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noviembre, 2013:

Los Romanos invaden Guadalajara

Desde hace unos días, y hasta primeros de febrero de 2014, está expuesta en las salas bajas del palacio del Infantado la exposición “La Romanización de Guadalajara”, una didáctica muestra que nos ofrece clara visión de nuestro proceso histórico más antiguo, más genuino: el momento (largo, de siglos) en el que la población autóctona de nuestro territorio (Alcarria ahora, y Campiña, más la Sierra y el enclave molinés) recibe la invasión de un pueblo fuerte y moderno: la República de Roma, y sus ejércitos, tomando el control militar primero, y social y cultural después.

En muchos países de América, se sigue inculcando el odio a España, y a los españoles, diciendo que hace cinco siglos llegaron allí a matar aborígenes y a llevarse el oro de sus minas. Todos sabéis que eso es falso, que los españoles dejaron tal reguero cultural y tan grande aporte de mejoras, que hoy América es lo que es por lo mucho que llevaron los españoles, y los portugueses, desde la Península Ibérica. Entre otras cosas el idioma.

Hace mucho más tiempo, más de dos mil años, ocurrió una cosa similar en el Mediterráneo: los romanos, sus próceres, y sus ejércitos, pero también sus colonizadores, sus escritores, poetas e historiadores, llegaron a la península, a Hispania, y la entregaron su idioma, su Derecho, sus costumbres y su cultura. De ella vivimos ¿A alguien se le ocurriría hoy despotricar contra los romanos? ¿Fueron invasores? ¿Nos robaron algo nuestro? Yo creo, sinceramente, que no: nos aportaron la cultura en la que hoy vivimos, modulada luego por el genio propiamente hispano, que quedó vivo desde el ADN de aquellos celtíberos y carpetanos a los que podríamos considerar nuestros ancestros raciales.

Los pueblos autóctonos

Esta historia, repartida por el suelo y las paredes de cuatro grandes salas, es la que nos muestra estos días el Museo de Guadalajara a través de su exposición “La Romanización en Guadalajara”. Magnífico trabajo que ha sido comisariado por Emilio Gamo, María Luisa Cerdeño y Teresa Sagardoy. En ella, a través de paneles explicativos, muy didácticos, y de piezas rescatadas de otros museos, del propio de Guadalajara y de almacenes diversos, se nos muestra la evolución de nuestro territorio en los últimos siglos antes de Cristo y los primeros de nuestra Era.

Por supuesto que se habla de los celtíberos (pobladores del norte de la actual provincia, en torno al Tajuña, al Henares, al Tajo…) y de los carpetanos, residentes de las tierras bajas de la Alcarria, y de ellos se nos muestran huellas materiales, monedas acumuladas en tesorillos, vasijas de arcilla decorada, restos de castros y de oppida… quizás sea exagerado hablar, como se hace en algunos paneles, de la “cultura celtibérica” cuando lo mejor sería hablar de las costumbres y los modos de vida de aquella gente. Su cultura, en el sentido de creación de normas y comportamientos trascendentes, era más bien escasa. Se limitaban a vivir, y a mantenerse, (con la agricultura, la ganadería, la construcción de viviendas…) y a sobrevivir (con sus ejércitos, sus armas, sus defensas…).

La llegada de los romanos

A partir del siglo II antes de Cristo, y como consecuencia de la Guerra contra el pueblo púnico de Cartago, que tenía controlado previamente amplias zonas costeras de la península ibérica (con Cartagena como lugar capitalino), los romanos penetran en la Hispania antigua. Su poder militar les permite imponerse con facilidad en todo el Sur y Levante de la Península. Las legiones de Sertorio, los ejércitos de Metelo y Pompeyo, la gloria de Escipión, fue avanzando por las tierras interiores, para pactar en un inicio, y finalmente luchar a sangre y fuego, con los celtíberos y gentes más resistentes, como los numantinos, los cántabros, y tantos otros que protagonizaron, casi hasta el mismo inicio del Imperio, las “guerras de Hispania”.

Pero, mientras esto sucedía, y sobre todo después de ello, las formas de vida, de organización del territorio, de la administración de justicia, del comercio, de las construcciones públicas… vías, acueductos, villae, mercados, etc iba tomando consistencia. Y la Hispania Citerior, luego llamada provincia tarraconense, con sus conventus o distritos, fue la estructura en la que quedó nuestra tierra incluida. A las tierras de Guadalajara las pusieron bajo los controles del tres conventus: el cesaraugustanus (con cabeza en Zaragoza), el Cluniensis (regido desde Clunia, o Coruña del Conde) y el cartaginense (son sede en Cartagena).

En nuestra tierra la presencia romana se manifestó de mil formas. Eso es lo que vemos, panel por panel y pieza por pieza, en esta gran exposición. Sus comisarios u organizadores, que se conocen al dedillo esa “huella romana” de la que tan orgullosos deberíamos estar, nos proponen imágenes aéreas de excavaciones en Luzaga, Gárgoles, Recópolis o Yunquera. En esos lugares han aparecido suelos cubiertos de mosaicos, termas enormes, palacios aniguos y necrópolis de inhumación. Del subsuelo se han extraido teselas, piezas decorativas de hierro, monedas con las efigies de los cónsules y emperadores, y adornos, esqueletos y sobre todo cerámicas, de las que, como las “terra sigilata” que se exponen esta muestra, hay preciosos ejemplares.

En la sala grande del palacio, donde los techos decorados por Cincinato nos hablan de las batallas de los Mendoza, es ahora el suelo el que recaba nuestra atención, con esa composición impresionante del pavimento de la villa de Gárgoles de Abajo, que hace años –muchos ya- excavaran Jorge Sánchez-Lafuente y Dimas Fernández-Galiano, a quienes, especialmente a este último, tanto debe la arqueología alcarreña, y especialmente la del mundo romano. Es justo recordarle aquí.

Huellas del imperio

Sigo pensando, según recorro esta exposición absolutamente recomendable, que hace 20 siglos los romanos pusieron las bases de nuestro modo de vida y, aunque lo hicieran a través de esos elementos viejos (piedras desgastadas, fragmentos de columnas, pequeños restos de platos y vasijas…) todavía palpamos lo que  de ellos queda: la organización de las ciudades, el sentido de la comunicación remota, la fuerza de un idioma culto y sabio (el latín, que era más que un idioma, era una cultura por sí mismo, algo que deberíamos seguir conociendo y admirando) y el derecho sobre el que aún se basan las relaciones humanas de hoy mismo, en todo el mundo.

Mirando las vitrinas de esta muestra evocamos el pasado  de hace veinte siglos a través de esa galería de monedas (oro, plata, cobre) con las imágenes desgastadas de cónsules, procónsules, emperadores y dioses, procedentes de las cecas de Calagurris, de Roma, de Segobriga o de Clunia. Hay alusiones a Sigüenza en algunas de las piezas, de Recópolis y el Tajo, al valle del Henares en toda su extensión (Santas Gracias, Alovera, la misma Arriaca) y a esa Caraca que parece ahora identificarse con el cerro de la Virgen en Driebes, de donde proceden algunas monedas y muchas alusiones documentales. Echo en falta (quizás se me ha pasado de largo y sí que la hay, como debiera) alguna alusión al gran acueducto de Zaorejas, una de las más impresionantes obras de romanos en nuestra provincia. Pero en cualquier caso, y dado lo amplio del tema, estos especialistas que han trabajado durante meses preparando a conciencia esta muestra imprescindible de ver (Gamo, Cerdeño y Sagardoy) merecen todo nuestro aplauso.

El Catálogo de la exposición

Recomiendo que, por solo 8 euros que es lo que cuesta (a la venta en “La Tienda de Sonia” del propio Museo de Guadalajara), el visitante adquiera el Catálogo de la Exposición, que es breve, se lee cómodamente, y en él aparece todo el texto de los paneles, y muchas imágenes en forma de mapas, croquis, más el catálogo a color de las piezas más bonitas. Un libro recomendable que, -lástima…- una vez más vemos que ha sido hecho fuera de Guadalajara, en editorial e imprenta foráneas, de Madrid… ¿es que no hay en Guadalajara empresas de este tipo que puedan hacerlo igual, o mejor? Hubiera sido perfecto que ese Catálogo hubiera nacido de entre quienes aquí, veinte siglos después de la llegada de los romanos, saben de tórculos y tipografías.

Animación en el Museo

En el contexto de la exposición, el Museo ha organizado unas Jornadas que pretenden explicar el proceso de conquista y aculturación que emprendieron los romanos en nuestra provincia. Estas Jornadas han tenido lugar el viernes 22 de noviembre y el sábado 23 poniendo en esena “Celtíberos y romanos: dos culturas enfrentadas”, una recreación a cargo del grupo de reconstrucción histórica de la Asociación Cultural Celtibérica “Tierraquemada” de Numancia-Garray (Soria), y se siguió con el monólogo teatralizado a cargo de Galápagos Teatro Cálido, “Cayo, ingeniero romano de Calagurris”, en el Salón de Actos del Museo.

Una forma moderna y muy didáctica de ver ese periodo histórico lejano y apasionante siempre: a través de Cayo, un novelado ingeniero romano que dirige la construcción de toda la infraestructura hidráulica de la ciudad de Calagurris (actual Calahorra), nos acercamos a la Hispania romana, ya concluido el proceso de romanización, y conocemos la vida de nuestros antepasados. Para completar la información sobre nuevos actos y sobre la exposición, se puede mandar una petición por correo electrónico a la dirección museo-guadalajara@jccm.es

Santiago de Sigüenza: un románico que renace

Dedicamos hoy un espacio a la visita de uno de los mayores y mejores templos de la medieval ciudad de Sigüenza. A la iglesia de Santiago, que desde la Guerra Civil y hasta hace muy poco, se ha mantenido en un lamentable estado de ruina y abandono, y que ahora, gracias a la iniciativa fundamentalmente de un grupo de ciudadanos, la Asociación de Amigos de la iglesia de Santiago, aunando diversas voluntades, empieza a renacer.

El edificio románico

En la calle mayor del burgo, muy empinada, que asciende desde la Plaza Mayor al castillo, surge la gran portada románica de este antiguo templo, mandado erigir como parroquia de la Sigüenza fortificada por el obispo don Martín de Finojosa, en los últimos años de la segunda mitad del siglo XII. Esa portada que se nos aparece como muy similar a las que hemos podido ver en el muro occidental, el mayor, de la catedral, y como la que luego quizás veamos de San Vicente, consta de un gran arco abocinado, decorado con seis arquivoltas ocupadas por entrelazos y temas vegetales. Esos arcos apoyan sobre una imposta que corre por encima de la línea de capiteles, todos decorados con hojas de acanto, y rematando a seis columnillas en cada lado, más el pilar que escolta el vano de entrada. Hay en cada lado tres columnas gruesas y otras tres delgadas, confiriéndole esa variedad alternante un nivel de atractivo diseño. En el tímpano hay un relieve de Santiago, en busto renacentista. Y encima de la fachada, un escudo del obispo don Fadrique, que reformó el templo. Esta fachada se remata con frontón triangular en cuya base asienta una línea de canecillos de piedra arenisca, ya muy desgastados.

Una vez en el interior del templo, vemos que solo existe un espacio, inmenso, solemne, que nos retrotrae con facilidad a los medievales siglos en que fue construida y sirvió para el culto de la gran ciudad de Sigüenza. Tiene seis tramos, con un coro a los pies, y la cabecera o presbiterio que se forma de un espacio cuadrangular con planta rectangular. Se cubre este ábside con crucería de sillar, descansando los nervios sobre haces de columnas situadas en las esquinas. Aquí como en el resto del templo, los capiteles que rematan las columnas son simples, de hojas de acanto, muy limpiamente tallados, pero sin atisbo de temas antropomorfos: el aire del Císter ronda en cada metro cuadrado. El primitivo ámbito de la cabecera ofrece hasta cuatro nichos cobijados por arcos de medio punto. El de la izquierda da paso a la escalera que sube a la torre. Los otros debieron servir como altares o espacios de auxilio al culto. También posee ventanales, tres en total, muy estrechos de luz los laterales, aspillerados, y más amplio y luminoso el central, que se refleja al exterior en un conjunto de columnas y arquivoltas muy complejo, de estupenda visión desde el barranco posterior.

Al parecer, bajo el pavimento del presbiterio existe una cripta, que serviría como albergue devoto de imágenes y enterramientos.

Este templo sirvió de lugar ritual para el anejo convento de monjas clarisas que en el siglo XVI se instaló, a costa de la familia Villanuño. Fueron sus primeras habitadoras doña María y doña Catalina, las beatas de Villanuño, y el convento quedó fundado en 1522. Después de la guerra de 1936‑39 se trasladó al edificio contiguo de Ntrª Srª de los Huertos, en la Alameda, quedando la iglesia y el convento en ruinas, pero que ahora, al menos el templo, comienza a sacar cuello, y a dirigirse lentamente pero con seguridad hacia tiempos mejores de rehabilitación y restauración. Yo así lo creo.

La profesora de la Universidad Complutense de Madrid, doña Marta Poza Yagüe, dio este verano, en el recinto del templo, una conferencia de la que me han informado terceras personas, porque yo no estaba entonces por estos pagos. La tituló «Santiago de Sigüenza: una iglesia en la encrucijada entre el románico y el gótico», y en ella marcó unas líneas maestras sobre las que ahora se esbozará su definitiva historia y, sobre todo, su restauración, que está dirigida por la arquitecta de Guadalajara doña Elena Guijarro, que además es en estos momentos presidenta del Colegio de Arquitectos de nuestra provincia.

En esa charla, la profesora Poza indicaba que la construcción de Santiago corresponde a los últimos años del siglo XII, siendo obispo de Sigüenza Martín de Finojosa, y su fábrica se concluiría en todo caso antes de 1220, cuando en Castilla gobernaba el rey Alfonso VIII, y el sobrino del anterior obispo, ahora llamado don Gonzalo, regía la diócesis.

Apuntaba también que, por las dimensiones singulares y su amplitud pasmosa, la iglesia de Santiago sirvió en sus primeros momentos, años y décadas, como lugar de celebración de los concejos abiertos de la ciudad. Siempre a cubierto de las inclemencias, que en Sigüenza son muchas, y sin poder hacer delante del templo una galería porticada porque estaba, ya entonces, en plena calle mayor, en la subida desde la catedral hasta el castillo.

La tarea de recuperación

Para que no siga por más tiempo la iglesia de Santiago de Sigüenza incluida en todos los catálogos de “patrimonio desaparecido”, “patrimonio en peligro” y “lista roja del patrimonio abandonado”, hace poco más de un año se creó en la ciudad del Doncel, a instancias de un reducido grupo de amantes de la ciudad, una asociación que perseguía defender y rescatar este templo. La “Asociación de  Amigos de la iglesia de Santiago”. Su actividad, aparte de la meramente cultural, ocupando el espacio con conferencias, exposiciones, conciertos y encuentros, se ha centrado en establecer las bases de la continuidad en la restauración del edificio, para se haga poco a poco, pero sin cortes prolongados.

En ese sentido, el 26 de octubre de 2012 se procedió a la firma del convenio entre el Alcalde de Sigüenza y el Deán del Cabildo Catedralicio, con la presencia del Obispo y la participación de la arquitecta restauradora y de la cronista oficial seguntina. La idea es, también, que el espacio se convierta en un gran museo o Centro de Interpretación del Románico de Guadalajara. Estaba previsto hacer este Centro en el plan del Románico que la Junta de Comunidades elaboró en 2009, pero que las circunstancias críticas y la falta de fondos lo han detenido. Tendrá que esperar.

Una de las más activas promotoras de esta empresa es la Cronista de la Ciudad de Sigüenza, la profesora doña María Pilar Martínez Taboada, que me ha proporcionado parte de la información que constituyen estas líneas. Así, ella es la creadora de la idea del proyecto de micromecenazgo “Apadrina un sillar”, que a través de un sistema de crowfunding o recaudación de cantidades pequeñas, conseguirá reunir lo necesario para seguir las obras de restauración, y compensar a los donantes con la grabación de su nombre en uno de los sillares de la iglesia recobrada. Esta idea, que en los Estados Unidos se inició hace muchos años, va cuajando entre nosotros, y, a todos los niveles (desde los grandes bancos, con sumas importantes, a los ciudadanos de a pie con su billete de 50 euros) se consigue mejorar y plasmar en una obra comunitaria la generosidad de todos. La obligada e imprescindible colaboración, porque estas cosas no pueden dejarse al albur de que las autoridades, año sí año no, incluyan cantidades de los presupuestos para seguir con las obras: la experiencia nos dice que muchas veces, y más en épocas de profundas crisis como la actual, se olvidan y al final se pierde todo lo que se ha invertido anteriormente.

Me decía hacer poco Martínez Taboada que “desde el primer momento en que nació la Asociación de Amigos de la Iglesia de Santiago, lo hizo para gestionar su rehabilitación y para organizar todos los actos posibles para recaudar fondos para convertirla en Centro de Interpretación del Románico. Conociendo el deseo de muchos seguntinos de entrara ver por dentro la iglesia que había permanecido cerrada durante tantos años, pensamos que una manera de implicar a todos en nuestro proyecto era pedir a cada uno de los que quisiesen visitarla un euro. Nuestra sorpresa fue grande cuando nos dimos cuenta de que mucha gente se quedaba en el umbral y no pasaba simplemente porque se les exigía ese pago para hacerlo”. A veces la imposición retrae, asusta, pienso yo. Y por eso sigue Pilar Martínez diciéndome que “decidimos entonces dejar la entrada libre y confiar en la buena voluntad de quienes entrasen a verla. Y fue un acierto, pues una vez que conocían la iglesia y nuestro voluntarios les explicaban el proyecto de rehabilitación la mayoría dejaba un donativo mayor y se marchaba con la idea de volver para ver si el proyecto se había llevado a cabo”.

Si ahora con el proyecto de micromecenazgo, a las cantidades donadas se añade el mérito de figurar inscrito el nombre del donante en un sillar, la tarea llegará a su culminación con toda seguridad, y su visión, una vez acabada será singular y única: un templo en el que todas sus piedras, los miles de piedras que forman sus muros, llevan inscritos los nombres de quienes aportaron su donativo. El deseo de todos, de permanecer en el recuerdo de quienes lo vean cuando ya no estemos, es sin duda un motor poderoso.

Finalmente, y en apoyo de esta iniciativa, que promociona la Asociación allá donde puede, la profesora Martínez Taboada me explica que “este proyecto tendrá varias fases: en la primera los sillares que se pueden apadrinar son los llamados «sillares tipo», y por ello no nos hemos impuesto un tiempo concreto para recaudar el dinero y hemos utilizado la formula del ingreso directo de dichas aportaciones en las cuentas de la Asociación.” El segundo paso vendrá después, y así continúa “en fases posteriores, cuando los sillares o piezas a restaurar sean especiales, y se precise una mano de obra especializada, el sistema de recaudación será el mas clásico de los usados en los proyectos de Crownfunding. Lanzar una campaña rápida a través de  internet, avalada por una entidad de prestigio, que en nuestro caso será Hispania Nostra, en la que cada uno se comprometa a pagar una cantidad concreta que solo será retirada de sus cuentas cuando se alcance el coste total del proyecto”.

El castillo medieval de Brihuega

El arco de Cozagon daba entrada a la villa de Brihuega desde el camino de Toledo

De las muchas estampas que muestra, -singulares y espectaculares- la provincia de Guadalajara, una de las que siempre nos ha llamado la atención es la de la villa de Brihuega encaramada en su rojiza atalaya, la “Peña Bermeja” de los antiguos, asomada sobre el valle del Tajuña, ancho y cuajado de arboledas que en este otoño se muestran doradas y cambiantes, en gloria diaria de brillos. Vamos a llegar a Brihuega, y vamos a visitar su atalaya máxima, el castillo que fue de los obispos toledanos.

Lo primero que traigo a este glosario de los pétreos vigilantes son los paseos umbrosos, las cuestudas calles y las plazas luminosas que acaban siempre bajo un elemento muy significativo, la puerta de Cozagón, Y en las manos un reciente artículo, documentado y muy técnico, pero a mi entender definitivo, que ha escrito María Magdalena Merlos Romero, en el número 126 de la Revista “Castillos de España”, bajo el título “El castillo de los arzobispos de Toledo de Brihuega: antecedentes islámicos”, que fecha con precisión en los siglos IX al XI su construcción islámica, con datos certeros de sus detalles y evolución.

Memoria del castillo de Brihuega

A la fortaleza medieval de la villa de Bri­huega llaman el castillo de la Peña Bermeja, porque tiene su basamenta sobre un roquedal de tono rojizo, muy erosionado y socavado de pequeñas grutas y anfractuosidades que acentúan su carácter legendario, en el que se sitúa la tradición piadosa de la aparición de la Virgen de la Peña, patrona de la villa, que toma su nombre de ese mismo roquedal, siendo una más de las advocaciones marianas españolas en las que lo castrense y lo religioso se entremezclan.

Por centrar la historia del edificio, cabe recordar primeramente la presencia de un castro ibérico en su entorno. Ello se ha demostrado por el hallazgo de restos cerámicos de la época celtíbera, contando además con la presencia de restos romanos y monedas visigo­das encontradas en la vega del río y en las laderas del monte en que asienta la villa.

Además es seguro que los árabes tuvieron en este enclave un castillete o torreón defensivo, que en la época del reino taifa de Toledo, especialmente ya en sus últimos años, se amplió y llenó de comodidades, de tal modo que sirvió para que en él pasaran algunas temporadas el rey Almamún, y su hija la princesa Elima, más el rey de Castilla Alfonso vi cuando todavía no era sino aspirante al trono. En esa ocasión, y según refiere la Crónica de España escrita por Alfonso x el Sabio, el futuro monarca castellano recibió en donación del musulmán la villa de bryuega donde refiere que avie y buen casti­llo para contra Toledo. El historiador y arzobispo toledano, señor de la villa del Tajuña de la que aquí tratamos, la denomi­na en su De Rebus Hispaniae como “Castrum Brioca”. En la ocasión en que, tras la toma de Toledo, el año 1085, el rey castellano otorga Brihuega al arzobispo de la nueva sede, don Bernardo, le concede en señorío la villa de Brihuega, a la que se refiere como poseedora de un fuerte castillo bien situado estratégicamente. Indudablemente, los árabes fueron los constructores primeros de esta fortaleza vigilante del Tajuña, según sentencia Merlos. Y a partir de finales del siglo XI, serán los castellanos, y más concretamente los arzobis­pos toledanos, quienes aumenten y den a la fortaleza briocense el estilo y la forma en que hoy la vemos.

El rey Alfonso vi donó entera la villa de Brihuega a la mitra primada de España, en documento fechado el 15 de enero de 1086. Es esta la primera vez que aparece esta localidad nombrada en un documento. El primer arzo­bispo que poseyó a Brihuega fue don Juan, quien formó con ella un feudo amplio en el que incluía lugares de relieve, como Illescas, Alcalá de Henares y Talavera. El arzobispo que más ayudó a Bri­huega fue don Rodrigo Ximénez de Rada, quien fuera gran político e historiador que tanto ayudó al engrandecimiento de Castilla durante los reinados de Alfonso viii y Fernando iii. A él se debe la construcción de los más importantes monumentos religiosos de Brihuega, como las iglesias de San Felipe y Santa María, pudiendo añadir a la lista de sus iniciativas la de culminar el ya reconstruido castillo briocense con una capilla de corte gótico en la que tantas veces él mismo habría de celebrar los oficios religio­sos.

En este castillo que denominaron sus descendientes  palacio‑fortaleza, pasó largas temporadas don Rodrigo, entre los  años 1224 y 1239, escribiendo en él muy probablemente algunas de  sus importantes obras históricas. El fue quien redactó y otorgó el conocido Fuero de Brihuega para sus habitantes, y consiguió  del rey Enrique I, en 1215, un privilegio para celebrar feria por San Pedro y San Pablo cada año.

Menudearon las visitas reales al castillo de la Peña Bermeja, tanto de Alfonso viii como de Fernando iii y de su hijo el Rey Sabio, y en 1258 llegó a tanto la importancia de la villa y de su castillo, que sirvió de sede para clausurar uno de los  concilios toledanos que convocara el año antes el arzobispo‑infante don Sancho.

Tanto la fortaleza como la muralla completa de la villa  de Brihuega hubieron de sufrir algunos avatares guerreros de  cierta importancia. Fue uno de ellos el cerco al que en 1445 sometió a la villa el ejército del Rey de Navarra, que pretendía anexionarse esta población. Sus habitantes y el propio ejército episcopal la defendieron gallardamente, impidiendo su caída.

Todavía en 1710, ya en las postrimerías de la Guerra de Sucesión al trono de España, los austriacos del Archiduque Carlos penetra­ron en la villa y resistieron el asalto de las tropas borbónicas del futuro Felipe V, quien personalmente comandó el ejército que, finalmente, el 8 de diciembre de 1710, tomaba la población no sin antes haber causado notables desperfectos en la muralla, en sus portillos y en numerosos edificios briocenses, incluido el propio castillo, donde el general inglés Stanhope se había refugiado, siendo sacado de allí por la fuerza.

En el siglo XIX se destinó el edificio, ya notablemente arruinado, a cementerio municipal y dependencias religiosas, misión en la que sigue.

Visita al Castillo de Brihuega

La visita al castillo de Brihuega incluye, de una parte, la de la alcazaba propiamente dicha, asentada en una eminencia de la peña bermeja sobre el Tajuña. Y, de otra, la de toda la muralla que circuía a la villa, con algunas de sus más señaladas puertas de acceso.

El castillo asienta, como ya he dicho, sobre una eminencia rocosa, en el extremo sur de la población. Sobre el primitivo fortín de los árabes, se añadieron estancias en el siglo xii, de estilo románico, y posteriormente en el xiii le construyeron la capilla de tono gótico de transición. Aún en tiempos más modernos se elevó hacia levante un gran muro de contención que daba sobre la puerta de San Miguel, y que servía para contener los jardines llamados del paraíso y algunas cons­trucciones accesorias que con el tiempo se han ido derrumbando.

La visita al castillo de Brihuega se hace entrando por la puerta que existe junto a la iglesia de Santa María. Por ella accedemos al núcleo central del castillo o palacio‑fortaleza como antiguamente le llamaban sus obispos, que consta de un espacio central, el más elevado, en el que hoy  aparecen unas construcciones o amplia logia dividida en tres tramos cubiertos de bóvedas de sencilla crucería, que debieron pertenecer a salones del palacio. Delante, un amplio espacio abierto, restos de otras construcciones, sirve de cementerio. Adosado a este primitivo núcleo constructivo, existe un conjunto de edificaciones al norte, consistentes en una larga nave cubier­ta de bóveda de cañón, y que hoy se denomina y utiliza como  capilla de la Vera Cruz, a la que han abierto una sencilla puerta  de medio punto, adovelada, en el prado de Santa María, pero que  antaño solo tenía entrada desde el interior del castillo. El piso  superior de esta nave se ha reconstruido, y muestra unas ventanas de tipo románico.

Desde ese nivel superior, se accede, a través de estre­cha puerta de arco apuntado, a lo que fuera capilla del castillo, y que es hoy la pieza artística más singular que en él se conser­va. Se trata de un espacio de dimensiones cuadradas, de poco más de seis metros por cada lado, que remata en ábside semicircular, de planta poligonal, con cinco lados, de los cuales los dos primeros son continuación de los de la nave. Esta capilla, que constituye un elegante espacio de arquitectura gótica inicial, obra sin duda de los primeros años del siglo XIII, ofrece sus  cubiertas formadas por arquerías apuntadas, ojivales, y en el ábside se abren tres ventanales esbeltos y apuntados, mostrando ménsulas de decoración vegetal, y claves en las bóvedas. El muro correspondiente al fondo del ábside tuvo pinturas de estilo mudéjar, de las que aún quedan algunos restos mínimos, con deco­ración geométrica y figuras de animales.

Al exterior, esta capilla del castillo ofrece la airosa  silueta del ábside, todo él construido con buen sillar, ofrecien­do las aberturas de los ventanales con múltiples arcos reentran­tes que estrechan su luz. Remata en desbaratada terraza. Finalmente, de los edificios construidos en el ala de levante, sobre el muro que limita el castillo hacia el barranquillo de San Miguel o del Molinillo de los jerónimos, nada queda sino los mínimos restos de unos arcos góticos.

El castillo se encontraba precedido de un amplio espa­cio, por el norte y poniente, que podemos denominar como patio  de armas aunque nunca tuviera el sentido guerrero que tal denomi­nación presupone. Este espacio, completamente rodeado de murallas, ofrece hoy algunas particularidades. En su conjunto se le denomina el Prado de Santa María. Se accede a él por la llamada puerta del Juego de Pelota, estrecha, que hoy queda pegada a la Plaza de Toros y tiene adosada una construcción particular de rancio sabor castellano, la llamada Casa de los Gramáticos. También puede llegarse a este espacio a  través del arco de Santa María, abierto más modernamente en la  parte norte de este cinto amurallado, y que por la parte de la  villa ofrece una hornacina para la Virgen y un tejaroz.

Dentro de este patio de armas se alberga la magnífica iglesia gótica de transición, de Santa María de la Peña, así como las ruinas del que fuera Convento franciscano de la reforma alcantarina. Más modernamente le añadieron una Plaza de Toros. Se trata, en definitiva, de un lugar pleno de silencio, de arboledas, de jardines, cuajado de monumentales edificios, y que sirve de amurallado recinto que inicia la entrada a la fortaleza episcopal.

La muralla de la villa

Pero la villa toda de Brihuega estuvo amurallada por completo. Un par de interesantes puertas de entrada a la villa merecen también admirarse. Así, el arco de Cozagón, situado en el extremo sur de la villa, servía de entrada a la misma desde los caminos que venían, Tajuña arriba, desde Toledo. Es un gran elemento de la arquitectura civil gótica, consistente en un par de solidísimos machones de planta cuadrada, que se unen en lo alto por un apuntado arco. Un pasadizo de diez metros de largo, entre los muros de los machones, permite el acceso, cues­tudo. En lo alto, abierto espacio permitía, a manera de enorme matacán, la defensa de la entrada desde las terrazas de la puer­ta. Tiene esta una altura de 12 metros aproximadamente.

La otra puerta, ésta situada en el extremo norte de la villa, es la formada por el arco de la Cadena, más sencilla, pero también escoltada de cubo semicircular, y rematada por murete almenado. Sobre el arco de acceso, una lápida antigua recuerda el hecho bélico de la entrada de las tropas borbónicas en asalto el día 8 de diciembre de 1710. Aun existieron otras puertas en este recinto amurallado, como la de San Felipe, o la de San Miguel, ya  desaparecidas, lo mismo que otra buena parte de la cerca.

No obstante, este conjunto fortificado briocense, com­puesto por su castillo, su precedente patio de armas, y sus murallas con portaladas, constituye un ejemplo magnífico, muy completo y evocador de la arquitectura militar y el urbanismo castrense de la Edad Media castellana. En todo caso, algo que merece ser visitado y admirado.

La obra que nos dejó García de Paz

La obra capital de José Luis García de Paz

Dicho el adiós y hecha la semblanza, aunque apresurada esta y largo aquel, corresponde ahora decir cual fue la obra de García de Paz, aunque también haya de inscribirse en la órbita acelerada del día a día y tengamos que pasar por alto muchos detalles que habrá de tenerlos en cuenta, en todo caso, quien un día se enfrente a la tarea amable, pero grandiosa, de estudiarla a fondo, de transformarla en Tesis doctoral, porque da para ello.

Datos escuetos de una vida

Una biografía huérfana de batallas y avatares inciertos. Sencilla como la vida de cualquiera de nosotros, nacidos en la España triste y aburrida del franquismo, pero llena enseguida de las ilusiones de la infancia, de los anhelos de la juventud y de las ganas de alcanzar un mundo nuevo. En 1959, y en Madrid, de una familia humilde con sus raíces en la Alcarria, José Luis García de Paz vivió los años iniciales entre la capital de España y su pueblo más querido, Tendilla. Su esfuerzo le llevó a ser profesor titular de Química Física en la Universidad Autónoma de Madrid, y a firmar unos 80 trabajos de investigación sobre Química Teórica aplicada a problemas de interés en la Química Orgánica. Algo que no se lo regaló nadie, que se lo forjó con su empeño de días y noches clavando los codos y leyendo lo que otros sabios, antes, habían dicho y escrito. Eso ya es un ejemplo de esfuerzo personal, de realización, de construirse una vida útil (porque además lo que aprendió se lo enseñaba inmediatamente a los demás) y de entregarse a la sociedad, devolviéndola más de lo que le había dado. Yo sé que ahora, y poco a poco en los días y meses siguientes, centenares de químicos que fueron sus alumnos van a recordarle con el cariño y la nostalgia con que a los profesores del corazón les recuerdan sus alumnos. Esta es una página en la que pueden encontrarse algunos de los temas y estudios en que andaba metido: http://www.uam.es/personal_pdi/ciencias/depaz/depazinv.htm.

La pasión por la tierra, por su pretérito avatar, por las gentes que la poblaron y los testimonios que dejaron, le viene de un profundo humanismo nacido en las raíces de la lectura de otros autores que antes que él se habían dedicado a la indagación del pasado alcarreño.

Sus abuelas tendillanas, sus padres, sus ancestros seguros, habían nacido en diversos lugares de la Alcarria. Era de sangre y raza alcarreño, y aunque nunca aludiera a estos temas, era algo que lo sentía y militaba, aunque no lo expresara.

Se había arreglado una vieja casa en la calle soportalada de Tendilla, heredada de sus mayores, para allí relajarse, como él decía, para olvidarse del diario trajín de la Corte, de los coches, los ruidos y las prisas. Y para allí leer, seguir estudiando, escribir, concentrarse… Allí nos encontramos, y en Hontoba, y en Peñalver, y en Budia, y en Sacedón, y en las ruinas remotas de La Golosa de Berninches… allí se enamoró él de esta tierra que enamora a quien la mira despacio, a quien se fija en ella.

Un largo muestrario de libros y escritos

De ese amor por la Alcarria surgió la pasión investigadora de José Luis García de Paz en torno a los personajes, los pueblos, las viejas iglesias y las humildes fuentes de esta tierra. Su capacidad de análisis, de lectura, de búsquedas bibliográficas, de buceos en los archivos, las bibliotecas y los almacenes de libros viejos, terminó por conferirle una visión muy amplia y consistente de la historia y del ser de la Alcarria, y de Guadalajara toda. Sin esperar aplausos, ni nombramientos, ni distinciones, a cuerpo gentil se echó al monte de la búsqueda y la escritura, de dar charlas, y explicaciones y apoyos.

En este campo de la investigación y la crónica, la actividad de la gente se mide por sus publicaciones. Y así puedo decir, porque las tengo todas anotadas, en la cabeza, y en el corazón, porque todas las vivimos juntos, desde que nacieron y por su mano alcanzaron la realidad de las páginas, que sus publicaciones fueron numerosas y muy valiosas. Exactamente firmó 8 libros desde que en 2003 apareciera el primero de ellos hasta ahora mismo. No es mala media, que en diez años tan sólo José Luis García de Paz viera publicados ocho libros, algunos de ellos contundentes en páginas y otros repetidos y reeditados. Ahora toca hacer la relación y cronología de su obra, porque así se ve claramente la tendencia investigadora y los intereses del autor que ahora nos ha dejado.

El primer libro publicado por de Paz fue el “Patrimonio Desaparecido de Guadalajara (1ª edición en 2003, 2ª edición en 2011), con el que marcó su línea muy nítidamente: la recopilación de lo perdido por el arte de Guadalajara (en guerras antiguas, en guerras recientes, en abandonos y en saqueos) y el estímulo a respetar y conservar lo que queda. Ha quedado este libro como un icono, una de las esencias de la bibliografía provincial, un elemento clave para conocer e identificar los brillos y los rotos de nuestro patrimonio cultural. Se presentó en un acto, -lo viví con él, y aun lo recuerdo- desarrollado en el Salón de Actos del Campus de la Universidad de Alcalá en Guadalajara, con multitudinaria asistencia, el 23 de octubre de 2003 (quién lo iba a decir, 10 años exactos antes de enterrar al autor) y desde entonces quedó catalogado José Luis Gª de Paz como un valor seguro en el análisis de nuestros elementos patrimoniales.

En 2006, con otros autores y amigos, dio a luz el “Peñalver, memoria y saber”, una visión total de ese pueblo vecino. Él llevó el peso de la historia en esa obra, analizando hasta los más mínimos detalles del enclave alcarreño.

En 2007, la gran obra recopilatoria de los “Castillos y Fortificaciones de la provincia de Guadalajara”, su obra máxima, con más de 450 páginas de gran tamaño repletas de fichas, noticias y grabados. La edición se hizo, durante el año anterior, en formato de fascículos que nuestro periódico “Nueva Alcarria” iba entregando a sus lectores los jueves, y después, ya encuadernado, vio generar una expectación que cuajó en ventas y aplausos.

En 2008 la “Memoria gráfica de Tendilla en el siglo XX” de la que actuó como coordinador y alma mater, fue libro en que reunió fotos, artículos y querencias de todas partes. Aquí dejó García de Paz su más íntimo amor hacia la villa de su preferencia, pues conociendo a todos, pidió prestadas fotos, recuerdos y aprovechó a sacar memorias olvidadas de cosas como las riadas que de vez en cuando asolaban Tendilla, las obras en el pinar, y tantas sutilezas que confieren a la obra de un halo de intimidad y ternura.

En 2009, y acompañado de mi minúsculo aporte, vio publicado su antológico obrón “Castillos y fortalezas de la Comunidad de Madrid”, que no se llegó a presentar, y que finalmente iba a salir a luz pública en el canal alcarreño de Televisión Guadalajara la tarde del 21 de octubre de 2013, justo el día en que murió de madrugada.

Ese mismo año de 2009, para celebrar su medio siglo de vida, se publicó él mismo el ensayo “Tendilla y su feria durante la francesada”, como un ensayo breve pero enjundioso de los detalles de la vida cotidiana en la villa esos años de desgracias guerreras.

En 2012 apareció (aunque solo en formato digital sobre archivo PDF) la obra “Lista Roja del Patrimonio Arquitectónico de la Sierra de Guadalajara” que tuvo a García de Paz como colaborador especial entre la media docena de autores que firmaron la obra.

Y fue ya en este año en que estamos, en 2013, en marzo, que vió publicado el estudio definitivo, concienzudo y aplaudido de “La Feria de las Mercaderías de Tendilla”, a partir del cual el propio Ayuntamiento decidió, en un arranque que le honra, nombrarle Cronista oficial de la Villa.

Bibliografía menor

La obra de García de Paz ha quedado, sin embargo, dispersa por multitud de publicaciones periódicas, revistas, y semanarios. La más sonora de sus aportaciones a los Mendoza, que era la vena que le rebosaba por la piel, está en el libro “Los Mendoza y el mundo renacentista”, obra común promovida por la Universidad de Castilla La Mancha, y que vio la luz en 2013, a principios. En ese libro aportaba José Luis sus definitivos estudios sobre “Las mujeres Mendoza”, clave para entender esa vertiente del mundo mendocino, y una introducción a la familia alavesa que tanto tuvo que ver con el desarrollo histórico de la Alcarria. Además, sus artículos semanales en El Decano, mientras duró, y ahora en “Nueva Alcarria”. Más sus colaboraciones en “Arriaca”, “Henares al Día”, “Wad-al-Hayara”, “Cuadernos de Etnografía de la provincia de Guadalajara”, “Boletín de la Asociación de Amigos del Museo de Guadalajara”, “Atienza de los Juglares” y cualquier publicación local que le pidiera una colaboración.

Ahora al final de su trayectoria, a la que por fuerza y con trágica precisión le hemos puesto fecha (+21 Octubre 2013) nos damos cuenta de que la razón auténtica por la que tanto le queríamos quienes nos crecíamos con su amistad, era esa generosidad a la hora de cumplir con todos: dando un dato, buscándote una bibliografía, sacando de no sabe donde unas fotos, escribiendo de la noche a la mañana una completa revisión de la historia de una fiesta, de un personaje, de un lugar cualquiera, de Guadalajara toda, y aun de España. Tenía, además de lo referido cuajado en libro con ISBN y páginas numeradas, muchas otros frentes abiertos en su investigación. El año sabático que había empezado a disfrutar, y del que sólo pudo aprovechar una semana, lo había diseñado para formalizar algunos aspectos de la historia de Tendilla y de la comarca alcarreña que no estaban del todo modulados. Acudía desde principios de octubre, diariamente, por las mañanas, a la Real Academia de la Historia, y estaba dando sus primeros pasos en la Biblioteca Central de Farmacia para analizar la figura de Gustavo López, otro intelectual tendillano de principios del siglo XX, al que quería que su pueblo le rindiera el homenaje debido. Los virreyes Mendoza en América, las aportaciones patrimoniales mendocinas, etc, lo pensaba escrutar en el Archivo Central de la Nobleza, en Toledo. Todo ello se ha quedado “para otro día”, con la tristeza y el temblor de saber, a la postre, que cada vida tiene sus términos marcados, y fuera de ellos no quedan tareas pendientes. Todo es definitivo.

Adiós a un alcarreño insigne: García de Paz

Cuesta trabajo, cuando la amistad y las vivencias son grandes y dilatadas, despedir a un amigo, a un generoso contribuidor de la cultura alcarreña, que acaba de irse de forma inesperada y brusca: José Luis García de Paz, -que desde este verano era oficialmente cronista de la villa de Tendilla, pero que en el corazón llevaba ese lugar, y la Alcarria toda, desde que nació-, nos ha dejado para siempre. Las páginas que junto a esta llenaba con su saber y su investigación, no volverán a ver su firma y su rostro. Y nosotros quedaremos un poco más huérfanos, de su magisterio, de su simpatía y, sobre todo, del hondo sentido que le dio a la amistad.

Se hace duro pensar que tras 25 años de trabajo en la enseñanza universitaria, y habiendo alcanzado la difícil meta de obtener su primer año sabático, el profesor García de Paz haya fallecido en la primera semana de esta circunstancia que para muchos es meta ansiada y feliz. La muerte es siempre absurda, y a todos nos cuesta comprender su sentido, su oportunidad y implacable puntualidad. Pero hay ocasiones en que esta comprensión se hace más difícil, cuando le llega a un amigo íntimo, en una edad de plenitud, sin aviso previo.

De José Luis García de Paz se podrían decir muchas cosas, que parecen llegar alborotadas y en tropel a la boca desde el corazón. Como me salió, directo, hace unos días, solo cabe decir que fue un ciudadano ejemplar, un ciudadano al que todos deberíamos imitar. Porque en todo fue justo, y sin excesos: quería a su familia (día a día), a su pueblo (¡por fin le nombraron Cronista Oficial de Tendilla, hace dos meses!), a su provincia, a su país, a sus amigos… nunca se le oyó hablar mal de nadie ¡que ya tiene su mérito! Y siempre colaboró en cuantas tareas se le ponían, voluntarias o encargadas, por delante.

Triste momento de recordarle como algo pasado, y más difícil aún hacerse a la idea de que no va a volver a escribirme un mail con su último hallazgo, su última ocurrencia, su última y cotidiana alegría de saber algo nuevo. Momento, entonces, de hacer balance de su vida. De alentar a su esposa, María Jesús, a su hija Marta y al resto de su familia tan querida, incluida su madre, quizás la que más sufre, a que mantengamos su memoria viva, porque la huella de los que hicieron cosas positivas, de los que marcaron un camino, es la que nos anima a seguir esos pasos, y a mantenernos dentro de los bordes de esa senda.

Promotor de la Feria de Tendilla

Una de las facetas en que se distinguió García de Paz fue en la promoción y popularización de la Feria de las Mercaderías de Tendilla, pues desde el mismo momento, en 1994, en que se puso de nuevo en marcha la ancestral Feria, él apoyó la idea y la divulgó en publicaciones provinciales y nacionales, continuamente aportando datos nuevos, documentos, anuncios, fotografías, relatos y recuerdos de los más mayores. Si existe hoy esa Feria tal como es, ya declarada de Interés Turístico Regional, se debe en buena medida a su actividad.

Sabio de Mendozas

Su aportación en Internet a la divulgación del linaje Mendoza fue incansable, y pionera. Mucha gente se ha enterado de que existieron estos personajes por sus páginas que a través de la UAM colgó en Internet desde hace casi 20 años: las consultas eran numerosísimas, y los datos, la bibliografía, los retratos y las anécdotas sobre los Mendoza estaban en ese “Planeta Mendoza” que creó en http://www.uam.es/personal_pdi/ciencias/depaz/mendoza/, y que esperamos que la Universidad Autónoma de Madrid mantenga activo.

Entre las aportaciones documentales a la historia de este linaje, figura el artículo que hace unos meses apareció con su firma en el Boletín de la Asociación de Amigos del Museo de Guadalajara, y que trataba de “Las mujeres y los hijos del Cardenal Mendoza. Su legitimación” aportando la fecha de 1468 para el nacimiento del primogénito del Cardenal, el guerrero Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, primer marqués del Cenete. Pero muchas más anécdotas y aportaciones, tanto en escritos como en conferencias, nos dejó García de Paz en torno a los Mendoza alcarreños.

Hurgador de Castillos

Una de sus pasiones, fueron los castillos. Los elementos en que se había materializado la historia de Castilla. En ese sentido, la obra más importante de nuestro amigo fue la que este periódico, “Nueva Alcarria”, le publicó (primero en fascículos y luego encuadernada) sobre los «Castillos y Fortificaciones de la Provincia de Guadalajara», en 207, un enorme libro con más de 400 fichas de castillos, atalayas, castros y cerros encastrados a los que de forma increíble García de Paz llegó y analizó. Más tarde, en 2009, nos dejó otro libro encantador y ameno, útil como apoyo al viajero, y verdadero licor concentrado de historias y patrimonios: el titulado “Castillos y Fortalezas de la Comunidad de Madrid” que íbamos a presentar en Televisión justo el día en que nuestro amigo falleció.

Denunciador de los abandonos patrimoniales

La incansable preocupación por mantener viva la llama del cuidado y la atención hacia los elementos del patrimonio histórico alcarreño, le llevó a viajar, a dar conferencias y a relacionarse con multitud de personas, profesores, colectivos e instituciones a través de las cuales trató siempre de proteger viejos edificios, colecciones de documentos y archivos mínimos.

Una de sus aportaciones más señaladas fue la elaboración de una “Lista Roja” de edificios de la Sierra Norte de Guadalajara en peligro de acabamiento. Como edición digital quedó ese libro, pero que nos consta ha servido para mantener la capacidad de la Asociación “Sierra Norte” en la defensa de sus raíces.

La más famosa de sus obras, reeditada, fue la titulada “Patrimonio Desaparecido de Guadalajara que ha tenido enorme repercusión en amplios ámbitos, y que ha ido concienciando a muchos para preservar todos los aspectos de ese legado cultural, material e inmaterial, que hemos recibido de nuestros abuelos. De ese tema pronunció José Luis conferencias y promovió seminarios, dando siempre, en los finales coloquios, datos nuevos y valiosas observaciones.

En esa búsqueda del patrimonio desaparecido, le acompañé en ocasiones. No podremos olvidar, tanto Alfonso, mi hijo, como yo mismo, las caminatas que por la Alcarria nos dimos junto a José Luis para descubrir viejas muestras de la cultura y la historia, semiescondidas por los páramos de nuestra tierra. Así el viaje que culminó en la visita a las ruinas de La Golosa, en término de Berninches, y en el que José Luis se arrastró por el suelo para observar mejor el edificio románico medieval, lamentablemente hundido, abandonado y en continuo proceso de desmoronamiento. Queda constancia de aquel trance en una foto que acompaño.

Otro de los viajes difíciles en lo que me cabe la dicha de haberle acompañado, fue el de la descubierta de la cueva/cuevas de los Hermanicos, en término de Peñalver, donde también pasó García de Paz sus apuros para explorar tan intrincados habitáculos, de los que llegó a concluir, por descubrimientos documentales posteriores, que fueron celdas ocupadas por monjes franciscanos de La Salceda para hacer vida eremítica, incluso hasta el siglo XVIII.

Son tantas las cosas que la amistad larga y honda que tuvimos con García de Paz (yo mismo y otros muchos que ahora lloran su pérdida, y que acudimos al cementerio de Tendilla la tarde del 23 de octubre a darle, al menos, el último asomo de amistad mientras le daban tierra en su pueblo) que se queda para próximo artículo el análisis de su obra escrita, de sus aportaciones al conocimiento de la Alcarria y del patrimonio, de los Mendoza y de la Guerra de la Independencia. Ese homenaje, del que estos días hablaban algunos, sería bueno que se materializara en alguna publicación final que recogiera lo más atractivo y singular de su obra.