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Un Festival huérfano: Hita sin Criado de Val

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La figura de Manuel Criado de Val preside la celebración del 55 Festival Medieval de Hita

Para mañana sábado 4 de julio está anunciado el Festival Medieval de Hita: ya el 55 de los celebrados, sin interrupción, y esta vez, por primera vez, sin su creador al lado, sin la figura de don Manuel Criado de Val apoyándolo, como lo vino haciendo esos 54 años precedentes. 

En julio de 1961 se celebraba el primer Festival Medieval de Hita, impulsado por el entusiasmo y el saber hacer del profesor don Manuel Criado de Val. Fallecido este ilustre castellano-manchego, el pasado 5 de marzo de 2015, es esta la primera ocasión en la que no estará su fundador en el palenque, en las bambalinas, en la primera fila de su resplandor.

La primera vez se representaron “Los amores de don Melón y doña Endrina” como parte extraída del “Libro de Buen Amor” que Criado desentrañó con la fina cuchilla de su ingenio. Al mismo tiempo, y en el palenque abierto a los pies del cerro donde don Juan Ruiz y don Iñigo López de Mendoza pasearon, se celebraban las justas medievales, los juegos de bohordos, de cañas, de sortijas y estafermos. Y arriba junto a San Pedro se daban raciones de carne de matanza y platos de cabrón con ruibarbo como merecida recompensa gastronómica a quienes hasta allí subían.

Ahora está catalogado como fiesta de Interés Turístico Nacional, y siguen acudiendo a miles los espectadores. Un aplauso será especial este año para don Manuel. A quien días antes, concretamente el pasado sábado 27 de junio, memoró el cronista Suárez de Puga como amigo, colaborador y admirador suyo que fue. Siguieron y seguirán las botargas y los bufones arrastrando sus coloristas ropajes por las calles empinadas del burgo, y el mercado sonará, como sonarán a la noche las notas del Joglars de la Bota, con su música y bailes medievales. Será tras la representación de “Las truhanerías de Pathelin”, una comedia medieval francesa que este año se ha encargado de adaptar y dirigir Manuel Galiana.

Cuando se fue don Manuel Criado de Val

En el momento, siempre triste, de cantar la memoria de algún amigo, a quien la muerte ha vencido y nosotros hemos sido testigos de ello, se agolpan los datos, las valoraciones y las anécdotas. Así me ocurrió no hace mucho con Manuel Criado de Val, fallecido el pasado mes de marzo en Madrid, y a quien en esta ocasión que era tan suya quiero memorar porque ha dejado tras sí una estela densa de trabajos, hallazgos y consecuciones. No puede decirse de él, como de algunos hay que decir, por desgracia, que fuese un malogrado varón: Criado de Val, a lo largo de sus 98 años de vida, casi todos los ha dedicado a estudiar, a analizar, a crear teorías y abrir caminos. Desde un punto de vista intelectual, científico, más que humano. No creo que pueda cantarse nada mejor de alguien: decir que ha analizado el mundo en su torno, y que le ha dado nuevo sentido.

Don Manuel hubiera podido generar una leyenda, como la gente que muere con muy avanzada edad. Pero no quiso. Pocos quedarán –y esos sin memoria ya- que le recuerden cuando era pequeño. Por tanto, nadie sabe lo que entonces haría. Él no lo ha contado, porque él no ha contado nunca nada de su vida. La entendió como vehículo para contar la de los demás. La de don Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, por ejemplo. O la de Hernando Colón, el hijo del Almirante. O la de Cervantes y sus muchachos (Quijote y Sancho) a los que terminó por conocer como si fueran de la familia. No acabaríamos nunca de referir sus intereses, sus pasiones, siempre nacidas del amor a lo bien dicho, a la palabra justa, al diccionario… si de alguna manera hubiera de definir la tarea (y eso con amplitud y demasiada generalidad) de don Manuel Criado de Val, debería decir que fue el mejor defensor del diccionario que ha tenido España en este pasado siglo.

La obra de Criado de Val en Guadalajara

En Guadalajara dejó lo mejor de su obra, a pesar de que esta ha sido reconocida por todos en España, en América, en el mundo entero. De Guadalajara (de Rebollosa de Hita) era su padre, y aunque él tuvo en Madrid cuna y luego sepulcro, posiblemente pasó más días en nuestra tierra que en la Corte. Era amigo de andar subiendo cerros, pisando barro y dormitando a la sombra de los cerezos. Encontró en Sopetrán su Valdevacas. Incluso encontró que Valdevacas, “el mío lugar más amado” del Arcipreste de Hita, estaba en Guadalajara, y en concreto en el valle del Ungría, entre Valdegrudas y Aldeanueva. Pero fue en el molino de los monjes de Sopetrán al abrigo del viento norte, bajo los muros severos del cenobio benedictino, donde Manuel e Isa, su mujer, encontraron el reposo de tantos caminares. Allí fueron todos su amigos alguna vez (yo solamente una, porque yo fui, más que amigo suyo, colaborador y admirador siempre).

Ahora me viene a la memoria una anécdota que viví con él, –y con otros amigos más– un día de verano, en lo alto del castillo de Zorita de los Canes. Ya no recuerdo qué año sería, pero fue el lugar que elegí para presentar uno de mis libros, el “Cuaderno de Campo de los Castillos de Guadalajara”. Con Jonás Picazo, Serrano Belinchón y Dionisio Muñoz, y un par de docenas más de amigos, estábamos charlando, echando discursitos y recordando fastos medievales, en el recinto del templo románico de los calatravos, cuando el cielo empezó a nublarse, y enseguida a ponerse muy muy oscuro por la Bujeda. Y todo tan rápido que a los cinco minutos empezó a tronar, y poco más adelante a caer goterones. No lo dudamos: salimos corriendo camino abajo, hacia el pueblo. Pero… ¿y don Manuel? ¿Y doña Isa? Ella se pudo apañar, pero a don Manuel hubimos de cogerle, entre dos amigos, y “a la sillita la reina” bajarle hasta el bar del pueblo. Fue emocionante.

Antes recordé que fue caminante incansable. Su casa de campo, el molino de Sopetrán, lo tenía junto al viejo Camino de Navarra que pasaba junto al río Badiel, en las entrañas de la Alcarria. Y creo que esa pasión por el camino (él ha sido creador del término “Caminería” que por fin consiguió que los sesudos académicos –amigos unos, otros no tanto– colocaran en el Diccionario de la RAE), devenía de su desprecio por los automóviles. Nunca tuvo coche propio, nunca se sacó el carnet de conducir, y así con todo, recorrió más mundo que la media de los mortales. Lo cual viene a confirmar que el coche es una pasión inútil. Ni se vive más, ni mejor, por tenerlo. A él le llevaba su hermana en un BMW pequeño que tenía, viejo siempre y destartalado, pero eficiente. Y los amigos, y los colaboradores.

Anécdotas de Criado de Val

Don Manuel vivía entre estatuas, librerías repletas y salones donde se reunía con gente, a hablar. Un par de pisos de la calle José Abascal casi no abarcaban sus posesiones librescas. Solo tenía eso: libros, papeles, cajas con fotografías. Archivos, álbumes, ediciones de lujo, primeras tiradas, regalos de admiradores… no tenía otra cosa. Amigos también. ¡Qué gran ejemplo para las gentes de hoy! Porque don Manuel supo dónde está la esencia de la felicidad: en las amistades verdaderas, en los paseos andando por el campo, en el descubrimiento de cosas no sabidas, en el amor también, seguro, pero nunca en el dinero, en las cuentas corrientes ni en los registros de la propiedad. ¡Qué sabio era!

Y al hilo de esta remembranza, conviene repetir (me lo repito para no olvidarlo) que don Manuel Criado de Val, alcarreño de origen, nació en Madrid, en 1917. Que fue investigador del CSIC, un cargo importante, señalado y por oposición. Tenía el título académico de Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid y desde 1956 fue profesor en esta Universidad. Fue además Decano de Letras y Jefe de Estudios de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, Jefe de la Sección de Estudios Gramaticales del Instituto Cervantes (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) y Director de la Escuela de Investigación Lingüística de Madrid.

Su vida la desarrolló fundamentalmente en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en el dirigió institutos, revistas, seminarios y mil tareas sabias, por las que sin duda hubiera pasado a la historia. Pero es que además se animó a organizar cosas, y así creó, como hemos visto, en 1961 el Festival Medieval de Hita en el que recreó la Edad Media henarense con evocaciones dramáticas del Libro de Buen Amor, justas y torneos, danzas de botargas y un sin fin de aportaciones; fue el promotor y dirigió siempre los Congresos Internacionales de Caminería Hispánica. Organizó muchos otros encuentros, en España, Guadalajara y América, sobre temas culturales castellanos, como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Colón, el Arcipreste de Hita, etc. Escribió libros, muchos, y de entre ellos cabe destacar como singulares la Teoría de Castilla la Nueva y la Historia de la villa de Hita y su Arcipreste en los que concretó temas que han pasado a ser de dominio universal.

Ahora que entre todos evocamos, día a día, a don Quijote y Sancho con motivo del cuarto centenario de su segunda salida, y a Cervantes en la ocasión, tan fausta como inédita, de haber sido hallados sus restos en los subsuelos del convento de Trinitarias de Madrid, cabe la oportunidad de recordar sus múltiples trabajos acerca de Cervantes y don Quijote, en revistas, congresos, simposios y conferencias. Todos ellos han sido reunidos en un libro (lo edité en Aache en 2005) que lleva por título “Don Quijte y Cervantes, de ayer a hoy”, y en él se manifiesta Criado como uno de los más agudos cervantistas, y aún quijotistas, de todos los tiempos.

Aunque para mí, su gran obra, su más espléndida aportación a la cultura, fue uno de sus últimos proyectos, rematados con el aplauso del mundo: el gran “Atlas de Caminería Hispánica” en cuya elaboración intervinieron cientos de especialistas europeos y americanos, dejando sentada de forma definitiva su aportación a esta “rama de la ciencia” en la que por su tesón y clarividencia fue nominada La Caminería. Fruto de tantos Congresos, de tantos viajes, de tantas cátedras y reuniones. En definitiva, y espero que sea así, aunque yo no voy a poder estar presente en la ocasión, el aplauso atronador que mañana sábado 4 de julio, a las 10 de la noche, en la plaza mayor de Hita, resuene por don Manuel Criado, le llegue a sus oídos, cansados y aún dispuestos, allá donde se encuentre.

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