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Signos del más allá en Sigüenza

La cruz esvástica atávica que don Pedro González de Mendoza mandó poner en la sillería del coro de la catedral de Sigüenza

Otra vez penetramos en la catedral de Sigüenza, caja de sorpresas que surgen de la oscuridad, del silencio, de la ensimismada mirada de los antiguos obispos que rezan y mascullan en sus voluminosas sepulturas de alabastro. Al viajero de hoy, además de la dosis razonable de esculturas medievales, arcos románicos y pinturas de primitivos castellanos, hay que ofrecerle un atisbo de misterio en las cosas que mira. Será una forma más cierta de aumentar el interés y dibujar un gesto de vigilancia sobre la madera o la piedra alta difuminada.

En el coro catedralicio de Sigüenza, donde hace unas semanas avistábamos la talla de un dios pagano, Apolo concretamente, tallado en la silla episcopal, donde al parecer llevaba cuatro siglos mirándonos sin que nadie se percatara de esa tristeza tan velada, aparece ahora un símbolo que nos deja estupefactos: es una cruz arcana y nunca vista, una cruz para la que nadie ha podido dar un significado exacto y creíble.

Visitamos de nuevo la catedral seguntina, en una fría alborada de las que gustaban a Ortega y Gasset. Ahora Sigüenza es más fría que nunca, y el interior de la catedral se torna acogedor casi, amable en su silencio y proclive a darnos más luz sobre las oscuridades de sus entresijos.

Volvemos al coro, el espacio cerrado por la reja de Domingo de Zialceta que se ofrece ante el altar mayor, al otro lado del crucero. En ese coro, donde tradicionalmente se juntaban cada día los canónigos a rezar las horas canónicas, de oscura madera tallada que promovió, y pagó, don Pedro González de Mendoza en el siglo XV, a los finales, cuando sabía el hombre que una vez conquistada Granada y su reino poco le quedaba para morir, y por ello deseaba más que nunca que su nombre permaneciera, su memoria inmensa, su poder pintado en los emblemas de su apellido, en los sones de su linaje.

Por eso don Pedro González de Mendoza, el gran cardenal de España, que hasta sus últimos días en 1495, y añadido de otros muchos títulos y prebendas, mantuvo en su mano el obispado de Sigüenza, quiso dejar una huella perpetua en esta catedral, a la que bien es verdad que acudió muy poco. Yo no he conseguido sumarle más de dos meses de estancia, en varias décadas, allá en la ciudad mitrada. Pero desde Toledo, donde más paraba, regía con cuidado sus múltiples posesiones, y repartía su imagen, su leyenda al final, sobre muros, portadas, almenas y coros.

 El coro de la catedral de Sigüenza

En el centro de la nave mayor de la catedral seguntina, frente al altar mayor, se abre el coro, construido por iniciativa y a expensas del Cardenal González de Mendoza, entre las fechas de1488 a1491, sustituyendo a otro más viejo que había. Trabajaron en la construcción dela obra Francisco de Coca, el maestro Gaspar, Peti Juan y Martín de Vandoma, éste ya en el siglo XVI. Se penetra en el impresionante recinto a través de una reja enorme, obra de Domingo de Zialceta y Francisco Martínez, quienes la laboraron en 1649: muestra un sobrio estilo renacentista, y se corona por tres imágenes: la Virgen del Rosario, Santo Domingo de Guzmán y Santo Tomás de Aquino, como representaciones dominicas mandadas poner por el comitente, el obispo fray Pedro de Tapia, que era miembro de la Orden de los Predicadores.

La sillería del coro es obra de una ornamentación gótica increíble; consta de dos órdenes de asientos, concentrando toda la decoración en los respaldos y en el calado doselete que les corona. Son especialmente admirables las decoraciones geométricas de los asientos altos, verdadero muestrario de la paciencia y el tesón humanos. En la cabecera de este espacio, surge notabilísima la silla episcopal central, con un respaldo mas alto que los laterales, en el que aparecen dos figuras de viejos [profetas] hablando, cobijadas por arcos semicirculares, al parecer en contraposición con la escena de lucha que surge en la credencia o “paciencia” del asiento, en la que dos sujetos contorsionados se pelean. También un escudo del Cardenal y Patriarca Pedro González de Mendoza, tenido por ángeles, y encima un pináculo de fastuoso goticismo. Es muy posible que esta noble cátedra, así como las “paciencias” de algunas otras sillas altas, las ejecutara el escultor Rodrigo Alemán. Sobre el coro surge una balaustrada plateresca con escudos del Cabildo y de don Fadrique de Portugal. En las sillas bajas, los respaldos aparecen cubiertos por emblemas tallados del Cardenal Mendoza: de sus apellidos y de sus prebendas: Mendoza, Figueroa, la Cruz patriarcal de Jerusalén y la misteriosa cruz retorcida que motiva estas líneas.

Sobre los pilares del crucero, muy altas, se ven cuatro estatuas, posiblemente del siglo XIV, representando a la Virgen y al Arcángel en el misterio de la Anunciación, así como los profetas Isaías y Zacarías, que en sus peanas muestran los escudos del obispo Simón Girón de Cisneros.

Breve semblanza del cardenal Mendoza

Tomo las palabras de Ladero Quesada para dar en tres párrafos la biografía resumida de Pedro González [de Mendoza] Yo me pondría muy pesado: “El habitualmente conocido como cardenal Mendoza fue el quinto hijo de don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, y doña Catalina de Figueroa. Nació en Guadalajara en 1428 y, desde la cuna, fue destinado a la carrera eclesiástica, ocupando desde niño dignidades en el cabildo toledano por nombramiento del arzobispo Gutierre Álvarez de Toledo, su tío. Estudió en Salamanca entre 1446 y 1452, pasando después a la corte de Juan II, que le nombró su capellán. En 1453 fue designado obispo de Calahorra, si bien sus ambiciones políticas le llevaron de nuevo a la Corte, donde se convirtió en un obispo áulico durante los reinados de Enrique IV y los Reyes Católicos.

Cuando en 1458 muere su padre pasa a encabezar la poderosa familia de los Mendoza, utilizando el considerable poder del que disponía para su encumbramiento personal y el de su familia. Tomó parte activa en las constantes luchas entre la nobleza en tiempos de Enrique IV, siendo partidario de los derechos legítimos de doña Juana la Beltraneja, incluso tras la muerte del príncipe don Alfonso. Sin embargo, en 1473, un año antes de la muerte del rey, se pasa al bando de la princesa Isabel, en rivalidad con el arzobispo Carrillo, hasta entonces fiel a la princesa. Mendoza, desde entonces, permanecerá siempre al lado de la futura reina, constituyendo un apoyo decisivo para la causa isabelina durante la guerra de sucesión con los partidarios de doña Juana, tomando parte activa en la batalla de Toro, decisiva para el desenlace final del enfrentamiento. A partir de ese momento se convierte en uno de los principales consejeros de los monarcas, especialmente en los asuntos de política religiosa. Su influencia fue decisiva en algunos de los acontecimientos y en las decisiones más relevantes del reinado como, por ejemplo, el establecimiento de la Inquisición, la reconstrucción de las diócesis tomadas al Islam, la expulsión de los judíos, o el apoyo prestado a Cristóbal Colón.
A lo largo de su vida acumuló numerosos cargos eclesiásticos dentro y fuera dela Península. Tras el obispado de Calahorra, ocupó el de Sigüenza, en el que se enclavaban sus dominios familiares, fue también abad de Valladolid y de San Zoilo de Carrión. Amigo personal del cardenal Rodrigo de Borja, le acompañó en la legación castellana de 1472 y, gracias a él, recibió el capelo cardenalicio en competencia directa con su enemigo, el arzobispo Carrillo. Alcanzó el patriarcado de Jerusalén y tres títulos Cardenalicios (Santa Cruz, San Jorge y Santa María in Navicella). Intentó ser Papa, y es muy posible que viajara a Roma para ello, pero finalmente no lo consiguió. Ocupó también el arzobispado de Sevilla, y fue, por deseo de Luis XI de Francia, abad de Fecamp. En 1482, al ocupar la sede de Toledo, renunció a todas las demás dignidades, salvo el obispado de Sigüenza. Tuvo dos hijos con doña Mencía de Lemos, y otro con Inés de Tovar. Murió en Guadalajara en1495”. Algunas cosas que aquí aparecen son de mi cosecha.

 La cruz misteriosa

En varias sillas del coro bajo de Sigüenza está tallada con meticulosa perfección la cruz que comento y adorna estas páginas. Los respaldos de las sillas bajas llevan todos escudos que simbolizan al Cardenal Mendoza: está el emblema de su linaje principal, el escudo cuartelado en sotuer con las bandas perfiladas y el campo de la Vega, por Mendoza; están las cinco hojas de higuera de los Figueroa, por su madre. Está la cruz de Jerusalén, la de brazos iguales ensanchados regularmente en sus extremos. Y está esta cruz, que es como la anterior, sencilla y proporcionada, pero que muestra la singularidad de que sus brazos se doblan, al unísono y en la misma dirección, dando una imagen de cruz antigua y misteriosa.

¿A qué se parece esta cruz del coro de Sigüenza? Lo primero que a uno se le viene a la cabeza es la cruz o lábaro de los primitivos cristianos, impuesta por el emperador Constantino en los primeros momentos del cristianismo. Una cruz que siguió siendo usada por los visigodos, y que más o menos fiel aparece en los crismones de algunos templos románicos. Este lábaro sigue siendo usado por los vascos, que le representan tallado en algunas ermitas, y sobre todo en las laudas sepulcrales de cementerios lejanos. Por parte de los estudiosos y promotores de la cultura vasca autóctona, esta es –dicen- la cruz propia de los euskaldunes. Tiene también las condiciones para ser considerada una cruz esvástica, forma primitiva, incluso precristiana, de representar la perfección dela naturaleza. Imagendel mundo completo pero en movimiento. En general, todos los símbolos del cristianismo están heredados del llamado paganismo, o culturas y religiones anteriores a él. La cruz no es una excepción. La cruz esvástica, que recientemente se hizo, durante los años del imperio del nacionalsocialismo en Alemania, tristemente famosa como emblema de un partido político de corte autoritario, es un símbolo muy antiguo, muy utilizado en las religiones orientales.

Presentada esta cruz misteriosa de Sigüenza, comparada con otras similares, y reconociendo que tal cual no se ha visto nunca cruz alguna, me atrevo incluso a esbozar una teoría del por qué don Pedro González de Mendoza quiso poner este símbolo entre los otros suyos: trata de poner una cruz que sea su símbolo, pero símbolo secreto, legible solo para unos pocos, quizás para nadie, dejándolo volar y flotar en el misterio y en la interrogación para que alguien, mucho tiempo después, o solamente después de su muerte, se diera cuenta de que él, en el fondo, había sido un partidario de la reforma del cristianismo hacia la puridad y la simpleza, tal como su “heredero” en el arzobispado de Toledo hizo luego: Cisneros fue el reformador de la religión, especialmente de las reglas religiosas, en Castilla. ¿Por consejo y recomendación de Mendoza? Es una forma de mostrar la cruz de Cristo con un aire de antigüedad y limpieza, como diciendo: el verdadero cristianismo está pensado y creado antes de Cristo. Sería como un antecesor de los humanistas, de los erasmistas, de los reformadores que propondrían claramente sus teorías en pleno siglo XVI.

Quizás todo esto no es más que un efluvio de una mente calenturienta y sin muchas preocupaciones añadidas, como es la mía. Quizás sea un descubrimiento sensacional. En todo caso da lo mismo. Estas son cosas que importan a muy pocos, y por lo tanto, el resultado de la disquisición no va a cambiar el rumbo de la historia. Ahí queda, para que mis lectores y amigos se entretengan y tengan un motivo más para ir de visita hasta Sigüenza, que es cosa harto recomendable.

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