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mayo 2nd, 2014:

La pila bautismal de Esplegares

Seguimos repasando los elementos del románico guadalajareño que nos muestran escenas que en su día, allá por el siglo XIII, tuvieron un claro significado para la gente que las contemplaba: volvemos ocho siglos atrás, y preguntamos a las piedras qué nos querían decir con sus extraños signos y sus representaciones arcanas.

Es muy grande el número de pilas bautismales románicas en la provincia de Guadalajara. Tanto, que solo con su catálogo podría hacerse un libro. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los pueblos de esta tierra surgieron en la época de la Repoblación, entre finales del siglo XI y mediados el XIII. En esos momentos, todos levantaron su templo (por eso eran románicos, y aun quedan en esta tierra tantas huellas de ese estilo), y una de las primeras cosas que se colocaron en ellos fueron sus pilas bautismales, talladas en grandes rocas de tipo calizo, que se posaron en el suelo de los pies del templo, y allí se mantuvieron durante siglos, a pesar de reformas, hundimientos y cambios. Las pilas eran tan grandes, tan pesadas, tan sencillas, y tan útiles, que nadie pensó nunca en cambiarlas. Por eso si en Guadalajara hay en torno al centenar de edificios parroquiales con evidencias románicas, la cantidad de pilas del estilo y la época medieval hay que multiplicarla, al menos, por tres.

Sin embargo, la mayoría de estos ejemplares son de sucinta decoración. Cuerpos lisos, con cenefas en sus bordes, gallones en la basa, arquerías en el comedio, y poco más. Ni inscripciones, ni decoración prolija. Solamente hay un par de ellas que por lo inusual de su decoración, e incluso por la curiosidad que sus temas encierran, merecen ser recordadas y estudiadas ahora. Una de ellas es, la mejor, la que existe todavía en la iglesia parroquial de Esplegares. La otra, que estuvo en la parroquial de Canales del Ducado, fue llevada al Museo Diocesano de Arte Antiguo cuando este se creó, en los años setenta del pasado siglo. Allí puede admirarse también.

La psicomaquia de Esplegares

Así pudiera calificarse el mensaje que intenta transmitir la rudimentaria decoración de la pila de Esplegares. La eterna lucha del Bien y el Mal, pero en este caso representada por una pelea entre animales. El elemento es sin duda de finales del siglo XII o principios del XIII, como todo lo que se hace en estas sierras de la derecha del Tajo. Aunque en buena parte de Castilla, y por supuesto en toda Europa, son las formas góticas las que se han adoptado para representar el arte religioso, en esa época aún se vive y se piensa en románico puro por estos remotos límites de la Cristiandad. Y el catálogo de imágenes que se utiliza, además de muy imperfecto, es también muy limitado. La intención de la Iglesia de transmitir su doctrina a través de imágenes, en esa forma de “Biblia Pauperum” tallada sobre la piedra de la que ya hemos visto las pasadas semanas muchos e interesantes ejemplos, se ciñe en los pequeños lugares a representaciones sencillas, pero que intentan ser elocuentes, utilizando elementos simbólicos que, procedentes del remoto “paganismo” son explicados por el cristianismo con suficiencia.

Esta pila, que mide 80 cms. de diámetro y 84 de altura, tiene un pedestal muy singular, muy poco visto. Se sustenta sobre cinco columnas cilíndricas, siendo más ancha la central, y las cuatro laterales más finas, formando entre todas ellas un pedestal sobre el que apoya la copa. Su decoración muestra a todo lo largo de su circunferencia un doble nivel. El inferior está formado por gallones poco resaltados, y el superior, inconcluso, muestra una serie de imágenes que ahora describo. El primero en estudiarla, conviene decirlo, ha sido Ezequiel Jimemo Martínez1 en la Enciclopedia del Románico de Guadalajara.

Vemos de entrada una pareja de aves, cada una mirando en distinto sentido. Son cigüeñas estas aves, porque tienen un cuerpo levemente estilizado, alargado, y un pico muy alargado. Una de ellas, está luchando con dos animales que son, sin duda, serpientes, porque no tienen extremidades, se recubren de escamas, y acaban en retorcidas colas. La otra, está picando una flor alta, grande como ella, que podría incluso ser representación de un árbol. Su copa tiene como cuatro grandes pétalos o partes simétricas.

A estos elementos zoomórficos, le siguen tallas muy limpiamente tratadas de tres estrellas o flores con seis pétalos, cada una de ellas incrustada o enmarcada en un círculo individual. A esas tres flores enmarcadas, de seis pétalos cada una, le sigue la talla de otro animal, que se muestra con cuatro patas, larga cola y amplio hocico, y que podría tratarse, a pesar de la rudimentaria y escueta traza que muestra, de un caballo. Luego, nada: la superficie que resta de la pila está sin tallar, dando la sensación de que el escultor se fue, se murió, o dejó de cobrar… el caso es que esta secuencia de imágenes, que ahora vamos a tratar de interpretar, queda un tanto incompleta, dejándonos una dificultad añadida por no saber cómo y con qué se completaría el todo de la pila. En cualquier caso, una pieza de arte románico que merece visitarse y admirarse.

En cuanto al significado iconográfico de la cenefa alta de este elemento, podría pensarse en una psicomaquia o lucha de las dos fuerzas entre las que se mueve el hombre: entre el Bien y el Mal. Las cigüeñas fueron tenidas por la tradición cristiana, desde sus orígenes, como animales representativos de la bondad y la virtud, pues se considera que son monógamas, e incluso se les añadió la característica de ser castas. Mientras que las serpientes fueron consideradas, también desde la Biblia, como animales impuros, malignos, peligrosos, representantes del Demonio. De ahí que a María virgen se la representa aplastando a la serpiente que se supone que fue la que, en el Paraíso, sugirió a Eva que tomase la manzana del árbol sagrado, y se la diera a comer a Adán, constituyendo así el primer pecado, origen de todos. Sería Satán quien propuso esa actitud transformado en serpiente. Cigüeñas contra serpientes. Los primeros padres de la Iglesia utilizan la cigüeña como animal que simboliza a Cristo. La serpiente representando al Demonio es todavía más antigua. Está clara aquí esa lucha, en el aspecto simbólico, el duelo entre el Cielo y la Tierra, o incluso la pelea del mundo celeste contra el submundo, la luz contra la oscuridad, etc…  El Diccionario de los Símbolos de Cirlot, nos ofrece la representación de la “Gran Sabiduría” como una pareja de cigüeñas enfrentadas por sus picos, y enmarcadas por un círculo que forma una serpiente. Aquí en Esplegares se escenifica esta tradición tan antigua y repetida, pero con unas características de ruralidad, de simplismo, que asombran. Muy similares a las escenas talladas en el ábside de la iglesia de San Román en Torresmudas (Salamanca), pareciendo ambas extraidas de otras psicomaquias de cigüeñas y serpientes en el Beato de Liébana.

No olvidemos que solo es una cigüeña la que lucha con las serpientes. La otra está dedicada a picotear un árbol, imagen de Lo Sagrado en la simbología ancestral, precristiana: los árboles son los transmisores al exterior de la fuerza de la Tierra, son los tótemes de muchas culturas antiguas (la encina para los celtas) y siempre han servido para ilustrar y comprender la fuerza regenerativa de la Naturaleza. Toma la cigüeña su fuerza y su virtud del árbol.

Las estrellas que siguen, tres iguales,  son como flores de seis pétalos (o de 3 + 3 pétalos, que es el conjunto perfecto de los números, según lo consideraban los griegos, porque manifiesta un equilibro). El escultor, obedeciendo al redactor del programa de la pila, no hace sino plasmar esas ideas que son tenidas por sublimes en la época románica, como aspiraciones a lo bueno, a la Vida Eterna, a la perfección humana. Con toda seguridad que, cada domingo, el sacerdote de Esplegares explicaría a sus feligreses estas ideas, basamenta del cristianismo, mostrando lo que el escultor ignoto había hecho. Y, por desgracia, no había terminado…

Las pilas de Atienza, fuentes de vida

De las muchas pilas bautismales que encontramos por las pequeñas iglesias de la provincia de Guadalajara, unas cuantas son muy parecidas, hasta el punto de que probablemente se tallaron al mismo tiempo, y por el mismo autor o el mismo taller, localizado en la villa de Atienza, donde hoy aún, en sus iglesias y museos, podemos verlas3.

El viajero de hoy puede admirar el arte románico en seis iglesias de Atienza, las que quedan de aquellas 14 que llegó a haber en la Baja Edad Media. Y en cuatro de ellas, y como por milagro, han pervivido sus pilas bautismales, que aquí recuerdo porque merecen ser admiradas.

En la iglesia de San Gil, que es ahora Museo de Arte Antiguo (el primero que fue creado en Atienza a instancias de su incansable párroco don Agustín González) a los pies de la nave aparece una pila de 96 cms. de alto por 112 de diámetro de la copa. Con un pedestal estriado, y decorada a base de arcos de medio punto separados por gruesas columnas dobles, vemos cómo estos arcos se cobijan bajo una pequeña chambrana que parece estar formada de perlas pequeñas, o de diminutas puntas de diamante, a imitación de las que aparecen en las portadas de los templos. Sobre estos arquitos, va un filete en cuyo borde vuelven a aparecer las puntas talladas de diamante (dientes de sierra, o dientes de león que otros llaman). Forma parte del museo de San Gil, y es expresión de la función primera que tuvo, la de cristianar a la gente, administrando ese sacramento que imprime vida y sentido de comunión con los demás hermanos.

En la iglesia de la Santísima Trinidad, también convertida en Museo, se ha dejado la pila antigua en su originaria capilla, donde se acompaña de un fabuloso Calvario románico restaurado. Es de copa semiesférica y basa troncopiramidal estriada en su superficie. De 102 cms. de alto y 109 de diámetro de la copa, en esta vemos tallados una serie de arcos de medio punto que la recorren por completo. Estos arcos se unen en sus fustes y llegan hasta el nudo de la basamenta de la pila. Tiene además un ribete por su extradós, a modo de chambrana, con finas labras que semejan mínimas puntas de diamante como las que presentan las portadas de los templos. En el brocal se ve un tallado de puntas de diamante más grandes. Todos los arcos van unidos en sus fustes. Como se puede apreciar, a nada que se piensen en lo leído, las pilas de San Gil y la Santísima Trinidad son prácticamente iguales. La de este templo añade un detalle, como son pequeñas cruces talladas entre las arcadas. Es sin duda obra de la segunda mitad del siglo XII o principios del XIII, y como se verá por las descripciones que siguen, todas ellas fueron hechas en la misma época y por el mismo grupo de tallistas.

En la iglesia de San Bartolomé, el tercero de los actuales museos de arte que ofrece Atienza, hay otra pila, aparcada en un lateral del mismo, con unas dimensiones parecidas a las anteriores: 83 cms. de altura y 113 cms. de diámetro de la copa. Su base es también troncopiramidal, estriada. Y en la superficie aparecen, una vez más, los anchos arcos, con su extradós decorado de pequeñas bolas simulando puntas de diamante, que también aparecen decorando el borde de la pila. Cualquiera diría que las tres pilas fueron hechas en serie. Los arquitos de esta apoyan sobre columnas, pareadas, que van muy en relieve, por lo que ofrecen sombras pronunciadas, dándole un mayor sabor románico a esta pila.

Y finalmente comento la pila de Santa María del Rey. Ahora salvada y limpia, esta pila estuvo muchos años, como el templo todo, bajo los escombros de una progresiva ruina. Es más pobre (quizás más antigua) que las anteriormente descritas. Aunque esta iglesia, bajo el castillo directamente, fue la que presidía un barrio denso de habitantes y cuajado de palacios y casas de ricos recueros. De menor tamaño también, y de las primeras décadas del siglo XIII. En todo caso, también lleva tallados una sucesión de arcos que se suceden sobre incisiones que forman gruesos gallones. Su borde es liso, y, como digo, impresiona de mayor sencillez y antigüedad que las anteriores.

Quizás el lector se habrá dado cuenta, al describir estas cuatro pilas atencinas, que tanta similitud guardan entre sí, que aparece en ellas un elemento decorativo común, también muy frecuente en otras pilas y límites de puertas y ventanas románicos. Se trata de la decoración en zig-zag, llamada de “diente de sierra” o “diente de león”, que como puntas de diamante alineadas van surgiendo en los bordes de puertas, y en las cenefas de las pilas. Aunque se tomó como un signo de fecundidad, lo más certero es aplicarle el significado de agua sagrada, de agua bautismal, “fons vitae” o fluído procedente de la las fuentes del Paraíso, eje de vida espiritual. Incluso en algunas pilas castellanas, como la de Fresneda de la Sierra o Barbadillo de los Herreros, en la cuenca del Duero, hay inscripciones en los bordes de la pila que confirman este sentido. Era obligado, al hablar de pilas, comentar este elemento iconográfico, que a pesar de su simple y rudo geometrismo, está dictando también su sentido trascendente.

NOTAS

1 Enciclopedia del Románico de Guadalajara, Tomo I, páginas 415-416. Edición de Fundación Santa María la Real, Madrid, 2009.
2 Enciclopedia del Románico de Guadalajara, Tomo II, página 790. Edición de Fundación Santa María la Real, Madrid, 2009.
3 Antonio Herrera Casado, “Pilas románicas de Atienza” en “Nueva Alcarria”, 11 marzo 2011.