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diciembre, 2018:

Sigüenza en versos

Francisco Vaquerizo Moreno, autor del libroLa Catedral de Sigüenza está en pleno aniversario. Un tiempo redondo, completo, monumental: nada menos que 850 años hace que fue consagrado su recinto como iglesia, como lugar sacro, como catedral incluso, sede de los obispos que ostentaban el señorío de la ciudad, y del territorio en torno. Ese aniversario es ahora celebrado de mil maneras.

Muchos sabéis ya que mi edificio favorito, en punto a monumentalidad y aporte de sugerencias artísticas, es la catedral de Sigüenza. Sobradas razones tiene para ello. De cuantas veces he ido hasta su silueta, y circulado por su interior, me ha surgido alguna sorpresa, he descubierto (para mí) algún detalle nuevo, y he podido disfrutar, en su silencio, con la evocación de lo que hicieron antañones personajes que la quisieron tanto, o más, que nosotros hoy.

De aquella pasión sincera, de aquel análisis espontáneo de sus muros, de sus espacios altos, de sus detalles afiligranados, ha salido algún que otro escrito, y un libro concreto, que firmé hace ahora un par de años, y que edité por mi cuenta en la colección “Tierra de Guadalajara”. Ese libro sobre la catedral de Sigüenza dice cuanto sé de ella, y narra la admiración que siento al verla.

Pero hay que reconocer que con mejores palabras, y con más apasionadas razones, la han descrito otros, de tal manera que han conseguido solemnizar su grandeza, y alzar sus mensajes de piedra en forma de palabra, de palabras rimadas, de sonoros versos.

Por ejemplo, y hoy es el motivo de mis líneas, el libro que acaba de escribir Francisco Vaquerizo Moreno, uno de los escritores que con más limpieza y solemnidad han puesto en rima la impresión que Sigüenza y sus edificios, especialmente la catedral, le han ofertado a lo largo de su vida. Yo he podido recorrer algunas calles, algunos pasadizos y aún patios traseros de la Ciudad Mitrada junto a su atinada visión de las cosas, y creo que siempre he aprendido y disfrutado, porque Vaquerizo saber poner en palabras nuevas y bien acordadas lo que este burgo medieval y añejo nos brinda a través de los ojos, y de otras variadas sensaciones.

Un canto a Sigüenza

En estos días ha aparecido (y casi desaparecido, porque se ha vendido tanto, que ha sido un “visto y no visto”) un libro de Vaquerizo que lleva por título “Poemario. La Catedral de Sigüenza”. Un título que lo dice todo, y que no necesita ni prólogos ni preámbulos, porque desde la primera página se explica a sí mismo a través de sus líneas rimadas, de sus versos tensos y sonoros.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

El libro se extiende a lo largo de un centenar de páginas, y atraviesa por diversos capítulos la fronda pétrea de la catedral. A través de escenas, de estancias, de individuos y situaciones históricas. Por referir el título de esos capítulos, y aproximarnos a su meollo, van aquí los temas: “La Ciudad”, “La Catedral”, “El Doncel”, “Don Bernardo de Agen” y “Martín de Vandoma”. Con esos mimbres se teje el libro de este centenario y pico. Con visiones de la Sigüenza clásica, con endechas a su catedral, con poemas sólidos a don Martín Vázquez de Arce, con romances suscitados por la hazaña quimérica del primer obispo, y por la vena triste y portentosa del artista venido de no se sabe dónde y aquí fallecido, tras dejar el edificio cuajado de sus honestas tallas. Muy bien ilustrado, el libro de versos se transmuta en algo más: de ser arroyo límpido y montaraz pasa a ser catarata de flujos sonoros, y acaba todo como un coda sinfónico que emociona.

Especialmente El Doncel

De todo cuanto narra y versa Vaquerizo en este su último (por ahora) libro de versos, quizás lo más sugerente sea el escenario prestado al Doncel. Desde su capilla de mediana luz y brillos tímidos se escuchan los poemas del vate alcarreño. Primeor aparece un “Tríptico del Doncel” que parece un altar ante el que yace el guerrero. Después viene ese famoso trance poético que ya en ocasiones anteriores exhibió el poeta, el dedicado al Libro que Martín Vázquez de Arce sostiene entre las manos, y que lee, o ha leído, pensando luego en lo que sus páginas dicen. Sobre ello cavila Francisco Vaquerizo:

 

Sin el Libro no fuera posible tu milagro

de fundir en un eco la piedra y el espíritu,

el tiempo cubriría de muerte tu reposo,

no cabría en tu gesto la síntesis del mundo,

toda tu metafísica quedaría indefensa

y tu alma saltaría en mil pedazos.

 

Todavía un breve canto al personaje se sucede del gran “Romancero del Doncel” que presta la garra de la métrica antigua a lo que es gesta también  pretérita, insólita y que hoy sería vista de cualquier manera menos heroica. En ese “Romancero” transmite el poeta la fuerza de su memoria en torno al personaje:

 

Trajeron a Martín Vázquez

a su Sigüenza del alma,

para consagrar su muerte

a la suprema enseñanza

de perennizar el tiempo

leyendo la misma página.

 

De la catedral seguntina saca el autor muchas enseñanzas, evidencia y propósitos. De sus torres altas acampanadas, de sus capillas interiores y aún de los sonidos que devuelven las bóvedas al pisar bajo ellas. Además del “poema azul” que dedica a su amigo Antonio Estrada, en el que pinta de un color no habitual la catedral toda, Vaquerizo se entusiasma al levantar los muros y alcanzar las techumbres. Dice así en el primer poema del libro, que es como definitorio y apologético:

 

Catedral de Sigüenza,

atril abierto al salmo de la vida,

equilibrio del aire, espejo donde

se miran las estrellas,

afirmación de todas las hipótesis.

 

Sin duda que se le hace un gran favor a la catedral con este libro. Porque los ejemplares volúmenes que hasta ahora han tratado de su historia, y de su arte, vienen a complementarse con este que es de cántico y alabanza -también de análisis, de ese que con el bisturí de la palabra busca el nervio fino que mueve los dedos y suelta la lengua hacia lo alto-. Así es que para el Poemario sobre la Catedral de Sigüenzaque Vaquerizo Moreno ha escrito, y publicado, con motivo del 850 aniversario de la consagración del edificio como estancia catedralicia va mi aplauso sincero y entusiasta. Sigo creyendo en él como poeta, pero también como amigo, como sabio analista de las cosas, como justo decidor de las cosas hermosas que nos rodean.

El convento de la Epifanía en Guadalajara

Convento de la Epifania en GuadalajaraEn estos días que la Navidad impregna, con sus sonar y su color, cualquier lugar o actividad de nuestras vidas, pongo en las manos del recuerdo esta presencia monumental que en el centro de Guadalajara se yergue; el convento (que fue de carmelitas y ahora de concepcionistas) dedicado a la Epifanía de Cristo, o a los Santos Reyes. Todos le conocéis, pero hay que ahondar en los detalles.

En el corazón de la vieja ciudad se encuentra todavía, aunque cambiadas las manos que le dirigen, un antiguo convento que forma parte de la historia de la ciudad. En lo bueno y en lo malo. Un enorme edificio y una más que amplia huerta a la que han ido comiendo terreno por allá y por acá, para construir edificios de nuevo tono. Pero el Convento de los Carmelitas sigue vivo, en alto, y dando silueta a la ciudad de Guadalajara.

Fue un benemérito eclesiástico, al parecer muy adinerado, un tal Baltasar Meléndez, de quien quedan las armas talladas, junto a las de la Orden del Carmelo, en la fachada de la iglesia conventual, quien en 1631 donó una cantidad enorme, (100.000 ducados eran mucho dinero) para que la Orden carmelita fundara en el centro de Guadalajara. ¿Motivo de la generosa donación? Meléndez se había declarado entusiasta de Santa Teresa de Jesús, de sus libros y sus mensajes, y había dado todo su caudal para esta misión. Y decía un historiador de por entonces, Núñez de Castro, que “hadescollado en breve tan hermosamente el edificio que a no satisfacerse los ojos se hiciera sospechosa, en tanto apresuramiento, la firmeza”.

Como nos dice Layna en su Historia de los Conventos de Guadalajara, se trata de una “sólida y amplia construcción situada al fondo de la plazuela donde muere una calleja procedente de la antigua plaza de San Nicolás; se ve el templo que arquitectónicamente considerado nada de particular tiene, pues es uno de tantos cortados del mismo patrón en las postrimerías del gusto clasicista con vistas al barroco…” pero en todo caso hoy asombra por su fachada de ladrillo, su lonja len la parte inferior constituída por tres arcos de medio punto labrados en piedra, y su interior en planta de cruz latina con cúpula hemisférica sobre el crucero, tres naves en el tramo inferior y bóvedas de medio cañón adornadas con relevados dibujos geométricos; en torno al templo, se levanta enorme y amplia la casa conventual que es paradigma de gran convento barroco, de esos que dan sustancia y carácter a una ciudad, como fue la Guadalajara del siglo XVII, a la que podía denominarse con toda imparcialidad “ciudad conventual”.

Cayeron bien en Guadalajara, estos frailes que dispusieron por nombre oficial de su convento el “de la Epifanía” o de “los Tres Santos Reyes”. Con ese nombre se le cataloga siempre. Aunque con los avatares posteriores, ahora se le conoce simpemente por “el Carmen”, porque aunque mantenido por franciscanos durante el último siglo, y por las madres concepcionistas, el culto a la virgen del Carmen, la patrona del Carmelo, ha sido initerrumpido. Menos culto se le ha dado a la Epifanía, esa es la verdad, pero el nombre ha quedado en los documentos.

Hubo una época en que este enorme convento protagonizó algunos sonados pleitos. Todas las casas de religión los tenían, porque querían utilizar sin tasa sus derechos “sagrados”, aunque progresivamente fueron apareciendo controversias por parte de burgueses, aristócrstas y pueblo llano.

Renacimiento en Guadalajara

A mediados del siglo XVII, y al advertir la comunidad que el agua de la noria era insuficiente para sus necesidades de abastecimiento y riego, intentaron sacar agua del manantial alto del Sotillo desde un depósito y cañerías que nacían en un pago que ellos habían adquirido previamente, y al que llamaron (y aún llamamos) “Haza del Carmen”. Lo trataron de impedir los Infantado, y los franciscanos (muy protegidos suyos), pero al final la justicia dio la razón a los carmelitas, a través de una «Ejecutoria del pleito del agua entre el convento de Carmelitas Descalzos y el duque del Infantado y el convento de San Francisco», pleito fallado a favor de aquéllos en 1663.

Todo fue bien en este Convento del Carmen hasta que en 1836 se decretó la Desamortización del ministro Mendizábal, quedando este convento, como otros miles más en toda España, a disposición del Estado. De aquella época es un curioso documento titulado “Inventario de todos los bienes del suprimido convento de Carmelitas Descalzos”fechado a 31 de marzo de 1836. En él se percata el lector de cuánto habían llegado a poseer estos frailes: terrenos, edificios, derechos, censos, obras de arte, etc. Todo requisado. Y las obras que se suponía podían servir al culto, distribuidas por otros lugares. De entonces consta documentalmente el traslado de un exquisita imagen representando a San Elías (del taller de Salzillo) a la iglesia parroquial de Ranera, de donde luego fue a parar al Museo Diocesano de Arte Antiguo, que es donde hoy se admira. Y otra que se describía como “Santa Teresa llevada al Cielo por un ángel” de la que se ignora el paradero.

El posterior destino de este Convento de la Epifanía fue un tanto triste: se utilizó en principio como almacenes estatales, depósito de quintos en las levas para guerras, luego se utilizó como primer destino de un Instituto de Segunda Enseñanza, y aún parece ser que actuó como depósito carcelario durante algún tiempo. Poco a poco deteriorándose, cuando el reinado de Isabel II se destinó nuevamente a convento, alojando allí a unas cuantas monjas franciscanas concepcionistas de la Reforma hecha por sor Patrocinio, “la monja de las llagas”, consejera de la Reina. Allí vivieron y cuidaron del templo, siendo enterrrada su fundadora en la gran capilla aneja al brazo del Evangelio. Durante largos años lo ocuparon también frailes franciscanos, que al final se han ido, el pasado año.

El templo es de una valía excepcional. Por un par de razones, por sus dimensiones y decoración, y por la autoría de sus planos, que se deben al montañés fray Alberto de la Madre de Dios, uno de los grandes arquitectos del Barroco español.

Aunque los planos son de 1632, la construcción del templo se hizo entre 1638 y 1646, terminándose la gran masa del edificio conventual, situado por detrás del templo, en 1652; una inmensa huerta lo rodeaba por sur y poniente, llegando hasta el actual paseo de las Cruces, que debe su nombre a la erección de un Calvario en ese lugar por los frailes.

Guadalajara entera

La portada de la iglesia, construida en los años inmediatamente posteriores, posee la típica estructura de los edificios carmelitanos. En élla alterna el rojo del ladrillo con la blanca piedra de Horche. Tres arcos semicirculares soportan la carga de un gran paramento dividido en tres calles por pilastras de ladrillo. En la central, una hornacina con talla moderna y gran ventanal. En las laterales, escudos de la Orden del Carmelo y del fundador Baltasar Meléndez. De remate, frontón triangular con óculo circular, y a un lado la espadaña de ladrillo. En el interior, de tres naves, destaca una pintura de la Trinidad, del siglo XIX, en el remate del altar mayor, y en el extremo de la epístola del crucero una gran reja de coro desde la que puede contemplarse la tumba de Sor Patrocinio. Su espacio es solemne y severo, no carente de elegancia. Los retablos, totalmente modernos, de la segunda mitad del siglo XX, y en las pechinas de la bóveda del crucero, las pinturas de los cuatro evangelistas, debidas al pincel del pintor alcarreño Carlos Santiesteban.

Se completa este convento, al que precede una de esas recoletas plazas de la Guadalajara antigua, sencilla y silenciosa, con un busto de bronce en memoria del poeta (cuasi carmelitano) y al que tentado estoy de preceder su nombre con el fray de los buenos, José Antonio Ochaita, quien en esta plaza también recitó, en los veranos de la ciudad vieja, sus versos emocionados. La talla es del escultor Navarro Santafé. Y el mérito de que todo quede en esta pulcra vanidad del olvido, es de quienes saben que en esta ciudad aún quedan, y deben quedar, estos señalados puntos de la memoria viva y del silencio.

Plazas Mayores y Ayuntamientos de nuestra provincia

BUDIASiempre pateando nuestra tierra, a la busca de sorpresas patrimoniales. Esta semana me he dedicado a recorrer plazas mayores y admirar viejos edificios de Ayuntamientos. Por supuesto que han vuelto a la memoria esos entornos magníficos de Atienza (la plaza de España, y la plaza del Trigo), Sigüenza (su medida y perfecta Plaza Mayor) y Cogolludo, con su presencia sublime del palacio ducal.

Pero me he querido centrar, en punto a evocaciones, sobre las pequeñas plazas, los minúsculos lugares: esos entornos cargados de tradición y significado para cuantos cerca de ellos nacierno o vivieron su infancia, que es la esencia y la razón de la vida.

Son muchos los pueblos, pequeños o grandes, que en la provincia de Guadalajara ofrecen sus plazas mayores abiertas, en la mayoría de ellas la iglesia presidiendo su costado norte, y en otras muchas su edificio concejil ejerciendo su voz o contrapunto popular frente al sonido hondo de las campanas y los sermones.

En Marchamalo, muy cerca de la capital, en pleno valle del Henares, la plaza mayor está marcada por la silueta del templo, de estilo campiñero en el sentido de tener una arquitectura a base de mampuesto de caliza y ladrillo, con atrio de anchos arcos en su fachada sur, y torre de las campanas (y de las cigüeñas) en su extremo occidental. Al templo le sirve de contrapunto, en su aledaño de levante, el Ayuntamiento, sin mayor interés arquitectónico, y enfrente el palacio de los Ramírez de Arellano, obra del siglo XVII con gran portalada de sillares en relieve y escudo de armas sobre el paramento homogéneo de ladrillo.

En Horche vemos uno de los más bonitos ejemplos de plazas mayores de la Alcarria. En cuesta, porque lo está todo el pueblo, el Ayuntamiento surge en el costado norte, compuesto de planta baja soportalada, y alta con galería cerrada, todo ello con arquitectura de piedra caliza y maderas, Se remata en torrecilla ara el reloj y las campanas. El resto de los costados de la plaza ofrecen arquitecturas populares, y hasta un caserón con labra heráldica. En el centro, la fuente tradicional.

La de Budia es otra de las bonitas plazas alcarreñas. Aunque de planta cuadrangular, casi parece triangular porque su costado meridional es muy estrecho, y solo sirve para embocar la calle mayor que sube hacia el convento. En el costado norte, se levanta el Ayuntamiento, con planta de L, con soportal en el piso inferior, abierto mediante amplios arcos rebajados de piedra, y con galería abierta en el superior, rematando el conjunto con una torrecilla para el reloj y la campana. En ese edificio se aneja la Cárcel antigua, ahora en proceso de remodelación para otros usos, y que todavía visitó, en calidad de inquilino, el premio Nobel Camilo José Cela en 1946, cuando realizó a pie su viaje alcarreño. Entre concejo y cárcel, adosada al muro del edificio vemos la gran fuente común, de recia sillería y capiteles adornada.

Conviene recomendar la visita de la plaza mayor de El Casar, porque su estructura alargada y amplia permite observar, una vez más, ese lenguaje de los edificios públicos principales, enfrentados en cada uno de los costados menores: el Ayuntamiento, de traza clásica campiñera, y moderna realización, frente a la iglesia parroquial, del siglo XVI, con soportales amplios. En los lados largos, edificios de ladrillo, propios de la zona.

En Mondéjar encontramos también una buena plaza mayor. Es cuadrada, y tiene soportales en tres de sus lados. El cuarto está ocupado por un muro de piedra con escaleras de doble tramo, que sirve de basamenta a la notable iglesia parroquial de la Magdalena, mandada construir en el siglo XVI por los Mendoza señores de la villa, siendo sus tracistas y directores los arquitectos Adoniza, que plantearon en esos momentos, en el primer cuarto del siglo XVI, la plaza delante del templo. En su costado occidental se alza el Ayuntamiento, de moderna traza.

La plaza de Torija es hoy una hermosa estancia pública, recuperada no hace muchos años como lugar de conjunción de edificios y sobre todo como espacio abierto de magníficos perfiles. En ella destaca sobre todo el castillo de origen templario, de reconstrucción medieval y mendocina, que se extiende por sus costados de mediodía y levante. Al norte está el Ayuntamiento, de construcción moderna y trazas ckásicas, y en el costado occidental aparecen una serie de edificios, con soportales bajos y variadas tipologías.

En Brihuega la plaza mayor es también llamada “el Coso”, porque en ella se celebraron tradicionalmente los espectáculos de corrida, juego y muerte de los toros, Es muy amplia, y viene su actual forma de los tiempos de Carlos III en que fue trazada poniendo el Ayuntamiento en su costado meridional, consistiendo este en un edificio de tipo neoclásico, con atrio inferior y balconadas superiores, más la tortea central albergando el reloj. Como herencia del medievo, en esa plaza o Coso aparece también la Cárcel, que en el caso de Brihuega fue rehecha también en estilo neoclásico a finales del siglo XVIII, así como dos grandes fuentes de anchos pilones y macizas espaldas que dan entrada a la plaza desde lo principal de la villa.

En Uceda la plaza mayor se escolta, de un lado, por la iglesia parroquial, hecha en estilo neoclásico en tiempos del cardenal Lorenzana, y por el Ayuntamiento de construcción moderna pero factura tradicional. Aún aparecen en esta plaza numerosas casonas y viviendas de corte tradicional castellano, con escudos, y un pósito o almacén propiedad de los Cartujos hoy reconvertido en Hotel Rural.

La villa de Jadraque, amparada por el cerro de su castillo, tiene una estrecha plaza mayor, de planta alargada, con fuente antigua en su centro, y un edificio de Ayuntamiento que, aunque restaurado, mantiene las formas antiguas, con soportal inferior, balconada alta, y tortea central para el reloj, en una morfología muy típica de la Alcarria y tierras de Guadalajara.

En esta destaca la plaza mayor de Trillo, que también ha recibido modulaciones su Ayuntamiento, aun guardando la estructura descrita y tradicional. En el otro extremo de la plaza se alza la iglesia parroquial, marcando con su mole cerrada de piedra el ámbito, que tiene salida por estrecha cuesta hacia el encuentro de los ríos Cifuentes y Tajo.

En Salmerón encontramos una plaza de aspecto inusual, con alargada planta que se escolta, en sus dos lados largos, de edificios cuyas plantas bajas están totalmente ocupados por soportales resguardados de muy amplios t rebajados arcos. Entre ellos aparece el Ayuntamiento de sencillas líneas, y en el extremo sur la iglesia parroquial, de excelentes formas y ornamentos platerescos.

En la vega del Henares destaca Humanes con su plaza castellana en la que asoma en un extremo el Ayuntamiento de atrio inferior sustentado por columnas pétreas de bonitos capiteles dóricos, y en el otro extremo la iglesia parroquial con su abierta galería, más edificios tradicionales bien conjuntados.

La plaza mayor de Maranchónes moderna, pero muy curiosa, tanto por su amplitud enorme, como por los edificios señoriales que la escoltan, siendo uno de ellos el Ayuntamiento, y otro la torre del reloj, en este pueblo exenta. Ofrece el pavimento de esta plaza algunas gradas, y toda ella se dedicó, durante muchos años de los siglos XIX y XX, para albergar el gran mercado de mulas que aquí tenía uno de los referentes de toda la nación.

En Milmarcos, al extremo norte de Tierra Molina, encontramos una plaza mayor amplia en la que destacan los elementos clásicos: de un lado el Ayuntamiento, que es soportalado con anchos arcos semicirculares, y un escudo heráldico municipal del siglo XVII, frente a la iglesia parroquial de piedra sillar arenisca, en la que se conservan intactas numerosas obras de arte de siglos pasados, entre ellas el espléndido retablo manierista de tallas. En otro extremo de la plaza se alza el palacio de los López Guerrera, y en la parte más abierta, a poniente, se inicia la ancha calle de Jesús Nazareno, en la que desde la plaza se advierte la presencia notable del palacio noble de los García Herreros.

Para concluir este repaso a las más notables plazas mayores de la provincia de Guadalajara, citar la de Pareja, junto al Tajo, que ofrece un ámbito de grandes dimensiones, alargado de oriente a occidente, en uno de cuyos extremos surge el Ayuntamiento moderno, y en el frontal el palacio de los obispos de Cuenca, un edificio de marcados volúmenes con escudos heráldicos y trazas nobles. El costado norte está formado por caserones vetustos y firmes, mientras el sur tiene una serie de edificios de vivienda y comercios con soportales de variada construcción, pues alternan los pilares pétreos con las columnas de hierro fundido, dando salida a la plaza por un gran arco en el extremo de esa línea edificada. En el centro de la plaza de Pareja, al igual que en muchas otras de Castilla, verdeó en su día la gran olma, de enorme círculo y poderosa sombra, que la confiería su identidad más firme, pero que con la grafiosis desapareció para siempre.

 

Literatura Popular en Guadalajara

Nuestra Señora la Virgen de la Antigua de GuadalajaraCuentos, leyendas, autos sacramentales, piezas de representación, romances populares… cuando la provincia tenía más habitantes, y eran de los que recibían de generaciones anteriores, como si fuera una joya, la tradición oral de sus ancestros, no había quien se perdiera en saber de orígenes o tendencias. Todo era nacido del pueblo, repetido por la gente, aplaudido por chico y grandes.

La provincia de Guadalajara, que tiene una poblacion eminen­temente rural, y siempre ha vivido de esa tierra que todo lo preside y lo determina, posee un rico patrimonio etnológico en forma de litera­tura popular, que creemos interesante debe ser conocido y, sobre todo, protegido y alentado.

Dentro de una tradición eminentemente castellana, la provin­cia de Guadalajara nos muestra hoy su rica variedad de cuentos, de leyendas, de romances, de loas y de autos sacramentales. Evidentemen­te, solo una pequeña cantidad de ellos ha llegado hasta nuestros dias. Las nuevas condiciones de vida, y especialmente la homogeneizacion de la informacion y las metas culturales han impuesto, como en otros aspectos de lo etnológico y costumbrista, la desaparición por olvido e incluso por rechazo de muchas formas tradicionales del vivir.

Los cuentosque «las viejas cuentan al amor de la lumbre» son similares a los del resto de Castilla. Algunas figuras tradicio­nales de la literatura de ficción en Guadalajara están en muchos otros lugares de nuestra región: el hombre del saco, la princesa encantada, los animales que hablan, etc. Todo ello deriva de una tradición que es a la par cultista y popular. Se pierde en la remota Edad Media, de trovadores y poetas palatinos, el origen de estos cuentos hoy popu­lares, y que se han ido transmitiendo de boca en boca durante largos siglos.

Las leyendas, que suelen ser más puntuales, breves y rela­cionadas con el punto geográfico en que se refieren, tienen en Guada­lajara una amplia representación en todas sus formas. Reconocen las leyendas orígenes comunes a otras regiones, a otros pueblos. Como toda literatura popular, las leyendas tienen un origen ancestral, primiti­vo, remodelado por la religión, los usos sociales, la política e incluso las formas de vida de cada pueblo. Y, aunque tamizadas por lo local, muestran un fondo común a muchos lugares.

Pueden considerarse tres tipos de leyendas: las de caracter general; las de caracter estrictamente local, especialmente relaciona­das con hechos milagrosos, apariciones de vírgenes, etc; y las comar­cales, referidas a hechos semi‑historicos. De todas ellas exis­te nutrida representación en nuestra tierra alcarreña.

De las leyendas de tema general no merece la pena insistir. De aquellas que tienen un caracter localista, existen bonitos ejem­plos, como la que refiere que los montes Ocejón, Santo Alto Rey y Moncayo eran tres hermanos a los que, por estar siempre peleándose, su madre los castigó a estar siempre viéndose pero nunca juntos; o aque­llas que en Sigüenza, en Molina y Brihuega refieren la existencia de largos túneles que comunicaban castillos con catedrales; e incluso las que hablan de castillos huecos como en Zafra. Tambien hay leyendas de tipo zoológico, en las que intervienen animales fantásticos, creci­dos por la fantasía popular: la serpiente que cerraba el paso a los viajeros en Salmerón, el oso con el que luchó Alfonso VI en los páramos boscosos del Badiel, o el perro que en Albalate encontró a la orilla del Tajo la Cruz milagrosa.

La mayoría de las leyendas, sin embargo, son de tipo mario­lógico, relacionadas con la aparición de la Virgen Maria, en los inicios siempre de la repoblación de la comarca, en los momentos en que surge el pueblo de la nada. La variedad de leyendas relacionadas con apariciones e invenciones de la Virgen es tan grande que se hace imposible particularizar. Abundan las formas de aparición sobre ár­boles, en ruinas, en cabañas, y aquellas otras que ante pastores, labradores y gentes casi siempre humildes, María pide que en aquel lugar se levante una ermita o santuario en su honor.

En el plano de las leyendas de fondo histórico, nuestra tierra posee un rico venero de dichos relacionados con los moros y la reconquista del territorio por parte de los cristianos. Son leyendas elaboradas durante los siglos en que esa reconquista se llevaba a cabo, o poco despueé, pero siempre por parte del elemento conquista­dor. Destacan algunas como las que suponen las conversiones milagrosas de destacados gerifaltes musulmanes: del terrible moro Montesinos que asolaba las alturas de Cobeta; de Aly‑Maymon en las cercanías de Sopetran; de la princesa Elima en su castillo de la Peña Bermeja de Brihuega, etc. Tambien hay leyendas que cuentan amores de guerreros cristianos y princesas moras. O las que refieren lugares y trances donde los islamitas dejaron enterrados sus valiosos tesoros, todos ellos encantados. Finalmente, han sido las leyendas referidas a la reconquista del territorio las que con mayor viveza han llegado hasta nuestros días, e incluso aun suscitan discusiones y estudios: sirva de ejemplo la conseja que dice como Alvar Fañez conquistó la noche de San Juan del año 1085 la ciudad de Guadalajara, y en otros pueblos de la Alcarria, aplicados a sí mismos, refieren parecida hazaña. En algunos puntos de nuestra geografía provin­cial, esa con­quista guerrera y preñada de heroismos la protagoniza Ruy Diaz de Vivar, el Cid Campeador.

Los romancesson composiciones rimadas que cuentan leyendas o cuentos conocidos de otro modo. En este sentido, es bastante escasa la tradicion en Guadalajara, o al menos han sido muy escasos los ejemplos de romances especificamente alcarreños, serranos o molineses que se han conservado hasta nuestros días.

Uno de los aspectos mas interesantes de la literatura popu­lar de Guadalajara son las loasy los autos sacramentales. Ambas son piezas literarias destinadas a la representacion teatral, comunitaria, que suele ponerse en práctica en espacios abiertos, como plazas de pueblos, puertas de santuarios, etc., y en ocasiones festivas de tipo religioso. La tradición popular confunde generalmente con ambos nom­bres, loasy autos, a estas representaciones. E incluso les da otros muchos y variados nombres: saienetes, comedias o funciones. Por ello creo que es más conveniente, al menos desde un punto referencial unico, denominarlas como piezas de representación.

De ellas, unas tienen por contenido aspectos divertidos de las relaciones humanas. Se ven retratados tipos o personajes conocidos de todos. Y se celebran humorísticamente sus andanzas y problemas. Pero las piezas que más raigambre poseen en Guadalajara, y se han hecho famosas incluso fuera de nuestras fronteras son las llamadas loasy los autos sacramentalesde determinados lugares. Sin llegar a tener el caracter del auto barroco culto, como él presentan situa­ciones de maniqueísmo a ultranza, con perennes luchas del Bien y el Mal, y triunfo permanente del primero. Se relacionan, por supuesto, con la religión católica, sus misterios y ritos, y se representan con motivo de fiestas populares religiosas, muy especialmente en torno al «Corpus Christi» o sus octavas.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

Sabemos por noticias documentales de la existencia de estos Autos en lugares como Horche, Valdenuño‑Fernández, Saúca e incluso el mismo Guadalajara. Las calles y plazas de estos lugares servían en los inicios del verano para representar estos autos. Hoy en día aun quedan algunos y se siguen representando en Utande, en Molina de Aragón, junto al barranco de la Virgen de la Hoz, en la fiesta llamada de la Loa, y en Hinojosa, con motivo de la Soldadesca. En Majaelrayo tambien se representan las loas del Santo Niño. Pero donde estas piezas de la literatura  popular alcanzan mayor variedad e interés es en el serrano enclave de Valverde de los Arroyos, donde se han conservado al menos cinco de estas piezas, y se tiene referencia de la antigua existencia de muchas otras.

En las fiestas de la Octava del Corpus, Valverde revive todos los años, al compás de las danzas y los vivos colores de sus cofrades del Santisimo, la representación de sus ancestrales piezas en el portalejojunto a la iglesia. Obras como El papel del Género huma­no, El Auto de San Miguel, El sainete de Cucharón, la Loa de las Tres Virtudes y la Loa del Pastor y del Galán,ponen en estas fiestas su nota de color y de gracia espontánea. Las representaciones se hacen por hijos del pueblo, a costa de su trabajo personal, de su prepara­ción y entusiasmo. De ese caracter eminentemente popular de las obras de Valverde surgieron cosas como esa pieza titulada La Mentira Prove­chosaque escribió en 1929 Macario Benito bajo el seudonimo de Beyma, pastor de Ocejón, y que venía a ser «un juguete cómico para represen­tar en verso en dos actos y un epilogo», bueno para ser hecho entre amigos. En esa misma tradición popular, surgió hace unos años otra excelente pieza, firmada por los autores Emilio Cuenca y Margarita del Olmo, en que con la técnica ancestral de la loaversificada se pone en representacion una leyenda que habla de la aparición y devoción a la Virgen de Castejón en la Villa de Jadraque.

Todas estas son, en definitiva, formas tradicionales, pero vivas y permanentemente renovadas, de la literatura popular, que en la provincia de Guadalajara han tenido durante muchos siglos un gran predicamento entre su poblacion de carácter eminentemente rural, y gracias al continuado interés por salvar y proteger las raices autóc­tonas y costumbristas, siguen interesando y manteniendose. El esfuerzo de todos por recoger, cultivar y mantener viva esta «literatura popu­lar» nunca será en vano.

Un alcarreño ilustre: el doctor Malo de Poveda

El doctor Malo de PovedaDe los muchos nombres que la Alcarria ha dado para el arte, la ciencia y el progreso, de Salmerón han salido varios. Y de entre ellos quiero hoy destacar uno, la figura de un médico, especialista en enfermedades pulmonares, un hombre ocupado y preocupado, un español de raza: el doctor don Bernabé Malo de Poveda y Écija, visible ya en los anales médicos y literarios españoles.

Ha sido gracias a la amabilidad de mi buen amigo Tomás Santana Rey, que he tomado contacto con la figura histórica del doctor Bernabé Malo de Poveda y Écija, natural de Salmerón, y que tuvo una activa vida profesional y científica en la segunda mitad del siglo XIX.

De porte señorial, tal como podemos verle en el único retrato que ha quedado de él, encontrado casi entre los restos de su vieja casa de Montalbo (Cuenca), deteriorado y descolorido, pero evidencia de que alguien de buena mano trazó su silueta: calvo, con gafas, serio y concentrado. Parece tener unos 51 años, que fue a la edad en que se casó.

Nació en Salmerón, en 1844, de una familia que, por el apellido de su padre, Malo, debía proceder de Valdeolivas, donde no es raro este apellido, aunque el Écija de su madre es hoy todavía corriente en la villa alcarreña de su nacimiento. Sabemos, porque está documentado, que andando los años cambió (y fue registrado oficialmente en el Boletín Oficial de la Provincia) su apellido que pasó a ser “Malo de Poveda” pues unió en uno solo los dos de su padre. Quedando como segundo el de su madre. Hubo quien dijo que lo hizo por heredar los bienes de los Poveda (que eran los ricos de Montalbo), pero lo más probable es que fuera por algunos posibles mofas que, ya entre estudiantes, y aún después, le vendrían, al ser doctor y apellidarse Malo, como si eso fuera un impedimento para alcanzar una saneada clientela, al uso del tiempo.

Casó mayor, en 1895, con una jovencísima viuda, Juana Cañizares Morcillo, de 24 añitos entonces. Quizás no entraba en el cómputo de sus más que abundantes virtudes el conveniente criterio de la economía, y debió de gastar (ella, que venía sin un real en el bosillo) más de la cuenta, socavando poco a poco los pilares financieros de la familia de don Bernabé. Esto es un suponer, aunque en el testamento que el médico hizo en 1920, y aparte de muchas otras consideraciones personales que en él hace, al principio coloca esta frase que es contundente y expresiva: “Yo creo en Dios. Enfermo crónico de la aorta por causas puramente emocionales (graves disgustos domésticos) según diganóstico del decano de los especialistas españoles, mi maestro y amigo don Antonio Espina….. casado el año 1895 con doña Juana Cañizares Morcillo y separado de ella en 1915, del modo que se llama amistoso, después de muchos años de sufrimiento y de una decepción absoluta, mi criterio en cuanto a lo económico ha de ser lógicamente y forzosamente distinto y aún opuesto al criterio general”.

Ello supuso que todos sus bienes, que él pretendía fueran pocos a su muerte, quedaran a la administración de un grupo de sus amigos (entre los que figuraba, curiosamente, el sabio Rufino Blanco Sánchez) y que los bienes inmuebles heredados de sus ancestros los Poveda de Montalbo quedaran para la creación de un gran centro educativo para el pueblo conquense, en el que hoy todavía, y por esta razón, se venera su memoria. Murió en 1927, bastante solo, y aislado, lo cual lamentó mucho en sus últimos años. La viuda (que le atendió en su enfermedad última, que quede claro) era muy querida en Montalbo, donde la llamaban “la doctora”, y sobrevió hasta 1944, que fue empezó a pensarse en levantar el centro educativo que había fundado el doctor Malo de Poveda.

Estos datos, que pueden parecer anecdóticos, los proporciona un estudioso montalbeño, don Antonio Escamilla Cid, que ha seguido al milímetro la vida personal, y la actividad científica, de este alcarreño que sube a estas páginas especialmente por esa segunda parte, la de su proyección generosa y destacada en la historia de la Medicina Española.

La carrera de Medicina la estudió en la Universidad Central de Madrid (hoy llamada Complutense…) y puso enseguida su atención, desde la generalidad d ela Medicina Interna, en las afecciones torácicas y pulmonares, y más concretamente en la tuberculosis, que esn la segunda mitad del siglo XIX alcanzó grado de pandemia, siendo un azote social y llevándose prematuramente a la tumba a millones de seres en todo el mundo. Preocupados por esa enfermedad estaban todos los médicos de Occidente, y en los estudios (capitaneados por Koch) tendentes a encontrar la causa y sobre todo el remedio de la enfermedad, formaron muchos médicos, y entre ellos, y como de los más destacados en España, Bernabé Malo de Poveda y Écija, a quien aquí recordamos.

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De su obra, que es amplia y prolija, destacaremos sus actividades asistenciales (tenía consulta abierta en la calle Vélez de Guevara, en el primer piso del número 5), sus labores organizativas de asociaciones profesionales y estatales tendentes a la prevención y cura de la enfermedad, y finalmente su empeño investigador, que cuajó en numerosos libros, cartillas, manuales, conferencias y comunicaciones en congresos.

Del gran caudal de bibliografía que ha podido reunir el investigador Escamilla Cid, deben destacarse los libros “La lucha contra la tuberculosis en España”, el “Manual de Tisiología Popular”, el catáologo de los “Nuevos instrumentos de percusión clínica”, la “Guía sinóptica para el diagnóstico y asistencia de los enfermos tuberculosos” y un gran trabajo sobre otro de los temas que más le preocuparon, “Alcohol y alcoholismo ante la higiene: ensayo de estudio médico-social”. Todo ello publicado en las dos primeras décadas del siglo XX, que fueron las más productivas de Malo de Poveda.

Entre sus obras cabe destacar una de ficción, “Amor y Conciencia”, que viene a ser un “drama en tres actos” precedido de un prólogo o conferencia acerca de la actividad médica y curativa, y en la que el protagonista es un doctor que tiene muchísimos parecidos con el autor de la obra.

Como activo intérprete de la lucha contra la enfermedad, Malo intervino enla creación de la Comisión Permanente contra la Tuberculosis, que posteriormente pasó a denominarse “Real Patronato contra la Tuberculosis”, estando presente como secretario general de la Asociación Antituberculosa Española, y con cargo de elevado rango en el Ministerio de la Gobernación, en su vertiente de protección de la población frente a la pandemia. Participó en todos los Congresos, nacionales e internacionale sque sobre el tema se organizaron, y en aquellos años figuró a la cabeza de los activos protagonistas contra el mal bacilar que tantas vidas se llevó injustamente.

Creo que está más que justiifcado este recuerdo al doctor Bernabé Malo de Poveda y Écija, alcarreño de Salmerón, no solo por lo anecdótico de su vida personal, sino sobre todo por la gran capacidad de trabajo, y los esfuerzos permanentes que por mejorar la vida de sus conciudadanos desarrolló a lo largo de su vida. Quedó enterrado en Madrid, en sepultura adquirida y tras un entierro modesto “en coche de dos caballos” por su expreso deseo de “no molestar a los amigos con el compromiso de un acompañamiento que debe reservarse solo a los muy íntimos y que, por serlo, sepan de mi defunción”.