta Mendoza” de José Luis García de Paz, donde está todo (con aventuras y bibliografía incluidas) sobre los famosos personajes de nuestra tierra. De los que esta vez hemos conseguido encontrar a algunos de ellos en una recóndita capilla de un convento valenciano.

 

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