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A Hinojosa llega la Soldadesca

El domingo día 6 se va a vestir de fiesta la villa molinesa de Hinojosa. Como desde hace al menos 400 años era costumbre, el primer domingo de junio los vecinos celebrarán a su patrona, la Virgen de los Dolores: admirarán su belleza escultórica, pasearán su imagen en procesión por el pueblo, y una veintena de vecinos, ataviados a la antigua usanza del Renacimiento, escenificarán un Auto Sacramental de lucha entre el Bien y el Mal, entre un ejército moro y otro cristiano, alcanzando sin sangre la plena amistad de todos los contendientes. Será una excelente ocasión de contemplar el colorista folclore molinés, y mirar con nuevos ojos el pueblo en su altura, cargado de palacios barrocos, pairones y recuerdos cidianos.

Protagonistas del Auto Sacramental de Hinojosa, al que llaman "La Soldadesca"

 Hinojosa, en el Campo Alto

La ocasión de conocer en detalle la villa de Hinojosa no debe dejarse pasar. Antes, durante y después de la Soldadesca, el viajero podrá mirar sus edificios más emblemáticos. Y para ello conviene que lleve algún mínimo conocimiento de su historia.

Su nombre es claramente castellano de la repoblación. Pero no significa esto que no existiera en tiempos muy remotos. Hinojosa aparece ante el visitante como un caserío denso y apiñado sobre una tierra alta y cerealista cual es la sesma del Campo en el Señorío de Molina. Se acomoda suavemente en la falda de un alto cerro calizo de cortadas paredes, al que llaman «Cabeza del Cid», pues dice la tradición que en su altura residió alguna temporada Rodrigo Díaz de Vivar, el Campeador, en su viaje de Burgos a Valencia.

Lo cierto es que en esa altura, de dimensiones llamativas y estructura muy regular, se descubren hoy todavía los restos de lo que fue un potente castro militar del pueblo celtíbero. La importancia de los muros y defensas que aún se conservan hacen suponer que aquella fortaleza debió albergar fuerte ejército, y que su importancia estratégica en el sistema defensivo celtíbero sería relevante. En época posterior a la reconquista de todo el territorio molinés, Hinojosa fue repoblada con castellanos, y pronto adquirió importancia y renombre recogiendo en la Baja Edad Media toda la población de la aldea de Torralbilla y otros despoblados entonces producidos. Aquí en Hinojosa vivió largas temporadas, escribiendo su famosa «Historia del Señorío de Molina», el cronista del siglo XVII, regidor de Molina y capitán de las Milicias del Señorío don Diego Sánchez Portocarrero. En este pueblo, también nació D. José García Herreros, que alcanzó los cargos de Vicario general e Inquisidor de la diócesis de Murcia a comienzos del siglo XVIII. Diversas familias de rancio abolengo molinés tuvieron aquí sus casas‑palacio, como luego veremos.

Para los amigos de la arqueología, el Castro de Hinojosa es de fundamental interés. Se halla todavía sin excavar ni estudiar seriamente. La necrópolis que indudablemente le acompañaba, fue esquilmada hace ya siglos, pues en el siglo XVII el cronista Sánchez Portocarrero refiere haber visto, y encontrado él mismo, en los alrededores del pueblo, gran número de monedas, «diversos pedazos de armas de antigua hechura, yerros de lanzas de punta cuadrada, armaduras de cabeza a modo de cascos muy chatos con agujero en medio y muescas para las orejas y abajo alrededor muchos taladros de donde debían de pender otras armas.»

El viajero debe admirar en Hinojosa, por una parte, el rollo o picota que, como símbolo de villazgo y jurisdicción propia, se levanta a la entrada del caserío. Es obra sencilla con pilar cilíndrico rematado en cúspide de traza clásica. Por el pueblo se distribuyen un buen número de casas‑palacio o “casas grandes” típicamente molinesas. Así, son de destacar la casa de los Ramírez, con portalón escoltado de sillares almohadillados, lo mismo que el balcón principal, el cual remata en escudo de armas de la familia. El interior de este edificio, obra del siglo XVIII, está en muy buenas condiciones de conservación. En la misma calle se ve la casona de los Moreno, con portón semicircular adovelado, buenas rejas, y escudo. En una plazuela superior, luce el caserón de los Malos, con portada de severa distribución de vanos, y escudo en lo alto, hoy dedicada a “Casa Rural”. Todavía merece contemplarse la casa de los García Herreros, en Carraconcha, de distribución similar a las anteriores, con portón adintelado y ventana superior escoltada de sillares almohadillados, rematando con escudo de armas de esta familia prócer. La casa de los Iturbe, más antigua, con patio anterior, es también interesante. Y algunas más: todas ellas conforman el conjunto más interesante de «casonas molinesas» que es dable contemplar en cualquier pueblo del Señorío.

En la plaza mayor surge una olma de corpulencia inusitada; una de esas olmas concejiles, venerables y casi maternales, en cuyas altas gradas circundantes se reunía -y aún se reúne‑ el pueblo a la charla y al público debate. En la plaza baja también es de destacar su fuente de la que, según dicen los vecinos de Hinojosa, «cuando Dios quería, agua salía», porque mana agua de forma intermitente, con muy cortos intervalos de tiempo.

Entre los edificios religiosos, son de destacar la iglesia parroquial, obra muy grande y bien hecha, de los siglos XVI y XVII. Asienta en lo más alto del pueblo, y consta de un atrio orientado a mediodía, al que se accede por arco al templo. Con la misma orientación, presenta un arco del mismo tipo, con decoración de rosetas. Los muros de la iglesia son lisos y reforzados con contrafuertes. El interior es de planta cruciforme y una sola nave. El crucero se cubre de cúpula hemisférica. Tiene también una airosa torre a los pies del templo. Existen en el interior algunos buenos retablos barrocos. Entre ellos destaca el de la «Virgen de la Cabeza», que es talla pequeña, morena, del siglo XVII, de gran devoción. A la salida del pueblo surge, entre una arboleda densa y un anchuroso prado, la ermita de Nª Sra. de los Dolores, obra de finales del siglo XVIII, en un barroco sobrio y elegante. Fue costeada por el mencionado D. José García Herreros, quien especifica, en gran cartela de la fachada, que fue colegial y canónigo en Valladolid, así como caballero de la Real Orden española de Carlos III. Se acompaña de un escudo de armas del fundador, y el interior, recoleto, luminoso y cuajado de altares y exvotos, es presidido por una talla de exquisita factura de la Virgen de los Dolores, de gran realismo en su expresión.

No debe olvidarse, al pasear por Hinojosa, la carga de ancestralismo que permanece en la memoria popular: El cerro al que llaman «Cabeza del Cid», con sus ruinas espectaculares, dio siempre pie a que volara la fantasía historiográfica, o legendaria, de sus vecinos. Y así, corre la especie entre ellos de que allí pasó el Cid larga temporada, levantando una ciudad para su ejército. De la patada que en cierta ocasión dio «Babieca» sobre la roca, surgió una fuente con varias bocas, que aún existe.

La fiesta del domingo

Hace años (en 1981) se recobró (tras encontrar los textos que habían servido de guía a los antiguos habitantes de Hinojosa) y se representó cada equis años, «La Soldadesca», consistente en una tradición que viene a ser una manifestación de intención religiosa, en la que se muestra escenificada por las calles del pueblo una lucha de moros y cristianos con la representación de un Auto Sacramental en que la lucha del Bien y el Mal se replantea una vez más. Se celebra el primer domingo de junio, (este año el próximo día 6) y está protagonizada por 10 personajes-actores principales (5 hacen de cristianos y 5 de moros/turcos) montados a caballo, más otros 5 que hacen de pajes, y otros 5 de aldeanos. Tras la misa, en homenaje y devoción a la Virgen de los Dolores, patrona de la villa, se forma la procesión que es escoltada por los cristianos a caballo, y al llegar a la plaza de la Olma, el ejército de moros roba la talla de la Virgen. Así continúa la procesión, escoltada de los mahometanos, hasta casi llegar a la ermita de la virgen, apareciendo por el paseo de nuevo el grupo de cristianos a caballo, que plantean nueva lucha y vencen definitivamente, consiguiendo la conversión de los moros. Y ya todos juntos proceden a acompañar a la Virgen y colocarla de nuevo en su ermita.

Antiguamente se realizaban también danzas rituales de espadas y paloteos. Todo ello es, indudablemente, una expresión típica del folclore heredado del ancestralismo celtibérico de la comarca molinesa, aunque al parecer la representación de “La Soldadesca” como tal, como hoy la vemos, no es más antigua que la batalla de Lepanto (finales del siglo XVI).

Dadas las circunstancias actuales, y ante el posible mosqueo de algunos puristas progresistas, en el programa de actos de la fiesta se ha incluido un trabajo escrito por el profesor don Teodoro Alonso Concha, estudioso molinés y acendrado defensor de las esencias de la región, en el que explica el sentido auténtico de la fiesta, que aunque pueda parecer anacrónica en algunos aspectos, lo que trata singularmente es de mantener una tradición que el pueblo molinés, y especialmente el de Hinojosa, ha tenido durante siglos como afirmación de su personalidad. “Toda fiesta conlleva la exaltación de una comunidad que se celebra a sí misma”, dice el profesor Alonso al principio de su escrito, y sobre esa premisa se aclara lo que de tradición, de raíz popular y de quintaesencia del pueblo tiene este acto. Que no trata de ofender a nadie, ni a nada, sino que representa imágenes estereotipadas de siglos de evolución.

Una sorpresa imprescindible

Para los entusiastas del románico rural, en término de Hinojosa está uno de sus máximos exponentes. Hay que aprovechar este domingo para lanzarse a conocerlo.

Se trata de la ermita de Santa Catalina, junto a la carretera que baja desde Labros a Milmarcos, y en medio de un denso y antiquísimo sabinar. El edificio fue iglesia parroquial, en la Edad Media, de un pueblo que llevó por nombre el de Torralbilla, del cual ya sólo quedan informes ruinas en su derredor.

Destaca sobre el muro sur el atrio porticado formado por seis arquillos de medio punto con columnas que rematan en sus respectivos capiteles, de sencilla decoración vegetal. Este atrio tenía también entrada por su costado de levante, así como por el de poniente, que es el único hoy practicable. El ingreso al templo se hace por su portada inserta en el muro meridional del mismo: consta de cuatro arquivoltas lisas, con ornamentación vegetal la más extensa. Estos arcos de degradación apoyan en capiteles de hojas de acanto, muy deteriorados. La cabecera es un ábside semicircular.

Si hay suerte y está abierta, en el interior, que es de nave única, se puede ver su pavimento de grandes losas de piedra, la techumbre de madera de sabina, el presbiterio, ligeramente elevado sobre la nave, dando paso al ábside semicircular, y un arco fajón o triunfal que media entre la nave y el presbiterio apoyándose sobre dos capiteles decorados: en el de la derecha, simples motivos vegetales; en el de la izquierda, una serie de figuras tomadas del bestiario medieval; perros con cuerpos de ave y harpías a los lados; símbolos del bien y el mal, tomados de los capiteles del claustro monasterial de Silos, que hasta aquí ejerce su influencia iconográfica. Un edificio para apuntarse, pues bien merece un viaje, y más estando cerca.

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