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El arte en la vida del Marqués de Santillana

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Marco, ruta y significados vitales del Marqués de Santillana

A lo largo de la semana que viene, tengo el honroso compromiso de dar dos conferencias en nuestra ciudad. La primera, el martes 18, en el nuevo Archivo Histórico Provincial, sobre el tema “El Greco y Guadalajara”. La segunda, al día siguiente, el miércoles 19, en la Biblioteca Pública Provincial del palacio de Dávalos, sobre la figura de Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, inaugurando un ciclo sobre personajes literarios de nuestra tierra. A mis lectores habituales invito especialmente a estos actos, en los que espero que junto aprendamos nuevas cosas.

Ahora quiero recordar uns parte, no la menos importante, de la vida y actitud ante ella del marqués de Santillana. Si su peripecia vital la divide entre las dificultades de mantener vivo su patrimonio, de forjar y continuar un puesto en la política castellana, de hacer la Guerra con el debido decoro, y de servir de introductor en la vertiente literaria al Renacimiento que, como amor a lo antiguo, llega desde Italia, al final está, aunque no es lo último, su querencia por el arte, manifestada en una serie de vertientes que quiero recordar ahora.

El Arte como decorado

Durante la Baja Edad Media, la actitud frente al arte es muy diferente a la que siglos después, y por supuesto actualmente, se ha tenido. En una síntesis de urgencia, podrían esbozarse cuatro cultos que se quieren rendir con la producción artística: el culto a la personalidad, que viene a cuajar en retratos, escudos heráldicos y detalles alusivos a personajes concretos; el culto a la muerte, que se refleja en enterramientos de diverso tipo; el culto a la fama, con elevación de palacios y profusa decoración en elementos muebles de todo tipo, y el culto a la piedad religiosa, que se concreta en la construcción de iglesias, altares, etc. Para todos estos cultos, tiene el marqués de Santillana su idea concreta, y quizás sin proponérselo, elabora una serie de obras de arte que van a servir de decorado a su magnificencia, y expresarán con mayor insistencia, su significado vital

La personalidad

El culto a la personalidad lo desarrolló en el retrato que mandó hacer, de sí y de su mujer Catalina Figueroa, en el retablo del Hospital de Buitrago. Cuidó de encargar ese trabajo a uno de los más exquisitos artistas del momento: el maestro Jorge Inglés, quien supo dar no solo el detalle fiel de unos ropajes, de una fisonomía, sino el auténtico espíritu del caballero: inquisitivo, atento, inteligente, con la mirada inquieta, y suave al tiempo, de quien observa y quiere ser observado. Una feliz manera de dejar a los siglos su nombre y su imagen: de vestir en decorado su vida transitoria.

La muerte

Para la muerte tuvo el marqués un especial cuidado en hacer algo digno de su persona. Un hombre como él, que al decir de sus biógrafos estuvo siempre preocupado y atento al tránsito final, puso un énfasis especial en preparar su morada definitiva. Fue su padre el Almirante Diego Hurtado quien puso las bases de una gran capilla funeraria para el linaje mendocino, en la capilla mayor o presbiterio de la iglesia monasterial de San Francisco. Un incendio a finales del siglo XIV deshizo lo ya realizado, y así el marqués don Iñigo tuvo que levantar de nuevo este recinto, en el que, suponemos, pues ninguna noticia concreta o descripción nos ha llegado, colocaría enterramientos ostentosos para él y los suyos. Quizás alguna estatua yacente, quizás pinturas… el caso es que en la capilla mayor de San Francisco quedó su cuerpo, bajo enterramiento majestuoso y digno.

La fama

Para el culto a la fama desarrolló la construcción de algunos palacios: sabemos que mejoró mucho sus viejas casonas mayores de la colación de Santiago en Guadalajara. No se conoce descripción de ellas, pues unos veinte años después de su muerte, su nieto Iñigo las derribó por completo para levantar el actual palacio ducal. Sí se preocupó, siempre, de rodearse de joyas, telas preciosas, estandartes y decoración lujosa que aumentara la autoridad de su persona. Incluso en los libros que fue poniendo en su famosísima librería, su escudo de armas, tenido de ángeles, figuraba en cada página, miniada por legión de copistas.

La piedad

Su piedad, en fin, fue cultivada y cuajó también en obras de arte. Sabemos que encargó tres altares para la iglesia del hospital que fundó en Buitrago. En uno de ellos, el de los Angeles, puso una imagen de la Virgen comprada a un mercader de Medina. También sabemos que mandó traer de Flandes otra imagen para el monasterio de Sopetrán. Aquí, en las cercanías de su villa de Hita, favoreció siempre la construcción del cenobio benedictino, en el que lucieron espléndidas las formas del último gótico. En Guadalajara también promocionó obras arquitectónicas para la religión: conventos de San Bernardo, de Santa Clara, de San Francisco. Era, en definitiva, el inquieto latir de don Iñigo puesto en cada parcela de su vivir: en este caso, la tarea artística, como complemento visual a su inquietud permanente. Como decorado de una obra que se sabía protagonizando.

La Ceremonia como una de las bellas artes

La época de don Iñigo acoge toda ceremonia como clave de un prestigio. En el Arte Cisoria de Enrique «el Nigromante» se especifica cómo debe presentarse el pavo en las mesas regias: la cola puesta en ruedo, con mantellina al cuello, de paño de oro de tercenel en el que las armas del Rey son pintadas. Un apresto de tal categoría, sólo cumple a una gastronomía real; es un signo de autoridad y preeminencia. Todo cuanto se hace en la sociedad bajomedieval castellana es tendente a resaltar, con la ceremonia, la calidad de la persona. Cuando don Alvaro de Luna, en 1422, fue elevado a la categoría de Condestable de Castilla, organizó una fiesta en la que todos los cavalleros e escuderos e pajes de la casa en la qual había muchos fijos de condes e de grandes omes e personas prencipales, procuraron salir mui ricamente vestidos e arreados a las fiestas e justas e servir mui nueva e apuestamente en todos los otros entremeses: alli fueron sacadas ropas muy ricas, que el Condestable habia dado a todos ropas de seda, e alli salieron bordaduras e invinciones de muy nuevas maneras e muy ricas, e collares e cadenas e joyeles de grandes prescios …

Igualmente hace, en años posteriores, el marqués de Santillana: todo acto público que realice, será una ceremonia que procure la atención de los demás, intentando en todo caso elevar su acción a «cosa memorable».

Así, cuando acudió con su familia, en 1433, a las Cortes de Madrid, hizo el viaje en comitiva de extraordinario fasto, obsequiando al rey con un torneo en el que fue mantenedor, construyendo un palenque circuído de adornadas galerías, cuajadas de tapices y reposteros, añadiendo bandas de ministriles, músicos y pajes, que aclamaban a los justadores, entre los que se encontraban el condestable Luna y varios hijos del marqués de Santillana.

Aún más sonada fue la fiesta, de varios días de duración, que dio en Guadalajara cuando casó, en 1436, a su hijo primogénito Diego Hurtado con la sobrina del Condestable, Brianda de Luna. El mismo rey Juan II asistió al festejo, que se desplegó por calles y plazas de la ciudad, donde corrió el vino sin parar, se sirvieron manjares a todos, se hicieron juegos de toros, torneos caballerescos, danzas nocturnas, mascaradas y simulacros guerreros, mas una «mesa franca» con fuentes de vino en la que el pueblo todo de Guadalajara constató (pues en definitiva era eso lo que se buscaba) quién era el señor de todo aquello.

Para el epílogo de cualquier acción guerrera, el marqués reserva una buena dosis de ceremonia, hasta el punto de que una victoria ‑en la guerra civil o en la de los moros‑ no tiene sentido si no va seguida de su correspondiente espectáculo, como parte integrante de un ciclo ritual: «batalla‑celebración». Tras la victoria de Huelma, la entrada de estandartes y banderas se hace con arreglo a unas fórmulas dictadas por don Iñigo. Igualmente, al terminar la batalla de Olmedo, y obtener del Rey el título de marqués de Santillana, se celebra en Burgos una ceremonia de inusitada magnificencia, cuya descripción nos la refiere Hernando Pecha con todo detalle, aunque aquí no hay espacio para transcribirla. No me resisto, sin embargo, a copiar las líneas en que Iñigo López recibe del rey Juan, a título personal, el de marqués de Santillana:

Hizo el Rey preparar muchas fiestas, aderezóse una sala grande en el Palacio Real de Burgos, colgóse toda con paños de brocado de tres altos con su dosel rico debajo del cual estaba el solio y silla del Rey y su Magestad sentado acompañado de toda la corte. Llegó Iñigo López de Mendoza armado con peto y espaldar, hincóse de rodillas, a los pies del Rey, cercáronle los Reyes de Armas con sus cotas e insignias, los Ricos‑Hombres y grandes de Castilla a la redonda; Gonzalo Ruiz de la Vega hermano de Yñigo tenía el Pendón de puntas con las armas de Mendoza, arrimado al Rey puesto en pie. En esto, un Rey de Armas a grandes voces comenzo a decir: ‑‑Nobleza, Nobleza, Poder y gran Estado; sepan todos como el Rey nuestro Señor, por sus servicios y méritos, ilustra y haze merced de Marqués de Santillana y Conde del Real de Manzanres a Yñigo López de Mendoza. Entonces el Rey le armó caballero y le ciñó la espada y púsole de su mano el estoque de marqués. Acabó aquello, como no podia ser de otra manera, con un espléndido banquete.

Y al fin, como ejemplo de esta exaltación del arte, en lo material y en personal, cabe recorder aquí uno de los momentos más cavilosamente preparados por don Iñigo, concretamente el de su muerte, meticulosamente preparado y establecido como ceremonia ritual. Cara a esa posteridad, a esa trascendencia en los otros que, como hombre del Renacimiento, sabía que tenía certeza de su existencia, Iñigo López organizó todo un «espectáculo» que fue luego cuidadosamente transcrito por su secretario y admirador Pero Díaz de Toledo. Se esfuerza este en mostrar el tránsito del marqués como una ceremonia digna, cuajada de mensajes morales, transmisora en resumen de toda una imagen vital. Le recuerda que nuestra vida es una peregrinación y viaje. Reproduce en su obra un hipotético diálogo entre el autor y el moribundo. Este, en un arrebato final de efectismo, decidió desvelar el misterio de su insignia heráldica: era este una celada, y en esa hora de la cercana muerte, tomando una vela entre las manos dijo: Dadme esa candela; vamos a descubrilla. Y dirigiéndose al doctor Pero Díaz de Toledo, añadió sobre su misteriosa empresa, que desde su juventud usara en ceremonias, batallas y torneos: Por quanto en algunos passados me preguntastes que qué propósito me avía movido a traer por mote las palabras que en mis reposteros e banderas he traydo todo el tiempo passado de mi vida, et yo non vos respondí, nin declaré mi propósito a otro alguno, ante ha seydo opinion de todos los mas que me lo han visto que yo lo traía por la vanidad del mundo: e la verdad es que mi proposito e entencion siempre fue teniendo gran esperanza en Nuestro Señor Dios que avría misericordia de mi, yo tomé por devoción, por tener continuamente en mi memoria a Nuestra Señora, de traer este mote Dios e Vos; entendiendo por aquel Vos a Nuestra Señora et queriendo desir que la misericordia de Dios e la devocion de Nuestra Señora e su intercesion e ruego me avían de traer en camino de salvación. La escena, en una estancia de su palacio de Guadalajara. Era el 25 de marzo de 1458. Así acabó la vida de este gran hombre, repujada en oros, gules y sinoples, trompeteada en almenas y descrita por los cronistas que a lejos llegaban, a este siglo nuestro, tan descreído. Hasta él ha llegado su memoria. Quizás porque no lo hizo tan mal…

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