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junio, 2013:

La iglesia parroquial de Romancos

Interior de la iglesia parroquial de Romancos

En el término de Brihuega, aguas abajo del río Tajuña, subiendo un vallejo que a este río llega desde la altura de la Alcarria, aparece recostado en la solana el pueblo de Romancos, que tiene hoy una perspectiva de comodidad y un atractivo para su visita consistente en lo variado de sus paisajes, la pureza de su arquitectura tradicional alcarreña, y algunos elementos patrimoniales que despiertan el interés del curioso y buscador de reliquias del pasado.

Pero hoy me quiero centrar especialmente en la iglesia parroquial de Romancos, porque es un edificio que encierra numerosas incógnitas, aspectos relevantes del arte arquitectónico, singularidades del Renacimiento y merece ser conocida y visitada por otras varias particularidades. En esta ocasión la he podido visitar y estudiar con tranquilidad gracias a la amable acogida de Amador Ayuso Cuevas, Alvaro Romera, y otros amigos suyos, que me han acompañado y guiado en esta visita, dándome muchas pistas acerca de lo que en ella aparece.

En principio conviene decir que hasta ahora nadie se había ocupado de ella. Layna Serrano la menciona en sus escritos, la cataloga entre los edificios del primer Renacimiento alcarreño, y hasta se plantea la posibilidad de que fuera Alonso de Covarrubias quien la diseñara. Don Juan Catalina García le dedica diez líneas en los Aumentos de la Relaciones Topográficas, sin decir más nada que la descripción muy somera de sus líneas constructivas. En el Inventario Artístico de la provincia de Guadalajara firmado por el profesor Azcárate y colaboradores, se limitan a la descripción formal sin aventurar ningún tipo de hipótesis en cuanto al estilo y evolución constructiva.

Es por ello que creo interesante dedicarla un rato tranquilo, a describirla, a sopesar fechas y estilos, y a invitar a mis lectores a que vayan a verla y gusten de ella.

El exterior

Un aspecto de masa contundente es el que nos aparece al contemplar de cerca esta iglesia. Muros cerrados, elevados, de mampostería cuidada y sillares en las esquinas. En la esquina noreste se alza la torre campanario, que ya desde fuera se manifiesta construida en dos etapas, con ampliación en planta pero no en altura.

El ingreso principal lo tiene esta iglesia en el muro norte. Cosa poco frecuente, pero aquí es obligado por la inclinaicón del terreno, accediendo desde el pueblo más comodamente en el nivel norte. Esta puerta es muy cingular: de arco conopial, con arquivoltas ilustradas con dientes de león, en el centro de la clave aparece tallado un perro, símbolo de fidelidad. Y exornándola fuera del arco, enormes hojas talladas, como cardinas vigorosas. No tiene mucha pinta de que esto lo diseñara Covarrubias, la verdad. La obra es de muy finales del XV, más bien de principios del XVI. El el muro de poniente, a los pies del templo, se abre otra puerta más pequeña, de arco trilobulado levemente rebajado, con  molduras simples. Y poco más al exterior: en todo caso, muestra una sensación de fuerza y reciedumbre que impactan. Una ventana alta con arco semicircular se abre en el cuerpo inferior de la torre, correspondiendo al brazo norte del crucero.

El interior

De agradable aspecto, en su interior vamos a encontrar varias singularidades. Es un templo de tres naves, de planta rectangular, con dos etapas constructivas: los tres primeros tramos son los más antiguos, probablemente de finales del XV o principios del XVI. La época de construcción de tantas y tantas iglesias de nuestra tierra, cuando se ha afirmado claramente el poder absoluto de la monarquía castellano-aragonesa, y tras los reyes Isabel y Fernando, el interrregno de Juana y Felipe, la llegada de Carlos es preludio de buenos tiempos.

Quedaría hecha sin cabecera, o quizás se aprovechó la de antiguo templo. Pero a finales del XVI se completa con la construcción de una cabecera que hoy se ve netamente distinta del resto del templo.

La parte antigua, los tres primeros tramos de las tres naves, se separan por enormes pilares que rematan en amplios collarines tallados de los que surgen los arcos, apuntados, que separan las naves. Aunque el pavimento se elevó en tiempos recientes, aún quedan visibles las grandes basamentas de los pilares, en las que sorprende su decoración a base de cabezas de clavo, o puntas de diamante, que recuerdan la decoración de origen mudéjar de otras construcciones como la fachada del palacio del Infantado en Guadalajara. En lo alto de los pilares, los collarines ofrecen una decoración llamativa: series de cabezas varoniles, barbadas, con pelos alborotados, bocas entreabiertas, alternando con rudos angelotes, y todo ello acomodado entre roleos de cardinas, en una decoración de raiz gótica pero muy basta, como siguiendo modelos diseñados por algún maestro o tracista poco fino. Es imposible dar nombre del constructor, no ha quedado un solo libro de fábrica en el archivo parroquial. La nave central se cubre de techumbre a dos aguas, y las laterales a un agua.

La ampliación de la cabecera, más moderna, mantiene estructuras claramente renacentistas, manieristas incluso, con limpios pilares sosteniendo los arcos nítidamente semicirculares que separan las capillas laterales del crucero, y este del presbiterio. Simples arcos moldurados apoyados sobre collarines sencillos. Las bóvedas ya son de crucería de piedra, tanto el crucero, la más complicada en sus trazos, como las laterales y el presbiterio.

Hoy este ser ve muy despejado, en comparación como fue siempre, pues tenía un altar muy elevado sobre gradería empinada, amparando una cripta inferior. Esa estructura tan inusual se desmontó, por deteriorada y por incómoda, tras el Concilio Vaticano II. El mínimo retablo que quedó tras la guerra civil se ha sustituido por otro muy interesante, el procedente de la iglesia de Villaescusa de Palositos, y que ofrece en su estructura manierista de maderas doradas, una colección de tablas de correcta factura entre las que destaca un San Sebastián de violenta anatomía romanista, y algunos santos y padres de la Iglesia.

En la cabecera de la nave del evangelio, aparece sobre el pavimento la pila bautismal, que fue traida aquí desde su antigua capilla específica, a los pies del templo. Esta pila, como siempre ocurre en la Alcarria, es puramente románica, es lo único que se conservó de su primitiva iglesia medieval, y muestra adornando su copa pétrea una cenefa de gafiones muy sencillos

En el muro de levante se abre la puerta que permite ascender, por escalera de caracol empotrada en el muro, a la torre, que construida con los mismos materiales del resto del templo, consta de cuatro cuerpos. Es muy evidente que fue ampliada la torre inicial, en superficie, cerrando algunos vanos de campanas para darle más consistencia a la fábrica, y dejando en la parte alta un amplio campanario con seis vanos de arquería semicircular, lo que le da una ventilación magnífica, y una sonoridad perfecta, de tal modo que cuando suenan sus campanas se pueden oir (esa es la fama) hasta en Brihuega.

Volviendo al interior del templo, nos vamos a los pies del mismo, a su parte occidental, en la que nos encontramos con la portada que da acceso a lo que fue capilla bautismal, y hoy sirve de almacén y trastero. Esta portada muestra un arco rebajado custodiado de alfiz, y en su cobijo una decoración exuberante, infrecuente, de cardinas retorcidas y paños en disposición asimétrica, ofreciendo una nota de modernidad que quizás devenga de la impericia del tracista de la obra: sin duda es de principios del XVI y pone en piedra tallada lo que querría ser una imagen de opulencia y elegancia.

El coro y la interpretación

Lo más señalado del templo está en los pies del mismo. Cubriendo los tres espacios del primer tramo, un coro alto se sostiene sobre una serie de enormes vigas, de una pieza, en madera de nogal, talladas en pleno siglo XVI, en su primera mitad, mostrando una abigarrada secuencia de figuras, cabezas, roleos, símbolos y figuras mitológicas que requieren un análisis mucho más detenido, y que dejom para un siguiente trabajo que complete a este. Lástima que no haya quedado documentación de esta pieza, que sin duda puede calificarse de uno de los conjuntos de escultura renacentista más singulares de la Alcarria rural, obra atractiva y cargada de simbolismos y locuacidades humanistas. Tampoco es ideal la iluminación que tiene, e incluso sabemos que perdió una de las siete vigas talladas que en su origen tuvo, y que le daba una consistencia iconográfica espectacular. Lo comentaré la semana próxima.

Solo para terminar ahora, decir que este templo de Romancos se construye en época de bonanza económica y claras perspectivas de paz y crecimiento, a princpios del siglo XVI, una vez concluida la tarea reunificadora de la Península Ibérica por parte de los reyes Isabel [primera] de Castilla y Fernando [quinto] de Aragón, matrimonio que abrió las puertas a un concepto nuevo de nación y estructura política moderna.

Se derribaría casi por completo el edificio parroquial anterior, posiblemente un templo de estructura románica, de cerrados muros, escasa altura y nula decoración, y se comenzó a levantar este, que consiguió ver alzados los muros, pilares, capiteles y techumbres de los tres primeros tramos antes de 1530. El señorío de Romancos, en esa época, correspondió al arzobispado de Toledo, que ayudaría con sus grandes reservas económicas a la construcción del templo. Sin embargo, mediado el siglo, una serie de cambios políticos hicieron parar la obra: primero Romancos se hizo villa de por sí, luego hubo de venderse al secretario real don Juan Fenrández de Herrera, quien se lo traspasó enseguida al vecino de Brihuega don Diego de Ansúrez, hasta que en 1586 lo vecinos consiguieron reunir los 12.000 ducados que pagaron a este señor por adquirir su villazgo propio y su independencia de cualquier señorío.

Sería  a partir de ese momento que los vecinos de la villa decidieron concluir el templo, que andaba todavía inacabado, y de ese último decenio del siglo XVI será la culminación de la cabecera y la ampliación de la torre.

Vemos junto a estas líneas algunos detalles gráficos de este señalado edificio que es prototipo del Renacimiento villano y pechero en la Alcarria.

San Francisco abre sus puertas

Iglesia de San Francisco, en Guadalajara. Nave del templo.

Tras la inauguración oficial por las autoridades regionales, provinciales y locales, y la misa del Corpus Christi, acaba de abrir su puertas al público la iglesia del que fuera convento de San Francisco de Guadalajara, de una vez por todas arreglada, limpia y puesta a disposición de los ciudadanos. Una visita guiada y una explicación pormenorizada por los técnicos que han llevado a cabo esta restauración ha tenido lugar hace dos días, a la que no he podido asistir por encontrarme en un Congreso fuera de España. Pero el mismo día que se abrió a las visitas públicas tuve la oportunidad de acceder al templo, y pude admirarlo a mi sabor, porque durante la hora que permanecí observándolo no entró absolutamente nadie más.

Es larga la historia de este edificio y su entorno. El convento de San Francisco pone sus orígenes en el siglo XIII, cuando la reina de Castilla doña Berenguela levantó en este altozano una casa convento para los Caballeros Templarios, pasando en 1330, tras la disolución de la Orden, y por donación de las infantas Isabel y Beatriz, hijas de Sancho IV y señores de la ciudad, a la Orden de San Francisco, cuyos frailes asentaron en este lugar, recibiendo múltiples ayudas por parte de la ciudad: el Concejo, incluso, les concedió una limosna anual que sacaban de la renta de la harina.

Los Mendoza, señores “de facto” de la ciudad de Guadalajara, apoyaron esta institución desde su llegada, en el siglo XIV: ya en 1383, cuando don Pedro González de Mendoza hizo su testamento, fundó cuatro capellanías y dio cantidades importantes para las obras del claustro de San Francisco, ordenando ser enterrado en su iglesia. Cuando en 1395 un incendio destruyó totalmente el cenobio, don Diego Hurtado de Mendoza, Almirante de Castilla, se comprometió a levantarlo de nuevo. Fue este aristócrata quien tomó el patronazgo de la capilla mayor, disponiendo ser enterrado, al igual que los herederos de su mayorazgo, en el presbiterio. Su hijo, el gran cardenal don Pedro González de Mendoza, construyó la iglesia y puso un retablo gótico, obra del artista pintor de Guadalajara Hernando Rincón de Figueroa. Los restos de este retablo se conservan hoy, en tablas sueltas, en el Ayuntamiento de la ciudad.

La familia mendocina continuó ayudando al convento franciscano: doña Ana, sexta duquesa del Infantado, puso nuevo retablo, y don Juan de Dios de Mendoza y Silva, décimo duque, construyó bajo el presbiterio el panteón de restos mortales de sus antepasados, cometiendo el gran error de desmontar los magníficos enterramientos góticos que hacían de la capilla mayor de este templo un auténtico santuario del arte de la Edad Media, y de los que no queda descripción ni recuerdo.

Otras muchas ilustres familias arriacenses protegieron este cenobio, entre ellas las de los Gómez de Ciudad Real, los Orozco, los Avalos, Velázquez, Velasco y Castañeda, quienes dotaron las capillas laterales del templo, poniendo en ellas ricos altares y enterramientos.

En cuanto a su importancia dentro de la orden seráfica, hay que reseñar que en el siglo XVI lo ocupaban más de 70 frailes, siendo sus rectores figuras de la talla de fray Bernardino de Torrijos, y manteniendo una escuela de Arte y Filosofía Moral de la que salieron importantes figuras, entre ellas la de fray Antonio de Córdoba, que allí escribió en el siglo XVI una obra sobre Suma de casos de conciencia.

Durante la guerra de la Independencia fue totalmente saqueado y destrozado por los franceses. En 1835 la ley desamortizadora de Mendizábal le dejó vacío, y en 1841 le fue entregado al Ministerio de la Guerra, que lo ocupó hasta el año 2000, habiendo pasado entonces a ser propiedad de la ciudad.

La iglesia de San Francisco

Destaca la iglesia conventual de San Francisco sobre un denso bosque que la rodea, en una eminencia al norte de la ciudad, sobre el entorno de la plaza y puerta de Bejanque: aunque lo que hoy vemos, en su exterior, son una fachada y una torre relativamente modernas, construidas en el siglo XX imitando las líneas góticas, y un cuerpo gigantesco, de muros lisos que sustentan gruesos contrafuertes de mampostería, y ventanales apuntados en lo más alto, el edificio se fraguó en el siglo XIV y lo que hoy queda y ha sido restaurado es su reconstrucción en el XV y sus reformas posteriores.

Uno de los importantes hallazgos en estos trabajos que acaban de finalizar, acertadamente dirigidos por el arquitecto Juan de Dios de la Hoz, ha sido la constatación de que existió una iglesia de construcción románica, del siglo XIII en sus finales, y que ha aparecido con su ábside semicircular y sus contrafuertes bajo el pavimento de la nave central, al pie de la escalinata que asciende al presbiterio. Prueba evidente de que la actual se construyó exactamente sobre la primitiva.

El interior nos da sensación de grandiosidad, de elegancia y sencillez. Como decía el historiador Núñez de Castro, en el siglo XVII, cuando la describió, bien pu­diera ser Catedral de un gran Obispado según su grandeza.

Es de nave única y capilla absidal elevada sobre la nave, sorprendiendo lo elevado de sus techumbres y lo bello de sus proporciones. Consta la nave de seis tramos: el primero, a los pies, cubierto por coro alto que se sustenta en una magnífica bóveda de crucería, con arco rebajado y atrevido; luego otros cuatro tramos idénticos, en los que se abren a cada lado sendas capillas, a través de arcos apuntados, moldurados, que apoyan en haces de columnas adosadas rematadas en collarines de vegetales exornos. Estas capillas se cubren de bóvedas de crucería. Y entre uno y otro arco de acceso a estas capillas, se adosan al muro de la nave altísimas pilastras recubiertas de haces de columnillas semicilíndricas, con basas de tipo gótico, y remate en collarines vegetales, -decorados con escudos mendocinos- de los que arrancan las nervadas bóvedas. El ábside también se cubre de esta manera, pero con una complicada bóveda estrellada que ahora ha recuperado su perdido esplendor. En lo alto de los muros se abren ventanas de apuntado arco, algunas de ellas con parteluces y calados ojivales. Su aspecto es severamente gótico, y su constructor fue, según probanza documental, el cardenal de España don Pedro González de Mendoza. Los muros de la nave y las capillas están ahora casi vacíos de decoración, aunque se sabe que tuvo numerosos retablos, cuadros, estatuas, y elementos de arte mueble, ya perdidos.

Pinturas murales aparecidas

Una de las sorpresas que ha deparado esta restauración, han sido las pinturas murales que se mantuvieron (aunque deterioradas) bajo las capas de cal y revocos a las que se sometió el templo en siglos pasados. Una de ellas es especialmente curiosa, la que se ve en la segunda capilla del lado de la epístola, que tradicionalmente se ha asignado a la familia Dávalos, y a don Juan Dávalos como su fundador. Además de la bóveda de crucería muy coloreada en sus nervios, en ella aparece una gran pintura mural en la que se distinguen diversas figuras que sin duda componen la escena clásica de la última Misa de San Gregorio, Pontífice y Padre de la Iglesia, y al extremo derecho del bloque pictórico, aparecen dos individuos (hombre y mujer) arrodillados y orantes, que bien pudieran ser los patronos de la capilla en aptitud de donantes. La portada de la capilla hacia la nave lleva expresiones muy italianas en sus trazados, y un par de medallones en las enjutas altas representando personajes sacros.

En la pared de los pies del templo, en el muro del Evangelio, otra gran pintura ha aparecido, más difícil de identificar en este caso, aunque parece tratarse de la “Exaltación de la Santa Cruz” que sabemos existía en el templo antiguo, y que se pondría por especial devoción del Cardenal fundador, don Pedro González de Mendoza. Ají se ve una cruz lisa en lo alto de un monte (quizás el Calvario) y a un lado un ser verdoso, terrible, con garras (quizás el Demonio) y al otro lado un par de mujeres orantes, una de ellas con corona (quizás Santa Elena, descubridora de la Cruz en el Gólgota). Debajo hay un letrero del que no distingo a leer nada.

Hay más pinturas, aquí y allí: especialmente relevantes las estructuras nervadas de la bóveda estrellada de la capilla interior de los Velázquez, con fuertes contrastes en sus colores, y en las ménsulas de donde arrancan los nervios, sendos angelotes de corte gótico portando escudos en los que se ve una flor de lis de oro sobre campo de sinople. En la primera capilla de la epístola también se ha podido rescatar, en parte, la pintura de los escudos que la ornaba, quedando especialmente claro el de los Orozco, más el de las llagas de Cristo.

En fin, especialmente destacable es la recuperación de las pinturas originales de los nervios de la bóveda del presbiterio, y que consisten en multitud de cuerpos y cabezas de dragones, de color verde, con largas lenguas y ojos acentuados, que parecen dejar escapar de sus bocas los propios nervios que componen una preciosa estructura de bóveda estrellada.

Otros detalles recuperados

Recordando el estado de este templo, durante años, decenios pasados, me sorprende que, por fin, se ha limpiado en su totalidad, se ha ensolado perfectamente, se han limpiados sus muros, se han descubierto sus bóvedas, y se han limpiado los elementos ornamentales de las ménsulas de los arcos de las capillas laterales (que ha resultado ser espléndidas filigranas cotizantes, consistentes en complicadas cardinas) así como los collarines de los pilares que sostienen la gran bóveda de la nave, que si bien muy altos, aún nos dejan ver los emblemas heráldicos del constructor del templo, el Cardenal Mendoza: aparece su escudo propio, timbrado con el capelo cardenalicio, y los emblemas de sus dos principales linajes, Mendoza (por el padre) y Figueroa (por la madre). Lástima que tengan que convivir (en la foto que adjunto se comprende este lamento) con tantos aparatos eléctricos, de vigilancia, de medida, de iluminación, etc, hasta el punto de que el visitante se fija más en esa multitud de aparatos electrónicos que en los propios escudos ¿No habría modo de evitar tanto trasteo y tanto cable por los muros?

En la bóveda del coro, entrando por la puerta principal, vemos recuperado el escudo de los Mendoza y Luna en sus colores originales, y a los lados de este coro dos pequeñas puertecillas con arcos conopiales, originales. Muy poco se ha podido conservar de la riqueza ornamental y mueble del edificio: se lo fueron llevando las revoluciones, los asaltos y las rapiñas. Solo queda un magnífico San Francisco, barroco, de escuela sevillana, que se ha puesto en la pared del fondo del presbiterio, y una virgen María en la capilla de los Orozco, también barroca. Más un cuadro mediano de San Juan de la Cruz en otra capilla, una talla de San Francisco Javier, tirando a floja, y una Pentecostés restaurada, bastante mala, en el sotocoro. De los Grecos que hubo en este templo, nada quedó aquí (ver el “Patrimonio Desaparecido…” de García de Paz, para saber algo más de sus avatares.

Una última advertencia, para quienes deseen ir (así lo recomiendo) de inmediato a verla: la entrada se hace por la parte trasera, por donde se entraba desde hace 3 años a la visita de la cripta. La visita se puede hacer viernes, sábados y domingos, de 11 a 2 por las mañanas, y de 5 a 7 por las tardes solamente los viernes y sábados. Un horario, en mi opinión, demasiado restringido. Aunque quizás sea suficiente dada la escasa demanda que hay para visitar este templo, que, en todo caso, debería ser incluido en todos los tours de visita turística en la ciudad, estimulando a su conocimiento por parte de los jóvenes, estudiantes, asociaciones, etc… Todo lo que sea dar a conocer nuestro patrimonio, explicarlo y cuidarlo, será poco. En todo caso, las albricias están dadas, porque algo que estaba casi perdido, se ha recuperado nuevamente.

Doscientos años de servicio a la provincia

Aspecto de la gran Exposición que conmemora el Segundo Centenario de la Diputación Provincial de Guadalajara.

El pasado martes 4 de junio, se inauguraba la exposición “200 Años de Diputación Provincial” en el ámbito del espacio de arte “Antonio Pérez” del Complejo Cultural “San José” de Guadalajara. A la inauguración, con nutrida asistencia de personas vinculadas a la administración provincial, acudieron con su palabra la actual Presidenta de la institución, doña Ana Guarinos, así como la Diputada encargada del área de Cultura, doña Marta Valdenebro. Fueron los comisarios de la exposición, doña Paloma Rodríguez Panizo, y don Plácido Ballesteros San José, quienes dieron cumplida explicación de las intenciones que ha marcado el desarrollo de esta muestra, absolutamente recomendable.

Bien es verdad que el día de la inauguración este Cronista se paseó ante los diversos paneles y vitrinas, pero como siempre ocurre en estos casos, no pudo desmenuzar su contenido porque son días esos en los que se atiende más a los saludos y a los encuentros, que a lo que se ha sido convocado. Por eso ahora, el pasado sábado, con más calma y desde luego con la tranquilidad de recorrer la exposición absolutamente solo, ha sido cuando he podido entenderla mejor, disfrutar de tantos y tantos documentos como se exponen y leer a placer los paneles preparados en los que a modo de resumen se explica el devenir de la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara, a lo largo de los 200 años que acaba de cumplir desde que fue creada, en abril de 1813, en la localidad de Anguita.

Tres ejes en la exposición

Esta muestra, que deberían visitar todos los alcarreños, porque no se van a aburrir en ella, y van a llevarse noticias curiosas del lugar y provincia donde viven, está basada sobre tres ejes fundamentales.

Es el primero el que nos muestra los cambios y evolución de la organización política de la institución, basado en fechas, nombres propios, lugares y documentos, todos ellos extraidos de los importantes archivos de la casa. Algunos paneles nos muestran esa cronología, con fechas de constitución, de abolición y reconstitución, de cambio de nombres (primero fue la Diputación de Guadalajara con Molina, y luego a partir de 1833 ya solamente la “Diputación de la provincia de Guadalajara” pues a partir de ese año se estructuró la provincia con los límites que hoy mantiene.

Un segundo eje se dedica precisamente al análisis de cómo evoluciona el territorio, apareciendo una buena muestra de mapas, de cómo en 1813 estaba su territorio, más amplio que ahora, ocupando las riberas del Jarama, del Henares, del Tajuña y el Tajo, más la Alcarria entera, mientras las tierras del ducado pertenecían a Soria, y las del entorno del Guadiela a Cuenca. Esquemas realizados por los comisarios de la exposición, aclaran perfectamente la evolución de ese desarrollo territorial.

Y el tercer eje es el que se dedica a las actividades tan variadas que la Diputación ha realizado a lo largo de estos 200 años, y que son la basamenta de su importancia en la vida ciudadana, pues múltiples actividades tocan de lleno en la vida de la gente: desde la sanidad (a través del Hospital civil y Hospital Provincial) a la educación (el Instituto, la Escuela de Magisterio) y la Cultura, con la creación desde un principio de la Biblioteca Pública y el Museo Provinciales.

Esos tres ejes se ofrecen en forma de paneles coloristas y vivos por los que aparecen desarrollados textos explicativos, e imágenes, tanto de actividades y personas, como de grupos y acontecimientos. Además, en las vitrinas que les acompañan, surgen y nos dan su testimonio vivo muchos objetos (sobre todo libros, documentos, piezas de despacho, mapas…) que testimonian un servicio público. De hecho, hay un elemento tan grande y pesado, que no ha podido entrar en la sala “Antonio Pérez”: me refiero a la apisonadora verde, casi sonriente, de principios del siglo XX, que en los jardines delanteros del Centro “San José” nos hablan de esa tarea proverbial, dinámica y siempre presente en la actividad de la Diputación, cual ha sido las de construcción de caminos y carreteras, su asfaltado, su puesta a punto para comunicar entre sí, y con la capital y cabeceras de comarcas, unos pueblos con otros.

Obras e infraestructuras municipales

De todos los ámbitos de actuación, quizás el más llamativo ha sido siempre el que ha supuesto la ayuda a todos los pequeños ayuntamientos con sus obras imprescindibles, esas que hacen la vida cómoda a sus habitantes: la pavimentación de calles y plazas, la traída y distribución de aguas, el alcantarillado, los teléfonos, los parquecillos, las escuelas, los retenes de bomberos, los consultorios médicos, los apoyos imprescindibles a los templos parroquiales que se hunden…. Mil puntos donde actuar y así todos los días del año, todos los años del siglo. Dos siglos que la Diputación ha cumplido en un servicio permanente, que incluso en las últimas décadas se ha reforzado aún más, llegado a ser hoy una institución que a nadie se le ocurriría eliminar porque es la esencia de la vida y el desarrollo de las comunidades municipales más pequeñas. En Guadalajara, concretamente, la Diputación no podría nunca ser trocada por nada: esta exposición (vuelvo a recomendar a todos mis lectores que no se la pierdan) es la prueba más contundente.

La Cultura, el Turismo, la dinámica social

Hay una vitrina en la que aparecen los documentos que acreditan cómo la Diputación se preocupó de becar a los artistas e intelectuales de la provincia, carentes de recursos económicos, para que pudieran seguir sus estudios en otros centros nacionales o incluso internacionales, y así granar su fruto que quizás hubiera quedado estéril de no mediar esas ayudas.

A lo largo de estos dos siglos, decenio a decenio, la Cultura ha sido uno de los aspectos que han ido cobrando protagonismo en el quehacer de la Diputación: además de la creación, mediado el siglo XIX, del Museo Provincial, y de la Biblioteca Pública, se han ido añadiendo la publicación de libros, la organización de conferencias y exposiciones, la celebración de “Días de la Provincia” llegando un momento, en el último cuarto del siglo XX, en el que se constituyó la Institución Provincial de Cultura “Marqués de Santillana” (fue Mariano Colmenar Huerta su creador) que promovió cientos de actuaciones, ediciones, revistas científicas y encuentros de alto nivel, contando con la colaboración de algunos ciudadanos que sin el menor afán de lucro pusieron su trabajo en esta trascendente tarea.

El turismo que ha ido creciendo en los últimos decenios ha sido también aupado por Diputación, con la edición de guías, de mapas, de creación de rutas, de promoción en diferentes foros, con objeto de dar a conocer de forma universal la riqueza paisajística, gastronómica, monumental y cultural de nuestra tierra. En ese sentido, otro de los grandes hitos de esa promoción fue la creación de la Escuela Provincial de Folclore, en la que se reunió todo el saber ancestral popular, y se revivió y enseñó a nuevas generaciones a mantener sus trajes típicos, sus canciones, instrumentos, fiestas y quehaceres.

Los Cronistas Provinciales

Quizás me excedo un poco, -al hacerlo desde mi óptica personal-, concederle alguna importancia a las figuras de los Cronistas Provinciales (cuatro hasta 1971, y yo mismo desde 1973), porque han sido personas que han dado, a cambio de nada y algunas veces de sinsabores inmerecidos, todo su afán en estudiar, promover la cultura, divulgar sus valores y alentar proyectos que tenían siempre como meta la creación y mantenimiento de un espíritu provincial, en torno a unos “ideales” que se podrían resumir en las líneas claves de su historia y en los ejes esenciales de su patrimonio.

Por ello cabe aquí recordar sus nombres, que en la exposición que comento están debidamente representados a través de sus escritos, documentos, o incluso objetos personales: fueron estos, desde 1881: Juan Catalina García López (de Salmeroncillos en Cuenca), su sobrino Antonio Pareja Serrada (de Brihuega), el profesor don Manuel Serrano y Sanz (de Ruguilla) y el doctor Francisco Layna Serrano (de Luzón), quienes entre 1881 y 1971 marcaron un siglo de escritos, intervenciones y alientos.

Documentos y escribanías, fotografías y mapas

La exposición “Diputación Provincial de Guadalajara. Doscientos años al servicio de la provincia”, está ubicada en la planta baja de complejo educacional “San José”, paralelo al paseo de Las Cruces. Abre a diario, incluidos sábados, de 7 a 9 de la tarde, y así lo hará hasta el día 15 de Julio. Lástima que no se haya hecho al menos un folleto con lo esencial de su contenido, para poder recordarlo.

En la impresión que se lleva la retina está la variedad de objetos y el gusto con que están puestos. Quizás la pieza “reina” es el primer libro de actas de la institución, abierto por la página en la que se lee con toda claridad “Instalación de la Diputación Provincial”, empezando así: “En la expresada villa de Anguita…” En un rincón iluminado está una mesa presidencial, con su sillón y objetos elegantes de escritorio, entre los que luce una lámpara preciosa y la escribanía de revival plateresco de don Francisco Layna Serrano. Del plano de la provincia realizado por don Martín Ferreiro de 1848, se muestra una reproducción a tamaño gigantesco, muy difícil técnicamente de conseguir pues el original es del tamaño de un folio. Y así muchas más cosas, fotografías de empleados, la maqueta del palacio provincial y los planos originales de Marañón y Aspiunza, etc.

Atalayas, castillos y villas amuralladas del Jarama

La torre de Arrebatacapas, en término de Torrelaguna, vigilaba la orilla derecha del río Jarama, frente a Uceda.

Es conveniente, de vez en cuando, salir de los límites estrictos de la estructura provincial, y caminar por sendas que aún siendo vitalmente, íntimamente, también nuestras, hoy pertenecen a otras estructuras políticas y administrativas. Me refiero, como un simple ejemplo, a los caminos que siguen las orillas del río Jarama, que son serranos por una parte, nacidos de la altura de la Sierra Norte, y que luego se hacen madrileños, sin saber cómo, y pasan por pueblos que fueron entraña de nuestra historia, y hoy se ven lejanos, sin razón alguna.

El Jarama es un río que compartimos ahora las provincias de Madrid y Guadalajara, pero que en siglos pasados fue todo él incluido en la tierra mendocina del señorío de Buitrago: administrativamente perteneciente a la provincia de Guadalajara, hasta que en 1823 fue repartido entre las dos provincias.

En las orillas del Jarama se alzan villas, castillos y atalayas que surgieron de un hecho defensivo único. Aunque la frontera de Castilla con Al Andalus se mantuvo, durante un par de siglos (IX al XI) en el Henares, los ríos siempre hicieron de fronteras, y así el Jarama también tuvo su importancia en ese trasiego de amenazas, algaras y correrías. A una y otra orilla (a la derecha los cristianos atancantes, y a la izquierda los musulmanes defensores) se levantaron fortificaciones de las que han quedado huellas, recuerdos y alguna presencia íntegra, que conviene recordar y hasta visitar un día de estos.

El río Jarama

Podría decirse de este río que ha sido eje indiscutible de las comunicaciones Norte-Sur en esta tierra, desde la más remota antigüedad. La Marca Media de Al-Andalus es la primera estructura político-social que se hace cargo del control de este valle. En la época del emir Muhammad I, en el siglo IX d. de C., se fortificaron los enclaves más importantes, entre ellos Madrid, Calatalifa y Talamanca, este último sobre el Jarama. Una serie de castillejos (zafras) se construyeron dominando los pasos y vados de sus ríos y arroyos: así Uceda (Guadalajara) en la misma línea del Jarama, Talamanca más abajo y en su torno multitud de torres vigías, como las de Venturada, El Vellón, Malsobaco, y Ribas. Un simple vistazo al mapa en que se sitúan, nos deja entender su planteamiento riguroso y lógico: su distribución era equidistante y jerarquizada, revelando con ello la existencia de un planteamiento global. Con todas ellas se formaba una auténtica “red visual” que le daba consistencia de frontera al territorio. Tanto en el Henares paralelo, como en el Jarama, este sistema de defensa y vigilancia es original del dominio islámico, es la esencia de estas llamadas “marcas” que no son sino fronteras definidas siempre por los ríos.

La progresiva independencia respecto al califato oriental y la con­centración de poder en torno a la familia omeya y a la capital, Cór­doba, se plasman en un estado centralizado con una férrea organiza­ción administrativa y militar asentada sobre una red de fortificaciones. Este proceso culmina en el siglo X, en época de Abd al‑Rahman III, con la constitución del califato omeya de Occidente. Tras el predominio político del califato omeya con su capital en Córdoba, tras los días gloriosos de Abderramán III, jerarca con visión de estado y respetado por todos, Al-Andalus inicia su lenta disolución con la aparición de reinos periféricos, taifas y grupos de guerreros que marcan sus propios territorios. En los valles del Jarama y Henares, cursos altos sobrela Mesetasur, ríos que bajan directos desde las cumbres dela Sierra Central, se establece la familia de los Banu Salam. A lo largo del siglo VIII se establecen de forma más firme en esta zona, y empiezan a levantar castilletes, y atalayas, quedando las incipientes ciudades en el costado meridional de los ríos, fortificándose las orillas derechas y asentando la población en las izquierdas. Así surge, especialmente, la vieja ciudad de Alcalá, cercana a la romana Complutum, pero con una evidente personalidad defensiva en alto, sobre los cerros que dominan la orilla izquierda del Henares. De ahí el primitivo nombre del enclave, que olvidó el romano (que aún sirve de patronímico a “lo complutense”) y adoptó el Qal’at Abd’al-Salam, o castillo de los Salam, que es el que ha quedado.

Las atalayas

De todas las atalayas que hubo en la cuenca del río Jarama, construidas en la época musulmana y posteriormente mantenidas en los días medievales, han llegado hasta nuestros tiempos unas cuantas, algunas de notable prestancia e interés:

En Torremocha de Jarama está el llamado Torreotón, o Torritón, edificación ruinosa a la que también llaman el Castillejo. Está en la ribera del Jarama, junto ala Casa de Oficios del antiguo “Canal de Cabarrús” y por allí anda también la ermita de Santa María dela Cabeza. Tuvo dos cámaras abovedadas adosadas al torreón.

La villa de Torrelaguna nació en torno a una gran torre-atalaya que estaba situada donde hoy la iglesia parroquial, y de la que quedan imágenes en un antiguo dibujo de la villa medieval amurallada. En su término se ha mantenido la llamada atalaya de Arrebatacapas, de origen musulmán, que se encuentra  a 4 Kms. del pueblo, en una prominente altura. Tiene6 metrosde diámetro y su entrada se encuentra en alto, a2,5 metrosdel suelo. Desde su altura se dominaba visualmente los términos de Venturada, el Vellón, Torremocha y Uceda, el arroyo de San Vicente, y por supuesto gran parte del valle del Jarama, objetivo para lo que fue construida.

En Venturada hay una atalaya de origen musulmán, de5,3 metrosde diámetro, bastante desmochada, que asienta sobre afloramientos rocosos, y en el hueco de acceso se ven aún las gorroneras para el giro de la puerta. Vigila la cabecera del río Guadalix y el acceso a los puertos más occidentales del Guadarrama.

En El Vellón queda también una gran atalaya de origen islámico, de10 metrosde altura y con un diámetro de6,30 m. También muestra las gorroneras para las dos hojas de madera de su puerta de cierre. Esta torre se encargaba de dar la señal a Talamanca, claramente en su campo visual.

La torre de El Berrueco, la más septentrional de todas, vigila el acceso desde Somosierra al valle del Lozoya. Está restaurada esta torre vigía, y desde ella se divisaban, al mismo tiempo, las tierras de la orilla derecha del río Jarama.

En El Molar quedan vestigios de su torre musulmana. Esta se encargaba de vigilar el paso de Guadalix hacia el sur. Fue destruida en el momento de trazar la carretera de Madrid a Burgos, en el siglo XIX.

Las ciudades amuralladas

Siguiendo el fluir del río, hoy nos encontramos con dos poblaciones mayores, que en su tiempo primitivo fueron crecidas en torno a un torreón o pequeña fortaleza. La primera de ellas es Torrelaguna; la segunda, Talamanca. De ambas podría escribirse largo y tendido. Aquí solamente decir que alcanzaron su mayoría de edad, justo al ser ganadas por los cristianos en el siglo XI y pasar a depender de los concejos de Sepúlveda y Segovia, Desarrollaron ambas un circuito de murallas, con fuertes cubos, torres y puertas, dando lugar a sendos Burgos defensivos de los que prometo hablar en próxima crónica. En todo caso, animo y a mis lectores a que vayan (están a poco más de media hora desde Guadalajara) a descubrir sus perfiles medievales.

Jarama abajo

Más al sur, en Paracuellos de Jarama, queda lo que llaman el “Castillo del Mal Sobaco”, en un alto risco, de indudable origen islámico. También en Ribas de Jarama, hubo un castillete construido en época islámica, hoy desaparecido por completo, aunque se identifica su emplazamiento, en alto, y en su lugar se han encontrado documentación y restos cerámicos. Y en Cervera, justo en la confluencia del río Henares con el Jarama, también hubo torre islámica hoy desaparecida. Todos ellos formaban una red de atalayas vigilantes de la cuenca del Jarama y Henares, frente a Alcalá.

La atalaya de Rivas está al norte del municipio de Rivas-Vaciamadrid, al que se llega rápidamente por la autovía A-3. Se llega al castillo en los accesos de la M-823 ala Avenida de las Provincias. En la localidad se le conoce como “Castillo de Gracián Ramírez”. Se han realizado actuaciones arqueológicas en el cerro en los años 2002-2004.

Éste se hallaba en un promontorio a la derecha del Jarama, sobre la ermita del Cristo de Rivas. Esta ermita es lo que queda de un convento desamortizado que fundara Beatriz Ramírez de Mendoza, condesa del Castellar, en 1603.

El castillo se ha datado en el siglo X. Fue donado por Alfonso VII al arzobispo de Toledo en 1154. Era un pequeño castillo que vigilaba el acceso al Jarama. Se le menciona en estado de ruina en la Relación enviada a Felipe II. Quedan vestigios de los muros alrededor del cerro de este castillo islámico, así como de su aljibe y foso. Cerca del mismo hay tranqueras, restos de la batalla del Jarama de 1937.

La atalaya de Cervera fue un castillo islámico, ya desaparecido, del siglo X, que se hallaba sobre un cerro en una terraza fluvial del Jarama al norte del término municipal de Mejorada del Campo, desde donde se dominaría la desembocadura del Henares (al norte) en el Jarama (al oeste). No muy lejos, en la otra orilla, se hallaba el castillo de Ribas de Jarama que acabo de mencionar.

En el cerro de Cervera se han encontrado restos correspondientes a su población en el Paleolítico. Se sabe que en 1150 el rey Alfonso VII dona a Juan, arzobispo de Segovia, «de aquel castillo yermo que llaman Cervera, entre Alcalá y Rivas. Y os dono y concedo además, al supradicho obispo don Juan y a todos vuestros sucesores, aquel castillo según está, con sus términos, desde aquella cañada de Geber Zuleima hasta Iuberos, con aquella rinconada que está entre Jarama y Henares”. El obispo se encargó de la repoblación, situándose la población de Mejorada donde ahora la hayamos.

Lástima da decir, que esta vieja fortaleza islámica fue arrasada al abrirse una cantera fluvial en los años 80 del siglo XX, una agresión más de las que el río Jarama y toda su cuenca ha venido recibiendo en los últimos cincuenta años.

Un nuevo libro sobre la Alcarria: Valdesaz y San Macario, de López Sotillo

Palabras en la presentación del libro Valdesaz y San Macario

Del Autor D. Jesús María López Sotillo

Quiero en primer lugar Agradecer al autor que haya querido que yo estuviera presente en esta presentación, bautizo, confirmación y puesta de largo de su libro. Hoy parece que un libro no existe si no se le somete a este ritual de la presentación. En cierto modo es así, y, sobre todo, en tiempos tan difíciles, lo que le procura al libro es un poco de oxígeno en forma de ventas.

Supongo que me ha pedido que esté aquí, en esta tarde de primavera incipiente, en Valdesaz, por haber ejercido de editor de su libro, y por lo tanto haberle dado el soplo de vida que a un libro se le da cuando se le ponen páginas impresas, cubierta a color y hasta página web en una librería virtual.

Y supongo que lo habrá hecho, también, por ser yo el Cronista Oficial de la Provincia, cargo en el que transito desde hace ya 40 años, y en el que he podido ir tomando el pulso de esta tierra, a la que tantas cosas le han ocurrido en este tiempo, al menos en el camino de lo cultural y lo artístico.

Saludé y comenté el libro de López Sotillo en mi colaboración habitual de “Nueva Alcarria”, el pasado mes de marzo. Y lo hice por otros medios en publicaciones digitales, blogs y otras presencias mediáticas, lo que pienso ha servido para que más de uno lo haya conocido previamente, y hasta haya supuesto su inicial lectura por parte de algunos de los aquí presentes.

En todo caso, y sin querer repetirme en cuanto a lo que el propio autor y sus amigos y colaboradores vayan a deciros, quiero ahora destacar algunos aspectos de esta obra, a la que entonces consideré una historia suculenta: un ir y venir de noticias ciertas, soñadas, irreales y tradicionales, que bien mezcladas con la esencia rural de las metáforas, y analizadas con la lupa del entomólogo cultural, nos ponen a un paso del asombro.

Además de ofrecer una historia completa de este pueblo, y encasillarla en su contexto hispánico, López Sotillo centra su investigación en la búsqueda de las razones por las que Valdesaz cambia, no de patrón, que siempre ha sido, y será, San Macario, sino de sujeto que lo personifica.

En esta tarea, aparecen y yo quiero destacar, las esencias de la cultura popular, las historias que corren y han corrido de boca en boca, de abuelos a nietos, desde los púlpitos de las iglesias a las cocinas tibias de los hogares. Aunque ahora desgrane muy brevemente la esencia de esta historia, sí quiero insistir en que es una más, y muy hermosa, de las historias que anclan a la gente con su lugar de nacimiento, de vivencia, y que ayudan a este enraizamiento tan necesario, hoy como siempre, para mantener nuestra idiosincrasia y nuestra cultura.

Antecedentes remotos

Empieza su historia el autor contándonos lo que se sabe de los orígenes de Valdesaz. Muy poco. Junto con Fuentes, se creó como pueblecillo en los días de la repoblación, una vez tomado el territorio por las fuerzas (militares y políticas) del reino de Castilla, a finales del siglo XI, va ya para mil años. En el nacimiento del río Ungría, en el profundo y abrigado valle, nacen estas poblaciones (y otras más, como Caspueñas) con una vida de pálpito simple y sereno. Sus nombres castellanos claramente demuestran sus esencias. Al principio quedaron en el señorío civil de Hita. Luego pasaron por donación real al señorío eclesiástico de los obispos de Toledo, dentro de un alfoz comandado por Brihuega: desde los inicios del siglo XIII aparece en los papeles Valdesaz. Un documento del arzobispo don Rodrigo Ximénez de Rada, de 1221, le nombra como “Vallem Salicis”, y poco después, en 1242, el Fuero de Brihuega también le menciona.

La historia permaneció estancada, todos felices excepto cuando tocaba peste, y en el siglo XVI que el rey Felipe se ve en aprietos económicos y no se le ocurre otra cosa más que apropiarse de los bienes de la iglesia, y vendérselo a los que tengan el dinero que pide: eso pasa con Valdesaz, y con Fuentes y algún otro lugar del entorno: la Hacienda real se lo toma a los obispos toledanos, y se lo vende al regidor madrileño don García Barrionuevo de Peralta. Esto ocurre en 1579.

Al año siguiente, en 1580, es cuando las normas macroeconómicas de la monarquía realizan las conocidas “Relaciones Topográficas” y Valdesaz por boca de sus mayores expresa lo que sabe de sí misma. Aquella crónica certera y contemporánea, nos informa de muchas cosas de Valdesaz en ese año. Entre otras, la de que su santo patrón era San Macario, santo anacoreta de los desiertos de Egipto, a quien celebraban por voto muy antiguo el 15 de enero. Y dicen que su efigie, pintada sobre tabla, es venerada  por todos los aldeanos, diciendo de él muchos milagros y portentos. Un abogado celestial en toda regla. Un seguro contra las desgracias y los desarraigos, salido de la antigüedad más solemne.

Un cambio de rumbo

Pero he aquí que entre ese año, el de 1580 en que tal cosa se afirma, y el de 1648 (dos generaciones después) lo que se cuenta de San Macario es radicalmente distinto. Es otro el patrón, aunque se llame igual. Hay quien le ha conocido, sabe de él, sabe donde está o donde estuvo, como era y lo que decía. Aparece otro San Macario nuevo, que es al que todavía se venera en Valdesaz. Este ya con altares, iglesias, procesiones y fiestas por todo lo grande.

El autor de este libro, que es religioso por ser clérigo, se ha tomado muy en serio la investigación de este cambio, se puso hace años a indagar de donde procedía cambio tan radical, y ha llegado a conclusiones apasionantes. Esta es su obra, su planteamiento simple y su conclusión final, difícil, pero alegre y seguro que bien recibida.

En la historia del trasvestismo de San Macario el grande, varón de Egipto, en el San Macario eremita de Valdesaz, figuran muchos personajes, altos y bajos, simples y leídos. Para López Sotillo no hay duda de que el primitivo patrón de su pueblo era el clásico San Macario “el Viejo” o “el Grande” que la leyenda aúrea trata con veneración, y que ya aparecía con los coloristas ropajes de la iconografía bizantina en los templos coptos, y en las basílicas grecas y aún latinas del Mediterráneo oriental.

¿Quién trajo esa leyenda al pueblo? Podrían haber sido los “monjes negros”, los benedictinos o cluniacenses que el siglo XIII y aún algo antes pulularon por los caminos de Hispania, de la mano de reyes, reinas y obispos que los llamaron para que impartieran por Castilla sus sabias herencias. Algo de lo que se percata este historiador es de que más del 80% de los patrones primitivos de los pueblos alcarreños, eran santos, antiguos, eremitas, orientales, de existencia anterior al siglo V. Explica (lo hace con claridad y convicción) que la tradición oral es un elemento muy poderoso, y que a través de solo 4 personas puede transmitirse con absoluta certeza una información ocurrida hace doscientos años.

Pero ocurre que esa tradición centenaria (San Macario egipciaco, patrón de Valdesaz, monje negro anacoreta milagroso y abogado en el Cielo) cambia radicalmente, y a mediados del siglo XVII la gente empieza a hablar de que San Macario, en realidad, había sido un abad benedictino que, tras abandonar su monasterio, se retiró a vivir en el monte, y en cuevas, por la Alcarria, llegando a poner una humilde choza en el lugar donde se levanta (y se levantaba ya en esa época) la iglesia parroquial. Su representación sobre tabla pintada (¿románica? ¿gótica?) dejó de ser un remoto espejismo, para pasar a ser “un santo casi de la tierra, del que se saben y cuentan muchas cosas, de las que hace relación detallada un cura de Caspueñas…”

Efectivamente, al pueblo llegó en esos años de mediado el siglo XVII, don Francisco Rodríguez, cura párroco, quien empezó a referir a los aldeanos, en sus homilías y agasajos patronales, que “Macario era un extranjero que llegó desde lejanas tierras, que aquí pasó gran parte de su vida alimentándose con yerbas del campo, dando ejemplo de fe profunda, y de caridad grande… que murió santamente y que desde el Cielo empezó a ejercer como especial intercesor ante sus devotos, ejerciendo una especial protección sobre los tullidos y mancos, cuando iban a rezarle a su capilla, ante su efigie pintada”. Este señor llegó a decir que su capilla estaba edificada sobre lo que había sido su morada, y que en el suelo descansaban o descansaron un tiempo sus restos. De ello era prueba “el suavísimo olor” que salía del pavimento del templo cuando algún devoto excavaba en él (se conoce que en busca de reliquias…)

Un San Macario cercano y de la tierra

Todo esto se sabe porque el buen cura le escribió una larga carta (que se publica en el libro que comento) al prestigioso historiador jesuita Padre Quintanadueñas, para que lo incluyera en el libro que estaba preparando, y que finalmente salió, con el título de “Santos de la imperial ciudad de Toledo y de su arçobispado. Exçelencias que goça su santa Iglesia. Fiestas que celebra su ilustre clero”. Para mayor abundamiento, el cura de Valdesaz se apresuró a mandarle más datos, con mayores milagros y portentos “descubiertos” al jesuita toledano, según lo que le había contado recientemente un carmelita, fray Miguel de la Virgen, que vivía en el convento de San Pedro de Pastrana, y que había ido por la Alcarria pregonando las fiestas de sus pueblos.

A partir de ahí todo fueron maravillas: se encontraron reliquias de San Macario, se consiguió mucho dinero aportado por los vecinos para construir un gran retablo, y hasta hubo quien localizó la cueva que en medio del monte habitó el santo abad, y que no era otra que la que hoy se ve en el Azafranar, con capillita incluida.  Se transmitió la idea de que al santo le encantaba recibir ofrendas de aceite, de trigo y avena, que administraba el cura párroco, lógicamente, y hasta hubo épocas, y no muy remotas, en que las mujeres acudían a darse friegas del aceite de San Macario sobre las partes de su cuerpo que notaban doloridas… tanto insistieron unos y otros, que finalmente el Papa Urbano VIII firmó una Bula que aprobaba esta veneración entusiasta.

Una historia tierna y honda, una historia más de esta Alcarria, silenciosa y hermosa, que nos despierta cada día los sentidos, y nos asombra con tanta sabiduría escondida en sus viejas plazas.

(Antonio Herrera Casado – Valdesaz –Guadalajara- 1 de junio de 2013, 8 de la tarde. Salón de actos del Ayuntamiento de la villa. Asisten y hablan, además del autor, los señores Alvaro Romera, y Victor Foguer)