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Vuelve Vaquerizo a donde solía

Vaquerizo_01Acaba de ofrecernos un nuevo libro, de poemas esta vez, antológico y capital, el escritor alcarreño Francisco Vaquerizo Moreno. Aunque no quiere presentaciones ni voces sincopadas, yo no me resisto a decir que ese libro se ha hecho, como expresión honda de un escritor que nunca ceja, y así nos deja ese titular que aparece junto a la imagen de un hombre andando entre hierbas y amapolas: “De mis pasos en la tierra”.

 

Tenía Cervantes dos visiones distintas de la poesía. Como dedicación enervante y enfermiza casi. O como paso seguro a los más altos límites del ser humano. La opinión de Cervantes andaba pues entre lo esperpéntico y lo
sublime. Hizo decir a la sobrina de don Quijote que «hacerse poeta era una
enfermedad incurable y pegadiza»
y en La Gitanilla, sin embargo, proclama
que «la poesía es una joya preciosísima … una bellísima doncella, casta,
honesta, discreta, aguda, retirada y que se contiene en los límites de la
discreción más alta».
En esa ambigüedad puede situarse el nuevo libro poético de Francisco Vaquerizo, aunque todo cuanto en él se lee está destinado a subir la apreciación de los lectores por el mundo que les rodea, por el milagro de vivir, por la alegría de descubrir gentes, lugares, sentimientos…

Nos llega, por tanto, una nueva entrega, en este caso poética, del acervo literario de un autor provincial que lleva ya contabilizados más de 35 títulos en su haber. Tras varios tomos de relatos, novelas y teatro, ahora nos alcanza con su gran antología, una especie de recuperación de toda su obra poética no publicada todavía, de esa que andaba desperdigada, solamente recitada, guardada en las estanterías –a veces arcanas- del ordenador… y Francisco Vaquerizo se ha arremangado, una vez más, y ha dado de sí cuanto puede, que es mucho, y nos ofrece este grandioso poemario, en el que sin duda vemos cómo da la talla de escritor de primera.

El libro, editado sobre papel ahuesado, se distribuye en seis grandes capítulos que ofrecen poemas relacionados entre sí. La primera de las aportaciones son los “Poemas Religiosos” en los que Vaquerizo se muestra devoto absoluto de la Virgen, en las diversas advocaciones provinciales, y de algún que otro Cristo, pasando con su jugoso escribir sobre escenarios sacros y acontecimientos píos. El segundo capítulo lo titula “Versos del Quijote” y son reflexiones sobre personajes, anécdotas y capítulos de la primera novela del mundo. Le siguen los poemas que se acogen bajo el título de “Memoria de Italia” en los que Vaquerizo evoca sus viajes por la península latina, y en los que afluyen a los ojos y a la memoria del lector los lugares más emblemáticos de la cultura itálica.

Más adelante, y bajo el epígrafe de “Versos de los caminos” el autor se explaya en la memoria de su patria más cierta, la infancia, que recorre a través de los caminos de su pueblo, de su comarca, de la vida toda que ha recorrido, diciéndonos que en ellos está la vida y a su búsqueda hay que ir por ello.

En “Versos de homenaje” el autor nos muestra sus dotes versificadoras con homenajes escritos a los amigos, las figuras que admira, compañeros de viaje y personas con las que tiene amistad y a las que profesa devoción. Entre ellos, el que denomina “Soneto Quevedesco” (está en la página 215, tras otro tríptico de Sonetos en homenaje a Quevedo) y que para muchos lectores, estoy seguro, contará como lo mejor del libro. Un gran capítulo cuajado de hallazgos y reflexiones. Que viene a ser el eje y corazón de la última parte del libro, lo que Vaquerizo denomina “Versos de fantasía” y que no es sino un cajón de sastre en el que incluye reflexiones sobre la vida y la muerte, sobre la tristeza y la alegría, sobre el amor y el desengaño, mostrándose firme en su voluntad humana a través del ejercicio del humanismo poético. Homenaje a su propia vida en el que se incluyen algunos sonetos perfectos, sonoros y con fuerza. Todo un libro de potencia creadora, de alta sonoridad y de afirmación sincera de que el autor sabe lo que es la vida, y sabe cómo expresarlo.

 

Canto al Quijote

 

En este año que comienza, y que vamos a dedicar, una vez más, a memorar el Quijote, y lo que sobre él escribió Cervantes, llega Vaquerizo con una buena cosecha de poemas en homenaje a don Alonso… poemas que ha escrito en tiempos, en años y en siglos anteriores, lo que viene a significar que hasta la médula le llega esta sinfonía de pensamientos y frases, todas tamizadas por el dolor y la dureza de la vida que llevó el alcalaíno.

Así, nuestro autor alcarreño, Vaquerizo, se enfrenta a la obra cervantina y busca al Quijote, para analizarlo, y cantarlo. Y dice de entrada que “Ha sido un viaje inútil / porque, después de andar y andar caminos, / no he conseguido dar con don Quijote”.

En la simpática letanía que Vaquerizo le reza a “San Quijote” vienen frases como esta, que dan brillo a su encendida y perenne jaculatoria:

 

De tantas penurias, de tantas ruindades,

de quienes, subidos a sus vanidades,

nos venden recetas para la ocasión;

de las conferencias a tanto el minuto,

de las procesiones con san Sisebuto,

de los recitales

y juegos florales,

líbranos, Señor.

 

Imita con humildad pero con un gran sentido del humor y sabiendo lo que se dice, a Rubén Darío en aquella impactante “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”. Y consigue un resultado brillante y entretenido. Por otra parte, se lanza a la exultante endecha de don Quijote con estas frases:

 

Tú no necesitas mentiras piadosas,

ni floridos versos ni floridas prosas,

porque eres tú mismo fragante florón

y el modo más cierto de llegar a honrarte,

es seguir tus pasos, alzar tu estandarte

y dejar los cuentos para otra ocasión.

 

Y ahora que está tan en boca de todos la Venta famosa (¿sería la de Manjavacas, junto a Mota del Cuervo?) en la que el ventero armó caballero a don Quijote, Vaquerizo nos lanza estos romances que vienen a poner en su sitio la valentía del Caballero de la Triste Figura:

 

A su venta allegó, un día,

aquel hidalgo manchego,

que no tuvo semejante

porque no pudo tenerlo

ni como hombre bondadoso,

ni como cristiano viejo,

ni como andante a caballo,

ni como amador discreto.

 

De paseo por Italia

 

En su libro de poemas, que es antología prodigiosa e inacabale, Francisco Vaquerizo nos sumerge en el mágico mundo del arte y las formas de Italia. Son rimas que surgen del recuerdo de sus viajes por ese jardín de las memorias largas. En sus páginas surge Venecia, Pisa, Roma y Florencia. Surgen formas y escorzos, fantasías y esa visión tan clerical y gozosa a un tiempo, de la Roma brillante en la que luce, al fondo, como una última lucecita, la de la mesa del Papa escribiendo:

 

Sobre la noche romana,

el viento se detenía,

la luna se bautizaba

en las aguas tiberinas

y allá, por el Vaticano,

el Santo Padre andaría

en su mesa de trabajo

firmando la última Encíclica.

 

Se lleva, sin embargo, una enorme desilusión cuando llega a Venecia y se encuentra, como se la encuentran todos los turistas, sucia, húmeda, fría, y desabrida. Y dice evocando la Venecia que vive en sus recuerdos, o en sus quiméricas esperanzas:

 

Aquella Venecia eterna / de los oros y las auras, / de los amantes anónimos,

/ de las escondidas máscaras / y de los altos navíos / que de Oriente regresaban…

Aquella Venecia, digo, / ¿dónde demonios estaba?

Vaquerizo_02 

 

Versos como homenajes

 

Que el poeta desgrana en honor de amigos y amigas, de maestros y alumnos, de alcarreños y cantores, de clérigos escritores y de aldeanas figuras. A todos y a todas con cariño y admiración les dedica sus versos en los que pone, siempre, su íntimo pensamiento, su atisbo de reconocimiento a la humanidad entera.

El primer homenaje se lo dedica a su padre, en un soneto ya muy conocido, pero que uno no se cansa nunca de leer:

 

Mi padre fue un labriego enamorado,

curtido de honradez y de paciencia,

sin más sabiduría ni más ciencia

que la que da la escuela del arado.

 

A Jesús de las Heras, su amigo, y amigo de todos, le dedica otro soneto del que destaco este terceto:

 

Jesús es el caudal, la demasía,

la memoria, la cima, el desafuero

y el torrente verbal de cada día.

 

Y a Alvaro Ruiz Langa de otro soneto entresaco este terceto estupendo:

 

Lo considero, amén de otros amenes,

como el amigo fiel que nunca falla;

de los que dices ven y allí lo tienes.

 

Los caminos de la infancia

 

Todos sabemos, y asumimos, que los caminos más hermosos de nuestra vida son los que recorrimos en la infancia. Estaban abiertos, eran largos, a veces se cubrían de hojas doradas, de nieve, de amapolas en sus bordes… De esos caminos toma evocaciones Vaquerizo y construye un buen número de sus magníficas composiciones, de las que aquí quiero, para terminar, destacar algunas que saben llegar hondo.

 

Ahora que la vida, a todos

nos ha dejado maltrechos,

ahora que ya da lo mismo

un pepino que un pimiento,

un docto que un ignorante,

una sonrisa que un duelo,

fuente de la Fuente Arriba,

una cosa te prometo:

pese a todos los pesares,

irás en mi pensamiento

hasta que mi corazón

exhale el último aliento.

 

Tambien nos deja los recuerdos del verano rural, de la siega, de las estrellas de agosto, henchidos de sencillez y nostalgia:

 

Las noches en los Llanillos, / acabada la tarea / y oyendo sonar las tres /en el reloj de la iglesia, / estaban llenas de paz, / de misterio, de inocencia / que sobrepasan con mucho / la imaginación y dejan / una oleada de luz / y de encanto en nuestras venas.

 

Estos son, pues, los hilos con los que Vaquerizo mueve su libro, su pomeario titulado “De mis pasos en la tierra”, y que a lo largo de sus 268 páginas nos brinda ideas, sentimientos, felices hallazgos y mucha, mucha sabiduría parda, de esa que surge tras haber vivido, sin pausa, docenas de años.

 

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