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febrero, 2012:

Reaparece el Real Balneario de Trillo

En estos días nos ha llegado a las manos el libro que ha editado el Ayuntamiento de Trillo sobre la historia de sus Reales Baños. Una aportación, firmada por el historiador Aurelio García López, que nos pinta con más detalle aún de lo que teníamos este lugar único y cargado de memorias en nuestra provincia. Junto al Tajo, entre arboledas densas, con el rumor del río siempre presente, la historia de sus directores, de sus arquitectos, de sus bañistas, de sus protocolos… hasta llegar al hoy espléndido en que aquella jungla de chopos regados de aguas clorurado-sódicas y ferruginoso-arsenicales se ha transformado en un activo foco de turismo actualizado. El libro nos sirve, después de pasar sus hojas, ver sus imágenes y anotar sus fechas más señaladas, para viajar con él en las manos hasta Trillo. Ese es el objetivo.

Decía un historiador de los Baños, el doctor Contreras, que los baños de Trillo «ya se conocían en la época de la dominación romana, enla que Trillo se llamaba Thermida». En efecto, desde tiempos muy antiguos fueron conocidas y apreciadas estas aguas medicinales, para las que se erigió un centro donde poder tomarlas cómodamente. Romanos y árabes se aprovecharon de ellas, quedando su fama extendida por todo el país. (más…)

Parques y Jardines de nuestra tierra

Los jardines versallescos de Brihuega. Acuarela de José María Antón Avila

Uno de los recuerdos más antiguos que tengo por la cabeza, -no sé la época, pero debe ser de hacia 1953- fue una visita que con mi tía hice a los jardines del palacio de la Condesa de la Vega del Pozo, a los que se entraba por el callejón de San Sebastián, por un portalón que hay poco más arriba de la torre del mismo nombre. Rodeaban por el sur y levante el gran palacio que mandara agrandar y dejar en suculento uso doña María Diega Desmaissières, a finales del siglo XIX. Rodeados de una alta muralla, constituían un tupido mundo de arrates, caminos, arroyos y cascadas, cenadores, bancos, emparradas y matas de boj. Cómo se conseguía humedecer y regar todo aquello en un clima tan seco como el de Guadalajaraes algo que no me explico. Pero de aquella visita me llevé la impresión de haber estado en un bosque mágico, suculento y enorme de los que ya sólo quedan en los cuentos. Años después, ese palacio fue adquirido por los Hermanos Maristas, convertido en Colegio (tal como hoy sigue) y el bosque y jardines totalmente arrasados para abrir en su lugar unas pistas deportivas. Ya por entonces empezó la acometida del fútbol contra la imaginación. Enello seguimos.

Este mínimo y remoto recuerdo lo traigo (a pesar de confesar con él que son ya bastantes los años desde los que guardo recuerdos) a propósito de un repaso que quiero dar, en vuelapluma somera, por los que fueron, o aún son, jardines y parques de nuestra tierra alcarreña. A propósito, todo ello, de un libro que ha caído en mis manos estos días y que, rara avis, viene colmado de documentación inédita, de apreciaciones y noticias sobre entornos desaparecidos. El libro lo ha escrito el investigador toledano Francisco García Martín, y lleva por título “Paseos y Jardines históricos de la provincia de Guadalajara”. Con muchas fotos y planos, con mucho testimonio directo de lugares apenas conocidos, el autor nos va desgranando docenas y docenas de sitios que tiene, o tuvieron, jardines y parques.

Entre los más conocidos, sin duda aparecen los “jardines versallescos” de Brihuega. En el costado sur de la Fábrica de Paños, y a instancias de quien compró el conjunto fabril, a mediados del siglo XIX, don Justo Hernández Pareja, sobre una amplia terraza con magníficas vistas al valle del Tajuña, se encuentran los jardines de la fábrica, construidos hacia 1850 al estilo francés,  con un gusto versallesco y una elegancia que hoy proporcionan unos minutos de relajación a quienes en cualquier época del año los visita. De ellos escribía Camilo José Cela en su «Viaje a la Alcarria», aún con la emoción de su hallazgo prendida a la pluma: El jardín de la fábrica es un jardín romántico, un jardín para morir, en la adolescencia, de amor, de desesperación, de tisis y de nostalgia. Un lugar increíble, en cualquier caso, donde parece reposar la sombra de la felicidad, el entrañable sosiego de los lugares antiguos y humanizados.

De este estilo, aunque más pequeños todos ellos, y en espacios más cerrados, más privados sin duda, hay que destacar algunos jardines neoclásicos: entre ellos mencionar el jardín del palacio de los marqueses de Chiloeches, en la cercana población alcarreña. Sirve por su parte trasera a la dimensión señorial de la construcción, y consta de un jardín central y una serie de bancadas que en una mezcla de jardín y huerto aprovecha el pronunciado declive del terreno hasta el cercano arroyo. En su centro, una monumental fuente de tallada piedra, con una aguda pirámide en su centro, evocadora de antiguas sabidurías. Son interesantes del mismo modo los jardines del palacio de los Almenara en Galápagos, que se pusieron laterales al barroco edificio, pero se extendieron, comunitarios, al gran plazal que le precede.

En Tendilla hubo también jardines, privados: concretamente los que los Solano y López Cogolludo pusieron en la parte posterior de su gran palacio barroco, en una extensión enorme que llega hasta el arroyo del Pra. Hoy están abandonados, como el propio palacio, y perdidos, como ocurrió con los cercanos jardines del palacio que algo más arriba construyera en el siglo XVIII don Manuel de la Cerda y Soto, incluyendo en ellos un molino. Todo vino al suelo y aparcó en el olvido. Como los jardines que mandó poner en su palacio de Mandayona el obispoFrancisco Delgadoy Venegas, o los que en torno a su palacio, primero hundido y luego derribado, puso en Illana don Juan de Goyeneche, ministro de Hacienda y uno de los ilustrados más dinámicos que ha tenido este país.

De los jardines que hubo en el Sitio de Heras, aquella finca palaciega de junto al Henares, que tuvieron como espacio deleitoso los Mendoza, nada queda. Por allí vivieron largas temporadas, en los veranos, los duques del Infantado, y allí recibieron y se alojaron los monarcas que por el Camino de Navarra pasaban, cruzando el Henares, hacia Sopetrán e Hita. Pascual Madoz los describe en su “Diccionario” diciendo de ellos que se componían de un gran paseo de plátanos, acacias y otros árboles, junto a las tierras de cultivo y otros bosquecillos de olivos y nogales entre las viñas. En el Archivo de la Nobleza que se custodia ahora en Toledo, el autor del libro que comentamos ha encontrado un estupendo plano que dibuja el palacio, las casas y os jardines del “Sitio de Heras”. Otro nombre más de nuestro “Patrimonio Desaparecido”.

Los jardines sacros de los frailes reformados

En La Salceda, un monte alto y seco, perdido en medio de la Alcarria, entre los términos de Peñalver y Tendilla, y del que hoy solo quedan ruinas lastimosas, se fraguó la reforma de los franciscanos, a fines del siglo XIV, con la iniciativa de fray Pedro de Villacreces. En término de Pastrana, pero ya orillas del Tajo, frente a Sayatón, en un lugar todavía hoy muy difícil de llegar, los carmelitas reformados bajo la dirección de fray Diego de Jesús María pusieron su Desierto de Bolarque. Unas ruinas impresionantes, comidas del bosque, con árboles que han nacido sobre los muros del templo y del claustro, dan fe de aquella aventura humana y espiritual. En ambos lugares, y por necesidades de la nueva visión del encuentro con Dios, los frailes reformados pusieron jardines, en los que se establecían caminos, sendas que imitaban la subida al cielo, al monte Tabor, al Calvario, a las alturas sacras, y en ellos se alzaban pequeñas ermitas, altares minúsculos, carteles y emparrados por donde avanzaban, varias veces al día, los monjes para reunirse y luego orar en solitario. Han quedado interesantes descripciones de esos jardines espirituales, pero ni una sola huella palpable de los mismos.

“Las Cascadas” de Gárgoles

Entre los más impactantes y desconocidos jardines de la provincia de Guadalajara figura la finca “Las Cascadas” en término de Gárgoles de Arriba. En el cauce del río Cifuentes, que nace en este pueblo y desemboca en Trillo al Tajo, con un recorrido de poco más de10 kilómetros, se colocó hace siglos una fábrica de papel, en la que se producía (dicen los entendidos) el mejor de España, de tal modo que sirvió para imprimir los primeros billetes de Banco.

Aprovechó de mil maneras las aguas del río, que siempre mantiene un buen caudal, y se le desvió en acequias, túneles y saltos que produjeran el movimiento de las maquinarias y de los batanes.

Años después, a principios del siglo XIX, se añadieron a la finca una serie de construcciones y sobre todo de disposiciones del terreno y la masa vegetal, de tal manera que se intentó crear un jardín inglés monumental, en el que (frente al constructivismo y equilibrio francés) se recreara “la Naturaleza virgen”. Es muy difícil crear un jardín de estilo inglés en España, en Castilla incluso, en la Alcarria todavía. Pero en esta finca se intentó y se consiguió con creces. Aquí el protagonista es el agua: hay arroyos, cascadas, estanques, láminas, terrazas, túneles, hasta un gruta con rocallas tras una gran catarata. En su torno se crearon, artificialmente, montañas, valles, lagos, y se pusieron edificios adecuados, encantadoras casitas, un palacete, y hasta unas románticas ruinas góticas. Más un montón de puentes, caminos, emparrados, subidas, escalinatas…. Muy poco visitado, no estudiado, y apenas conocido, este Jardín de “Las Cascadas” en Gárgoles de Arriba es sin duda la estrella de los jardines romáticos de nuestra tierra.

En el entorno del Tajo, y no lejos de aquí, surgieron otros jardines que se han mantenido vivos en los planos, en las descripciones de los viajeros, en antiguas fotografías amarillentas. Porque de ellos nada ha quedado. En este crónica de memorias y derrumbes, cabe recordar los jardines del Real Sitio de La Isabela, aquel balneario de junto al Guadiela que se creó para el recreo de Fernando VII y su familia, pero que finalmente fue utilizado para deleite de viajeros y gentes varias, acabando durante la guerra como hospital psiquiátrico y centro de reclusión, y ahora en un charco de escasas aguas al que llaman “Embalse de Buendía” y que deja ver, en años de sequía, el esquelo pálido de aquel lugar.

Aguas arribas del Tajo estaban los Reales Baños de Carlos III, junto a Trillo, en los que también hubo jardines de frondosidades epopéyicas.

El laberinto y  otros jardines de Guadalajara

Enmarcado en el grupo de la jardinería renacentista, y dentro de los jardines ducales, Guadalajara tuvo uno de los más interesantes laberintos del Renacimiento en Europa. Lo pusieron los Mendoza en su palacio, en el centro de los jardines de poniente, y lo diseñó su arquitecto Acacio de Orejón, en la segunda mitad del siglo XVI.

Se trataba del “Laberinto de Creta”, ingeniosamente dispuesto de tal modo que venía a ser un complicado conjunto de corredores, pasadizos y acequias circulares por las que se accedía a una estrecha isla central en la que residiría el minotauro. Sobre este elemento del jardín del palacio del Infantado sólo nos ha quedado la referencia gráfica que aparece en uno de los croquis que hizo Orejón cuando la gran reforma palaciega del quinto duque, pero no se conoce otra referencia ni documento escrito alusivo a él. Su significado se nos muestra fácil y consecuente con el conjunto manierista del programa implantado por el duque en su mansión alcarreña: la utilización de un mito cretense como es el del laberinto, el minotauro y la lucha de Teseo contra este ser, pudiera parecer, en principio, muy desligada de la tónica general del conjunto, en el que priman alusiones a la historia romana y a la mitología olímpica. Pero basta con conocer la general utilización de este elemento «laberíntico» en la mayoría de los jardines del Renacimiento italiano para comprobar que su utilización en Guadalajara no hace sino afianzar el clasicismo de todo el programa.

Una vez abandonado el palacio, utilizado para otros fines, bombardeado, hundido y reconstruido, hacia 1980 se reordenó el vacío espacio de los jardines ducales y se colocó de nuevo un laberinto, que sin tener nada que ver con el original, sí que le da un plus de interés a este conjunto ajardinado pseudorenacentista de tan afamado palacio.

En Guadalajara hubo algunos jardines de interés. María Diega Desmaissières, condesa de la Vega del Pozo, muy chapada a la francesa, quiso poner jardines de tipo galo en torno a su fundación de “San Diego”, lo que hoy es el conjunto delas Adoratricesy el panteón mortuorio dela familia. Unhermoso jardín se puso centrando el claustro del edificio central: un revival románico espléndido, muy poco conocido, en cuyo centro, además de una fuente, con paseos, paredes de boj y acequias sonoras, se alza un gigantesco cedro del Líbano. Para acompañar al visitante que desde el paseo de San Roque, y atravesando la portalada de piedra y hierros que se encuentra en el costado de este paseo, se dirigía hacia el panteón, la duquesa encargó a Cirilo Rodríguez que le preparara unos magníficos jardines al estilo de los del Retiro de Madrid. En ello se puso el jardinero, pero no se llegaron a construir por la muerte dela señora. Que, sin embargo, sí logró montar otro tupido y romántico jardín en su palacio del centro dela ciudad. Esejardín que aún rebulle en la memoria de quien esto escribe.

Signos del más allá en Sigüenza

La cruz esvástica atávica que don Pedro González de Mendoza mandó poner en la sillería del coro de la catedral de Sigüenza

Otra vez penetramos en la catedral de Sigüenza, caja de sorpresas que surgen de la oscuridad, del silencio, de la ensimismada mirada de los antiguos obispos que rezan y mascullan en sus voluminosas sepulturas de alabastro. Al viajero de hoy, además de la dosis razonable de esculturas medievales, arcos románicos y pinturas de primitivos castellanos, hay que ofrecerle un atisbo de misterio en las cosas que mira. Será una forma más cierta de aumentar el interés y dibujar un gesto de vigilancia sobre la madera o la piedra alta difuminada.

En el coro catedralicio de Sigüenza, donde hace unas semanas avistábamos la talla de un dios pagano, Apolo concretamente, tallado en la silla episcopal, donde al parecer llevaba cuatro siglos mirándonos sin que nadie se percatara de esa tristeza tan velada, aparece ahora un símbolo que nos deja estupefactos: es una cruz arcana y nunca vista, una cruz para la que nadie ha podido dar un significado exacto y creíble.

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Sorpresa en Arbancón

Uno de los días señalados para llegarse a Arbancón es hoy, o ayer, o mañana mismo. Entre el 2 de febrero (la Candelaria), el 3 (San Blas) y el 4 (San Blasillo, y vísperas de Santa Águeda) por las calles empinadas de Arbancón sale metiendo bulla la botarga.

Es la ocasión de encontrarse con una costumbre rancia –por lo antigua- y moderna –por el colorido y la alegría con que impregna el entorno-. Como cada año, alguien por tradición, o promesa, se vestirá con un traje multicolor, en el que predomina el rojo, el azul y el verde, y tras una careta de madera correrá por las calles del pueblo amenazando de mentirijillas a los chicuelos, a los grandes, a los timoratos y a cualquiera que se le cruce. Una tradición de cientos, de miles quizás de años. Algo que tiene raíces bien echadas, un árbol maduro: la botarga de Arbancón.

La fiesta se va a completar con un hecho puntual, fuera del ritmo circanual, pero que entronca de maravilla con él.  Ese hecho va a ser la presentación, mañana en el salón concejil de Arbancón, de un libro que explica la historia dela villa. Unlibro con el que hace un año ganó el Premio de Investigación Histórica “Provincia de Guadalajara” el profesor Mario Ballestero Jadraque. Lleva por título, como no podía ser de otra manera, “Arbancón y su legado” y en él se ofrece como en panorámica visión de veinte siglos, el devenir pretérito de este lugar de la preserranía guadalajareña.

En la cubierta del libro –que ha editado la Excmª Diputación Provincial con un estupendo aspecto y una calidad técnica sin tacha- aparece un rincón del pueblo y unos personajes a los que me atrevo a dar nombres: sentado en su sillón está don Joseph Hidalgo Gutiérrez, y a llevarle conversación se acercan, respetuosos, Ramón Mariano Martínez, y Catalina Montero, sus amigos.

Es un lunes, 30 de octubre de 1752, y en ese día se empieza a anotar, por parte de escribanos y alcaldes, de regidores y procuradores, el total de bienes que tienen y frutos que obtienen los habitantes del lugar. Van a cumplimentar una orden que ha emitido, va ya para dos años, el gobierno de Su Majestad, y que promovida por su secretario o ministro de Hacienda, don Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada, pretende analizar los bienes y frutos de todos y cada uno de los españoles, para que coticen impuestos en equidad con sus ingresos, y hacer así un Estado fuerte, desde el que se administren esos dineros allegados por real Orden, y con ellos llenar el país de obras públicas y beneficiar a todos por igual. Es el resultado de la política de la Ilustración, momento en el que España, aún dentro del Antiguo Régimen, da un primer paso para igualarse a la Europa ilustrada y en progreso.

Una minuciosa crónica

El libro de Mario Ballestero es exquisito en su forma y denso y sabio en su contenido. Es una crónica del pueblo fechada a mitad del siglo XVIII y fundamentada en los datos que ese “Catastro del Marqués de la Ensenada” que aún se conserva, manuscrito, en el Archivo Histórico Provincial, y hoy ya entero en Internet, nos proporciona acerca de quienes eran sus vecinos, qué edades tenían, qué posesiones, cuantas casas, heras, huertas y arrenes, y cuantos reales les producían al año, en sus productos o en los que su quehacer manual les reportaban. Había zapateros, mesoneros, horneros, taberneros, muchos tejedores de lienzos, carreteros, panaderos… Había, sobre todo, agricultores, labradores y vinateros. Un escribano, por supuesto, y un cirujano sangrador. Y algún que otro hidalgo, más un par de docenas de viudas, y sólo un pobre de solemnidad. Que se supone cuidaban como oro en paño, para hacer buena la máxima evangélica de que “siempre tendréis pobres entre vosotros…” Una sociedad perfecta, en la que casi todo el mundo trabajaba y tenía para vivir, en la que era incomprensible que detrás de su nombre nadie pusiera (entre otras cosas, porque no sabían escribir) “en paro”.

La tarea del profesor de ciencias físicas Mario Ballestero, que es hombre de altos saberes astronómicos, ha sido larga y fructífera. Ha sido capaz de anotar todo cuanto en el Catastro se dice de personas, de oficios, de rentas y productos. Lo ha puesto en orden y ha llegado a conclusiones evidentes en cuanto a las formas de vida, las capacidades de pervivencia, entretenimiento y expectativas de las gentes de Arbancón en el siglo XVIII. Pero ha sido capaz, incluso, de estructurar un gran plano de la villa señalando las casas que había, a quien pertenecía cada una, las relaciones familiares entre unos y otros, los altos y los bajos, los ricos y los pobres, y nos premia al final con su libro en el que todo eso, que viene en listado meticuloso, es explicado con la gracia de una comedia de costumbres, con la viveza de un caleidoscopio en el que no falta nadie.

La Real Sociedad Económica de Amigos del País de Arbancón

Otro de los méritos de este libro que mañana se va a presentar en Arbancón, es la puesta en claro de una institución –entre científica y económica, entre social y benéfica- que existió en la villa en el siglo XVIII, y que traducía en forma cívica la esencia filosófica de la Ilustración española. Casi todas las provincias de la nación fundaron estas sociedades, las “Económicas de Amigos del País”. En el vasco sobre todo fueron numerosísimas, y en nuestra tierra las hubo, en Guadalajara y Sigüenza, concretamente. Dependían generalmente de algún intelectual, normalmente adinerado, hidalgo, propietario, con recursos, que propiciaba reuniones y alentaba mejoras en la industria, en la agricultura y ganadería de la zona.

Lo verdaderamente interesante es que en Arbancón se creó, en 1783, una de estas Sociedades, exclusivamente al servicio del pueblo y sus habitantes. Fue don José Hidalgo Gutiérrez quien tal cosa movió, y mantuvo durante años viva. En lo que más se entretuvo fue en experimentar con la producción de vino en su municipio, en años en que el viñedo era abundante y estaba sano, en que hacía frío en invierno y calor en verano, como Dios manda –y no como ahora, que andan los tiempos tan revueltos…-. De todo ello se ocupa ampliamente Mario Ballestero, y nos da una historia de esta institución, tan curiosa y modélica, analizando los paseos y decisiones que su creador, y mantenedor, don José Hidalgo, dio por Arbancón, Cogolludo, Guadalajara y Madrid con el objeto de darla vida, y dársela a los vecinos de su pueblo.

El nombre oficial de la institución fue este: “Sociedad Económica de Amigos de la Patria de Arbancón”, y sus objetivos y fines principales los siguientes (copio del libro de Ballestero):

  • Educar a las niñas y mujeres pobres e instruir al vecindario en general.
  • Investigar los medios más eficaces para plantar, criar y conservar árboles en número superior al existente.
  • Tomar bajo la protección de la Sociedad, la labranza y la escuela de hilar lana para las Reales Fábricas.
  • Conceder premios que sirvan de acicate a los oficios que cada cual esté desarrollando..

A su constitución, figuró como Director el licenciado don José Tomás Zarzalejo, cura párroco de Arbancón, actuando de secretario don Manuel Bacas, alcalde de la villa, y Tesorero quien realmente fue promotor del invento, don José Hidalgo Gutiérrez. Es esta junto conla de Toledo,la primera SociedadEconómicaque solicitó el Estado la creación de una Escuela donde se impartieran las enseñanzas de hilado para instruir sobre todo a las jóvenes y niñas en el arte de la hilanza, con el que luego pudieran subsistir y preparar tejidos que adquirirían las Reales Fábricas de Guadalajara, Brihuega, etc…. En definitiva, y por no entrar en los detalles que Ballestero da multiplicados en su libro, esta situación hace que Arbancón fuera decididamente un municipio puntero en el desarrollo de la teoría político-económica de la Ilustración hispana. No cansa leerlo, aprenderlo, asimilarlo.

Orígenes, historias, patrimonio

No menos importante que lo anterior es el repaso que el autor da en este libro ejemplar a la historia primitiva de Arbancón, y a la medieval, y ala moderna. Quizáspasa de puntillas por ella, porque quedan pocos datos, y se centra en la época barroca que es de la que quedan documentos numerosos e importantes. Pero todo ese devenir antiguo, ordenado y clasificado, nos lo sitúa en sus justos términos.

Lo mismo que la relación del patrimonio, (edificios, fuentes, la iglesia, las ermitas, las casonas hidalgas, los desaparecidos elementos de la comunidad como la picota, los hornos, etc.) insistiendo en las parcelas que más destacan hoy en una visita al pueblo. Sobre todo la iglesia, aunque de arquitectura clásica y grandiosa, con su centro neurálgico en el retablo mayor, joya del barroco castellano gracias a las pinturas de Matías Ximeno.

No olvida, en fin, Mario Ballestero analizar esa fiesta que en estos días se celebra, y que es clave en su discurrir temporal, esencia de su diversión, misterio de sus ancestros: la botarga, la Larga, la Cascabelera… en el entorno de la Fiesta de las Candelas, el fin del invierno, el renacer de la naturaleza en una primavera que solamente los animales, y las plantas, adivinan ya.

Un libro tan grande, tan denso, y tan apetitoso, que ya invito a mis lectores y amigos a que, en cuanto tengan oportunidad, lo asalten y lean, lo aprovechen y recuerden. Una gran obra que gracias a Mario Ballestero, que la ha escrito, y a la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara, que la ha premiado y editado, tenemos entre las manos. Esto es cultura local, saber del bueno. Lo que hay que mantener a toda costa.