Ruta de los Pairones de Molina

viernes, 12 febrero 2010 0 Por Herrera Casado

El Señorío de Molina es siempre una meta segura. Para cualquier viajero. Un trozo de esa España remota, silenciosa y pura, a la que se quiere atraer a la gente que aún no la conoce. Y es realmente difícil atraer a un sitio para el que hay pocos sistemas de acceso (no hay tren, no hay avión, no hay autovía…) y hay poca promoción institucional, y esta un tanto equivocada. Porque la  campaña que se inició recientemente de crear una “marca turística” para Molina mezclándola con el Alto Tajo, es sin duda una estupenda manera de confundir a la gente. 

Una cosa es el Alto Tajo, -espacio de la Naturaleza maravilloso y único- y otra diferente el Señorío de Molina, con unos paisajes, una historia, unos intereses y objetivos netamente diferenciados. De un lado la Naturaleza, del otro el paisaje mondo y la historia palpitante. Habrá que llamar a las cosas por su nombre, para quien quiera entender que entienda

El pairón de la Virgen de Jaraba, en Labros.

 

Viaje a los pairones de Molina 

De las muchas cosas que Molina tiene como propias, únicas, irrepetibles, son los pairones una de ellas. ¿Qué son los pairones? Dirán algunos de mis lectores, nuevos por estos pagos. Son muchos y todos parecidos, Solo están en Molina y en algunas partes del bajo Aragón. 

Los pairones son una columna pétrea en medio de los anchurosos campos. Un bloque de talladas piedras, del color de la sesma (los hay grises en la Sierra, rojos en el campo, pardos en el Sabinar…) que se suele colmar con una cruz férrea, algún bolón tierno, y siempre en sus costados, en lo alto, los polícromos azulejos de cerámica en que aparecen pintados San Roque, las Ánimas consumiéndose entre llamas, algún Cristo o alguna Santa Catalina pregonando su virtud. Estos son los pairones molineses, esos elementos que definen, como pocas cosas, con su escueta presencia la tierra que les dio vida. 

Los pairones constituyen uno de los símbolos más emblemáticos del Señorío de Molina, dando la bienvenida a los viajeros en los caminos molineses… anunciando la presencia de los caseríos… Son palabras estas que escribió ese gran periodista que es Carlos Sanz Establés, molinés y mantenedor de la entraña molinesa en cuanto hace. 

Aunque se han dado muchas definiciones de este pináculo de piedra, y los molineses no necesitan definiciones para saber de ellos, López de los Mozos dos daba una definición en un libro que escribió sobre este tema: Construcción arquitectónica, generalmente de no muy grandes dimensiones, fabricada con diferentes materiales, que consta de varias partes y que contiene imágenes de carácter religioso y/o inscripciones (en algunos casos) que se sitúa en diversos lugares, siendo los más frecuentes los cruces de camino o junto a éste. Aunque es esta una definición que no define demasiado, pues deja en la categoría de diversos muchos parámetros que podrían gozar de medida, sí que centra el tema y nos los presenta como son: de piedra, siempre, y de unas dimensiones que rondan los 3 metros, teniendo un pilar como eje sustentorio de lo que suele ser un remate en forma de pequeña capillita donde está la imagen sacra de que nos habla este autor. Están casi siempre en los cruces de los caminos, y sirven tanto para indicar la proximidad de los pueblos, y el cambio de término, como para pedir a los viandantes que recen una oración por el santo en él representado, y muy especialmente por las Ánimas del Purgatorio, mayoritariamente titulares de ellos. 

El origen de los pairones es pagano. Anterior al cristianismo. Precisamente la tierra de Molina, que fue habitada densamente por los celtíberos en los diez siglos anteriores a la Era cristiana, quedó regada del espíritu que los hizo nacer: la costumbre, (bien documentada en el mundo romano) de arrojar los caminantes una piedra en los cruces de caminos, o en las orillas de estos cerca de las poblaciones, donde los romanos solían enterrar a sus muertos, generó con el tiempo montones ingentes de piedras, pirámides casi, que finalmente se terminó por conglomerar y transformarlos en hitos o columnas de piedra tallada, que sirviera para eso mismo: recordar a los muertos, de quienes antiguas leyendas decían que se concentraban en las encrucijadas. 

Es la cristianización de la tierra molinesa, muchos siglos después de llegar y marcharse los romanos, la que impone dedicación y devoción a estas piedras. En su remate, que a veces alcanza la forma de un edículo o pequeña capilla cerrada con reja, aparece tallada o pintada sobre cerámica una imagen. Y suele ser motivo iconográfico como santo individual el francés Roque, protector de los caminantes; otras veces Santiago, y casi siempre una representación de las Ánimas del Purgatorio, ese conjunto de seres anónimos que en la hagiografía cristiana viene a definir a los antepasados que murieron y el caminante no conoce. Este es también el origen que se explica para los humilladeros aragoneses o los hermosos cruceiros gallegos, aunque estos se yerguen, tallados y preciosistas, como elementos de lujo ornamental en el centro de los pueblos. Todo en esencia procede de la misma palpitación: de origen celta, -y así nos lo explica el especialista en símbolos Juan Eduardo Cirlot- estos Montes de Mercurio con los que los caminantes señalaban, mediante montoncitos de piedras, los lugares estratégicos de los caminos, y que luego se cristianizaron con cruces, son la expresión humana del respeto hacia los muertos, y hacia los dioses, a quienes se ofrecía esa piedra como sustituto de cualquier otro sacrificio. Un esfuerzo y un recuerdo, cuando en el camino se hace una parada. 

También la etimología del pairón insiste en este significado: peiron o pairon en griego significa «límite». De ahí que son más frecuentes los que se encuentran aislados, en medio de los campos, señalando caminos, y sobre todo señalando límites de términos municipales (de veintenas en sus primeros tiempos) que los que vemos a la entrada de los pueblos, o incluso dentro de ellos. Esa función de señalización es muy evidente cuando, en los meses del invierno, la paramera se cubre de nieve (piensa, amigo lector, que hace unos siglos la tierra molinesa permanecía cubierta por el blanco manto los tres meses del invierno, y aún algo más) y sobre el monótono y brillante paisaje solo destaca el negror de los cuervos y el solemne estirón de las piedras de los pairones. Es bonita, incluso, esa función de faro en medio de ese mar monótono, limpio y pelado del páramo. Según cuentan algunos viejos, en tiempos se ponía dentro de los pequeños edículos que los coronan, una luz, una antorcha para orientar a los viajeros y a los perdidos por los caminos. 

Los mejores pairones molineses 

Según el Catálogo de pairones molineses que en 1996 publicó José Ramón López de los Mozos, un total de 118 piezas de este estilo podemos encontrar hoy en las orillas y los cruces de los caminos del Señorío. Unos más otros menos, todos son hermosos y emocionantes. Tienen pálpito, cuentan historias, fueron vistos por los abuelos, por los tatarabuelos de quienes hoy se cruzan con ellos con sus coches y tractores. Marcan territorios y crean puntos cardinales en torno suyo. 

Yo propondría, como una tarea que está por hacer y que desde mañana cualquiera podrá completar con su personal viaje, trazar una “Ruta de los Pairones molineses” como paso previo a conocerlos todos. Si en un trazado ideal, concreto, a la fuerza limitado, nos proponemos visitar en una jornada 12 ó 15 de estos elementos, seguro que en otra excursión por Molina saldrán a nuestro encuentro otra docena de ellos. Y así hasta completar el cómputo. 

Con los que más me gustan puedo trazar esta “Ruta de los Pairones” que señalo junto a estas líneas con un plano de situación. Para que mis lectores se animen a viajar a Molina (ahora ya empieza a poderse, porque se retira la nieve y se va el frío), les digo esta docena de elegantes piedras. Casi todas están en la sesma del Campo, o el Pedregal, pero los hay en cualquier parte. 

En Embid hay un uno al llegar desde Molina, que parece hacer un contrapunto musical y visual con el castillo; el de San Simón en Tortuera, el de la Virgen de la Soledad en Cubillejo del Sitio (que es el modélico, el reproducido en Madrid en la calle María de Molina), y el de ladrillo dedicado a Santa Lucía en Milmarcos. No puedo olvidar los de Labros, porque son todos severos, son como lo más entrañable de todo el Señorío: grises y recios, solemnes sobre los calvijosos campos, adustos ante el sabinar que emerge, precisos en sus contornos contra el cielo azul de la paramera. El de San Isidro, junto al cementerio, con una imagen del santo y un escudo tallado en el que lucen las iniciales de Cristo; el de Santa Bárbara, junto a la carretera de Hinojosa; el de San Juan, en el Camino de Labros a Tartanedo y de Hinojosa a Anchuela, desde cuyo edículo petroso se vislumbra recortado el cerro donde patina el pueblo; el de la Virgen de Jaraba (al que también llaman pairón del Espolón, que está en el cruce de los caminos de Labros a Jaraba y de Amayas a Milmarcos (la que llaman los labreños senda de la Virgen). En él reza la inscripción sencilla «Acordaos de/las almas/de votos» haciendo referencia a ese sentido de miliario de camino que recuerda a los muertos, a sus almas, a los antepasados, a los que purgan sus pecados en el Purgatorio… y al fin el pairón de las Aleguillas, que está al norte del pueblo, hacia Pozuelo… tantas piedras solemnes y puras, que tienen el frío de los hielos invernales, y el color breve de las noches de luna metidos en sus corpachones rotundos. Los pairones de Labros, como si fueran la esencia de todos los del Señorío, son los que más quiero. 

Todos ellos, y muchos más extendidos por ese alto campal que es la tierra molinesa, tienen un mensaje común, una palabra rotunda y audible, la de la generosa paciencia de esperar, en pie, sin vacilación, a que alguien venga y ayudarle. 

Apunte 

Ruta de los pairones 

La Ruta de los Pairones molineses que propongo, y que señalo en el mapa adjunto, empieza en los altos de Labros y Milmarcos, y recorre los de estos dos pueblos, bajando por la Sesma del Campo, entrando en Hinojosa, Tartanedo y Torrubia, parándose en Rueda de la Sierra y siguiendo por la amplia llanura hacia Tortuera y Embid. Esa sería la “primera parte de la Ruta”. Se hace en coche en una mañana. 

La “segunda parte” sería la que, bajando desde Rueda, y aún pasando por Molina de Aragón, donde hay un recóndito pairón al final del parque del Rey Juan Carlos, subiría de nuevo al Campo para mirar los pairones de Cubillejo del Sitio y Cubillejo de la Sierra, y luego volver por la carretera de Teruel admirando el de Castellar de la Muela, junto al camino, y parando finalmente en los de Anchuela, El Pobo de Dueñas y el Pedregal. Se puede hacer en un día largo de primavera, parando en Molina a comer.