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Relatos y Poemas de la tierra viva

Francisco Vaquerizo Moreno, y su última obra publicada, "El Cementerio Marino de Nemesio Fernández y otros relatos y poemas"

El pasado martes 29 de enero se presentó en la Casa de Guadalajara, de Madrid, una nueva obra del escritor alcarreño Francisco Vaquerizo Moreno, uno de los más prolíficos autores entre los actualmente vivos. Rodeado de amigos y admiradores, entre unos y otros fueron desgranando los hallazgos, las sorpresas y los personajes que pueblan esa obra que es ficción y realidad mezcladas: un reflejo de lo que nuestra provincia es y ha sido.

Un libro con fuerza

En los viajes que uno puede emprender cada día por los caminos de Guadalajara, se va a topar seguro con gentes atípicas, mezcladas con el general de las típicas. Entre los seres que nos cruzamos, todos aparentemente ocupados en sus quehaceres diarios, en sus urgencias muchas veces inventadas y en sus deseos de mejorar, hay historias de largo recorrido, que nadie ha conocido y que solo un escritor es capaz de entrever, de redondear y de construir en su torno una saga ejemplar.

Francisco Vaquerizo ha tomado de nuevo la tarea de encontrar las huellas de gentes sencillas a las que cabe administrar su peripecia en un libro de relatos. Este libro que se presentó el otro día en Madrid, en el Salón Cardenal Mendoza que está cuajado de resonancias alcarreñas, aparecieron gentes que como el agua pasada ya no mueven molino, pero sirven de espejo de la realidad. El libro recoge 16 relatos y 10 poemas, todos ellos premiados en certámenes convocados anteriormente. Es un libro antológico, por tanto.

En sus 256 páginas, el autor va poniendo uno tras otro sus escritos de grabada elocuencia, de fácil lectura, que arranca asombros y casi siempre una sonrisa franca. El más grande de todos, que aparece cuarto en el rimero de los premios, es el que da título al libro, y obtuvo el accésit al Premio “Ciutat de Benidorm” en 1984. Se titula “El cementerio marino de Nemesio Fernández” y es la historia de una lucha interna, un análisis colorista y vehemente de una peripecia vital, un choque entre la vida sosegada y espiritual de un individuo y el restallante ambiente de una ciudad de vacaciones, llena de luces y sonidos, pero vacía de sentido. En esa obra se contiene, en gran modo, los parámetros literarios y analistas de Vaquerizo como escritor de hondura.

El resto de las páginas nos van dados relatos breves, animados y sorprendentes, que tienen a personajes, a gentes de la tierra, a viejos y a damas, a guerras y fiestas patronales, como protagonistas. Esa cascada de temas va formada por las aguas de Telesforo, cuyas “tortas” salen de un cuento típico de abuelo; un personaje con gran fuerza es “la Patro” y entre los marginados, que nunca faltan en la obra de Vaquerizo, está “el tonto de Riollano”, que sin pensar él por su cuenta nos hace a todos pensar.

Los relatos y la literatura localista y emotiva sobre el paisaje y las costumbres de la tierra están seguros con cosas como “El camino del molinillo” en el que se desgranan vivos y sonrientes los recuerdos de la infancia, o en la “Memoria de mi abuela Juliana” en que se destapa ese frasco oloroso de consejos sabios, de ejemplaridad viva.

En la segunda parte del libro, aparecen los poemas premiados. Vaquerizo es un escritor fundamentado en gruesas venas literarias, pero con los filamentos de la poesía ondeando en todos los rebordes de sus atavíos. En esa colección breve de diez poemas, aparece solemne el soneto de dicado a “La Catedral” que es muy conocido desde que lo escribió y con el que ganó en 1988 el Premio “Ciudad del Doncel”. Es un ejemplo breve (14 versos dicen que es soneto…) pero con el que demuestra el autor su claro oficio de poeta. Ahí radica su capacidad, su inspiración, su profesionalidad. Quien escribe algo así, puede estar seguro de que va a pasar a la posteridad y se le releerá aún después de sus días. Añade aún cosas religiosas, como el largo poema en versos alejandrinos sin rima dedicados a Jesús Crucificado, o el “Poema del Retorno” que tiene a su pueblo natal, Jirueque, por protagonista. Hay entrañables, emotivos versos dedicados a mujeres, a niñas, a amigas y conocidas, a colaboradoras, en su “Estas que fueron pompa y alegría”, poemas cargados de humanidad, evidencia del paso de la vida, y de la huella que el alma latiente deja en el aire, en los papeles, en las miradas… “Los caminos de mi pueblo” vuelve a ser un sencillo homenaje a Jirueque, y las “Invocaciones a Miguel Hernández” son una clara voz que recomienda al poeta.

En la movida cultural

Hoy la movida cultural corre a través de las pantallas de los ordenadores, de los iPhone, de las máquinas portátiles que todos y todas, más o menos sofisticadas, llevamos encima o tenemos en la mesa de trabajo. Aquí en Guadalajara hay mucha gente conectada a Facebook, y la maraña de relaciones, amistades, eventos, gustos y compartires nos tiene a todos más o menos enterados de lo que ocurre. No se nos escapa nada. Si a eso le añadimos la somera aparición de los twits en el iPad o en la pantalla del televisor, la presencia continua de Guadaqué, del Hexágono y de otros periódicos en línea, que cada media hora nos ponen la actualidad ante los ojos, nadie puede decir que no se ha enterado…

Por eso la aparición, más bien el mantenimiento, de un esfuerzo literario como el Francisco Vaquerizo nos propone, basado en una actividad de años, en un intento permanente de escribir bien, de decir cosas nuevas y de entretener a los lectores de siempre intentando adquirir algunos nuevos, es cosa que debería divulgarse a todos los niveles.

Todo cambia muy deprisa, y a los que tenemos ya unos cuantos años nos sigue sorprendiendo la forma actual de llegar a cualquier rincón de nuestra provincia, cuando antes había lugares prácticamente inaccesibles, en los que la gente quedaba como sepultada en vida: así las noticias, el encomio y la crítica, el parecer y el ser, todo, corre que vuela en media jornada. Esta ocasión semanal de decir lo que hemos encontrado, lo que está por venir, o lo que alguien ha rubricado en nuevos papeles, es una ocasión clásica pero muy útil de mantener a muchos informados casi al instante de lo que ocurre. Por eso insisto, y vuelvo con la palabra entusiasmada de decir que leo a Vaquerizo, y que aunque se sale de los cánones de lo que hoy se lleva, la fragancia justa de la verdad, de la honradez y de los buenos propósitos no pasan de moda. Este “Cementerio marino” donde un sacerdote antiguo, quizás joven en su día, atónito ante el devenir imparable del mundo, se transmuta y saca consecuencias para seguir orientándose, es un ejercicio sanísimo de literatura ejemplar de y de administración social de las ideas. Un gran libro, que no debiera pasar desapercibido.

Un escritor que mantiene viva su voz

De Paco Vaquerizo conviene recordar que sigue siendo (quizás más lo va siendo cada año que pasa) uno de los más firmes valores de la literatura alcarreña actual. Escribe, publica, da charlas y alza el valor de su experiencia y buen decir para cuantos nos proponemos, de vez en cuando, la tarea de oirle y poder conversar con él.

Nació Vaquerizo en Jirueque, en 1936. Estudió en el Seminario de Sigüenza y empezó a ejercer de cura en 1959. Seguidamente se licenció en Derecho Canónico e hizo Periodismo en la Universidad de Navarra. Tras ocho años como párroco en Concha, Auñón, Alhóndiga y Entrepeñas, fue Profesor de Lengua y Literatura, en Sigüenza, durante un tercio de siglo. Toda su vida adulta la ha ocupado en enseñar, en leer y escribir. Y en pensar, que es tarea no muy habitual ahora, ni a todos los niveles.

Vaquerizo ha publicado 30 libros y aún tiene por ahí media docena más pendientes de aparición. Sin exagerar puede decirse, aunque algunos no lo crean, que es uno de los escritores guadalajareños más fecundos.

Don Camilo José Cela, en su “Nuevo Viaje a la Alcarria”, le calificó de “clérigo de buenas letras”. Y ya sabemos que don Camilo no era tendente a las alabanzas ajenas, sino más bien al contrario. Vaquerizo ha escrito también en los periódicos de Guadalajara, concretamente lo hizo con aplicación en “La Tribuna”, y ha ganado bastantes premios literarios. De “Nueva Alcarria”, me consta, es lector asiduo, un incondicional de los que saben que por aquí, por estas páginas pasan tirios y troyanos, y en nuestra provincia nada existe si no ha sido contado aquí, aunque sea entre líneas.

La vida novelada e inventada de Bernardo de Agen, primer obispo de Sigüenza, ha sido uno de sus más recientes éxitos, por no decir nada de su anterior libro, dedicado a “Tres Autos Religiosos de la Alcarria” en el que traía y llevaba milagros y apariciones entre las bambalinas de sus versos. Son más de cien, y aún más de doscientas, sus intervenciones en forma de charlas, recitales, conferencias y apoyos en actos culturales. Vaquerizo, con esto que digo y mucho más que forma su bagaje, es sin duda uno de los intelectuales de mayor calado que en este momento viven en nuestra tierra. Hacerse con este libro que acaba de presentar en la plaza de Santa Ana, en Madrid, será la mejor forma de constatarlo.

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