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La iglesia de Budia, monumento oficial

En los pasados días, el gobierno de la región de Castilla-La Mancha ha declarado como BIC a la iglesia parroquial de San Pedro, de Budia. Un merecido reconocimiento al interés patrimonial de ese edificio, de su historia secular y de los elementos artísticos que contiene.  Aunque alguna vez ya he tratado de esta iglesia, no es mala ocasión esta para recordar sus méritos y animar a mis lectores a que vayan a verla.

Construida en el siglo XVI, a base de mampostería, sillarejo y sillares en basas y esquinas, recibió luego diversas reformas y múltiples arreglos, como corresponde a un edificio singular y complejo. Por delante, al mediodía, la iglesia se precede de un atrio descubierto rodeado por una barbacana o calicanto de sillarejo que se completa con grandes bolas como adorno.

La portada

La portada es un extraordinario ejemplo de estilo plateresco en la Alcarria, con ornamentación de grutescos y vegetaciones en magnifica talla, así como medallones, bichas y otros detalles de gran efecto y equilibrio. Debió construirse hacia 1550, y consta de un arco de medio punto sobre pilastras cajeadas, enmarcado a su vez por un entablamento que apoya en columnas abalaustradas, con friso adornado de querubines y en las enjutas sendos medallones en que se ven tallados en relieve las cabezas de San Pedro y San Pablo, con sus correspondientes atributos (las llaves y la espada).

El tímpano es de vuelta redonda, adornado de hojitas estilizadas, configurando un estilema muy covarrubiesco, de tal modo que, junto con las portadas de El Cubillo de Uceda, Malaguilla, y Lupiana, esta de Budia podría ser una portada eclesial salida de los talleres de diseño del toledano Alonso de Covarrubias. La portada remata con una hornacina avenerada que cobija una talla pétrea de la Virgen con el Niño, siendo flanqueada por grandes bichas y candeleros. Encima aparece un arco conopial y cruz de brazos abalaustrados, y se remata con frontón culminado en pirámides troncadas y bolas, ya más moderno.

El interior

El interior es de tres naves, con coro alto a los pies. La impresión al entrar es de magnificencia, porque su ámbito guarda las proporciones clásicas de la arquitectura de los templos: más alta y más ancha la nave central que las laterales. Un transepto apenas sobresaliente, y una cabecera plana, tan ancha como la nave central.

Se comenzó a construir por la cabecera y los arcos de la nave del evangelio. Todavía el arco toral es apuntado, decorado con medias bolas, lo que le confiere un aire en cierto modo medieval. Los arcos de la nave del evangelio son también apuntados, descansando sobre pilares y columnillas adosadas, mientras que la arquería de la nave de la epístola es ya de arcos de medio punto, que descansan en pilares de fuste liso coronados de capiteles toscanos y apoyados sobre basas poligonales, por lo que se deduce pueden ser del segundo cuarto del siglo.

La torre de la iglesia está situada a los pies del edificio. Está construida en piedra, y es de planta rectangular. La basamenta, que es de comienzos del siglo XVI, es de mampostería, apareciendo más arriba, en los dos cuerpos siguientes, los sillares bien labrados de piedra caliza. Se sabe que fueron tallados entre 1572 y 1598 por Francisco de Tuy, un maestro de obras renacentista al que se deben en la Alcarria, entre otras cosas, la fuente de los Cuatro Caños de Pastrana. Ya el último cuerpo de la torre muestra los huecos de medio punto por los que sale la voz y el volteo de las campanas.

La cubierta del templo sería inicialmente de madera, pero por su evidente fragilidad y necesidad continua de reparos, se pasó a poner una de yesería, tal como aún hoy la vemos, cosa que se debió hacer a lo largo del siglo XVII. Las naves tienen a su vez cubrición de bóvedas de arista con decoraciones de variadas formas geométricas.

La capilla de la Virgen del Peral

Es un añadido posterior, así como la sacristía y el cuarto trastero. Esta capilla se adosa a la nave lateral del evangelio, en su primer tramo. Es de planta cuadrada y se cubre de cúpula, con decoración barroca a base de formas geométricas, carnosas, muy complicadas. Desde hace algunos años, luce en su pared del fondo un retablo que ha sido recompuesto con una serie de doce cuadritos que se encontraban sueltos, y que proceden de la ermita de la Virgen del Peral de la Dulzura, patrona de Budia. Los cuadros, bien restaurados, dejan reconocer sus motivos, siendo la autoría de Mariano Salvador Maella, en opinión del estudioso Cruz Valdovinos. Los regaló, en 1780, don Bernardo Antonio Calderón, obispo del Burgo de Osma,  e hijo del pueblo. Y sus motivos están relacionados con la vida de la Virgen María, estando ocupado el centro del retablo por una talla popular de la Virgen del Peral, del siglo XVIII.

Las lápidas

Una de las curiosidades de este templo polimorfo es la serie de tres lápidas, colocadas sobre el muro una encima de otra, formando una especie de gran altar de alabastros dignamente tallados y envejecidos. Proceden de una capilla familiar, de la Visitación, que tras ser demolida, salvaron los fundamentos epigráficos y se colocaron en este lugar, donde el visitante puede distinguir en este orden, de arriba abajo, las lápidas mortuorias de doña Juan García y el cura don Pedro de Cañas, más una cartela alusiva a este último. Para el estudioso del arte castellano don José Manuel Cruz Valdovinos la talla de clérigo yacente de Budia es obra personal de Alonso de Covarrubias, lo cual es posible y acentúa la impresión de que este famoso artista toledano pusiera la mano en el proyecto y aún en la ejecución material de algunos elementos ornamentales, de la portada del templo budiero.

En el muro de la cabecera del templo de Budia solo queda de interés un gran frontal de altar, de plata, que está puesto sobre el muro haciendo funciones de retablo. Con unas dimensiones notables, de más de 3,5 metros de longitud y casi uno de altura, ofrece una parte central con una imagen en relieve de la Virgen del Peral, repujada sobre la plata, y rodeada de una inscripción que explica haber sido regalo del capitán Juan Navarro y Josefa Fedrive su mujer.

Las tallas de Mena

La obra máxima de este templo, como elemento que justifica por sí solo una visita, es la pareja de tallas que en el siglo XVII realizara Pedro de Mena, ilustre escultor andaluz, que regaló un ilustre hijo de Budia, el militar don Ambrosio Sáez Bustamante, coronel de los reales ejércitos, Gobernador de Mérida, Caballero de la Orden de Santiago, y oriundo de la villa, colocándolos junto con otras joyas litúrgicas que regaló, en la ermita y camarín de Nuestra Señora la Virgen del Peral.

Incluidas en unas hornacinas para su mejor protección, representan a María Virgen en su advocación de Dolorosa y a Cristo como Ecce Homo, con una altura aproximada de un metro. De siempre en la ermita, pasaron a ser guardadas en Madrid por los Servicios de Protección del Patrimonio Artístico, durante la Guerra Civil, siendo luego recuperadas y puestas ya en la parroquia, para mayor seguridad, y más fácil admiración por parte de propios y extraños.

El profesor José Luis Souto hizo en su día un meticuloso estudio de estas tallas, afirmando de ellas que esta personal creación de Mena “es innovadora tanto en el emparejamiento de las figuras como en su intrínseca iconografía”.

Muchos otros cuadros, tallas y objetos de orfebrería se conservan en este templo, que tiene mucho de museo.

En los muros laterales de la capilla mayor, y muy bien restauradas, se encuentran dos estimables pinturas sobre lienzo, que proceden del exclaustrado convento franciscano de La Salceda, entre Peñalver y Tendilla. El primero, al lado de la epístola, representa a San Francisco en oración. Sobre el muro del evangelio está el cuadro que representa a San Diego de Alcalá, en su “milagro de las rosas”. Está firmado por fray Andrés Estepas, en 1635, y ofrece la imagen tradicional del santo andaluz, que profesó y vivió muchos años haciendo penitencia en las soledades del “desierto” franciscano de La Salceda, en plena Alcarria.

Hago gracia, por falta de espacio, de la descripción de otros muchos elementos artísticos que el viajero podrá admirar en esta iglesia de San Pedro de Budia. No puedo dejar de mencionar la gran Custodia procedente de la Real Fábrica de Platería, de Madrid, y firmada por Martínez en 1828, que fue regalada al templo por el ilustre hijo de Budia don Víctor Damián Sáez, obispo de Tortosa en los difíciles años de las revueltas liberales. Está hecha toda ella en plata, en su color, excepto las ráfagas que adornan el viril, que están sobredoradas. Tiene una altura de 93 cms., una anchura del viril de 35 cms. con la ráfaga, y otros 36 cms. es el diámetro del pie. Impresionante pieza en la que destaca el escudo heráldico de este prócer eclesiástico, de quien por las tierras del Maestrazgo aún se guarda un recuerdo tétrico, porque fue muy partidario de los carlistas y con ellos estuvo en los días de guerra y represalias. Pero esa ya es otra historia. Aquí en Budia quedó la parte más brillante de su biografía.

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