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La capilla del hidalgo Diego Garcia de Guadalajara

Escudo del hidalgo Diego Garcia de Guadalajara en la capilla gótica de Santiago de GuadalajaraEn estos días han concluido las tareas de restauración, limpieza y acondicionamiento de uno de nuestros rincones más emblemáticos: la capilla del Contador Real don Diego García de Guadalajara, en la cabecera del tempo parroquial de Santiago. Y tras esas tareas pueden verse las luces, los colores y los símbolos (escudos, dragones, letreros…) que le dan valor artístico y fuerza histórica.

Entrar en Santiago es siempre una experiencia. El hecho de pasar del nivel de la calle a su profunda nave, parece trasladarnos a un mundo de criptas y húmedas sombras en las que nos van apareciendo, a diestro y siniestro, recuerdos de antiguas épocas. Santiago, que fue la iglesia enorme de un convento de monjas clarisas, ha sufrido muchos avatares, pero es al fin un lugar de culto en el que palpita siempre la vena segura del encuentro con Dios. No solo personal e íntimo: también conducido por la luz de los vitrales, por el ansia de elevación de los pilares pétreos; por esa razón alegre del ladrillo mudéjar. Y al fin por ese vericueto valiente de la capilla gótica del fondo de la nave de la epístola, o la renacentista covarrubiesca del fondo de la nave del evangelio.

A la primera de ellas me dirijo hoy. Porque la han arreglado, la ha restaurado y reucperado en su primitivo valor de luces y colores. La suelen llamar (guías y gentes habituales) la “capilla gótica de Santiago”. Es una forma de identificarla. Realmente se trata de la capilla que a la iglesia clarisa quiso añadir un alto funcionario real para en ella ser enterrado. En 1452 don Diego García de Guadalajara la fundó, y enseguida los buenos maestros de obra que a mediados del siglo XV había en la ciudad la dieron dimensión, altura y vanos.

Su planta, que continúa a través de un arco, la de la nave meridional del templo, tiene unos 7 metros de larga, por la mitad de ancha. Consta de dos tramos separados por delgados haces de columnas adosadas al muro adornadas con afiligranados collarines en vez de capiteles, donde lucen los escudos del fundador y sobre los que apoya un arco apuntado adornado en su intradós por calada piedra; el fondo de la capilla, lo qie podríamos llamar su presbiterio, ofrece la inserción de la apuntada bóveda nervada en el muro. Con mucho tino hecho todo. Los nervios descansan sobre unas ménsulas similares a los collarines del tramo, y en la clave de la bóveda aparece como volando, colgando de ella, un pétreo y dorado rosetón tallado en piedra de Tamajón y ahora pulcramente dorado.

El escudo familiar de los García de Guadalajara es muy simple: se trata de una banda de gules sobre el campo de oro. En este, el borde se cubre con frase de letras azules que dice “Ave Maria Gratia Plena dominus Tecum”, lo cual nos da a entender dos cosas: que aun siendo hihodalgo, el caballero comitente pertenecía a la Orden de la Banda, fundada siglos antes en nuestra ciudad. Y otra que se consideraba familiar, no sabemos en qué grado, de la familia de los Mendoza y de la Vega, grandes magnates por entonces de este lugar.

Una de las espectaculares razones por las que conviene ahora visitar esta capilla, son los dragones, pintados sobre las nervaturas, que han aparecido al limpiar, similares a los que pululan por los nervios de la bóveda principal del convento de San Francisco. Y similares a muchos otros conjuntos góticos del arte español de la segunda mitad del siglo XV

Estos dragones, monstruos terribles, de color verde el cuerpo, escamas sobre el dorso, cabezas enormes, fauces abiertas de las que salen largas lenguas rojas, y miradas exoftálmicas, tienen dos posibles funciones. Una de ellas, la meramente decorativa, porque enaltecen la forma simple del arco con esos colores y formas. Y la otra, una función simbólica de protección, sugiriendo que su poder suprahumano está defendiendo al muerto/muertos que descansan en la capilla.

En la parte del muro y bajo el arranque de los nervios apuntados, corre la leyenda que identifica, tras tantos siglos, a la capilla y su autor. Ahora todo límpido, brillante, con claridad se leer: ESTA CAPILLA FUNDÓ EL NOBLE CAVALLERO DIEGO GARCIA DE GUADALFAJARA, SECRETARIO DEL REY DON JUAN Y DEL CONSEJO DEL REY DON FERNANDO Y DOÑA YSABEL SUS HIJOS. ACABÓSE AÑO DE MCCCCLII AÑOS.

Del análisis de la frase, de lo que dice Núñez de castro en su Historia de Guadalajara, y de algunos documentos, el cronista Layna llega a identificar a este personaje, el don Diego García de Guadalajara, a quien se nos hace difícil ver formando parte del Consejo de los Reyes Católicos en 1452, cuando estos aún ni habían ennoviado.

Este sujeto, secretario que fue del rey Juan II, según nos dice en la cartela, tuvo por padre a otro caballero del mismo nombre, regidor que fue del estado de los caballeros hijosdalgo de la ciudad, en la primera mitad del siglo XV. Del fundador de la capilla se dice en un documento que fue varon de aventajadas prendas y de tan gran talento que el Rey don Juan el Segundo le escogió por su Secretario y de su Consejo. Y del hijo de este, también llamado Diego García de Guadalajara, se sabe que fue secretario en la ciudad del gran Cardenal Mendoza, además de regidor perpetuo del burgo.

De los tres Diegos, el de en medio es quien construye esta capilla gótica, cuyos escudos dominan ahora con su brillo el conjunto arquitectónico. Aunque la acabó en 1452 como se dice en la cartela, no debió dotarla hasta algunos años después, cuando entre 1462 y 1470 fue regidor, según consta en el documento de las Ordenanzas Antiguas del vino, que redactaron y aprobaron con sus firmas los regidores, estando “en el corral de Santo Domingo” (la ermita que ocupaba el rincón norte de la actual plaza mayor) el 16 de septiembre de 1463.

Piensa Layna que tras la batalla de Toro en 1475, el contador don Diego García mejoró su estado, pero siendo ya mayor entonces, fallecería hacia 1478. Un curioso documento que encontró el cronista nos permite saber que su viuda, doña Leonor García de Torres, dispone la distribución de las mandas que aquel dejó en su testamento, y que consistían en “tres mil mrvs. de censo perpetuo cada año sobre ciertas casas de su propiedad en la colación de Santiago, más cinco pares de buenas gallinas también como censo anual perpetuo, con obligación por parte del convento de que cada viernes se diga una misa cantada de réquiem por el alma del fundador, el día de la Magdalena, un oficio también cantado y al día siguiente una misa”.

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Hoy tiene el fondo de esta capilla un pequeño retablo dedicado a la Virgen María en su advocación de El Pilar. Antiguamente, -se sabe por referencias escritas- hubo un retablo gótico constituido por tres tablas pintadas separadas por hacecillos de columnas, protegidas por doseletes calados y un guardapolvo finamente tallado; quienes lo vieron (José María Quadrado, y Juan Diges Antón) lo describieron como retablo borroso, antiguo y mal dispuesto, pero es muy posible que, si fue pintado por mandado del fundador, como es lógico, hacia 1465/1475, posiblemente fueran sus autores los pintores avecindados en la ciudad Sancho de Zamora y Juan de Segovia, que por entonces pintaron el retablo del convento de San Bernardo. El de Santa Clara lo vendieron las monjas, junto con muchas otras piezas artísticas, incluida la talla mortuoria de don Juan de Zúñiga, a algún chamarilero, parando Dios sabe donde. Lo más seguro, en algún museo norteamericano, que es donde hace poco identificó Tomás Barra la estatua yacente de don Juan de Zúñiga (en el Museo de los Angeles, CA), procedente también de aquella almoneda.

El caso es que hoy se ha rescatado de la oscura desmemoria esta capilla gótica del contador don Diego García de Guadalajara, que añade un motivo más para visitar, y admirar, la iglesia (hoy parroquial de Santiago) de las señoras monjas de Santa Clara.

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