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Siete siglos sin templarios

Celosía esotérica templaria en el ábside de Santa Coloma de Albendiego

En estos días se cumplen exactamente los siete siglos desde que la autoridad del Pontífice de Roma, a la que estaban sujetos los caballeros templarios, disolvió esta Orden, a lo largo de una serie de trámites y de reuniones, que comenzaron el 22 de marzo de 1312 con la promulgación de la Bula Vox Clamantis, y acabaron el 3 de abril del mismo año en una segunda reunión del colegio Cardenalicio, en Roma, en el que se decidió disolver esta Orden de Caballería. La imposición del rey de Francia,  Felipe “el Hermoso”, y su poder militar sobre el Vaticano, propició esta salida, que siempre ha estremecido a quienes han leído su secuencia.

Nacen los Templarios y crecen sus dominios

Para muchos que consideran la Edad Mediacomo época –remotísima- de poder feudal, de esclavitud, de omnipotencia eclesiástica, de ignorancia e injusticias, entre tanto saber heredado y tanto prejuicio se cuela la imagen de un guerrero, de un monje, de un castillo quizás, o de un monasterio. Alrededor de esas grandes construcciones, los míseros cubículos donde vivía la gente, que si se juntaban muchos parecía un pueblo.

En un momento de renovación espiritual, a comienzos del siglo XII, la energía de Bernardo de Claraval para labrar una espiritualidad cristiana nueva se mezcla con el impulso de Cruzada que surge entre los caballeros y magnates europeos. Es el momento de preparación de las Cruzadas, del crecimiento de los renovados monasterios cistercienses, y del nacimiento de una Orden Militar y Religiosa a un tiempo, la Orden del Templo de Jerusalen, los templarios.

En el año 1099 Godofredo de Bouillon toma Jerusalen y se proclama rey de Palestina. En 1118 Hugo de Payns y otros ocho compañeros de armas, se asocian para proteger a los peregrinos que empiezan a llegar a Tierra Santa. Esa cofradía, en 1120 adopta el nombre de “Pobres Caballeros de Cristo” y en 1129 el Concilio de Troyes da por fundada la Orden del Temple, que vendrá a durar casi dos siglos, creciendo sin parar durante ese tiempo, formando parte de ella miles de caballeros europeos, que atesoran riquezas, fortalezas y granjas. Y que, -sobre todo- participan de unos saberes mistéricos que van elaborando y difundiendo entre los grupos que se establecen en los cruces de caminos, en las atalayas, en los puentes y pasos estratégicos. El Temple empieza a ser el referente del poder, y lógicamente esto preocupa a cuantos habían detentado ese poder de forma incuestionable: reyes, señores feudales, obispos y pontífices. El “choque de trenes” se veía venir…

La disolución de la Orden del Temple

En un vistazo rápido a las fechas de la historia (la conocida entre nosotros, la de los anales europeos) vemos cómo curiosamente coinciden el inicio de las Cruzadas, y la consiguiente fundación de la Caballería del Temple, con la llegada a España de monjes franceses, de vigores esprituales y guerreros plenamente coincidentes con lo que ocurre en el Continente. De 1124 es la conquista de Sigüenza por el francés Bernard d’Agen. De 1129 es la conquista de Molina por Alfonso I el Batallador de Aragón, que irrumpe con fuerza inusitada por los valles del Ebro y el Tajo, ayudado de monjes benedictinos, de caballeros narboneses, etc. El primer señor de Molina, Manrique de Lara, está casado con Ermesinda de Narbona. Un empuje guerrero y espiritual, nunca visto hasta entonces, recorre como un escalofrío las tierras todas de Europa: ese temblor llega hasta Castilla y asienta en nuestra tierra.

Serán dos centurias de fuerza, de crecimiento, de fragor guerrero y novedades espirituales. Pero ese “choque de trenes” que tiene lugar en Francia repercute al final en todos los paises limítrofes. A comienzos del siglo XIV, en 1308, el Papa Clemente V convoca un concilio general con la bula “Regnans in coelis” para reunir a todos los cardenales y príncipes de la Iglesia en Vienne (Francia), con el propósito de “hacer provisiones respecto a la Orden de los Caballeros Templarios tanto los miembros individuales y sus tierras y para otras cosas de la Fe Católica, la Tierra Santa y la mejora de la iglesia y de las personas eclesiásticas”. La bula se envió a los reyes de los cercanos reinos cristianos y a los arzobispos de toda Europa, también a los dirigentes templarios al objeto de que enviaran defensores apropiados al Concilio, en el que estaba citado el Gran Maestre y su Mesa. El Concilio se pospuso porque se habían iniciado juicios contra los templarios en otros países y obispados, siempre a instancias del rey Felipe “el Hermoso” reinante en Francia. Pero en septiembre de 1311 el Pontífice Clemente V llegó a Vienne con sus cardenales y el día 16 de septiembre se celebró la primera sesión formal enla catedral. En el discurso inaugural el Papa señaló los tres puntos que el Concilio trataría, lo que entonces preocupaba a los estamentos del poder: la cuestión de los Templarios, la ayuda a Tierra Santa y la reforma del orden y la moral clericales.

Apenas han quedado documentos de aquel Concilio. Es lógico: se hizo fuera de Roma y había muchos intereses en que no quedara nada por escrito. Una comisión de obispos y abades se encargó de examinar los documentos oficiales de la Orden del Temple. La mayoría de los cardenales y obispos eran de la opinión de que la Orden de los Templarios debía tener el derecho a defenderse y que ninguna prueba aducida hasta entonces era suficiente para condenarlos por herejía de la que habían sido acusados. Pero las presiones del rey de Francia eran cada vez mayores. La situación del Papa era muy comprometida. En febrero de 1312, el propio rey galo se presentó con gran pompa ante las puertas de la ciudad de Vienne y en una carta de 2 de marzo dirigida al Papa, le pidió con determinación que dictaminara la supresión de los Templarios. Muy forzado el Papa volvió a reunir a los cardenales, y en una nueva asamblea de estos, y en presencia del monarca francés y sus tres hijos, el 22 de marzo de 1312, el pontífice les presentó la Bula “Vox Clamantis” en la que personalmente decidía la supresión del Temple.  Nuevas reuniones el 3 de abril, y el 2 y 6 de mayo, concretaron la forma en que se debía proceder, que no era otra que la de someter a juicio por herejía al Maestre y superiores de la Orden, a todos sus caballeros, y la enajenación de todos sus bienes, a favor del reino de Francia y dela Iglesia Católica.Estosdías se cumplen exactamente los siete siglos de aquellas dramáticas jornadas. Luego vendrían los juicios, las prisiones, las hogueras…

Los Templarios en Guadalajara 

Nadie sabe los detalles del agotamiento templario en Castilla y el paso de sus bienes a la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan. De estos últimos, sus herederos, sí han quedado huellas y documentos. Hace unos meses (Nueva Alcarria, 9 Diciembre 2011) escribí con detalle las huellas físicas y documentales de los caballeros sanjuanistas en nuestra provincia. Pero de lo que en Francia fue una debacle absoluta, con juicios, torturas y ajusticiamientos públicos, en la península ibérica apenas corrióla sangre. Losreyes de Portugal, Castilla y Aragón acataron las normas de Roma, y la Orden se disolvió, sin castigos para nadie, pero con la absoluta certeza de que nada quedó que la sobreviviera.

Tan cauto fue todo, tan en silencio, que los diversos historiadores que en los siguientes siglos se preocuparon del tema apenas pudieron manejar papeles que relataran lo sucedido. Florián de Ocampo, Jerónimo Zurita y sobre todo Rodríguez de Campomanes, en sus libros sobre la Orden del Temple, elucubran respecto a su fin, y relatan lo que saben de los dos siglos de su pervivencia.

En Guadalajara han quedado huellas, escasas, apenas visibles, de los Templarios. Precisamente en estos días se ha anunciado la próxima aparición de un libro que va a rastrear, meticulosamente, su paso por nuestros caminos, su estancia en castillos, templos y monasterios. Serála “GuíaTemplariade Guadalajara” que ha escrito Angel Almazán de Gracia, quizás la más alta autoridad en estos momentos acerca del tema: no solo la búsqueda de las huellas de los caballeros de la cruz patada, sino la interpretación de los signos que nos dejaron, mezcla de cábala hebrea, espiritualidad sufí y esoterismo templario.

De una manera rápida, y aunque cuando aparezca el libro lo estudiaremos con más detenimiento, recordar aquí, setecientos años después de su disolución, los restos que dejaron estos caballeros mitad monjes mitad soldados. En la ciudad de Guadalajara tuvieron “convento” (era la forma en que denominaban a sus lugares de reunión y vida comunitaria, mitad castillos mitad monasterios) y estuvo donde hoy el convento de San Francisco.La reina Berenguelase lo entregó y allí vivieron hasta su disolución. Lo mismo ocurrió en Torija, donde hubo convento, vigilante del camino eterno de Aragón, dedicado a San Benito, y que nada tuvo que ver con el futuro castillo, que es obra más moderna.

El lugar más seguro e inquietante que los templarios dejaron en Guadalajara fue el templo de Santa Coloma en Albendiego. En su belleza bucólica, por el lugar en que asienta, las formas arquitectónicas, el silencio que lo rodea, destacan sobre todo los signos que dejaron los templarios en las celosías de las ventanas del ábside, y sobre todo en los capiteles y otros símbolos tallados en el interior del templo. Allí aparecen sellos de salomón, hexalfas, cruz de las beatitudes, cruces patadas, cruces de ocho puntas, mandalas sufíes y jeroglíficos cabalísticos. Poseída luego por el capítulo de la catedral de Sigüenza, que en sus inicios fue de monjes agustinos, también herederos del Temple, el entorno se completa con la ermita dedicada al Santo Alto Rey en la cumbre del cercano monte del mismo título. En la ermita que permanece allí arriba, a más de1.800 metros, se ven también signos, aunque la construcción actual es de hace dos siglos y medio. La tradición siempre se expresó, con su tozuda fuerza ancestral, diciendo que aquella casa había sido de caballeros templarios. En todo caso, la Sierra de Pela que separa Guadalajara de Soria, y que es vértebra capital de Castilla, tiene en sus vertientes frías lugares tan emblemáticos como Campisábalos, Tiermes, San Baudelio, Grado y tantos otros sitios en los que los viejos edificios que aún perviven desde el Medievo  llevan marcas de la presencia templaria, expresiones silentes de una amalgama presencial de árabes y cristianos, que en sus silencios pintaron y tallaron sus metafísicas resumidas en los redondos mandalas que hoy se ven en rosetones, celosías y capiteles.

Por Guadalajara hay muchas otras huellas, que ya veremos en su día. Porque la presentación de esa “Guía Templaria de Guadalajara” que está prevista para el sábado 12 de Mayo en la Feria del Libro de la Concordia nos va a revelar muchos misterios y nos va a refrescar memorias que se hundieron hace siglos, siete exactamente, en la tierra fría.

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