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Pastrana esencial

Los_Tapices_de_Pastrana_son_Hoy_el_mas_llamativo_reclamo_de_esta_villaComo era de esperar, en el libro (ya clásico aunque acaba de aparecer) que han escrito varias docenas de alcarreños y asimilados y en el que dan a conocer, con veracidad, paciencia y buen decir un centenar de propuestas esenciales para conocer Guadalajara, no podía faltar la presencia de Pastrana. Aquí el recuerdo de todas esas propuestas.

Entre lo que podemos considerar esencial de Pastrana, están tres cosas dispares: el gran palacio ducal, majestuoso y cuajado de historia; la fuente de los Cuatro Caños, humilde y paradigmática; y la Cueva del Moro, arcano cuajado de misterios, que aquí se desvelan, en parte.

Pero hay otras cosas como especialmente la Colegiata, y dentro de ella el Museo Parroquial, que a su vez tiene como banderas del arte y la admiración la colección de tapices que analiza Juan Gabriel Ranera, o la memoria de doña Ana de Mendoza y de La Cerda, princesa de Éboli, que trae a nuestra visión la pluma del científico, ya fallecido, José Luis García de Paz.

La Cueva del Moro

Una catedral tallada en la roca. Así podría definirse esta Cueva del Moro de Pastrana, que en realidad es un conjunto de cuevas y espacios albergados en el interior de una inmensa estructura rocosa.

Se trata de un bloque amplio de roca arenisca, abierto por numerosas bocas de perfecta talla. No son espacios subterráneos formados por el discurrir de las aguas, por hendiduras kársticas ni movimientos telúricos: es una compacta masa rocosa, emergente unos 15 metros sobre el contexto del valle, que ha sido tallada con perfección y mucho ánimo, a lo largo de mucho tiempo, por la mano del hombre. Sus entradas están hechas a pico, son regulares. Todo el interior es un espacio complejo en el que encontramos dos grupos de galerías. La más al Poniente, a la que se entra a través de un gran orificio, nos lleva a la galería más grande, de 25 metros de longitud, de la que en su parte media emergen dos hondas galerías sin salida.

El segundo conjunto de galerías, el de más a Levante, es mucho más complejo. En él están, frente a la entrada principal, las dos galerías trapezoidales que son, con mucho, lo más espectacular de este monumento. Su altura, de 5 metros. Su anchura, dos metros y medio a nivel de suelo, y un metro en la altura. Su profundidad, 12 metros. Un complicado laberinto de galerías, en la más absoluta oscuridad sumidas, permiten descubrir un fascinante mundo hoy silencioso y espectral.

Esas galerías tiene a su vez pasillos que acaban en paredes cerradas. Y otras que salen de nuevo al exterior. En las paredes hay excavados huecos para colocar antorchas y velones.

Añade de interés este conjunto de cuevas los petroglifos esculpidos en el exterior de la masa rocosa. Aunque están desgastados por el tiempo, y las inclemencias atmosféricas, aún se ven signos extraños que recuerdan a los clásicos petroglifos de los espacios cavernosos de época neolítica.

Dentro de la Cueva del Moro se siente una fuerza especial, una trascendencia, una innegable vibración de grandiosidad al saberse dentro del vientre de la Tierra. Como en todo interior de montaña hueca, más aún tallada artificialmente, el magnetismo es mucho más intenso que en campo abierto.

¿Cuándo fueron talladas estas cuevas? Es difícil saberlo. No existen documentos que hablen de ellas. Lo que sí está claro es que el contexto, el roquedal horadado, las celdas mínimas adosadas, la cercanía de otra roca con cuevas ocupadas por eremitas, y el contexto geográfico, el valle del Arlés en su comedio, donde está enclavada, confieren al lugar un sentido de “Desierto Eremita” indudable.

Fue este, sin duda, un eremitorio de origen visigótico, utilizado en el Medievo, que podría tener un origen mucho más remoto, prehistórico incluso, y que se utilizaría como espacio sacro, como iglesia, y en su torno, adheridas a la roca, las múltiples chozas o eremitorios de los que todavía quedan restos.

El palacio ducal

  • La frente de piedra iluminada, la masa rectangular y firme del edificio nos habla de largos años y de extraordinarios sucesos. El palacio de los duques, en Pastrana, es una muestra del arte renacentista rural y una página abierta de la historia de la Alcarria.
  • Ocupando el costado norte de la gran “plaza de armas” que ante él se abre, y con planta cuadrada, ofrece al estilo clásico un patio central rodeado de edificaciones, con otro amplio patio o jardín escalonado en la parte posterior. Lo que vemos al llegar es su gran fachada, abierta a la luz del sur, consistente en un paramento hermético, de sillería tallada en piedra de tono dorado, con escasos vanos. A sus lados, levemente adelantadas, sendas torre espesas. En su centro, la portada principal, único acceso, que consta de un arco semicircular escoltado de sendas columnas exentas apoyadas en altos pedestales, y rematadas en capiteles corintios que sujetan un entablamento ó arquitrabe en el que se lee la leyenda DE MENDOÇA I DE LA CERDA. Un par de medallones circulares con bustos clásicos ocupan las enjutas. Se trata, evidentemente, de un elemento plenamente renacentista y de raigambre serliana. Años después de su construcción, se abrió un amplio balcón con barandilla de hierro forjado, muy volada, justo sobre la puerta, que resultó dañada en su estructura superior, y muy afeada en su aspecto. Y así quedó para siempre.
  • El palacio de Pastrana es como una frente iluminada y feliz, toda hecha piedra

  • Al pasar al interior, tras atravesar el amplio vestíbulo, nos encontramos en el patio, también de planta cuadrada, que si fue proyectado, como todo el palacio, por Covarrubias con arquería, piso alto, ornamentación clásica, etc., nunca llegó a construirse, y hoy se ha rematado con una restauración de corte absolutamente moderno, con pilares metálicos, y el espacio cubierto, sirviendo de sorprendente contrapunto a la tradicional estampa de mole pétrea que presentaba el palacio.
  • Del interior, destacan los salones principales de la primera planta, los que dan a la plaza en su fachada principal. Existen tres grandes salones, rectangular y mayor el central, y uno estrecho y cuadrado que clásicamente se denominó como capilla. En todos ellos aparecen unos extraordinarios artesonados de estilo renacentista, de madera tallada, con casetones y frisos en los que se derrama toda la imaginación y el buen gusto de los tallistas del comedio del siglo XVI.
  • Construido a pocos, desde 1530, por orden de la entonces señora de la villa doña Ana de la Cerda, fue luego residencia y al fin lugar de muerte de su nieta, doña Ana de Mendoza y de la Cerda, la tuerta princesa de Éboli.

La fuente de los Cuatro Caños

Destaca en Pastrana, en una recoleta plaza que, sin embargo, fue la principal de su mercado hasta el siglo XVI, la llamada fuente de los Cuatro Caños, que consta de un gran pilón poligonal y una enorme taza en forma de bola decorada con estrías, de la que surgen cuatro grandes chorros de agua. Fue mandada construir por el Concejo en 1588, siendo el diseñador y director de la obra el arquitecto Francisco de Tuy. Sin embargo, en uno de los sillares del pilón de la fuente aparece la fecha de 1731, que fue cuando bajo la dirección de Francisco Ruiz se le hicieron unos aderezos y reformas. En el año 2002 ha vuelto a restaurarse, siendo en esta ocasión el arquitecto Carlos Clemente el artífice de su limpia recuperación.

En la plaza que hoy preside la Fuente de los Cuatro Caños, se celebró el mercado semanal, desde la Edad Media. Por eso siempe aprovechó el manantial que allí existe para construir fuente de uso público. Que fue en principio muy sencilla, de pilón cuadrado, y que a propuesta del duque a finales del siglo XIX, el Concejo contrató los servicios del maestro de obras Francisco de Tuy, para que viera de hacerla mejor, más grande y hermosa. Él hizo la traza, y las labores de cantería corrieron a cargo de Asensio de Marquina, siendo el constructor obligado Juan de Almaraz. Del arquitecto diseñador, Francisco de Tuy, a la sazón vecino de Budia, sabemos que alcanzó a ser maestrro de obras de la Catedral de Sigüenza, por lo que muy pocos casos se conocen de fuente pública “firmada” por un profesional de la categoría de Tuy.

La estructura de la fuente consiste en un pilón ochavado con sus lados moldurados, y, en el centro, sobre una columna de fuste estriado, y sobre su capitel de hojas talladas, se levanta la gran copa también estriada, en cuyos cuatro vértices aparece sendos mascarones tallados de los que surgen los caños por los que sale el agua y cae al pilón.

Esos cuatro mascarones han dado mucho que hablar, porque se les supone un significado que va más allá del oficio de conducir el agua. Uno de ellos presenta el rostro de un varón con bigote y barba (la ancianidad), otro el de una mujer de larga cabellera (el espíritu femenino), otro el de un joven con el pelo encrespado (la juventud) y otro de severa solemnidad (la edad adulta). Pudieran tener el sentido de marcar las cuatro etapas dela vida, o bien el de señalar los cuatro puntos cardinales. En cualquier caso, la forma semiesférica de la copa, y la esfera armilar con que se remata el conjunto, no parece dejar duda de que nos está diciendo la función añadida que la fuente tiene de recordar la esencia de la vida y la estructura regulada del mundo, como un mensaje explícito del poder de Dios sobre los hombres.

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