La Alcarria del Viaje al que Camilo José Cela puso sus botas de siete leguas

sábado, 23 abril 2016 0 Por Herrera Casado
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En el Centenario de Camilo José Cela

Tiene Guadalajara mil y un espacios a los que podría darse título de “paisaje literario”. Frente al cerro encrespado de Hita, el viajero evoca a Juan Ruiz y su “Libro de Buen Amor” cuajado de trucos, devociones y retratos solemnes. Frente a Sigüenza, las palabras de Baroja, de Ortega y Gasset, de Alberti… Y en las orillas del Henares, los textos de Angel María de Lera, de Pepe Esteban, de Francisco García Marquina: suave la corriente se lleva las palabras, los versos que le dedicaron, las historias que se fraguaron en sus arboledas.

Pero si hoy me piden –como me han pedido- unas cuantas palabras que resalten un paisaje literario en Guadalajara, a los inicios de este año 2016 me paso al camino de Cela, y escojo sus pasos por la Alcarria. Porque de su “viaje a la Alcarria” nace no uno, ni diez, sino mil paisajes literarios que además han quedado para siempre en el museo y el ejemplario de lo que ha de ser un paisaje nacido y acunado por la pluma de un escritor. La Alcarria es otra desde que Camilo José Cela la paseó y la vió, la descubrió y dio cobijo en su libro. 

El Viaje a la Alcarria de Cela

Su paseo es del verano de 1946. Hace ahora 70 años que la recorrió andando, por sus caminos polvorientos, sin apenas coches, con algunos viejos autobuses, con muchos carros, con infinitos caminantes.

Todo el mundo sabe cual fue su periplo. Y si no lo sabe, siempre tiene la oportunidad de hacerse con ese “Viaje a la Alcarria” que es la quintaesencia de nuestra tierra. Parte de Madrid en tren y llega a Guadalajara, sube la cuesta del Hospital tras cruzar el puente, se asombra de que el palacio del Infantado esté tan en ruinas, visita a montes el Talabartero, y cruza el barranco del Sotillo por donde estaba el Mesón Tetuán, enfilando la cuesta del depósito de las aguas, para llegar enseguida a Taracena y de ahí pasar a Torija, Brihuega, Masegoso, Cifuentes… acabando en Pastrana con una excursión previa (en el coche de don Francisco Cortijo) hasta Zorita de los Canes.

Recordamos algunos de sus estancias por los paisajes que él inmortaliza:

Brihuega

Para Cela, lo más hermoso de Brihuega es el desolado jardín que hay a las espaldas de la antigua Fábrica. Ya por entonces en Guadalajara todo es ex, todo es antiguo, todo está derruido o a punto de estarlo. Más o menos como hoy.

El jardín de la fábrica es un jardín romántico, un jardín para morir, en la adolescencia, de amor, de desesperación, de tisis y de nostalgia. Al lado del gracioso almendro, que parece una señorita muerta, crece el ciprés solemne, que semeja un penitente vivo. Tras los podados, recortados bojes, florecen las paganas rosas de Jericó. Frente al mirto perenne, palidece la montaraz madreselva. El viajero pasea entre los rododendros y, sin poderlo evitar, se le llena la mente de tiernos, insalubres versos de Shelley: el vino, la miel, un capullo lunar, la zarzarrosa…

 

Orillas del Tajuña

Camino luego, hacia Cifuentes, por las orillas del Tajuña. Junio y arboledas, silencio y paz, pastores y carreteros. El viajero nos dice así de esta tierra idílica, que evoca y poetiza:

Por poniente cruzan, lentas, alargadas, como culebrillas, unas nubecitas rojas, de bordes precisos, bien dibujados. Dicen que las nubes de color de fuego, a la puesta del sol, presagian calor para el día siguiente.

El río corre rumoroso, rápido, por la vega, y a su orilla silban los pajaritos de la tarde, croan las últimas ranas de la tarde. Se está fresco, sentado al borde de la carretera, a la sombra de un olmo. Después de un día caluroso en el que se han caminado algunas leguas y se ha pateado, de un lado para el otro, un pueblo grande y recién descubierto. Cruza, con su vuelo cortado, un caballito del diablo.

Cifuentes

En Cifuentes les espera su amigo Arbeteta, uno de los responsables de que este viaje se hiciera. El paisaje es aquí urbano, pero desde entonces la villa de Cifuentes tiene otro perfil. Se lo habían dado antes el infante don Juan Manuel con sus cuentos, o el cronista Layna Serrano con sus historias. Pero es Camilo José Cela quien transforma la villa anchota y soñadora de Cifuentes en un paisaje literario. Por estas palabras:

El amigo del viajero habla con orgullo de Cifuentes. Mientras pasean por el pueblo, le va explicando su antigüedad. El viajero aprende que el castillo lo hizo don Juan Manuel y la iglesia una querida de Alfonso el Sabio que se llamaba doña Mayor. El viajero recuerda, vagamente, que en un libro que leyó, hace años, llamaban a don Juan Manuel turbulento y pendenciero. De doña Mayor, el viajero no había oído hablar en su vida.    

En el pueblo hay muchas puertas con herrajes bonitos, muy artísticos, con aldabones y picaportes de hierro negro, con ojos de cerradura que forman dibujos: un corazón, un trébol, una flor de lis, un arabesco.

Es evidente que a este viajero no le interesaba en absoluto la historia de los lugares por los que pasa. Ni sus monumentos artísticos o legendarios. A él le interesa la gente, el aire que respira, los afanes que le cuentan.

Trillo

Llegando a Trillo nos dice lo que ve, lo que le llama la atención. Que no es poco. Y queda su peripecia en estos párrafos:

La cascada del Cifuentes es una hermosa cola de caballo, de unos quince o veinte metros de altura, de agua espumeante y rugidora. Sus márgenes están rodeadas de pájaros que se pasan el día silbando. El sitio para hacer una casa es muy bonito, incluso demasiado bonito.    

El viajero busca un sitio para pasar la noche, deja su equipaje y se va a dar una vuelta por el pueblo. Desde el puente ve correr el Tajo, sucio, terroso, con las márgenes imprecisas. En sus orillas, unos pescadores de caña con aire de campesinos o de muleros, con traje de pana, faja negra y camisa con botón en el cuello, esperan pacientemente a que pique alguna trucha. Poco más abajo, unas mujeres lavan la ropa.

Pero a Trillo le llegan otros rumores literarios. Los de Juan Jesús Batanero Gil, quien en su “Latidos de corazón trillano” nos deja la evidencia de su amor sincero por la villa que en nace. O el gran poema que José Antonio Suárez de Puga nos dicta en su “Cancionero de Lugares y Compañías”, Guadalajara, 2014, y en el que dice: En Trillo, abre sus ojos / la tristeza de un puente / viendo correr el Tajo / camino de la muerte.

Durón

En Durón, que en 1946 era una aldea perdida en lo más remoto de la España profunda, se encuentra Cela con la vida sencilla. Y la retrata así:

Durón es un pueblo que está en tres pedazos, dos en la ladera, y otro, más pequeño, a orilla del camino que tomará el viajero y al lado de la huerta.    

A la puerta de las casas el viajero ve, como la tarde anterior, el mismo grupo de hombres y de mujeres, la misma turbulenta nube de niños. Durón es un pueblo donde la gente es abierta y simpática y trata bien al que va de camino; al viajero se le muestra curiosa e incluso amable. Es gracioso observar lo distintos que son, a tan escasa distancia unos de otro, los budieros de los durones; en Durón la gente habla y ríe y se muestra propicia.

Casasana

Subirá después, camino de Córcoles, por Casasana, donde la vida ancestral le sorprende. Más allá de la anécdota en la escuela, memorable, el viajero dice que [Casasana] es un pueblo minúsculo, con escaso cultivo y mucho ganado vacuno; ochenta y tantas vacas. En Casasana fue el único pueblo de la Alcarria en el que el viajero encontró vacas de leche blancas y negras, de raza holandesa, como las de Santander. Estaban, por lo general, algo flacas, pero en seguida se echaba de ver que eran de buena raza.      

Sacedón 

Luego de pasar junto a las ruinas de Monsalud, a las que no hace mucho caso, se acerca a Sacedón. Y el paisaje insulso cobra vida, se alza sobre el altar de la literatura con estas frases celianas:

A medida que el viajero se va acercando a Sacedón, va viendo aparecer los viñedos y los bueyes tirando del arado. Pasan carros de mulas para arriba y para abajo y, de vez en cuando, cruza un camión cargado hasta los topes; a veces la guardia civil detiene algún camión; el estraperlo suelen llevarlo debajo de la carga.      

El terreno se va poblando y, a legua y media aún de Sacedón, se empieza el viajero a encontrar con las gentes que vuelven del campo, caminando por la cuneta en grupos de tres o cuatro, con la azada al hombro, el perrillo detrás y, algunos, con la dorada calabaza en bandolera o colgada del cinturón. Es la caída de la tarde y, al final, el tránsito de la carretera parece el de una calle de la ciudad, solo que todos en la misma dirección. A la entrada del pueblo hay una hermosa avenida de olmos y olmas. Los olmos son los que acaban en punta y las olmas son las que tienen un ramaje copudo, redondo, maternal.

Y acaba dejándonos constancia que (todavía el embalse de Entrepeñas no existía) la Alcarria “es un hermoso lugar al que a la gente no le da la gana ir”. Sin embargo, ya había en él mucha gente.

Zorita de los Canes

En Zorita de los Canes acaba el “viaje a la Alcarria” de Camilo José Cela. A la caida de la tarde, junto a don Paco y don Mónico, el escritor poetiza y mira el entorno (y el castillo, sumido en la ruina) con ojos que entorna y entrega. Estas son sus palabras, tras admirar la fortaleza altiva:

Zorita de los Canes está situada en una curva del Tajo, al lado de los inútiles pilares de un puente que nunca se construyó, rodeada de campos de cáñamo y echada a la sombra de las ruinas del castillo de la orden de Calatrava. Del castillo quedan en pie algún muro, dos o tres arcos y un par de bóvedas. Está estratégicamente situado sobre un cerrillo rocoso, difícil de subir. En su ladera, por la parte de atrás, dos pastorcitos guardan un rebaño de cabras; uno de los pastorcillos, sentado sobre una piedra, graba una cayada de fresno a punta de navaja, mientras el otro, sentado sobre la verde yerba, se ensaya en sacar silbos de una flauta de caña.    

El castillo debió ser una verdadera fortaleza.    

Ahora, los arcos y las bóvedas aparecen desaplomados y amenazan venirse al suelo de un día para otro.

Y al fin se anima y le escribe unos versos al entorno. Unos versos crudos y difíciles, como los que pone en la edición de Alfaguara, para asombro de incrédulos:

“Pasa el Tajo por Zorita,

como un sultán.

El campo, una señorita

que brinda el pan. El cielo va de levita

o de mackferlán.

Ya no hay ley

de la gravitación sideral:

el castillo de Zorita

aún no dio el tantarantán;

un duendecillo lo habita…

El sexto, larán, larán”.      

 

Todavá en Zorita uno se acuerda de otros esfuerzos por darle un baño de literatura al entorno. Y no se resiste a copiar los versos que José Antonio Suárez de Puga le escribe al castillo, sin olvidar los estudios hondos que al mismo dedica Plácido Ballesteros San José, y los nuevos perfiles que le entrega Antonio Pérez Henares a través de su héroe Fan Fáñez en su novela “La tierra de Alvar Fáñez”, espléndida de situaciones, emociones y paisajes como este.

Los versos de Suárez de Puga completan este viaje por la Alcarria, que tiene infinitos perfiles añadidos:

 

La altura abre la vieja

Puerta de la verdad deshabitada

Al horizonte que conduce el paso

Del sol a los cuarteles donde ladran

Los históricos canes

Asidos por la fuerte

Carlanca que defiende su pelaje.