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Cien años de Cela

Cela. Retrato de un Nobel

Cela. Retrato de un Nobel.

En este 2016, tan pródigo en centenarios y aniversarios que persiguen revitalizar la memoria de nuestros paisanos más destacados, el mes de mayo va a ser el epicentro, o cronocentro, del recuerdo a un gallego universal, uno de los mayores ejemplos de la literatura hispánica, Premio Nobel y vecino durante muchos años de Guadalajara. El Centenario de Camilo José Cela nos da pie a recordarle, entre anécdotas personales y alabanzas a su obra.

Además es precisamente hoy, viernes 6 de mayo, y a las 8 de la tarde, en la carpa central de la Feria del Libro que se está celebrando en la Plaza Mayor, cuando Francisco García Marquina va a presentar su libro sobre Cela. Concretamente el titulado “Cela. Retrato de un Nobel”, en el que a lo largo de 640 páginas refiere con minucia y conocimiento de causa la peripecia vital del escritor homenajeado, añadido de miles de notas complementarias, muchas fotografías, índices que facilitan la búsqueda de temas y autores, etc.

No entraré a catalogar y analizar el libro, porque lo van a hacer a partir de hoy muchos españoles en muchos medios de comunicación y tribunas varias, pero sí quiero dejar mi recuerdo personal de Cela, en la hora en que se cumplen los cien años de su nacimiento.

El “Viaje a la Alcarria” de Cela fue uno de los primeros libros que leí cursando el Bachillerato. Llevaba ya diez o doce años en la calle, y al Régimen no le gustó mucho aquello, porque retrataba una España mísera y atrasada. El problema es que todavía lo era, la gente iba andando, en alpargatas, y llevaba las mercancías en burro, o en un carro. Por la calle Topete pasaba todos los días el “guadalajarilla” arreando a sus mulas, y los albañiles que trabajaban en el Hispano se cubrían la cabeza con pañuelos anudados en las esquinas. La alegría del domingo sin trabajo se remataba por muchos en “El Casinillo” y por algunos leyendo el ABC en los viejos chester del Casino de la calle Mayor.

Yo quise hacer ese viaje a la Alcarria, y pocos años después lo pude conseguir, conduciendo mi padre el Seat 600 que se compró al principio de los años 60. A mí me parecía un país de ensueño, esa Alcarria por la que antes había pasado Cela, y Layna había descrito con los agudos perfiles de su historia.

A Cela, andando los años, le conocí personalmente, traté con él en muchas ocasiones, y hasta cuidé de su salud, en las contadas veces en que le falló un poco. Siempre me admiró su carácter, su personalidad, su fuerza. Su facilidad para expresarse, su saber filológico, su retranca. Y puedo decir que me he leído casi todas sus obras consistentes, algunas de ellas difíciles de digerir, pero siempre asombrosas.

Vida y milagros de Cela

El relato de la vida de Camilo José Cela que hace García Marquina en su libro es, por centrarme en un solo adjetivo, asombroso. Aunque todos estamos ahora insistiendo en que a Cela solo debe considerársele un escritor, del que hay que leer sus libros, y aprender de sus conocimientos, la verdad es que su vida, bien trabada y analizada, da para un libro de aventuras. Una apasionante y sorprendente aventura. En la que pasan mil cosas. Que, como en los grandes personajes siempre ocurre, unas son reales y otras inventadas.

Cuenta su infancia en Galicia (en los años de la infancia se forja la personalidad de la gente, y en ella todos tenemos, -se sabe desde hace tiempo- nuestra verdadera patria), luego su vida en Madrid con veranos en la Sierra. Más tarde los años de madurez en Mallorca con su esposa Charo Conde y su hijo Camilo, y al fin la vuelta a la península, y más concretamente a Guadalajarta, donde vuelve a casar, esta vez con Marina Castaño, pasando al fin, como en un exilio involuntario, a Madrid donde muere.

En esa vida –lo cuenta García Marquina en su libro con todo lujo de detalles- ocurren tantas cosas que es imposible resumirlas. La expulsión de todos los colegios a los que iba, las novias sucesivas, el ingreso en el sanatorio antituberculoso, la guerra civil… Camilo José Cela vió morir, ante él, en una jornada de bombardeos sobre el Madrid republicano, a su novia Tránsito, a la que le cayó un obús encima y la decapitó ante los ojos atónitos del novio, que se quedó paralizado. Solo por ese detalle, ya es lógico que uno se quede traumatizado de por vida. Pero a Camilo le pasaron cientos, miles de cosas más, todas sorprendentes.

De las infinitas apreciaciones que García Marquina hace de Cela, fruto de su conocimiento claro, está esa frase que nos deja caer en la página 300: “Cela era un hombre de fachada imponente y corazón delicado, que había recibido una educación antisentimental y que defendía su intimidad a golpes de efecto. Quién diría que bajo su aspecto peleón había una persona frágil ante los ataques. José-Carlos Mainer lo emparenta con Quevedo, que también sabía disimular una dramática vulnerabilidad con una máscara de violencia”.

De sus milagros, y después del viaje en etapas (en muchas etapas, unas a pie, otras en autobús y otras en automóvil particular) por la Alcarria, Camilo José Cela vuelve varias veces por aquí, y así lo encontramos en el 72 inaugurando las placas de cerámica por lo lugares que describe en su libro. En junio de 1985 “el antiguo vagabundo volvió a recorrer la Alcarria, pero esta vez en Rolls, con una choferesa negra, un par de juglares y un séquito de promotores, periodistas y autoridades locales”, nos cuenta Marquina, que vivió ese periplo en primera línea, dedicándole una comida multitudinaria en su “molino de Caspueñas”, donde luego se retiró a vivir los inicios de su nuevo amor con Marina.

La obra de Cela es también analizada con detenimiento por Francisco García Marquina. Si la biografía es curiosa, entretenida y hasta divertida en cien pasajes, el estudio de la obra del Premio Nobel es de antología. Nos dice de su estilo, de su ritmo y melodía, de sus invenciones, diálogos, prólogos y accesos de humor. Analiza su “literatura viajera”, sus artículos periodísticos, y sus heterodoxias expresivas. Examina la primera gran prueba del genio, esa “Familia de Pascual Duarte” que sobrecoge, mientras que por “La colmena” desarrolla su visión de la profunda España, y por el “Oficio de tinieblas” inicia su andadura de la “vivificante antiliteratura” como la definía el autor.

En la página 530 y siguientes, García Marquina se explaya sobre “La muerte según Cela”, una visión de las postrimerías que siempre tuvo reflejo en su obra, y que al final la aceptó como algo inevitable, aunque siempre que pudo la desafió.

Y termino: si en este año 2016 celebramos el centenario del nacimiento de Cela, y en esta tierra que él amó (de eso no hay ninguna duda) con sinceridad se le está dando el merecido toque de campanas (Diputación Provincial, Junta de Comunidades, Ayuntamientos varios…) este libro que en plena Feria del Libro pone Aache en las manos de los lectores españoles es, sin duda, el mejor y más eficiente servicio a la memoria del Premio Nobel gallego. La obra que ha culminado García Marquina es, por sí misma, todo un monumento literario, evocador, entretenido, que no aburre en ninguna página, que admira y hace aprender. Hace recordar y hace aplaudir, finalmente.

 

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