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Llegó la Natividad a la Alcarria

Cifuentes_Grupo_EpifaniaCifuentes. Para algunos, la capital de la Alcarria. La tierra fría, seca, dorada, en la que se concentra el sabor de España. Para todos, cabeza que fue de un partido judicial en el que la cabeza, la ciudad de las siete fuentes, vive y se ha mostrado dinámica desde tiempos muy remotos. Señorío de los reyes, de los príncipes y acaudalados e inquietos aristócratas, don Juan Manuel le puso castillo en lo más alto de su cerro, y ayudó con la fundación de conventos y el construir de altares, capillas y relicarios.

La iglesia parroquial de Cifuentes está dedicada al Salvador. Se trata de una magnífica obra arquitectónica en la que se mezclan los más variados estilos, aunque su aspecto predominante es el de un templo gótico. Fue construida originalmente hacia el séptimo decenio del siglo XIII, dejando detalles románicos en sus portadas, y una severa y elegante arquitectura gótica en su edificio e interior. Es un edificio de tres naves, destacando al exterior algunos elementos: la portada románica de Santiago, la portada clásica de mediodía, la torre de origen gótico, el gran rosetón del muro de poniente, y el solemne ábside que se alza opulento sobre la plaza mayor de Cifuentes. De todo ello, la portada románica de Santiago es un espléndido paradigma del románico.

En su interior, ahora en la capilla de la cabecera del Evangelio, que llaman capilla del Sagrario, ó de la Santa Madre, y que fundada en 1627 por Sebastián Moreno de Rui‑García, hombre que fue de la confianza del duque de Feria en diversas misiones en Sicilia y Cataluña, admiramos una colección de tallas que nos llevan en directo a la Navidad. Sin más esperas.

Esta capilla tiene una cúpula semiesférica sobre pechinas, y una cripta subterránea, según dicen. Aquí se encuentran, instalados con delicadeza y buen gusto, sobre muestrarios de madera bermellón, cinco magníficos grupos policromados, de talla en madera, que proceden de un altar gótico que hubo siglos atrás en la ya desaparecida ermita de Nuestra Señora de Belén. Son cinco grupos de extraordinaria factura renacentista, aunque con formas de origen gótico, obra de finales del siglo XV o principios del XVI, en los que se representan las escenas de los Desposorios de la Virgen, la Anunciación, la Natividad de Jesús, la Adoración de los Reyes, y la Presentación del Niño en el Templo. El estilo es sin duda borgoñón, por los rostros, las actitudes y, sobre todo, por las vestimentas, los atavíos y los complementos que lucen tanto ellas como ellos.

Referidos en el orden canónico estos grupos nos muestran retazos de la vida de María y de su hijo, Jesús. Dos escenas son previas a la Natividad, y otras dos posteriores a ella. La central, quizás la más hermosa, es la que nos permite traer a todas ellas en su conjunto a estas páginas: la Natividad de Cristo, en Belén. Describo, pues, esta primera escena, que se muestra horizontal con seis figuras: tres de ellas esenciales, como son San José, retrasado un poco, con las manos en actitud de portar algo que ha perdido. Delante, arrodillada, María, y a su pies, sobre un simple paño, desnudo y falto de pies y manos, el Niño Jesús. Las otras tres figuras son otros tantos ángeles que le miran extasiados, abiertos de manos unos y adorante el otro. Vestimentas lujosas llevan todos, con una policromía extraordinaria.

Las dos escenas previas, que ahora admiramos, son primero los Desposorios de la Virgen en la que una situación anacrónica se produce al ser un clérigo con mitra de obispo el que juntándoles las manos casa a José y a María, a la que un angelito de pequeño tamaño la admira junto a su amplio ropaje. Los personajes que ofician la ceremonia llevan arreos profusos, uno de clérigo cristiano, el otro de judío poderoso. Una mujer, de espaldas, mira la escena, y otra de frente, nos muestra su gran tocado propio de borgoña, excesivo y espectacular. La otra escena previa a la Natividad es la Anunciación de María: vemos tallada la figura de la Virgen, humilde, arrodillada en un reclinatorio ante el que tiene un libro abierto, y llevando su mano derecha al pecho en señal de aceptación del mensaje que el arcángel San Gabriel le expone levantando y abriendo su mano izquierda. Las alas polícromas del emisario divino son también espectaculares, y la riqueza de su atavío recuerda la túnica y capa de un oficiante católico en su máximo esplendor.

Las escenas posteriores a la Natividad son también muy bonitas: es la primera la epifanía o Adoración de los Reyes Magos. María está sentada sosteniendo a su hijo, desnudo, en el regazo. Ante ellos se arrodilla un anciano de luenga barba, es Melchor, el rey blanco. Tras él se muestra con largas calzas y aún espuelas el rey negro, Baltasar, y junto a él, más alto, va Gaspar. Tras una mesa o alféizar, dos personajes barbados se ocupan de atender a la mula y el buey que aparecen en la escena, lejanos: pudiera ser San José uno de ellos, o un pastor el otro. En todo caso, excelente grupo y calidad de la policromía sobre los trabajados vestidos. La última de las muestra escultóricas de Cifuentes es la Presentación de Jesús en el Templo, y en ella la estructura vertical parte en dos la escena, quedando a nuestra izquierda, sobrepuestos uno al otro, las figuras de María, ataviada con un manto exquisito, y sosteniendo al Niño, ya vestido, sobre una Mesa, con San José detrás, mientras a la derecha aparecen dos judíos, servidores del Templo, un sacerdote en primer termino, y un escriba detrás, surgiendo al fondo de la escena una especie de arca.

En todo caso, un grupo de tallas muy bellas, muy bien hechas, muy bien decoradas, con un estilo en nada propio de la Alcarria ni siquiera de Castilla, sino de países nórdicos, de lejanas entalladuras. Este grupo de cinco relieves en torno a la Natividad de Cristo, nos saludan siempre, y más ahora en plena Navidad, como un mensaje surgido del más allá, de la remota edad en que la gente vivía, quizás más que hoy, el mensaje testimonial del Nacimiento humilde del Rey Jesús, de Cristo niño pero con caminares de Dios vivo.

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