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Los Romanos invaden Guadalajara

Desde hace unos días, y hasta primeros de febrero de 2014, está expuesta en las salas bajas del palacio del Infantado la exposición “La Romanización de Guadalajara”, una didáctica muestra que nos ofrece clara visión de nuestro proceso histórico más antiguo, más genuino: el momento (largo, de siglos) en el que la población autóctona de nuestro territorio (Alcarria ahora, y Campiña, más la Sierra y el enclave molinés) recibe la invasión de un pueblo fuerte y moderno: la República de Roma, y sus ejércitos, tomando el control militar primero, y social y cultural después.

En muchos países de América, se sigue inculcando el odio a España, y a los españoles, diciendo que hace cinco siglos llegaron allí a matar aborígenes y a llevarse el oro de sus minas. Todos sabéis que eso es falso, que los españoles dejaron tal reguero cultural y tan grande aporte de mejoras, que hoy América es lo que es por lo mucho que llevaron los españoles, y los portugueses, desde la Península Ibérica. Entre otras cosas el idioma.

Hace mucho más tiempo, más de dos mil años, ocurrió una cosa similar en el Mediterráneo: los romanos, sus próceres, y sus ejércitos, pero también sus colonizadores, sus escritores, poetas e historiadores, llegaron a la península, a Hispania, y la entregaron su idioma, su Derecho, sus costumbres y su cultura. De ella vivimos ¿A alguien se le ocurriría hoy despotricar contra los romanos? ¿Fueron invasores? ¿Nos robaron algo nuestro? Yo creo, sinceramente, que no: nos aportaron la cultura en la que hoy vivimos, modulada luego por el genio propiamente hispano, que quedó vivo desde el ADN de aquellos celtíberos y carpetanos a los que podríamos considerar nuestros ancestros raciales.

Los pueblos autóctonos

Esta historia, repartida por el suelo y las paredes de cuatro grandes salas, es la que nos muestra estos días el Museo de Guadalajara a través de su exposición “La Romanización en Guadalajara”. Magnífico trabajo que ha sido comisariado por Emilio Gamo, María Luisa Cerdeño y Teresa Sagardoy. En ella, a través de paneles explicativos, muy didácticos, y de piezas rescatadas de otros museos, del propio de Guadalajara y de almacenes diversos, se nos muestra la evolución de nuestro territorio en los últimos siglos antes de Cristo y los primeros de nuestra Era.

Por supuesto que se habla de los celtíberos (pobladores del norte de la actual provincia, en torno al Tajuña, al Henares, al Tajo…) y de los carpetanos, residentes de las tierras bajas de la Alcarria, y de ellos se nos muestran huellas materiales, monedas acumuladas en tesorillos, vasijas de arcilla decorada, restos de castros y de oppida… quizás sea exagerado hablar, como se hace en algunos paneles, de la “cultura celtibérica” cuando lo mejor sería hablar de las costumbres y los modos de vida de aquella gente. Su cultura, en el sentido de creación de normas y comportamientos trascendentes, era más bien escasa. Se limitaban a vivir, y a mantenerse, (con la agricultura, la ganadería, la construcción de viviendas…) y a sobrevivir (con sus ejércitos, sus armas, sus defensas…).

La llegada de los romanos

A partir del siglo II antes de Cristo, y como consecuencia de la Guerra contra el pueblo púnico de Cartago, que tenía controlado previamente amplias zonas costeras de la península ibérica (con Cartagena como lugar capitalino), los romanos penetran en la Hispania antigua. Su poder militar les permite imponerse con facilidad en todo el Sur y Levante de la Península. Las legiones de Sertorio, los ejércitos de Metelo y Pompeyo, la gloria de Escipión, fue avanzando por las tierras interiores, para pactar en un inicio, y finalmente luchar a sangre y fuego, con los celtíberos y gentes más resistentes, como los numantinos, los cántabros, y tantos otros que protagonizaron, casi hasta el mismo inicio del Imperio, las “guerras de Hispania”.

Pero, mientras esto sucedía, y sobre todo después de ello, las formas de vida, de organización del territorio, de la administración de justicia, del comercio, de las construcciones públicas… vías, acueductos, villae, mercados, etc iba tomando consistencia. Y la Hispania Citerior, luego llamada provincia tarraconense, con sus conventus o distritos, fue la estructura en la que quedó nuestra tierra incluida. A las tierras de Guadalajara las pusieron bajo los controles del tres conventus: el cesaraugustanus (con cabeza en Zaragoza), el Cluniensis (regido desde Clunia, o Coruña del Conde) y el cartaginense (son sede en Cartagena).

En nuestra tierra la presencia romana se manifestó de mil formas. Eso es lo que vemos, panel por panel y pieza por pieza, en esta gran exposición. Sus comisarios u organizadores, que se conocen al dedillo esa “huella romana” de la que tan orgullosos deberíamos estar, nos proponen imágenes aéreas de excavaciones en Luzaga, Gárgoles, Recópolis o Yunquera. En esos lugares han aparecido suelos cubiertos de mosaicos, termas enormes, palacios aniguos y necrópolis de inhumación. Del subsuelo se han extraido teselas, piezas decorativas de hierro, monedas con las efigies de los cónsules y emperadores, y adornos, esqueletos y sobre todo cerámicas, de las que, como las “terra sigilata” que se exponen esta muestra, hay preciosos ejemplares.

En la sala grande del palacio, donde los techos decorados por Cincinato nos hablan de las batallas de los Mendoza, es ahora el suelo el que recaba nuestra atención, con esa composición impresionante del pavimento de la villa de Gárgoles de Abajo, que hace años –muchos ya- excavaran Jorge Sánchez-Lafuente y Dimas Fernández-Galiano, a quienes, especialmente a este último, tanto debe la arqueología alcarreña, y especialmente la del mundo romano. Es justo recordarle aquí.

Huellas del imperio

Sigo pensando, según recorro esta exposición absolutamente recomendable, que hace 20 siglos los romanos pusieron las bases de nuestro modo de vida y, aunque lo hicieran a través de esos elementos viejos (piedras desgastadas, fragmentos de columnas, pequeños restos de platos y vasijas…) todavía palpamos lo que  de ellos queda: la organización de las ciudades, el sentido de la comunicación remota, la fuerza de un idioma culto y sabio (el latín, que era más que un idioma, era una cultura por sí mismo, algo que deberíamos seguir conociendo y admirando) y el derecho sobre el que aún se basan las relaciones humanas de hoy mismo, en todo el mundo.

Mirando las vitrinas de esta muestra evocamos el pasado  de hace veinte siglos a través de esa galería de monedas (oro, plata, cobre) con las imágenes desgastadas de cónsules, procónsules, emperadores y dioses, procedentes de las cecas de Calagurris, de Roma, de Segobriga o de Clunia. Hay alusiones a Sigüenza en algunas de las piezas, de Recópolis y el Tajo, al valle del Henares en toda su extensión (Santas Gracias, Alovera, la misma Arriaca) y a esa Caraca que parece ahora identificarse con el cerro de la Virgen en Driebes, de donde proceden algunas monedas y muchas alusiones documentales. Echo en falta (quizás se me ha pasado de largo y sí que la hay, como debiera) alguna alusión al gran acueducto de Zaorejas, una de las más impresionantes obras de romanos en nuestra provincia. Pero en cualquier caso, y dado lo amplio del tema, estos especialistas que han trabajado durante meses preparando a conciencia esta muestra imprescindible de ver (Gamo, Cerdeño y Sagardoy) merecen todo nuestro aplauso.

El Catálogo de la exposición

Recomiendo que, por solo 8 euros que es lo que cuesta (a la venta en “La Tienda de Sonia” del propio Museo de Guadalajara), el visitante adquiera el Catálogo de la Exposición, que es breve, se lee cómodamente, y en él aparece todo el texto de los paneles, y muchas imágenes en forma de mapas, croquis, más el catálogo a color de las piezas más bonitas. Un libro recomendable que, -lástima…- una vez más vemos que ha sido hecho fuera de Guadalajara, en editorial e imprenta foráneas, de Madrid… ¿es que no hay en Guadalajara empresas de este tipo que puedan hacerlo igual, o mejor? Hubiera sido perfecto que ese Catálogo hubiera nacido de entre quienes aquí, veinte siglos después de la llegada de los romanos, saben de tórculos y tipografías.

Animación en el Museo

En el contexto de la exposición, el Museo ha organizado unas Jornadas que pretenden explicar el proceso de conquista y aculturación que emprendieron los romanos en nuestra provincia. Estas Jornadas han tenido lugar el viernes 22 de noviembre y el sábado 23 poniendo en esena “Celtíberos y romanos: dos culturas enfrentadas”, una recreación a cargo del grupo de reconstrucción histórica de la Asociación Cultural Celtibérica “Tierraquemada” de Numancia-Garray (Soria), y se siguió con el monólogo teatralizado a cargo de Galápagos Teatro Cálido, “Cayo, ingeniero romano de Calagurris”, en el Salón de Actos del Museo.

Una forma moderna y muy didáctica de ver ese periodo histórico lejano y apasionante siempre: a través de Cayo, un novelado ingeniero romano que dirige la construcción de toda la infraestructura hidráulica de la ciudad de Calagurris (actual Calahorra), nos acercamos a la Hispania romana, ya concluido el proceso de romanización, y conocemos la vida de nuestros antepasados. Para completar la información sobre nuevos actos y sobre la exposición, se puede mandar una petición por correo electrónico a la dirección museo-guadalajara@jccm.es

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