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Toda Guadalajara en un cofre de dibujos

El pasado miércoles 2 de marzo de 2011 tuvo lugar un acto cultural en el Salón de Usos Múltiples del Colegio de San José en el que se vieron dos vertientes de un mismo hecho: la divulgación visual de las riquezas patrimoniales de Guadalajara, a través de una exposición, la de “Imágenes para un libro” y la presentación de ese libro, el “Cuaderno de Viaje por la provincia de Guadalajara” que prologado por María Antonia Pérez León va cuajado de imágenes pintadas por José María Antón, y explicadas en brevedad por quien esto escribe. 

El "Cuaderno de Viaje por la provincia de Guadalajara" que ofrece las mejores imágenes del patrimonio y la naturaleza de nuestra tierra

 Como un fotógrafo que acude ante cada edificio con sus pinceles, sus papeles y sus artificios del color y la imagen, así José María Antón se ha puesto, uno a uno, ante dos centenares de edificios y paisajes de nuestra provincia, para sacarles una “Fotografía” inusual y magnífica. 

Con este “Cuaderno de Viaje” nos invita a realizar un nuevo recorrido por Guadalajara. Eso es lo que persigue este libro, recién presentado y que durante dos semanas se ofrecerá en sus imágenes por los muros de la Sala Multiusos del colegio de San José de Guadalajara. 

Esas partes son, quizás, los elementos más emblemáticos y que hoy captan la razón de un viaje para muchos –cada día más- que han decidido conocer de punta a cabo esta tierra de alcarrias, campiñas, sierras y señoríos. Merece la pena hacer un recorrido, como si fuéramos nuevos, por Guadalajara entera, y empaparnos de sus maravillas a través de esta obra, que nace hermosa y ya fundamental, para ser testigo de nuestra valía patrimonial. Cinco son esas rutas, esos caminos que José María Antón emprende para mostrarnos, a todo color, la provincia de Guadalajara, que tras pasar sus páginas se nos muestra limpia, llena, con esa nitidez que queda en el aire tras la lluvia. 

La ciudad de Guadalajara primeramente, para desde ella salir, rumbo a Torija, y tras parar con sosiego en el castillo y ver cuanto nos ofrece el CITUG, darnos una amplia vuelta por la Alcarria que visitara Cela. Después será el inmenso retablo del románico rural el que nos salude, y a continuación la oferta de los castillos, decenas de ellos, resplandecientes. Finalmente, otra propuesta de recorrer Guadalajara, fundamentalmente por su frontera norte, es a través de los elementos más singulares de su arquitectura popular, desde los edificios singulares de la Arquitectura Negra, hasta las casonas molinesas pasando por los edificios dibujados de Palazuelos o los clavos y aldabones, los pairones y fuentes de los pequeños pueblos del recorrido. 

Guadalajara ciudad 

En la capital, que tanto ha sufrido de alevosías a su patrimonio, el viajero puede moverse con tranquilidad para ver sus edificios emblemáticos. A pie, en coche (porque cada vez hay más aparcamientos subterráneos) o en bici (porque a pesar de ser una ciudad de cuestas, ahora tiene la ocasión de usar bicicletas eléctricas). La Calle Mayor, espléndida tras su remodelación de pavimento, entrañable siempre, cargada de memorias sencillas y hasta novelas de hondura, es el corazón de la vieja Arriaca. Y a los costados de ella van surgiendo los edificios que hablan, con todo el detalle que uno quiera escuchar, de tiempos pasados: el templo barroco de los jesuitas (San Nicolás), la severidad gótico-mudéjar de las monjas clarisas (Santiago) o el brillo nuevo del palacio renacentista de don Antonio de Mendoza (Liceo Caracense) más la renovada Santa María, concatedral con aromas árabes, o la capilla de Luis Lucena, esa pequeñísima “Capilla Sixtina” de la Alcarria que obliga a subir la cuesta de San Miguel para verla. Debajo de la calle, cuando se abre en plazal de pinos y cornetas, aparece el palacio del Infantado, el monumento esencial del burgo, la pincelada final que Antón nos depara con las sombras de los grifos y los leones de su patio tembloroso. 

La Alcarria de Cela 

En dirección al este, dando un bucle por las tierras orientales de la provincia, sobre sus alborotados valles y sus interminables alcarrias, el viajero puede prepararse y disfrutar de una ruta ya establecida, pero que de la mano de Antón se nos hace colorista y viva. 

Todos los lugares que se ofrecen son ya conocidos, y de relieve sus monumentos: Torija primero, con su castillo y sus almenados detalles, más la importancia del CITUG que ahora se alberga entre sus muros; Brihuega después, cuajada de mensajes de todas las edades y estilos; Cifuentes con su agua y su piedra sonando siempre; Trillo en sus puentes y Budia en sus plazas: la memoria de Camilo José Cela permanece en las placas que desde la esquina de cualquiera de sus plazas nos explican, en brevedad, su paso sentencioso. 

Sigue la Alcarria hacia el sur, parando en Alcocer, subido a las piedras románicas de su catedral de la Alcarria, y por Monsalud recordando el rezo de los monjes cistercienses, que hoy en silencio esperan todavía la restauración que necesitan tan venerables ruinas. 

Más hacia el sur nos encontraremos con Pastrana, la esencia del pensar, del recitar y de la suculencia de la miel en la cocina: la silueta de la fachada del palacio ducal, ya restaurado, la viveza de esa gran “reja de la hora” en su torre norte, y los recuerdos teresianos, nos llevan hasta Zorita, donde el río Tajo y las ruinas de Recópolis siguen repartiendo y barajando recuerdos y sorpresas. 

El románico rural 

Quizás la esencia monumental de Guadalajara esté en su románico rural, porque no en balde su centenar largo de templos marcan una verdadera enciclopedia de formas, de susurros, de detalles nuevos, de visiones siempre evocadas. Aquí el viajero va a ir saltando de un monumento a otro, y por el libro se encontrará con los más singulares, los más declarados: la catedral de Sigüenza, los templos seguntinos, y la riqueza románica de Atienza, en sus diversas iglesias cuajadas de tallas expresivas. 

No se olvida de los templos de la sierra de Pela (Villacadima, Campisábalos, Albendiego), y se entretiene por los que la piedra medieval dejó sembrados, -y ahora restaurados y limpios- por Sauca, Carabias, Pinilla de Jadraque, Jodra del Pinar, incluso Hontoba en la plena Alcarria y Beleña junto al Sorbe, sin olvidar la esencia románica del cisterciense lugar de Buenafuente. 

Los castillos medievales 

En este libro, que es oferta de viajes por haber nacido en muchos de ellos, se contempla la serie monumental de los castillos alcarreños, que vienen a dar consistencia, en su memoria, a los orígenes de una historia y de un nombre regional, Castilla, como nación con dignidad propia, fraguada en muchos presupuestos, pero uno de ellos este de la fuerza: Antón se sienta ante las siluetas de Riba de Santiuste, de Atienza, de Cifuentes o Torija: en unos dibuja ruinas, en otros con detalle sus almenas. 

Sigue después a Molina, y allí se entretiene frente a la gran alcazaba de los Manrique, o en Zafra evoca su heroísmo defensivo. Palazuelos tiene la singularidad de su muralla completa, y Pioz es señalado como el primer punto del que emergen muchas aficiones y entusiasmos. Todos ellos, necesitando ayudas, reconstrucciones, fuerzas seguras. Pero todos ellos también pregonando la belleza de unos perfiles sobre el cielo brillante de nuestra provincia. 

La Arquitectura Popular  

En esta última salida, la propuesta es más amplia que en las anteriores, más variada. Anima al lector y luego caminante a que se trace él mismo la ruta, siempre por el norte de la provincia, por sus flecos altos, pero buscando un tema fijo: la arquitectura popular, en sus edificios emblemáticos, o en sus detalles singulares. Así empieza a caminar por la sierra del Ocejón, recorriendo los pueblos de la Arquitectura Negra (y pasa por Matallana, por Campillo, por Umbralejo) para seguir por Galve y las alturas de Pela hacia Atienza, donde los conjuntos urbanos de sus plazas, de la villa misma, centran la atención del artista. 

Sigüenza con su catedral sobre los rojos tejados, y los edificios enormes, emblemáticos de otro tiempo, en el Señorío de Molina, son los destinos del siguiente paso: casonas de Tartanedo, de Milmarcos, de Molina mismo. La casa de don León Luengo en Embid, o las veletas y espadañas de otros pueblos ínfimos, conforman este viaje necesario por esta ruta tan etérea de la provincia. Porque todos sus pueblos la forman 

Al final, y en esta ocasión de contar a mis lectores esta noticia y esta llegada, lamentar que las páginas de Nueva Alcarria no puedan en esta ocasión ir tintadas a todo color. Porque así darían fe del que las pinturas de Antón Avila derrochan en su exposición y en su libro. En todo caso, esta tiene que ser la llamada necesaria para ir a visitar su muestra, o para hacerse con un ejemplar de su libro. 

El libro que ha nacido 

Libro es este “Cuaderno de Viaje por la provincia de Guadalajara” que ha tenido una larga elaboración, pero que finalmente se ha hecho realidad, gracias a la iniciativa de la editorial AACHE de Guadalajara, y al patrocinio de la Excmª Diputación Provincial, que va a usarlo como elemento activo de promoción de la provincia. 

Consta de 112 páginas, sobre papel de tipo acuarela, impreso todo él a color, en tamaño 24 x 24 cms. con encuadernación en tela y estampaciones en oro. Las imágenes, todas realizadas con técnica de acuarela, sobre apuntes hechos al natural por el artista José María Antón Avila, van acompañadas de breves textos aclaratorios de A. Herrera Casado. En el inicio del libro aparece un prólogo de María Antonia Pérez León, y el colofón se llena con un amplio texto en el que se dan explicaciones sobre todos los monumentos, sus tipologías, medios de admirarlos, características estilísticas y formas de planificar el viaje para conseguir admirar con tino estos cinco cuadros generales: la ciudad de Guadalajara, la Alcarria de Cela, el románico, los castillos y la Arquitectura Popular.

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