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Tartanedo, una aldea en el mundo

Tartanedo

La capilla de San José de la iglesia de Tartanedo, donde se ve la colección de pinturas de ángeles virreinales

El pasado 19 de agosto, y en el centro cultural “El Almacén” de la localidad molinesa de Tartanedo, tuvo lugar un acto cultural en el transcurso del cual se presentó públicamente un libro que ha editado el Ayuntamiento de la localidad, y ha escrito previamente el profesor Teodoro Alonso Concha. Con la presencia de personalidades destacadas del Señorío, como el heredero de los Montesoro, Francisco Martínez de Salazar, o el estudioso de la cultura molinesa, Diego Sanz Martínez, otros más pudimos intervenir en el elogio y ponderación de esta obra del profesor Alonso.

Mira aquí la “Historia de Tartanedo”

Un patrimonio artístico singular

No olvida detalle el profesor Alonso cuando analiza el patrimonio artístico de Tartanedo en su libro. Porque son muchos los elementos que lo componen, y todos ellos se mantienen vivos, palpitantes a los ojos de quienes los admiran, contentos ahora al saber que no solo se salvaron de antiguas amenazas, sino que de la peor, la del olvido, ha sabido sobrevivir y alcanzar el hoy perfectamente restaurados, gracias fundamentalmente al interés (y los dineros) del propio Ayuntamiento, y al empuje de sus vecinos. Sin ir más lejos, el pasado 31 de julio tuvo lugar en la iglesia de San Bartolomé un Concierto/Homenaje al equipo que ha restaurado este conjunto de altares, tallas y pinturas en los últimos veranos.

Destaca la iglesia parroquial, en la que una portada románica con capiteles de fieros y contundentes animales quiméricos nos da la bienvenida. En su interior, detalles de todas las épocas: una pila románica, unas bóvedas góticas, unos altares renacentistas, retablos de tallas y pinturas manieristas, barrocos, neoclásicos… y la joya suprema, sin duda: la colección de Angeles Virreinales que en el altar de San José y capilla adjunta se muestran hoy, recuperados, como pieza singularísima del patrimonio artístico molinés y provincial.

Todos los detalles de ese patrimonio son desmenuzados y analizados por Alonso Concha: los escudos de armas policromados, que hablan con diligencia de personajes, catedráticos, capitanes, terratenientes, obispos, se suman a la alegría de los Pater Ecclesiae que dan voces en el púlpito; los Cristos y Santa Teresas que por aquí y allá aparecen; la escena del Juicio de Salomón, copiada a la perfección de un original de Rubens, o los detalles demoniacos de la leyenda de San Bartolomé en el retablo dedicado al santo patrón del pueblo.

No se olvida el autor, sin embargo, de otros detalles menores, dispersos, interesantes siempre: la Cruz de Canto al extremo del ejido, o la ermita de San Sebastián con sus dos niveles constructivos, más los retablos (ya desaparecidos) de San Gil, además de los pairones del término, de los palacios y escudos de obispos y señores, de la gran fuente neoclásica que regaló el obispo Fernández, hijo del pueblo, e inlcuso de ese nuevo perfil que le ha surgido a Tartanedo, como una sorpresa o tributo que a los nuevos tiempos se paga, de los molinos productores de energía eléctrica: al autor le sorprendieron el primer día, le dolieron el segundo y a partir del tercero los ha incorporado a la idiosincrasia del pueblo, de tal modo que junto a la torre parroquial, ilustran la cubierta del libro.

Personajes de relieve

Entre los hijos de Tartanedo, que como cualquier lugar de nuestra España puede mostrar nombres y biografías de gentes que se esforzaron y promovieron mejoras para el país, el autor destaca unos cuantos: en el capítulo de los personajes, surgen un par de obispos, un catedrático, algunos poderosos ganaderos e indianos, y una monja que ha alcanzado el grado de beatificación y que en vida ayudó (fue la mano derecha, en realidad) a Santa Teresa de Jesús en su tarea fundadora. Pero añade, en el capítulo de los cuasi anónimos personajes, a los maestros y curas, los confiteros, capadores y campaneros que han hecho, día a día, a Tartanedo esencial.

Salta a la vista como personaje clave el obispo (que lo fue de Cádiz) don Javier de Utrera y Pérez, originario de Castilnuevo, junto al Gallo, pero nacido en Tartanedo, donde su abuelo dejó construida una “casa grande” que es hoy admiración de quien se planta ante ella. El otro obispo, don Vicente Fernández Jiménez, que lo fue de Astorga primero (donde lidió con Napoleón Bonaparte) y de Zaragoza después, da paso a la figura de Sor María de Jesús López Ribas, de familia sonante en el pueblo, propietaria ella misma de casonas y tierras, pero entregada a la causa carmelitana en el siglo XVI junto a Teresa de Cepeda, alcanzando el glorioso apodo de “El letradillo de Santa Teresa” pues la ayudaba en todo, especialmente en lo tocante a las escrituras y recados.

Costumbres y mentalidades

Muy interesante es el análisis que hace el autor de esta “Historia de Tartanedo” al respecto de las costumbres, los hábitos temporales, y las mentalidades a lo largo de los siglos, porque en esos temas, más que en las batallas y los tratados, está la historia de las gentes y sus habitáculos. De tal modo, que empieza por recorrer el año a través de sus estaciones, y rememorar lo que en cada una de ellas se hacía: el invierno recogido pero no ocioso, reparando aperos; la primavera preparatoria de los campos; el verano glorioso de trabajos, de siegas, trillas y acarreos; y el otoño también dedicado a los alimentos recogidos, echando un vistazo por el rabillo del ojo, cada día, al cochino que caería en gloriosa matanza a finales de esa estación.

También es interesante el repaso a las actitudes de la gente frente a la agricultura y la ganadería, que fueron durante largos siglos la razón de vivir de estas gentes: los rebaños y sus migraciones a la Andalucía; los pequeños huertos frente a las grandes extensiones del pan llevar; la división de la sociedad entre pobres y ricos, germen de todos los conflictos que a la larga se producen; las idas y venidas por los caminos, y por supuesto la mentalidad (cerrada en sus inicios, progresivamente más abierta) a la educación, a lo que hay fuera, a los que viajan y atraviesan los caminos, a la cotidianidad de los nacimientos, las bodas, las muertes, los entierros… precisamente por ese aislamiento, por esa lejanía de casi todos los caminos, ocurre lo que ocurre en Tartanedo en la Guerra Civil española de 1936-1939: que en todo su discurrir de casi 3 años de conflicto, no se oyó un solo tiro en el pueblo. Algunos de sus hijos murieron con ocasión de la reyerta, pero lo hicieron en los frentes, en una y en otra trinchera. Solo dejó alguna que otra discusión, pero ni siquiera un puñetazo. El patrimonio artístico se salvó íntegro y la sensación para muchos fue de que “vaya lío que se ha organizado ahí abajo…” respetándose unos y otros en sus vidas y haciendas.

Alonso Concha destaca finalmente, y creo que con acierto, con una visión aguda y muy personal, pero también muy rigurosa, la evolución de la sociedad de Tartanedo, y molinesa en general, en estos últimos cincuenta años. Que comparto con él, porque he tenido la fortuna de vivirla y comprenderla, pero que en su caso, en el del autor, está fraguada sobre la esencia de su nacimiento en el lugar, de la convivencia con los más ancianos, y la irrupción de los más jóvenes: si algún valor tiene este libro (y uno de ellos, como corresponde a un libro de historia, es el acarreo de datos y noticias) es el de mostrar los cambios que se han producido en la convivencia de sus gentes, entre sí y entre ellas y el mundo. El paso de un pequeño círculo cerrado, a la gran espiral de la globalización actual. Esta forma de enfocar la “Historia de Tartanedo” me ha entusiasmado, y lo mismo que hice en el día de la presentación, vuelvo aquí a aplaudirlo. Porque historiar no solo es contar hechos antiguos o sacar cifras medias de datos documentales. Historiar es añadir a eso la forma en que todo el avatar lejano lo ha sentido/vivido el autor y los han sentido/vivido quienes le rodean: la forma en que el poso de esa historia nos toca el corazón, como en resumen.

La aldea global

La idea de Alonso Concha, que centra el libro, va más allá del mero estudio histórico y cronológico de un pueblo. Viene a decir que hoy las localidades molinesas, por pequeñas, deshabitadas y lejanas que parezcan, están vivas y palpitantes en un contexto universal, formando parte de la “aldea global” en que actualmente puede considerarse el Planeta Tierra.

En los 900 años de vida que tiene el pueblo, aproximadamente, solo en los últimos 50 se ha saltado a la universalidad. Anteriormente, Tartanedo era un mundo en sí mismo, que comulgaba en fiestas, actividades e intereses con otros, pero que se desenvolvía en una órbita única, propia, con un protagonismo escaso pero muy intenso para sus habitantes. Todo eso se ha ido diluyendo a día de hoy, perteneciendo a un conjunto (el Señorío de Molina) en una provincia (Guadalajara) y región autónoma (CLM) en contextos aún más amplios que le dejan ver, al instante, lo que ocurre en el exterior, y que le permite ser visto, también al instante, por los demás.

Todo ello con unas indudables ventajas: las comunicaciones, los intercambios, el aporte de soluciones, la pluralidad de ideas y la toma de referencias universales. Como bien se dijo en la presentación del libro, los agostos de antaño, cargados de sudor, de madrugones, de arrastrar mieses a lomos de mulas, se han cambiado hoy por desayunos a media mañana, niños en bicicletas, y actos culturales como el del pasado miércoles 19: el trabajo por el descanso, aunque ello haya sido a coste de emigración y añoranzas.

El libro ahora presentado

Entre otras cosas obligadas en un libro, este muestra Prólogo de quien lo patrocina (el Ayuntamiento, y en su representación el alcalde Francisco Larriba) y un escrito que yo mismo desarrollé hace ya muchos años, sobre “Los nombres de Tartanedo” en el que hacía un repaso, -y un obligado elogio- a la toponimia menor, rural y entrañable, de este pueblo y en general del territorio molinés.

Viene luego una presentación del propio autor, quien se explica, se autocritica, y se ofrece a recibir nuevas noticias y visiones que de otras partes lleguen. A Teodoro Alonso Concha le sobra humanidad, y nada le falta de perspicacia y buen criterio. Su libro se desarrolla luego en cuatro grandes capítulos, que pueden definirse más o menos así: Cap. I, dedicado a la historia primitiva, “La aldea de los treinta fuegos”, Cap. II, la vera historia conocida, con sus instituciones, sus cifras, sus personajes de relieve, y su patrimonio artístico, bajo el título de “Un lugar de la Tierra de Molina”, Cap. III, que es el más corto, y que se enuncia como “Ayuntamiento de la provincia de Guadalajara”, viene a tratar los avatares del siglo XIX, y Cap. IV, análisis del siglo XX y el hoy mismo, bajo el título de “La aldea global”. No falta, al final, la obligada bibliografía y un amplio espacio dedicado a Apéndices Documentales, donde aparecen listas de nombres, propietarios, impuestos, gacetillas, planos…

A lo largo de sus 352 páginas, encuadernadas con lujo y tapa dura, aparecen numerosos grabados, la mayoría en color, con la presentación del patrimonio, personajes, documentos, visiones del Tartanedo de ayer y de hoy, fotos aéreas, planos antiguos… un libro que en definitiva considero modélico, plausible y del que me siento muy orgulloso de poder decir que algo, una mínima parte, ha salido con mi colaboración, aunque siempre haya sido un espectador asombrado de tan rico arroyo de noticias e imágenes. Un lujo que Tartanedo merecía, y que el profesor Alonso Concha, con el apoyo del Ayuntamiento local, han sido capaces de entregarnos.

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