Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

febrero, 2017:

350 años son los que llevan los Tapices en Pastrana

Emblema del Rey Alfonso de Portugal en los tapices de Pastrana

Emblema del Rey Alfonso de Portugal en los tapices de Pastrana

Fue el año 1667 cuando arribaron a Pastrana, y para siempre quedaron, los seis grandes tapices flamencos que hoy son orgullo de la población, y admiración generalizada de cuantos la visitan. Justo es que en Pastrana se conmemore esta fecha, y se trate de dar aún más visibilidad y fama a esta maravilla del arte que su iglesia colegiata atesora y muestra.

Noticia de unos viajes

Sin entrar en los detalles de la historia de estos paños o “tapices de Pastrana”, sí que puedo decir que estuvieron, tras su fabricación en Flandes, al menos en dos sitios, unánimemente conocidos y aplaudidos. El primer lugar fue el palacio de los duques del Infantado, en Guadalajara, y el segundo, y definitivo, esta iglesia Colegiata de Pastrana donde hoy los admiramos.

La llegada a Guadalajara sigue sin estar aclarada, aunque existen un par de teorías acerca de ella. La segunda, está incluso documentada: el paso de Guadalajara a Pastrana ocurrió con motivo de la boda efectuada entre la octava duquesa del Infantado, doña Catalina Gómez de Sandoval y Mendoza, y el cuarto duque de Pastrana don Rodrigo de Silva y Mendoza, verificado en 1630. Años adelante, y por las peticiones recibidas del cabildo de clérigos de la iglesia colegial, de la que eran patrones, además de por el poco aprecio que ya desde hacía años venían manifestando estos señores por sus tapicerías más señaladas, el duque de Pastrana decidió entregar a dicha iglesia los seis tapices en que se contenía la batalla de Tánger, como entonces le decían, para que se colgaran de los muros del templo, y para que allí se dejaran a «su» disposición, sin que quedara muy clara de quien era esa disposición: si de los duques de Pastrana, o de la iglesia colegial de dicha villa.

El caso es que desde 1667 permanecieron estos paños custodiados en el templo mayor pastranero, variando de localización a lo largo de los años, saliendo a las calles del pueblo con motivo de la fiesta del Corpus Christi o de otras celebraciones públicas, e incluso llevándolos a otros templos españoles con motivo de grandes fiestas religiosas. Antes habían salido, en época de la República, para ser restaurados en Madrid, quedando en el Museo del Prado, yendo luego a Ginebra y volviendo a Valencia (trasiegos de la Guerra Civil…) y en un tris estuvo la cosa de que se quedaran para siempre en los almacenes o en las salas de la primera pinacoteca española.

El caso es que tras muchos avatares, los paños de Tánger (las escenas de guerra y conquista africana protagonizadas por el rey Alfonso de Portugal y su corte y ejército) han vuelto, espléndidamente restaurados, a Pastrana, donde pueden ser admirados.

Unas palabras evocadoras

Si Pastrana posee múltiples motivos que justifiquen una visita detenida, tal vez sean sus famosos tapices los que rematen, en polícroma algarabía de azules y carmesíes, el peregrinar asombrado por los rincones de la villa. Tras del palacio de los duques, con su severa fachada del siglo XVI; tras del barrio del Albaicín, de los conventos y casas blasonadas, del ocre pálido de portadas y aleros, la recia presencia de la Colegiata se alza en germen de religiosidad e historia. Dentro, el Museo. El oro, la plata, las paciencias fértiles de los antiguos artesanos. Y, al fin, esos tapices fabulosos, donde la Edad Media canta su glorioso fin, cuajado de elegante guerrear y ardiente celo.

Muchos años, y aun siglos, llevan esos tapices góticos en la Colegiata pastranera. [Ahora vemos que son exactamente 350 esos años]. Cuando a mediados del siglo XIX escribía don Mariano Pérez y Cuenca una “Historia de Pastrana”, decía de ellos: “Hay también una hermosa colección de tapices antiguos bien trabajados; se dice lo fueron en esta villa: representan algunas guerras de las cruzadas y otros sucesos. Tenían en vez de cenefa, unas inscripciones que faltan ya a la mayor parte”. Y luego trata de copiar lo que, en caracteres góticos, aparece escrito en ellos.

Como se comprueba fácilmente, el señor Pérez y Cuenca andaba bastante despistado en cuanto al significado y origen de los tapices, que, andando el tiempo, serían redescubiertos por dos grandes sabios portugueses, José de Figueiredo y Reynaldo de Santos, quienes en 1915 viajaron a Pastrana y encontraron estas maravillas. El estudio de estas tapicerías, obra cumbre de este arte en el siglo XV, fue así completándose poco a poco, sin que se llegara a una conclusión definitiva en cuanto al modo de su venida a España y a Pastrana, aunque sí respecto a los asuntos que en ellos se trata.

Con la intención de dar por finalizados estos estudios, don Eustaquio García Merchante escribió una obra, en castellano, que venía a recopilar cuanto sobre ellas se había dicho.

Temas, figuras, batallas

Los temas tratados en estas obras son guerreros en exclusiva. Se trata de las acciones de conquista que el rey portugués Alfonso V, “el Africano” de sobrenombre, llevó sobre las plazas norteafricanas en las que se había propuesto hacer sentir la naciente autoridad ultramarina de Portugal. En uno de ellos se representa el desembarco en Arcila, con tres distintas escenas. En la central aparece, sobre una barca, la figura brillante y majestuosa del rey, vestido de arnés gótico de acero cubierto de brocado de Florencia. Junto a él, su hijo, el príncipe D. Joao, y D. Enrique de Meneses, alférez mayor del Reino. Un par de trompetistas, con casco rojo y jubones azules, adornados sus instrumentos con el escudo portugués, hacen dorar los aires con su brillante sonido. El siguiente tapiz viene a representar el cerco de la ciudad de Arcila. A lo lejos se ven aún los gallardetes que lucen las naves ancladas en la costa; es curiosa en él la aparición de las primeras armas de artillería (bombardas apoyadas en pies de madera) con que los portugueses se disponen a combatir al moro. También en esta ocasión aparece D. Alfonso V, ahora sobre caballo, y con la ya conocida vestimenta guerrera. El siguiente paño relata el asalto de la plaza de Arcila, que tuvo lugar el día de San Bartolomé, 24 de agosto, en el año 1471. Junto al monarca y su hijo, otros importantes caballeros de la Corte portuguesa aparecen en esta ocasión: D. Duarte de Almeyda, “el hombre de hierro”, lleva el pendón real delante de Alfonso V; D. Juan de Silva, camarero mayor del infante, era de la familia de la que luego saldrían los duques de Pastrana.

En la cuarta obra de esta multicolor colección vemos representada, en tres escenas, la toma de la ciudad de Tánger. A la izquierda aparece la entrada del ejército portugués, luciendo gran aparato militar y de vestimenta, y comandado por el Condestable mayor del Reino, D. Juan, hijo del duque de Braganza y luego marqués de Montemar. En el centro del tapiz aparece la ciudad de Tánger, idealizada por el dibujante, y, finalmente, a la derecha, se ve la salida de los moros de la ciudad, escena en la que el color de los vestidos, los turbantes y los velos forman un conjunto de difícil olvido.

Arte único en el mundo

En cuanto al aspecto artístico de las tapicerías, estudia Dos Santos por una parte las posibilidades de que fuera Nuño Gonçalves, el mejor pintor del siglo XV peninsular, quien los diseñara. La admite, en fin, basándose en el perfecto, en el íntimo y admirable conocimiento que de todos los detalles de la vida portuguesa tiene el diseñador y dibujante. En cuanto al lugar de ejecución, acaba admitiendo que fueron tejidos en los talleres flamencos de Tournai, por el artífice Pasquier Granier, en el último cuarto del siglo XV. Las posibilidades apuntadas de que fueran tejidos en Pastrana o Portugal carecen de fundamento, pues aunque en la villa alcarreña existieron importantes industrias de seda y tejidos, tuvieron su nacimiento a finales del siglo XVI y su florecimiento auténtico en el XVII. En el último siglo de la Edad Media, ni Castilla ni Portugal estaban en condiciones de producir tamaños complejos artísticos.

Iconográficamente, estos tapices representan un enorme valor para el estudio de la marina medieval, de la que tan escasos documentos gráficos, directos, nos han quedado. Portugal, país cuyos únicos horizontes de expansión y grandeza estaban en el océano, tuvo necesidad de desarrollar al máximo esta industria, mitad guerrera y mitad colonizadora. En estos paños aparece en su mayor momento de esplendor. Pero los tapices pastraneros de Alfonso V también poseen un inestimable valor desde el punto de vista del estudio de vestimentas guerreras, pudiendo clasificarse esta colección como el más amplio y fidedigno exponente del aparato militar del siglo XV: no sólo las armaduras, celadas, adargas, lanzas, plumajes…. sino el complejo cúmulo de toda clase de armas: espadas, arneses de los caballos, artillería ligera, ballestas, etc.

Hay un detalle en estos tapices que llama la atención de cuantos los admiran: es el emblema que aparece en muchos de los estandartes que portan las tropas portuguesas y que simboliza el reinado de Alfonso V. Se trata de un círculo, en el que aparece una rueda de aspas, y a su alrededor múltiples gotas doradas sobre fondo de color púrpura. En una travesaña de la rueda se inscribe la palabra jamais. Muchas han sido las interpretaciones que los historiadores han dado a este emblema real. Una de las más románticas, y que Reynaldo de Santos acepta como buena, es la que interpreta el llanto del rey por la muerte de su mujer doña Isabel: constantes lágrimas arrojadas por el continuo rodar de la vida, a causa de la mujer que jamás podría olvidar. En realidad, ese esa rueda el emblema personal del Rey, con una palabra francesa que evidencia su admiración por el reino de Borgoña, al que encargó las telas, y a cuyo monarca, a la sazón Carlos el Temerario, siempre admiró.

Así es que 350 años después de su llegada a los muros de la Colegiata pastranera, allí continúan, expuesta al público su monumental grandeza, su acrisolado sueño de colores, su exquisita dulzura y trabazón de historias…

Andrés Alcázar, médico cirujano

Andres Alcazar medico cirujano

Andres Alcazar medico cirujano

Estos días podrían ser los que conmemoraran el quinto centenario del nacimiento en Guadalajara de uno de los peioneros de la neurocirugía española. Andrés Alcázar, quien llegó a ser catedrático de Medicina en Salamanca, y admirado cirujano, nació en la ciudad del Henares. No sabemos con exactitud cuando fue, pero barruntamos que muy cerca del 1517.

Unos antecedentes

Ahora que sale el tema, recupero un texto que publiqué en la “Gran Enciclopedia de Castilla-La Mancha” en 1982, y que trataba de dar a conocer a este científico arriacense. Decía así de Andrés Alcázar:

Médico y cirujano, catedrático de Medicina. Nació en Guadalajara, y debió hacerlo en los primeros años del siglo XVI. Fue profesor de Cirugía en la Universidad de Salamanca, en su Facultad de Medicina. Consta documentalmente que ejerció este cargo de 1573 a 1578. Ejerció también su profesión en Avila y Segovia, muriendo ya viejo en Salamanca. Fue un innovador de la cirugía hispana del siglo XVI, exponiendo con precisión un aparato para la extracción del pus de la cavidad torácica. Su máxima obra son Los seis libros de Cirugía, impresos en un sólo y magnífico tomo en Salamanca, en el año 1575, cuando gozaba del máximo prestigio de la ciudad del saber. Andrés Alcázar figura, con toda justicia, en los primeros puestos de la ciencia quirúrgica española del Renacimiento. 

El neurocirujano Andrés Alcázar

Alcarreño que debiera serlo de honor, es Andrés Alcázar, que nació en nuestra ciudad, en los primeros años del siglos XVI, y murió en Salamanca en 1584.
Fue Andrés Alcázar médico antes que nada, y cirujano de forma añadida, inventor además de geniales instrumentos para realizar lo que sabemos que de vez en cuando hacía: operaciones quirúrgicas para tratar de curar enfermedades relacionadas con la cabeza, con el cráneo, especialmente las graves heridas recibidas por accidente en esta parte del cuerpo.

Alcarreño declarado

No quiso ocultar el lugar de su nacimiento Andrés Alcázar. Y por declararlo solemnemente, en la portada de su más famoso libro lo puso en letras grandes. Además, en el contexto del mismo explicó algún detalle más. Y así refiere que en su ciudad natal estudió la ciencia de curar con su maestro Antonio.

Respecto a esto añade: siendo joven y estando pasando la práctica en Guadalajara, mi pueblo, con mi suegro y maestro Antonio…, siendo la opinión de algunos ilustres historiadores que este fuera Antonio Aguilera, un conocido y famoso, también escritor, farmacéutico y biólogo de conocida familia y alta fama en la ciudad, aunque natural de Yunquera de Henares.
Andrés

Alcázar estudió la carrera de médico en la Universidad de Salamanca trabajando luego, en Avila y Segovia. Volvió a la ciudad salmantina para opositar a la cátedra de Cirugía, que se había creado en esos años, y sin mayores problemas la ganó, en 1567. Como catedrático de Cirugía de la Salmantina Universitatis permaneció el resto de su vida, muriendo en la ciudad del Tormes en 1584.

Aunque su fama realmente le viene de lo que hizo y escribió, sabemos que como profesor fue también excelente, y que según dicen sus contemporáneos leía en su cátedra el clásico texto de Guido e leía muy bien y a provecho y en latín, e continuadamente da su hora y avn mas si lo dexasen. Esta condición de profesor universitario queda patente en la sistematización y exposición de su obra.

Andrés Alcázar, ya anciano, a petición de sus discípulos preparó su famosa obra impresa, el Libri Sex, llamado así porque consta de seis libros de cirugía reunidos en un volumen. Su título completo y exacto era: Libri Sex en quibus multa antiquorum, et recentiorum suboscura loca hactenus non declarata interpretantur. Impreso en Salamanca, en 1575, en la imprenta de Domingo de Portonaris. Parece ser que se hizo una reedición, también en la ciudad del Tormes, en 1582, pero no se conoce ningún ejemplar de esa tirada.

Análisis de su obra

Esos seis libros ofrecen lo más señalado de lo que Alcázar estudió y mejoró en sus años de práctica y profesorado.
El primero de esos seis libros es el titulado De las heridas de la cabeza. El segundo está dedicado a los problemas quirúrgicos del sistema nervioso periférico. El tercero se refiere a las heridas torácicas, y el cuarto a las abdominales. El quinto libro trata de la sífilis como enfermedad entonces en propagación, temida y extraña (una plaga bíblica se pensaba que era) y el sexto estudia la clínica y prevención de la peste bubónica, otro de los temas que mayor preocupación provocan entre la población del mundo occidental, aunque no fuese un tema estrictamente quirúrgico.

De los seis capítulos o «libros» escritos por Alcázar, el que más repercusión tuvo fue el primero, llegando a ser reeditado aisladamente siete años después. Los otros, que también contienen novedosas aportaciones al arte quirúrgico y médico, no tuvieron tanta fortuna como el dedicado a la cirugía craneal, que era sin duda el más llamativo, y es por el que nuestro paisano ha alcanzado tan altas cotas de fama póstuma entre los historiadores de la ciencia, y entre las gentes cultas en general.

El libro de Andrés Alcázar sobre la Cirugía Craneal consta a su vez de 25 capítulos, que presentan desde la anatomía de la cabeza, a la clasificación de las heridas cefálicas según la etiología y localización, y desde el diagnóstico diferencial de las mismas hasta el pronóstico en general y en particular. Desde el capítulo doce hasta el final, Alcázar ofrece soluciones terapéuticas, tanto desde el punto de vista médico como quirúrgico, para cada uno de los tipos principales de heridas.

Propone muy acertadamente una visión semiológica de las heridas de la cabeza, tal como ya se había hecho en los tratados clásicos de cirugía, en especial de Guy de Chauliac, pero también añade muchas otras valoraciones, síntomas y signos recogidos de su propia experiencia personal, describiendo los síntomas neurológicos: los vértigos, las alteraciones de la voz y la visión, los vómitos, la fiebre, las alteraciones del equilibrio, del tono muscular, de la micción y de la defecación, etc., ya que la simple valoración de las heridas por su aspecto o localización resultaba insuficiente, y la ignorancia de sus conexiones en el interior del cuerpo podía llevar, como nos dice en su libro, a gravísimos errores.

Esta primera parte de las heridas del cráneo es sin duda la parte cumbre de su obra, la más completa exposición sobre el tema publicada en el siglo XVI, muy superior a las de los textos de Ambroise Paré y Andrea della Croce. De ahí el interés, creciente hoy en día, por analizar con detenimiento lo escrito y estudiado por el alcarreño Andrés Alcázar.

Se manifiesta Alcázar firme partidario de la trepanación craneal, pero afinando en sus indicaciones y mejorando la técnica que hasta entonces se tenía. Para ello ideó, propuso y finalmente construyó algunos trépanos con el fin de solventar los inconvenientes que presentaban los hasta entonces existentes.

Debe ser notado cómo el humanista, también alcarreño, Luis de Lucena, médico y sabio que lucía en los salones de la Corte vaticana, los dio a conocer por Italia y Francia, hablando de ellos a los mejores cirujanos de estos países. Es curiosa, pero cierta, la anécdota de que Alcázar dijo que había fabricado sus trépanos treinta años antes de la aparición de la obra de Guido Guidi, (a quien acusa de haber plagiado sus instrumentos diciendo que había tenido ocasión de conocerlos a través de Luis Lucena). También es autor de un instrumento destinado a aspirar el pus impidiendo al mismo tiempo la entrada de aire en el interior del tórax, sirviendo así mismo para la aplicación de medicamentos.

La bibliografía sobre Andrés Alcázar es muy abundante, aunque en este trabajo breve os hago gracia de ella. En todo caso, y ya para terminar, volver a reivindicar la figura de este alcarreño, científico y honorable, a quien la ciudad no ha dedicado todavía una calle, una estatua, un algo…

Puentes y fuentes de Guadalajara

Puente medieval de Auñon sobre el Tajo

Puente medieval de Auñon sobre el Tajo

El pasado día 8, y como un acto más de la programación que la Asociación de Amigos de la Biblioteca Pública Provincial ofrece durante el curso, que este año va dedicada muy especialmente, bajo el título “El río que nos une”, a tratar el tema del agua y los ríos en nuestra provincia, tuve el placer de pronunciar una conferencia sobre el tema que encabeza estas líneas. Muchas imágenes proyectadas, y muchos nombres relativos al agua, a sus cursos y sus realidades.

El tesoro de Guadalajara

Inicié mi intervención con una más que obligada alusión a la riqueza de nuestra tierra, que como todos saben es el agua. Aquí no hay grandes emporios industriales, financieros ni productivos, por lo que nuestra población, que va menguando, tiene escasas oportunidades de progresar.

Sin embargo, Guadalajara es una de las provincias españolas que tienen en nómina una de las riquezas naturales del planeta, en la actualidad y mucho más en el futuro. Tenemos una verdadera mina, grandiosa, inagotable: tenemos agua.

¿Y qué hacemos con ese agua? ¿Utilizarla en beneficio de los habitantes de Guadalajara? En absoluto: la regalamos, se la ofrecemos a otros, teóricamente “a quienes más la necesitan”, aunque este año por poco se ahogan en Murcia, de tanta agua que les cayó del cielo.

Los puentes de Guadalajara

Tras esa obligada alusión a nuestra riqueza , pasamos a ver las formas en que por Guadalajara los múltiples cursos de agua se han salvado, desde hace siglos. A través de sus puentes. Y las formas en que ese agua, que mana por cualquier rincón de la tierra, se encauza y ofrece. En forma de fuentes.

Los ríos han sido, durante muchos siglos, -cuando la gente se trasladaba de un lugar a otro por el único sistema que cabía esperar, o sea, andando, o sobre caballería,- las auténticas fronteras de los territorios. Mucho más difíciles de salvar que las montañas, que mejor o peor, se escalaban y se atravesaban por caminos siempre firmes.

El agua de los ríos, sin embargo, obligó desde hace mucho tiempo a pensar en sistemas, sencillos o complejos, para atravesar sus cauces. De hecho, quienes en la antigüedad se declararon como expertos constructores de puentes, llegaron a ser los ídolos de la sociedad. De ahí que en la católica religión, por ejemplo, a su máxima autoridad le den el calificativo de Sumo Pontífice, esto es, el mejor “hacedor de puentes”.

En Guadalajara hay cuatro grandes valles o cuencas, que desde la Sierra Central arropan en su punto más declive el agua que las montañas recogen. Son estos el valle del Jarama, luego (hacia el este siempre) el Henares, más allá el Tajuña, y finalmente el gran Tajo, que recogerá al fin las aguas de los anteriores y las llevará al Oceáno.

Para salvar el curso de esos cuatro ríos, y de muchos otros riachuelos y arroyos que les nutren, hubo que hacer puentes. Que al principio eran simples hileras de piedras que ayudaban a pasar a pie firme sobre el agua en los vados. Luego ramas y troncos de árboles cortados y puestos en horizontal sobre las orillas. Finalmente llegaron los “pontífices” montando sus puentes de entablamentos rectos, de grandes arcos, o finalmente los colgantes, porque de todo tipo tenemos aquí puentes.

En mi charla hacía un repaso, a través de las imágenes, de docenas de esos puentes. Sencillos unos, admirables otros. Antiguos y modernos. Ejes de caminos, sustentos a veces de pueblos y ciudades. Porque, en la Antigüedad, allí donde había un puente había recogida de impuestos: todo el que lo pasaba, y más si llevaba mercancía para vender o transportar, tenía que pagar el “pontazgo”, esto es, el peaje por cruzarlo.

Ocurría así que las ciudades y villas que sobre los caminos muy generales tenían puentes, generaban riqueza para sus concejos y habitantes. Fue el caso de Guadalajara, que ya cuando era la Wad-al-hayara del califato cordobés, tenía un puente monumental sobre el río Henares, con una alta torre situada en su centro más elevado, donde se pagaba el impuesto. Lo mismo ocurría en Zorita de los Canes, uno de los principales pasos sobre el Tajo. O en Trillo.

Quizás los más hermosos puentes se encuentran en las altas tierras serranas, donde lo escabroso de las orillas obligaba a hacer obras difíciles y estéticamente apreciables. Es el caso de Beleña del Sorbe, donde el puente medieval se alzaba sobre el hondo foso del río, o en Huertapelayo, donde se levantó el puente de la Tagüenza, todavía vivo tras numerosos hundimientos y reconstrucciones.

La época del tren, por el valle del Henares, primero, y luego también por el Tajuña y Tajo, obligó a levantar algunas estructuras reforzadas sobre las antiguas. O puentes de hierro, como el de Peñahora en Humanes, sobre el Sorbe. O algunos tan espectaculares como el de Mondéjar. De otros, clásicos, como el de Pareja, nada quedó tras la construcción del embalse de Entrepeñas. Más suerte tuvo el puente medieval de Auñón (que comparte paso con Sacedón), porque se quedó aguas debajo de la presa, y aunque ya ningún camino pasa sobre él, mantiene su arisca y elegante traza sobre las escasas aguas del río.

Muchas anécdotas surgen cuando hablamos de puentes de Guadalajara. Por ejemplo, la del puente de Cerezo (de Mohernando), uno de los más bonitos del Henares, que no conduce a ninguna parte, porque la carretera que pensaba unir la Campiña con la Alcarria a ese nivel, no se llegó a concluir nunca.

O el puente de Tortuero, sobre un arroyo serrano que lleva al Jarama, que a pesar de su valiente trazado, la amenaza de hundimiento obligó a colocarle un apoyo central que le da una silueta inconfundible.

Las fuentes de Guadalajara

En cuanto a los lugares donde surge el agua del interior de la tierra, a los que llamamos fuentes, también tenemos enorme muestrario, y variado. Desde los hilillos de agua (dura por lo caliza) que en las laderas de la Alcarria recogen el agua de los niveles freáticos, hasta ese chorretón que nace en Lebrancón dando vida al río Bullones, o la balsa que en Cifuentes se forma nada más salir a superficie de la roca interna esas “siete fuentes” que le dieron nombre a la villa.

Canalizadas, estructuradas, ejes de vida, las fuentes surgen en cada pueblo de nuestra provincia. Unas en el centro de la plaza, otras en los accesos a la villa. Algunas tan antiguas y curiosas como la “fuente del moro” en Yélamos de Abajo, que en los últimos años se ha quedado seca porque ha debido haber algunos derrumbes en el canal que traía el agua de lejos. Y otras tan clásicas y legendarias como “la fuente de la niña” en la capital, que centra un parque y escucha las noches de luna el cántico de su protagonista.

Las más destacables, en mi opinión, son esas fuentes alcarreñas, puestas en la parte más baja de la villa, que durante siglos tuvieron tal importancia que, además de darle nombre al pueblo, supusieron la vida en su torno: así la fuente de Fuentenovilla, recientemente restaurada con acierto, que muestra su gran depósito estilo escurialense, el escudo de la villa, la talla de una mujer que es todo belleza y vida… o la fuente de Fuentelecina, la fuente grandiosa en el vallejo que corre hacia el Arlés, y que tiene muros cilópeos de donde surge el agua por caños que centran las facies leoninas talladas en ellos, o el gran aljibe que la precede, con sus sotos donde la gente charlaba, los muleros paraba, y las mozas cargaban sus cántaros.

Para la mí más grandiosa es la fuente del Pozo, de Solanillos del Extremo, de la que ya traté en un artículo, en estas páginas, en julio de 2009.

La fuente del Pozo, de Solanillos (la más grande de la veintena de fuentes que tiene el municipio) la encontramos bajando unas cuantas calles, en recodos, desde la plaza mayor, en dirección al barranco o camino de Cifuentes.

La fuente es un enorme muro de piedra caliza muy bien tallada, con sillares perfectos, que el tiempo ha puesto grises. Un muro central nos muestra una especie de capilla por donde sale el agua, sumándose en lo alto de un ventanal, que le da airosidad. El agua se vierte a un pequeño pilón, del que corre a los dos lados, por medio de ancha conducción de piedra. Pero también deja escapar parte de su caudal al centro, quedándose en un enorme y cuadrado pilón donde beberían antaño las caballerías y las mujeres bajarían a lavar. Luego recibe, en su parte izquierda, el caudal más breve de otro manantial dulce, y finalmente las aguas por conductos subterráneos salen del entorno, atraviesan el camino, y se van hacia los huertos, a regarlos generosamente.

Todavía en la Alcarria quedan muchas fuentes por admirar. La Alcarria es una comarca en la que el agua surge por mil breñas. En Pastrana, sin embargo, la más hermosa de todas ellas está centrando una plaza, y la pusieron por mote “la fuente de los cuatro caños”, aunque hay muchas otras que podría llevar ese nombre. La pastranera es especial, trazada por el arquitecto Tuy en el siglo XVI, con símbolos y filosofías tallados en su grisácea materia.

Cerca, en Albalate de Zorita, admiramos otra fuente de categoría. La “fuente de los trece caños” la llaman allí, aunque el viajero solo ve saler el líquido elemento por 8 chorros en su frente. Pero el complejo acuoso echa agua por otros caños de la espalda, y lleva el caudal por los campos, a través de complejos pasadizos tallados en su piedra. En opinión del profesor Ballesteros San José, que la describió con detalle en el libro “100 Propuestas Esenciales para conocer Guadalajara”, esta fuente albalateña “posiblemente sea la más significativa de la provincia”.

En Brihuega hay varias, pero es la “fuente blanquina” la que llama la atención y da fama a la villa. Como en la alcarreña Jadraque, en la remota villa preserrana de La Mierla o en el solemne conjunto de fuentes seguntinas, en el que solo tres detacamos de lo que supone un conjunto que ha merecido una monografía impresa: la “fuente del abanico”, la “fuente de la Huerta del Obispo” y la “Fuente de la catedral”.

La charla acabó con un coloquio en el que quedó de manifiesto, una vez más, que podemos estar orgullosos de la variedad de puentes y fuentes que hay en nuestra provincia, y del agua que de ella mana, dejando un rastro verde y sonoro. Lamentando, eso sí, que muy poco de esa riqueza pueda ser recogida por sus habitantes, que se limitan a mirar, sorprendidos, cómo el agua fluye por sus tierras, y casi sin previo aviso se lleva a otras, a dar riqueza y alegría en ajenos lares.

Isidre Monés retrata Sigüenza

Isidre Monés Pons

Isidre Monés Pons

En el libro de reciente aparición “La catedral de Sigüenza” y que me he encargado de firmar después de escribirlo, hay –creo yo- una serie de aportaciones novedosas al conocimiento de este singular edificio provincial. Pero una de ellas, posiblemente de las más relevantes, es la aportación artística que hace en sus páginas el gran dibujante y artista catalán Isidre Monés Pons, quien ofrece tres visiones de la catedral que considero excepcionales.

Resumiendo datos sobre Isidre Monés Pons 

Ilustrador e historietista, nacido en Barcelona, en 1947, vive en un pueblo, Esparraguera, cercano a Montserrat, rodeado de su familia y entre lápices de colores, acuarelas y rotígrafos…

Comenzó como ilustrador, a los 15 años, colaborando en colecciones de cromos. Como historietista trabajó para la editorial estadounidense Warren Publishing, a través de la agencia Selecciones Ilustradas, a principios de la década de 1970, en sus revistas de terror: Creepy, Eerie y Vampirella.

A principios de los 80 ilustró gran número de juegos de tablero para Cefa: Imperio Cobra, MisTeRio, Alerta Roja, etc. Dedicándose durante 20 años a ilustrar juegos y puzzles de Educa. Es un prolífico portadista de libros para editoriales como Bruguera.

En el mundo del cómic ha aportado muchísimo, con su dinámica capacidad de afrontar cualquier escena. Aportó páginas bélicas y otras de terror, de artístico acabado, para las revistas de la Warren, destacando además como ilustrador publicitario, de libros y discos, y como pintor.

Dibujante de agencias, contactó con Miguel Conde, con quien comenzó a realizar ilustraciones para álbumes de cromos (“Historia de la Navegación”, o

“La vuelta al mundo con Bimbo”, “El por qué de las cosas”), y tras trabajar con otro par de agencias, decidió continuar su labor por libre, ilustrando cromos para Bruguera (Historia de la velocidad, Zoo color, Todo), para Ruiz Romero editor y para Ediciones Este (Técnica y acción, Mis casitas).

Él dice que se inició “en la publicidad y el cómic, porque eran buenos tiempos, Creepy, S.F. Luego todos quisimos ser Moebius y la cosa se acabó, o casi”.

Se reconoce deudor de las enseñanzas de Valls, en su Academia/Taller, y puede decirse (eso lo digo yo) que es todo un ejemplo de la voluntad como arma que todo lo puede. Todo lo hacía a mano, con todas las técnicas posibles (lápices, rotuladores, pastel, acuarela, etc.) pudiendo decir que es un auténtico clásico de la ilustración, pues hoy son muy pocos los que, en este campo, no trabajan exclusivamente con ordenador.

Al hablar de sus inicios, dificiles, aunque cuando a uno le da la gana trabajar nada hay difícil, nos dice que “Gracias, también, a la noble institución del bachiller nocturno. Estudiar griego y filosofía en un bachiller de letras, tras ocho horas de curro, por puras ganas de aprender, tiene guasa. Hoy, en la distancia, me parece la mejor inversión. Descubrir a los 17 años y por uno mismo a Kafka, Pachelbel, Edvard Munch, Camus y Fellini no es lo mismo que tener que tragarse La Celestina a la fuerza en la escuela. Algunos, tras un Quijote a destiempo, no han vuelto a leer”.

Muchos lo han dicho de Monés: aunque es un todo terreno, para quien el dibujo no tiene secretos, él sale de una cascarita muy pequeña, sale del cromo. Sigue por las historietas, por los de mesa, y acaba en el cómic. Pero por el camino se entretiene, y mucho, en carteles de películas, en carátulas de vídeo, en Biblias para niños, en anuncios de detergentes y en monumentales composiciones de mundos imaginados e imposibles.

Sus patos abrigados de gabardina, y sus lagartijas malhumoradas, se cuelan por todas partes, y él vive en el acto superhumano de dibujar, de crear mundos que no existen tras mirar los paisajes por los que camina. Además, cuenta en su haber con los trabajos de ilustración de más de doscientos libros juveniles.

Si le preguntan por sus inicios, no se corta y achaca su entusiasmo por la pintura tras ver los dibujos de su hermano mayor para anunciar las funciones teatrales que con sus amigos hacía, o visitar las salas de Rusiñol y Casas en el Museo de Arte de Cataluña, cuando estaba ubicado en el Parque de la Ciudadela, y finalmente tras admirar los cromos de “Razas Humanas” de Vicente y los christmas de Ferrándiz. Una veta muy variada, de la que, en ese orden, se reconoce deudor.

Hoy, lo que son las cosas, muchos ven en Monés Pons al referente seguro de un mundo dibujado, colorista y vibrante. Por delante del arte digital, muy cerca de los grandes constructores de mundos virtuales, con la llaneza de quien tiene técnica, imaginación y todavía estudia.

Isidre Monés ilustra la catedral de Sigüenza

Solamente tres, pero estupendas. Esas son las ilustraciones que Isidre Monés nos desvela en “La catedral de Sigüenza” que acaba de aparecer. La imagen solemne de la catedral en su exterior occidental, la oscura vibración del claustro, y el redondo arcano humanista de la Sacristía.

Ya antes había centrado su atención ilustradora en Sigüenza y su catedral. Lo ha hecho, recientemente, en otro libro, “El misterio de la llave de oro”, escrito por Miriam Martínez Taboada, una preciosa fábula histórica que comenté hace pocas semanas aquí mismo. En ese libro coloca a la catedral de fondo de escenas vivas, con reyes, muchachos, cardenales y moriscos.

Y como una de sus pasiones puedo contar la de enfrentarse a menudo con esa figura ancesral y subilme que e sla estatua yacente de don Martín Vázquez de Arce, en la catedral seguntina. Le ha dibujado de mil modos, pero quizás el más genial de todos es el que acompaña hoy estas líneas, ese “Doncel de barrio” entretenido en la lectura.

Pero ahora es el detalle concreto de la obra espléndida la que aparece ante los ojos admirados del lector. Y así Monés nos desvela una catedral gigantesca y valiente, en su cara occidental, tal como era mediado el siglo XVIII, sin verja barroca todavía, pero ya con el relieve de San Ildefonso en su centro, y la coronación abalustrada de la fachada entre las torres.

También hay gente en su retrato del claustro: un joven misacantano parece leer y tratar de comprender algún latinajo de su libro de oraciones. En tonos bermellones, el original, y con técnica de aguada, esta visión del claustro de la catedral nos transporta al siglo XVI, en sus inicios, cuando el ámbito estaba recién terminado.

Al final, una imagen dibujada a lapicero de grafito de la Sacristía de las Cabezas, con su presencia humana dando el contrapunto al equilibrio de las bóvedas, y al lujo pimpante de los detalles, cargados de mensajes. Los dos clérigos que en el centro cuchichean, posiblemente están contándose los hallazgos de esas enjutas, de esos dinteles y grutescos que desde lo alto de los muros les miran. Son tres imágenes que dan fe de la maestría de un artista que, por suerte para todos, ha puesto sus ojos en los ámbitos fieles y eternos de la iglesia catedral basílica de Santa María, en Sigüenza.

Algunos hitos claves en el Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela

Ocho lugares menos conocidos donde Cela pasó el rato, se fijó en todo, y lo contó con gracia.

Taracena en el Viaje a la Alcarria de Cela

Taracena en el Viaje a la Alcarria de Cela

 

1. Taracena

Al salir de la ciudad de Guadalajara, Taracena es el primer pueblo que visita C.J.C. en su Viaje a la Alcarria. Hoy Taracena es ya un barrio de la capital, está muy cerca, sus urbanizaciones orientales lo van a engullir dentro de poco. Pero en 1946 era un pueblo con vida propia. La descripción que de Taracena hace C.J.C. es todo un monumento al idioma, a la literatura, al equilibrio:

«Taracena es un pueblo de adobes, un pueblo de color gris claro, ceniciento; un pueblo que parece cubierto de polvo, de un polvo finísimo, delicado, como el de los libros que llevan varios años durmiendo en la estantería, sin que nadie los toque, sin que nadie los moleste. El viajero recuerda a Taracena deshabitado. No se ve un alma. Bajo el calor de las cuatro de la tarde, sólo un niño juega, desganadamente, con unos huesos de albaricoque. Un carro de mulas -la larga lanza sobre el suelo- se tuesta en medio de una plazuela. Unas gallinas pican en unos montones de estiércol. Sobre la fachada de una casa, unas camisas muy lavadas, unas camisas tiesas, rígidas, que parecen de cartón, brillan como la nieve».

2. El Palacio de don Luis

Cela llega a la Casa de don Luis, que confunde con el Palacio de Ibarra. Este Palacio se encuentra en realidad más adelante y monte adentro. Pero la culpa no es suya, sino del mapa Michelín que está equivocado, y aquí debe decirse en su descargo. También en la famosa Batalla de Guadalajara en marzo de 1937 que sucedió en estos lugares, los desdeñosos fascistas del Corpo Truppe Volontarie al mando del general Roatta utilizaron un mapa Michelin de carreteras para su operaciones, creyendo que era cartografía suficiente para su marcha triunfal. El Mapa Michelin, que no tiene referencias de desnivel, les hizo creer que Torija y Brihuega eran poblaciones que estaban sobre el llano y a la misma altura. Sólo al llegar a Brihuega comprobaron que se habían metido en un hoyo en donde luego serían hostigados y derrotados por los republicanos.

A Cela no podemos culparle de manejar un mapa equivocado, que dice «Ibarra» donde debe decir «don Luis», pero lo que sí puede atribuírsele es llamar Pino japonés a un frondoso Cedro del Líbano.

3. Masegoso de Tajuña

Tras andar el Tajuña arriba, entre densas choperas y alamedas umbrosas, junto a un hombre viejo y su burro Gorrión, se encuentra a Masegoso, todavía herido de la pasada guerra, recuperando su silueta con nuevas construcciones. Breves líneas le dedica C.J.C. con su idioma terso, claro, emocionante:

«Masegoso es un pueblo grande, polvoriento, de color plata con algunos reflejos de oro a la luz de la mañana, con un cruce de carreteras. Los hombres van camino del campo, con la yunta de mulas delante y el perrillo detrás. algunas mujeres, con el azadillo a rastras, van a trabajar a las huertas».

Calculando el tiempo que le lleva ir de Brihuega a Cigfuentes, es poco probable que Cela hiciera a pie este camino, por lo que ante Maseghoso pasara montado en autobús, viendo el pueblo de lejos. Porque tampoco se nos hace muy verosímil que a Masegoso le viera “de color plata con algunos reflejos de oro”. En 1946, Masegoso estaba siendo reconstruido completamente, tras haber quedado derruido en la Guerra.

4. Gárgoles de Abajo

El viajero Camilo José Cela 
llega a Gárgoles a la hora del almuerzo,
y allí con sosiego se echa la siesta,
habla de la Alcarria, y sigue su camino…

Este que sigue es el texto que F. García Marquina escribe en su Guía del Viaje a la Alcarria, a propósito del paso de Cela por Gárgoles de Abajo:

“Al llegar a Gárgoles de Abajo, recién pasadas las casas que bordean la carretera, aparece una serie de cuevas excavadas en la ladera y provistas de puertas. Esta disposición da al conjunto una singular apariencia. Interiormente están abovedadas a medio cañón, sin más cimbrado que el de la propia tierra, y constan de una galería principal y, a veces, alguna lateral. A los lados hay unos nichos donde se colocan las tinajas. Aquí se guardaba el vino y también se almacenaban leña o comestibles. Además de estas bodegas agrupadas, cada casa del pueblo tenía su pequeña bodega excavada bajo tierra y con la misma técnica y uso .

Algunas bodegas tienen grabada una fecha o un nombre en el arco de entrada. En esta se lee: «O.E. + 1754».

Cuando Olegario Escribano terminó de excavar su bodega, los franceses aún no habían inventado la guillotina ni la torre Eiffel, ni los madrileños conocían a la Cibeles, ni el mar se abría paso en Egipto por el canal de Suez, ni había volado nadie en un globo aerostático, ni en el Nuevo Mundo existían los Estados Unidos de América… Cuando Olegario Escribano dió el último golpe de puntero sobre la piedra, no habían nacido Mozart, ni Napoleón, ni Beethoven, ni Carlos Marx, ni Chopin, ni Lord Byron, ni Carlos Darwin, ni Hegel, ni Wagner. ¿Cómo se vivía, se pensaba y se hablaba en un mundo en que Goethe aún no había escrito nada, ni Goya pintado, ni Schubert compuesto su música?

Pero no era sólo la carencia de los medios técnicos como el ferrocarril, la fotografía o el telégrafo, que aún no existían. No era sólo la ausencia de objetos, sino la escasez de ideas lo que limitaba su universo. El mundo estaba medio vacío. Y no es fácil imaginar desde nuestra época superpoblada de personas, colmada de objetos, saturada de relaciones, llena de datos y plena de ideas, cómo era la vida en el vacío relativo de Gárgoles de Abajo.

Si C.J.C. hubiera hecho esta pregunta a algún descendiente de O.E. que el 8 de junio de 1946 bajase a por vino a la bodega de su antepasado, el buen hombre se hubiera rascado la cabeza con sus grandes manos y hubiera respondido: «¡Hombre!, entonces había sólo las cosas aparecidas, como la trilla. Hoy tenemos los inventos como el tren y la arradio.»(112).

Otra de las cosas aparecidas era le vendimia, en cuyo laboreo cumplían las bodegas un destacado papel.

La vendimia familiar se hacía en el lagar, donde el vino «cocía» en grandes tinajas de sesenta a noventa arrobas. Una vez terminada la fermentación, se metía en la bodega, donde la temperatura era más baja.

Al llegar al Parador de Gárgoles, un gran edificio que aparece a mano izquierda del camino, Cela se refugia del calor del mediodía, descansa antes de comer y se entretiene planteando los significados de mesón, posada y parador. Parece ser que la palabra «mesón» es inusual en la Alcarria y sólo se habla de «posada» y «parador», pero aquí no entra a dar más explicaciones, aunque en Casasana aprenderá que el parador es una posada con cuadra. Según Sebastián de Covarrubias, gramático toledano de finales del siglo XVI, posada es la casa donde se reciben huéspedes que «posan» su hato y su cansancio. En el mesón se ofrece albergue a la personas y a sus caballerías. Y la venta, que presumo sinónimo de parador, sería una casa cercana al camino real para pasar el mediodía o la noche.

En el capítulo que Richard Ford dedica a las posadas y ventas, después de explicar que la fonda es la casa sin cuadra donde dan comida y bebida, dice que en la posada se albergan personas y caballerías pero al viajero sólo le dan sal y medios para guisar lo que él lleve. Los paradores son caserones situados en las afueras donde se guarecen coches y carros y donde suelen dar mejor trato a los animales que a las personas. La venta es un parador de carretera que parece reunir más atractivos espirituales que físicos. Y el cáustico viajero inglés concluye que «las posadas de la Península, salvo raras excepciones, se han clasificado de tiempo inmemorial en malas, peores y pésimas».

Francisca Pérez Martín y su marido Eladio Canalejas del Amo regentan el parador de Gárgoles. Ella es la criada guapa, de luto, con las carnes prietas y la color tostada (…) no habla, ni sonríe, ni mira. Parece una dama mora. Esta dama displicente es quien le sirve las sopas de ajo y la tortilla de escabeche.

También el galgo negro tiene su nombre y su afición: es perra, buena cazadora y se llama «Linda». Del perro rufo, peludo y vulgar, que venía de la calle, nadie da razón.

La dueña del Parador, que está hoy «sábado 8 de junio de 1946» ausente, es doña Pilar Sastre Rero, una bien dispuesta mujer que tiene ya sesenta y cuatro años. Esta dama, llena de vitalidad, se empeñaría en cumplir los ciento tres años necesarios para encontrarse con Camilo José Cela en su segundo viaje a la Alcarria en 1985.

En los antiguos paradores y posadas se procuraba a los viajeros muy precaria alimentación. Por lo general, se limitaban a cocinar lo que el viajero pudiera llevar consigo. El viajero Camilo José Cela recibirá habitualmente buen trato y alimento, como se va viendo a lo largo del libro. Pero no debe confundirse la comida que servían en las posadas con la dieta que habitualmente soportaban los campesinos de la época y sobre la que resultará interesante saber algo.

El desayuno era leche de cabra con malta, que se reforzaba, para los que iban al campo a trabajar, con migas, o gachas de almortas, o puches de trigo, o torreznos de tocino. La comida consistía en cocido, de garbanzos, patata y un cuarterón (125 gramos) de oveja o un trozo de tocino. En verano mejoraba la dieta al sustituirse la carne de oveja por la de cordero. Los que iban al campo llevaban alguna sardina como suplemento. De postre nueces, uvas secas o bellota de encina. La cena estaba constituída invariablemente por judías o lentejas. Los huevos eran muy escasos.

A esa majestuosa dama mora que le sirve en el parador de Gárgoles, volverá a verla el viajero: «una mujer de negros ojos hondos y pensativos, de boca grande, carnosa y sensual, de nariz fina y bien trazada, de dientes blancos como la nieve del monte». La volverá a ver en su prosa imaginativa y le resultará una cara muy conocida, aunque no llegará a saber de qué ni de dónde la conoce.

Las paredes de las posadas, según cuentan los viajeros del siglo XVIII, «estaban cubiertas de inscripciones, proverbios, garabatos y obscenidades en prosa y en verso».

Los graffiti de las paredes del parador de Gárgoles eran auténticos, tal y como el viajero los ve y anota en su cuaderno. Y describe como «desafiadora» la rúbrica de Fermín González, a quien no le salían tan bien las caras femeninas con la nariz hacia la derecha (porque están «al revés»). Al escribir «desafiadora» en lugar de «desafiante»,es la segunda vez en el texto que Cela utiliza los adjetivos con sufijo inusual en «or- ora», pero que él frecuenta mucho en toda su obra para dar indudablemente un aire más activo al término. Ya en Brihuega los ojos azules del mendigo eran «brilladores». Y en la siesta junto a Viana, después de pasar las Tetas, tendrá un sueño «confortador». En otros viajes nos habla de «heridor», «bullidor», «huidor», «crujidor»  e, incluso abordando el sustantivo, escribe «mudor» para referirse al estado de quien calla.

El parador de Gárgoles es muy grande, con una cochera en la planta baja donde caben diez o doce carros, que pueden entrar o salir por dos grandes portones enfrentados, uno en cada extremo del edificio. El comedor está en la planta baja, pegado a la cochera. Y el dormitorio en el piso superior. Allí duerme el viajero la siesta, en una habitación con balcón sobre la carretera.

Los precios en los años cuarenta eran los siguientes: cena 2’50 pesetas, cama 1’50 pesetas y «dormir» (se entiende que en la cuadra y con saca de paja) 25 céntimos”.

 

5. La Puerta

El viajero Camilo José Cela 
llega a La Puerta, en un estrecho y verdeante valle,
y allí le acogen con cariño, y el alcalde le da pan del suyo.

Desde Viana hasta La Puerta la distancia es corta. La carretera va siguiendo a la par el cauce del arroyo de la Solana. Hace calor. El viento que soplaba en los huertos de Viana, tan suave y tan grato sobre la piel, se ha parado de golpe.

La Puerta es un pueblo con trazado urbanístico la mar de original. Se extiende todo él a lo largo de una acequia de cemento, a la caída de la serrezuela de peñascos color plomo que lo resguardan de los malos vientos del atardecer. Durante el verano La Puerta tiene todo el aspecto de ser un pueblo de esparcimiento y de descanso. En una tarde de finales de verano su aspecto es muy similar al de cualquier villa porteña del Levante Español. La Alcarria ofrece a menudo esos contrastes. Al soberbio murallón de rocas que el pueblo tiene sobre sí como protector y vecino, la gente le llama el Cerro de las Piedras.

El pueblo es pequeño. No es mucho lo que en un día cualquiera puede encontrarse en él. El paraje de la ermita de Montealejo, uno de los más hermosos que rodean a La Puerta, cae a bastante distancia. Uno, en cambio, puede darse un paseo por la calle principal, siempre a lo largo, siguiendo la dirección del canal. Los bares, las tiendas, los demás establecimientos de servicio, ofrecen una impresión nueva y sorprendente al recién llegado. Como experto, y curtido en el ambiente rural de los pueblos de la Provincia, uno no acaba de comprender el porqué del aspecto capitalino de un lugar de la Alcarria con tan escasa entidad de población. Bajo la sombrilla de un bar se oye la conversación en voz alta de los clientes. Una placa en lugar visible de la calle dice: «El Excmo. Ayuntamiento de Trillo a don Baldomero Martínez Fernández, insigne maestro, en agradecimiento a su labor docente desarrollada en este pueblo de La Puerta  de 1925 a 1952.» Desde hace años el pueblo es parte integradora en lo municipal del ayuntamiento de Trillo.

Hace algo más de un siglo, el lugar de La Puerta contaba con cerca de trescientas almas como población de hecho y tal vez también de derecho. En este tiempo nuestro su número de habitantes es mucho menor. Por entonces eran las afecciones de reuma y las fiebres tercinas las enfermedades que con mayor frecuencia caían como pesada cruz sobre la espalda de los vecinos. Hoy suelen ser los años los que acaban con la gente, hombres y mujeres de avanzada edad, ya muy pocos, los que ocupan de ordinario las casas más antiguas, las de aquel La Puerta del que nos habla don Camilo y que ahora cuesta trabajo reconocer.

Algo de historia y arte 

Tras la reconquista de la zona en 1177, cuando Alfonso VIII conquistó la ciudad de Cuenca, el caserío de La Puerta quedó señalado en los límites occidentales del territo­rio asignado al Común de Villa y Tierra de Cuenca: Mantiel, Cereceda, La Puerta, Viana, Escamilla, Peralveche y Arbeteta, todos en la actual provincia de Guadalajara. Siempre incluida en la jurisdicción conquense, y gobernada por su Fuero, figura en el siglo XV como parte del señorío feudal de don Pero Núñez de Prado, noble alcarreño a quien se lo arrebató mediante cierta componenda con visos de legalidad el arzo­bispo don Alfonso Carrillo, primado toledano y alborotador político en el reinado de Enrique IV. Este purpurado se lo donó a su sobrino don Lope Vázquez de Acuña, y su hijo, don Lopez de Acuña, terminó vendiéndoselo, en 1485, a Iñigo López de Mendoza, primer conde de Tendilla, en cuyos suce­sores, luego marqueses de Mondéjar, permaneció hasta el siglo XIX.

Del antiguo castillo o torre vigía que para guardar esta parte del valle pusieron sus señores en la Edad Media, no queda resto alguno. Es de sumo interés la iglesia parroquial, obra del siglo XII, a poco de ser reconquistada la zona. Es de una sola nave, rematada a levante por ábside semicircular con medias columnas adosadas, y alero sujeto por canecillos y modillones, algunos con representaciones antropomórficas y foliáceas. En el centro de este ábside aparece una ventanilla aspillerada cuyo arquillo descana en robustas columnas de capitel decorado con hojas de acanto. La puerta de ingreso se abre en el muro sur, y hoy se oculta bajo atrio o portal cerrado que le priva de su normal y bella perspectiva. Consta el ingreso de cinco arquivoltas semicirculares, en tres de las cuales se ven baquetones rotos o zizagueantes, con decoración muy tépica del románico castellano; en la más exterior apare­cen cabezas de clavo o flores cuadrifolias. Estas arquivoltas apoyan en sendas columnas adosadas, rematadas en capiteles de vegetación foliácea. En el interior se reproduce la planta semicircular del ábside; se presenta un gran arco triunfal de ocultos capiteles y se ven restos ínfimos de antiguo arteso­nado mudéjar. Todo el templo sufrió reformas en el siglo XVI, pero aun así muestra ser una de las buenas iglesias del románico rural alcarreño.

La parroquia posee una magnífica cruz procesional de plata repujada, obra de mitad del siglo XVI, debida al orfebre conquense Francisco Becerril. Mide 97 cm. de altura y 47 cm. de envergadura. En el anverso presenta una importante talla en plata de Cristo crucificado; en el reverso, gran medallón con el arcángel san Gabriel acuchillando al Demonio. En los extremos, arriba, el pelícano simbólico alimentando a sus crías, y santas mujeres; y los cuatro evangelistas en magnífi­cos escorzos renacientes. En la macolla, de dos pisos, aparecen los doce apóstoles cobijados bajo doseles sostenidos por columnas y cariátides, todo ello rodeado de profusa decoración de grutescos, roleos, trofeos y cartelas.

 

6. El Olivar

El viajero Camilo José Cela  visita también El Olivar, que hoy parece un cromo, pero que en 1946 tenía también su aire herido.

El Olivar anda hoy que parece un Catálogo de Turismo. Más que casas, tiene albergues, y más que un pueblo parece una urbanización. Pero todo en bien. No sé si me explico. Ha cambiado, radical, pero a mejor. Ya no es pueblo de la Alcarria. Es un lugar que está en la Alcarria, todas sus casas restauradas, todos sus habitantes cultos, simpáticos, ufanos por vivir en un lugar que fue «santificado» por Cela en su viaje alcarreño:

El Olivar perteneció desde el siglo XI a la Comunidad de Villa y Tierra de Atienza, que entonces llegaba hasta la orilla derecha del Tajo, rigiéndose por su Fuero y estando sometida a su jurisdicción. Formó luego en la tierra de Jadraque, en el sesmo de Durón, pasando con toda ella, en el siglo XV, al señorío de don Gómez Carrillo y sus herederos, y luego a los Mendoza, perteneciendo hasta el siglo XIX al duque del Infantado. Tuvo vida próspera este pueblo durante los siglos XV y XVI, en los que sus habitantes vivían principalmente del comercio de arriería y de huevos. Posteriormente ha ido decreciendo su vitalidad socio-económica, sólo reactivada últimamente en función del turismo que atrae el embalse o lago de Entrepeñas, en cuyas orillas posee término.

Cosas que se ven en El Olivar

Pues además de las ventanas rústicas, con sus visillos de cuidada labor almagreña, destaca su iglesia parroquial está dedicada a la Asunción de la Virgen y es obra magnífica de la arquitectura del Renacimiento. Está orientada, con ábside a levante, entrada y atrio a mediodía, y torre sobre el muro de poniente. Se precede de un amplio atrio descubierto en su costado sur, el que da a la plaza mayor, rodeado de barbacana de sillar. El templo está construido con recia piedra gris de la zona, es de planta rectangular, alargada de poniente a levante, mostrando la torre cuadrada sobre el primero de estos lados, y el ábside poligo­nal sobre el segundo. La portada se forma por un arco de medio punto con columnas adosadas laterales sobre pedestales, friso y hornacina vacía dentro de un frontón triangular. Los muros se refuerzan al exterior con contrafuertes.

El interior es de cuatro tramos (el primero de ellos ocu­pado por el coro alto) y rematando en presbiterio y ábside, todo ello cubierto por apuntadas bóvedas cuajadas de compli­cada tracería de nervaturas gotizantes. La esbeltez y elegancia de este templo tiene muy pocos competidores en toda la comarca de la Alcarria.

Casasana en el Viaje a la Alcarria de Cela

Casasana en el Viaje a la Alcarria de Cela

7. Casasana

El viajero Camilo José Cela pasó por Casasana, y hasta él mismo, y entonces,
se impresionó de ver aquel lugar, aquel atraso,
aquel pertenecer a un mundo ido, extraño, un poco triste.

Quedarán para las antologías las frases que Cela dedica en su Viaje a la Alcarria a Casasana, un pueblo minúsculo, con escaso cultivo y mucho ganado vacuno, al que se sube por el atajo de Roblegila, endemoniado, lleno de piedras como un canchal, y muy pino. Aquí la inolvidable secuencia de la escuela, con su señorita Julia, la maestra joven y mona, y los niños/as que saben la historia como un cantar, «de memorieta»:

«El viajero se lava un poco en el portal de la posada, mientras le preparan la comida. A través de un tabique se oye cantar a las niñas de la escuela. La escuela de Casasana es una escuela impresionante, misérrima, con los viejos bancos llenos de parches y remiendos, las paredes y el techo con grandes manchas de humedad, y el suelo de losetas movedizas, mal pegadas. En la escuela hay -quizás para compensar- una limpieza grande, un orden perfecto y mucho sol. De la pared cuelgan un crucifijo y un mapa de España, en colores, uno de esos mapas que abajo, en unos recuadritos, ponen las islas Canarias, el protectorado de Marruecos, y las colonias de Río de Oro y del golfo de Guinea; para poner todo esto no hace falta, en realidad, más que una esquina bien pequeña. En un rincón está una banderita española.

En la mesa de la profesora hay unos libros, unos cuadernos y dos vasos de grueso vidrio verdoso con unas florecitas silvestres amarillas, rojas y de color lila. La maestra, que acompaña al viajero en su visita a la escuela, es una chica joven y mona, con cierto aire de ciudad, que lleva los labios pintados y viste un traje de cretona muy bonito. Habla de pedagogía y dice al viajero que los niños de Casasana son buenos y aplicados y muy listos. Desde fuera, en silencio y con los ojillos atónitos, un grupo de niños y niñas mira para dentro de la escuela. La maestra llama a un niño y a una niña.

– A ver, para que os vea este señor. ¿Quién descubrió América?

El niño no titubea.

– Cristóbal Colón.

La maestra sonríe.

– Ahora, tú. ¿Cuál fue la mejor reina de España?

– Isabel la Católica.

– ¿Por qué?

– Porque luchó contra el feudalismo y el Islam, realizó la unidad de nuestra patria y llevó nuestra religión y nuestra cultura allende los mares.

La maestra complacida, le explica al viajero:

– Es mi mejor alumna.

La chiquita está muy seria, muy poseída de su papel de número uno. El viajero le da una pastilla de café con leche, la lleva un poco aparte y le pregunta:

– ¿Cómo te llamas?

– Rosario González, para servir a Dios y a usted.

– Bien. Vamos a ver, Rosario, ¿tú sabes lo que es el feudalismo?

– No, señor.

– ¿Y el Islam?

– No, señor. Eso no viene.

La chica está azarada, y el viajeros suspende el interrogatorio.

8. Zorita

El viajero Camilo José Cela 
acaba su viaje visitando Zorita de los Canes,
admirando su castillo, charlando con sus amigos
don Paco, y don Mónico…

Zorita es un lugar al que Camilo José Cela se acerca, en coche y con comodidad, animado por sus amigos y Cicerones, el alcalde (don Mónico) y el médico (don Paco) de Pastrana: pasa allí la tarde, mira el castillo, charla con la gente, lo anota todo, y nos lo da así servido, con su escritura limpia, resplandeciente, hermosa y única:

«Zorita de los Canes está situada en una curva del Tajo, al lado de los inútiles pilares de un puente que nunca se construyó, rodeada de campos de cáñamo y echada a la sombra de las ruinas del castillo de la orden de Calatrava. Del castillo quedan en pie algún muro, dos o tres arcos y un par de bóvedas. Está estratégicamente situado sobre un cerrillo rocoso, difícil de subir. En su ladera, por la parte de atrás, dos pastorcitos guardan un rebaño de cabras; uno de los pastorcillos, sentado sobre una piedra, graba una cayada de fresno a punta de navaja, mientras el otro, sentado sobre la verde yerba, se ensaya en sacar silbos de una flauta de caña.

El castillo debió ser una verdadera fortaleza. Ahora, los arcos y las bóvedas aparecen desaplomados y amenazan venirse al suelo de un día para otro.

La gente de Zorita es amable y lista. Según le dice don Paco al viajero, Zorita es un pueblo donde la vacunación no es problema; se le anuncia que se les va a vacunar, se les habla de las excelencias de hacerlo y de los peligros de dejarlo, se les marca una fecha, y el pueblo, cuando llega el momento, se presenta en masa. Con un médico y un practicante, el pueblo queda vacunado entre una mañana y una tarde. ¡Así da gusto!

Los habitantes de Zorita de los Canes son de raza rubia, como los alemanes o los ingleses. Tienen el pelo rubio y los ojos azules, y son altos y bien proporcionados. Las muchachas se peinan con raya al medio y el pelo recogido en dos trenzas; van muy limpias y relucientes y, sobre la piel blanca, les resalta el sonrosado color de las mejillas.

Zorita es un pueblo que vive en familia y en paz y en gracia de Dios.

Enfrente de Zorita, al otro lado del río, se ven los restos de la ciudad visigoda de Recópolis, y en sentido contrario, sobre la carretera que va a Albalate, se adivina Almonacid de Zorita, el pueblo donde, hace ya más de un cuarto de siglo, estuvo de boticario el poeta León Felipe».