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Hiendelaencina, pasión latiente

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Cartel anunciador de la Pasión Viviente de Hiendelaencina de este año.

Viernes Santo es viernes frío y ocupado en meditaciones. En la provincia de Guadalajara, muchas gentes en muchos pueblos andan pensando en lo que se conmemora, la muerte de Jesucristo a manos de los invasores romanos de Jerusalem. Es una memoria de algo que hace consistente la Fe. Algo que realmente emociona y trasciende. En Hiendelaencina llevan ya muchos años conmemorándolo de forma muy especial.

Para este Viernes Santo hay en Guadalajara una misión que cumplir: de cara a subirse a la admiración de nuestra tierra, viva y palpitante. Es ir a ver “La Pasión viviente” de Hiendelaencina, un capítulo llamativo y convocante en costumbrismo guadalajareño. Porque en la localidad serrana muchos vecinos se visten con las características vestimentas, y atributos, de los protagonistas de la Pasión de Cristo, siendo muy notable el verismo de las escenas que representan.

La Pasión viviente de Hiendelaencina

El acto, que se prolonga todo el día, tiene por protagonista a la práctica totalidad de los habitantes del pueblo, volcados desde el principio en este acontecimiento, que ya se ha convertido en una de las señas de identidad de la localidad serrana. La idea surgió, hace ya más de 40 años, de un sacerdote, D. Bienvenido Larriba, y de un maestro, D. Abelardo Gismera, quienes junto con los jóvenes que por entonces residían de fijo allí, dieron un giro a la monotonía propia de esta Semana, y alumbraron –con timidez al principio, y cada vez más arropados de sus paisanos y forasteros- un espectáculo que se entronca íntimamente con la tradición cristiana y la devoción auténtica. Declarada Fiesta de Interés Turístico Regional, ha sido capaz de mantenerse viva, renovando participantes y acogiendo cada vez más visitantes, todos estos años.

No hay en ella grandes actores, no hay medios técnicos de relieve, ni rutilantes directores de escena. Es simplemente la Pasión de Cristo, puesta en escena por los vecinos, que le echan emoción sobre todo, preparación, ganas. Y eso lo notan los miles de asistentes que a lo largo de este Viernes Santo, especialmente al mediodía, acuden a contemplar una representación cuyo guión y cuyo dramático final todos conocen.

El acto comienza, a media mañana, en la plaza mayor de Hiendelaencina, cerca del monolito que recuerda el descubrimiento de la primera mina de plata en este pueblo: allí se escenifica la alegre entrada de Jesucristo en Jerusalén, a lomos de un borrico, entre vítores, palmas agitadas y ramas de olivo. También en el entorno amplio de la Plaza, frente a la moderna iglesia de piedras pizarrosas, se representa La Última Cena, la oración en el Huerto, El Prendimiento de Jesús, la presencia judicial ante Pilatos y luego ante Caifás, siguiendo con la Flagelación, la Coronación de Espinas, el Camino hacia el Gólgota ayudado a veces por el Cireneo, el encuentro con La Verónica y Las Santas Mujeres y, al final, en un hapening de viento, sangre y escalofríos, la subida al Calvario, y la Crucifixión.

Quizás sea el momento que todos esperan, el más reproducido en fotos y vídeos: la llegada de la comitiva al Gólgota, para el que Hiendelaencina no tiene problemas en ceder un altozano cercano, de cara a las nevadas sierras, donde finalmente tres cuerpos semidesnudos se alzarán frente al cielo, colgantes de las cruces de madera, ante el silencio tenso, dolorido, de cientos de espectadores.

Representada y reconocida la muerte de Cristo y los ladrones, se procede al Descendimiento, y a la entrega del cuerpo a María madre. Los protagonistas han ido hablando en las diversas escenas, recitando unos textos frescos, tomados del Nuevo Testamento, contenidos y dosificados, impresionados a veces por el desgarrado sonido de la saeta que se canta y hiere.

Qué es, dónde está y cómo es Hiendelaencina

En una alta planicie, entre los valles hundidos del Caña­mares y el Bornova, muy cerca de este último, asienta el hoy casi despoblado caserío de Hiendelaencina. Su situación es en la vertiente sur de la sierra del Alto Rey, pico que se visualiza cercano al pueblo. Campos yermos, robledales, manchas de jara y algunos bosquecillos de pinos, con abundantes prados y pastizales conforman el paisaje que rodea a esta villa.

Perteneció en su origen al Común de Villa y Tierra de Atienza, rigiéndose por su Fuero. En 1269 aparece citada en documentos como Loin del Encina (más tarde será nombrada Allende la Encina), y quedando luego adscrita al Común de Villa y Tierra de Jadraque, en su sesmo del Bornova. Con él pasó a propiedad y señorío de don Gómez Carrillo, en 1434, por donación que de toda esta tierra hizo el rey don Juan II y su esposa a este magnate castellano al casar con doña María de Castilla. Como el resto de la tierra jadraqueña, Hiende­laencina pasó a poder del cardenal Mendoza, éste instituyó mayorazgo con el título de conde del Cid para su hijo Rodrigo, por cuya vía vino a quedar, mediado el siglo XVI, en poder de los duques del Infantado, hasta el siglo XIX.

Fue en esta centuria cuando la villa preserrana conoció el inicio y apogeo de toda su prosperidad, al ponerse en explotación a gran escala las minas de plata que por su término se distribuyen, y que ya eran conocidas desde la época de la dominación romana. Faltas de una utilización y trabajo opor­tuno, habían quedado muchos filones sin ser nunca aprove­chados. La perspicacia y afán emprendedor de un navarro, don Pedro Esteban Gorriz, hizo que éste «descubriera» en 1844 el filón de Cantoblanco, creando una sociedad para su explotación, e iniciando ese mismo año la extracción del mineral en la llamada Mina Santa Cecilia. Es curiosa la rela­ción de los siete valientes que forman esta sociedad, porque está formada por gentes de muy variada condición y procedencia, unidos solamente por la fe en eso que estaban tan de moda en el siglo XIX: el progreso. El 9 de agosto de 1844 quedó constituida esta primera sociedad explotadora, formada por don Pedro Esteban Gorriz, agrimensor oficial desde 1840 por varios pueblos de la provincia de Guadalajara, hombre muy aficionado a la minería, y dedicado con pasión al estudio de los suelos y sus propiedades; Francisco Salván, murciano, que trabajaba en Sigüenza como empleado de Rentas Estan­cas; Ignacio Contreras, natural de Torremocha del Campo donde se ocupaba del tradicional pluriempleo de ser sacristán y maestro de primeras letras; Galo Vallejo, cura párroco de Ledanca; Eugenio Pardo y Adán, sacristán de Bujarrabal, y contador oficial en la catedral de Sigüenza; Francisco Cabre­rizo, leonés, empleado en la cárcel de Valladolid, y Antonio Orfila, mallorquín, administrador en Guadalajara de los du­ques del Infantado, buen conocedor también del terreno y hermano del famoso Mateo Orfila, catedrático de química en París y autor de numerosos tratados científicos, a quien fue­ron enviadas las primeras muestras del mineral extraído, y que, al contestar afirmativamente respecto a su riqueza, dio el espaldarazo definitivo a tan magna empresa.

Muy pronto comenzaron a abrirse nuevas minas y a lle­narse el subsuelo de Hiendelaencina de galerías. Así, a la Santa Cecilia siguió la Santa Teresa (segunda Santa Cecilia), los Tres Amigos, La Vascongada, Verdad de los Artistas, La Suerte, La Fortuna, Santa Catalina, La Perla, La Cubana, El Relámpago, Bonita Descuidada, San Carlos y otras muchas. A esa primera sociedad de amigos aventureros, sucedieron otras más organizadas y con fuerte capital a las espaldas. En 1845 se fundó en Londres la Sociedad Minera «Bella Raquel» que estableció su fábrica y poblado de «La Constante» al norte de Hiendelaencina, en un agrio paisaje de pizarras y rocas baña­das por un arroyo, donde se colocaron a los obreros y sus familias en limpias casas, formando un poblado modélico, del que hoy quedan tristes ruinas. Esta sociedad explotó sus minas entre 1845 y 1879, fechas entre las que entregó a la Casa de la Moneda de Madrid más de 300.000 kilos de plata limpia. Tenía «La Constante» no sólo viviendas y lavaderos, sino un hospital, un casino y un teatro, además de sus facto­rías. Tras el paréntesis creado por el conflicto franco-prusiano, la industria minera de Hiendelaencina volvió a conocer un nuevo momento de auge, quizás el más señalado, entre 1889 y el comienzo de la primera guerra mundial en 1914. En esos años pusieron su capital en esta empresa el ingeniero francés Bontoux y el financiero Rothschild, llegando a extraer, sola­mente en el año 1893, 19.000 kgs. de plata. La población de Hiendelaencina se multiplicó enormente, creando nuevos barrios residenciales, construyendo la nueva iglesia (1850) sobre la gran plaza Mayor, y llegando a rebasar el número de los 10.000 habitantes. Eran «las Minas», como se le conocía habitualmente a este enclave, el segundo núcleo de población de la provincia. Tras la guerra europea de 1914-18, todo se paralizó, y el tiempo y el abandono han hecho crecer las rui­nas más lastimosas sobre lo que antaño fue un emporio de riqueza.

Para el viajero de hoy, Hiendelaencina muestra una enorme y bien dispuesta plaza Mayor, con un monolito senci­llo donde se recuerda el nombre de Pedro E. Gorriz, y su trascendental descubrimiento. Una serie de calles amplias, con el edificio de finales del siglo XIX, abandonados en su mayo­ría, que hablan de la prosperidad pasada. Y una iglesia parro­quial construida entre 1848 y 1851, de gran capacidad, una sola nave, sin nada digno de mención en su interior, y con una traza y torre muy características, pues está construida con diversos tipos de pizarra que le dan un llamativo tono de entremezclados rojizos. En su término, y yendo a través de un mal camino desde la carretera que sube a Robledo y Atienza, se encuentran las melancólicas ruinas de la colonia «La Constante», curiosas de visitar, con muestras significati­vas de la arquitectura del hierro en la segunda mitad del siglo XIX.

Nuevas aportaciones

Fuera del contexto festivo y representativo de la Pasión viviente, más allá de la memoria histórica del pueblo y sus minas, debo mencionar la reciente aparición, editado por la Universidad de Alcalá, de un libro excepcional que se atiene a una nueva visón de Hiendelaencina, de sus minas y sobre todo de su paisaje. Renovando el concepto y como un estudio de moderna geografía, es muy interesante la publicación que firma como coordinadora la profesora Ángeles Layuno y que titula “Minas de plata de Hiendelaencina. Territorio, patrimonio y paisaje“ a través de sus 260 páginas de texto y numerosas imágenes a color. Una forma complementaria de acceder al conocimiento de esta parcela provincial

 

 

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