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septiembre, 2009:

Visita a Marburg con resonancias alcarreñas

Poniendo en práctica ese “turismo cultural” que se hace meta para muchos porque alcanza nuevos conocimientos y rompe, sobre todo, la rutina del trabajo de cada día del año, hace unas semanas anduve por el estado de Hesse, en Alemania, a la búsqueda de horizontes (que en el centro de Alemania son siempre grandiosos, dulces, interesantes) y viejas ciudades medievales.

Llegué a Marburg, que está a unos 100 kilómetros al norte de Francfort, y además de visitar el burgo y todos los atractivos que ofrece, como ciudad alemana de larga prosapia, encierra un recuerdo artístico e histórico que indefectible la une a la Alcarria: concretamente a la villa de Salmerón, en la Hoya del Infantado. Veremos por qué.

La Markplatz de Marburg

 En el siglo XIII, en sus inicios, una jovencita hija del rey de Hungría, llamada Isabel, fue entregada en matrimonio al landgrave (podríamos traducirlo como duque) de Turingia. Nacida en 1207 y muerta en 1231, la vida de esta joven de 24 años fue corta pero intensa. De carácter muy espiritual, su único interés era hacer obras de caridad, e imitar en todo lo posible a San Francisco de Asís y a Santa Clara, modelos (entonces) de la juventud europea. Casó con el duque Luis IV pero enviudó enseguida, quedando -tras una temporada pasada en Eisenach- entregada a sus predilectas actividades piadosas y caritativas: fundó un pequeño convento franciscano fuera de la muralla de Marburg, y cada día se ocupó en tratar de hacer felices a cuantos pobres llamaban a la puerta de su humilde convento.

Muerta pronto, su cuñado el duque Corrado preparó la causa de su canonización, que se verificó de forma muy rápida, consiguiendo que el Vaticano la diera por santa, con el nombre de Santa Isabel de Hungría, en 1235. En ese mismo momento se inició la construcción de la iglesia en su honor, que terminaría de poner el remate de su más alta torre en 1283. Durante esos 50 años, la ciudad de Marburg hirvió en obras para conseguir alzar esa iglesia portentosa que es el edificio gótico más antiguo de Alemania.

En piedra rojiza, con dos torres en la fachada, gran portal escultórico, tres altas naves de igual altura, crucero y presbiterio iluminado de enormes ventanales con vidrieras, desde el primer momento constituyó un hervidero de peregrinaciones, de gentes que de todo el mundo occidental iban a postrarse ante las reliquias de esta santa, joven y asombrosa.

La iglesia, hoy conservada perfectamente, tras las reconstrucciones que fueron precisas por haber quedado muy dañada en la Segunda Guerra Mundial, tiene tres señaladas funciones, o las tuvo:

  1. Contiene el sepulcro de Santa Isabel de Hungría, y fue sede de peregrinaciones durante largos siglos del Medievo.
  2. Contiene el mausoleo de los duques de Hesse.
  3. Fue sede de la Orden Teutónica, protectora de este sepulcro, de la iglesia y de los peregrinos que a ella se dirigían. Fue, en cierto modo, una alternativa de peregrinaciones en la mitad norte de Europa a la que en la mitad sur tenía por objetivo la tumba de Santiago en Galicia.

La iglesia de Santa Isabel en Marburg es hoy luterana, está abierta a todas las horas, es visitable, y hay que pagar para penetrar en los espacios que contienen las principales obras de arte. Por 2,5 Euros se pasea uno, y las fotografía sin problemas, ante las joyas artísticas acumuladas en este templo a lo largo de los siglos.

Lo que hay que admirar

Aparte de ver sus muros cuajados de heráldica germánica, con los emblemas que los landgraves de Hesse diseñaron durante siglos, y la luminosidad especial de un templo de grandes ventanales cerrados por vitrales blancos, lo de mayor admiración se guarda en la cabecera del templo.

De una parte, en el ala occidental del crucero, hoy como capilla cerrada, se encuentra el mausoleo de Santa Isabel de Hungría, su primitivo lugar de enterramiento. Tallada sobre piedra policromada, se ve resumido el tránsito de Santa Isabel. Vestida con toca de monja (murió siendo clarisa en el convento por ella fundada) y depositada en un lecho, de su cabeza un ángel alza el ánima, y bajo ella se apostan varios pobres. Mirando el cadáver está el duque Corrado, el obispo, los monjes y monjas y otros personajes. Una frase en letra gótica dice “Elisabeth Gloria Teutoniae” (Isabel, gloria de Alemania). Es obra del siglo XIII y lo ofrezco junto a estas líneas en fotografía que pude hacer, sin problemas, como todas las demás obras de arte contenidas en el templo.

En esa capilla hay también altares con pinturas medievales, y un soberbio políptico de talla, de 1517, en el que aparece María arriba y Cristo muerto, es “la piedad de Marburgo” que se considera una joya de la escultura renacentista europea.

En la sacristía se admira la urna para contener los restos de Santa Isabel, obra de arte prodigiosa y única, realizada en 1240 para contener el cuerpo de la santa. Allí quedó, hasta 1539, en que la Reforma Luterana ordenó la desaparición de las reliquias y la prohibición de su culto. Se dice que el duque de Hesse, a la sazón Felipe, las trasladó a un lugar del que no quedó constancia. Hoy no se sabe donde están, si es que acaso existen, los restos de Santa Isabel. Hay quien dice que fueron vendidos, a precios caros, en la Europa católica, y expuestos en fragmentos por otros lugares.

La urna que digo representa la estructura de un edificio religioso. Totalmente construida en plata dorada, sobre un alma de madera de roble, se carga con múltiples placas de esmaltes afiligranados: semeja un gran templo con crucero, techos a dos aguas, torres laterales y cuatro grandes portales. Muy claro queda que es la representación de la Iglesia Católica, y el complejo iconográfico que se ve es complicado y múltiple, destacando santos, apóstoles, escenas de la vida de Santa Isabel, ríos del Paraíso, profetas, sibilas, fuentes y animales, etc. Una obra increíble, merecedora por sí sola de un viaje y admiración. Hoy la vemos en su lugar de origen, pero rodeada de una cristalera blindada a prueba de atentados.

En el presbiterio de esta iglesia, destacan sobre todo las vidrieras policromadas. Están rehechas, pues en la Segunda Guerra Mundial quedaron reducidas a polvo. Marburg sufrió, como toda Alemania, los profusos bombardeos aliados, que en este caso se justificaron por ser sede de la industria óptica. Leica tenía aquí, entonces y tiene hoy todavía, sus fábricas de objetivos, microscopios y máquinas fotográficas. Las vidrieras se han restaurado conforme a los modelos originales, y en ellas vemos escenas de la vida de Santa Isabel. También acompaño una imagen de ellas.

Otra de las cosas sorprendentes de este templo, aparte de altares y figuras que hacen alusión a la santa, a su figura y a su vida y milagros, es el mausoleo de los duques de Hesse, situado en el ala oriental del crucero. En un amplio espacio se esparcen alineadas numerosas tumbas sobre las que yacen revestidos de armaduras y acompañados de escudos, banderas, armas y leones, los duques de los siglos XIII y XIV. Un muestrario exquisito de la escultura medieval alemana.

La relación con la Alcarria

Hace unas semanas explicaba la relación que tiene Marburg con Salmerón, en la Alcarria. Lo hice con ocasión de comentar la aparición de un libro de Pilar Hualde sobre la historia del convento agustino de esta villa alcarreña.

Una de las tradiciones de este pueblo, y de ese convento (del que ya nada queda sino es el recuerdo, ahora documentado y bien escrito por la profesora Hualde) es la de que tuvo siempre en él guardadas las reliquias de Santa Isabel de Hungría.

El apoyo a esta tradición popular y tan querida en nuestra tierra, venía consolidada por las frases que al tema dedica Baltasar Porreño en su obra “Santuarios del Obispado de Cuenca y personas ilustres en santidad que en él ha habido” escrito en 1624 y hoy todavía inédito (se conserva el manuscrito en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Universitaria de Salamanca, signatura BGHUS Ms. 1926). En él dice el que fuera cura de Sacedón y Córcoles: “Se halló el dicho sancto cuerpo con su bula y certificación… edificando un quarto de casa, rompiéndose una pared gruesa en la parte donde ahora está la sacristía”. De ese origen se hacen eco también González Dávila en su “Teatro Eclesiástico” y Mateo López en sus “Memorias históricas de Cuenca y su Obispado”.

Pero la posibilidad de que el cuerpo, o parte del mismo, de Santa Isabel de Hungría, reposara en el convento agustino de Salmerón, es muy remota. Desde luego durante la Edad Media, hasta 1539 exactamente, estuvo en Marburg. Y posteriormente es muy difícil que se trajera aquí directamente, no quedó constancia en parte alguna de este viaje y transferencia. Lo más probable –como ocurrió en otros muchos lugares- es que al hacer obras en el convento aparecieran restos humanos de algún antiguo cementerio, y de forma inmediata los frailes propagaran la noticia de ser de un santo afamado, de esos que concitan peregrinaciones en su torno, y, de paso, abundantes ingresos para la comunidad.

Nada quedó de Santa Isabel en Salmerón, ni de los agustinos, ni de las peregrinaciones, y ya ni siquiera del convento, cuyos últimos paredones vinieron al suelo y fueron dispersados por el contorno en el año 2000.

Apunte

Qué más ver en Marburg (Alemania)

El viajero en Marburg debe aparcar su coche en el aparcamiento (tiene 14 plantas) de la Pilgrimstrasse. Subir en ascensor hasta la Neustrasse, que cuajada de viejas casas de maderas y ventanas saturadas de flores le irá llevando por callejas y plazas hasta la gran Markplatz, donde preside la escena el edificio del Rathaus (Ayuntamiento) y en medio se yergue en bronce la fuente del mercado. Allí está también la Fuente de la Historia, pieza moderna en bronce que ofrece detalles de los avatares de la ciudad, además de ver la Casa del Impresor, con una talla de un artesano medieval dedicado a hacer libros.

Subiendo por empinadas escaleras y rampas (la ciudad está situada en la ladera de un pronunciado monte) se asciende al Schloss o castillo de los duques, espectacular en su posición dominante del valle del Lahn. Luego al bajar se visitará la Marienkirche, con uno de los órganos más famosos de Alemania, y el palacio del Obispo Luterano. Pero, sobre todo, en Marburg hay que callejear, subir y bajar rampas, quedarse ratos mirando perspectivas, inacabables, de casas de madera, tejados empinados, flores y rótulos de farmacias, panaderías, ceramistas, libreros, cafés y gasthaus donde, finalmente, comer salchichas y beber cerveza de trigo.

Días para el arte

Estos días, abiertos y plurales, están para recorrer la ciudad, que se encuentra abierta como pocas veces en el año: encierros por la mañana, charangas al mediodía, y quizás al final de la mañana, unas gotas de arte. Como debe ser: para todos los gustos.

Por ayudar a quien quiere llevarse la imagen perfecta, -asombro contra olvido-, de esta ciudad que se hace cada día más grande y completa, aquí van seis pinceladas breves, seis miradas a otros tantos detalles del arte de Guadalajara. No son edificios, conventos, palacios, museos, no. Son seis detalles breves, que caben en la retina por sí solos. La imagen va, y acompañándola unas breves líneas que he podido unir sin erudición ni pesadez arcana.

La Trinidad de San Nicolás

En la fachada principal de lo que hoy es iglesia parroquial de San Nicolás (plaza del Jardinillo) y hace siglos fue templo mayor de los jesuitas en la ciudad, se alza la imagen de lo que la titularidad del Convento y colegio de la compañía de Jesús: la Santísima Trinidad, eje y esencia del catolicismo especialmente después del Concilio de Trento, en el que la Orden fundada por San Ignacio de Loyola se erige en ejército defensor de la Iglesia atacada por los alemanes luteranos y demás gente protestante.

De ignoto autor, la severa talla sobre piedra caliza nos da su mensaje teológico, sin mayores calidades ni aspavientos: es la triple figura del dios Padre solemne y barbudo, del Dios Hijo, semidesnudo y con la cruz en el seno, y del dios Espíritu, que como paloma va y viene sin que se le vea nunca posarse en nada. Está con las alas abiertas constantemente.  Un detalle de arte en plena calle mayor. Solo requiere levantar la cabeza un momento, y mirarlo.

El paje del caballero Campuzano

Seguimos ante San Nicolás, y penetramos en el templo. A la derecha, a poco de entrar, en una oscura capilla, está la talla sobre alabastro del caballero Campuzano, hidalgo de pro en la ciudad del Henares allá por los finales del siglo XV, y que vino (su enterramiento) desde la anterior parroquia de San Nicolás, que estaba donde hoy el Banco de España, hasta este templo de los jesuitas.

El caballero, yacente y revestido de armadura, capa, espada y libros en la cabeza, es esencia de la fuerza hidalga de la época. La talla, perfecta, se asigna a Sebastián de Almonacid, tallista toledano que tuvo taller en nuestra ciudad, en el que además talló la estatua del Doncel de Sigüenza, y quizás en el enterramiento del Condestable de Luna para la catedral toledana.

Yo me fijo, y os pido que lo hagáis vosotros, en el paje que llora su muerte bajo sus pies. Es similar (mejor, diría) que el que hace lo mismo con Martín Vázquez de Arce: joven, de ensortijado pelo, lacio y expresivo, está vivo, palpita. Está escondido, y hay que ir a verle, a dejarle, como en limosna, una mirada. Para que siga viviente más siglos aún.

El capitel de los carneros

En la portada del antiguo templo de la Piedad, hoy lugar ¿cultural? siempre cerrado, sucio a más no poder, en el patio anterior del Instituto “Liceo Caracense”, frente a Santiago y Correos, luce un capitel prodigioso, perfecto, digno de los mejores espacios del Renacimiento: es el capitel que el propio Alonso de Covarrubias, con sus manos y sus poderosas gubias, talló sobre la piedra de Tamajón a comienzos del siglo XVI, para adornar la portada de un templo que le encargó doña Brianda de Mendoza.

En esa portada (insisto, joya preciosa, monumento nacional, y abandonada y sucia como es difícil imaginar) se ven los más sublimes paradigmas del plateresco castellano. Hay arcos y columnas torneadas, hay bolas y perlas, hay una talla de la Piedad, en lo alto, bajo la escocia, que es otra maravilla escultórica, hay escudos de la fundadora. Y hay capiteles. Este de los carneros es sin duda el mejor, porque en él aparece, además de los grutescos, el remate de cuatro expresivas cabezas de carneros: la altura del capitel es exagerada, y en él transluce el exceso, más que la necesidad. Hay que mirarlo un rato, llevárselo dentro. Tiene un mensaje escondido, es como una moneda que se tira a un estanque, y que hace volver, seguro, a ese sitio donde se ha dejado un instante de felicidad serena.

El sepulcro de doña Aldonza

En el palacio del Infantado, en la planta baja, está abierto el Museo Provincial de Bellas Artes. En la primera de sus salas, al fondo, aparece en sepulcro de doña Aldonza de Mendoza. Fue hermanastra del marqués de Santillana, se llevó muy mal con él, y al final de sus días mandó que la pusieran en retratro tallado sobre el mármol más limpio, delante del altar mayor del templo de los monjes jerónimos de Lupiana.

Pero aquel monasterio en la alta Alcarria se cerró, sus muros se hundieron, y la estatua de doña Aldonza, recobrada en el último momento, se llevó a los almacenes del Museo Arqueológico Nacional, de donde se trajo al nuestro en los años 70, cuando doña Juana Quílez actuó de primera directora del Museo Provincial. Allí se colocó en lugar preeminente, y allí ha seguido, a pesar de todas las reformas.

Porque es un detalle de arte que merece detener la mirada y admirarse un rato ante su delicada belleza, su limpieza de talla, su expresión (la muerta parece viva, turgentes las mejillas, palpitantes sus pechos, hermosa y tierna). Además de la mujer muerta, revestida de su mejor traje de fiesta, su toca prendida al pelo con un grueso alfiler, su rosario… en los paneles laterales asoman escudos de Mendoza y Arjona, frase latinas, antiguos salvajes protectores…

El Rey Gaspar de Santa María

En el retablo mayor de Santa María se ven seis grandes paneles tallados, brillantes de policromía y movidos de relieve. El central representa la Asunción de María, titular de la iglesia. Y el superior es la Trinidad, razón del catolicismo. En los otros cuatro se ven escenas complejas de la vida de Cristo y María. En uno de ellos, el más cercano al espectador, aparece la jornada de la Epifanía, el momento en el que tres sabios o reyes orientales se acercan al portal de Belén donde ha nacido Jesús. Todo es dulzura y elegancia. Padres e hijo están a gusto, y los reyes/sabios con sus criados/ayudantes se acercan respetuosos. El viejo Melchor, el moreno Baltasar, y Gaspar, a quien pongo de ejemplo, revestido y tocado como un árabe inteligente y bueno: esta escultura la hizo un tallista valenciano, Francisco Mir, a mediados del siglo XVII, por encargo del Cabildo de Curas de la ciudad. Todavía lo vemos entero, como el retablo, porque en la Guerra civil a alguien se le ocurrió alzar un tabique delante del retablo para que la progresía del momento no se lo llevara para calentar estufas.

Gaspar tiene fuerza, elegancia, es una obra de arte, un detalle más de los que en Guadalajara sorprenden y llenan esta imaginaria galería de genialidades de las que todos podemos presumir y aún gozarnos.

La bóveda de Santa Micaela

En los alrededores del panteón de la Condesa de la Vega del Pozo, donde la solemnidad del edificio apaga cualquier otra reflexión, se alza la iglesia del conjunto, que hace ya años se abrió al público como parroquia con el nombre de Santa Micaela, en el barrio de Defensores (hoy Adoratrices). Cualquiera que haya ido a esa iglesia, ha salido con la convicción de que es la más bonita de todas las que tiene la ciudad.

En ella se explayó el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco. Su mentora y multimillonaria aristócrata, María Diega Desmaissières, duquesa de Sevillano, le encargó que hiciera esa Fundación dedicada a San Diego con lo mejor de su imaginación y los más costosos términos que alcanzara. Así salió todo: lujo, profusión, espacios… un lugar que Guadalajara debería aprovechar aún más, y mejor, de lo que ahora lo hace.

Y en esa iglesia, en la que Velázquez utilizó motivos islámicos, sacados de otros edificios españoles, incluso calcando atauriques y yeserías de los que por entonces (principios del siglo XX) aún quedaban en la capilla de los Orozco de la iglesia de San Gil, se puso la cabecera más elegante y bella que quepa imaginar. La elijo como detalle y la pongo en imagen junto a estas líneas.

La bóveda del presbiterio, enmarcada por yeserías espléndidas, está formada de maderas y cerámicas, en combinaciones geométricas que hacen recordar las cubriciones de los mihrabs más santos de Al-andalus. Es preciso llegarse allí, en cualquier rato, y dejar pasar el tiempo mirando, mirando…

Apunte

Ideas para el turismo

Estos días de fiesta no son momento para la elucubración y los proyectos. Pero aprovechando el paseo por la ciudad que acabamos de dar, mirando solamente seis detalles de arte, de esos que pasan habitualmente desapercibidos, se me ocurre que bien podría plantearse una actuación encaminada a potenciar esta esquina del patrimonio. No ya el palacio del Infantado, la capilla de Lucena, o el caserón de Dávalos, en general, sino potenciar la admiración (y el cuidado) hacia los detalles. Porque igual que estos seis, se pueden sacar seiscientos. Y puestos todos juntos podrían dar para mucho más entusiasmo visitante. Bien ofrecidos, explicados, alentados siempre.

Ahora que las fuerzas administradoras de la ciudad (léase Ayuntamiento y Concejalía de Turismo) se mantienen en un acertado camino de promoción, con señalización, guías, rutas gastronómicas/patrimoniales, y libros institucionales, no estaría de más insistir en esto tan simple, y tan efectivo: los detalles. Seis han sido la muestra. Quedan otros muchos.

Los caminos de Sefarad: Sinagogas en Guadalajara

Pocas son las sinagogas judías que han quedado en Guadalajara. Alzada, desde luego, ninguna. Recuerdos de ellas, pocos, pero ciertos. Las tres culturas alcanzaron a convivir en nuestra tierra, como lo hicieron en la ciudad y reino de Toledo, de forma armoniosa y ejemplar. Eran los siglos de la central Edad Media. Eran las calendas de los alfonsos reyes: el VIII de Las Navas, el décimo Sabio, el undécimo emperador. Por todos los pueblos sonaban los rezos musulmanes y los gorritos negros de los judíos se dejaban ver a la entrada de sus fastuosas sinagogas. Llegarían tiempos malos para ellos, tiempos de odio y persecución. Tiempos de envidias y mentiras: palabras parejas, que suelen coincidir por las calles de España, del brazo siempre. Vale la pena recordar, aunque sea someramente, el paso, y la huella de los judíos, los caminos de Sefarad por Guadalajara.

Guadalajara

Tras la extensión del imperio musulmán a la Península Ibérica, encabezada por Tárik y Muza, asentaron muchos judíos en territorio hispano. Precisamente Tárik era judío. El realizó, según dice la leyenda, la toma de Guadalajara. Poco después del año 711. Ya ha llovido. Y aquí encontró un fuerte contingente de hebreos que ya estaban instalados, encomendándoles precisamente a estos judíos la administración y defensa de la plaza, mientras el ejército árabe continuaba su conquista rumbo al norte.

Siglos después, exactamente en 1085, Guadalajara era reconquistada por Alfonso VI de Castilla. Él monarca cristiano Alfonso VII, tal como se había establecido por costumbre a lo largo de aquella guerra de recuperación, concedió fuero especial a la ciudad, Y en ese primer fuero, los judíos eran equiparados totalmente a los caballeros. Esta era la prueba, el reconocimiento tácito de la gran importancia económica y cultural que habían alcanzado los hebreos instalados en nuestra ciudad. Según el más viejo fuero arriacense, dos tercios de los judíos varones y en edad propicia deberían acompañar al rey en sus campañas. El resto protegería la plaza de posibles ataques y se encargaría de recaudar las rentas de la Corona. En la Baja Edad Media, Guadalajara alcanzó a ser un centro de prosperidad y de cultura, a la que contribuyeron de manera notable los judíos que vivían en su recinto. Entre sus más destacados nombres recordamos a Moshé Arragel, primer traductor de la Biblia al castellano (1430), e Ishaq Abravanel, comentarista de la Kábala y hombre de gran fortuna, que ofreció altas sumas a Fernando el Católico para evitar la expulsión de 1492.

En aquella época, la judería de Guadalajara tomó auge, cobró población y riqueza y se desarrolló culturalmente de manera más destacada que el resto general de la población. Los documentos nos han dejado los nombres de, al menos, cuatro sinagogas: a) La Mayor, que estaría situada donde hoy la concatedral de Santa María. b) La llamada «sinoga» de los Matutes. c) La «sinoga» del Midras. d) La «sinoga» de los Toledanos. Como en muchos otros lugares del reino toledano, la decadencia de la aljama de Guadalajara comenzó con las matanzas de 1391 y, poco después, aumentó con los sermones y las amenazas de fray Vicente Ferrer. A pesar de ello, prosiguió en la ciudad un notable movimiento cultural de la mano de los judíos. Y así sabemos también que en 1482 se instalaba entre nosotros una de las primeras imprentas de España, regida curiosamente por judíos. En ella trabajó como impresor y corrector Simón ben Moshes Leví Alcabiz, imprimiéndose en la aljama guadalajareña una edición de los comentarios a los profetas escritos por David Kinji, así como el «Tur Eben Haezer», la obra de Jacob ben Asher.

El siglo XV fue, en cualquier caso, turbu­lento para los judíos de Guadalajara. Después del año 1444, en que la comunidad no pudo pagar más que la tercera parte de sus impuestos, a causa de problemas de malas cosechas, malos negocios, y malos tiempos, el rey Juan II trató de paliar la situación, autorizando a los conversos a ser tratados en igualdad de condiciones que los cristianos. Pero sería finalmente el Edicto de Expulsión dado por los Reyes Católicos en 1492 el que propició que prácticamente todos los judíos no conversos de Guadalajara se tuvieran que marchar, dirigiendo sus pasos hacia Argel, Marrakech y el norte de África.

¿Dónde estuvo situada la judería arriacense? Entre las calles de Ingeniero Mariño y Benito Hernando existe aún la “calle de la Sinagoga”. En esa porción baja de la vieja ciudad, la hoy situada entre la zona de Santa Clara, la Calle Museo, y la carretera vieja hasta la cotilla y Santa María, estuvieron situados los judíos. Cuando don Antonio de Mendoza compró casas y patios para construir su palacio que luego su sobrina doña Brianda de Mendoza ampliaría a Convento de la Piedad, hubo de entenderse con numerosos judíos, habitantes del barrio.

Hita

La villa de Hita, alzada sobre las secas planicies de en torno al Henares, tuvo desde siglos remotos una fortísima implantación judía, de tal modo que su aljama era una de las que mayor cantidad de maravedíes cotizaba a las arcas reales. Aunque la mayoría de los judíos de Hita eran campesinos, dedicados muy singularmente al cultivo de la vid, algunos jerarcas de las finanzas tuvieron en sus cuestudas laderas asiento: Entre otros no podemos olvidar a Samuel Leví, que puso en el alto castillo de Hita la sede de sus finanzas, pues se encargó en época de Pedro I de recaudar los impuestos generales del reino de Castilla. Cerca de Hita, en la orilla real del río, Jadraque también tuvo aljama más o menos numerosa de judíos.

Y al fin Sigüenza

Como siempre que se habla de historia, Sigüenza sale a relucir. No puede ser de otra manera, hablando de judíos. Porque en la. Ciudad hoy Mitrada se conserva de forma más o menos fehaciente la huella de los hebreos. El primer documento que los cita está datado en 1124, y es el que extiende el rey de Castilla Alfonso VII, concediendo al obispo don Bernardo la jurisdicción sobre la aljama hebrea, ya entonces existente. Ello suponía que buena parte de sus tributos irían a parar al cabildo catedralicio. Esos tributos debían ser importantes, porque la judería de Sigüenza, (de la que junto a estas líneas ponemos un mapa tomado de Juan G. Atienza, que la sitúa como ya es sabido en la parte alta de la ciudad vieja, cerca del castillo) era una de las más grandes y ricas de Castilla. Los judíos de Sigüenza, según documentos de 1226, tenían importantes negocios de salinas, lo mismo que sus vecinos sorianos de Medinaceli. Además hemos podido constatar que los tributos pagados eran los más altos de toda la tierra alcarreña. Todavía en 1490, cuando ya la prosperidad hebrea era un recuerdo lejano, la judería de Sigüenza pagó 204.464 maravedíes por el rescate de los judíos de Málaga, recién conquistada por los Reyes Católicos.

En los documentos del Archivo catedralicio seguntino aparecen muy a menudo noticias y datos sobre su población judía. De ellos puede colegirse la extensión urbana de la aljama: por el norte, desde la iglesia de San Vicente y la plazuela donde se levanta la Casa del Doncel. Por el este, bordeando el declive que conduce al castillo hasta la muralla que bordea la calle de Valencia, la cual, con la puerta o portal Mayor, formaría su límite sur. Al oeste tenía su límite en la Travesaña Baja, hasta la calle de San Vicente por donde doblaría nuevamente hacia el norte. Dentro de estos límites se encuentra la actual calle de la Sinagoga, donde se alza silenciosa la ermita de San Juan, a la que se aplica el oficio de templo judío en los siglos medievales. En el estudio que sobre estas judería hace J. G. Atienza en su obra Caminos de Sefarad (Guía judía de España), dice que el barrio alto y viejo de Sigüenza conserva, «si no casas, sí muros de la judería que conforman el perfil retorcido de sus calles y contribuyen a hacer recordar, con una relativa exactitud, el lugar que habitaron los judíos. Aún queda al­guna casa que, si no se puede asegurar con certeza que sea de las que ellos habitaron, sí tiene una forma muy específica que recuerda las costumbres implantadas en las tiendecillas judías, instaladas inmediatamente al lado de la vivienda, con un pequeño escaparate o ventanuco. Se está refiriendo el investigador de la España exotérica a las casas de la Travesaña Alta, en las que hoy queda muy palpable la esencia de los comerciantes hebreos. Tras la expulsión, que no fue del agrado del Cardenal Mendoza, a la sazón obispo de Sigüenza, los bienes judíos se repartieron entre los poderosos. Un documento del referido Cardenal, en 1494, hace alusión a la donación de la Sinagoga seguntina a un sobrino suyo, don Pero Lasso de Mendoza. El edificio se mandó retejar a poco, ofreciéndose en venta en 1498 por un total de 20.000 reales. Recuerdos todos ellos que nos dejan entrever (han sido unas breves líneas recordatorias de período tan floreciente) la importancia que la cultura judía tuvo en nuestra tierra. Un recuerdo obligado para los miembros de aquella raza y aquella religión que bien podemos decir todavía «la nuestra». Somos herederos, querámoslo o no, de las tres culturas medievales.

Apunte

Algunos libros sobre judíos en Guadalajara

Muchas obras se han escrito sobre los judíos en tierra de Guadalajara. La más detallada, documentalmente, la que en 1975 publicaron Cantera Burgos y Carrete Parrondo con el título de “Las juderías medievales en la provincia de Guadalajara”, en el contexto de la Revista Hispania de ese año.

Uno de esos libros es especialmente curioso: el que fue editado en 1998, “Las sinagogas de Sigüenza”, escrito por Marcos Nieto, y que refiere con todo lujo de detalles los hallazgos y memorias de los judíos seguntinos. Tiene 232 páginas y es una pieza de gran interés, editada por el propio autor.

Otro acaba de aparecer, y aunque no está directamente relacionado con Guadalajara, al menos podemos decir que ha sido editado en nuestra ciudad. Se trata de la historia de una saga de siglos, de origen bíblico, cuyos retazos siguen todavía vivos. “Los Seror en España” es esa historia de una familia sefardita que ha escrito Antonio García Seror, uno de sus miembros todavía vivos, y que ha editado AACHE, como número 24 de su Colección “Letras Mayúsculas”, este verano.

Y otro, muy leído en su día, cuando apareció, y hoy prácticamente agotado, es “La halconera de Hita” de Beatriz Lagos, una preciosa novela ambientada con toda minuciosidad en la Hita del momento de la expulsión.

Gregorio Marañón estuvo enamorado de la Alcarria

La tierra de la Alcarria, a pesar de su aspecto adusto y, en un principio, despegado, reúne elementos que la hacen enseguida muy entrañable y añorada. No ya para cuantos en ella hemos nacido y vivido siempre, sino también para aquellos que, sin conocerla previa­mente, un día llegaron hasta su médula. Tuvieron que volver. Le val­dría a La Alcarria ese slogan publicitario que usaban hasta hace poco los sevilla­nos. «Visite la Alcarria. Volverá». Eso hizo Cela, y hasta se quedó a vivir en ella.

Uno de los más ilustres enamorados que ha tenido la Alcarria fue D. Gregorio Marañón y Posadillo, el doctor Marañón como le conocemos todos. Aquel hombre que, de una manera que aún asombra a quien se acerca a su colosal figura, trabajó la ciencia en todas sus dimensiones, y adoptó con rigor y efectividad el encargo de ser humano en la tierra, fue un admirador ferviente de nuestra provincia. No solo de sus paisajes, sino muy especialmente, y lo demostró en algunos escritos, de su historia, de sus monumentos, de sus gentes… en definitiva, de todo aquello que conforma el ser íntimo, la esencia trascendente de Guadalajara.

Marañón, como todo español con un mínimo de lecturas (y él tenia un máximo de ellas), y con una pizca de sensibilidad, conocía desde siempre la existencia de Guadalajara, el papel de estas tierras del Henares y las Alcarrias en el devenir de la historia de España, y sabia también de los Mendoza, de los Silva, de los Lara y de los Vázquez de Arce.

En cierta ocasión, era el año 1931, había pasado una temporada en los Baños de Sacedón, en aquellos solemnes edificios del gran parque umbrío de La Isabela, fundado por la realeza de Fernando VII para que fueran a pasar el verano sus familiares y séquito. Marañón resumió sus impresiones, alabando el lugar, su paisaje, sus aguas y lo saludable de su estancia en aquel lugar, en un pequeño folleto hoy muy raro de encontrar. Al maestro le pareció aquello el summum del encanto, y ya desde entonces añoró la Alcarria, que identificaba con La Isabela.

Pero fue hacia el año 1944 cuando se despertó de un modo impetuoso su interés hacia nuestra tierra. Y esto ocurrió gracias a la capacidad de otro hombre que hizo que esto mismo ocurriera a muchos. Fue D. Francisco Layna Serrano quien provoco en Marañón el amor a Guadalajara y sus cosas.

Ocurría esto en junio de 1944, con motivo de la Exposi­ción de Fotografías sobre Guadalajara, realizadas por D. Tomas Camari­llo, y que se presentó en los salones del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Aparte de la belleza de las imágenes captadas por Camarillo,  y mostradas en grandes tamaños al «todo Madrid» que quedó maravillado de aquel trabajo, la Diputación promovió una serie de charlas de su Cronista Provincial, el Dr. Layna Serrano, en los salones de dicho Círculo de Bellas Artes, a las que acudieron destacadas figuras del mundo cultural de la capital de España. Y entre ellas fue D. Gregorio Marañón, quien quedó deslumbrado ante el saber y la erudición de D. Fran­cisco.

Contaba Layna, años después, que a raíz de aquellas charlas, el profesor de Endocrinología no cesó de llamarle pidiéndole datos, preguntando por la aparición de su próximo libro, (pues los iba adqui­riendo todos según salían, habiendo sido Marañón el comprador del primer libro puesto a la venta de la «Historia de Guadalajara y sus Mendozas» en Madrid), e incluso visitándole en su casa de la calle Hortaleza, tratando de que le orientara sobre algunas figuras mendoci­nas que le preocupaban para el libro sobre Antonio Pérez que a la sazón preparaba. En esa ocasión, Marañón buscaba en algún punto de la ascendencia familiar, la razón última del extraño carácter de doña Ana de la Cerda, la princesa de Éboli. Y le decía a Layna que buscara dónde podía estar esa razón, puesto que él conocía a la familia Mendo­za tan bien o mejor que a la suya propia.

También solicitó de nuestro Cronista información sobre pueblos, y así realizó Marañón, hacia la segunda parte de los años cuarenta, diversas excursiones por la provincia de Guadalajara. Estuvo concretamente en Pastrana (donde él mismo hizo fotografías para su primera edición del “Antonio Pérez”), y captó el ambiente y las evoca­ciones de la villa ducal para plasmarlas en su obra; también viajó a Molina, a Cogolludo, a Sigüenza y a Atienza. Antes de ir a Brihuega y a Cifuentes, como hizo, le volvió a pedir a Layna que le enviara los folletos que por entonces había publicado la Casa de Guadalajara sobre esos dos pueblos.

La admiración de Marañón hacia la tierra y la historia de la Alcarria, que finalmente se trocó en fervor por ellas, la debía en gran medida a Layna Serrano. Y D. Gregorio, que además de sabio era honrado y agradecido, estuvo empeñado en que Layna debía ser Académico numerario de la Real de Historia, pues le sobraban motivos y capacidad para ello. El historiador alcarreño siempre se resistió, y no quiso presentar su candidatura al puesto, cuantas veces hubo oportunidad al producirse una vacante en la ilustre corporación. Aducía para ello que no era un “profesional” de la historia, sino un simple aficionado…

Otro vislumbre del aprecio de Marañón por la Alcarria lo tenemos al leer (nunca se pasa uno por leer de nuevo este libro) el “Viaje a la Alcarria” de Camilo José Cela. De todos es sabido que Marañón prologó a Cela con el entusiasmo de quien admira al escritor y a lo que este escribe. Cela se declaró siempre “deudor insolvente de su generosidad y amistad” confesándose devoto del maestro de la Medicina.

Cela admiraba a Marañón de siempre (como hicieron todos los españoles que le conocían y/o sabían quien era) y empezó a tratarle en 1943, cuando el médico escritor regresó a España desde París, donde pasó la Guerra. Marañón apadrinó a Camilo en su llegada al sillón de la Real Academia, y fue el encargado de contestarle en su ceremonia de recepción. En 1957. Recuerda García Marquina, en su revelador libro “Guía del Viaje a la Alcarria” en el que cuenta los entresijos del libro, que Don Gregorio Marañón fue también un gran caminante, según había confesado en Montevideo diez años atrás: «No ha habido para mí descanso comparable ni premio que superase al de recorrer cualquiera de las tierras de España (…) no hay camino de España que yo no haya recorrido». Esa intención, nacida de la curiosidad y del patriotismo más sano, la adquirió también Cela, y en general la han ejecutado la mayoría de los grandes escritores e intelectuales españoles. Lo de ir a Cancún antes que a Astorga es una costumbre moderna, muy en consonancia con el país de pizzas, discotecas y facebooks que se ha ido creando en los últimos tiempos.

No está mal, en fin, que de vez en cuando nos venga a la memoria este tipo de gentes, que han protagonizado en buena medida la historia de España y del pensamiento en nuestro país, como fue D. Gregorio Marañón, y así podamos recordar de nuevo este cariño que el polígrafo madrileño tuvo por nuestra tierra, por las pardas y resecas llanuras de las alca­rrias, por los jugosos y umbríos vallejos de sus costados. Y seguire­mos en la creencia de que, en esta tierra nuestra, está la razón de tantas y tantas cosas que hicieron, para bien o para mal, a España.

Apunte

Quien fue Marañón

Gregorio Marañón y Posadillo. Madrid, 19.V.1887 – Madrid, 27.III.1960. Médico, científico, historiador y humanista. Perteneció a las Reales Academias de la Española, Medicina, Historia, Ciencias Exactas Físicas y Naturales y de Bellas Artes de San Fernando. Fue el cuarto de siete hermanos –uno de ellos, gemelo suyo, murió al nacer–. Durante su infancia y juventud trató a relevantes amigos de su padre que influyeron en su trayectoria vital. Entre ellos destacan José María de Pereda, Marcelino Menéndez Pelayo –que le acompañó en su examen de ingreso escolar–, y Benito Pérez Galdós –de cuya mano conoció la ciudad de Toledo, que fue tan importante en su vida–. En el curso 1902-1903, inició sus estudios de Medicina en la Facultad madrileña de San Carlos, y a partir de entonces se desarrolló una increíble carrera de éxitos, investigaciones y magisterios que le pusieron en la punta de la ciencia médica mundial durante la primera mitad del siglo XX. Además fue escritor de éxito, e investigador de la historia a través de sus personajes y sus patologías. De la Alcarria se ocupó de gentes preclaras, sobre todo de la Éboli, a través de la biografía de Antonio Pérez, “la pasión por el poder”.