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noviembre, 2009:

Visita en Potes a la Torre del Infantado

Unas jornadas literarias vividas en Potes, y la asistencia al acto de entrega de la Medalla Vasconcelos 2009, han sido motivo de haber visitado nuevamente la localidad cántabra de Potes, capital de la comarca de la Liébana. En un paisaje espectacular de verdes prados y altísimas cumbres de los Picos de Europa, la villa que fuera cabeza de uno de los valles más importantes de la geografía castellana es hoy un centro de turismo centrado en la Naturaleza y la escalada. Pero también la gente busca el orujo de sus destilerías, los quesos de sus granjas y el buen yantar de sus cientos de mesones y restaurantes viejos. 

La torre del Infantado 

La obra más representativa y sobresaliente de la arquitectura civil de la villa de Potes es la Torre del Infantado. Alrededor de su patio central, se levanta el complejo arquitectónico. Se trata de un edificio de origen medieval, construido en mampostería, con la excepción de sus esquinas y vanos, compuesto por cuatro cuerpos y una azotea, con cornisa de modillones que sostenía una barbacana corrida, que a su vez estaba rematada por almenas. En cada una de sus esquinas luce una torre cúbica almenada, evidencia de su inicial sentido defensivo, guerrero. El acceso, tras ascender una gran escalinata, lo tiene en una puerta con arco apuntado. Por encima de la puerta hay un balcón corrido con los ventanales enmarcados por alfiz. Y en medio un gran reloj de metal.

Los cerrados muros de la torre solo ofrecen escasos y estrechos vanos, lo cual le confiere ese evidente y ya mencionado sentido defensivo, de ser baluarte de una familia, guerrera y potente, que a pesar de la lejanía de otros centros de poder y lucha, quieren afirmar su preponderancia con tan espectacular edificio.

Aunque relacionada, -por familias y personajes- con la tierra de Guadalajara, el origen de la Torre del Infantado de Potes se atribuye a la familia de los Lama. En el siglo XIV perteneció a Don Tello, señor de Liébana, hermano del rey Enrique II e hijo de Alfonso XI, de quien recibió los realengos de las merindades de Liébana y de Aguilar. Todo lo heredó su hijo, Juan Téllez, quien recibió de Enrique II el 18 de febrero de 1371, en donación por vía de mayorazgo, entre otras muchas posesiones, las tierras de Liébana. Casó Juan Téllez con Leonor de la Vega y tuvieron dos hijos en su matrimonio: don Juan y doña Aldonza. Juan Téllez, falleció en la batalla de Aljubarrota, junto a otros muchos caballeros castellanos, entre los que se contaba don Pero González de Mendoza, origen de esta saga en tierras alcarreñas.

Al morir Téllez, hereda Potes su hijo Juan, quien también falleció muy joven sin tener descendencia. Y sería su hermana, doña Aldonza, que había casado con García Fernández de Manrique, primer conde de Castañeda, quien finalmente lo heredara. Pero como la donación de Enrique II había sido por línea de mayorazgo, al morir Juan sin descendencia, el señorío de Liébana pasó nuevamente a manos del rey, si bien, como perteneció a don Tello, pudo continuar en la línea familiar y así retornó a doña Aldonza.

Leonor de la Vega, al enviudar, se casó en segundas nupcias con don Diego Hurtado de Mendoza «El Almirante», viudo de doña María de Castilla, hija de don Juan I. Mediante un privilegio concedido en el año 1395, Enrique III dona a Diego Hurtado de Mendoza la Liébana, Pernía y Campoo de Suso. Al fallecer don Diego en el año 1405, le sucede su hijo, don Iñigo López de Mendoza, primer Marqués de Santillana, quien se casó con doña Catalina Suárez de Figueroa, por entonces señora de Escamilla y, entre los hijos que tuvieron, uno de ellos fue don Diego Hurtado de Mendoza, primer duque del Infantado, título que fue concedido por los Reyes Católicos en el año 1475.

Al fallecer Leonor de la Vega, comienzan los enfrentamientos entre primos, pues tanto don Iñigo López de Mendoza, como doña Aldonza pretenden la soberanía sobre la Liébana. Tras visitar el pueblo y los lugares del valle, uno comprende que todos los que tenían algún derecho a ser propietarios de aquel enclave lo esgrimieran contundentemente.

Las luchas fueron muy sangrientas entre los partidarios de las dos familias, aunque finalmente concluyeron en el año 1447. El pleito siguió su curso hasta el año 1576 en que quedó Liébana para los Mendoza y Santillana. La posesión de la torre de Potes pasó por don Diego, don Iñigo, doña Ana y doña Luisa. Después fue de los Silva y, finalmente, de doña Francisca de Beaufourt, casada con don Francisco Borja Téllez de Girón, duques de Osuna, casa nobiliaria a la que puso graciosa puntilla su último propietario, el elegante don Mariano Téllez de Girón, quien se deshizo de ella por venta en el año 1868. Durante la guerra de la Independencia, fue reducto fundamental de defensa para los guerrilleros lebaniegos, que lograron que los franceses salieran malparados en las dieciséis veces que entraron en la villa, mereciendo que el general Mahy enviase una proclama a los lebaniegos donde se hacía eco de su resistencia y sus victorias.  Hoy es propiedad del Ayuntamiento de Potes, que durante muchos años tuvo su sede en el propio torreón, hasta que lo ha vaciado y dejado, tal como está hoy mismo, vacío y sin uso.

Apunte

Potes y la Liébana

Aunque este edificio, la Torre del Infantado de Potes, nos ha servido para evocar la presencia de los Mendoza en tierras tan norteñas, lo que es evidente es que aquella comarca hoy perteneciente a la Comunidad Autónoma de Cantabria, pero históricamente siempre aneja a los destinos de Castilla, merece una visita por sí misma y por todo lo que la rodea.

A Potes se llega, desde el centro de la Península, por la carretera que sube hacia Valladolid y Palencia. Desde aquí, subiendo al Alto Campoo, a partir de Aguilar se desvía uno a Cervera de Pisuerga y allí se toma la carretera que asciende a la Cordillera Cantábrica: por el paso de Piedras Luengas se accede, tras una bajada de vértigo, a la Liébana. Desde Santander y la costa se puede subir, atravesando la larga y estrecha cortada del Desfiladero de la Hermida, una carretera que asciende junto al río Deva y entre altísimos murallones rocosos, a lo largo de 30 interminables kilómetros, a ese mismo valle. Por eso, porque la comunicación es más fácil y lógica a través de las montañas, la Liébana es una comarca que geográfica e históricamente perteneció a Castilla.

Desde Potes, la excursión más fácil y lógica es subir hasta Fuente Dé, el lugar donde mana el Deva de los altos riscos. Allí un teleférico sube a los turistas hasta la plataforma del corazón de los Picos de Europa, con paisajes de ensueño. Antes se habrá cruzado por lugares como Espinama y Mogrovejo, además de visitar el monasterio medieval (hoy reconstruido, tras la Guerra Civil) de Santo Toribio de Liébana, donde se conserva y venera el trozo más grande del “Lignum Crucis”.

En los alrededores inmediatos de Potes debe visitarse, de una parte, la iglesia mozárabe de Santa María de Lebeña, magníficamente conservada y puesta como un regalo entre los riscos azulados de los montes. Y hacia el sur, Piasca, otro de esos monumentos sorpresas que guarda España, a miles, ocultos entre los repliegues de su orografía violenta. La iglesia románica de Piasca tiene material para admirar y comprender, dos grandes portaladas, una espadaña, un complejo ábside y un frontal tallada con San Pedro, San Pablo y la virgen María que bien podría deberse a la mano del mismísimo “maestro Mateo” por su calidad exquisita. Entre otras cosas, este cronista pudo admirar en Piasca una tallada escena de la caza del jabalí, que junto a estas líneas aparece, y que allí es una más de las diversas tallas medievales que adornan la pequeña puerta lateral del templo que daba al viejo claustro del monasterio antiguo.

Todo ello es, creo yo, la evidencia de que el turismo por España, por sus regiones interiores, por sus pequeños pueblos, es el manantial que nunca se acaba, la vena gozosa de un eterno asombro.

Una visita a La Fuensaviñan

En la más alta Alcarria, o en la más baja Sierra, en ese confín poco definido de los extremos del antiguo Ducado de Medinaceli, se abre a todos los vientos la villa de La Fuensaviñán, que ofrece de todo un poco: historia, arte, naturaleza, y hasta arqueología y arquitectura popular, por lo que no está de mal preparar una excursión hasta sus límites, y visitar este lugar que cae, en todo caso, muy cerquita de la N-II rumbo a Alcolea. Antes de que se líe el invierno, y se haga más difícil o penoso llegar a ella.

Sobre un poco profundo vallejo por el que corre arroyo que, pasando por Torremocha del Campo, irá a dar en las honduras y fragosidades del río Dulce por Pelegrina, asienta el caserío de La Fuensaviñán; en su término crece el monte bajo, y se recoge algo de cereal en los valles abrigados.

Como aldea de La Torresaviñán (poblado con advocación de San Juan o San Illán, situado junto al castillo o torre que dominaba estos altos valles) aparece ya tras la reconquista de la zona en el siglo XII. El rey Alfonso VII se lo donó al obispo de Sigüenza don Pedro de Leucata, en 1154. Y luego durante varios siglos siguió formando parte del Seño­río episcopal de Sigüenza.

Para darse un garbeo por el caserío, debe empezarse la visita por su iglesia parroquial, de airosa arquitectura renacentista rural, con torre de planta cuadrada sobre el muro de poniente, de tres cuerpos, rematada en terraza con bolones. La portada, en el muro sur, se compone de arco de medio punto, con entablamento liso y frontón luciendo un capitel sobre la columna. En sus enjutas se ve relieves de sol y rostros y rosetas de rosca. En el tímpano, hay tallada una inscripción que reza: “Yglesia de asilo. 1773.” La nave muestra aparejo de sillería con contrafuertes, amplia barbacana al exterior, y puerta semicircular adovelada sobre el muro sur. Sobre la clave del arco mayor se lee “Siendo mayordomo Juan Antonio Morencos. Año 1766” que fue el año de una de las múltiples reformas que recibió el templo. En su interior puede admirarse el sepulcro del canónigo seguntino, natural de la villa, don Alfonso de la Fuente, que murió en 1564 dejando fundada en la iglesia una capellanía con generosa dote para casar doncellas del pueblo. La entrada a la capilla consta de arco de medio punto, en intradós con decoración de de molduras recortadas, cerrada por reja de hierro, con inscripción en jamba derecha que dice: “1653.”

Consta el enterramiento de este eclesiástico de una lauda con inscrip­ción, y estatua yacente del mismo, sobre cama decorada con rosetones de traza renacentista. El bulto, en alabastro, es buena pieza de los talleres de escultura seguntina del siglo XVI. Aparece el personaje en decúbito supino, apoyada la cabeza sobre un par de decorados almohadones, y en actitud orante con las manos juntas. Se toca la cabeza con bonete y se reviste de vestimenta sacerdotal, destacando especialmente la franja de la casulla, recubierta de finísimos adornos, meda­llones y decoración vegetal, sobresaliendo el medallón central con el busto de San Pedro.

En la capilla de la Asunción, hay un altar dedicado a esta advocación mariana, fechado en el siglo XVIII y costeado por el que fuera sacerdote catalán pero residente en la diócesis seguntina, don Ignacio de Puig y Maurell Puig de la Cerda, cuyo escudo se encuentra en la cabecera de dicho altar. La vocación mariana de este personaje, se materializó en su propio lugar de descanso, en el pavimento de la nave mayor de la catedral seguntina, ante el altar de Nuestra Señora de la Mayor en el Trascoro, donde se ve una lápida con escudo e inscripción que estudié en mi libro sobre la Heráldica Seguntina, hace ya años.

La arquitectura tradicional

Una de las cosas a admirar en La Fuensaviñán es la arquitectura tradicional de sus edificios, en los que destacan los elementos de viviendas de gran superficie, de una sola planta, con aprovechamiento de la parte superior para graneros, almacenes o cámaras. Al paso de los siglos, esta arquitectura evolucionó a mayores alturas, despegando lo que en un principio eran íntimos espacios dedicados a personas y animales. La estructura de la vivienda tradicional en La Fuensaviñán es el reflejo de una forma de vivir: la unidad de vivienda, explotación agraria, ganadera y el auxilio de medios animales para el trabajo. Era, pues, casa y empresa a un tiempo. El espacio se compartía con los animales domésticos, y así vemos que en el interior hay cuadras quedando al exterior, pero anejos sus edificios, los gallineros y corrales, y aún la corte para los cerdos. Parece ser que lo normal era colocar estos espacios al norte,  para que así sirvieran al mismo tiempo de calefacción de la vivienda.

En su magnífico estudio sobre la historia y el patrimonio de La Fuensaviñán que ha poco nos ha regalado Ricardo Barbas Nieto-Laina, se realiza un detenido estudio de esta arquitectura tradicional, que todavía está bastante intacta en esta villa. Los edificios son de mampostería caliza, con revoco de cal, y piedra de sillería en esquinas, ventanas y puerta, lo que da al edificio un aspecto sobrio y de gran con­sistencia. Los muros son muy gruesos, de entre 0,7 y 1,0 metros, de dos hiladas de piedras, relle­nas de cantos más finos, cal o pajuzo, como corresponde al clima realmente frío de la zona.

Nos describe Barbas cómo son y sobre todo como eran, cuando cumplían fielmente su cometido a través de sus funciones, estas casas serranas: “El encofrado era íntegramente de madera, y entre las vigas había encajadas piedras tobáceas para aligerar la estructura. La cubierta era también de madera, sobre la que se ponía transversalmente madera más fina (támaras), paja, algún serón o mimbres, que servían de aislante térmico”. Sobre la cubierta se colocaba teja “árabe” cóncava de color naranja. En la parte alta de las fachadas solía correr una cenefa pintada en la que se solía poner decoración de alegorías en tonos azules, o bien escritos y referencias al dueño o autor de los arreglos, así como la fecha de ejecución. Al igual que en las zonas seguntina, del Ducado, Palazuelos, en imitación de lo que se hace en las vecinas tierras de Soria y Segovia, se usan grabados sobre pared, de formas variadas (peces, círculos, rombos, juegos como las tres en raya, rostros, hojas, etc….) en forma de esgrafiados. Si la pintura era lisa, solía serlo en tonos amarillos o en colores suaves, como blancos, rosados y granates, muy pocas veces azules, que la gente de nuestra Castilla solía asociar con las construcciones árabes.

Al exterior de las casas aparecen poyos (asientos adosados a la pared) de piedra caliza bien tallada, en los que se celebraban las tertulias al caer la tarde del verano y el inicial otoño. Muchas tenían parra adosada a la fachada, que nacía en un receptáculo de forma cónica truncada de piedra, de donde salía la parra de uvas hacia arriba. Al lado de la puerta solían poner una gran anilla de hierro para atar las mulas que no llegaban a entrar en las cuadras.

El interior de estas casas mostraban sus paredes de adobe con entramado de madera. Con gran portal por el que pasaban personas y animales. Tanto las ventanas y puertas, como cualquier otro vano, era de reducidas dimensiones, para conseguir aislarlo del ambiente, generalmente frío, del exterior. La cocina era el elemento central de la vivienda: muy amplia, pues era el centro de reunión familiar, en ella se celebraban las comidas diarias, siendo el lugar donde luego, la familia reunida, a la luz de los candiles, los viejos contaban sus historias, sus leyendas y dejaban caer los recuerdos mezclados con la experiencia. Una verdadera escuela de formación, al estilo clásico. Luego llegó la radio, y finalmente la televisión, siendo ya los extraños, los locutores, los que hablan por el aparato, los que dictan las ideas, las formas de ser, las instrucciones…

Por el entorno del pueblo, en sus campos y eriales, se alzan todavía buena cantidad, y mucha variedad, de construcciones populares agrícolas. Muchas de ellas son para resguardarse de las inesperadas tormentas de verano, y otras, la mayoría, para guardar el ganado cerca de los prados. Unas se llaman parideras, de cuerpo rectangular, cubiertas de madera y teja cóncava, con unas paredes que no sobrepasan los 2 metros de altura, y una modesta puerta de madera con escasa ventilación. Había que dejar bien cerrados estos espacios, para evitar que entraran los lobos a montar sus destrozos. Además se ven chozos de resguardo, destacando el que Barbas nos describe como “Rancho Redondo”, “hecho en su totalidad de piedra trabada en seco, posee estructura circular, y cerramiento superior de falsa cúpula por aproximación de hiladas, con una pequeña entrada sin puerta orientada al sur”.

Las Fuentes Viejas

Elemento imprescindible a admirar en La Fuensaviñán, por cualquier viajero que se llegue, son las Fuentes Viejas, que dieron origen al nombre actual. Son de origen romano, sin duda, en su ubicación e inicial aprovechamiento, aunque luego han seguido siendo mejoradas, reutilizadas, y finalmente adaptadas al ocio en medio de un encantador paraje de parque abierto y rural.

Barbas las presenta en su libro como un elemento muy curioso, en el que “se suceden varias construcciones de carácter hidráulico que se van uniendo por una pequeña canalización abierta, por la que trascurre el agua y van a parar a un lavadero del siglo XX”. Le recuerda el conjunto hídrico la presencia romana que hubo en el paraje del Olmo de la Cigüeña. La abundancia de agua en esa zona, “llevó a la creación de un sistema de canalización complejo y a la construcción en piedra de las fuentes, dedicado a la agricultura intensiva, sobre todo hortícola, y al abastecimiento de agua de la villa romana”. En ellas, al haberse utilizado durante largos siglos de forma continuada, se han añadido elementos cristianos (cruces) y algunos retoques, pero en esencia mantienen su forma primitiva, por lo que recomendamos vivamente su visita.

Apunte

El libro sobre La Fuensaviñán

Acaba de aparecer, editado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, una obra que lleva por título “La Fuensaviñán. Legados de la tierra” cuyo autor es el joven investigador Ricardo L. Barbas Nieto-Laina.

El motivo principal del libro es la publicación de fotografías recogidas de viejos baúles y de carpetas desteñidas, para con ellas conjurar el pasado y hacerlo vivo y tembloroso. Pero junto a ello, el autor ha aprovechado a hacer una recopilación de datos acerca del pueblo, pero con tanto entusiasmo, propio de la juventud preparada y animosa, que le ha salido una primera parte que es talmente una historia de La Fuensaviñán. Además de una historia de la fotografía en la provincia de Guadalajara, le siguen los capítulos dedicados a la Geografía, la Toponimia, la Historia, los Monumentos, la Tradición y una final y completa Bibliografía. Todo ello ilustrado con profusión, con elementos del patrimonio y de las fiestas.
Es un libro en el que además del acopio de fotografías revitalizadoras de tantos pasados recuerdos, constituye realmente una “Historia de La Fuensaviñán” de calidad y seriedad aseguradas.

La Baraja Mendocina

Resuenan todavía por la ciudad los ecos y las sorpresas de la celebración, a finales de Octubre, del clásico “Tenorio Mendocino”, una actividad espectacular y que se adentra en el meollo cultural hispánico, a través de las referencias históricas que en Guadalajara quedan de aquella familia esencial que fueron los Mendoza.

No es de extrañar que, con el eje de personajes y edificios, muchas otras actividades se dirijan a traer presencias y valores de aquellas damas, de aquellos hidalgos, capitanes y clérigos que, todos encuadrados en la mendocina purrela, le sacaron brillo a esta tierra.

Eso es lo que ha hecho la Diputación Provincial en estos días: traer a los Mendoza, sin faltar uno, a pasearse por las cartas de una baraja que puede dar “mucho juego”. Porque servirá para mantener vivo tan hispano quehacer como es el mus, y por otra para dar a conocer a estas ilustres imágenes de Diegos, Iñigos y Pedros de la Mendoza prosapia líderes.

Un sorprendente  muestrario de personajes

Basta moverse por el sendero que marca en las manos esta baraja, para encontrar en cada palo primero la figura femenina de una sota. Después el piafar sonoro de un caballo con su caballero encima, y acabar con la brillantez y soberbio gesto de algún rey sin barbas ni corona.

Nos encontramos con mujeres de la hispana raza como son doña Brianda de Mendoza, la fundadora del convento de la Piedad, a la que en el Tenorio Mendocino dan vida en las escaleras de su viejo palacio leyendo las constituciones del beaterio franciscano; la sexta duquesa del Infantado, doña Ana de Mendoza, que pasó su vida entre rezos y procesiones por los recovecos de su casona arriacense; la princesa de Éboli, feliz y desgraciada en su palacio de Pastrana, que por sus apellidos de Mendoza y de la Cerda ocupa puesto aquí; y doña Aldonza de Mendoza, duquesa de Arjona, callada pero peleona, que pasó a la galería de la fama por su presencia mortuoria en el enterramiento que de ella queda en el Museo Provincial de Bellas Artes.

A caballo recordamos a don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, primer marqués de Cenete, conde del Cid, y el más fastuoso de los “bellos pecados del Cardenal”, quien desarrolló sus dotes guerreras en el levantamiento de las Germanías valencianas; a don Pero González de Mendoza, héroe en la batalla de Aljubarrota, por haber salvado la vida de su rey Juan I que la vió muy comprometida; a don Pedro de Mendoza, héroe en las Indias más lejanas, fundador que fue de la hoy gran ciudad de Buenos Aires; y a don Iñigo López de Mendoza, segundo conde de Tendilla, que participó muy mucho en la conquista de la ciudad de Granada, y mantuvo con su valor e inteligencia el trono de los Reyes Isabel y Fernando.

Como verdaderos reyes aparecen el Gran Cardenal, don Pedro González de Mendoza, a quien le corresponde ese puesto sumo de la baraja por haber sido denominado, en su tiempo, “tercer rey de España”; don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, introductor del Renacimiento en nuestro país, desde su viejo palacio de Guadalajara; don Antonio de Mendoza, primer virrey de la Nueva España (hoy México) y a punto de haber sido generador de una dinastía (la mendocina) distinta de la austriaca y borbónica, en el mando de la América hispana; a Diego Hurtado de Mendoza, finalmente, embajador del rey Felipe y todopoderoso en legaciones y asuntos de Estado por toda Europa, le encajamos en ese lugar de los mendozas reyes, visorreyes o factotum.

Rafael Pedrós, maestro siempre

El autor de los dibujos que pueblan la baraja mendocina es Rafael Pedrós, quien tanto ha hecho por mantener viva la imagen de nuestra tierra, plasmada en sus pinceles magistrales.

No exagero al decir que entre los grandes pintores que han habitado en nuestra tierra, no es el menor Alonso del Arco, que al parecer nació en Yebra, o Juan Bautista Maino, que lo hizo en Pastrana. Los pinceles de Francisco de Goya se pasearon por las orillas del Henares, y Jorge Inglés, allá en el lejano siglo XV, vino a Guadalajara para pintar cuadros, retablos y miniaturas al marqués de Santillana. Hernando del Rincón fue también una de las glorias de la pintura castellana que en Guadalajara nació o, con seguridad, vivió muchos años. Y otros grandes artistas como el aragonés Juan de Soreda, el castellano Juan de Flandes, y mil más que sería prolijo recordar, han puesto lo mejor de su arte por templos y óleos de Guadalajara. Más recientes están las figuras de Regino Pradillo, de Fermín Santos, y de Ortiz de Echagüe, geniales todos. Pero entre esos clásicos, con nosotros se cruza muy a menudo quien todavía vive y es vecino de los Yélamos, aunque entre Madrid y la Alcarria reparte sus amores y sus pasiones: Rafael Pedrós, uno de los mejores artistas, de los más completos que ha dado el siglo.

Nacido en Madrid, en 1933, formado en el Real Colegio de Alfonso XII, desde muy pequeño se dedicó al dibujo y la pintura en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos, en el Círculo de Bellas Artes y en el Casón del Buen Retiro. Su técnica depurada, y la «escuela» que desde un inicio tomó en las manos, le hizo ser un fiel copista de cuadros del Prado, del Louvre en París, y de otros museos italianos, países por los que viajó largo tiempo.

Rafael Pedrós, socio que es, de Honor, de la Casa de Guadalajara, se ganó a pulso ese homenaje entre otras cosas por el gran mural que la Casa de Guadalajara luce ahora, en tonos ocres y sepias, sobre el muro mayor de su Salón Cardenal Mendoza. Es el regalo que Pedrós le ha hecho a nuestra tierra, y que reúne en sus más de veinte metros cuadrados los paisajes, las figuras y los monumentos más característicos de Guadalajara.

La capacidad de pintar de Rafael Pedrós es impresionante. Muchos premios se ha llevado en su vida. Pero a su perfección técnica en el retrato, en la visión de un ambiente o de un grupo, añade la rapidez. He visto cuadros suyos cargados de figuras, de personajes, de telas y cobres, que ha pintado en sólo dos horas de trabajo. Su amor a lo clásico español, a los trajes de época, a los Mendozas del siglo XVI, a los monjes y a las calaveras, dan viveza y sorpresa a sus cuadros. Aunque quizás su mejor serie sea la de los retratos que ha emprendido con los elementos de la Magistratura española, con las figuras y santos/as de la Orden Carmelita española, y con altos mandos militares.

La pintura religiosa, la recreación de ambientes sacros, es otra de las especialidades de Pedrós. Él ha puesto recientemente la pintura al renovado retablo de Mondéjar, aquel que Covarrubias y Correa de Vivar construyeran a mediados del siglo XVI y el “despiste” de algunos se llevara, en 1936, por delante tamaña pieza de arte, para tristeza de todos. Pedrós está llenando, calladamente, de cuadros realistas y espléndidos las iglesias de Guadalajara.

Un adelanto de esta baraja que acaba de presentarse, la expuso Pedrós en su obra maestra, en “El Cristo de la Miel”, cuadro enormísimo que hoy permanece en colección particular, y que ofrecía, en torno al Cristo que chorreaba por sus llagas miel en vez de sangre, la presencia de gentes admiradas como el marqués de Santillana, el Cardenal Mendoza o doña Brianda.

En esa obra grandiosa, de óleo sobre lienzo, el artista colocó en el Calvario, con un fondo dulce de paisajes alcarreños en el que no faltan las «tetas de Viana» y el roquero castillo de Zorita sobre el Tajo, a Jesucristo en su trance de muerte, acompañado además de por María, San Juan y la Magdalena, por figuras de nuestra historia más entrañable, como el Marqués de Santilana, el Cardenal Mendoza, el molinés Abengalbón o el Arcipreste de Hita.

La baraja mendocina

Trátase de una baraja con todas sus piezas clásicas a la vista: cada palo clásico (oros, copas, espadas y bastos) tiene su as, que en este caso nos ofrece un escudo heráldico de las cuatro principales ramas mendocinas. Los elementos de cada palo, ya dichos, ofrecen también imágenes alusivas a la familia y sus hazañas: el oro es un ducadón con la efigie ensombrerada de un Mendoza que pudiera, de haber querido, acuñar moneda; la copa está sacada del ajuar que doña Ana de Mendoza llevó a sus bodas; la espada es la que el Papa Inocencio VIII regaló a don Iñigo López de Mendoza cuando su embajada en Roma, y que hoy se admira en el Museo Lázaro Galdeano de Madrid; el basto, en fin, pudiera ser cualquiera de los que usaron los Mendoza y sus gentes en las batallas miles en que se vieron.

Además de las figuras, siempre enmarcadas en una cenefa mudejarizante tan española, aparecen dos comodines que viven en las figuras de sendos bufones ataviados prolijamente con los colores mendocinos, el gules, el sinople y el oro denso de tantas memorias.

Luces de Alhóndiga

Todas las semanas paso por delante de Alhóndiga, y siempre me quedo con el gusanillo de entrar a verla, a patear de punta a cabo esta villa alcarreña que ahora está, fuera ya de la carretera “de Cuenca” un poco más aislada y lejana de la civilización que antaño. Pero casi es mejor, porque el pueblo es más tranquilo, más genuino, y el paseo se hace más tranquilo, degustando sus cuestas, sus casonas, sus parras densas y sus fuentes que van y vienen.

Historia y arte de Alhóndiga

Está situada esta villa en una colina al borde del río Arlés, y en lo profundo de su hondo y olivarero valle, uno de los más cordiales y típicos de la geografía alcarreña. Su nombre, de origen árabe, viene a significar «mesón» o «casa de camino» por estarlo en un lugar que fue muy transitado desde los tiempos de la romanización hasta la Edad Media. Su origen probable se remonta a la época de la repoblación tras la conquista de la región a los árabes, hacia la segunda mitad del siglo XII. Concretamente en 1170 aparece ya como señora de ella la Orden de los Hospitalarios de San Juan, y es en ese año cuando su prior fray Juan, al que se dice en un documento ser su primer repoblador, concedió al lugar un fuero o carta‑puebla, siendo pocos años después otro prior, fray Raimbaldo, quien lo confirmó y puso en práctica.

Durante los siglos XII al XVI estuvo Alhóndiga en posesión, junto con Peñalver, de la Orden Militar de San Juan, gozando en todo ese intervalo de una población numerosa y próspera. Fue luego en 1552 que la Orden vendió su villa a un particular: a don Juan Juárez de Carvajal, obispo de Lugo, en cuyos descendientes permaneció varios siglos, pasando por enlaces familiares a la casa de los marqueses de Almenara y luego al señorío del duque de Híjar, hasta el siglo XIX cuando se abolieron los señoríos.

De su patrimonio, que en principio puede parecer escaso y aburrido, sobresalen al menos cuatro piezas que merece admirar: es la primera la iglesia parroquial, dedicada a San Juan Bautista, tradicional patrono de Alhóndiga, y que es construcción del siglo XIX, no encerrando nada de interés artístico. Su sola presencia, en alto, presidiendo limpia plaza, es un entorno agradable y relajado.

En lo alto del cerro, en el lugar que hoy ocupa el cementerio, y con visos de medieval castillete, asentó la iglesia antigua, probablemente románica, de la que ya nada queda hoy día. Sin duda que fue ese cerro, con oficios de antigua atalaya dominante del valle del Arlés en una gran longitud, la sede del castillo que en Alhóndiga pusieron los caballeros sanjuanistas, como al mismo tiempo habían hecho con la otra localidad que enseñoreaban, Peñalver. De ese castillo, de la iglesia que hubiera en su interior nada queda. En el siglo XIX se habilitó ese alto espacio como lugar de enterramiento de los fallecidos, y por lo tanto en oficio de Cementerio. Hoy, además, se han entretenido en ponerle a los muros unas almenas que vistas así, de lejos, semejan las rehabilitadas ruinas de un antiguo castillo.

De verdad impresiona la que hace el número 3 de los monumentos a visitar en Alhóndiga: Junto a la ermita de San Roque se alza la picota, sobre cuatro gradas circulares, en un estilo que denota ser obra, y muy buena, aunque ya estropeada, del siglo XVI. Ahora está casi tapada por los árboles del jardincillo que se plantó en su torno. La fuente cercana le pone música al ambiente, y quien se pare a mirar hacia arriba, verá que la picota de Alhóndiga, como muchas otras de la Alcarria, remata en un pináculo rodeado de cabezas y medios cuerpos de extraños animales que bien podrían ser perros, bien leones.

Por el caserío aparecen unas cuantas casonas de empaque, siendo la más señalada y mereciendo una parada delante de ella, la que fuera casa solariega de los Fernández Gasco. Tiene una solemne fachada antigua, en cuyo centro destaca la portada de arco de medio punto de piedra tallada, con un gran florón barroco en la piedra clave, y sobre ella luciendo el gran escudo que no es de las armas de un linaje, sino de la propia Institución a la que don Ignacio Fernández Gasco defendía y representaba en el comedio del siglo XVIII. Me estoy refiriendo a la Inquisición, al Santo Oficio que también llamaban, y que aquí ofrece uno de los escudos tallados en piedra mejor conservados de toda la provincia. En esta casona se ve tallado sobre dura piedra caliza el escudo del instituto vigilante de la Fe, con sus característicos símbolos, que vienen a ser una rama de olivo en su parte izquierda, representando el perdón y la reconciliación para los arrepentidos que antes hubieran renegado de la católica creencia. En este caso es más que una rama, es un olivo entero el que se representa; luego aparece una cruz en el centro como símbolo de la Religión Católica; y una espada en el lado derecho, como símbolo del Poder Real, al cual se entregaría a los procesados que no se arrepintiesen de sus faltas. Para unos el castigo, y para otros el perdón, con la cruz en medio. Este escudo añade, en su mitad inferior, una cruz de la Orden Militar de Calatrava, a la que sin duda pertenecería el propietario de la casa y del escudo, que, según reza la inscripción al pie de todo, dice así: “Licenciado D. Ignacio Fernandez Gasco Comisario de la Santa Inquisición de Toledo natural de Alhondiga Año de 1722”. Sin duda que era sacerdote el tal don Ignacio, y respetado como se debía por parte de sus paisanos.
Finalmente el viajero debe pararse un rato en la plaza mayor para admirar tan interesante entorno: una serie de construcciones tradicionales le dan un aire de pueblo “bien”, nutrido y receptivo a los visitantes. En el centro, ahora un castaño de indias ya bien grande aunque no tiene más de 15 años de vida. Está en sustitución de lo que fue otro de los monumentos del pueblo, y que hubo que cortar hace un par de décadas porque murió de grafiosis. Se trata del gran olmo de la plaza, del cual hemos podido rescatar una imagen evocadora que a más de uno le encantará recordar.

El Fuero de Alhóndiga

Ya he dicho al principio que Alhóndiga fue, durante siglos, señorío de la Orden Militar de San Juan del Temple. Peñalver al lado, y La Yunta muy lejos, en el confín de Molina, fueron los otros lugares que tuvo esta orden por nuestros pagos.
En Alhóndiga vivió, por los primeros años del siglo XX, el famoso cura y escritor horchano don Ignacio Calvo, aquel que pusiera el Quijote traducido en latín macarrónico. A través del Cronista Provincial don Juan Catalina García López, ofreció á la Academia de la Historia un diploma en pergamino, escrito en la primera mitad del siglo XIII y que contenía una copia de la carta-puebla de aquella villa, ó mejor dicho, una confirmación que Frey Raimbaldo, comendador de la Orden del Hospital en España, hizo en año incierto de la carta de población que a dicho lugar otorgó en la era de 1208 (año de 1170) Frey Juan, prior de la misma Orden. Como solía ocurrir en estas cartas-puebla, en ella se establecen disposiciones municipales que la convierten en un verdadero fuero. De ella se habla en el “Libro de los Privilegios de la Orden de San Juan de Jerusalén en Castilla y Leon (siglos XII-XV)”, tesis doctoral de Carlos Baquero Goñi tras el hallazgo en el Museum and Librery of the Order of St. John del “Book of Privileges of the Order of St. John in Spain” que desapareció de su sede en el Castillo de Consuegra tras el asalto a aquella villa toledana por los franceses en 1809. Revive con este hallazgo un poco la historia de la Alcarria, a través de los fueros dados por la Orden a sus villas de Alhóndiga y Peñalver.

En todo caso, y para el viandante de hoy, que mira casas, fuentes y arboledas, no es cuestión fundamental lo que en tres viejos pergaminos se diga sobre los modos en que los alcarreños del siglo XII se organizaban. Si entráramos en detalles, veríamos con asombro que eran un tanto primitivos y muy muy contundentes en la aplicación de castigos. Cualquier hecho punible llevaba sangre detrás: Bien podía caer una mano por robar o un testículo por fornicar. Pero no hay que asustarse, porque hoy todavía estos castigos se siguen practicando en países a los que el nuestro considera “amigos”.

Apunte

La ermita de la Virgen del Saz

Una excursión estupenda para hacer a pie desde Alhóndiga, casi en cualquier día del año, es la de la Ermita de la Virgen del Saz. Se encuentra recostada en la orilla izquierda del arroyo Arlés, hacia el sur del caserío, a unos 6 kilómetros de distancia. El camino, bien indicado, surge a la izquierda de la carretera que baja hacia Valdeconcha, y rápidamente asciende hasta alcanzar una considerable altura, desde la que se tienen magníficas vistas del alcarreño valle. El edificio es de planta alargada y con puerta de arco de piedra, sobre la que se lee una inscripción que dice así: SE EDIFICÓ EN 1.857, refiriéndose a una de las restauraciones, porque realmente la ermita es más antigua, de origen posiblemente medieval, aunque de él nada quede. En el interior se conserva una talla con la imagen de Nuestra Señora del Saz que se apoya sobre un tronco de sauce y de donde brota una sonora fuente. La imagen se encuentra al cobijo de una hornacina de estilo barroco que la protege. A esta advocación de la Virgen, como a tantas otras de nuestra tierra, se la celebra el día 8 de septiembre con misa y procesión por las calles del pueblo, a donde es bajada la imagen un día de los finales del mes de agosto. Antes, el domingo de Pentecostés, se celebra una romería, con procesión y misa a la que acuden todos los pueblos de la comarca, ya que la imagen goza de una gran devoción por toda la comarca alcarreña.