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Visita a Marburg con resonancias alcarreñas

Poniendo en práctica ese “turismo cultural” que se hace meta para muchos porque alcanza nuevos conocimientos y rompe, sobre todo, la rutina del trabajo de cada día del año, hace unas semanas anduve por el estado de Hesse, en Alemania, a la búsqueda de horizontes (que en el centro de Alemania son siempre grandiosos, dulces, interesantes) y viejas ciudades medievales.

Llegué a Marburg, que está a unos 100 kilómetros al norte de Francfort, y además de visitar el burgo y todos los atractivos que ofrece, como ciudad alemana de larga prosapia, encierra un recuerdo artístico e histórico que indefectible la une a la Alcarria: concretamente a la villa de Salmerón, en la Hoya del Infantado. Veremos por qué.

La Markplatz de Marburg

 En el siglo XIII, en sus inicios, una jovencita hija del rey de Hungría, llamada Isabel, fue entregada en matrimonio al landgrave (podríamos traducirlo como duque) de Turingia. Nacida en 1207 y muerta en 1231, la vida de esta joven de 24 años fue corta pero intensa. De carácter muy espiritual, su único interés era hacer obras de caridad, e imitar en todo lo posible a San Francisco de Asís y a Santa Clara, modelos (entonces) de la juventud europea. Casó con el duque Luis IV pero enviudó enseguida, quedando -tras una temporada pasada en Eisenach- entregada a sus predilectas actividades piadosas y caritativas: fundó un pequeño convento franciscano fuera de la muralla de Marburg, y cada día se ocupó en tratar de hacer felices a cuantos pobres llamaban a la puerta de su humilde convento.

Muerta pronto, su cuñado el duque Corrado preparó la causa de su canonización, que se verificó de forma muy rápida, consiguiendo que el Vaticano la diera por santa, con el nombre de Santa Isabel de Hungría, en 1235. En ese mismo momento se inició la construcción de la iglesia en su honor, que terminaría de poner el remate de su más alta torre en 1283. Durante esos 50 años, la ciudad de Marburg hirvió en obras para conseguir alzar esa iglesia portentosa que es el edificio gótico más antiguo de Alemania.

En piedra rojiza, con dos torres en la fachada, gran portal escultórico, tres altas naves de igual altura, crucero y presbiterio iluminado de enormes ventanales con vidrieras, desde el primer momento constituyó un hervidero de peregrinaciones, de gentes que de todo el mundo occidental iban a postrarse ante las reliquias de esta santa, joven y asombrosa.

La iglesia, hoy conservada perfectamente, tras las reconstrucciones que fueron precisas por haber quedado muy dañada en la Segunda Guerra Mundial, tiene tres señaladas funciones, o las tuvo:

  1. Contiene el sepulcro de Santa Isabel de Hungría, y fue sede de peregrinaciones durante largos siglos del Medievo.
  2. Contiene el mausoleo de los duques de Hesse.
  3. Fue sede de la Orden Teutónica, protectora de este sepulcro, de la iglesia y de los peregrinos que a ella se dirigían. Fue, en cierto modo, una alternativa de peregrinaciones en la mitad norte de Europa a la que en la mitad sur tenía por objetivo la tumba de Santiago en Galicia.

La iglesia de Santa Isabel en Marburg es hoy luterana, está abierta a todas las horas, es visitable, y hay que pagar para penetrar en los espacios que contienen las principales obras de arte. Por 2,5 Euros se pasea uno, y las fotografía sin problemas, ante las joyas artísticas acumuladas en este templo a lo largo de los siglos.

Lo que hay que admirar

Aparte de ver sus muros cuajados de heráldica germánica, con los emblemas que los landgraves de Hesse diseñaron durante siglos, y la luminosidad especial de un templo de grandes ventanales cerrados por vitrales blancos, lo de mayor admiración se guarda en la cabecera del templo.

De una parte, en el ala occidental del crucero, hoy como capilla cerrada, se encuentra el mausoleo de Santa Isabel de Hungría, su primitivo lugar de enterramiento. Tallada sobre piedra policromada, se ve resumido el tránsito de Santa Isabel. Vestida con toca de monja (murió siendo clarisa en el convento por ella fundada) y depositada en un lecho, de su cabeza un ángel alza el ánima, y bajo ella se apostan varios pobres. Mirando el cadáver está el duque Corrado, el obispo, los monjes y monjas y otros personajes. Una frase en letra gótica dice “Elisabeth Gloria Teutoniae” (Isabel, gloria de Alemania). Es obra del siglo XIII y lo ofrezco junto a estas líneas en fotografía que pude hacer, sin problemas, como todas las demás obras de arte contenidas en el templo.

En esa capilla hay también altares con pinturas medievales, y un soberbio políptico de talla, de 1517, en el que aparece María arriba y Cristo muerto, es “la piedad de Marburgo” que se considera una joya de la escultura renacentista europea.

En la sacristía se admira la urna para contener los restos de Santa Isabel, obra de arte prodigiosa y única, realizada en 1240 para contener el cuerpo de la santa. Allí quedó, hasta 1539, en que la Reforma Luterana ordenó la desaparición de las reliquias y la prohibición de su culto. Se dice que el duque de Hesse, a la sazón Felipe, las trasladó a un lugar del que no quedó constancia. Hoy no se sabe donde están, si es que acaso existen, los restos de Santa Isabel. Hay quien dice que fueron vendidos, a precios caros, en la Europa católica, y expuestos en fragmentos por otros lugares.

La urna que digo representa la estructura de un edificio religioso. Totalmente construida en plata dorada, sobre un alma de madera de roble, se carga con múltiples placas de esmaltes afiligranados: semeja un gran templo con crucero, techos a dos aguas, torres laterales y cuatro grandes portales. Muy claro queda que es la representación de la Iglesia Católica, y el complejo iconográfico que se ve es complicado y múltiple, destacando santos, apóstoles, escenas de la vida de Santa Isabel, ríos del Paraíso, profetas, sibilas, fuentes y animales, etc. Una obra increíble, merecedora por sí sola de un viaje y admiración. Hoy la vemos en su lugar de origen, pero rodeada de una cristalera blindada a prueba de atentados.

En el presbiterio de esta iglesia, destacan sobre todo las vidrieras policromadas. Están rehechas, pues en la Segunda Guerra Mundial quedaron reducidas a polvo. Marburg sufrió, como toda Alemania, los profusos bombardeos aliados, que en este caso se justificaron por ser sede de la industria óptica. Leica tenía aquí, entonces y tiene hoy todavía, sus fábricas de objetivos, microscopios y máquinas fotográficas. Las vidrieras se han restaurado conforme a los modelos originales, y en ellas vemos escenas de la vida de Santa Isabel. También acompaño una imagen de ellas.

Otra de las cosas sorprendentes de este templo, aparte de altares y figuras que hacen alusión a la santa, a su figura y a su vida y milagros, es el mausoleo de los duques de Hesse, situado en el ala oriental del crucero. En un amplio espacio se esparcen alineadas numerosas tumbas sobre las que yacen revestidos de armaduras y acompañados de escudos, banderas, armas y leones, los duques de los siglos XIII y XIV. Un muestrario exquisito de la escultura medieval alemana.

La relación con la Alcarria

Hace unas semanas explicaba la relación que tiene Marburg con Salmerón, en la Alcarria. Lo hice con ocasión de comentar la aparición de un libro de Pilar Hualde sobre la historia del convento agustino de esta villa alcarreña.

Una de las tradiciones de este pueblo, y de ese convento (del que ya nada queda sino es el recuerdo, ahora documentado y bien escrito por la profesora Hualde) es la de que tuvo siempre en él guardadas las reliquias de Santa Isabel de Hungría.

El apoyo a esta tradición popular y tan querida en nuestra tierra, venía consolidada por las frases que al tema dedica Baltasar Porreño en su obra “Santuarios del Obispado de Cuenca y personas ilustres en santidad que en él ha habido” escrito en 1624 y hoy todavía inédito (se conserva el manuscrito en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Universitaria de Salamanca, signatura BGHUS Ms. 1926). En él dice el que fuera cura de Sacedón y Córcoles: “Se halló el dicho sancto cuerpo con su bula y certificación… edificando un quarto de casa, rompiéndose una pared gruesa en la parte donde ahora está la sacristía”. De ese origen se hacen eco también González Dávila en su “Teatro Eclesiástico” y Mateo López en sus “Memorias históricas de Cuenca y su Obispado”.

Pero la posibilidad de que el cuerpo, o parte del mismo, de Santa Isabel de Hungría, reposara en el convento agustino de Salmerón, es muy remota. Desde luego durante la Edad Media, hasta 1539 exactamente, estuvo en Marburg. Y posteriormente es muy difícil que se trajera aquí directamente, no quedó constancia en parte alguna de este viaje y transferencia. Lo más probable –como ocurrió en otros muchos lugares- es que al hacer obras en el convento aparecieran restos humanos de algún antiguo cementerio, y de forma inmediata los frailes propagaran la noticia de ser de un santo afamado, de esos que concitan peregrinaciones en su torno, y, de paso, abundantes ingresos para la comunidad.

Nada quedó de Santa Isabel en Salmerón, ni de los agustinos, ni de las peregrinaciones, y ya ni siquiera del convento, cuyos últimos paredones vinieron al suelo y fueron dispersados por el contorno en el año 2000.

Apunte

Qué más ver en Marburg (Alemania)

El viajero en Marburg debe aparcar su coche en el aparcamiento (tiene 14 plantas) de la Pilgrimstrasse. Subir en ascensor hasta la Neustrasse, que cuajada de viejas casas de maderas y ventanas saturadas de flores le irá llevando por callejas y plazas hasta la gran Markplatz, donde preside la escena el edificio del Rathaus (Ayuntamiento) y en medio se yergue en bronce la fuente del mercado. Allí está también la Fuente de la Historia, pieza moderna en bronce que ofrece detalles de los avatares de la ciudad, además de ver la Casa del Impresor, con una talla de un artesano medieval dedicado a hacer libros.

Subiendo por empinadas escaleras y rampas (la ciudad está situada en la ladera de un pronunciado monte) se asciende al Schloss o castillo de los duques, espectacular en su posición dominante del valle del Lahn. Luego al bajar se visitará la Marienkirche, con uno de los órganos más famosos de Alemania, y el palacio del Obispo Luterano. Pero, sobre todo, en Marburg hay que callejear, subir y bajar rampas, quedarse ratos mirando perspectivas, inacabables, de casas de madera, tejados empinados, flores y rótulos de farmacias, panaderías, ceramistas, libreros, cafés y gasthaus donde, finalmente, comer salchichas y beber cerveza de trigo.

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One Comment

  1. Maria Felipa dice:

    La ciudad de Marburg nos invita a disfrutar el pasado con una mirada del presente.
    Admirar sus callejuelas , sus bebederos de agua, la construccion medieval de madera con puertas y ventanas hermosamente talladas y una vista priviligiada desde lo alto, es inolvidable.
    Estuve en invierno, en verano debe ser mucho mas hermoso, feliz de haber conocido Marburg,

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