Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

enero, 2012:

La catedral de Sigüenza, de nuevo protagonista

Este año que acaba de concluir, Correos se ha fijado dos veces en nuestra provincia para hacerla, en pequeños fragmentos, protagonista de sus emisiones de timbres postales. En diciembre fue la talla de la Sagrada Familia que de la Roldana se guarda en Museo Provincial de Bellas Artes. Y en marzo fue una estupenda “Hoja-Bloque” en la que aparece la catedral de Sigüenza, en una vista general, con fuertes tonos verdes, y en el sello de 2,84 Euros, dentado y aislado en el centro de la pieza, una vista de la Sacristía de las Cabezas. Todo ello realizado en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre con técnica de huecograbado, dejando a esta pieza como una de las mejores del pasado año, en que los programadores de estos mensajeros de la cultura y la sociedad que son los sellos, plasmaron la memoria de otras dos catedrales del área celtibérica, las de Albarracín y Tarazona, en otras dos hojas bloques con sus sellos. Vemos las tres piezas.

La Celtiberia, que es tierra de raíces profundas, y en la que aún vivimos parte de los españoles (digo aún porque es la que sigue desertizándose, y si no se pone remedio llegará el día en que nadie quedará por estos pagos) tuvo siempre una idiosincrasia especial, que la viene sin duda de sus primitivos habitantes, aquellos guerreros y ganaderos que fundaron ciudades estado capaces de enfrentarse al Imperio Romano durante dos siglos. Pereciendo, como es sabido (Numantia, Tithia, Segontia, Termantia…) pero dejando en sus gentes un poso, no solo de características genéticas irrenunciables, sino de personalidad, y de cultura, que aún se manifiestan en artesanías, festividades, construcciones y actitudes.

El cristianismo se fraguó sobre la civilización romana, como un movimiento que primero fue de rebelión política y luego quedó cristalizado en una actitud de comportamiento vital y trascendente. En las tierras dela vieja Celtiberia, sobre las que los romanos pasaron como de puntillas, se instaló el cristianismo con fuerza a partir del inicio dela Edad Media.Yen ella se levantaron grandes templos, acumulando en sus figuras e interiores la belleza del arte, la delicadeza de las formas. Esos tres grandes templos son, hoy los recordamos, las catedrales de Albarracín, Tarazona y Sigüenza.

 La catedral de Albarracín

En la hoja bloque aparece la catedral en su conjunto panorámico, y en el sello se ve la torre de las campanas. El edificio y toda la ciudad fue declarado Monumento Nacional en1961, y por su situación en la provincia de Teruel muy cercana ala de Guadalajara, es un destino lógico para los turistas que quieran conocer –siempre en verano- esas tierras agrestes y hermosas del Alto Tajo y Albarracín.

Nace Albarracín como sede episcopal  en la más remota antigüedad, y compite siempre con Valencia,  Segorbe y Tortosa, en las orillas del Mediterráneo, que es el mar por donde a la Celtiberia le llega la civilización.

En un principio, el edificio catedralicio de Albarracín fue construido en estilo románico, pero a inicios del Renacimiento fue renovada completamente, a impulsos en 1530 del obispo Gaspar Jodre de Borja, acabándose del todo hacia 1595 bajo el episcopado de Martín Terrer Valenzuela, por quien se levantó la torre de las campanas. En su construcción participó muy destacado el arquitecto Martín de Castañeda y Quinto Pierres Vedel. Se estructura en nave única que remata en un ábside de planta poligonal. Destacan en su interior diversas capillas de advocaciones mandadas erigir por nobles y clérigos adinerados. Así vemos las de la Magdalena, SanAntonio Abad, San Sebastián, la capilla de las Almas,la de Santa Ana, y la capilla de San Juan Bautista con un altar barroco. El mejor de sus altares, no obstante, es el Mayor, dedicado al Salvador, que es la advocación que da título a este templo catedralicio. También debemos destacar el coro con una sillería gótico-manierista y la portada del claustro obra de Ezpeleta y Juan López. Cuenta con un anejo Museo Catedralicio que se ubica en el antiguo Palacio Episcopal donde se admiran espléndidas colecciones de tapices, pinturas, cálices, cruces procesionales, libros, vestimentas y otros objetos sagrados destinados al culto y actos religiosos. Anejo a los muros del norte del templo se abre el antiguo claustro.

La catedral de Tarazona

Para esta catedral celtibérica se ha apostado en la hoja bloque por una vista en perspectiva lateral de todo el templo, en la que destaca el aspecto del cimborrio sobre el crucero, y el sello ofrece la imagen de la torre mayor del templo. Que hoy está dedicado a Nuestra Señora de la Huerta de Tarazona, pero que primitivamente llevó el apelativo de Nuestra Señora de Hidria.

Aunque como todas las catedrales españolas,la de Tarazonaofrece una amalgama compleja de estilos, de sugerencias románicas/mudéjares y renacentistas/barrocas, el conjunto es armónico y agradable de visitar.

Su inicio se fija en 1162, y su consagración, acabada del todo, en 1235. El rey Jaime I el Conquistador, de Aragón y tierras anejas, pagó su ampliación, quedando constituida en un edificio de tres naves con crucero, cabecera semicircular y girola con capillas laterales, además de un claustro de planta cuadrangular con bóveda de crucería estrellada del siglo XVI y una impresionante torre con algunos elementos góticos y muchos mudéjares, que fue erigida, con mimo y paciencia, y con la colaboración de muchos artistas y artesanos, entre los siglos XIV y XVI. La portada principal fue construida a finales del siglo XVI y reformada en 1788, mostrando en la portada grandes estatuas que representan a San Pedro, San Pablo, San Atilano, San Gaudioso, obispo de Tarazona, y la Caridad así como imágenes de cariátides simbolizantes de las Virtudes, todo ello obra del escultor Bernal del Fuego.

De su interior cabe destacar el cimborrio mudéjar que se alza sobre el crucero, decorado con elementos platerescos en 1546 por Alonso González, así como un púlpito también renacentista obra en 1506 de Pedro de Cerdeña. Espectacular puede considerarse el retablo mayor, dedicado a Nuestra Señora de la Huerta, obra del escultor Diego Martínez y del mazonero Jaime Viñola.

 La catedral de Sigüenza

Quizás es pasión personal, pero la mejor de las tres esla de Sigüenza.Lahoja bloque que Correos destina a su celebración ofrece una visión panorámica del templo en su conjunto, y el sello se dedica específicamente al gran salón del Sagrario Mayor, o Sacristía de las Cabezas, la obra cumbre de Alonso de Covarrubias en este templo y en la diócesis toda.

La catedral seguntina, comenzada a levantar desde el momento mismo de la creación de la diócesis y del nombramiento de su primer obispo, don Bernardo de Agen, por el rey de Castilla, es un edificio de apariencia guerrera, plenamente medieval, con fuerza. Los trabajos se iniciaron hacia 1125, nada más ser conquistada a los musulmanes la pequeño localidad en la orilla del Henares. La planta del templo, de tres naves, rematada en principio por tres grandes ábsides semicirculares, era plenamente románica, con un estilo borgoñón muy marcado, pues sus cinco primeros obispos eran gentes venidas del territorio galo (Aquitania, Poitou, Gascuña, etc.)

Los muros se elevaron altísimos, las torres de las campanas, sobre la fachada oeste, se culminaron con defensas almenadas, como si fuera un castillo, y a ras del suelo se abrieron solemnes portadas de arcos semicirculares con múltiples baquetones y decoraciones mudejarizantes de plantas y acantos.

Como todas las catedrales,la de Sigüenzacontinuó su construcción durante siglos, añadiendo en cada época elementos del estilo de cada momento: así puede decirse que es románica en su esencia y planta, en sus puertas y ventanas, pero gótica en sus pilares, capiteles y bóvedas. Detalles mudéjares quedaron en sus capillas, como la de la Concepción en su nave norte, y sobre todo elementos fabulosos del Renacimiento plateresco, como los altares del crucero (Santa Librada, don Fadrique, la capilla de San Juan y Santa Catalina),  sus predicatorios y la sacristía de las Cabezas, joya del arte renacentista y esencia del neoplatonismo.

El atrio que permite su entrada por la fachada occidental es amplio, empedrado y protegido por una reja barroca. Sobre el alto muro del crucero meridional se abre un rosetón románico que es de los mejores de España en ese estilo. La vista de su ábside sobre el arroyo que circuye a la ciudad por el este, resulta espléndida al amanecer, destacan otras portadas, torres, y sobre todo el claustro, anejo al costado norte, y que aunque construido en el siglo XVI ofrece un aire gotizante muy solemne. Completa su belleza este templo presidiendo la plaza mayor seguntina, que con su viejo Ayuntamiento, sus edificios canonicales y el resplandor del templo memora la grandiosidad del jerarca que mandó montar ese brillo urbano que hoy nos asombra, por muchas veces que lo veamos y lo paseemos.

En el interior todavía debemos admirar el eje del templo: Centrando su nave principal, cerrado está el coro, en el que una sillería gótica con decoración mudéjar no se cansa de ser mirada. Entre grandiosas rejas de artesanos vascos, se abre al fondo la capilla mayor, en la que un retablo polícromo y manieristas se acompaña de enterramientos góticos misteriosos y evocadores: el del Cardenal de San Eustaquio, el de Gómez Carrillo y su esposa, los de los primeros obispos franceses… el suelo se tapiza de lápidas de obispos, de canónigos, de beneficiados y hasta de académicos.  En la capilla que remata la nave de la Epístola, dedicada a San Juan y Santa Catalina, y propiedad durante siglos de los Vázquez de Arce, se alza junto a otros el enterramiento de Martín Vázquez, comendador de la Orden de Santiago, y una de las expresiones más bellas de la escultura funeraria en el mundo. Todo ello supone que esta tercera catedral de la Celtiberia,la de Sigüenza, componga un trío admirable y sugerente de detenidas visitas junto a los templos mayores de Albarracín y Tarazona.

Quizás otros templos merecerían haber acompañado a estos, en la serie de sellos postales que las han honrado y propagado por el mundo. La catedral de El Burgo de Osma,la de Teruel, los templos mudéjares de Calatayud, y el románico sorprendente de San Pedro de Soria, quedan quizás para otras emisiones y estampaciones futuras.

Ahora nos hemos dedicado, gracias a estas pequeñas pero hermosas reproducciones sobre papel verdoso, a rememorar y a invitar a los lectores a que visiten estas joyas del patrimonio español, especialmente el cercano templo catedralicio de Sigüenza, esencia de nuestra cultura y espejo del arte hispano de todos los siglos.

El Centro Cervantino de El Toboso

Aspecto parcial del Museo del Quijote y Centro Cervantino de El Toboso

Puede el viajero que se acerca a El Toboso asociar su previa evocación con muchas cosas: la blancura de sus casas, la eminente llanura donde asienta, el sol vigoroso de su horizonte, y la sin par figura de aquella aldeana imaginada en la mente prolífera del por Cervantes imaginado y manchego Don Quijote.

De todo ello tendrá cumplida satisfacción mientras en El Toboso permanezca. Porque el andar por sus calles le dará la dimensión segura de todos los grados de la blancura arquitectónica. La visión del pueblo en la distancia se fijará en el alma como típica ciudad del ensueño manchego. Y hasta la casa, que nació que ni pintada para ser albergue de castas doncellas, de Dulcinea traerá el recuerdo y la melancolía.

Pero después de andar los amplios espacios de la villa, admirar esa plaza ancha y lucida donde caballero y dama en sendas férreas esculturas se asoman, ver la gran iglesia parroquial de San Antonio Abad y, por supuesto, evocar a Dulcinea entre los enormes trastos de antiguos trajines vitivinícolas, deberá penetrar en otro de los lugares que El Toboso tiene reservados para la admiración y el pasmo de los viajeros: el «Centro Cervantino».

Junto al Ayuntamiento, frente a la iglesia, en un caserón enorme y tradicional que es utilizado como Casa de la Cultura, la planta baja se dedica a «Centro Cervantino» en el que hace de protagonista el libro más universal de los que en España han surgido. Allí está el «Museo de los Quijotes» que, refundado y puesto como hoy se ve, abrió sus puertas en 1983. Es este, ya, otro de los elementos que hacen a El Toboso meca perfecta de un viaje con ingredientes de sazonada cultura. Porque tras la fachada sobria y pétrea, bajo el metálico escudo heráldico del municipio en el que la corza escoltada del laurel y acolada de la cruz de Santiago parece desear la paz a quienes entran, se esconde un mundo mágico de libros, de estampas, de historias y curiosidades que entregan al visitante la seguridad de encontrarse en un sitio único en el mundo, en un verdadero santuario de la sabiduría y el regocijo.

Interior del Centro Cervantino

Por breves escaleras en escorzo se baja a la sala principal. En ella, la vieja mesa en que Cervantes bien pudo posar sus manos finas, y en ella tomar la pluma que apoyada en el tintero seco parece pedir todavía nuevas andanzas imaginativas. Un busto, pequeño, del inmortal autor nos sitúa perfectamente en este cálido mundo de los quijotes repetidos.

También en un ángulo se ofrece, grande y prolija, una maqueta de la iglesia parroquial de El Toboso, que hicieron en su día César Plaza y Felipe Guerrero, se supone que con toda la paciencia del mundo, porque no la falta detalle.

Pero eso no es lo importante de este «Centro Cervantino» que el viajero no está dispuesto (sería imperdonable) a pederse. Lo importante es que en él se exponen, por vitrinas, mesas y estanterías, una colección increíble y maravillosa de ediciones del primero y más notable de los libros escritos por Cervantes: las más peregrinas formas de «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha» tienen aquí su cabida, y se dejan ver, con asombro que no acaba.

Un total aproximado de 300 ediciones forman actualmente el Museo. Algunas más están guardadas porque ya no caben en sus anaqueles oferentes. La idea surgió casi a comienzos del siglo xx, entre los ediles de El Toboso. Fue en 1927. Al Alcalde que entonces regía los destinos de la villa, don Jaime Martínez‑Pantoja Morales, se le ocurrió pedir a cada embajador destacado en España, una edición de El Quijote hecha en su respectivo país, con la firma del propio embajador, o, si posible fuera, del presidente o primer mandatario del mismo. Y la mayoría las mandaron. Así ocurre que se ven «quijotes» de mayor o menor envergadura, salidos de las más remotas y sorprendentes imprentas, traducidos en decenas de idiomas cercanos o remotísimos, con firmas conocidas y otras menos. Muchos de ellos tienen junto a sí la carta del embajador, del Rey correspondiente, del Presidente adecuado, en que dicen mandar el libro a El Toboso con toda la simpatía y cariño que la aventura de don Alonso y su pasión por Dulcinea les suscitan.

Además, ya puestos, los sucesivos alcaldes y concejales de El Toboso han ido atesorando ediciones raras, curiosas, singulares de la misma obra. Y entre todas, añadidas de fotografías de los dibujos más hermosos, de encuadernaciones sorprendentes y de alguna que otra fotocopia, se arraciman por las paredes de esta sala, que dejará, tras la media hora que como mucho lleva estarse viendo cosas nuevas, una honda y permanente huella en el visitante.

Ediciones raras del Quijote

Sería largo, y monótono, poner aquí la relación de las ediciones quijotiles que en el «Centro Cervantino» de El Toboso se albergan. Además, lo más emocionante es descubrirlas por sí mismo, asombrarse de que ‑¡Qué barbaridad, hasta en chino está «El Quijote»!‑ la cervantina epopeya está traducida a todos los idiomas imaginables, y contemplar dibujos, grabados y sombras de Doré por cualesquiera rincones.

Pero por dar alas a la imaginación y al deseo, no me resisto a mencionar algunas de las más curiosas cosas que en este lugar ultramundano se atesoran. Porque con su solo enunciado sirvan para que el lector, y ya seguro y futuro viajero hacia El Toboso, prometa no perderse este recinto de suave penumbra y olor a pastas de papel y a pergaminos.

De ediciones raras, pueden contarse, entre otras muchas, la que en 1912 hicieron en Irlanda en lengua celta, que parece una canción tan lenta y húmeda; o en islandés, más reciente, en 1981; o en esperanto, que se titulaba «Don Kihoto de la Manco» y que se leía, como puede suponerse, de corrido… la más moderna de estas quijotescas ediciones del Quijote esperantesco es de 1977, y también está aquí. Las hay en euskera, en gallego, en catalán, en todas las lenguas y dialectos hispánicos. Y de 1853 hay una preciosa, en letra gótica de enrevesados caracteres, hecha en Alemania, por supuesto.

Una de las más curiosas, ‑y que yo más quiero por haberla fraguado un paisano mío, un alcarreño de Horche, concretamente don Ignacio Calvo‑ es la que escribió, entre castigo y chanza, en latín macarrónico, titulándola «Historia Domini Quijoti Manchegui traducta in latinem macarrónicum» y constituyendo un ejercicio de rejuvenecimiento indudable su lectura, pues quien tal haga no parará de reir mientras le duren páginas. ¿O no es para partirse este primer párrafo, preámbulo de tan ancho manjar?: «In uno lugare manchego, pro cujus nómine non volo calentare cascos, vivebat facit paucum tempus, quidam fidalgus de his qui habent lanzam in astillerum, adarga antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut ánima quae llevatur a diábolo…» (más…)

Apolo en la Catedral de Sigüenza

El dios Apolo, tallado bajo la silla episcopal del coro de la Catedral de Sigüenza

No es fácil entrar al coro de la catedral de Sigüenza, -salvo que uno se alce con el beneficio de una canonjía, y eso cuesta lo suyo- y allí pararse entretenido a mirar las cosas que hay talladas sobre la oscura madera que desde el siglo XV al XVIII algunos artistas, artesanos y carpinteros fueron poniendo como mensajes dictados, como elementos parlantes a cuantos miraran. Que siempre fueron pocos, y estos clérigos o muy expertos en la iconografía de las catedrales.

El pasado noviembre, a la que se inauguró el nuevo órgano de la catedral seguntina, tuve la oportunidad de pasarme un par de horas en el coro. Y allí me encontré con algunos guiños que la madera de nogal, oscura y brillante, me hizo. Tan simpáticos los guiños, y tan profundos, que van a merecer cada uno un amplio comentario en estas páginas. Va el primero.

 Apolo en Sigüenza

En el altar de Santa Librada, en la parte alta de la pintura principal que muestra a la santa patrona seguntina sobre un trono cuatrocentista, aparece un friso que pintó Juan de Soreda en los primeros años del siglo XVI en el que se ven nítidas y espectaculares cuatro escenas de los Trabajos de Hércules (con los toros de Gerión, con el León de Nemea, etc.) y que han sido interpretadas como símbolos de la fortaleza y la virtud pagana protegiendo y apoyando a la cristiana.

En la sacristía de las cabezas, obra cumbre de Alonso de Covarrubias, en la misma catedral, las enjutas de los grandes arcos están ocupadas por medallones en los que aparecen talladas las Sibilas, profetisas paganas que hablaban a los griegos, y a los romanos, del porvenir.

Estos y otros datos nos hacen comprender que no es raro que en los templos cristianos, especialmente en los surgidos a raiz de la eclosión del humanismo renacentista, aparezcan figuras paganas que apoyan con la fuerza de su leyenda el sentido cristiano que se quiere dar a algún elemento, altar, o espacio. Esto es algo que surgió en Italia y luego en toda Europa, en el contexto de la corriente filosófica y de pensamiento conocida como neoplatonismo, y que inició Marsilio Ficino en las escuelas del humanismo florentino.

Lo que nadie había mencionado hasta ahora, en ningún libro aparece referido, nadie lo describe ni queda documento alguno sobre ello, es el hecho de que en el eje mismo del coro catedralicio, en el mueble delantero de la silla episcopal o prioral que sirve para que el obispo, o el deán del cabildo se siente y apoye sus libros de oraciones, figura tallada una figura que es de estirpe pagana. Con el aire de la talla que el maestro Pierres imprimía a sus obras, y de las que vemos estupendas piezas en la sacristía (contraventanas con los cuatro evangelistas, muebles de ropas con virtudes talladas) aparece en este sitial el busto de un joven desnudo, de alborotada pelambre, y que tras su hombro izquierdo surge un carcaj lleno de flechas que se presume le cuelgan a la espalda. ¿Quién puede ser este personaje que parece presidir el coro seguntino? No es un santo, nos un profeta, es simplemente un dios pagano, Apolo, la figura que sin duda fue sustituida por Cristo en la evolución iconográfica y simbólica del primer cristianismo. En el humanismo integrador era muy fácil que para representar a Cristo se utilizara la evidencia de Apolo, dando así ese nuevo giro de modernidad y avanzada visión de la piedad renacentista.

No existe documento, o no está publicado, que especifique esta identificación. Ni tampoco se sabe documentalmente el autor, aunque por el estilo, repito, yo apostaría por decir que es de la mano de Pierres o del propio Vandoma.

Apolo en la Mitología

Apolo es un dios que procede de la unión de Zeus y de Leto. No fue fácil el parto de Apolo, sobre todo porque Hera, celosa de los devaneos de Zeus con Leto, amenazó con destruir cualquier lugar donde a Leto se le ocurriera parir. Por eso Leto fue a parar a Delos, una isla pobre y árida donde pensó que Hera no la encontraría nunca. Entre tanto, Hera se preocupó de distraer a Ilitia, la diosa del parto (hija suya por cierto), lo que prolongó los dolores de Leto durante nueve días insufribles. Finalmente Ilitia comprendió lo que ocurría y ayudó a nacer al hijo de Leto, mientras ésta se agarraba desesperada a una palmera.

Apolo es el dios de la belleza, de la civilización, de la ética entre sus paisanos del Olimpo. A los humanos les muestra, más que poder y fuerza bruta, como hicieron otros parientes suyos, los valores de la mesura, de la serenidad y de la razón, resumido todo ello en la intención del “conócete a ti mismo”, siendo así que desde la época clásica lo  apolíneo no sólo es sinónimo de belleza, sino también de responsabilidad y buen juicio. Además se consideró siempre a Apolo como protector de las artes, especialmente de las artes musicales, llevando por atributo la lira.

Era Apolo también muy diestro en el manejo del arco, al igual que su hermana Artemis, teniéndolo como entretenimiento más que como objeto de caza. Por eso se le representa muy a menudo con un arco en la mano y un carcaj con flechas a la espalda.

Otros símbolos y sugerencias de Apolo en el mundo clásico son el talento para la profecía, añadiendo como símbolos suyos el trípode y el ombligo, este último como piedra sagrada que simbolizaba la situación de Delfos en el centro del mundo. El templo de Delfos, por supuesto, estuvo dedicado a Apolo.
Como protector de la Medicina se le considera también, formando en ella a su hijo Asclepio, que llegaría a ser el dios de esa rama del saber humano.
Su representación gráfica en el arte clásico evolucionó desde figuras disformes en algunos kurós primitivos a la perfección de su representación en el frontón del templo de Zeus en Olimpia o en el helenismo la imagen del Apolo de Belvedere.

Apolo en el Cristianismo

El Humanismo rescata a Apolo y se lo entrega, convenientemente barnizado, al Cristianismo. En los primeros siglos de este, la idea que los seguidores de Cristo tenían de su profeta era la de un dios clásico: sobre todo en el área helenística (las costas dela Magna Grecia, sur de Turquía, próximo oriente en Siria, costa mediterránea de Asia y en Alejandría, Cristo aparece con los atributos de Apolo, sin más: va en un carro, tiene rayos en la cabeza, es el sol que amanece, lleva en las manos rollos de legislador, o lleva una vara de augur. Más adelante Cristo empieza a ser representado como “buen pastor”, sin barba, semidesnudo, con toga de filósofo, como profesor, soldados, otra vez pastor, cazador, etc.

El hecho de que Apolo fuera tratado como personificación del sol (al ser hijo de Zeus) supone que el cristianismo atribuye a Cristo esas relaciones cosmogónicas y le hace ser nombrado “Sol que amanece” en mil formas metafóricas: los templos cristianos se ponen orientados (mirando su cabecera al oriente) al lugar exacto en que sale el sol, Cristo es tenido por “luz del mundo” y la utilización del paralelismo “Cristo-Iglesia” con “Luz-Sol” es muy frecuente en la historia. Lateología paleocristiana se nutre de la metafísica clásica y los neoplatónicos. La frase inicial del Evangelio de San Juan, el más “metafísico” e intelectual de los cuatro, es precisamente la que relaciona a Cristo con la Luz: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada de lo que fue hecho se hizo. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres». Al decir que Cristo es la encarnación del Verbo, se remite a la idea de Apolo como propietario dela Palabra Divina a través de la profecía, de la que era dios y administrador en Delfos.

Para saber más de la catedral de Sigüenza

Hay mucha bibliografía, alguna todavía viva, sobre la catedral de Sigüenza: el clásico libro de don Aurelio de Federico, titulado “La Catedral de Sigüenza”, de Editorial Plus-Ultra en 1954; o el fundamental de Pérez Villamil, de finales del siglo XIX, reimpreso luego en el XX. O la monografía deFelipe Peces Ratatitulada “Fortis Seguntina” impresa por Escudo de Oro en Barcelona. O el que a Peces, Asenjo y a mí nos publicó “Musea Nostra” en Bélgica. Sobre las fábricas románica y gótica del templo mayor seguntino es fundamental la tesis de María del Carmen Muñoz Párraga. Y algunas otras guías y referencias monográficas sobre la ciudad, que dan la información precisa al viajero de hoy. Ninguna de ellas, ni ningún otro libro, había mencionado anteriormente esta talla de Apolo que luce, sonriente y sorprendente, en medio del coro.

La Alcarria de Embajadores

El libro de Gabino Domingo Andrés

 

Cuantas personas que salieron de Guadalajara llegaron a triunfar en Madrid… qué pocas, de las que se quedaron en su tierra, llegaron a hacerlo en ella! Nadie es profeta en su tierra, dice el refrán, y Gabino Domingo Andrés es un ejemplo de ello. Hoy quiero narrar su historia, la de un alcarreño (un campiñero, para ser más exacto) que se fue del pueblo y arribó a Madrid, donde [siempre con esfuerzo, con tesón, con perseverancia, porque en Madrid tampoco regalan nada] se labró un puesto de importancia, un puesto que puso luz y olor en el 84 de Embajadores. Allí quedó un poco de nuestra Alcarria. Aquí vemos de qué manera.

En el pasado año me entregó Gabino Domingo un libro que he tenido en reserva, mirándolo unas veces, entreleyéndolo otras, durante unos meses. Al final, le he metido el diente, y me ha resultado sabroso, supersabroso. Porque el libro lleva por título “Las Gallinejas” que es, como algunos sabrán, (de los antiguos, claro, porque la gente moderna solo come donuts y hamburguesas) una cosa de comer, con aceite frito, pan y algo de acompañar, quizás un vaso de buen tinto.

El libro tiene 146 páginas y lo han escrito a la limón Gabino Domingo Andrés y su sobrino David Sanz González. Es la historia completa, apasionante y enternecedora de un guiso, de un establecimiento donde se ha hecho y se sirve, de unas personas que le han puesto el alma y lo han mantenido durante 60 años vivo y floreciente. Este libro es la esencia de una ilusión, y el testigo de una carrera en la que sus autores han vencido. Empieza la obra con un Prólogo (que es historia personal) de Gabino Domingo Andrés, quien desde Membrillera, junto a Jadraque, y cogiendo el tren en la estación a la que vigila el Castillo del Cid, llegó a Madrid un buen día de los años cincuenta, para ayudar a su tía Alfonsa en “la tienda” que tenía en el popular barrio de Embajadores y para liberar a sus padres en el pueblo de una boca a la que alimentar, porque ya había muchas otras con las que hacerlo.

Luego veremos por qué, pero yo quiero aquí, de inicio, hacer el canto de quien dedica una vida entera a un trabajo. Una larga y fructífera vida para un trabajo en el que uno se hace experto, colecciona amigos, se hace conocido, triunfa… y además le deja tiempo para pensar, para escribir, para ayudar a los demás, para levantar tradiciones y memorias en su pueblo: en definitiva, para tallarse una biografía y dejar admirados a quienes le conocen.

Ese canto se lo lleva en persona Gabino Domingo, que ha regentado su “Freiduría de Gallinejas Embajadores” en el número 84 de esa calle de Madrid, durante más de medio siglo. Apareciendo su referencia en el conocido libro de Sara Cucala “Los templos de la tapa” y ofreciéndonos ahora esta historia pormenorizada, didáctica, curiosa y apasionante. La historia de su vida, y la explicación de las gallinejas.

 El templo de las gallinejas

Primero de todo nos describe la casa y muestra fotografías de sus paredes: clásicas, llenas de fotos de famosos comiendo, de azulejos con escenas del viejo Madrid, y aún la página doble que le dediqué en este diario en junio de 2004, junto a las imágenes y portadas de sus libros dedicados a Membrillera.

Por el templo de las gallinejas de Embajadores han pasado muchísimos famosos. Entre ellos Iker Casillas, José Mercé, otros futbolistas del Atletic y del Madrid, Francisco Recuero, pintor, José Manuel Soto, cantante, y muchos otros que quizás no se han identificado, más miles y miles de anónimos (y hambrientos) ciudadanos que se han ido encantados del local. Recibió no hace mucho, por parte de la Cámara de Comercio de Madrid, el título de “Establecimiento Tradicional Madrileño” y en sus 30 mesas de mármol, entre sus muros de baldosines de colores, lámparas y dibujos se ven por sus pasillos estrechos y olorosos como han dejado el recuerdo de buenas horas muchos ciudadanos de esta tierra.

Un capítulo está dedicado a la explicación detallada del producto que le da fama. Es este un producto que solo se ha consumido en Madrid. No vale buscarlo en otro sitio porque no lo hay: se trata de un “despojo” o “menudencia”, lo que en otras partes llamamos “el casco”, un producto de casquería, que durante siglos fue alimento de los más pobres, de los que no sabían a qué echarle mano para sobrevivir. Contrariamente a lo que muchos piensan, la “gallineja” no tiene nada que ver con las gallinas, sino que es un producto del cordero, tratándose de un producto mixto compuesto por el intestino delgado y un trozo del mesenterio (el entresijo) que a su vez contiene una mollejita popularmente conocida como “botón”. Cada cordero tiene una sola gallineja, y para conformar una ración hace falta media docena de corderos lechales. Antiguamente se usaban para esto los corderos grandes, que daban un producto algo duro, muy grasoso, pero ahora se consumen solamente corderos lechales. De ellos y de sus cascos salen también las tiras, los entresijos, los canutos, los chicharrones, los zarajos, los botones, las mollejas blancas y las mollejas negras, los pitos picantes, las madrecillas… y de la primera de las estrellas de esta constelación casquera, la gallineja es la que Gabino ofrece y domina. Antiguamente se vendía en puestos callejeros, y se las llevaba la gente, calentitas y recién fritas, en bocadillos de pan o en cucuruchos de papel de periódico.

La zona parece oler todavía a fritos nutrientes. En el libro de Sanz y Domingo se nos cuenta, con todo detalle, paso por paso y esquina por esquina, lo que había y se vivía en el barrio madrileño del Portillo de Embajadores. Anécdotas, personajes y sobre todo establecimientos que le daban color y vida. Precisamente por ser la última estación del Metro en dirección sur, mucha gente pasaba por allí, y así veía la Taberna de Humanes, la Churrería de Atilano, una frutería, la Inmobiliaria Gilmar, una droguería y perfumería, el Bar El Portillo, la Pescadería Criado, el Restaurante de los Tres Siglos, una lechería, una casquería y por fin, el (también ya desaparecido) “Recreo de Embajadores” un cafetín lleno de amistad y recuerdos.

Cuando las fiestas de la zona, sobre todo por San Isidro, se ponía aquello de bote en bote. Gabino ha vivido momentos de euforia, y otros de abatimiento. Porque en los años 2000-2002 la crisis de las “vacas locas” y el trato “a empujones” de las autoridades sanitarias le pusieron casi en el tris de cerrar. Pero todo volvió a animarse, y hoy recuerda los tiempos buenos, los días difíciles, y en definitiva le sale la cuenta en positivo.

Dice David Sanz –y este puede ser el resumen de cuanto escribo- que “la historia de la Freiduría de Gallinejas Embajadores”, sus inicios, su evolución, su crecimiento, su éxito, es la historia de Gabino Domingo Andrés, el propietario”. Nada más cierto.

Recomiendo vivamente hacerse con el libro de Sanz y Domingo, “Las Gallinejas” que se han editado ellos por su cuenta, llevándoselo a un impresor amigo suyo, y poniendo todas las fotografías, dibujos, imágenes de tiempos antiguos, que han podido encontrar. Preciosas son las ilustraciones que les ha brindado Leo Vicent, otro gran artista que pasó en ocasiones por el establecimiento, y con todo se suma un artículo (un libro con olor a tinta, con páginas de papel, con estampas que alegran la vista y que se coge con las manos) que no desmerece. Que se lee y se guarda con agrado.

Y si aún hay alguien que quiere saber más de todo este invento, puede entrar en la Red de Internet (valga la redundancia) y mirar muchas cosas y detalles más en la estupenda página que tiene abierta el establecimiento: www.gallinejasembajadores.com, o bien pasearse por la bitácora de Gabino Domingo, y allí entretenerse con las imágenes de novedades, grupos, famoseo, etc que para por el comedor: http://gallinejas-gabino.blogspot.com

Charlando con Cela

Gabino Domingo me contó un día (y ahora lo repite y aún amplía en las páginas de su libro) sus relaciones con Camilo José Cela. El Premio Nóbel escribió primero (y lo confundió todo, porque hablaba con la imaginación del escritor de fama) en ABC, en 1980, ilustrado por Goñi, una artículo titulado “Las gallinejas”, pero después de hablar con Gabino Domingo rectificó y así publicó el 21 de diciembre de 1997 otro trabajo, también en ABC, que tituló “Freiduría de Gallinejas” en la que puso los puntos sobre las íes y a nuestro autor por las nubes.

A media tarde de un día de otoño –me cuenta Gabino- le llamaron por teléfono, se puso, y el que llamaba le dijo que era Camilo José Cela, y que le quería preguntar unas cosas sobre su oficio de ventero y freidor de gallinejas. ¡Yo pensé –dice Gabino- que era un bromista que me quería tomar el pelo. Pero bueno…. le seguí la corriente. Y por no quedar mal, por esperar a ver qué pasa, atento, etc…. (muy alcarreño todo). Cela le preguntó hasta el más mínimo detalle todo lo relativo a su oficio, la de freidor de gallinejas. Y Gabino le contó lo que sabía. Luego Camilo volvió a llamarle, le pidió más información, le dio las gracias, le animó a que recuperaran en Membrillera la fiesta de la Carrera del Cabro, y quedó muy amigo suyo. Tanto, que, impresionado, el escritor de Padrón le dedicó estas frases en un artículo que publicó en ABC el domingo 21 de diciembre de 1997: “ Gabino es hombre de buen hacer y acontecer, sabe de gallinejas y de freir gallinejas más que nadie, ama su oficio, discurre con fundamento y habla un español sonoro, preciso y señalador”. Caray, con esa frase, y en el mundo de las letras, uno puede hacer ya lo que quiera.

Parece como si aquellas charlas con Cela, que no fueron más de dos o tres, le hubieran imbuído a Gabino Domingo las capacidades de la locuacidad y la escribanía. O sea, como si una paloma mensajera en oficio de “espíritu de las letras” se le hubiera colado por el cable del teléfono…. porque a partir de entonces se puso a poner en papel lo que sabía de su pueblo: las anécdotas de cazadores, de guardias civiles, de curas y señoritos. Las bromas de los chavales a los arrieros. Los trabajos de segadores y alguaciles. Las ansias de señoritas y molineros. Las secuencias de fiestas, toros, cabros, rosquillas y pollinos. En fin: un mundo. Un mundo que ha quedado modelado, tallado en mármol, puesto a secar y presto a la admiración. El mundo de Membrillera a lo largo de un siglo, del veinte, de ese siglo en el que, allí, como en tantos otros pueblos de la Alcarria y de Castilla, se pasó sin medias tintas de la Edad Media al mundo digital, de las alpargatas a las Nike y de las chaquetas de pana a los chandals grises con tiritas azules. El ha sido un testigo serio y digno, un testigo que lo ha puesto negro sobre blanco en tres libros ya, este último el de la historia de su vida: “Las Gallinejas”.