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junio, 2010:

Campos otra vez, de Campoamor

Una vez más, ahora en el nuevo Espacio de Arte “Antonio Pérez” de la Diputación Provincial, en los bajos del Colegio San José, Jesús Campoamor nos trae la frescura de su arte, que sabe siempre a luz y aires de Alcarrias.

Hasta el último día de julio todas las tardes de 7 a 9 se abre esta exposición que es amplia, luminosa, variada y entretenida. Un banquete auténtico para las retinas. Tiene olor incluso. Lo único prohibido es tocar, degustar con la lengua, engullirse los cuadros. Lo demás, es puro goce.

Jesús Campoamor Lecea, en su exposición de arte.

Pinturas de Jesús Campoamor

Viene esta exposición como nueva entrega de visiones alcarreñistas en el contexto de una madura permanencia de estilo y querencias. La amplia obra de Jesús Campoamor, que ha ido dando consistencia a una Alcarria que todos intuimos, que todos reconocemos, pero que quizás por poética y elaborada nunca vemos, está retratada en estos grandes lienzos, que son elaborados con la pasión y el amor de quien solo concibe así la vida: con pasión continua y con amor desbordado.

Desde un punto de vista técnico, la pintura de Campoamor está en los cánones del figurativismo mágico contenida: sus paisajes son reales, pero no existen. Están diseñados desde el otro lado de la realidad, el de la fantasía, pero cualquiera sabe, al ponerse ante ellos, que «algo así» ha visto alguna vez en su vida, al menos cuando cruzó por los campos de la Alcarria y de la provincia de Guadalajara.

Su minuciosa técnica, perfeccionista, elegante, pulcra, medida en las gradaciones y atenta a los contrastes, depura la realidad de cualquier anécdota y se acerca a la perfección necesaria. La opinión de los grandes críticos de arte en España ha sido coincidente siempre: la técnica y la inspiración de Jesús Campoamor crea un estilo propio, un estilo que le hará quedar en las primeras filas de los artistas plásticos de la segunda mitad del siglo.

Desde un punto de vista meramente emocional, poético, también Campoamor va más allá de la búsqueda, y puede decir con el clásico que él no sólo busca, sino que encuentra: esos paisajes en verdes suaves, en azules, en ocres desvaídos y perdidos como en una niebla de día claro, como en una calima de tormentoso presagio, están ahí porque él los ha inventado, y los demás los encontramos porque el artista los ha puesto sobre el lienzo. Creatividad nacida de la emoción y de la paciencia medida, que es la medida justa que ha de encontrar quien se dice artista.

Jesús Campoamor, y esta nueva exposición de lienzos con paisajes alcarreños que ahora se ofrece en Guadalajara, ha puesto nuevamente viva, en pie de paz y sorpresa, la eterna discusión que en torno al arte moderno todos consideran: el encuentro de lo real con lo soñado. En estos paisajes todos reconocerán el suyo, y lo sabrán nuevo.

Además, en esa amalgama de pinturas que tienen a nuestra provincia por sujeto, encontramos algunas otras sorpresas que se cuelan desde lejanas presencias: hay algunas visiones de Estambul, y de Nueva York. Están siempre los cielos, válidos para cualquier latitud, que impregnan de vida los paisajes. Impresiones del Ocejón, de las alcarrias, de los campos secos y ocres mezclados con los húmedos y exuberantes de las huertas. Siempre ausente la figura humana, porque al artista de Torija le interesa sobre todo la fuerza valiente del color sobre el mundo.

Elementos vivos del arte

Es esta exposición que Campoamor ha montado en el espacio “Antonio Pérez” del Centro Educacional San José, “la mejor, la más importante” de su vida de creador. Así nos lo ha dicho mientras la visitábamos con detenimiento, fuera de las aglomeraciones de la inauguración y los primeros días.

“Tengo acumulada mucha obra esencial, y aquí está seleccionada la mejor, puesta en orden la pintura, la escultura, las visiones plásticas del mundo en que he vivido”. Esas palabras del autor señalan la importancia del evento.

En el que nos ha sorprendido especialmente la fuerza plástica de sus esculturas. Algunas están sobrecargadas de masa, pero en otras (especialmente los niños y niñas leyendo, flotando, tomando la esencia de la vida) parece vencer el aire a la materia. Se atreve con algunas plasticidades geometristas (el Gólgota de brillante aluminio) y otras de dura carga social como ese cúmulo de clavos altos y oscuros que recuerdan un bosque quemado.

La distribución en la sala (la mejor sin duda que tiene ahora Guadalajara, para exponer completas las obras de nuestros artistas) está perfectamente organizada. El propio Campoamor diseñó sus espacios y sus huecos. Aquí las superficies, en estas esquinas los volúmenes, la luz bien dispuesta y el olor a la madera, a la pintura, impregnándolo todo.

E definitiva, visitar esta muestra titulada “Campoamor. Paisajes y esculturas” le va a suponer al espectador toda una experiencia de sentidos varios, desde la vista pendular y saltarina, hasta el olfato que se sacia de impresiones poco usadas.

Recuerdos que trabajan

El material con el que están hechos los sueños no es otro que la cotidiana cabalgadura de las calles, de los oficios, de los amores y las nostalgias. En torno a la pintura de Jesús Campoamor podrán muchos vivir sus recuerdos, rescatar los sueños que han ido poniendo hitos en sus existencias.

La Alcarria de Campoamor está entre Torija (donde vive el autor) y Caspueñas (donde pasó con sus amigos tantas jornadas de literatura y versos). Sube hasta las sierras negras del Ocejón, y se alarga hasta las verdes confituras del Alto Tajo: en todas ellas puedo decir que he compartido con él jornadas de luz y charlas. Y en todas ellas hemos bebido juntos, y aún con otros amigos que sabían de caminos, estos colores que él guardaba como sin querer, entre las telas de sus trajes, por encima de las espaldas que se ocupaban también en mirar.

Atienza se alza sobre altar de rocas en algunos de sus cuadros. Y la esencia de Brihuega va musitando canciones en otros. Tiene un retrato del campo henarense desde la atalayada finca que ocupó primero Manu Leguineche, en término de Cañizar. Mientras avanza por la sierra oscura como un águila que ve en la redondez de su mirada todo el detalle, y todo el conjunto.

En la necesaria visita a esta exposición de pintura que el artista alcarreño Jesús Campoamor nos entrega, está el inicio de un nuevo amor por la tierra en que vivimos, una segura vivencia que pronto será recuerdo. No insisto más: quien sepa de alcarrias, aquí las verá retratadas. Y quien las intuya, o quiera tenerlas cerca para siempre, en este conjunto de cuadros podrá saborear sus esencias. En todo caso, una satisfacción y un gozo haber podido pasar un rato entre los colores y las texturas de una tierra que late.

Apunte final

Escritos claves

En algunos textos de autores sobradamente conocidos, se vislumbra la importancia de la obra artística de Campoamor. Palabras del Premio Nobel Camilo José Cela, o del Premio Nacional de Periodismo Manu Leguineche, así lo atestiguan. Valgan de ejemplo estos, entre los varios que surgen en el Catálogo, apoyando generosamente la aventura pictórica del alcarreño:

Con el aire leve y al desnudo aire, en el aire sutil y para el aire poético y puro, delicadísimo y abierto, por el aire en el que vuelan los ángeles.v las palomas, también el águila y el gavilán, la pincelada de.Jesús Canipoamor al acariciar.y fijar en el lienzo el aire de la Alcarria, cumple con el designio del arte que manda dar cuerpo al espíritu y mover el mundo con el ala tenue del alma.

Camilo José Cela

Es el paisaje siempre nuevo y seductor del que resulta imposible cansarse… En fin, que la obra de Campoamor, además de pictóríca es metafísica, metaquímica, mistica, geográfica, telúrica, ¡qué se yo!,, hasta terapéutica.

Sí, porque sosiega el alma, En períodos de abatimiento puede uno sentarse firente a un cuadro deJesús, con música de Bach al,fondo. Hagan la prueba,  ayuda mucho. La serenidad de ese paisaje perenne, huido del espacio y el tiempo, relaja, civiliza, esponja y aquieta el ánimo perverso.

Manu Leguineche

La ficha esencial

La exposición “Campoamor. Paisajes y esculturas” fue inaugurada el 3 de junio y permanecerá abierta, por las tardes de los días laborales, de 7 a 9, hasta el 31 de julio. Se puede visitar en la Sala “Espacio de Arte Antonio Pérez” que la Diputación Provincial tiene abierta en los bajos del Centro Educacional San José, en la calle Atienza nº 4 de Guadalajara. La entrada es libre y muchas tardes el autor se encuentra en la Sala, para charlas y comentar lo expuesto con quienes lo deseen.

Jirueque: Un patrimonio centenario

En la jornada de mañana sábado, Jirueque va a tener la oportunidad de vivir, a medias con Jadraque, un Centenario singular y sentido. Se cumplen ahora (habrá que esperar al otoño para que el aniversario sea completo) quinientos años del fallecimiento y construcción del sepulcro del licenciado Alonso Fernández de la Cuesta, cura de Jirueque, y famoso en los anales de la historia y el arte por haber mandado ser enterrado en una capilla de su iglesia parroquial, bajo un tallado sepulcro de alabastro, que es tan brillante y llamativo que al final ha adquirido el sobrenombre de “el Dorado”.

Enterramiento de Alonso Fenrández, cura de Jirueque, al que llaman "el Dorado" por su color alabastrino.

 Jornada conmemorativa

Mañana va a tener lugar un doble acontecimiento: en Jadraque primero, y después en Jirueque, una jornada de estudio y visita turística promoverá el recuerdo de ese personaje y, sobre todo, la importancia artística y patrimonial de su sepulcro.

En el Ayuntamiento de Jadraque tendrá lugar, a media tarde, la conferencia de Alba Marrodán, especialista en escultura funeraria medieval, pasando luego, quienes quieran, hasta el cercano pueblo de Jirueque, donde tendrá lugar el “practicum” de la conferencia, con la visita personal, y la descripción in situ, del enterramiento del eclesiástico.

El hecho de que se cumplan ahora los cinco siglos del fallecimiento y enterramiento de Alonso Fernández es motivo más que suficiente para traer a la actualidad su vida y fundamentalmente el mérito artístico de su enterramiento.

La Asociación Cultural de Jirueque, junto a su Ayuntamiento, han programado una serie de interesantísimos actos, que incluyen conferencias, conciertos, exposiciones, y promoción de esta joya de la escultura gótica castellana. La ocasión está más que ofrecida y tiene la oportunidad de rememorar personajes y hechos, pero, sobre todo, de aprender y admirar en torno al arte de nuestra provincia, que tantas sorpresas guarda todavía.

La escultura de Jirueque

La capilla de San Andrés, en la iglesia parroquial de Jirueque, guarda un tesoro. Es la talla sobre alabastro de un gran mausoleo, exento y situado en el centro de esta capilla que se encuentra a la cabecera del templo parroquial de Jirueque.

Por describirla someramente, diremos que se trata de un hombre, revestido de ropajes litúrgi­cos, con sotana y amplia casulla de bordes muy decorados. Cubre su cabeza con un simple bonete, del que asoman los flecos de su larga cabellera, en el estilo clásico de los “Reyes Católicos”. Esa cabeza se apoya sobre dos almohadones mientras que entre sus manos sujeta un misal muy voluminoso.

La cama sepulcral presenta decoración esculpida en sus cuatro caras; a los pies aparece la figura de un sacerdote arrodillado sobre un cojín con las manos juntas orando, un bonete delante y la cabeza descu­bierta mostrando amplia tonsura. A la cabecera aparecen dos angelillos desnudos sosteniendo un escudo en el que se ven dos llaves cruzadas, símbolo del sacerdocio. El costado derecho presenta la escena de la Anunciación, con buenas tallas de la Virgen y el Arcángel, separadas por un jarrón de azucenas. En el costado izquierdo aparecen los relieves de Santa Lucía, arrodillada, y Santa Catalina de Alejandría, más dos escudos similares al de la cabecera, rodeados de corona de laurel. El conjunto se apoya sobre seis leones, atados sus cuellos por cadenas. Y en la pestaña del sepulcro se lee esta inscripción en letra gótica: +Aquí está sepultado el honrado alonso fernandes, cura que fue desta yglesia y las cendejas el qual falesció a quinse dias del mes de octubre, año de mil y quinientos y dies años+, con lo que queda identificado el personaje, sus cargos, y el año de construcción de este monumento.

Tiene en total esta pieza diez figuras humanas (el sacerdote yacente, el sacerdote orante, el arcángel Gabriel, la Virgen María, Santa Lucía, Santa Catalina de Alejandría, los dos angelotes que sostienen el escudo, y dos figuras mínimas de sacerdotes, sobre las pilastras de la cabecera) y seis animales (seis leones, de grandes cabezas, encadenados por el cuello, uno en cada esquina, y dos en el comedio de los laterales). Aún podría contarse como décimonona la figura del emperador Majencio, del que aparece, cortada, la cabeza a los pies de Santa Catalina, vencedora con su virtud de aquel sátrapa.

El aspecto del conjunto es señorial, elegante y espléndido. Las fotografías deben hacerse con objetivos de gran angular, y el espectador se tiene que ir a las esquinas, y casi pegar la espalda contra los muros, para tener una visión de conjunto.

El personaje allí enterrado no ha dejado apenas huella en los anales de la historia. De él se sabe poco más que fue cura del pueblo, y de los tres Cendejas (de la Torre, de En Medio y del Padrastro) y que fue beneficiado del Cardenal Mendoza, con relaciones económicas y patrimoniales en Cogolludo, de donde sacaría el material para hacer su sepulcro. El cual debió ser hecho, según la teoría de Alba Marrodán, en vida del eclesiástico, por su encargo personal, tras haber elegido al escultor, al que conocería de otros trabajos similares por la diócesis, y que no tuvo problema al retratar a don Alonso aún en vida. La leyenda en la pestaña, señalando el día de su muerte, se tallaría después.

Otras esculturas parecidas

En la provincia de Guadalajara y en el entorno de la diócesis de Sigüenza, quedan todavía algunas muestras escultóricas, basadas singularmente en enterramientos de eclesiasticos.

Son de una parte del del cura de Pozancos, don Martín Fernández, hoy en mal estado pero sin duda similar a la del hombre de Jirueque. Despiezada, llevados aquí y allá sus elementos constitutivos, la estructura original fue similar. Y lo mismo puede decirse del enterramiento catedralicio de don Marcos Ruiz de Peregrina, hoy en la oscura capilla de San Marcos en la catedral. Protonotario apostólico y maestrescuela de Burgos, a su muerte en 1497 fue colocado su cuerpo tal como había dispuesto, en un suntuoso enterramiento en el centro de la capilla. La necesidad de espacio, forzó tiempo adelante a desplazar este sepulcro, diseñado para ser exento, a un muro de la capilla, ajustando estatua y relieves como Dios dio a entender a los reformadores. Desacoplados están de una parte el bulto corporal, de otra sus escudos, los del Cabildo, las tallas de Santa Catalina y San Marcos, algún león que otro, etc. Todo en el mismo estilo y contexto que las otras estatuas.

Un seguntino en la piedra de Ciudad Real

En Ciudad Real se puede visitar (lo hemos hecho la pasada semana, a propósito de un Congreso) la capilla y enterramiento de don Pedro de Coca, en la iglesia de San Pedro. Un poco anterior a la estatua de El Dorado, pero posiblemente salida del mismo taller que ella, es el sepulcro de este personaje que fuera chantre en Ciudad Real después de haber sido contador de los Reyes Católicos, canónigo en Sigüenza y, con toda seguridad, paniaguado y colaborador del Cardenal Mendoza.

Este sujeto creó en sus mandas testamentarias un gran complejo artístico que a su muerte debería ser construido y anexado a la iglesia de San Pedro, en la que entonces era todavía una sencilla ciudad en medio de la llanura manchega.

Sobre el muro sur del templo, se abrió hueco y se levantó enorme la capilla, que al exterior tiene unos torreones semicirculares adosados en las esquinas, y un viejo escudo tenido de un guerrero en lo alto del muro, junto a la entrada sur del templo.

En el interior, la capilla se abre por medio de una puerta solemne y grandiosa, cobijada por arco semicircular muy elevado. En su interior, a la izquierda y como cabecera de la misma, aparece un gran retablo tallado sobre alabastro, con estructura y detalles góticos, que deberá ser analizado para ponerle en contexto de la escuela gótica seguntina de escultura. Era este, sin duda, el eslabón que faltaba para poner en conexión estilística los enterramientos que por iglesias de Guadalajara existen, y el taller que los generó: en el retablo todo es del siglo XV finales o principios del XVI: a excepción de la imagen de María, moderna, lo demás se conserva con pulcritud rigurosa: escenas de la Vida de Cristo, culminadas por un calvario, protegido el todo por una escocia en la que surgen continuos los escudos heráldicos del personaje (un árbol escoltado de dos leones rampantes).

En el fondo de la capilla, aparece el enterramiento del chantre: sobre una cama adosada al muro, y en cuyo frente surge una pareja de pajes que sostienen y muestran el emblema heráldico del eclesiástico (en todo recuerda, -postura y elementos- al Doncel de Sigüenza) está la figura recostada y revestida del eclesiástico. Sus ropas se parecen enormemente a los de El dorado de Jirueque. Su cabeza, clavada a la de este, a la del cura de Pozancos y a la del chantre Ruiz de Peregrina en la catedral seguntina. A los pies del personaje, un pajecillo que parece salido de la corte de Isabel y Fernando, con las piernas dobladas apoyando la cabeza en una mano, medita y llora al difunto. Y leones a los pies, leones encadenados. Una vez admirada la composición, uno se queda convencido de que esta estatua ha salido del mismo taller, de la misma mano, que tantas y tantas de Guadalajara, incluida la de Martín Vázquez en Sigüenza, la del caballero Campuzano en San Nicolás de Guadalajara y la del Dorado en Jirueque.

Alfredo Villaverde, retrato con flash

Será mañana sábado 12 de junio, en la Terraza-jardín del Restaurante “La Perla” de Madrid, cuando Alfredo Villaverde Gil reciba el merecido homenaje que sus amigos y admiradores le tributan cuando su carrera de escritor y ensayista alcanza cotas bien granadas, con la prieta densidad de medio centenar de títulos en su haber.

Un escritor de Guadalajara, un intelectual de altura, un poeta hondo y sublime, que mañana tendrá su rato de gloria, aunque sirva de preámbulo para seguir después, en el día a día, laborando y tramando nuevas aventuras literarias.

Alfredo Villaverde Gil, escritor alcarreño

Por donde va la vida

Alfredo Villaverde Gil nace en Guadalajara. Es de mi quinta, y lleva la vida ya más que mediada. Pero no lo aparenta, a pesar de algunas calamidades sobrevenidas. Está como siempre, entusiasmado con los días, con los amigos, con los viajes y las experiencias nuevas. Lo de atrás debe constar en cualquier biografía que se precie, aunque es agua pasada que explica levemente el hoy mismo.

Alfredo Villaverde estudió en el Instituto “Brianda de Mendoza” cuando tenía una palmera en medio del patio, y allí aprendió a valerse por sí mismo, especialmente en el tema de adquirir conocimientos. La señorita Horts, el profesor Escriche, Silván y don Adolfo fueron sus primeros profesores de Literatura, Ciencias, Lengua y francés, por este orden. Pero como el ambiente (frío a pesar de las estufas) y el pensamiento único no daban para muchas alegrías, él empezó a leer clásicos de siempre, poetas sobre todo, y a pensar por su cuenta, que es mérito que ha de reconocérsele siempre.

Hizo estudios luego de Magisterio en la Escuela Universitaria de Guadalajara y obtuvo las Licenciaturas en Derecho y Psicología en la Universidad Complutense de Madrid. Muy joven empezó a escribir y a desparramar su talento, fruto siempre de las mil lecturas y la elaboración propia de sus sedimentos. Un primer premio literario (Poesía Universitaria de Madrid) a los dieciocho años le abrió un camino que solo vería ensanchamientos. Fruto de su inquietud es la fundación del “Grupo Literario Enjambre” del que fue su primer Presidente, desarrollando una importante labor de fomento de la literatura en Guadalajara en los años de la transición democrática.

Con el “Enjambre” sonando por las tertulias de Guadalajara, Alfredo vió publicado su primer libro de poesía, “Confirmación de la Intimidad”, en 1979. En la década de los ochenta se trasladó a vivir a Madrid, participando activamente en foros literarios y actividades culturales. Inició, además, sus colaboraciones periodísticas en diversos medios de comunicación. Como directivo se incorporó aún muy joven a la Asociación “Prometeo” de Poesía y a la Academia Iberoamericana acudiendo a Congresos y Foros internacionales.

Villaverde tiene hoy en su haber medio centenar de títulos. De poesía unos, de ensayo y novela otros. Muchos de viajes, algunas biografías, más obras de teatro. Cualquier género ha sido abordado por él, y en todos ha aportado su dinámica sensación de hacer algo nuevo, distinto a lo anterior. Por hacer un recuento rápido, obligadamente resumido, de su actividad literaria, podemos recordar la biografía de Nehru con la que obtuvo el reconocimiento del Presidente de India; los libros de poesía (La sed de Tántalo, Oráculo Encendido, etc.), y aquella novela, entre otras, cuyo protagonista era “El marqués de Santillana”.

Entre los innumerables premios obtenidos, quizás el más importante ha sido el “Don Quijote” que la Junta de Comunidades otorgaba cada año al mejor artículo turístico sobre la Región con proyección internacional. Lo obtuvo en 1998. Un año antes, en 1997, obtuvo el XIII Premio de Novela «Castilla-La Mancha», con la titulada «Nunca olvides nuestro jardín de estrellas», con temática que transcurre en el Alto Tajo guadalajareño. También le fue concedido el “Europa Universitas” de periodismo, el FEPET de narrativa, el “Alfonso VIII” y de la Crítica en poesía, así como el “Barcarola” de cuentos. Otros galardones que suma son el “Manxa”, “Río Ungría”, y el “Zenobia”.

Un clarísimo fruto de su preocupación humanista y del amor a sus raíces son los libros que Villaverde dedica a las tierras y gentes de Castilla-La Mancha. En la colección Ciudades Mágicas los de “Sigüenza”, “Toledo” y “Guadalajara” (en el que tuve el honor de colaborar con él) a los que se suman entre otros su “Viaje por La Mancha de don Quijote y Sancho”, “Viaje a las Alcarrias”, “La cocina de Sancho Panza”, “El viaje prodigioso”, y muchos otros.

Su intensa labor como escritor y gestor cultural se complementa con su incorporación a la edición en los últimos años a través de dos empresas dedicadas a fomentar nuestra literatura regional. Su compromiso con los valores democráticos y la defensa de la libertad y la dignidad en el gremio de la creación literaria le han llevado a presidir la Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha y a ocupar cargos relevantes en la Federación Española de Periodistas y Escritores de Turismo, la Fundación “Arte y Gastronomía” y otras instituciones de rango nacional e internacional.

Villaverdemente

Esto de ir poniendo uno tras otro títulos de libros, premios obtenidos y cursos impartidos es bastante rollo y no por ahí le ha de venir el reconocimiento de mis lectores. Villaverde es importante, sobre todo, porque tiene una forma muy especial de ver la vida, lo cual siempre ha sido causa de mi admiración, y la de muchos otros: es exactamente su capacidad de trabajo, de saber aislarse de los problemas (que le caen, como a cualquier hijo de vecino, en tropelía y a destiempo) y dedicarse a escribir con pasión y recóndita alegría. Sé que nuestro admirado escritor alcarreño es de los que disfrutan pensando, preparando y escribiendo. Proponiendo, saltando a vivir en el mañana.

Antes dije que tiene unos cincuenta libros publicados, algunos reeditados, y varios traducidos a lenguas tan dispares como el inglés, italiano, serbio, hindi y japonés.

Aparte de su valoración como escritor (todo elegancia sintáctica y estilística) como poeta (sugerencias en cada esquina, metáforas brillantes y neologismos continuos) como dramaturgo (escenas cambiantes y soplo de vida en los personajes que laten), y como ensayista o viajero, está la capacidad de dejar al lector tranquilo, sabiendo que no ha perdido el tiempo al coger un libro suyo: porque como los grandes escritores, hace vivir más a quien le lee, le hace soñar, imaginar y aterrizar en otros mundos. Verdaderamente todo lo que hace Villaverde lo hace villaverdemente. Esto es, brillantemente.

De viajes con Alfredo Villaverde

Es Alfredo Villaverde el más viajero de los escritores castellano-manchegos. O el más escritor de sus viajeros. El caso es que tiene tantos libros escritos, que sería difícil, ni aquí ni en otro momento, hacer su sosegado recuento. Pero en esta apartado, en el que quiero considerar a Villaverde en su faceta más explosiva y variopinta, en la de viajero, no está de más recordar uno de sus últimos escritos, muy bien recibido por la crítica, muy leído en muchos ambientes: el “Viaje por la Mancha de Don Quijote y Sancho” a través del que recala en todos los puertos de esta tierra nuestra. Desde Guadalajara a Calatrava, y desde Piedrabuena a Cuenca, por todos los caminos de la Región se mete, y en todos encuentra a Don Quijote, a Sancho, a sí mismo, que es lo que promete un buen viaje: el encuentro con el propio autor (del viaje). En este libro aparecen las claves de cómo hacerlo.

Algunos viajes he hecho con Villaverde por el mundo. Unos tranquilos y relajados, al uso de las agencias. Otros, algo más alborotados y con cierta perspectiva de peligro, como aquel viaje a las selvas de Colombia, por Barranquilla y Santamarta donde se nos quedaron los coches embarrados en los caminos por donde habitualmente pululaba la guerrilla, aunque él tiene su record de terror en un barrio de Estambul donde vio muy de cerca el fin tras un estrambótico secuestro. Haberse paseado por los oasis del sur de Túnez a lomos de un camello, por las rojas gargantas del Gran Cañón del Colorado subido en un helicóptero y admirado las techumbres de la Scuola San Rocco de Venecia, son algunos puntuales méritos que marcan ese sello viajero de Villaverde. El sello del cosmopolitismo, de la vacuna contra el nacionalismo, y del generoso perdonar de las traiciones. Viajar, él lo sabe mejor que nadie, es vivir mucho, y hacerse enormemente humano, misericordioso con cualquier estrépito armado por los ignorantes.

Datos para un homenaje

Será mañana sábado, 12 de junio, a las 2 de la tarde, en la Terraza-Jardín del Restaurante “La Perla” en la calle Arturo Soria, 200 (esquina a López de Hoyos), en Madrid. El teléfono del lugar es el 915 193 599, y los encargados de la coordinación del acto han sido Nicolás del Hierro (915 651 131) y Luis F. Leal (913 028 828).

Tras el almuerzo, a eso de las 4 de la tarde, se procederá a la  presentación del libro “La luz de la Memoria” (Antología Poética 1979 – 2009), editado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, y del que se hará obsequio de un ejemplar a todos los asistentes. Después de ello se abrirá un turno de palabra en el que, seguro, serán bastantes los amigos de Villaverde que querrán intervenir. Y finalmente, habrá una actuación especial del cantaor flamenco Basilio Villalta (Premio al Mejor Cantaor de Flamenco de Castilla-La Mancha 2009) quien acompañado a la guitarra por José Almarcha, interpretará “Cantares” con letras originales de Alfredo Villaverde. Todo un gran momento solemne y merecido de homenaje a este amigo de todos.

Entre las instituciones que se han adherido a este homenaje, figuran la FEPET (Federación Española de Periodistas y Escritores de Turismo), la Asociación Castellano-Manchega de Escritores, el Ayuntamiento de Guadalajara y la Diputación Provincial, la Asociación Colegial de Escritores, la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, la Asociación “Prometeo” de Poesía de Madrid y el Capítulo de Nobles Caballeros de Isabel la Católica, entre otros.

A Hinojosa llega la Soldadesca

El domingo día 6 se va a vestir de fiesta la villa molinesa de Hinojosa. Como desde hace al menos 400 años era costumbre, el primer domingo de junio los vecinos celebrarán a su patrona, la Virgen de los Dolores: admirarán su belleza escultórica, pasearán su imagen en procesión por el pueblo, y una veintena de vecinos, ataviados a la antigua usanza del Renacimiento, escenificarán un Auto Sacramental de lucha entre el Bien y el Mal, entre un ejército moro y otro cristiano, alcanzando sin sangre la plena amistad de todos los contendientes. Será una excelente ocasión de contemplar el colorista folclore molinés, y mirar con nuevos ojos el pueblo en su altura, cargado de palacios barrocos, pairones y recuerdos cidianos.

Protagonistas del Auto Sacramental de Hinojosa, al que llaman "La Soldadesca"

 Hinojosa, en el Campo Alto

La ocasión de conocer en detalle la villa de Hinojosa no debe dejarse pasar. Antes, durante y después de la Soldadesca, el viajero podrá mirar sus edificios más emblemáticos. Y para ello conviene que lleve algún mínimo conocimiento de su historia.

Su nombre es claramente castellano de la repoblación. Pero no significa esto que no existiera en tiempos muy remotos. Hinojosa aparece ante el visitante como un caserío denso y apiñado sobre una tierra alta y cerealista cual es la sesma del Campo en el Señorío de Molina. Se acomoda suavemente en la falda de un alto cerro calizo de cortadas paredes, al que llaman «Cabeza del Cid», pues dice la tradición que en su altura residió alguna temporada Rodrigo Díaz de Vivar, el Campeador, en su viaje de Burgos a Valencia.

Lo cierto es que en esa altura, de dimensiones llamativas y estructura muy regular, se descubren hoy todavía los restos de lo que fue un potente castro militar del pueblo celtíbero. La importancia de los muros y defensas que aún se conservan hacen suponer que aquella fortaleza debió albergar fuerte ejército, y que su importancia estratégica en el sistema defensivo celtíbero sería relevante. En época posterior a la reconquista de todo el territorio molinés, Hinojosa fue repoblada con castellanos, y pronto adquirió importancia y renombre recogiendo en la Baja Edad Media toda la población de la aldea de Torralbilla y otros despoblados entonces producidos. Aquí en Hinojosa vivió largas temporadas, escribiendo su famosa «Historia del Señorío de Molina», el cronista del siglo XVII, regidor de Molina y capitán de las Milicias del Señorío don Diego Sánchez Portocarrero. En este pueblo, también nació D. José García Herreros, que alcanzó los cargos de Vicario general e Inquisidor de la diócesis de Murcia a comienzos del siglo XVIII. Diversas familias de rancio abolengo molinés tuvieron aquí sus casas‑palacio, como luego veremos.

Para los amigos de la arqueología, el Castro de Hinojosa es de fundamental interés. Se halla todavía sin excavar ni estudiar seriamente. La necrópolis que indudablemente le acompañaba, fue esquilmada hace ya siglos, pues en el siglo XVII el cronista Sánchez Portocarrero refiere haber visto, y encontrado él mismo, en los alrededores del pueblo, gran número de monedas, «diversos pedazos de armas de antigua hechura, yerros de lanzas de punta cuadrada, armaduras de cabeza a modo de cascos muy chatos con agujero en medio y muescas para las orejas y abajo alrededor muchos taladros de donde debían de pender otras armas.»

El viajero debe admirar en Hinojosa, por una parte, el rollo o picota que, como símbolo de villazgo y jurisdicción propia, se levanta a la entrada del caserío. Es obra sencilla con pilar cilíndrico rematado en cúspide de traza clásica. Por el pueblo se distribuyen un buen número de casas‑palacio o “casas grandes” típicamente molinesas. Así, son de destacar la casa de los Ramírez, con portalón escoltado de sillares almohadillados, lo mismo que el balcón principal, el cual remata en escudo de armas de la familia. El interior de este edificio, obra del siglo XVIII, está en muy buenas condiciones de conservación. En la misma calle se ve la casona de los Moreno, con portón semicircular adovelado, buenas rejas, y escudo. En una plazuela superior, luce el caserón de los Malos, con portada de severa distribución de vanos, y escudo en lo alto, hoy dedicada a “Casa Rural”. Todavía merece contemplarse la casa de los García Herreros, en Carraconcha, de distribución similar a las anteriores, con portón adintelado y ventana superior escoltada de sillares almohadillados, rematando con escudo de armas de esta familia prócer. La casa de los Iturbe, más antigua, con patio anterior, es también interesante. Y algunas más: todas ellas conforman el conjunto más interesante de «casonas molinesas» que es dable contemplar en cualquier pueblo del Señorío.

En la plaza mayor surge una olma de corpulencia inusitada; una de esas olmas concejiles, venerables y casi maternales, en cuyas altas gradas circundantes se reunía -y aún se reúne‑ el pueblo a la charla y al público debate. En la plaza baja también es de destacar su fuente de la que, según dicen los vecinos de Hinojosa, «cuando Dios quería, agua salía», porque mana agua de forma intermitente, con muy cortos intervalos de tiempo.

Entre los edificios religiosos, son de destacar la iglesia parroquial, obra muy grande y bien hecha, de los siglos XVI y XVII. Asienta en lo más alto del pueblo, y consta de un atrio orientado a mediodía, al que se accede por arco al templo. Con la misma orientación, presenta un arco del mismo tipo, con decoración de rosetas. Los muros de la iglesia son lisos y reforzados con contrafuertes. El interior es de planta cruciforme y una sola nave. El crucero se cubre de cúpula hemisférica. Tiene también una airosa torre a los pies del templo. Existen en el interior algunos buenos retablos barrocos. Entre ellos destaca el de la «Virgen de la Cabeza», que es talla pequeña, morena, del siglo XVII, de gran devoción. A la salida del pueblo surge, entre una arboleda densa y un anchuroso prado, la ermita de Nª Sra. de los Dolores, obra de finales del siglo XVIII, en un barroco sobrio y elegante. Fue costeada por el mencionado D. José García Herreros, quien especifica, en gran cartela de la fachada, que fue colegial y canónigo en Valladolid, así como caballero de la Real Orden española de Carlos III. Se acompaña de un escudo de armas del fundador, y el interior, recoleto, luminoso y cuajado de altares y exvotos, es presidido por una talla de exquisita factura de la Virgen de los Dolores, de gran realismo en su expresión.

No debe olvidarse, al pasear por Hinojosa, la carga de ancestralismo que permanece en la memoria popular: El cerro al que llaman «Cabeza del Cid», con sus ruinas espectaculares, dio siempre pie a que volara la fantasía historiográfica, o legendaria, de sus vecinos. Y así, corre la especie entre ellos de que allí pasó el Cid larga temporada, levantando una ciudad para su ejército. De la patada que en cierta ocasión dio «Babieca» sobre la roca, surgió una fuente con varias bocas, que aún existe.

La fiesta del domingo

Hace años (en 1981) se recobró (tras encontrar los textos que habían servido de guía a los antiguos habitantes de Hinojosa) y se representó cada equis años, «La Soldadesca», consistente en una tradición que viene a ser una manifestación de intención religiosa, en la que se muestra escenificada por las calles del pueblo una lucha de moros y cristianos con la representación de un Auto Sacramental en que la lucha del Bien y el Mal se replantea una vez más. Se celebra el primer domingo de junio, (este año el próximo día 6) y está protagonizada por 10 personajes-actores principales (5 hacen de cristianos y 5 de moros/turcos) montados a caballo, más otros 5 que hacen de pajes, y otros 5 de aldeanos. Tras la misa, en homenaje y devoción a la Virgen de los Dolores, patrona de la villa, se forma la procesión que es escoltada por los cristianos a caballo, y al llegar a la plaza de la Olma, el ejército de moros roba la talla de la Virgen. Así continúa la procesión, escoltada de los mahometanos, hasta casi llegar a la ermita de la virgen, apareciendo por el paseo de nuevo el grupo de cristianos a caballo, que plantean nueva lucha y vencen definitivamente, consiguiendo la conversión de los moros. Y ya todos juntos proceden a acompañar a la Virgen y colocarla de nuevo en su ermita.

Antiguamente se realizaban también danzas rituales de espadas y paloteos. Todo ello es, indudablemente, una expresión típica del folclore heredado del ancestralismo celtibérico de la comarca molinesa, aunque al parecer la representación de “La Soldadesca” como tal, como hoy la vemos, no es más antigua que la batalla de Lepanto (finales del siglo XVI).

Dadas las circunstancias actuales, y ante el posible mosqueo de algunos puristas progresistas, en el programa de actos de la fiesta se ha incluido un trabajo escrito por el profesor don Teodoro Alonso Concha, estudioso molinés y acendrado defensor de las esencias de la región, en el que explica el sentido auténtico de la fiesta, que aunque pueda parecer anacrónica en algunos aspectos, lo que trata singularmente es de mantener una tradición que el pueblo molinés, y especialmente el de Hinojosa, ha tenido durante siglos como afirmación de su personalidad. “Toda fiesta conlleva la exaltación de una comunidad que se celebra a sí misma”, dice el profesor Alonso al principio de su escrito, y sobre esa premisa se aclara lo que de tradición, de raíz popular y de quintaesencia del pueblo tiene este acto. Que no trata de ofender a nadie, ni a nada, sino que representa imágenes estereotipadas de siglos de evolución.

Una sorpresa imprescindible

Para los entusiastas del románico rural, en término de Hinojosa está uno de sus máximos exponentes. Hay que aprovechar este domingo para lanzarse a conocerlo.

Se trata de la ermita de Santa Catalina, junto a la carretera que baja desde Labros a Milmarcos, y en medio de un denso y antiquísimo sabinar. El edificio fue iglesia parroquial, en la Edad Media, de un pueblo que llevó por nombre el de Torralbilla, del cual ya sólo quedan informes ruinas en su derredor.

Destaca sobre el muro sur el atrio porticado formado por seis arquillos de medio punto con columnas que rematan en sus respectivos capiteles, de sencilla decoración vegetal. Este atrio tenía también entrada por su costado de levante, así como por el de poniente, que es el único hoy practicable. El ingreso al templo se hace por su portada inserta en el muro meridional del mismo: consta de cuatro arquivoltas lisas, con ornamentación vegetal la más extensa. Estos arcos de degradación apoyan en capiteles de hojas de acanto, muy deteriorados. La cabecera es un ábside semicircular.

Si hay suerte y está abierta, en el interior, que es de nave única, se puede ver su pavimento de grandes losas de piedra, la techumbre de madera de sabina, el presbiterio, ligeramente elevado sobre la nave, dando paso al ábside semicircular, y un arco fajón o triunfal que media entre la nave y el presbiterio apoyándose sobre dos capiteles decorados: en el de la derecha, simples motivos vegetales; en el de la izquierda, una serie de figuras tomadas del bestiario medieval; perros con cuerpos de ave y harpías a los lados; símbolos del bien y el mal, tomados de los capiteles del claustro monasterial de Silos, que hasta aquí ejerce su influencia iconográfica. Un edificio para apuntarse, pues bien merece un viaje, y más estando cerca.