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octubre, 2014:

En Atienza, fiesta y vida

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Un aspecto del Centro de Interpretación de la Cultura Tradicional, en Atienza.

Hace pocos días, y acompañados por José Antonio Alonso Ramos, alma mater de la casona que lo alberga, visitamos el viejo enclave de la “Posada del Cordón” de Atienza, ahora nuevo “Centro de Interpretación de la Cultura Tradicional de Guadalajara”. Se le queda pequeño el nombre a lo que en realidad es un Museo con todas las de la ley, un gran espacio que nos muestra resumido lo que sobre la vida tradicional y la cultura popular debe saberse en Guadalajara.

En dos pisos, un gran espacio central abierto, un patio trasero, y una oferta múltiple de ámbitos y rincones, el viajero se encuentra, y se sorprende, con este Centro de Interpretación. Después de haber sido caserón gótico al que los siglos fueron empujando hasta vencerle, luego residencia de mayores, y más adelante un espacio sin futuro, la Diputación Provincial de Guadalajara certó cuando pensó en darle un destino cultural, pues eso lo ha revitalizado, le ha hecho sacar pecho, y le ha dotado de una capacidad didáctica que tiene que ser aplaudida sin ambages.

El viajero se va a encontrar en sus salas, anaqueles, cartelones y vitrinas, con piezas, reproducciones y revitalizaciones de antiguas esencias. Desde su entrada, el espacio de este Museo de la Tradición de Atienza se estructura en ocho apartados que, si los vemos por orden, nos van a dar la dimensión del vivir de ayer, guiado por las muestras que se conservan, materiales auténticos que surgen del barro, de la madera, del metal más sencillo, de los telares más primitivos. En esas ocho secciones vamos a encontrar muchas curiosidades de la vida antigua e íntima de nuestros abuelos.

Son estas: 1º La identidad; 2º el Medio natural y la arquitectura típica de cada comarca; 3º el ciclo anual regido por las estaciones meteorológicas, y por las fiestas y sus ritos; 4º La espiritualidad que nace de las creencias; 5º El ciclo vital del hombre y la mujer; 6º La vida cotidiana en los hogares sencillos de los pueblos; 7º Las artes populares, y la comunicación; t 8º la actividad económica, las artesanías y las técnicas cotidianas para hacer la vida más fácil.

Son en total más de 600 piezas (desde trajes completos de fiesta hasta las mínimas tabas o huesos de cordero con los que los niños jugaban en las plazuelas) las que componen este gran Museo, bien organizado, bien documentado y mejor dispuesto.

Calabazas iluminadas

Nos encontramos en el último día del mes de octubre, esperando que llegue la noche del uno de noviembre, esa fecha que encierra mágicas resonancias en todo el mundo, y desde siglos. El Halloween norteamericano parece quedarse ahora con la exclusiva de estas celebraciones, y la actividad comercial en torno a él ha llegado a mixtificar su sentido, que ya no se le reconoce ni aunque se le mire por el forro.

Sin embargo, la fiesta ha tenido en todas partes del mundo (en el Hemisferio Norte solamente) un sentido muy claro, el de abandonar el verano y recibir al invierno, el de saber que la época de oscuridad, con los días cortos y las noches largas, se nos viene encima, con su carga de misterio e inquietud. Sabemos que ya nuestros antepasados los celtas (y los grupos de ellos surgidos, como los celtíberos, nuestros “primeros padres guadalajareños”) encendían esta noche un fuego especial, el “padre de todos los fuegos”, a partir del cual se tomaban llamas y ascuas para encender todos los fuegos del territorio. Se asaban castañas sobre una gran hoguera, y se bailaba en torno a la luminaria que ardía y chisporroteaba toda la noche. Noches largas iluminadas por el fuego, esencia de la vida humana, junto con el agua.

El “samahain” era esta fiesta de origen celta que suponía un saludo a un nuevo tiempo, el invierno, a un tiempo en el que se producía más fácilmente la comunicación entre los vivos y los que habían cruzado la frontera de la muerte, pero que posiblemente seguían vigilando, enterándose de lo que pasaba en el mundo, entre los suyos.

Eran fiestas de danzas y transformaciones, de disfraces, de máscaras, en las que se aludía a los orígenes [míticos] de la comunidad y se hacía afirmación de la conciencia de que el mundo venía de muy lejos y seguiría vivo por siempre. La fiesta se celebra especialmente en los territorios donde habitaron los celtas (Irlanda, Galicia, Gales, Bretaña…) pero también en sus adyacentes territorios de Europa, de la península ibérica, de las islas británicas, de la Europa atlántica.

También los romanos, tan dispuestos siempre a apoderarse de tierras, gentes y costumbres, celebraban las Saturnales. En esos días de principios del mes nono, se abrían los agujeros de la tierra y por ellos salían resucitados antiguos conocidos, seres de pesadilla, almas livianas, cuerpos antiguos ya enterrados y amortajados, muertos vivientes. Y todos ellos comían, en alegre bacanal y banquete, de los platos que sus deudos dejaban junto a las tumbas.

En otros lugares de la Península, como Cataluña, se celebraban las “castañadas”, en la Andalucía de las Alpujarras la “mauraca” y en toda Galicia el “magosto”: siempre en la noche, siempre junto al fuego, siempre pendientes de que aparecieran los muertos, con la precaución de no ser tocados por ellos.

 La Noche de Ánimas den Guadalajara

En el Museo de Tradiciones Populares que acabamos de visitar en Atienza, nos llaman la atención casi a la entrada dos enormes calabazas agujereadas en las que se han abierto orificios que semejan un rostro humano, dejándolas huecas para en su interior meter una vela y así colgarlas de árboles o ponerlas en rincones del pueblo, o de las casas, y asustar a todos. Las vemos junto a estas líneas, son “calabazas de museo” pero nos traen vivo el recuerdo de otros tiempos, cuando como en Trillo se ponían, en la cuesta que del puente sube a la plaza de la iglesia y el Ayuntamiento, en los recovecos de los pedruscones de los cimientos, y a las chiquillas se las provocaba el susto del año.

También en Huertapelayo creían, como en toda Castilla y Galicia, que esa noche de Ánimas volvían los espíritus de los muertos, las almas “en pena” a vagar por los lugares donde vivieron. En un magnífico artículo titulado “Mitos y leyendas terroríficos: del mundo rural a la tradición urbana”, publicado en la “Revista de Folklore en el año 2000, pp. 87-99, la estudiosa del costumbrismo María Pilar Villaverde Embid nos relata cómo en Huertapelayo se hacía una gran hoguera, que concentraba a buena parte de los habitantes en su torno, mientras otros hacían sonar las campanas de la iglesia, y esperaban cualquier movimiento extraño en las puertas o en los batientes de las ventanas. Las criaturas se asustaban continuamente al ver en los rincones de la aldea las calabazas huecas y talladas con forma de rostro, iluminadas por dentro con una vela. Con esas calabazas lo que se pretendía era asustar a las almas de los difuntos para que no entraran en las casas ni vagaran por el pueblo. También se tapaban las cerraduras con gachas, para que ni por ahí entraran.

A la noche siguiente, la del uno al dos de noviembre, la noche de los difuntos, todos en el pueblo se dedicaban a tapar las cerraduras con gachas. Esto se ha estado haciendo, hasta no hace mucho tiempo, en las sierras del centro de España, en las del Alto Tajo, Cuenca, Teruel y Valencia.

Como ahora ya no se le tiene miedo ni a los muertos ni a los resucitados, pues esta costumbre ha decaído, o se plantea en forma de broma. Lo demás, la importación de espíritus yanquis (a los que no falta la tradición remota de estas creencias célticas) a base de fiestas, disfraces sanguinolentos y alcohol, mucho alcohol… es de todos conocidos. Ya mejor no opino

Más datos de este Centro de Interpretación

Está ubicado en la antigua Posada del Cordón, en la localidad serrana de Atienza, situada a unos 85 kilómetros al norte de Guadalajara capital. Aunque tiene pensado dedicar sus espacios a exposiciones temporales o monográficas, y a ser centro y eje de actividades relacionadas con la vida tradicional, como ocurrió el pasado día 25 en que vivió una jornada de evocaciones guiados por el analista de lo popular, el etnógrafo Joaquín Díaz, realmente la esencia del centro se centra en esos más de 40 paneles informativos, el vídeo introductorio, y las siete pantallas interactivas en las que pueden verse noticias de todos los pueblos de la provincia, bailes y cantos recogidos, procesos artesanales, fiestas tradicionales, etc.

Además, el Centro de Cultura Tradicional de Atienza se ofrece para asesorar y facilitar documentación sobre el Patrimonio Etnográfico de Guadalajara, a investigadores, centros de enseñanza, asociaciones culturales, grupos de música y danza y otras entidades.

Los horarios de apertura son los sábados, mañana y tarde (de 11 a 14 y de 16 a 18:30 h.) y los domingos y festivos de 11 a 14 h. Se nos hace un poco corto ese horario, porque habría que dar facilidades a cuantos viajeros se acercan a Atienza, en otros días u horas de la semana, para que lo puedan admirar. En todo caso, el Centro de Interpretación se ofrece también para realizar visitas guiadas para colegios, grupos culturales, etc, contactando antes con ellos, en el 949 399 293.

Memorias monjiles de El Toboso

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Interior del Museo de las Trinitarias de El Toboso, un lugar cuajado de recuerdos, y de arte.

El pasado sábado se celebró en El Toboso (Toledo) la Reunión anual o Congreso de la Asociación de Escritores de Castilla la Mancha. Con una nutrida representación de escritores de todas las provincias, y bajo la presidencia del alcalde toboseño, Marciano Ortega, y del alcarreño Alfredo Villaverde, presidente de la Asociación, se desgranaron numerosas comunicaciones referentes a la prestigiosa villa manchega en la que (se dice…) vivió siglos ha doña Dulcinea, el amor imposible de don Quijote de la Mancha.

En esa ocasión me encargué de revisar la historia y el contenido patrimonial de los conventos que todavía existen (y de los que han existido) en El Toboso. Los monasterios y conventos son testimonios arquitectónicos y humanos de tiempos pasados, por lo que como toda mirada hacia atrás encierran enseñanzas y curiosidades. Aunque ya traté de ellos con mayor amplitud en un libro que sobre este patrimonio monasterial en la región publiqué hace años, aquí van algunos apuntes de este curioso y admirable patrimonio.

En El Toboso existen diversos monasterios, a cual más interesante. Son tres exactamente, dos vivos aún, de monjas, y otro ya desaparecido, aunque con leves rastros monumentales.

  1. Monjas franciscanas clarisas 

El primero de ellos está ocupado por monjas franciscanas, llamadas también clarisas, y dedicado a la Concepción de María.

Fundado en el siglo XVI, y muy reformado en el XX, conserva de su estructura primitiva la portada de la iglesia, de gran belleza arquitectónica.

Su origen se remonta a los inicios del siglo XVI, y más concretamente a 1515, época en la que junto a la ermita dedicada a Santa Bárbara, se destinó un viejo caserón a residencia de un conjunto de beatas que, al estilo de la época, entre doncellas y viudas se recogían para orar y sobrellevar en compañía sus precariedades. Ese beaterio se convertiría, en 1546, y gracias al apoyo de don Antón Martínez, clérigo natural de El Toboso, en convento de la Regla de San Francisco.

En la Relaciones Topográficas enviadas por la villa en 1575 a Felipe II, se menciona esta institución como convento dedicado a “La Sentencia” y albergante de mujeres que a mitad eran beatas, a mitad profesas. Ya entonces estaba dedicado a la Concepción de Nuestra Señora. Todas llevaron, durante un siglo, vida recoleta y penitente, humilde y sobria, pues se albergaron en el primitivo edificio.

Y no sería hasta un siglo después, en 1670, que se levantara la primitiva iglesia conventual, pequeña todavía, sin particularidad alguna, salvo el porche principal que era todo de sillería, con dos grandes columnas dóricas. Su fachada, en piedra tallada, podríamos considerarla del Renacimiento tardío, y del interior, solo el primer tramo de la nave se conserva, en barroco sencillo, pues el resto de la fábrica fue rehecho casi en nuestros días, hacia 1975, teniendo también el resto del convento ese aire de tradición y ruralía que emana de la reconstrucción meticulosa a que se le sometió en el último cuarto del pasado siglo.

Las monjas, que practican el severo régimen de clausura, sobreviven gracias a la elaboración artesanal de dulces. Y raro es el visitante de la villa que se va de ella sin haber comprado algún paquete de las “pelusas”, esos sabrosos compuestos de pasta elaborada con harina y yema de huevo, que al final se adornan con una espiral de clara y azúcar. (más…)

Viaje al aljibe del castillo de Valfermoso

Valfermoso

Vista panorámica del interior del aljibe del castillo de Valfermoso de Tajuña (Guadalajara)

A Valfermoso de Tajuña se sube por una carretera retorcida en cien curvas. Frente a la ermita de la Virgen de la Vega inicia su andadura esta vía (GU-916) y llegados arriba lo primero que vemos es el castillo, y bajo él, tallado en la roca, está el aljibe que justifica nuestro viaje. Habrá que tener suerte y encontrarlo abierto. Si no fuera así, dirigirse al Ayuntamiento, donde tienen las llaves y el compromiso de abrirlo a los viajeros.

Desde el mirador de Valfermoso, ahora con la otoñada en pleno esplendor, la visión de la Alcarria, con el valle del Tajuña en su centro, es fantástica. Tenemos a los pies un río mínimo, apenas un hilo de agua en esta tierra seca, pero en su torno se adivinan las alamedas fértiles, abrazadas del potente brazo de los campos de cereal, y en las laderas que se ofrecen como la copa de un cáliz por ambos lados, se derrama el aceite de los olivos, la flor de las aliagas, el humilde tono azul del romero que se preña de abejas, mientras que las hileras zigzagueantes de chopos amarillean intensamente el valle. La Alcarria tiene pocas visiones totales (desde el mirador de Alocén, desde la ermita de los Llanos en Hontoba, desde el santuario de la Virgen del Madroñal de Auñón, desde la meseta de la Alcarria sobre Ledanca…) pero este de Valfermoso es quizás el perfil más cierto.

Llegamos a Valfermoso y nos encontramos con quien fue su alcalde en la plaza. El que tenía hace unos años. Rufino Expósito es un buen amigo de viejos tiempos, de caminatas largas y afanes compartidos, que él ha volcado en ayudar a su pueblo y a sus vecinos. Cuando rigió el pueblo le hizo muchas mejoras. Se nota, sobre todo, por quienes llegan ahora después de muchos años. Y Valfermoso tiene, también porque así era el día, toda la luz y el brillo de la Alcarria en el otoño. Nos ha llevado al mirador, que él ha construido con firme baranda metálica y abiertos límites para que dé la sensación a quien en él se ponga de estar volando sobre el valle. Un acierto total.

El aljibe sorprendente

Pero donde la sorpresa de los viajeros se hace mayúscula, es al ver el aljibe del castillo. Aunque ya era conocido, estaba publicado, y figuraba en las guías, recientemente se le ha hecho una limpieza y la subsiguiente restauración, dejándole en punto de admiración. El aljibe de Valfermoso se convierte así, sin oposición, en una de las piezas monumentales más relevantes de la provincia. Explicaré en brevedad donde se encuentra, y qué pinta tiene.

Valfermoso tiene castillo. Mejor dicho, las ruinas agónicas de un castillo. Aunque de origen más antiguo, medieval sin duda, con la estructura que ahora se le supone lo debió construir a mediados del siglo XV don Pedro Laso de Mendoza, hijo del marqués de Santillana, y señor de la villa, que entonces amuralló al completo, dejando algunos portones para su acceso, y convirtiéndola en auténtico “nido de águilas” donde mantuvo su mayorazgo vivo. Quedó luego en manos de sus descendientes, los marqueses de Mondéjar. El castillo en lo más alto de la lomilla en que asienta el pueblo, tenía un circuito de muralla en cuyo extremo sur se alzaba la torre del homenaje (de la que quedan dos altos muros hasta el nivel de las bóvedas) y en el norte otro cubo de planta circular, de refuerzo. Entre ellos, el patio de armas, que por mor de los derrumbes, de los edificios construidos en su torno (la iglesia parroquial, por ejemplo, o un gran frontón) y el uso doméstico dado a lo largo de los siglos a sus dependencias, ha quedado como en alto, viéndose ahora en descarnadura el subsuelo del castillo, donde se construyó un aljibe que ha sido ahora lo visitado y admirado. Lo que a partir de ahora va a ser la atracción principal del pueblo.

Este aljibe fue construido, con seguridad por alarifes árabes venidos de Al-Andalus, que aplicaron sus más correctas técnicas de construcción de estos elementos, tal y como entonces se hacía en Granada, en Almería, o en Málaga. Está hecho con la técnica de los alarifes nazaritas. Será de mediados del siglo XV, y sirvió para almacenar el agua de la lluvia bajo el patio de armas del castillo. Hoy se penetra por el piso del aljibe a contemplarlo. El espacio que estuvo siempre lleno de agua. Por eso, desde abajo, su contemplación es más llamativa, y da mayor sensación de grandeza. Es un espacio de unos 10 metros de largo por 8 de ancho, con una altura de casi 10 metros también (equivalente a cuatro pisos de los modernos). Se cubre por dos bóvedas de ladrillo, ligeramente apuntadas, en una de las cuales se abren sendas aperturas cuadrangulares por donde entraría el agua de la lluvia al recinto estanco. Esas dos bóvedas se sujetan, en su parte central, por una línea de columnas que se unen arriba por tres arcos y dos medios arcos a los extremos. Esos arcos, también de ladrillo, ligeramente rehundidos y con aspecto árabe, se apoyan sobre cuatro columnas de piedra tallada, cilíndricas, que a su vez apoyan en basamentas prismáticas muy altas, y arriba llevan a modo de un capitel liso en el que apoyan los arcos.

Es muy curioso ver cómo los muros y las bóvedas de este recinto, que está realmente excavado en la roca, aunque con piedras sillares en sus límites para evitar los derrumbes, está todavía enjalbegado de mortero y sobre él aparece viva la capa de almagre rojizo que los árabes daban a estos recintos para conseguir su impermeabilización y estanqueidad.

Este aljibe de Valfermoso es conocido desde hace mucho tiempo. Ya Layna Serrano, en su célebre libro sobre los “Castillos de Guadalajara” lo describió y dibujó, apareciendo un artículo completo en el más reciente libro “Arte y artistas de Guadalajara”. También lo estudia y mide Pavón Maldonado, en su obra sobre la “Arquitectura árabe y mudéjar en Guadalajara”, pero nadie lo había visto hasta ahora en toda su majestuosidad completa, puesto que el alcalde Expósito y quienes le han seguido han decidido, con el apoyo de todos los vecinos, limpiar de una vez por todas aquel recinto, de los muretes, derrumbes, aditamentos y suciedades que siempre lo ocuparon, impidiendo su admiración cierta. ¿Qué ha conseguido con ello? Pues dejar a la vista un espacio arquitectónico que es realmente sorprendente, hermosísimo, espectacular. En todo parangonable a los mejores aljibes árabes del mundo islámico.

Inmediatamente de entrar en aquel recinto, que tiene una luz mágica de reverberaciones rojizas, al viajero le vienen a la memoria espacios como la gran cisterna de Estambul, quizás el mejor y más grande aljibe del mundo musulmán. O las estancias a esto mismo dedicadas en Cáceres (el que fue de la primitiva alcazaba cacereña, luego palacio de las Veletas, y hoy en los bajos del Museo de la ciudad). O la serie de aljibes del Albaicín granadino, especialmente los de San Cristóbal, San Miguel y el de Trillo, este último del siglo XIV, y muy parecido en estructura al de Valfermoso. En cualquier caso, este precioso monumento que los de Valfermoso han sabido rescatar, y posteriormente restaurar con acierto, se ha puesto en valor con la promoción de su visita.

Valfermoso de Tajuña tiene, con todo, un buen puñado de razones para ser visitado en estos días luminosos y amarillentos del otoño: su situación en lo alto del cerro, que llama a gritos para que hasta él se suba; su visión paradisiaca del valle desde el mejor mirador de la Alcarria; y ahora su aljibe moruno, excepcional y entre los mejores de toda España. Un primera fila que acaba de aumentar su valor porque sus vecinos lo han limpiado y han comprendido, por fin, su importancia y su valor.

Yo, para terminar, recomiendo hacer cuanto antes una visita a este aljibe del castillo de Valfermoso. Va a ser una sorpresa agradable para cuantos lo vean, y servirá para reafirmarnos todos en algo que ya sabíamos y aquí se manifiesta: que Guadalajara es un joyel de emociones, una fuente nunca acabada de sorpresa.

Excursiones extraordinarias

Hace unos años publiqué un libro que titulaba La ruta del Arcipreste y otros viajes extraordinarios que transcurría, en etapas cortas, por las provincias de Guadalajara, Segovia y Madrid. Desde Alcalá de Henares a Sotosalbos cruzando la sierra y visitando entre medias Hita, Tamajón y El Vado. Y luego me dedicaba en sus páginas a visitar pueblos, paisajes y memorias de la Alcarria, la Sierra, la Campiña y el Señorío de Molina. El libro (es en cierto modo lógico, cuando uno ametralla con tantos títulos y tan seguidos) pasó desapercibido entre los guadalajareños, pero entre sus páginas quedan retazos y días que al viajero se le hacen especialmente mágicos. De ese libro he querido rescatar, actualizado, este viaje a Valfermoso de Tajuña. Con el que quiero sencillamente animar a todos a que vayan, admiren su castillo, y no dejen, por nada del mundo, de admirar su aljibe.

A Pastrana vuelven sus tapices

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Hoy viernes 10 de octubre se inaugura la nueva etapa, ya restaurado el entorno, y arreglados por varios siglos los Tapices Flamencos, del Museo de la Colegiata de Pastrana. Un día histórico, sin duda, al que desde aquí saludamos. Por fin vuelven los tapices donde solían.

Hace más de cuarenta años, en estas mismas páginas, publiqué mis impresiones sobre estos tapices. Que desde entonces he admirado, -como han hecho tantos otros viajeros y estudiosos- y a los que siempre que he podido he vuelto para sentir la fuerza y la solemnidad que de ellos emanan.

Un largo viaje para los tapices pastraneros

Cuando hoy se abran las puertas del Museo de la Colegiata de Pastrana, los invitados a esta ceremonia que bien puede calificarse de histórica verán los tapices flamencos de las conquistas africanas del rey Alfonso restaurados y colocados en soportes y con la suficiente amplitud y visibilidad que merecen. Imagino que será así, porque aún no me ha sido dado verlos.

Las correrías de los paños han sido numerosas y variopintas. Se les podría llamar ya, sin exageración, como “los tapices viajeros”. Sus viajes se iniciaron en el siglo XV, una vez realizados en Borgoña, cuando llegaron a Castilla, que no a Portugal, donde hubiera sido lo lógico. De Toro quizás, o por los caminos que llevan desde los puertos cántabros a Guadalajara, se pusieron adornando los muros del palacio del Infantado en nuestra ciudad.

De allí, a finales del siglo XVII, se llevaron a Pastrana, para servir de ornato a su iglesia colegiata, fundada como tal y protegida por los duques don Ruy y doña Ana (él de Silva, de Mendoza ella). Muchas veces salieron a la calle, a orearse, a servir de adorno al paso del Santísimo en su procesión veraniega. Luego, en tiempos de la República, se llevaron a Madrid, y quedaron alojados en el Museo del Prado, donde una mañana lluviosa de 1932 el presidente don Manuel Azaña los contempló y expresó su deseo de que quedaran para siempre en Madrid, porque sospechaba que “los alcarreños” no iban a entenderlos muy bien… incluso se iniciaron los trámites para reproducirlos a su tamaño natural, no sé con qué objeto. Para protegerlos durante la Guerra Civil se llevaron desde Madrid a Valencia, a las torres de Serrano, y luego a Ginebra. El caso es que tras la Guerra, el general Franco decidió regalarle las copias al Estado Portugués, que hoy los mantiene perfectos y visibles en el palacio real de Guimaraes, y hacia 1950 regresaron desde Ginebra a Madrid y de allí a Pastrana.

Tras años de estar en la alcarreña villa en unas condiciones más que precarias, la fundación “Carlos de Amberes” inició su restauración con vistas a su exposición en una gran muestra artística a celebrar en Bruselas. Más de 300.000 euros costó la limpieza y restauración de estos paños medievales, realizada por la Real Manufactura De Wit, de Malinas, en 2009. Otras ayudas para la restauración llegaron de la Fundación Caja Madrid, y del Fondo In Bev-Baillet Latour de Bélgica. El periplo de su viaje, que ha durado cuatro años, ha pasado por lugares como el Museo de Arte e Historia de Bruselas, el palacio del Infantado de Guadalajara, el Museo de Arte Antiga de Lisboa y el Museo de la Santa Cruz de Toledo. Los dos últimos años han discurrido (y obtenido ingresos por ser mostrados) en la National Gallery de Washington, en el Meadows Museum de Dallas, además de en San Diego y en Indianápolis. En el año 1992, en un viaje que hice a Nueva York, me encontré con uno de ellos, magníficamente instalado, en una exposición que se montó en los bajos del edificio IBM en la Lexington Avenue de Manhattan. Qué bien lucía allí, iluminado y en el aire, sobre un fondo absolutamente negro.

Una joya , la mejor quizá, del patrimonio artístico alcarreño 

Breves datos dejo aquí sobre esta colección de tapices flamencos, hoy por fin recuperados, restaurados y vibrantes en su asiento de Pastrana. Me resulta difícil expresar mi alegría por saber que han vuelto, y lo han hecho así, con todos los honores.

A largo y ancho de sus extraordinarias dimensiones (11 x 4 metros, de media) aparecen lizadas en seda y lana las movidas escenas de la conquista de Tánger y Arzila por el rey Alfonso V el Africano, de Portugal. En ellos aparecen interpretados, con toda fidelidad, el conjunto de soldados, armas, estandartes, elementos de guerra, barcos, ciudades, escudos y una infinidad de detalles que tomaron parte en ellos, destacando la figura del rey y de su hijo el príncipe Juan.

De las seis grandes tapicerías que narran estos hechos históricos, fundamentos del Renacimiento, hay claramente definidas dos series distintas. La primera serie, la más hermosa y antigua, consta de cuatro paños, y son obra de algún taller del norte de Francia, o de los Países Bajos meridionales, realizados hacia 1475‑1480. El autor de los cartones pensamosque pudiera haber sido el pintor flamenco Dierick Bouts o algún seguidor muy próximo a su estilo. La segunda serie, compuesta por dos paños solamente, es algo más moderna, y procede de algún taller de Brabante, estando realizados entre 1490‑1500, y son de pintor y taller claramente diferente.

Dejo aquí el texto que publiqué en NUEVA ALCARRIA en 1973, y que aunque debería recibir alguna corrección de apreciación, puede valer ahora para recibir, cuarenta años después, estas piezas insignes restauradas.

Los tapices de Pastrana (1973)

“Si Pastrana posee múltiples motivos que justifiquen una visita detenida, tal vez sean sus famosos tapices los que rematen, en polícroma algarabía de azules y carmesíes, el peregrinar asombrado por los rincones de la villa. Tras del palacio de los duques, con su severa fachada del siglo XVI; tras del barrio del Albaicín, de los conventos y casas blasonadas, del ocre pálido de portadas y aleros, la recia presencia de la Colegiata se alza en germen de religiosidad e historia Dentro, el Museo. El oro, la plata, las paciencias fértiles de los antiguos artesanos. Y, al fin, esos tapices fabulosos, donde la Edad Media canta su glorioso fin, cuajado de elegante guerrear y ardiente celo.

Muchos años, y aun siglos, llevan esos tapices góticos en la Colegiata pastranera. Cuando a mediados del siglo XIX escribía Pérez y Cuenca una “Historia de Pastrana”, decía de ellos: “Hay también una hermosa colección de tapices antiguos bien trabajados; se dice lo fueron en esta villa: representan algunas guerras de las cruzadas y otros sucesos. Tenían en vez de cenefa, unas inscripciones que faltan ya a la mayor parte”. Y luego trata de copiar lo que, en caracteres góticos, aparece escrito en ellos.

Como se comprueba fácilmente, el señor Pérez y Cuenca andaba bastante despistado en cuanto al significado y origen de los tapices, que, andando el tiempo, serían redescubiertos por dos grandes sabios portugueses, José de Figueiredo y Reynaldo dos Santos, quienes en 1915 viajaron a Pastrana y encontraron estas maravillas. El estudio de estas tapicerías, obra cumbre de este arte en el siglo XV, fue así completándose poco a poco, sin que se llegara a una conclusión definitiva en cuanto al modo de su venida a España y a Pastrana, aunque sí respecto a los asuntos que en ellos se trata.

Con la intención de dar por finalizados estos estudios, don Eustaquio García Merchante escribió una obra, en castellano, que venía a recopilar cuanto sobre ellas se había dicho. Y ahora nosotros sobre diversos aspectos de estos renombrados tapices diremos algo más.

Los temas tratados en estas obras son guerreros en exclusiva. Se trata de las acciones de conquista que el rey portugués Alfonso V, “el Africano” de sobrenombre, llevó sobre las plazas norteafricanas en las que se había propuesto hacer sentir la naciente autoridad ultramarina de Portugal. En uno de ellos se representa el desembarco en Arcila, con tres distintas escenas. En la central aparece, sobre una barca, la figura brillante y majestuosa del rey, vestido de arnés gótico de acero cubierto de brocado de Florencia. Junto a él, su hijo, el príncipe D. Juan, y D. Enrique de Meneses, alférez mayor del Reino. Un par de trompetistas, con casco rojo y jubones azules, adornados sus instrumentos con el escudo portugués, hacen dorar los aires con su brillante sonido. El siguiente tapiz viene a representar el cerco de la ciudad de Arcila. A lo lejos se ven aún los gallardetes que lucen las naves ancladas en la costa; es curiosa en él la aparición de las primeras armas de artillería (bombardas apoyadas en pies de madera) con que los portugueses se disponen a combatir al moro. También en esta ocasión aparece don Alfonso V, ahora sobre caballo, y con la ya conocida vestimenta guerrera. El siguiente paño relata el asalto de la plaza de Arcila, que tuvo lugar el día de San Bartolomé, 24 de agosto, en el año 1471. Junto al monarca y su hijo, otros importantes caballeros de la Corte portuguesa aparecen en esta ocasión: D. Duarte de Almeyda, “el hombre de hierro”, lleva el pendón real delante de Alfonso V; D. Juan de Silva, camarero mayor del infante, era de la familia de la que luego saldrían los duques de Pastrana. En otra obra de esta multicolor colección vemos representada, en tres escenas, la toma de la ciudad de Tánger. A la izquierda aparece la entrada del ejército portugués, luciendo gran aparato militar y de vestimenta, y comandado por el Condestable mayor del Reino, D. Juan, hijo del duque de Braganza y luego marqués de Montemor. En el centro del tapiz aparece la ciudad de Tánger, idealizada por el dibujante, y, finalmente, a la derecha, se ve la salida de los moros de la ciudad, escena en la que el color de los vestidos, los turbantes y los velos forman un conjunto de difícil olvido. Aún quedan otros dos tapices de tema portugués en Pastrana: el cerco de Alcázar Seguer y la posterior entrada en dicha ciudad. En este último aparece el momento en que la comitiva real de D. Alfonso penetra en el templo (anteriormente mezquita) que fue bautizado con el título de Nuestra Señora de la Misericordia, y a continuación la investidura de caballero que hace el rey a algunos de sus vasallos que en la jornada guerrera se han distinguido.

En cuanto al aspecto artístico de las tapicerías, estudia Dos Santos por una parte las posibilidades de que fuera Nuño Gonçalves, el mejor pintor del siglo XV peninsular quien los diseñara. La admite, en fin, basándose en el perfecto, en el íntimo y admirable conocimiento que de todos los detalles de la vida portuguesa tiene el diseñador y dibujante. En cuanto al lugar de ejecución, acaba admitiendo que fueron tejidos en los talleres flamencos de Tournai, por el artífice Pasquier Grenier, en el último cuarto del siglo XV. Las posibilidades apuntadas de que fueran tejidos en Pastrana o Portugal carecen de fundamento, pues aunque en la villa alcarreña existieron importantes industrias de seda y tejidos, tuvieron su nacimiento a finales del siglo XVI y su florecimiento auténtico en el XVII. En el último siglo de la Edad Media, ni Castilla ni Portugal estaban en condiciones de producir tamaños complejos artísticos.

Iconográficamente, estos tapices representan un enorme valor para el estudio de la marina medieval, de la que tan escasos documentos gráficos, directos, nos han quedado. Portugal, país cuyos únicos horizontes de expansión y grandeza estaban en el Océano, tuvo necesidad de desarrollar al máximo esta industria, mitad guerrera y mitad colonizadora. En estos paños aparece en su mayor momento de esplendor. Pero los tapices pastraneros de Alfonso V también poseen un inestimable valor desde el punto de vista del estudio de vestimentas guerreras, pudiendo clasificarse esta colección como el más amplio y fidedigno exponente del aparato militar del siglo XV: no sólo las armaduras, celadas, adargas, lanzas, plumajes…. sino el complejo cúmulo de toda clase de armas: espadas, arneses de los caballos, artillería ligera, ballestas, etc. Hay un detalle en estos tapices que llama la atención de cuantos los admiran: es el emblema que aparece en muchos de los estandartes que portan las tropas portuguesas y que simboliza el reinado de Alfonso V. Se trata de un círculo, en el que aparece una rueda de aspas, y a su alrededor múltiples gotas doradas sobre fondo de color púrpura. En una travesaña de la rueda se inscribe la palabra jamais. Muchas han sido las interpretaciones que los historiadores han dado a este emblema real. Una de las más románticas, y que Reynaldo de Santos acepta como buena, es la que interpreta el llanto del rey por la muerte de su mujer doña Isabel: constantes lágrimas arrojadas por el continuo rodar de la vida, a causa de la mujer que jamás podría olvidar.

¿Cómo llegaron a Pastrana estas joyas del arte de la tapicería? Diversas opiniones se han encontrado a este respecto, aunque las del padre franciscano, natural de Pastrana, fray Lorenzo Pérez, son las que mayor carácter de verosimilitud poseen. Creía este religioso que, muy poco después de ser tejidos, concretamente el año 1475, en el transcurso de la batalla de Toro, en la que los Reyes Católicos desbarataron por completo los planes de apetencia política en Castilla del portugués D. Alfonso, cayeron en poder de Isabel y Fernando, quienes los debieron donar a los Mendoza, en esa ocasión representados por dos de sus más grandes figuras: D. Diego Hurtado de Mendoza, segundo Marqués de Santillana y, desde aquella efemérides guerrera, duque del Infantado, y D. Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal de España. A uno de estos dos se los regalarían, y en el palacio recién construido de Guadalajara permanecieron durante dos siglos, hasta que en 1667 fueron llevados a Pastrana, concretamente al recinto de su iglesia Colegiata, donde han permanecido hasta hoy guardados. Su arribada a Pastrana tuvo el siguiente motivo: casó doña Catalina de Mendoza y Sandoval, heredera de los títulos del Infantado, con don Rodrigo de Silva y Mendoza, que lo era de los de Pastrana, y estos tapices, afincados desde tanto tiempo antes en Guadalajara, pasaron como dote matrimonial al lugar cabeza del nuevo matrimonio.

Allí continúan, expuesta al público su monumental grandeza, su acrisolado sueño de colores, su exquisita dulzura y trabazón de historias…”

Un nuevo Alvar Fáñez que amplía su territorio

Alvar

En estos días aparece un libro, que va a ser presentado precisamente esta tarde, en el Palacio del Infantado, en el que se nos dan noticias importantes, por lo novedosas, de uno de los personajes que, siempre a caballo entre la historia y la leyenda, ha sido venerado en Guadalajara como héroe y conquistador.

El libro, que va firmado por Plácido Ballesteros San José, se encarga de sacar a don Alvar Fáñez de Minaya de la Leyenda, poniéndole casa en la Historia. Y lo primero que hace es quitarle el apelativo, y dejarle en Fáñez sin más. Lo del Minaya, al parecer, era un complemento cariñoso que equivalía a “mi hermano” o algo así, utilizado entre amigos en la Castilla medieval. Una buena dosis de estudio y meditación sobre los documentos (el único y el más seguro camino para la investigación en Historia) permiten a Plácido Ballesteros entregarnos, a través de las líneas de su apasionante estudio, la figura de un nuevo personaje, que solo hereda del anterior su aura de caballero esforzado y valiente, de político tenaz y gestor consciente de las tareas que su monarca le había asignado. Y que no eran otras que las de dirigir las huestes de su ejército, y, cuando ya muerto el rey Alfonso VI, y la nación se entregó a una anarquía en la que nadie sabía quien mandaba, Alvar Fáñez se encargó de la tarea más dura y capital, la de defender el reino, y en especial su capital, Toledo, del enemigo islámico que apuntaba a reconquistarla: durante los años 1109 a 1114, Alvar Fáñez fue el capitán general del ejército castellano en la defensa de la línea del Tajo y de Toledo frente al poder almorávide comandado por Alí Ben Yusuf.

Una biografía clara y lineal

Nacido en una familia de infanzones de la Bureba, concretamente en el valle de Orbaneja, perteneció a la familia de los Fáñez, y casó con Mayor Pérez, hija del conde Pedro Ansúrez, uno de los más firmes apoyos en Castilla de la monarquía. Su infancia la vivió sabiendo de los conflictos surgidos entre los hijos del rey de León Fernando el primero, los cuales fueron sucesivamente anulados (García preso de por vida, Sancho asesinado en el cerco de Zamora, y Urraca y Elisa de figurantes en corte) por el más fuerte de todos, Alfonso el sexto, quien gobernaría una nación fuerte y unida durante largos decenios (Galicia, Portugal, León y Castilla, con todas sus Asturias del Cantábrico) y acabaría conquistando la gran ciudad, Toledo, en 1085, tras una sabia urdimbre de pactos, alianzas y compromisos. Posiblemente sin derramar una gota de sangre.

Si el rey se enfrenta en esos años, de finales del siglo XI, al poderoso caballero Ruy Díaz de Vivar, y a pesar de que las sagas legendarias ponen a Alvar Fáñez junto al héroe caballeresco enfrentado al Rey, lo que Ballesteros propone es algo nuevo, y es la razón sencilla y evidente de que Alvar se alineó siempre en la corte junto a su Rey, figurando en sus documentos don diversos títulos, y apareciendo (sobre todo a través de las Crónicas históricas escritas por los árabes en esos años) como el principal adalid y capitán del ejército castellano en la comprometida tarea de someter a los reinos islámicos de taifas, de acuciarles en el pago de sus parias e impuestos, de tratar alianzas con unos y otros (los reyezuelos de Valencia, de Zragoza, de Sevilla, de Murcia y Badajoz, entre otros) y finalmente en planear con sabiduría y determinación las acciones que llevarían a la toma del reino completo de Toledo, y el mantenimiento de esta tierra para siempre ya ajena al imperio almorávide, gracias a la defensa difícil y heroica en ocasiones de la Toledo asediada.

Tras una vida intensa de acción, de ejemplo y de memorias, Alvar Fáñez vino a morir a manos de sus paisanos, “la gente de Segovia”, en una acción ocurrida en el verano de 1114 en lugar inconcreto de Castilla, defendiendo (él) a la reina legal de la nación, doña Urraca, y ellos al que aún siendo su marido, Alfonso el primero “el Batallador” de Aragón, no era reconocido como rey en muchos lugares del reino castellano. En cualquier caso, avatares de la política del momento, que todo lo dirimía con un espadón en la mano o una ballesta agazapada.

A Alvar Fáñez le fue reconocido su valor y su aportación suma a la nación con diversos títulos, que varían de un documento a otro, pero que le muestran como uno de los cortesanos más destacados del reinado de Alfonso VI: Duque de Toledo es quizás el más rimbombante. Señor de Zorita, también, alcaid toledano, “dominantem in Toletum et Pennafidele” poco después de la muerte de Alfonso VI, y por supuesto los títulos que en sus últimos años le dan los documentos de “strennus dux christianorum” y “tunc temporis Toletani principis” que vienen a ser la consideración suma de una figura que se dedica a defender, como general en jefe, la ciudad de Toledo, asediada durante meses por los almorávides africanos.

Nada que ver con la figurilla de “ayudante del Cid” como personaje que corre y vuela sobre las mesetas castellanas acosando moros y conquistando ciudades, en un papel de “par” del rey que Menéndez Pidal y otros historiadores del siglo XX quisieron dar a este caballero burgalés. Para desmontar esa leyenda del cid y de Alvar Fáñez, el profesor Ballesteros San José dedica su obra al análisis limpio y sereno de todos los documentos de la época. De lo [poco] que dicen esos documentos, y de las deducciones [absolutamente lógicas] que de ellos saca, alcanza a construir una figura nueva, alejada de la visión que dieron en añejos siglos los Cantares de Gesta y las leyendas que corrieron de boca en boca y que llegaron, con éxito, a anclar en los libros de la vieja historia castellana, como la General Estoria de Alfonso X, en la que se incluye el Cantar de Mio Cid como fuente indiscutible.

De este libro, que es modélico y apasionante, que se lee de corrido, y que alimenta una visión nueva de la tierra en que vivimos y de las gentes que la hicieron en un pasado lejano, se pueden sacar muchas conclusiones nuevas. Como está escrito con claridad y didactismo, cualquiera puede llegar a la conclusión definitiva: la de que Alvar Fáñez es un hombre cabal que asciende en la escala del poder militar y político de una Castilla medieval en la que el rey Alfonso VI es protagonista magno. Y de que su tarea es la de ayudarle, colaborar en su visión integradora (alianzas en Europa, contención de los islamistas, relación cordial con los aragoneses) y mantenedora de una difícil paz a la que él se dedica con pasión diaria. Es, además, señor de amplios territorios, aquellos a los que las crónicas de la época denominan como “illam terram quae fuit de Alvaro Fannici” y que comprendían la parte del sur y el oriente de la actual Guadalajara y casi entera la actual provincia de Cuenca, con Zorita, Ercávica, Uclés, Huete, Cuenca y Alarcón como hitos capitales de un territorio que pretendía ser frontera entre la Castilla agrandada y la Valencia árabe, ambas acosadas desde 1086 por el imperio integrista de los almorávides de Africa.

De las muchas cosas, en fin, que sacamos en conclusión útil y apasionante de este libro, destacaría el hecho de que a nuestro héroe arriacense deberemos cambiarle (reducirle, mejor dicho) el nombre, dejándoselo en Alvar Fáñez, aunque agregándole, como mucho, lo “de Zorita” por haber sido allí [y eso ya se sabía desde hace tiempo] capitán, castellano, y señor… También sacamos la conclusión de que en Molina [de Aragón] no existió reino taifa como habitualmente se ha creido, y que la conquista de Guadalajara en noche de luna sanjuanera con ardides y esfuerzo queda en la más pueril (aunque bonita) de las leyendas, dejando la imagen del caballero arrogante y su mesnada ante las murallas de la vieja ciudad como buena imagen de un tiempo ido en un escudo heráldico bueno para los desfiles. Una desmitificación que se hacía necesaria y que a golpe de documento y de raciocinio ha conseguido hacer el profesor Plácido Ballesteros, en este libro que hoy se presenta en nuestra ciudad.

Aires de leyenda para todos

Al mismo tiempo, en el acto de esta tarde va a ser presentada la novela que ha escrito Antonio Pérez Henares, también paisano y entusiasta de los tiempos idos (al tiempo que de los movidos presentes) y que titula “La Tierra de Alvar Fáñez”. Como este libro aún no lo he leído, no puedo opinar ni resumirlo, aunque sé que está cimentado en los datos reales que Ballesteros le ha proporcionado. La fuerza de “Chani” como escritor-torrente, la emoción que pone en sus páginas, el tema de la guerra, el amor y las pasiones circulando sobre las tierras de la Alcarria, el Tajo y los bosques de más allá del horizonte, seguro que ha cuajado en un gran libro. Con ambos (el de Ballesteros y el de Pérez Henares) tendrá el lector fiel asegurada muchas horas (y aún días y semanas) de lectura entretenida. Y esto es algo que siempre es de agradecer: que la gente y el paisanaje se dedique a mirar, una tras otra, las líneas de los libros, a enterarse bien de lo que dicen, y a opinar luego, con el bagaje de lo que han visto sus propios ojos, esos que no se dejan engañar nunca, por cantos de sirenas.

Los libros, enemigos principales de quienes nos quieren adormecer con simples frases, son los mejores aliados para alcanzar un mundo más claro y firme. Los libros de Ballesteros (historia pura y sensata evocación) y Pérez Henares (aventura y sorpresa nacidas de la vieja crónica) son bienvenidos aquí, son aplaudidos y vitoreados, porque con ellos Guadalajara se hace, de verdad, más abierta y diáfana, más sin paredes.