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Luces de Alhóndiga

Todas las semanas paso por delante de Alhóndiga, y siempre me quedo con el gusanillo de entrar a verla, a patear de punta a cabo esta villa alcarreña que ahora está, fuera ya de la carretera “de Cuenca” un poco más aislada y lejana de la civilización que antaño. Pero casi es mejor, porque el pueblo es más tranquilo, más genuino, y el paseo se hace más tranquilo, degustando sus cuestas, sus casonas, sus parras densas y sus fuentes que van y vienen.

Historia y arte de Alhóndiga

Está situada esta villa en una colina al borde del río Arlés, y en lo profundo de su hondo y olivarero valle, uno de los más cordiales y típicos de la geografía alcarreña. Su nombre, de origen árabe, viene a significar “mesón” o “casa de camino” por estarlo en un lugar que fue muy transitado desde los tiempos de la romanización hasta la Edad Media. Su origen probable se remonta a la época de la repoblación tras la conquista de la región a los árabes, hacia la segunda mitad del siglo XII. Concretamente en 1170 aparece ya como señora de ella la Orden de los Hospitalarios de San Juan, y es en ese año cuando su prior fray Juan, al que se dice en un documento ser su primer repoblador, concedió al lugar un fuero o carta‑puebla, siendo pocos años después otro prior, fray Raimbaldo, quien lo confirmó y puso en práctica.

Durante los siglos XII al XVI estuvo Alhóndiga en posesión, junto con Peñalver, de la Orden Militar de San Juan, gozando en todo ese intervalo de una población numerosa y próspera. Fue luego en 1552 que la Orden vendió su villa a un particular: a don Juan Juárez de Carvajal, obispo de Lugo, en cuyos descendientes permaneció varios siglos, pasando por enlaces familiares a la casa de los marqueses de Almenara y luego al señorío del duque de Híjar, hasta el siglo XIX cuando se abolieron los señoríos.

De su patrimonio, que en principio puede parecer escaso y aburrido, sobresalen al menos cuatro piezas que merece admirar: es la primera la iglesia parroquial, dedicada a San Juan Bautista, tradicional patrono de Alhóndiga, y que es construcción del siglo XIX, no encerrando nada de interés artístico. Su sola presencia, en alto, presidiendo limpia plaza, es un entorno agradable y relajado.

En lo alto del cerro, en el lugar que hoy ocupa el cementerio, y con visos de medieval castillete, asentó la iglesia antigua, probablemente románica, de la que ya nada queda hoy día. Sin duda que fue ese cerro, con oficios de antigua atalaya dominante del valle del Arlés en una gran longitud, la sede del castillo que en Alhóndiga pusieron los caballeros sanjuanistas, como al mismo tiempo habían hecho con la otra localidad que enseñoreaban, Peñalver. De ese castillo, de la iglesia que hubiera en su interior nada queda. En el siglo XIX se habilitó ese alto espacio como lugar de enterramiento de los fallecidos, y por lo tanto en oficio de Cementerio. Hoy, además, se han entretenido en ponerle a los muros unas almenas que vistas así, de lejos, semejan las rehabilitadas ruinas de un antiguo castillo.

De verdad impresiona la que hace el número 3 de los monumentos a visitar en Alhóndiga: Junto a la ermita de San Roque se alza la picota, sobre cuatro gradas circulares, en un estilo que denota ser obra, y muy buena, aunque ya estropeada, del siglo XVI. Ahora está casi tapada por los árboles del jardincillo que se plantó en su torno. La fuente cercana le pone música al ambiente, y quien se pare a mirar hacia arriba, verá que la picota de Alhóndiga, como muchas otras de la Alcarria, remata en un pináculo rodeado de cabezas y medios cuerpos de extraños animales que bien podrían ser perros, bien leones.

Por el caserío aparecen unas cuantas casonas de empaque, siendo la más señalada y mereciendo una parada delante de ella, la que fuera casa solariega de los Fernández Gasco. Tiene una solemne fachada antigua, en cuyo centro destaca la portada de arco de medio punto de piedra tallada, con un gran florón barroco en la piedra clave, y sobre ella luciendo el gran escudo que no es de las armas de un linaje, sino de la propia Institución a la que don Ignacio Fernández Gasco defendía y representaba en el comedio del siglo XVIII. Me estoy refiriendo a la Inquisición, al Santo Oficio que también llamaban, y que aquí ofrece uno de los escudos tallados en piedra mejor conservados de toda la provincia. En esta casona se ve tallado sobre dura piedra caliza el escudo del instituto vigilante de la Fe, con sus característicos símbolos, que vienen a ser una rama de olivo en su parte izquierda, representando el perdón y la reconciliación para los arrepentidos que antes hubieran renegado de la católica creencia. En este caso es más que una rama, es un olivo entero el que se representa; luego aparece una cruz en el centro como símbolo de la Religión Católica; y una espada en el lado derecho, como símbolo del Poder Real, al cual se entregaría a los procesados que no se arrepintiesen de sus faltas. Para unos el castigo, y para otros el perdón, con la cruz en medio. Este escudo añade, en su mitad inferior, una cruz de la Orden Militar de Calatrava, a la que sin duda pertenecería el propietario de la casa y del escudo, que, según reza la inscripción al pie de todo, dice así: “Licenciado D. Ignacio Fernandez Gasco Comisario de la Santa Inquisición de Toledo natural de Alhondiga Año de 1722”. Sin duda que era sacerdote el tal don Ignacio, y respetado como se debía por parte de sus paisanos.
Finalmente el viajero debe pararse un rato en la plaza mayor para admirar tan interesante entorno: una serie de construcciones tradicionales le dan un aire de pueblo “bien”, nutrido y receptivo a los visitantes. En el centro, ahora un castaño de indias ya bien grande aunque no tiene más de 15 años de vida. Está en sustitución de lo que fue otro de los monumentos del pueblo, y que hubo que cortar hace un par de décadas porque murió de grafiosis. Se trata del gran olmo de la plaza, del cual hemos podido rescatar una imagen evocadora que a más de uno le encantará recordar.

El Fuero de Alhóndiga

Ya he dicho al principio que Alhóndiga fue, durante siglos, señorío de la Orden Militar de San Juan del Temple. Peñalver al lado, y La Yunta muy lejos, en el confín de Molina, fueron los otros lugares que tuvo esta orden por nuestros pagos.
En Alhóndiga vivió, por los primeros años del siglo XX, el famoso cura y escritor horchano don Ignacio Calvo, aquel que pusiera el Quijote traducido en latín macarrónico. A través del Cronista Provincial don Juan Catalina García López, ofreció á la Academia de la Historia un diploma en pergamino, escrito en la primera mitad del siglo XIII y que contenía una copia de la carta-puebla de aquella villa, ó mejor dicho, una confirmación que Frey Raimbaldo, comendador de la Orden del Hospital en España, hizo en año incierto de la carta de población que a dicho lugar otorgó en la era de 1208 (año de 1170) Frey Juan, prior de la misma Orden. Como solía ocurrir en estas cartas-puebla, en ella se establecen disposiciones municipales que la convierten en un verdadero fuero. De ella se habla en el “Libro de los Privilegios de la Orden de San Juan de Jerusalén en Castilla y Leon (siglos XII-XV)”, tesis doctoral de Carlos Baquero Goñi tras el hallazgo en el Museum and Librery of the Order of St. John del “Book of Privileges of the Order of St. John in Spain” que desapareció de su sede en el Castillo de Consuegra tras el asalto a aquella villa toledana por los franceses en 1809. Revive con este hallazgo un poco la historia de la Alcarria, a través de los fueros dados por la Orden a sus villas de Alhóndiga y Peñalver.

En todo caso, y para el viandante de hoy, que mira casas, fuentes y arboledas, no es cuestión fundamental lo que en tres viejos pergaminos se diga sobre los modos en que los alcarreños del siglo XII se organizaban. Si entráramos en detalles, veríamos con asombro que eran un tanto primitivos y muy muy contundentes en la aplicación de castigos. Cualquier hecho punible llevaba sangre detrás: Bien podía caer una mano por robar o un testículo por fornicar. Pero no hay que asustarse, porque hoy todavía estos castigos se siguen practicando en países a los que el nuestro considera “amigos”.

Apunte

La ermita de la Virgen del Saz

Una excursión estupenda para hacer a pie desde Alhóndiga, casi en cualquier día del año, es la de la Ermita de la Virgen del Saz. Se encuentra recostada en la orilla izquierda del arroyo Arlés, hacia el sur del caserío, a unos 6 kilómetros de distancia. El camino, bien indicado, surge a la izquierda de la carretera que baja hacia Valdeconcha, y rápidamente asciende hasta alcanzar una considerable altura, desde la que se tienen magníficas vistas del alcarreño valle. El edificio es de planta alargada y con puerta de arco de piedra, sobre la que se lee una inscripción que dice así: SE EDIFICÓ EN 1.857, refiriéndose a una de las restauraciones, porque realmente la ermita es más antigua, de origen posiblemente medieval, aunque de él nada quede. En el interior se conserva una talla con la imagen de Nuestra Señora del Saz que se apoya sobre un tronco de sauce y de donde brota una sonora fuente. La imagen se encuentra al cobijo de una hornacina de estilo barroco que la protege. A esta advocación de la Virgen, como a tantas otras de nuestra tierra, se la celebra el día 8 de septiembre con misa y procesión por las calles del pueblo, a donde es bajada la imagen un día de los finales del mes de agosto. Antes, el domingo de Pentecostés, se celebra una romería, con procesión y misa a la que acuden todos los pueblos de la comarca, ya que la imagen goza de una gran devoción por toda la comarca alcarreña.

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