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La iconografía románica en Guadalajara

El capitel del arco toral de la ermita de Santa Catalina en Hinojosa muestra dos basiliscos enfrentados, símbolos del Bien.

Desde la Semana Santa de este año se está constatando el aumento de viajeros por los caminos de nuestra tierra. Aunque sigue ganando la partida el turismo de sol, el ansia de playa y la fruición de tomar cañas en los chiringuitos, también es cierto que cada día van aumentando los que, mochila al hombro, en cuatro-por-cuatro, o con la familia a cuestas, se van por estos pueblos nuestros de tierra adentro, a tratar de descubrir ese vientre que late, que murmura y nos espera: el vientre de la tierra madre, que aunque ya no se le puede llamar “patria” por estética, los sentimientos que crea son muy similares, muy de vecindad. Nos gusta ir a patear la tierra de nuestros mayores, descubrir qué queda de aquello que los abuelos nos contaron.

Y Guadalajara ha dado, entre otras cosas, muchos abuelos. Muchos hombres y mujeres que aquí nacieron, trabajaron, amaron y se despidieron del mundo entre estampas y campanas. En sus pueblos de la Sierra, del Henares, de la paramera molinesa, de las Alcarrias, quedan todavía edificios y plazas, arboledas y arroyos, huellas palpables de otra vida. Vamos a descubrirla.

La tradición romana en Beleña

Abro mi libro con el estudio de uno de los monumentos que más han chocado a los viajeros del románico alcarreño: en este caso la iglesia de San Miguel, en Beleña de Sorbe, un pueblecito perdido en los declives serranos cerca de Cogolludo. Un templo construido en el siglo XIII, del que tras posteriores reformas solo queda de original la galería porticada que le precede y su portada, de arcos semicirculares, cubierta de piedras talladas que representan los meses del año en forma de personajes interpretando las más características tareas, fiel reflejo de una vida antigua. Además de los labradores que aran la tierra, de los señores que se dan banquetes, de las jovencitas de hacen sonar los crótalos primaverales y de los guerreros que andan a cazar con azores, hay una serie de capiteles que muestran escenas bíblica y que en su conjunto proponen al espectador, especialmente al de aquellos tiempos, un mensaje nítido de cómo planear la vida para salvarla.

El sonido del infierno en Cifuentes 

Aparece luego el estudio de la portada de Santiago en la iglesia parroquial de Cifuentes. De una época muy concreta (hacia 1265) en ella aparecen personajes reales que los libros de historia nos retratan superficialmente, y aquí están tallados por el escultor itinerante que viajó por “el camino de la lana” hacia Santiago en esa época. Encontramos las figuras de Mayor Guillén de Guzmán, señora de Cifuentes en esos días, y de su hija Beatriz, fruto de amor prohibido con el rey Alfonso X el Sabio, y luego reina de Portugal. Encontramos las figuras del obispo de Sigüenza don Andrés, con su mitra y su báculo, y del alcalde del concejo cifontino, con su bastón de mando, más gentes buenas, peregrinos, piadosos fieles… todos ellos enfrentados, en una batalla ingente, contra las fuerzas del Mal, contra el Infierno más terrible, que se muestra retratado en el otro lado de la puerta. Allí están monstruos satánicos, terribles unos y con caras melifluas otros, diablesas pariendo (reyes precisamente…) y demonios de cuellos abultados, de labios partidos de cuernos ardientes.

El conflicto del Bien y el Mal se constituye en Psicomaquia, a la que acompañan muchas escenas (en los capiteles) de representaciones bíblicas, más personajes ejemplares, prudencias y vicios, animales maltratantes y grifos protectores. El conjunto de cientos de figuras que pueblan la portada de Santiago, en Cifuentes, es quizás el mejor ejemplo de la iconografía románica en Guadalajara, y personalmente puedo decir que desde que hace ya decenios propuse esa interpretación, muchos otros la han seguido, e incluso algunos más la han contradicho y han propuesto otras teorías. Todo eso es bueno, y en definitiva sirve para lo que nos ocupa, y es que mucha gente venga por Cifuentes, y por la Alcarria toda, a ver estas piedras viejas y a entenderlas. 

El programa teológico de Atienza 

También la iglesia más alta de Atienza, la que llaman de Santa María del Rey, a los pies del castillo y albergando ahora en su torno el cementerio de la villa, tiene una portada que asombra nada más verla. De muchas arquivoltas concéntricas, en sus superficies anchas se incrustan al menos un centenar de figuras. Formalmente son feas, ridículas, estrambóticas: son tallas del siglo XIII ejecutadas por un equipo de escultores demasiado aficionados. Es posible que fueran una cuadrilla que iban de viaje desde Valencia ( y a saber allí desde donde llegaron) hasta Santiago, y por el camino se ganaban las gachas que les deban tallando piedras.

Pero el conjunto, analizado con la fría lógica que nos da hoy haber leído a Panofsky, a Santiago Sebastián, a Reau y a Sureda, nos permite explicar el sentido que alguien letrado quiso que apareciera ante los ojos de los fieles atencinos que semanalmente pasaban bajo aquel enorme arco al santuario del templo. Y, una vez dentro, explicarles por qué estaban allí fuera tallados esos ángeles, esos demonios esos santos y esos apóstoles. Una filigrana rural a tope, pero muy elocuente.

La huella templaria en Albendiego

En las estribaciones de la Sierra de Pela, al noroeste de la provincia, hay tres templos a los que ya van turistas casi en peregrinación. Lo merecen, sin duda: Albendiego, Campisábalos y Villacadima. En el primero de los lugares, el templo dedicado a Santa Coloma, que hoy es ermita pero que en el siglo XIII fue iglesia de un monasterio de caballeros militares (quizás templarios, seguro que sanjuanistas) muestra en su ábside y en las ventanas del interior, numerosos símbolos que muestran a las claras su filiación esotérica, su significado mistérico y el ansia que entonces se tenía, por las gentes espirituales, de unificar los conocimientos cristianos, islámicos y hebreos en una Sola Sabiduría. En este libro, las explicaciones del sentido iconológico de rosetones, capiteles y metopas las vengo a sacar de las sabias apreciaciones de Angel Almazán de Gracia, quien hace un par de años nos entregó, con su libro sobre “Los templarios en Guadalajara” muy masticada esta misteriosa colección de símbolos.

Luego, en el capítulo siguiente, subimos la cuesta que nos lleva a Campisábalos, y allí (hoy han abierto un Centro de Interpretación del Románico) admiramos de nuevo un mensario tallado burdamente sobre la pared de la capilla del caballero San Galindo, en un conjunto extraordinario de símbolos y mensajes que aún entremezclados nos hablan de la vida, lo cotidiano, y la oración, el viaje al Más Allá. En los rosetones y en los capiteles con arpías y nereidas de la capilla de San Galindo, más la cruz patada del cementerio del pueblo, se puede leer el mensaje de los sabios caballeros del Medievo que nos habla todavía.

Otros muchos lugares de Alcarria, de la Sierra, de Molina 

En este libro, en el que he concentrado otros intervenciones anteriores, estudios previos y viajes minuciosos, traigo a colación muchos detalles del arte románico de nuestra tierra. Porque si bien hay un centenar de edificios que podemos considerar construidos en el siglo XIII, no todos están ilustrados con tallas en sus piedras, con galerías porticadas y portadas expresivas. Por eso aquí he puesto lo más llamativo del conjunto románico, explicado con la mayor atención que me ha sido posible, apoyado siempre en la observación directa, y en las enseñanzas de otros a los que considero más y mejor informados.

De esta manera, me entretengo (y yo, al menos, me lo paso estupendamente) haciendo análisis de las figuras que pueblan las galerías románicas de Sauca y Pinilla de Jadraque, alcanzando finalmente, a través de elementos mínimos y puntuales, todos los elementos expresivos de la simbología cristiana románica, y que vemos en temas tan concretos como la trompa de la catedral de Sigüenza, la pila bautismal de Esplegares, los capiteles del arco toral de Santa Catalina de Hinojosa, la portada de Labros, los accesos al templo de Cereceda, o la viga de Valdeavellano en la que sorprenden sus pinturas románicas capitalizadas por un enorme monstruo apocalíptico.

El libro "Iconografía románica en Guadalajara" ofrece numerosos estudios monográficos integrados en el contexto del análisis del significado y simbolismo de los elementos ornamentales de los edificios románicos.

Apunte bibliográfico 

Se titula este libro “Iconografía Románica en Guadalajara”, tiene 160 páginas y numerosas ilustraciones, y aparece como número 89 de la Colección “Tierra de Guadalajara” de la editorial Aache. Para los viajeros y estudiosos de la historia y el patrimonio de nuestra provincia, es un libro capital, que viene a complementar la trayectoria que he seguido desde hace algunas décadas en el campo del estudio e interpretación del arte románico, alcanzando en sus páginas una claridad, tanto de conceptos como de maneras expositivas, que creo será agradecida de cara a comprender mejor y apreciar más seriamente este patrimonio que debemos siempre conservar con mimo.

En estos días de Feria del Libro en Guadalajara, y una vez presentado ayer en la carpa central de la Feria, junto al Ayuntamiento, se ha convertido en uno de los títulos más demandados, lo cual supone, para mí como autor, una grata recompensa a tantos años “mirando para arriba” como hay que hacer cuando se viaja por esos pueblos mínimos de nuestra tierra, y se quieren descubrir los más remotos detalles de la vieja presencia humana.

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