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El lavadero de Iriépal

En este año se ha cumplido el Centenario de la construcción y puesta en marcha de una institución sencilla, popular y útil de Iriépal: su “Lavadero”. Está ahí, a un paso, en lo más alto del conjunto urbano que es ahora barrio de Guadalajara y siempre villa con idiosincrasia propia. De su belleza, una vez reconstruido, y de su indudable interés por la arquitectura que ofrece, y por la historia que se le aneja, creo que es un buen motivo para recordarlo, máxime ahora, que acaba de aparecer un libro en que se recoge la memoria viva, de un siglo entero, de este lugar: el lavadero de Iriépal.  

El lavadero de Iriépal, a poco de ser construido

 

 El lavadero de Iriépal  

No cabe hacer aquí ni siquiera una breve historia de Iriépal. Porque vamos en derecho, atravesando las empinadas y estrechas callejas de su casco antiguo, hasta la puerta de su viejo Lavadero, que cumple ahora 100 años y que se ve reluciente, tras la restauración que lo recuperó de una inminente ruina hace ahora 10 años, cuando era alcalde de la ciudad y de su barrio anejo José María Bris Gallego.  

Este edificio se construyó en 1910, gracias a los caudales para ello aportados por la Fundación de don José Santa María de Hita. Su construcción se hizo entre el 10 de julio de 1910 en que se puso la primera piedra, y el 3 de diciembre en que se acabó. Fue su arquitecto diseñador don Gerardo de la Fuente. Sin embargo, tardó aún un año en empezar a utilizarse, lo que se tardó en conseguir la traída del elemento fundamental para su existencia: el agua. Fue el Ayuntamiento de Iriépal quien aportaría su llegada, gratuitamente y a perpetuidad, pero las cañerías, su cuidado y las reparaciones debían ser costeadas por el fundador, por su Fundación mejor dicho.  

Se trata de una construcción de ladrillo sobre base de mampostería, con un aspecto por su decoración exterior de estilo neomudéjar, como variante simple de la arquitectura historicista del siglo XIX y principios del XX. En su fachada aparecen unos cubos esquineros más altos que el resto del edificio, y sobre la puerta, muy amplia, un frontón elevado, cuadrado, escoltado de cubos y en su centro la lápida que nos da las fechas de su construcción y el nombre de quien lo hizo posible.  

De siglos atrás, las mujeres de Iriépal bajaban a lavar en las aguas que se apartaban del arroyo del Val, y luego en un rudimentario lavadero en el Zanjón. A comienzos del siglo XX, y con la llegada de cierta visión social en las políticas municipales y provinciales, se fueron abriendo paso las ideas de construir amplios y cómodos lugares donde se pudiera hacer dignamente una tarea diaria, pesada y encomendada clásicamente a las mujeres: lavar la ropa, cosa que se ha estado haciendo a mano hasta no más de 50 años.  

En nuestra provincia quedan muestras, pocas, de estupendos lavaderos, como el de Horche, abierto pero techado, y el recuerdo del de Guadalajara, en el barranco del Alamín, que tra shaber sido derribado ahora luce a medias recuperado, al menos en su enclave. No hace mucho que visitaba los dos lavaderos de la localidad levantina de San Mateo, capital que fue del Maestrazgo de Montesa, y en la provincia aún recuerdo el de Algar de Mesa y pocos más, todos ellos deberían ser protegidos y cuidados como elementos que revelan una forma antigua del vivir.  

El espacio interior de este lavadero estaba articulado en dos cuerpos: uno inicial, de entrada, donde había una habitación de cocina, otra de almacén, y unos espacios para aseos. Era el paso entre el exterior y el lugar de trabajo propiamente dicho. En el siguiente y como única nave, larga de 23 metros y 8 de ancho, estaban las cuatro grandes pilas de lavar. El volumen de las pilas era de paralepípedo, y en torno a cada uno había una canaleta que recogía el agua que salpicaba de las pilas, y eran de ladrillo plano y macizo y revocado de cemento.  

Uno de los problemas que planteó era que dada su ubicación, alejado de cualquier curso de agua, tuvo que hacerse la obra de abastecimiento, lo que encareció la obra.  

El lavadero, muy utilizado siempre, de más categoría incluso que el de la capital y cualquiera de los pueblos del contorno, se mantuvo activo hasta finales de la década de los años 70 del siglo XX. Y hacia 1990 se pensó en tirarlo o adecuarlo para otros fines. Pero fue en 1996 que se encargó al arquitecto Antonio Miguel Trallero la misión de adecuar ese hermoso edificio, respetar en todo su fisonomía exterior, para otro fin social, siendo desde 1998 Carmen García Cardero la encargada de dirigir las obras del interior, que se concluyeron en 1999, utilizándolo desde entonces como Centro Cultural y Social de Iriépal.   

El fundador  

Este lavadero que hoy proponemos a la admiración de nuestros lectores, es una obra social, popular y artística debida a la iniciativa de un hombre, don José Santa María de Hita, nacido en Madrid en 1831 y muerto en la Corte también, a los 74 años de edad, en julio de 1906. El amor a este pueblo se debía a que su madre, doña Manuela de Hita Veguillas, era natural de Iriépal.  

Acomodados propietarios de una lonja de comestibles y ultramarinos en el número 78 de la calle de Hortaleza de Madrid, en pleno corazón galdosiano de la capital, sus padres le destinaron a los estudios. Cursó derecho y se dedicó desde muy joven a la enseñanza, alcanzando a ser catedrático de Geografía Fabril y Comercial, pasando en 1867 a la cátedra de Economía Política en Valladolid.  

Pero la muerte de su padre le hizo regresar a la Corte, donde siguió dedicándose a la docencia y al ejercicio del Derecho. No pasó nunca a la política, pues era algo tímido, discreto, muy educado, llegando a ser conocido por su amistad con escritores y gentes de fama, y sobre todo por su generosidad y asistencia a pobres y por su ayuda a gente joven que empezaba. Una buena persona, en definitiva, este don José Santa María por quien el lavadero de Iriépal llegó a hacerse realidad.  

A su muerte, en su testamento, crea la institución benéfica titulada “Fundaciones de D. José Santa María de Hita”, que es una y trina, pues hace una para Madrid, otra para Muro de Cameros (pueblo natal de su padre) y otra para Iriépal (pueblo natal de su madre), todas ellas con los mismos objetivos.  

A su muerte, solo le sobrevivió su hermana Manuela, quien junto a los amigos del fallecido, Manuel Hernández Soria, y Diego Miranda Beroidi, hacen de albaceas de ese testamento y se ocupan de que cumpla punto por punto todo lo que este señor dejó, que fueron una serie de direcciones y estímulos, de construcciones e instituciones que trataban de mejorar las condiciones de vida de los dos pueblos de sus padres, y de la ciudad de Madrid.  

En Iriépal, concretamente, lo que persigue Santa María de Hita es:  

* El mantenimiento y mejora de las escuelas de niñas, ya fundadas en ambos pueblos.
* La construcción de las escuelas de niños, si procediese.
* La construcción de lavaderos.
* La construcción de casa para los maestros
* Dotes de ciento cincuenta pesetas para hijas del pueblo
* Socorro a viudas y enfermos.
* Préstamos con garantía colectiva a hermanos de Cofradías.
* Premios a niños y niñas de las escuelas, de veinte y diez pesetas respectivamente, por buenos expedientes.  

En 1906 se constituyó la Junta Central del Patronato Familiar en Madrid, y luego en diciembre de ese año la Junta local de Iriépal, formada por el Alcalde, el Párroco, el Maestro y el Médico, al estilo clásico. Hoy esta fundación no existe como tal, porque en 1987 se asoció con sus fondos a la Fundación “Luis Vives” creada para agregar otras de menor entidad.  

El libro que habla del Lavadero  

En la pasada primavera, y en acto presidido por el alcalde pedáneo de Iriépal, y concejal de la ciudad de Guadalajara, Luis García Sánchez, se presentó un libro que aporta todos los datos que se conocen relativos a la historia de este lavadero, y del personaje que lo sufragó. El libro, de cuidada edición, y fácil lectura, con 100 páginas de texto y gráficos, ha sido editado gracias a la Asociación Cultural “Cicerón” de Iriépal, y la autora de sus textos y recopilación de documentos ha sido Marta Córdoba Cuadrado. En él aparecen algunas pocas fotografías rescatadas de viejos baúles, en las que se muestran a las jóvenes muchachas de Iriépal lavando en sus pilones o posando ante su fachada, así como planos de su distribución antigua y su actual destino como Centro Social, más los facsímiles de los documentos fundacionales. Un libro curioso que nos permite mirar, como de puntillas, hacia los viejos espacios, los edificios con solera, de esta ciudad en la que vivimos, o de sus barrios. 

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