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Cinco destellos de Castilla-La Mancha

Próximo el Día de la Región, el martes 31 de Mayo será el momento del recuerdo de la primera sesión constitutiva del Parlamento Regional (fue en Almagro, ese día de 1983) y de la puesta en marcha del Estatuto de Autonomía de nuestra Región, que desde 1982 se tituló Castilla-La Mancha, uniendo con forzada decisión un concepto histórico con otro geográfico, pero que al final ha ido consolidando la identidad de sus gentes con ese apelativo, con sus símbolos y con sus dirigentes.

Es este, pues, un momento ideal para renovar nuestro cariño hacia esta tierra en la que hemos nacido, y en la que gracias a la generosidad del Gobierno Regional, he sido considerado como uno de sus hijos predilectos, lo que aquí quiero dejar bien claro que agradezco con sinceridad y un poco de sonrojo.

La plaza mayor de Tarazona de la Mancha, uno de los espacios urbanos más sorprendentes de la Región de Castilla-La Mancha

 Guadalajara. La iglesia románica de Carabias

Una vuelta somera por cada una de las provincias que forman la región de Castilla-La Mancha, nos coloca en primer lugar en la frontera norte, en la provincia de Guadalajara, y en un lugar emblemático por tener un edificio que da la nota de la castellanía de esta tierra.

Carabias está cerca de Sigüenza, en los suaves cerros de la fría paramera que va ascendiendo, a través de la sierra Ministra, hacia la meseta norte de Soria. En ese pueblo, que trae sonidos de los bosques de robles que le rodean, y de los campos de pan llevar que se extienden a sus pies, surge en el centro un edificio de culto cristiano, la iglesia parroquial, que está construida en el estilo románico propio del Medievo más denso.

Su estructura consiste en un cuerpo de edificio rodeado, por sus cuatro puntos cardinales, por arcos de galería, semicirculares, apoyados a través de capiteles de temática vegetal sobre columnas pareadas, todo ello en un estilo sencillo, rural, muy primitivo, y que evoca con esa sencillez la forma de vivir de unas gentes, nuestros tatarabuelos, que ya empezaron a esforzarse por hacer de su tierra un lugar donde vivir a gusto, y para siempre.

Ciudad Real: El castillo de Calatrava

Pero en Castilla-La Mancha, que es región de enormes distancias, de alturas abiertas y despejados horizontes, la otra frontera, la del sur, está representada en tierra de Ciudad Real por una gran fortaleza que se eleva empinada al azul del cielo, ya en las primeras estribaciones de Sierra Morena, la que por el Sur nos limita con Andalucía.

Es ese el castillo de Calatrava, la Nueva, la sede de los maestres de una Orden militar nacida en el Medievo, al compás de las idas y venidas de las gentes en un medio vacío y hostil para todos: al son de la toma progresiva de tierras por parte de los castellanos, y en un vaivén de retiradas de los ejércitos y los vigilantes musulmanes, la Orden de Calatrava nació para afianzar esa idea de lucha, y servir de hueso sobre el que se añadiría la carne y la fuerza de una repoblación que se consumó en nuestros mejores siglos de historia.

El castillo es como una aparición de ensueño. Alzado, poderoso, pétreo, sobre el cerro de los alacranes, se asciende a pie o en coche hasta la parte exterior de su recinto, denso y cobijando múltiples espacios que tuvieron su utilidad en tiempos de guerra, y sirvieron al tiempo como elementos de poder y de sabiduría.

Porque sobre las cuadras y recintos de tropa inferiores, se levanta la fortaleza de los caballeros, sobre la que aún señorea el templo cristiano, de naves altas, arcos góticos y gran rosetón iluminante. Pero aún más: arriba de todo, la celda del maestre, y sobre ella, la biblioteca, el lugar donde se guardaban manuscritos, libros, saberes y claves para legar a los más asiduos. Un mundo, este de Calatrava la Nueva, que debe conocerse y permanecer en nuestras retinas por siempre.

Cuenca: Las casas colgadas

A Cuenca, la tierra que comulga de la castellanía de su Sierra y del mancheguismo de sus anchos campos sureños, se la identifica ante todo por la capital de la provincia, una ciudad que no se parece a ninguna: una ciudad soñada también, impensable, muchas veces incomprensible.

Porque Cuenca late desde hace cientos, miles de años, sobre un roquedal altísimo, rugiente, un pedestal de piedras a cuyos lados suenan las aguas profundas, bravas, de dos ríos: el Júcar y el Huécar, que desde las verdes serranías traen el agua de las tormentas y el deshielo. En esa ciudad de santos y reyes, de librepensadores y artistas (San Julián y los Alfonsos, los hermanos Valdés y los Becerriles, todos en grupo y demasía) se han ido alzando templos, palacios, monasterios y tribunales. Todo en piedra, mimetizada con el suelo, todo en alto, como si fueran pájaros posados, vigilantes, satisfechos.

Y entre ellos, la magia de las casas, que se colocan como en ningún otro lugar del mundo, sobre el aire: las casas colgadas de Cuenca son la esencia de una estética, de un modo de organizar un espacio. También llamadas “Casas Voladas” o “Casas del Rey”, (pero nunca Casas Colgantes) se tiene constancia de su existencia ya en el siglo XV. A lo largo de su historia han pasado por diversas remodelaciones, siendo la más reciente la que se hizo en los años veinte del pasado siglo. Fueron utilizadas, en sus espacios más solemnes, como Casa Ayuntamiento y casas de nobles, y hoy están ocupadas por un conocido restaurante y por el Museo de Arte Abstracto de Cuenca, que añade la belleza de sus espacios interiores y su contenido visual a la señalada grandeza de esta construcción tan representativa.

Toledo: El mudéjar toledano

En el corazón de todo está Toledo, la caput hispaniae de los visigodos, la roca poblada y sonora de árabes, iberos, monjas y príncipes. Hasta el mejor de los escritores españoles, Miguel de Cervantes, hace discurrir una de sus novelas, “La ilustre fregona” por las calles de aquel enorme burgo en el que Cide Hamete Benegueli, autor morisco de irreconocible rostro, encontró –según dijo- un viejo manuscrito arábigo en el que se contaban las aventuras de su personaje más famoso, el hidalgo don Alonso Quijano a quien por ventura de sus atribuladas sinrazones tras leer todos los libros de caballería se le transformó el seso y dio en llamarse don Quijote, y apellidarse de la Mancha, para por ella poner en práctica sus aprendidas sabidurías caballerescas.

En Toledo, si hubiera que escoger algún edificio sonoro y solemne a la vez (descartando la catedral, y el alcázar, por magníficos y superiores a cualquier sueño) yo escogería la Iglesia de San Salvador, que no hace mucho fue terminada de estudiar y restaurar, y en la que se reúne todo el sabor de los visigodo, en arcos, suelos y columnas; de los árabes, en capiteles y detalles ornamentales; y de los cristianos, en sus campanas y retablos.

Aún surge la imagen del palacio de Benacazón en Toledo, ese palacio antiguo, recóndito, con su portada de subido mudejarismo y su patio de medievales resonancias cristianas, en una mezcla que es esencia del toledanismo.

O la ermita del Cristo de la Luz, o las torres y puertas de la muralla que la cercan, y que en el color y las sombras de sus ladrillos sabiamente modelados dan razón de una ciudad enorme y atenta, señora de sus horas, y encantada de recibirnos siempre.

Albacete: la plaza mayor de Tarazona de la Mancha

Allá por el sur y el este, por los confines levantinos de nuestra Región castellano-manchega, aparecen los pueblos tendidos, plácidos en su quietud, blancos y ciegos de tanto sol. En la Mancha, que es tierra de planas distancias cubiertas de vid, de pinos también, de pastos y trigos, surgen los pueblos ricos de historia y tradiciones. Y en uno de ellos, abierto en dos por la memoria, Tarazona de la Mancha, se alza y abre en su centro la plaza mayor, que es sujeto de miradas y asombros para quien llega a ella por vez primera.

Presenta esta plaza un conjunto de trazado racional y articulado sobre plano rectangular ligeramente irregular. Todos sus edificios se abren al exterior a través de hermosos balconajes volados, de madera, con balaustres torneados y amplios aleros. En su costado Sur, el conjunto de casas de piso bajo y dos alturas ofrece un homogéneo balconaje. En su ángulo del sur hubo un arco de acceso, desaparecido en el pasado siglo, mientras que el costado Norte se articula en su inicio con un hermoso rincón en el que un gran balcón quebrado en ángulo hace de unión con el lado Oeste. En esta parte se encuentra la talla de un escudo heráldico con las armas del Papa Inocencio XI (1676‑1689), en el área correspondiente a una vivienda propiedad de la Iglesia. Y a continuación nos paramos a mirar el Ayuntamiento, edificio que nos ofrece en su nivel inferior tres arcos de medio punto apeados sobre pilares que forman un soportal propio; en altura tiene dos plantas que se prolongan sobre un amplio arco que da salida a otra calle.

Este edificio que alberga el ayuntamiento de Tarazona es pequeño en tamaño, pero muy hermoso por sus proporciones y ornamentos. Sobre la puerta aparece una inscripción en la que se lee la fecha de 1692, que es la de terminación de las obras de construcción de esta plaza y sus edificios. En el costado oriental surge una ampliación o placita aneja, que sirve de atrio a la iglesia parroquial dedicada a San Bartolomé, también concluida en 1694. Todo ello es el aporte oloroso, vibrante, de Albacete a este recorrido por los destellos de Castilla-La Mancha. Un broche brillante, un objetivo a conocer.

De todos ellos, por los que pasé no hace mucho, no me quedo con ninguno en especial: me quedo con todos, porque son la esencia de nuestra tierra, a la que sin duda queremos, porque es heredada de tantos esfuerzos, de tantas sonrisas y tantos insomnios que a nuestros ancestros les supuso vivir sobre sus campos, entre sus tapias, a bocajarro de sus caminos.

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