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Memoria de Filipinas en Molina de Aragón

Entre las diversas casas grandes molinesas, destaca en la ciudad del Gallo el palacio que llaman del “Virrey de Manila” y que no es otro que el que construyera, a partir de 1740, don Fernando de Valdés y Tamón, mariscal de campo del ejército español, que había servido al país como Virrey del Archipiélago de las Islas Filipinas a principios del siglo XVIII.

De este caballero santiaguista, militar y estadista, quedan muy pocos recuerdos, pero de aquí y de allí han ido surgiendo algunos elementos que nos permiten ahora conocerle algo mejor. Es hora de evocarle, y con él, a las lejanas y tropicales Filipinas, desde la gélida Molina.

 

No sabemos donde ni cuando nació don Fernando Valdés y Tamón, aunque sí sabemos que era de origen asturiano, y que su vida discurrió en la primera mitad del siglo XVIII. Caballero de la Orden de Santiago, hizo su carrera en la milicia borbónica, participando de seguro en la Guerra de Sucesión, al lado del rey Felipe V. Aun gobernando este, y tras ascender en la carrera a coronel y brigadier de infantería, un real decreto de 25 octubre 1727 le nombró para el cargo de Virrey de Filipinas. Allí llegó, tras el largo viaje que suponía alcanzar América, atravesar México, y luego completar la travesía de Acapulco a Manila, el 14 de agosto de 1729. Tomó posesión al día siguiente, inaugurando un virreinado muy denso de novedades, actuaciones y mejoras. También de luchas y contratiempos. Ahora veremos cuales. En 1739, diez años después, fue revelado del cargo, sometido al correspondiente Juicio de Residencia, que pasó con éxito, y elevado al cargo de Mariscal de Campo.

Casó con una molinesa, del linaje de los Vigil, y en la ciudad del Gallo construyó un gran palacio al que se trasladó a vivir, con su joven esposa, largas temporadas, decorándolo en el exterior con pinturas que recordaban los paisajes, las ciudades y las tradiciones de Filipinas, y en el interior con tantas joyas y curiosidades que, según dicen, parecía un palacio de las mil y una noches.

Nada más llegar tuvo que iniciar los trámites e investigaciones para hacer el “juicio de residencia” de su antecesor, José de Cosío, quien finalmente fue sancionado por haber realizado una mala gestión económica. Hoy todavía nos causa asombro ver cómo la esencia de la buena administración del gobierno español en sus inmensos territorios coloniales, era hacer una investigación y un juicio abierto en el que cualquier agraviado podía personarse, a los altos cargos que cesaban. Muchos de ellos fueron sancionados, castigados y algunos de ellos (léase el mismísimo Cristóbal Colón…) terminaron en la cárcel, por los “agujeros” encontrados en su trayectoria pública ¿Se imaginan mis lectores lo que ocurriría hoy si esta “antigualla” del “juicio de residencia” se siguiera haciendo hoy con los ministros, gobernadores, consejeros, presidentes, alcaldes y demás rectores de nuestras cosas?

El principal éxito del virrey Valdés consistió en obtener de Madrid el levantamiento de la prohibición de exportar seda china a México en el Galeón de Manila (Real Cédula de 8 de abril de 1734). Esta ley fijaba un tope máximo a la exportación por valor de medio millón de pesos, si bien con la ventajosa autorización de importar mercancías en el viaje de vuelta por el doble de aquella cantidad.

El tema militar le tuvo entretenido largo tiempo. Uno de los problemas que todavía en el siglo XVIII seguía vivo en las Filipinas era el bandolerismo y la piratería en los Mares del Sur del Archipiélago, especialmente desde la isla de Joló, donde había un sultanato musulmán comandado entonces por Muhammad Alí Muddín, que hacían guerra, pillaje y daban mucha inquietud al resto del archipiélago.  En 1731 zarpó de Cavite una fuerte armada que se reforzó en Zamboanga con la incorporación de goletas de aquel presidio, para atacar Joló. Este lugar fue conquistado duramente por los españoles, que incendiaron casas y barcos, y pasaron luego a la isla de Talobo, arrasando además la isla de Casual, regresando finalmente la armada en 1731 a Manila. En todo caso, Valdés entabló negociaciones con el sultán de Joló, el referido Alí Muddín, dando por resultado la firma de un tratado de paz el 1 de febrero de 1737. fueron años duros, de guerras y batallas, que no le impidieron dedicarse, además, a enviar varias expediciones a las islas Palau, en las Carolinas, en el intento de consolidar el dominio español de las mismas.

La consecuencia de este continuo estado de guerra, fue la creación de numerosos fuertes en islas y ciudades, en puntos estratégicos y puertos de muchas islas. En 1738 el virrey Valdés informaba al Rey sobre el estado de los fuertes del Archipiélago oriental, enviando a la corte un plano y descripción de los 25 entonces existentes. Todos corrían por cuenta de la Real Hacienda, menos los cinco construidos y mantenidos por los agustinos recoletos, y de todos ellos quedan hoy importantes restos, que muestran la tarea defensiva y constructora de España en aquel país. Los fuertes más interesantes eran precisamente los construido pos los agustinos: el de Romblón, en la isla del mismo nombre; más los de Cuyo, Agutaya, Linapacan y Culión, en Calamianes. El primero fue construido a mediados del siglo XVII por Agustín de San Pedro, el llamado Padre Capitán, y se conserva en parte. La iglesia fortificada es la actual catedral de Romblón. Los dos fuertes, de San Andrés y Santiago, que la defendían desde la altura del monte, están en ruinas. Los cuatro fuertes de Calamianes fueron obra del mismo constructor, el padre Juan de San Severo, que los levantó alrededor de 1683. El de Culión fue parcialmente demolido alrededor de 1930, y ya sólo queda la iglesia que estuvo dentro del fuerte. Tanto en Cuyo como en Agutaya habitaron agustinos recoletos hasta noviembre de 1973, quedando todos en bastante buen estado de conservación.

Aparte de ello, Valdés promocionó mucho los estudios geográficos en el archipiélago, quedando de su mandato una serie amplia de planos, algunos de los cuales van junto a estas líneas. Especialmente interesante es el del puerto de Manila, que se remodeló en su tiempo, y la conjunción de todos estos trabajos quedó reunida en el gran libro manuscrito titulado “Planos de las plazas, presidios, y Fortificaciones en todo el distrito de las Provincias que sujeta el Real Dominio en las Yslas Philipinas, Relación de la Artillería, Tren de su manejo, Pertrechos de Guerra, tropas regladas de dotación, Sueldos, Raciones y Municiones, con Liquidación y Separación de su importe a el Año producto de las rentas y consignaciones de qué se exporta según el estado presente, puesto en orden de la S. M. G. (Dios le guarde) por el Mariscal de Campo Don Fernando Valdés Tamón a cuyo cargo es el Gobierno de las dichas Yslas”. Manuscrito en 1738 se encuentra hoy en el Museo Naval de Madrid. En su interior aparecen muchos planos de ciudades, puertos, fuertes y el general del Archipiélago. Solo por esto, ya sería Valdés recordado con aplauso por su tarea en tan lejanas tierras.

Pero además, y según los historiadores de aquel territorio, sintió Valdés gran preocupación por la penosa situación del campesinado, y para mejorar su condición de vida dictó medidas como la limitación de la jornada de trabajo a nueve horas, la protección frente a los abusos de capataces y funcionarios, o la presencia de un médico en cada plantación.

Durante su gobierno también se fundó la Facultad de Derecho Civil en la Universidad de Santo Tomás (1734), en sintonía con el espíritu reformista de la Ilustración, y tuvo el acierto de apadrinar, con el dinero real, la reconstrucción de uno de los santuarios más queridos del cristianismo filipino, la hoy calificada como Basílica del Santo Niño de Cebú también al cargo de los Agustinos que consiguieron del gobernador se reconstruyese en piedra, como hoy la vemos. Una talla muy curiosa de ese Santo Niño figura junto a estas líneas.

 El palacio de Molina

 A partir de 1740, de regreso a España, y ya casado, erigió su palacio en Molina de Aragón. Un palacio (algo más que una casa grande) en la Calle de Tejedores, que hoy se conoce también como de los Vigil de Quiñones, porque esa familia fue su propietaria, como descendiente del matrimonio constructor, hasta el último cuarto del siglo pasado, en que la casa se transformó en edificio de viviendas en su interior, consiguiendo que no se derribase o modificase su aspecto externo, como algunos pretendían.

De la primitiva construcción quedan los muros, y la portada solemne, que es muy llamativa, porque define un ingreso de tono barroco, culminado por el enorme escudo de armas del Virrey, que además de los cuarteles con los símbolos de sus linajes y apellidos, está timbrado de banderas, lanzas, cañones y tambores, y otros elementos militares.

En la fachada, el mariscal Valdés mandó pintar vistas de Manila, de Filipinas, y de advocaciones marianas de aquellas islas. Las pinturas al fresco de esta fachada, sobre las que han pasado más de 250 inviernos, han quedado prácticamente irreconocibles. En el primer estudio que se hizo sobre este palacio, en septiembre de 1975, se aportaban numerosos datos de imágenes, frases y detalles que aún podían verse. Tras los últimos 35 inviernos acontecidos, la pérdida ha sido mayor aún, y el edificio ha entrado en la lista roja de “Hispania Nostra” en la que se incluyen los elementos patrimoniales españoles en grave peligro de deterioro. Qué lástima que Guadalajara sea una de las provincias españolas con más edificios y elementos en esta lista.

Frases y vistas filipinas en el palacio molinés

Como un testimonio de lo perdido, apunto aquí algunas de las cosas que se veían, y con dificultad aún pueden verse, en la fachada del palacio molinés de Valdés Tamón. Situándonos frente a la fachada, de izquierda a derecha y de arriba abajo, aparecían temas como el de un anciano leyendo y meditando, y a su lado otros varios sujetos que hablaban y discutían. Se coronaba con esta leyenda: PHILOSCPHIA / CLAVIS OMNVM / SCIENTARUM.

En el más grande de ellos se veía una gran ciudad en aspecto panorámico, con edificios numerosos y especies vegetales exóticas. Sobre el conjunto se veían las siglas IHS, y abajo, en una cartela, aparecía el nombre de MANILA, indicando ser esa la  ciudad representada. Sobre los árboles se distinguían sus nombres escritos: MANCANO / CACAO / PLATANO. En otros cuadros se veían ángeles, una mujer portando un cuadro ovalado en el que estaba pintada la Virgen; mientras unas niñas jugaban al pie de la composición. Por si alguien quiere ver el estudio completo de este palacio, lo publiqué en las páginas amigas de “Nueva Alcarria” el 20 de septiembre de 1975. Se puede leer, ahora, en mi blog de archivo documental, en esta dirección: http://herreracasado.com/1975/09/20/molina-la-casa-del-virrey-de-manila.

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