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marzo, 2010:

La Ruta del Pedregal

Seguimos por Molina, recorriendo sus mil caminos. En esta ocasión, propongo dirigirnos al extremo más oriental del Señorío, que es también el más cercano a Levante de toda la provincia: la sesma del Pedregal, limitada a oriente por una pequeña cordillera, la Sierra Menera, cuyo corazón es de hierro (bien lo saben en Ojos Negros y en Setiles) y desde donde se divisa media España, porque está en lo más alto y en lo más céntrico de ella.

En Molina cabe hacer muchas cosas en cualquier fin de semana que, de cara a la primavera, se prepare un viaje tranquilo por ella. Desde comer estupendamente en un buen restaurante de la capita del Señoríol, hasta trepar por las rocas y subir al castillo de Zafra, o ir contando los pairones que se esparcen por término de Tordesilos, y aún alcanzar las sierras más abruptas de Checa y Orea, dos de los pueblos más altos de España, más fríos y más hermosos en sus paisajes redondos y solitarios.

Iglesia parroquial de Tordesilos. Interior, recientemente restaurado (Fotografía de J.A. Tolosa)

 Entrando desde Aragón

Para los que a Molina llegan desde Aragón, la primera  tierra que se ve es la sesma de El Pedregal, en la que puede pararse a contemplar el pueblo que lleva este mismo nombre, de antigua historia aunque de moderna estampa, y El Pobo de Dueñas, cuyo conjunto urbano nos habla de tiempos antiguos, y donde podemos admirar la iglesia parroquial, en la cual se conserva el  enterramiento del obispo don Gil Manrique, natural del pueblo, que alcanzó a ser Capitán General y Virrey de Cataluña. Su imagen yacente está tallada en piedra con su figura revestida de episcopales galas. También aquí deberá el viajero entretenerse en admirar su fuente pública, ya en el camino de Setiles, y varias casonas molinesas, entre las que destaca la que fue de los Manrique, con portada  adovelada y escudo de la familia, aunque de ella quede solamente el portón y el escudo, medio troceado. De otras casonas que hubo, apenas queda nada: la del obispo (que sería casa curato, con un cáliz tallado simplemente sobre el dintel pétreo), y la que ahora es Ayuntamiento, a la que pegaron en su día el frontón para jugar a pelota mano. Su fuerte color rojo en cualquiera de las arquitecturas, y su grupo, todavía indemne, de parideras a la entrada de la villa, le hacen superinteresante de visitar.

Los pueblos de Sierra Menera

Por estar tan distantes de la capital, aunque las gentes que aquí viven saben que quienes están lejos son “ellos, los otros”, apenas son conocidos estos parajes molineses. La Sierra Menera es un colosal conjunto orográfico que merece ser conocido. Cuajada en su interior de mineral de hierro, fue explotado desde tiempos prehistóricos hasta hace 23 años en que se cerró por completo esta industria extractiva, cesando el tren que llevaba el mineral hasta Sagunto, y cerrando casas, comercios y demás… ahora en Aragón, en la vertiente turolense de la sierra van a crear el Parque Cultural de Sierra Menera, que devolverá algo de vida a la zona con aporte de turistas. En la vertiente molinesa nada, apenas si queda nadie en sus pueblos (Setiles, Tordesilos) y de ellos pocos se acuerdan, excepto para llenarles, como lo han hecho, los pintorescos montes de molinos de viento para producción eléctrica. Una “monada” que a nadie parece disgustar. En la provincia de Teruel se están moviendo. No hay más que visitar su página web: http://www.xiloca.com/xilocapedia/ para ver los proyectos.

Pero desde aquí animo al viajero a que ponga rumbo a Setiles. Es un lugar que enseña con su prestancia la antigua riqueza que le dieron las minas de hierro. Conserva una iglesia parroquial de moderna reconstruc­ción, con una torre en la que el tejado es de coloreado esmalte, como en el cercano Aragón, y un soberbio retablo barroco. Y por las calles y plazas van sorpren­diendo, en repetida turbulencia de formas, volúmenes e historias,  los diversos palacios o “casas grandes” que la hidalguía y los ganaderos de la tierra erigieron allí en pasados siglos. Yo recomiendo no dejar de admirar la casona fortificada de los Malo, obra reformada del siglo XV. Es este un edificio que muy alterado a lo largo de los siglos, muestra aún la esencia de la arquitectura semifortificada de la Edad Media: fue don Garci Malo quien la construyera en aquellos tiempos, con dos fuertes torreones en su frontal, rematados en almenas. Luego, en el XVIII, le pusieron una portada imponente, consistente en vano rodeado de varias molduras, incluyendo en ellas figuras geométricas y extraños animales tallados en piedra. En la parte superior y protegido por una moldura triangular está el escudo, la clásica insignia heráldica de los Malo: un cordero místico acompañado de dos leones, sobre la rueda de Molina de sus más antiguos poseedores. El interior, conserva el patio de armas, desde el que se distribuyen las habitaciones y espacios. Un verdadero castillo en medio del pueblo.

Y de las otras casonas que conviene mirar en Setiles, destaco la que allí llaman del tío Pedro y la tía Braulia, que tiene tallada en su fachada la fecha de 1752, y en la que conjugan perfectamente las piedras y los yesos de material rodeno, dándole un juego de rojos y de molduras que la hacen expresiva de la singular arquitectura noble molinesa. Magníficos ejem­plares de rejas y de hierros trabajados a mano en las antiguas  herrerías del pueblo, se ven por doquier.

Llegamos luego a Tordesilos, otro pueblo del Pedregal con verdadero interés y curioso patrimonio. Aquí destaca el número de pairones que cubren como una lluvia de piedra todo el término. Hasta una docena de ejemplares nos muestra José Antonio Tolosa en su página web de Infomolina (http://www.infomolina.com/), y que puede ser motivo de una excursión monográfica para quienes buscan admirar estos elementos tan característicos del arte antiguo molinés. Es muy hermoso el de San Antonio, a 100 metros del casco urbano, junto al antiguo camino a Orihuela del Tremedal. Ya se sabe que estos pairones se colocaban en los cruces de caminos, como señales de tráfico que sin embargo heredaban virtudes ancestrales de culto a los muertos. Otros espectaculares son los de El Aurero, dedicado a Santa Bárbara; el de las Ánimas, con su azulejo que las representa y una pequeña cruz de hierro “menero”, y el de la Virgen del Pilar, del que acompaño fotografía que tomé personalmente hace 40 años, aunque hoy está reconstruido perfectamente. Lo mandó hacer Domingo Cortés por haber salido indemne de la Guerra de Cuba. Hoy se ha llegado, aquí en Tordesilos, a levantar un pairón conmemorando las bodas de plata de un matrimonio (el de  Andrés Sánchez y María Isabel Company) que lo mandaron hacer nuevo, en lo alto de un cerro rojizo junto a la salida del camino que lleva a la villa turolense de Rodenas, en el año 2002, dedicándolo a San Andrés. Como digo, un motivo de curiosidad que merece emprender el viaje a Tordesilos, “a ver pairones”. Aparte de ello, la iglesia del pueblo merece también una visita, con su reciente restauración que le ha devuelto la elegancia popular de sus colorines en bóvedas y columnas y, sobre todo, el grandioso retablo mayor, obra del artista molinés Miguel Herber, en el siglo XVIII, obra espectacular y que nos permite reamigarnos con el barroco, al menos con este de los pueblos perdidos de la España profunda. En Tordellego destaca la iglesia parroquial, con su profusión de retablos barrocos que compensa el viaje. En Piqueras el viajero se quedaba sorprendido, hace años, del popular empedrado de su calle mayor. Empedrado que ya ha desaparecido, engullido por la modernidad y el necesario paso de los vehículos de motor por las calles de estos pueblos.

La parte norte del Pedregal

Hacia la parte norte de la sesma, nos dirigiremos a Hombrados, donde el viajero parará en la plaza y  allí se entretendrá en valorar el equilibrio arquitectónico de la casa de los González Chantos‑Ollauri, típica construcción hidalga molinesa; así como también la ermita barroca, con detalles  populares, de la Soledad. Siguiendo por su prados adelante, llegará hasta el castillo roquero de Zafra, que ahora a partir del próximo mes de mayo, libre ya de nieves y barros el entorno de la sierra de Caldereros, se dejará admirar como un bastión guerrero salido del ensueño.

Otras casonas podrán admirarse en Castellar de la Mue­la, cuya iglesia guarda abundante muestrario de altares y cuadros  barrocos, y en Tordelpalo, donde queda el solar, edificado, y muy representativo, de los Cienfuegos, casona puesta al lado de la carretera N-320, que a muchos hace parar por admirar el equilibrio de una casa grande molinesa cuajada de escudos y memorias.

Bajando a Anchuela del Pedre­gal se encuentra el viajero con un pairón interesante, y en el mismo pueblo la ermita de San José, obra de encanto popular, y «naif» como pocas. Prados Redondos ofrece tema para una visita  detenida: al llegar a la plaza, destaca como edificación curiosa  la «torreta» o predicatorio que alzaron en el siglo XVI para mostrar al numerosísimo gentío que hasta allí acudía «las Santas Espinas» que esta parroquia posee. En la iglesia, que es obra buena barroca, destaca el gran altar mayor, del mismo estilo, con profusión de tallas y pinturas. Por el pueblo se reparten varias casonas de genuino estilo molinés, como las de los Cortés, Garcés de Marcilla, Sendín y varias más. A la salida hacia Anquela del Pedregal ‑donde solo merece verse la portada de la iglesia‑ se admira una bonita fuente del siglo XIX. Chera, junto al río  Gallo, enseña el caserón a medio derruir del marqués de Santa Coloma. Y, en fin, Castilnuevo, en el mismo curso de agua, está  marcado por la silueta y la historia de su castillo, que perteneció primero a los Lara, condes medievales del territorio, y luego a los Mendoza molineses, llegando a decir algunos (la estructura se parece a lo que en el libro se relata) que aquí situaría Cervantes los capítulos de la “Insula Barataria” de su universal historia de Don Quijote y Sancho.

Yo creo que con lo dicho, tiene el viajero suficiente bagaje para ir entreteniéndose por estas trochas de Molina, las más alejadas de todos, las más puras y ciertas. Los caminos del Pedregal, secos y fríos, vibrantes de historias y densos de piedras talladas, de retablos, de horizontes abiertos.

Guadalajara: 550 Años de ciudad

No es una mala cifra, cinco siglos y medio, justos. Esos son los años que hace que Guadalajara tiene el título de ciudad. Solamente otras dos poblaciones en nuestra provincia pueden presumir de la distinción: Sigüenza (dado por la más remota historia, desde tiempos celtíberos) y Molina de Aragón (por concesión de las Cortes de Cádiz, en premio a su heroísmo en la Guerra de la Independencia). A Guadalajara le entregó la honra del título el rey de Castilla, a la sazón Enrique IV, con ocasión de estar pasando una temporada en el Alcázar Real.

Ahora el Ayuntamiento de nuestra Ciudad se va a lanzar a la puesta en marcha de una serie de acontecimientos, actos y celebraciones que nos devuelvan la memoria de aquellos viejos tiempos. En todo caso, una forma perfecta de mantener viva la llama de la memoria en torno a cosas que nos conciernen, que tienen su sentido, hoy todavía.

 

Fue exactamente el 25 de marzo de 1460 cuando el rey Enrique IV, a quien llamaron “el Impotente”, firmó en el salón principal de su alcázar real de Guadalajara el documento por el que hacía “Ciudad” a la que entonces como villa le albergaba. Es esa tan escueta noticia la que va a suponer que, en ese mismo día y mes, pero de 550 años más tarde, se celebre en el Ayuntamiento de nuestra capital un acto institucional que conmemore tal hecho, y que a partir de ese momento se abra una secuencia de actos, celebraciones y memorias que vengan a decir cómo aquí recordamos los fastos antiguos, que no por solemnes han de ser retrógrados, sino que tienen una fuerza tal que hoy nos ilustran de aquellas cosas que sucedieron y aún nos implican.

Es difícil explicar el “por qué” de este nombramiento real a la ciudad. El año 1460 marca, en cierto modo, una deriva nueva al reinado de Enrique IV, que de haber ido malamente desde el principio, se precipita a partir de aquí hacia el desastre. Ante su debilidad, heredada de su padre Juan II, la sociedad feudal de Castilla trama continuamente su vencimiento. Son los nobles los que quieren detentar el poder absoluto sobre gentes y tierras, sobre villas y castillos. El mundo rural, que es tan amplio al comedio del siglo XV, está en manos de los magnates belicosos, que aspiran a dominarlo todo: el marqués de Villena don Juan Pacheco, el Arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo, el maestre de la Orden de Calatrava, don Pedro Girón, don Beltrán de la Cueva…. Y los Mendoza, el grupo familiar y linajudo más numeroso, que desde Guadalajara tratan de poner paz entre todos, sin conseguirlo.

Las ciudades, en cambio, donde habita la burguesía productiva y cavilosa, los lectores, los artistas, los clérigos y los letrados y escribanos, son afectas al rey, su señor, en quien saben se encarna el sentido de la unidad del Reino. Y que esa unidad seguirá haciendo poderoso al país, y felices a sus habitantes.

Para mantener contentas a las ciudades, Enrique IV les otorga mercedes, privilegios… y títulos. Guadalajara era uno de sus principales burgos en crecimiento. Controlada por los Mendoza, propietarios de palacios y derechos, señores de amplios territorios en su torno, tiene además la ventaja estratégica de su situación en alto sobre un gran valle caminero, el del Henares.

Enrique IV es señor de la ciudad, y en su alcázar real tiene a sus capitanes, a su corregidor y a sus cortesanos, que tratan de poner fronteras a los Mendoza, que tanto mandan. Un año antes, en 1459, el rey ha decidido cortarles alas a estos magnates de origen vasco, y les manda un ejército que obliga a don Diego Hurtado de Mendoza, -a la sazón marqués de Santillana (segundo) y futuro duque del Infantado (primero) por merced de los Reyes Católicos-, a salir de la ciudad y refugiarse en sus castillos serranos (en Hita, Buitrago y Manzanares). El rey afianza su fuerza y su señorío, y en dos días seguidos, y con sendos reales decretos, trata de ganarse el aplauso y la fidelidad de los ciudadanos arriacenses.

Estos dos días, cargados de sus correspondientes decretos, son el 24 y el 25 de marzo, de 1460. Vemos lo que hace en ellos.

Dos decretos que levantan a Guadalajara

El 24 de marzo decidió el rey Enrique IV de Castilla concederle un gran favor a la ciudad y a los ciudadanos de Guadalajara. De ellos sabía que eran tenaces, que habían mostrado su fidelidad a la Corona, y que habían sufrido en muchas familias la muerte y heridas de muchos de sus hijos, en las guerras civiles que habían enfrentado al rey contra los magnates sublevados, sobre todo los “infantes de Aragón”, sus primos, que le habían movido guerra por mil lugares del reino y sus fronteras, una de ellas, quizá la más dura y larga, la toma de Torija y sus castillo durante cinco años.

Los hombres de Guadalajara habían participado junto al rey en esas guerras (junto a los Mendoza también, aliados de la monarquía) y Enrique IV decide dar a todos cuantos vengan de nuevo a poblar en la villa una gran ventaja económica: no pagarán ningún impuesto durante los 12 años siguientes. La cosa tenía su ventaja, sin duda, y ello propiciaría el aumento rápido de la población, más negocio para los ya instalados en ella, y más súbditos fieles concentrados en un lugar estratégico. El documento de esta concesión o real decreto está guardado en el Archivo Municipal de Guadalajara y es el Traslado autorizado de un privilegio real eximiendo del pago de tributos a quienes vayan a repoblar Guadalajara y lugares de su tierra. En ese documento que firma Enrique IV se dice que my merçed e voluntad es que daqui adelante la dicha villa e su tierra se pueble”, y para ello ordena “que todos los vesinos que a la dicha villa e su tierra daqui adelante se vinyeren a bevyr e morar e se avesindaren e poblaren casa en la dicha villa e en su tierra, sean francos y quitos y esentos de pechar e contribuyr en los mys pedidos e monedas e moneda forera e cabeça de pecho e serviçio e medio serviçio de Judios e moros ny otros qua­lesquier mys pechos e tributos e prestidos Reales e conçejiles”. Esta exención de impuestos la establece por doce años.

Pero no contento con este gran favor, que sería el mejor recibido por las gentes de Guadalajara, al día siguiente firma otro real decreto, estando en su ya referido Alcázar Real,  en el que dice que “por quanto la my villa de Guadalajara es una de las prinçipales e noble villa de mys Reynos, acatando los muchos e buenos ser­viçios quel conçejo et omes buenos della fisieron a los Reyes de gloriosa memo­ria mys pregenitores et ansi án fecho et fazen de cada dia y porque la dha villa de aqui adelante sea mas noblescida y honrrada tengo por bien y es my merçed de lo fazer, Et por la presente fago çiudad et quiero y mando que de aqui adelante se nonbre y llame çiudad, e aya e gose de todas las honrras, graçias, mercedes, franquezas e libertades, prehemynencias, dignidades, prerrogativas, esençiones e ynmunidades et previllejos e todas las otras cosas e cada una dellas de que án e gosan todas las çiudades de los dhos mys Reynos”.

Aún permaneció algunos días más el rey en su castillo, a la sazón construido y decorado como un auténtico palacio árabe, según nos han ido desvelando las excavaciones y estudios que se han hecho sobre él. Enrique IV era hombre muy afecto a la moda andalusí, vestía y cabalgaba a la morisca, y a todos los edificios que mandó construir quiso dar un aire mudéjar, de ornamentación árabe, cuajados de jardines, de aguas y acequias, de sonrosados muros.

Los protagonistas

El hecho en sí es escueto, definitorio, emocionante, y a nosotros hoy apenas nos estremece: total, llevamos cinco siglos y medio siendo ciudad…. El recuerdo de aquel día es adornado con el correspondiente marco, simplemente.

Pero lo que sí conviene es volver a recordar a los protagonistas del hecho, porque de su memoria saldrán algunas conclusiones. Al menos, un rato de charla y un afincamiento en los recuerdos que son raíces, en la cifra y los nombres que dan consistencia a la ciudad de hoy, más preocupada por la remodelación urbana de sus barrios céntricos, o por el acabamiento con bien de jardines y aparcamientos.

Sin duda el principal es el Rey Enrique IV (Valladolid, 1425 – Madrid, 1474) monarca demérito de la dinastía Trastamara, que no pudo hacer otra cosa que defenderse del acoso continuo de los levantiscos y pendencieros magnates feudales que le rodeaban por toda Castilla. Su defensa consistía esencialmente en dos cosas: la primera, salvar el pellejo; y la segunda, mantener viva y actuante a la monarquía, tarea que a él, y a muchos otros, se antojaba fundamental para sustentar la unidad del Reino y asegurar ciertas libertades de las ciudades y los ciudadanos, y mantener e incrementar su nivel de vida. Cosa que no hubiera podido ser realidad en el caso de la victoria de los nobles alzados.

El Cardenal Mendoza, quinto hijo del marqués de Santillana, y a la sazón jefe de la Casa Mendoza, fue siempre el apoyo del rey: desde Guadalajara, donde tenía su gran palacio residencial; desde Jadraque, donde puso su inmenso castillo en pie; desde Sigüenza con su catedral y diócesis riquísimas, y desde Toledo donde dominaba, con la cruz y la espada, las huestes clericales y el adelantamiento del reino, estuvo siempre a favor del monarca. En ese mismo año, 1460, a don Pedro González de Mendoza se le cruzó en la vida Mencía de Lemos, una preciosa portuguesa que le dejó obnubilado, y de la que tuvo dos hijos, que serían años más tarde calificados como “los bellos pecados del Cardenal”.

Su hermano, Diego Hurtado de Mendoza, que sería nombrado primer duque del Infantado por los Reyes Isabel y Fernando, fue también capitán de los ejércitos mendocinos, apoyando al rey en su lucha primaveral contra los nazaritas granadinos, y en todo momento contra los jerarcas feudales.

Finalmente, y aunque parece que no dice nada en este lío, está don Alvar Gómez de Ciudad Real, -que desde hace mucho tiempo tiene calle en la ciudad, aunque muchos no saben por qué- y que a la sazón de este viaje de Enrique IV a Guadalajara le anima a que extienda esos dos fundamentales decretos. Gómez de Ciudad Real es señor de lugares como Pioz y otros pueblos de la Alcarria Baja, muy afecto al rey y a los Mendoza, y a la sazón secretario personal del rey haciendo las veces de Canciller mayor. Sin duda tuvo algo, bastante, que ver en este nombramiento, en este honor que hoy la ciudad conmemora, y durante todo este año lo hará con la alegría (y esperamos que con el conocimiento) que el tema merece.

Apunte

El escudo heráldico de Guadalajara

Aunque es tema ya muy tratado, quizás viene a cuento de lo arriba referido el memorar brevemente la historia del escudo heráldico de la ciudad. Porque quizás con motivo de este redondo aniversario podrían darse los pasos que está pidiendo para hacerle más auténtico, más sencillo y hermoso de lo que ahora es.

Todos conocen, porque lo ven a diario en las farolas, en los folletos y en los autobuses urbanos, cómo es el escudo de Guadalajara: una especie de historia completa en la que un caballero armado dirigiendo un gran ejército que se acumula a sus espaldas, se pone ante una amurallada ciudad en son de guerra y conquista. Sobre la ciudad, flamea la bandera de la media luna, mientras que el caballero (Alvar Fáñez de Minaya, según dicen) lleva en alto la espada y la insignia de la cruz. El cielo, oscuro, está estrellado. Representa el momento de la conquista de la ciudad árabe (la Wad-al-Hayara andalusí) por las tropas castellanas de Alfonso VI.

Esta es, sin embargo, una composición romántica del siglo XIX. Hasta entonces (y hay numerosos datos, documentos y pruebas que lo avalan) el símbolo de la ciudad era un caballero abanderado. Sobre un campo de estrellas. El caballero era, como se prueba desde la remota Edad Media en que así aparece en los sellos de cera legitimadores de sus documentos, el juez villano, la máxima autoridad del burgo, la autoridad judicial y social. Ese símbolo de poder ciudadano, de autonomía y de imperio de la ley, sobre un fondo de estrellas, era el escudo que Guadalajara usó durante muchos siglos: también cuando Enrique IV, hace ahora 550 años, la nombró ciudad. ¿Por qué no volver a usarlo de forma continua, general, oficializada? Es una propuesta para este momento de fastos históricos y entrañables.

Por la Ruta del Sabinar

Vamos a tratar de recorrer Molina entera, río a río, sesma a sesma, pueblo a pueblo. Visitando sus castillos y monasterios, sus pairones y casonas, todos los elementos que la hacen una tierra única e inconfundible.

Desde la perspectiva unitaria y concreta que da la geografía y la historia, el costumbrismo y la esencia sociocultural de sus gentes. El Señorío de Molina, se mire por donde se mire, es una entidad plenamente definida, y sus partes son sus partes. Creo que se entiende bien lo que quiero decir: o sea, que el Parque Natural del Alto Tajo, es una parte del Señorío de Molina, y cuando se quiere promover la visita de uno y otro, hay que explicitar bien que Molina es el todo, y el Parque la parte.

En nuestro recorrido por el Señorío de Molina, que ha de ser objetivo de viaje y conocimiento para todos los que quieran saber más, y en profundidad, de esta tierra castellana, veremos de todo un poco. También el Parque del Alto Tajo.

 

Viniendo de Castilla hacia el Señorío de Molina, el  viajero ha de pasar primero por la sesma del Sabinar. En Selas ha de admirar la iglesia parroquial dedicada a Nª Srª la Virgen de Minerva, que tiene de interesante una buena colección de retablos platerescos y barrocos, con pinturas excelentes. En Aragoncillo  merece verse el pueblo todo, y saborear la arquitectura popular  que se conserva sin mácula: cargaderos tallados con frases y  símbolos; rejas de subida artesanía, grandes aleros de madera. El término es rico en parajes para recorrer andando. Es toda una aventura subir al cerro “Aragoncillo” desde el que se domina inmenso territorio, especialmente hacia la sesma del Campo.

En Canales de Molina deberá buscar el visitante la famosa «Peña Escrita«, que enseñan amablemente los vecinos, yendo con el  coche, o andando, a través del pinar, a un refugio rocoso donde se  observan inscripciones de extrañas siluetas, que pueden ser de  época neolítica, muestra del arte rupestre que en el Señorío  tiene algunas otras buenas representaciones. Sobre la Peña Escrita se cuentan leyendas en las que se mezcla la historia medieval con las presencias de “platillos volantes”. Dicen que en ese lugar hubo un dragón que vomitaba fuego, y que tenía raptada a una joven princesa. Y que algún valiente caballero finalmente se enfrentó al dragón, de tal modo que este echó a volar y se fue por los cielos dejando un rastro de fuego y humo. Y allí, en el claro del bosque, un montón de piezas extrañas (sus vómitos) y a la princesa sana y salva. En Rillo de Gallo hay una iglesita de corte románico y una fuente‑monumento dedicada al prócer Calixto Rodríguez, hijo del pueblo, y benefactor del mismo. Es  obra curiosa de comienzos del siglo XX, que magnifica la figura del que fuera político y empresario, iniciador de la explotación resinera de los montes del Ducado. En lo alto de la fuente, como un Romanones rural, se ve a don Calixto, todo bigotes y magnificencia, junto a un viejo farol.

Un monasterio medieval aún vivo

Bien desde Molina, o aun mejor desde Alcolea del Pinar, a través de Riba de Saelices y Huertahernando, se llega al monas­terio cisterciense de la Buenafuente del Sistal, declarado mo­numento nacional, y enclavado en medio de un abrupto terreno junto al Tajo, rodeado de espesura de sabinas. En la Edad Media, a poco de ser reconquistada la zona, el conde don Manrique de Lara trajo una comunidad de canónigos franceses de San Agustín, que hacia 1136 comenzaron a levantar el monasterio que hoy subsiste. En el siglo siguiente, pasó a ser ocupado por monjas cister­cienses, cuando ya la tranquilidad se había adueñado de lo que en  los primeros tiempos fue zona peligrosa y disputada a la morisma. En los siglos siguientes surgió un pueblo en derredor del monasterio, que hoy pervive atendido por la comunidad femenina del Císter, y dedicado a una intensa actividad social y espiritual, sir­viendo de hospedería uno de sus edificios.

Desde el punto de vista artístico, lo más interesante es la iglesia monas­terial, que estuvo en un principio aislada del resto de las edificaciones. Es de sillar grisáceo, con una sola nave de  bóveda de medio cañón, bastante apuntada, sin arcos fajones. Al  exterior muestra dos entradas o accesos claramente románicos: uno sobre el muro norte, con arco semicircular, encuadrado entre dos altos pares de columnillas que sostienen una cornisa sobre modillones. Tras las últimas obras de restauración, esta puerta  ha quedado practicable y permite el acceso hacia la capilla del  Cristo y la Buena Fuente, en la que una antigua hornacina también románica servía para albergar la talla del famoso Cristo. En el  sur, en lo que hoy es clausura, se abre la otra puerta el templo, similar a la descrita. El ábside es de planta cuadrada y al exterior muestra dos fortísimos contrafuertes, entre los que se  abren un par de ventanas sencillas, de la misma época. El entron­que de este edificio con el románico francés es indudable. Desde el monasterio de Buenafuente pueden realizarse en el mismo día excursiones inolvidables al cercano «alto Tajo».

Pueblos pinariegos

Cerca de Buenafuente se halla Villar de Cobeta, en cuya iglesia parroquial se guarda un buen altar de talla en madera dedicado a Santa Catalina, y una espléndida cruz proce­sional en plata, obra del artífice seguntino Pedro de Frías, en los comienzos del siglo XVI. Cobeta, también próxima y enclavada en magnífico paisaje de pinares, enseña su emplazamiento muy pintoresco, con los restos de lo que fue un castillo medieval que dominaba anchas franjas de terreno, que se fue hundiendo poco a poco, y hoy ha sido reconstruido, al menos la torre de planta circular que hacía de atalaya poderosa. En la iglesia merece verse un retablo churrigueresco que hace las veces de mayor.

También en esta zona de bosques densos destaca Corduente como centro muy frecuen­tado de veraneo: su infraestructura turística permite acoger a muchos visitantes en la época estival, pudiendo hacerse por su  término infinidad de excursiones al monte, al barranco de la Hoz, al castillo de Santiuste, etc. En Corduente se ha ubicado el principal Centro de Interpretación del Alto Tajo, con moderna arquitectura y una completísima información de tema natural y ambiental, que merece visitarse. De martes a domingos, de 10 a 18 h., todo el año.  Es este el lugar obligado a visitar antes de acometer la tarea de patearse el Parque del Alto Tajo.

Torete, más abajo de la Hoz, es pueblo con abundante bosquedal, paisajes magníficos en torno al  río Gallo, y una arquitectura popular con gran encanto. Y de Ventosa se puede decir lo mismo, pues también se enclava en las cercanías del barranco de la Hoz, justo a su entrada desde Moli­na. Es este enclave natural, el Barranco de la Hoz formado por el río Gallo, lo que sin duda merece un viaje a esta zona del Señorío molinés. No puede dejarse de visitar, esta misma primavera que ya se acerca, o el próximo verano: porque se está habilitando poco a poco todo el recorrido junto al río, con zonas de aparcamiento, de merienda, de información, más la ermita dentro de la montaña, la vieja hospedería, la nueva abierta ahora, esperemos que por mucho tiempo. Y sobre todo el paisaje que se admira desde lo alto. Porque junto a la ermita parte una escalera tallada en la roca que en poco más de cinco minutos nos lleva a las alturas, desde las que se contemplar un espectacular paisaje. No olvidarse en el coche la cámara de fotos!

Pequeños pueblos de la sesma

Otros pueblecillos en los que son de ver estructura y elementos característicos de arquitectura popular molinesa, son los de Cuevas Minadas, Cuevas Labradas, Lebrancón, FuembellidaEscalera y Valhermoso. En este último destaca por su hermosura y  perfecta conservación la «casa grande«, magnífico ejemplo de  casona molinesa del siglo XVIII, en la que además nacieron varios personajes dedicados a la milicia y la religión. Taravilla es pródiga asimismo en  paisajes de gran esplendor, teniendo en el seno del pueblo uno de los árboles más espectaculares de toda la región: es un viejo olmo, apuntalado y relleno de piedras para mantenerle en pie, pero sorprendetemente vivo, cuajado de hojas en el verano, y viejo, viejo, viejo como pocos. Desde Taravilla se abaja por buena carretera al Alto Tajo, al puente de Poveda, lugar de espectacular belleza.

Cerca de allí, en Almallá, a la orilla del río Bullones, podrá el viajero pararse a admirar una completa insta­lación salinera del siglo XVIII, tal y como el rey ilustrado Carlos III la mandara construir. Muy cerca, Tierzo, con una iglesia sencilla en la que destaca el retablo mayor, plateresco, bueno, y en la vega del Bullones, rodeada de prados eternamente  verdes, la vega de Arias nos ofrece la interesante casa‑fuerte que ya hemos reseñado  al hablar de los castillos molineses, y en cuyo espacio dice la leyenda que descansó el Cid en su camino hacia Valencia. Aunque de propiedad prievada, y ocupada por sus dueños, el aspecto medieval del edificio almenado, con varios niveles de murallas en su derredor, el patio central, la torre… todo hace evocar siglos pasados, la figura del Cid, y sus mesnadas.

La memoria gráfica de Mohernando a lo largo de un siglo

Hay autores en esta provincia que poquito a poco, de forma callada y constante, van construyendo un corpus de conocimientos, de aportaciones y ofertas sobre algún tema, que al final es monumento lo que hacen, y queda su tarea eternizada y firme. Uno de esos casos es el de Francisco Lozano Gamo, compañero en estas páginas de “Nueva Alcarria” desde hace muchos años, y dedicado en cuerpo y alma a investigar, escribir y publicar sobre Humanes, Mohernando y todo el entorno de la Campiña en que esos lugares se ubican.

 

Hace escasas fechas, vino directamente a mi despacho el buen Paco Lozano a entregarme, en mano, su última producción editorial. Su última por ahora, porque seguro que de su fecundidad y entrega han de salir todavía muchos otros libros y cientos, por no decir miles, de artículos sobre los pueblos en los que late su interés y su dedicación.

Es este un libro todo él compuesto en una tinta, con sobriedad y elegancia, y que titula “Espejos fotográficos de tiempos pasados en la villa de Mohernando”. Aparece con un prólogo del alcalde de esta villa, Luis Fernández Cabellos, otro de la poetisa campiñera Julie Sopetrán, otras palabras de bienvenida por parte de los cronistas locales de Humanes y sus Agregados, Antonio Marchamalo Sánchez y Miguel Marchamalo Maín. Unas palabras más del escritor campiñero Inocente Pastor del Valle, que se nota es muy amigo del autor, y finalmente las palabras obligadas de Introducción a la obra, por parte de Francisco Lozano Gamo.

Tras estos preliminares literarios, aparecen clasificadas por temas, y con breves pies descriptivos, algo más de 200 fotografías de Mohernando, tanto aéreas, como antiguas y actuales. Es curioso contemplar cómo era hace 50 años el Ayuntamiento de la villa, que por longevo cayó derribado y en su lugar alzado otro de moderna planta y acrisolada sosez en los resultados arquitectónicos. Siempre la picota en el centro de la plaza, siempre las ruinas de su iglesia en el otro extremo, y siempre la presencia del grupo escultórico de don Francisco de Eraso y su esposa, que como señores de la villa fueron tallados orantes y protegidos por San Francisco, y colocados en el presbiterio de su templo.

Muchas otras fotos, que atañen directamente a los habitantes de Mohernando, completan el conjunto: fiestas, botargas, toros, inauguraciones, imágenes aéreas y terrestres del noviciado salesiano de Maluque, etc. Todas las fotografías han sido hechas por el autor de la obra, y esto limita un tanto su abanico de temas, puesto que Lozano es aún joven, y no tiene imágenes en su archivo personal de aspectos o temas más antiguas, de la primera mitad del siglo, por ejemplo, de la Guerra y años posteriores, etc. Tampoco hay fotografías familiares de grupos, festividades personales, etc. La obra de Lozano Gamo se centra en las imágenes que personalmente ha captado durante el último tercio del siglo XX, y los primeros años de este en el que ahora estamos. De todos modos, se trata de un interesante libro de fotografías, que ha sido posible gracias a la financiación del Ayuntamiento de Mohernando y la Excmª Diputación Provincial.

Recuerdo de Mohernando

En el borde de una meseta que la Campiña del Henares tiene en su margen derecha, asomada a un breve vallecillo que baja agua desde la Puebla de Beleña, asienta Mohernando en un punto que, en la geopolítica de la Edad Media tuvo cierta impor­tancia estratégica, dominando un camino natural desde el Henares hacia las Serranías de Ocejón y Ayllón.

De su nombre, que viene a ser definidor de un monte Hernando, se concluye importancia vigilante. Así, ya desde el siglo XII, la Orden militar de Santiago obtuvo este lugar para su cuido y dominio, creando incluso una encomienda que abarcaba los lugares de Robledillo, Razbona, Humanes, Peñahora y Cerezo. En Mohernando estaba la casa y cabeza de la institución, y la resi­dencia del comendador santiaguista.

En 1350 el arzobispo toledano don Gil Carrillo de Albornoz usurpó este lugar, donándoselo a su hermano Alvar García, pero el rey Pedro I le ordenó resti­tuirlo a la Orden de Santiago, como así lo hizo. En su poder continuó hasta 1564, en que Felipe II obtuvo de la Santa Sede permiso para enajenar gran cantidad de  propiedades de las or­denes militares, entre ellas la encomienda santiaguista de Moher­nando. Pero ese mismo año, el rey se la vendió, junto con los lugares de su jurisdicción arriba señalados, así como la casa fortaleza de Mohernando, y el impor­tante puesto de portazgo que allí se cobraba, a don Francisco de Eraso, su secretario y miem­bro del Consejo de Castilla. El precio que pagó por todo ello fue superior a los cuarenta y siete mi­llones de maravedís.

Este primer señor, que gozaba de gran favor en la corte real, pues primeramente había sido secretario del Emperador Car­los, quien se lo recomendó muy particularmente a su hijo, y este le mantuvo siempre, fue casado con doña Mariana de Peralta. En 1567, fundó un mayorazgo con todos sus dominios, y estos fueron pasados a sus herederos directos. Murió en 1570 y fue enterrado junto a su esposa en la iglesia de Mohernando, en un enterramien­to tallado por Juan Bautista Monegro en el que aparecen el matri­monio, arrodillados y orantes, protegidos por San Francisco de Asís. Esta joya escultórica, ya recuperada después de años de estar en el Museo de Sigüenza, se puede admirar hoy, si se contacta antes con el párroco de Mohernando, en el presbiterio de su iglesia antigua.

La importancia que desde ese siglo fue adquiriendo el lugar de Humanes frente a la villa de Mohernando, hizo que cuando en 1625 el rey Felipe IV elevara a la nobleza a esta familia, creara el título de conde de Humanes para el heredero del funda­dor del mayorazgo y señorío, como él también llamado Francisco de Eraso. En esa familia se mantuvo Mohernando, ocupando a tempora­das el palacio y bosque de caza existente en su término, hasta el pasado siglo.

Guarda este pueblo de interesante, una ancha plaza mayor, en cuyo centro luce el rollo o picota que simbolizó, durante muchos siglos, su calidad de villa y cabeza de encomien­da. Un edificio popular, que sirve de portada en su versión primitiva, al libro que hoy comento, es el Ayuntamiento, hoy reedificado en ladrillo y estructura funcional, pero fea, aunque al menos ha mantenido su coronación con un compli­cado armazón férreo, de principios de siglo, para albergar el reloj. Tras el Ayuntamiento, podía verse hasta hace poco tiempo la que fue casona de los condes de Humanes, cons­truido en el mismo solar en que estuvo el que había mandado levantar doña Mariana de Peralta. De ese edificio, que en sí mismo no tenía un gran valor, pues todo él era de mampuesto y adobes, con un revoco moderno de almohadillados, aún se ve la portada con un escudo del condado humanense.  En la misma plaza de la picota y el Ayuntamiento aparece la mole, a medias derruida, a medias sin acabar, de la iglesia parroquial obra del siglo XVI, construida a instancias de su señor, que colocó su enterramiento a un lado del altar mayor. Es de mampuesto de ladrillo y canto rodado, y destaca en ella una serie de escudos, bien tallados, del siglo XVI, sobre los muros de la cabecera, con los emblemas heráldicos de los Eraso y Peralta. Hace bastantes años se hundió la techumbre del templo, habilitando para parro­quia todo lo que iba a ser nave pero que finalmente quedó como un edificio simple de una nave. La cabecera ha sido reconstruida, con esfuerzo, tiempo y dinero de vecinos y Ayuntamiento, y en ella se ha colocado, por fin, el grupo escultórico de Francisco de Eraso, fantástica escultura del manierismo español.

En término de Mohernando, y con apeadero propio en la línea del ferrocarril Madrid‑Barcelona, se encuentra el lugar de MALU­QUE, formado en el valle del Henares a partir de dos grandes fincas de monte bajo, destinadas a caza y agricultura, denomina­das «Monte Alaja» y «El Encinar». El marqués de Mochales, don Miguel López de Carrizosa y Giles, levantó en este lugar un bonito palacete neomudéjar, y tras su muerte, la viuda del mar­qués se lo cedió a los Salesianos, que en 1929 crearon en este lugar un Colegio‑Seminario, titulado de «Nuestra Señora de los Dolores y San Miguel», en el que aún permanecen dedicados a la enseñanza.

Las fotos más sobresalientes

Entre los dos centenares largos de fotografías que amenizan el libro de Lozano Gamo, me gustaría comentar y poner de relieve algunas de ellas. No sé muy bien por qué. Quizás porque representan el tiempo antiguo, porque están bien encuadradas, o porque ofrecen vistas de cosas que ya no existen. Lo bello aumenta su valor cuando desaparece…

La más representativa en este sentido es la del Ayuntamiento viejo. En todo el libro, las fotografías que aparecen son hechas por Lozano Gamo, y por tanto esta del Ayuntamiento, de abril de 1974, fue de las primeras que realizó el autor. Ahí está, plantado, un edificio con personalidad, que en vez de ser restaurado, se hizo con él lo más fácil: echarlo al suelo y levantar uno nuevo. Que además no guardaba con el anterior otra relación que el solar donde se lavantaba y su objetivo institucional. Esta crítica, que parece fácil, está más que justificada: en cualquier lugar de Europa hubieran reconstruido el Ayuntamiento tal como era, lo habrían restaurado o, si eso se suponía mucho más caro, se hubiera rehecho con los antiguos patrones constructivos. Pues no, aquí se hizo nuevo, y más feo, como diciendo: los nuevos tiempos son así, iconoclastas.

Hay otra imagen que rememora el tiempo quieto y sencillo del pueblo: la plazuela del cuartelillo, en la que se ve una casa de planta baja con su portalón y ventanas mínimas, y a lo lejos la masa del templo a medio terminar.

De ese templo hay otra imagen espectacular y sobrecogedora: el interior de la cabecera del templo parroquial, que fue mandado construir por los primeros condes de Humanes, don Francisco de Eraso y doña Mariana de Peralta, a mediados del siglo XVI, y que albergó en su interior retablo, mausoleo y diversas piezas artísticas de las que nada quedó, tras hundirse el edificio por el mal cuidado de su cubierta. De esas ruinas, mantenidas durante decenios, se salvó el conjunto escultórico que Eraso había encargado tallar a Juan Bautista Monegro y que durante sus años de exilio lo pudimos ver en el Museo de Arte Antiguo de Sigüenza. Rehecha y cubierta la cabecera, hoy se puede admirar en su sitio.

La fotografía del que fuera caserón de los Condes de Humanes, y que ha sido recientemente derribado en parte, es otro de los elementos que quiero destacar de este libro. Han quedado imágenes, y esta es una de ellas, que conservan para el futuro la estampa de un edificio clásico. Bien es verdad que el inmueble no tenía mayor valor arquitectónico que su planta noble, altiva, porque su construcción era de lo más endeble, y su almohadillado solemne era de pega. Pero tenía su gracia. Fue casa de los condes pero no residencial, sino de almacenes y guardas.  En todo caso, a mí no me hubiera importado que siguiera ahí, donde estuvo durante muchos años.

Y la última es un ejemplo de la fiesta y el sentir bullicioso de los habitantes de Mohernando. Cuando llega su fiesta en el verano, lo más importante es montar una buena corrida de toros, o una novillada. Tan importante es eso, que hoy cuenta con una plaza de toros, en un pueblo al que le quedan poco más de 100 habitantes. En la imagen de Lozano Gamo, se ve a las cuadrillas de toreros con sus trajes de luces y sus parafernalias taurinas, posando felices ante el rollo o picota de la villa. Un resumen genial, estático pero vivo, de las tradiciones españolas. Felipe II y Cúchares tal que hermanos.