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agosto, 2009:

Memorias de los agustinos de Salmerón

La novedad del verano, en Salmerón ha sido la aparición de un libro que trata de la historia de un viejo convento, de un monasterio ya desaparecido, que nació de una leyenda y se lo llevó el olvido. Además de unas Fiestas supercargadas de entretenimientos, la pluma de Pilar Hualde Pascual, auténtica “cronista de la villa” por su constante preocupación de dar a conocerla en todos los foros, ha resucitado en esta ocasión para general conocimiento los avatares de su “Convento de Agustinos de Santa María del Puerto de Salmerón”. Una circunstancia, que, con ese libro en las manos, nos permite hoy rememorar tan interesante peripecia.

Una leyenda medieval

Nace el convento de una leyenda. Dicen, decían, y seguirán diciendo las gentes de Salmerón, que allá en la remota Edad Media muy cerca del pueblo había un paso difícil en el camino que venía de Alcocer, al que llamaban “el Puerto” por ser minúscula elevación y paso estrecho. Y fabulan con la noticia de que en ese lugar vivía un monstruo, o serpiente de regular tamaño, el cual bichejo se apareció un día, saliendo de su cueva, ante un caballero que por aquellas alturas andaba en su caballo. Un buen susto y un deseo de solventar el angustioso trance, le hicieron exclamar así, sin pensárselo dos veces: “Virgen del Puerto, si me sacas de este apuro, te hago un convento, con sus agustinos dentro”.

Lo cierto es que en aquella zona, que está situada a un cuarto de legua (kilómetro y medio) antes de llegar a Salmerón viniendo de Alcocer, existía ya por entonces una ermita dedicada a la Virgen del Puerto, advocación alusiva a ese “paso” en el camino. Y lo que hizo el caballero fue sentenciar un deseo, que era el de poner casa de monjes agustinos, en aquel lugar, por entonces propiedad del infante don Juan Manuel, quien en su política de controlar Castilla entera a base de castillos estratégicamente situados, también lo puso, aunque muy pequeño, en Salmerón.

El caballero protagonista de la leyenda existió realmente, pues se menciona en documentos del siglo XIV. Se llama Gil Martínez y fue Despensero Mayor del infante. Protegido de él, se ve que tuvo por misión custodiar sus bienes y fortaleza en Salmerón. Y de paso fundar este pequeño convento de agustinos, una orden ya protegida del Infante, pues había creado otro convento en otro lugar con castillo de su propiedad: exactamente en la localidad conquense de Castillo de Garcimuñoz.

Fechas y acontecimientos

Aunque se barajan distintas fechas, la autora se decanta por la de 1337 como la fundacional del monasterio de agustinos. En todo caso, y con seguridad, fue en esa primera mitad del siglo XIV, época de dominación sobre la zona del infante don Juan Manuel, sempiterno enemigo de los reyes castellanos.

Por lo que respecta a las noticias realmente históricas, la autora recurre a los datos transmitidos en el siglo XVI por Fray Jerónimo Román en sus Centurias, además de lo que aporta un agustino del siglo XVII en un manuscrito inédito al que ha tenido acceso Pilar Hualde: es Fray Tomás de Herrera quien añade los datos más interesantes. Jerónimo Román nos dice que la casa se fundó en 1342, y que su creador, Gil Martínez, era «criado del Señor Infante don Joan Manuel», el cual «labró la Iglesia, claustros y refitorio y dexó grandes rentas» al convento. También nos informa de que Alfonso XI hizo grandes mercedes al monasterio e incluso afirma que el documento de la fundación del cenobio fue firmada de «sus hijos del rey, y su señor y amo, el Infante don Joan Manuel, y veintisiete obispos, tres maestres de cavallería, y veinticinco grandes del reino». Si así fue realmente, no cabe duda que nació con todos los honores.

Las noticias que aporta Herrera son de toda verosimilitud, pues él mismo fue fraile en el lugar y copió de su mano los mejores documentos. Por poner un ejemplo, recordar el privilegio dado al convento agustino de Salmerón por el rey de Castilla Pedro I el Cruel, firmado en Valladolid en 1351, y que confirmaba la dada en 1337, año de su real fundación, por Alfonso IX, concediendo que los religiosos y criados del convento no tendrían que pagar portazgos y derechos de ninguna cosa que llevasen «como no fuesen las prohibidas por leyes y pragmáticas de todos los Reinos de España».

Con ese cuidado y atención de monarcas, nobles y pueblo, se mantuvo cinco siglos exactos el convento salmeronense, aunque los dos últimos siglos tuvo una vida lánguida, pobre y habitado por dos o tres monjes a lo sumo. Hasta que la Desamortización de Mendizábal forzó su cierre definitivo, y su venta (tierras y edificios, molinos y montes) a particulares.

Se sabe que el convento tuvo estudio de gramática y artes, que se impartían alternativamente por trienios. Su hacienda, compuesta por 3000 reales de renta, 200 fanegas de trigo, 9000 vides y 1500 olivos, permitía el sustento de los doce religiosos que componían la comunidad y con sus bienes se edificó el colegio de San Agustín de la Universidad de Alcalá. Lo cual confirma una vez más la importancia de este singular convento.

La momia de Santa Isabel de Hungría

Desde los inicios de la historia conventual, en el siglo XIV, existe la tradición de que los agustinos de Salmerón custodiaban la reliquia del cuerpo de Santa Isabel de Hungría. Nos cuenta Baltasar Porreño, cura conquense que escribió un manuscrito superinteresante (a la espera de ser editado) sobre los santuarios de la tierra de Cuenca, que al ir a levantar el edificio de la sacristía se excavó el suelo y aparecieron unos huesos. Todos aseguraron que eran los de Santa Isabel. Verdadera fe la de nuestros antepasados, que no pararon su creencia ante dificultades topocronológicas de envergadura, como es el hecho de que esta mujer, caritativa como pocas, había vivido en el siglo anterior, en el Hesse alemán, y siendo hija de su  landgrave Andrés, murió en olor de santidad y fue enterrada en la catedral de Marburg. Me consta personalmente que está allí, porque hace exactamente tres días que he visitado esa ciudad, y admirado la iglesia gótica en la que todo se centra en la memoria de Santa Isabel de Hungría.

Pero los agustinos de Salmerón mantuvieron, en este remoto rincón de Castilla, esa ilusión que sin duda les reportó prestigio, y, sobre todo, algunos dineros nunca despreciables.

Algunos frailes portentosos

Hubo en el convento de Salmerón dos frailes que han quedado reflejados, en sus ires y venires, en la crónica de la Orden. El primero fue fray Alonso Carrillo, y su historia se lee en un legajo del Tribunal de la Inquisición de Cuenca. Fue denunciado al Santo Oficio por dos frailes compañeros, a raiz de un disputa teológica surgida en el refectorio, según comían. El acusado defendía que los Sacramentos deban gracia “ex opere operato” a quienes no tuviesen pecado, y los compañeros decían que solo era en forma “ex opere operantis” como podía adquirirse la gracia. El Tribunal de Cuenca, tras leer las acusaciones y considerar el caso, lo archivó escribiendo al final del legajo: “Nihil”, que era la palabra que hacía descansar cualquier conciencia.

Otro curioso caso fue el del lego limosnero del convento, fray Francisco de Medina, que un buen día amaneció endemoniado. A pesar de todos los esfuerzos de compañeros y superiores, no se pudo desendemoniar. Esto ocurrió cuando se le llevó de visita a la iglesia de Villalba del Rey, y ante la imagen de la Virgen de los Portentos se liberó del Maligno.

Un edificio volatilizado

Hoy solo queda, del convento agustino de Salmerón, la ermita u oratorio abierto de Nuestra Señora del Puerto, sobre el valle minúsculo del arroyo de Los Santos. Yo llegué a ver y fotografiar, en 1972, lo que entonces restaba de monasterio agustino. Ha sido hacia el 2000 que todo ha desaparecido: el propietario del terreno creyó conveniente eliminar ese montón de ruinas.

El conjunto monasterial de Salmerón, se encontraba en el arroyo de Los Santos, junto a lo que hoy es oratorio de la Virgen del Puerto. Constaba de un amplio templo (lleno de retablos, cuadros, cortinajes y orfebrerías), y en su presbiterio el enterramiento del caballero Gil Martínez, su fundador en la Edad Media. Junto a la iglesia se alzaba el edificio que incluia refectorio, claustro, cellería y celdas. Un poco alejado, sobre el cerro, estaba la Casa de los Frailes, de dos plantas y un gran soportal a modo de zaguán, que aguantó en pie hasta 1970 aproximadamente. Los frailes tenían, además, la posesión y uso de tres molinos, 2 harineros y uno de aceite. Uno de los capítulos del libro de Hualde aporta la descripción minuciosa de las pertenencias artísticas de este monasterio, del que hoy solo podemos hablar en pretérito.

Apunte

Para saber más

El libro de Pilar Hualde Pascual se titula “Historia del Convento de Agustinos de Santa María del Puerto de Salmerón (1337-1836) y ha sido editado por AACHE como número 21 de su colección “Scripta Academiae”. Con 144 páginas y profusión de imágenes antiguas y modernas, en él desarrolla a lo largo de 10 breves capítulos las andanzas de esta institución religiosa, con la descripción de su edificio y otras anécdotas y percances, completándose con un área de Apéndices Documentales, breves y curiosos.

La autora es doctora en Filología Clásica y tiene en su haber multitud de escritos y libros sobre temas de su especialidad. Es profesora en la Universidad Autónoma de Madrid, y firmó también el libro “Salmerón, historia e imagen” editado por Bornova en 2006, así como es la encargada de la dirección de temas de la web local, que puede consultarse en www.villadesalmeron.com.

Historia de la caza en Guadalajara

 

Desde los tiempos más remotos se ha ocupado el hombre a la caza de los animales, que en unos casos, los más primitivos, eran de crucial importancia para su alimentación y supervivencia, y en otros, ya más modernos, de mero pasatiempo. En la que hoy es la provincia de Guadalajara han quedado huellas de esta actividad cazadora del hombre, bien de tipo arqueológico, artístico e histórico. Espigando entre las más curiosas de estas noticias, y con objeto de dar en esta ocasión una panorámica anecdótica de la actividad cinegética de los pobladores de esta tierra, van aquí breves noticias de lo que podría ser llamado, e incluso acometida por quien guste del tema, la historia de la caza en Guadalajara.

Ya en los tiempos más remotos había una gran cantidad de seres vivos, en estas latitudes. En la zona norte de la provincia, en la región de Campisábalos y Villacadima se han encontrado algunos huesos de jirafa y mamut en un afloramiento potiense, lo que significa la existencia de estos grandes animales que podrían ser cazados por los pobladores del territorio, aunque esto es poco probable.

Más modernos son los vestigios, incluso gráficos, que sobre el tema de la caza encontramos en Riba de Saelices, concretamente en la Cueva de los Casares. En sus paredes se ven grabados multitud de animales, entre ellos toros, ciervos, caballos, leonas, pájaros y muchos otros, que luego intentarían cazar los artistas que los que los habían dibujado. Incluso existe un grabado que se ha querido interpretar como un hombre cogiendo peces con la mano, lo que podría ser catalogado como “caza de río”. En las recientes excavaciones realizadas en dicha cueva, se han encontrado abundantes huesos de especies de animales como el conejo, la cabra montés, el lobo y el oso incuso que los hombres de hace muchos miles de años cazaban y comían.

En tiempos ya más modernos, como pueden ser los de la baja Edad Media, poseemos datos de la caza realizada en ellos: era una de las más practicadas la del jabalí, que por entonces daba una gran cantidad de ejemplares en la tierra de Guadalajara. Es concretamente en un edificio del siglo XIII donde aparece representada la caza de este fiero animal. En el friso horizontal, puesto en la pared exterior de la capilla de San Galindo, en Campisábalos, se ve la lucha de un hombre a pie que, ayudado por dos perros, ataca e hiere a un gran jabalí. Es el mismo tema que aparece en un capital de la ermita de Tiermes, en Soria.

De otras especies más extrañas en nuestra provincia, queda constancia por una antigua relación del monasterio de Sopetrán. En el siglo XI se dedicaba a la caza del oso el rey Alfonso VI de Castilla, en los grandes bosques que se extendían entre este monasterio y la villa de Torija. Dice la leyenda que fue atacado por uno de estos plantígrados, y al implorar el auxilio de la Virgen de Sopetrán, milagrosamente fue libre del peligro.

Es curioso cómo fueron los frailes los que, en tiempos remotos de la Edad Media, se dedicaban con verdadera asiduidad al deporte cinegético. Antiguas crónicas nos dicen cómo el convento franciscano de Molina de Aragón, fundado por doña Blanca hacia 1293, “llegó a ser tan rico, que los religiosos vivían como caballeros, y el guardián… tenía caballos y perros de caza, y alcones para su regalo”. Y en un documento del siglo XV referente al monasterio jerónimo de Villaviciosa, vemos como una de las formas de tomar posesión de un terreno adquirido por parte de los frailes, es pescar en el río Tajuña algunos peces, y cazar algunas piezas de monte. En el mismo siglo, consta del señor del castillo de Anguix. Don Juan Carrillo, que entretenía muy a menudo sus soledades ocupándose de cazar por aquellos bosques inmensos que bordeaban, mucho más abundantes que hoy, el río Tajo.

Quienes, lógicamente, más lustre dieron al ejercicio de la caza en Guadalajara, fueron los duques del Infantado y en su numerosa corte mendocina de familiares y allegados, que para matar tantas horas de inactividad y aburrimiento en su ciudad castellana, se dedicaban a este deporte con un impresionante despliegue de medios. Del segundo duque, don Iñigo López de Mendoza, constructor del famosos palacio gótico arriacense, se hacen lenguas los antiguos cronistas ante la fastuosidad de sus armaduras, las jaurías de perros cazadores y la nutrida colección de halcones, neblíes, azore y otras aves rapaces amaestradas para este noble arte de la cetrería. También su hijo don Diego, y su nieto el cuarto duque fueron muy amantes de la caza por sus posesiones. Cuando en 1525 vino a Guadalajara el rey Francisco I de Francia, prisionero del César Carlos, el tercer duque le halagó durante varios días, regalándole al final abundantes arneses de guerra y caza, caballos y un lucido plantel de aves de cetrería. El mismo don Iñigo López, quinto duque que introdujo varias reformas en su palacio, fió la decoración pictórica de algunas de sus salas al florentino Rómulo Cincinato, y aún dispuso que éste realizara la hoy llamada “Sala de Diana”, que es un verdadero documento de estudio acerca del arte de la caza en el siglo XVI. Entre varios grandes paneles con escenas mitológicas de los hermanos Diana y Apolo, se distinguen muchas y curiosas secuencias de caza: la del jabalí, en el acto de ser atacado por criados a pie y la jauría canina, mientras los señores contemplan y esperan la carrera del animal montados en sus caballos. También vemos la caza del venado y aún otras de la garza y otras aves de gran tamaño, sin olvidar siquiera la de la perdiz. Muchos de estos animales de caza se representan fielmente tratados en cenefas y frisos. El tema, como se ve, es inagotable y lleno de cordiales evocaciones de pasadas épocas. Hoy el deporte de lacaza ha dejado de ser patrimonio de las altas clases, y cabe en el programa de descanso y esparcimiento de cualquier ciudadano. Esto es también un hecho histórico a tener en cuenta.

Sorpresas del románico alcarreño: Cereceda

La mañana de verano da todavía para un viaje sorpresivo, un viaje que no estaba en el programa: da para una subida hasta la altura de Cereceda, pueblecito alcarreño colgado entre huertos y arboledas de las empinadas laderas que abrigan el valle del arroyo de La Puerta. Las antaño espesas olmedas han quedado hoy un tanto diezmadas por la grafiosis. Los incendios de hace unos veranos, especialmente la voraz hoguera que se originó en Pareja y se comió 2.000 hectáreas de pinar, han amenazado y descolorido el paisaje vegetal del entorno. El sol, sin embargo, todavía pinta las terreras con el oro luminoso de la mañana. El caserío, tras las curvas pronunciadas, aparece tierno y poco a poco restaurado. Vivo, sin duda, este pueblo que hace poco sólo prometía ruina y abandono.

Iglesia románica de Cereceda en la Alcarria. La portada principal.

Cereceda es lugar apartado de todos los caminos, situado en alto, pero no en meseta, abrigado de carrascales, de escuetas olmedas, de olivos dispersos y nubes próximas: restaurado casa a casa, por sus propios habitantes, hoy muestra la esencia de la vieja aldea alcarreña, alegre en el verano, sonriente y multicolor, con partidas de cartas junto a la fuente, y ruidos de niños y radiocasetes por entre las callejuelas empinadas.

Los viajeros se admiran de la plaza, con su renovado ayuntamiento, sus casas de siempre, coloreadas y limpias. Se retratan junto a la fuente, porque parece que contagia vida y rumor. Y vuelven a ver la iglesia, que aunque ya saben románica, siempre depara sorpresas. Especialmente después de unas breves obras de consolidación y limpieza que se hicieron hace algunos años, en otro empujón al bloque monumental tan singular del románico alcarreño.

Viendo la iglesia

La iglesia parroquial de Cereceda está situada en el centro mismo del pueblo, cerrando con sus flancos de poniente y mediodía una buena parte de la plaza mayor del lugar, remoto y alto entre las barrancadas que de la Alcarria bajan hacia el profundo valle del arroyo de La Solana.

Es un ejemplar de arquitectura románica, cuya construcción podemos remontar, como el general de estas edificaciones en esta tierra, a la segunda mitad del siglo XII ó incluso la primera del XIII. Trátase de un edificio que posee una sola nave, con un presbiterio recto y sobreelevado por un par de escalones sobre la nave, sumado de un ábside semicircular. La cubierta es a dos aguas, y el presbiterio se cierra con una bóveda de cañón, algo apuntada, mientras el ábside lo hace al modo clásico con otra bóveda de cuarto de esfera, ambas en bien tallada piedra de sillería. Sobre pilastras molduradas asienta el gran arco triunfal que sirve de paso de la nave al presbiterio. Es, en resumen, un bonito templo, fielmente conservado en su interior, que evoca sin dificultad su estructura original.

En el exterior destacan varios elementos. Uno es la espadaña, alzada a los pies, con su estructura de remate triangular y arriba del todo la cruz de hierro que parece amenazar a los viajeros con caer sobre ellos y ensartarlos para siempre. Otro es el ábside, de sillarejo, partido en tres tramos por columnillas adosadas que ascienden hasta la cornisa, y rematan en capiteles sencillos. En cada uno de esos tres tramos, el ábside se ilumina (es un decir) por sendas ventanas aspilleradas, muy estrechas, que tienen arcos de medio punto sustentados por dos columnas enanas y sus respectivos capiteles.

Todo el circuito del templo ofrece cornisa de piedra apoyada en canecillos. Aquí la variedad de estos elementos es tal que podemos decir no existe otra iglesia en la provincia, a excepción de la catedral seguntina, con tal riqueza de elementos: hay cabezas de animales, rostros humanos, figuras completas, roleos, frutos, vegetales diversos, y formas geométricas, en una riqueza asombrosa. Se quedan los viajeros mirándolos, uno a uno, y siempre sorprende algún detalle, alguna forma rara.

Esa misma cornisa sigue por la cara norte del templo, en la que aparece la sorpresa de una portada románica, que hasta no hace mucho estuvo tapiada y oculta por completo a todas las miradas. Se abre esta puerta románica en la cara norte del templo, y ofrece sus molduras simples, una de ellas adornada con los clásicos dientes de león. Llama la atención sobre todo los capiteles que sostienen esas arquivoltas, y a su vez rematan las columnas: el de la izquierda (del espectador) representa un sagitario clásico (un ser mitológico, al que Homero hace descender de las montañas tesalias), y que compone un cuerpo híbrido, mitad humano, mitad caballo, que además lleva en su mano izquierda un arco del que teóricamente surgen flechas. Flechas que van a parar a un ser monstruoso (quizás un león, o un perro alano) que hay junto a él. La factura de este capitel es de los más sencillo y burdo que cabe ver en el románico castellano. Pero está ahí, tiene ocho siglos encima, y en cualquier caso es un nuevo elemento iconográfico que añadir al románico castellano.

Lo mismo que lo que nos presenta el capitel de la derecha. Tan burdo como el anterior, y aún más destrozado que él, ofrece la imagen de una mujer, vista de frente, con sus brazos extendidos, sujetando en cada uno de ellos un pez. Es una tipología muy utilizada en el románico español, y en la Alcarria existe otro ejemplo muy conocido en uno de los capiteles de Pinilla de Jadraque. También nace de las leyendas mitológicas que se difunden en la Edad Media, moralizando los asuntos clásicos del mundo griego: el centauro, que es deforme y comulga de las materias del animal y el hombre, rememora el pecado, que parece fuerte, y bello, pero que lleva al hombre espiritual a su perdición, por querer ser más de lo que en realidad. La otra imagen es una variante de la sirena, de la que el románico ofrece las dos formas: cuerpo de mujer y cola de pescado, o mujer entera con sendos pescados en sus manos. De la Odisea nace, y lleva aparejada también esa imagen de pecado, de sugestión por los sentidos, de debilitamiento del alma que debe estar siempre alerta y pensante. Poner esos dos elementos en los capiteles de la entrada norte de la iglesia de Cereceda es, sin duda, una apuesta por los modelos más difundidos y profundos del románico europeo. Aunque sea haga, en este caso, con los elementos y las formas más rudimentarias que pueda imaginarse.

La atención de los viajeros se detiene, finalmente, y como siempre ocurre en esta iglesia románica, en la portada, el acceso cobijado a este templo remoto y abierto. La portada principal del templo de Cereceda se ampara bajo un pórtico grande y ahora bien mantenido sobre pilastras firmes de madera. Su estructura, elaborada y minuciosa, se incluye dentro de un cuerpo levemente saliente del muro meridional del templo. Se enmarca por dos grandes haces de columnas, que desde el pavimento suben hasta el tejado del pórtico, rematando en simple moldura. La bocina de esta portada se forma por cuatro arquivoltas de medio punto, sencillamente estructuradas con biseles y molduras, excepto la más interna, que ofrece motivos geométricos en zig-zag. Apoyan sobre una cenefa que corre como imposta sobre la fachada, y ésta a su vez sobre un bloque de capiteles que coronan las pilastras que escoltan el vano. Entre esos capiteles, sumamente maltratados por las gentes y los siglos, y con elementos de la vegetación simple medieval, aparece uno con figuras de todo punto irreconocibles, superadas por esos elementos vegetales en los que predomina el acanto.

En el interior de la arquería, sobre el dintel de la entrada, se alza un tímpano decorado, el único que encontramos en todo el románico de Guadalajara. Le faltan algunas piezas y las tallas que en él existen son tan imperfectas, y han sufrido tanto los rigores de la edad, que apenas se pueden identificar los temas que le ocupan. El nivel inferior está cuajado de figuras alineadas, muy simples, que nos hacen pensar en un grupo de seres humanos, de almas en espera de juicio. El nivel superior presenta dos figuras de ángeles que enmarcaban a otra figura central, posiblemente más grande, y hoy desaparecida, que podría ser Cristo en Majestad. Estamos sin duda ante una teofanía, quizás el Juicio Final o una representación escatológica imprecisa que supone un verdadero hito, por su excepcionalidad, dentro del estilo románico de la provincia de Guadalajara. Lástima que se perdieran algunos de sus elementos, en un tiempo impreciso y antiguo, y hoy solo podamos evocarlo e imaginarlo. En todo caso, una pieza única y por lo tanto admirable.

Apunte

Otros elementos románicos

Cercanos a Cereceda, el viajero que se anime puede encontrar otros elementos románicos de interés. Sin ir muy lejos (bajar de nuevo al arroyo de La Solana y tras dejar La Puerta a un lado, llegar a Viana) nos encontramos con la estupenda iglesia románica de Viana de Mondéjar, empinada en el cerro agrio, defendido de antigua muralla fenecida, y mostrando espléndida la portada de arquerías semicirculares con capiteles tallados.

No lejos de allí, cruzando la meseta que separa el valle del Tajo del Guadiela, bajamos a Millana, donde se admira su portalada impresionante, grande como catedral, de numerosas arquivoltas y múltiples capiteles cuajados de figuras antropomorfas, amén de las metopas que cubren el alero, alternando canecillos con ellas.

Finalmente, y para volverse ya a Guadalajara desde allí, hacerlo por Alcocer, donde siempre terminará el viajero admirando, entre otras cosas, su enorme iglesia en la que tres portadas dan idea del mejor románico de transición de la Alcarria, con arcos redondos o apuntados, y múltiples capiteles que en este caso llevan tallados en profusión los hace de las verduras que perfuman, en pétrea dignidad y añeja mirada, el ámbito del románico alcarreño.

Sigüenza en la meta: una ruta por valles y cañadas

La ciudad de Sigüenza es uno de los más señalados elementos que orientan el turismo en la provincia de Guadalajara. En la última edición de la Feria Internacional de Turismo que el pasado invierno se celebraba en Madrid, la ciudad de Sigüenza fue de las que más atención de agencias, operadores y visitantes recibió. Ese aumento en el interés por conocer lugar tan magníficamente conservado conforme a los rasgos del puro medievo, se va concretando semana a semana en la cantidad de viajeros que hasta su altura llegan. Sigüenza debe ser visitada con detenimiento, tratando de saborear el encanto de sus cuestudas y estrechas calles, o la belleza soberbia de sus monumentos religiosos. Pero también deben visitarse algunos enclaves que en su torno existen, y que al final de estas líneas mencionaremos.

En cualquier caso, estos días en torno a la festividad de San Roque, en la Sigüenza vive con inusitada alegría sus fiestas mayores, son el mejor motivo para acercarse hasta allí. A su tradicional encanto une estas jornadas el sonido y la luz de unas fiestas que sin caer en el “urbanismo” completo, sobrepasan el mero aldeanismo y se hacen merecedoras de correr sus calles sin temor al tiempo.

Memoria y silueta de Sigüenza

En el alto valle del Henares, sobre una ladera de suave declive, entre cerros cuajados de recuerdos celtibéricos, se sitúa esta que fue la “Ciudad de los Obispos” pues tras su reconquista en el año 1023 por don Bernardo de Agen, el Rey de Castilla la entregó en señorío a sus regidores eclesiásticos, teniendo durante siglos la hegemonía de almas y vidas.

Este señorío eclesiástico hizo que se levantaran obras de arte por todos los rincones. La ciudad ofrece un aspecto amurallado imponente. Algunas puertas de acceso quedan, con arcos semicirculares, protegidas de fuertes cubos adosados: el portal del Hierro, la Puerta del Sol, etc. En lo alto del cuestarrón, presidiéndolo todo, está el Castillo, hoy convertido en Parador Nacional de Turismo, donde se conserva íntegro el recuerdo de los Obispos, pues esta era su residencia habitual, el lugar donde administraban la justicia, etc.

A lo largo del casco antiguo, en cuesta, se encuentran las calles llamadas Travesañas, ocupadas de edificaciones tradicionales, y de algunos palacios, como el de los Bedmar, del siglo XV, o iglesias románicas, como la de Santiago y San Vicente, con portadas de arcos semicirculares, y esta última con un interior sobrio del estilo, y un gran Cristo gótico.

La Catedral es el edificio más señalado de Sigüenza, Su exterior tiene aspecto militar, con torres cuadradas escoltando el costado occidental. Portadas románicas y en el interior tres naves con ancho crucero y deambulatorio posterior. Son multitud las obras de arte que deben en su interior ser admiradas: sepulcros de eclesiásticos y caballeros; altares con retablos góticos; escudos policromados y el gran claustro con arcadas, rejas y numerosas capillas donde reposa la nobleza de la ciudad. Pero es sobre todo la escultura funeraria del caballero Martín Vázquez de Arce, más conocida como “el Doncel” la que despierta toda la admiración y orienta la visita. Su serena estancia, se vestimenta de caballero medieval, y la elegancia de actitud y talla, la hacen sin duda quedar en el primer lugar de la escultura mundial. También es imprescindible visitar la “Sacristía de las Cabezas” diseñada por Alonso de Covarrubias, que ofrece en su bóveda de cañón todo un poblado mundo con más de 300 medallones en los que aparecen tallados personajes de gran fuerza y expresividad.

Pero Sigüenza ofrece todavía otros elementos para la visita: así el museo de Arte Antiguo situado en la misma plaza de la Catedral, con 14 salas llenas de obras muebles de arte, retablos, pinturas, etc. La Plaza Mayor es, asímismo, una joya del urbanismo renacentista, con el Ayuntamiento en un extremo, y la catedral en el otro, escoltando sus laterales las casas de los canónigos, soportaladas. Además reviste interés el barrio de San Roque, construido en el siglo XVIII en un homogéneo estilo barroco, y al final, en lo más hondo del valle, la Alameda que llena el ambiente con la sombra de sus grandes árboles y el frescor de la cercanía del río.

Viaje a las cercanías de Sigüenza

En los alrededores de la Ciudad Mitrada se encuentran múltiples lugares llenos de encanto e interés. No sólo desde el punto de vista paisajístico, también con la carga densa de lo monumental, de lo histórico. Es quizás el más señalado ejemplo la villa de Palazuelos, completamente amurallada y presidida por su castillo, obra todo ello del siglo XV. En torno a ella, mediante un paseo reposado y admirativo, podremos encontrar los ecos de un tiempo perenne y aquí como resonante. Parece increíble que de una forma tan completa haya llegado hasta nuestros días la amurallada presencia de esta villa mendocina.

Tampoco debe dejarse de admirar el enclave de Pelegrina, donde los obispos tenían su residencia de verano, con un enorme castillo presidiendo el estrecho valle del río Dulce, encajonado entre roquedales y cascadas.

También son de interés los lugares de Guijosa (con otro castillo), Cubillas, con una iglesia románica, e Imón, con las instalaciones de sus medievales salinas íntegramente conservadas. Todo un repertorio único y variado de ofertas monumentales y paisajísticas que justifican el viaje y la estancia. Y que en estos días de fiesta continua, pueden ser el mejor contrapunto a pasar las horas de la media-mañana, esperando que lleguen las de altos vuelos y alegría desbordante por la noche seguntina.

Apunte

Sigüenza, ciudad medieval

Cuando va ya (acaba de aparecer) por la 5ª edición un libro, es porque mucha gente ha confiado en él para tenerle de seguro guía por Sigüenza. Eso es lo que ocurre con el libro que pudiera convertirse en aliado seguro de quienes visitan, por primera vez, o en veces repetidas, la Ciudad del Doncel. Se titulad “Sigüenza, ciudad medieval”, y se lo puso Herrera Casado hace ahora 21 años el turismo apuntaba tímidamente hacia los altos cerros de esta vieja Celtiberia.

En él aparece breve la historia de la ciudad, así como el recuerdo de sus obispos, de su Universidad, de su urbanismo firme. Y luego se van desgranando los monumentos, desde la catedral, cuajado de joyas y brillos, hasta las mínimas plazuelas, o los piramidones granados de la Alameda. Un compañero seguro, silencioso, válido siempre, para los andarines.

Ruta de la Sierra Negra: del Ocejón a Tejera Negra

Otra propuesta de viaje hacemos hoy a nuestros lectores. Esta vez se orientan nuestros pasos hacia las grises alturas del Ocejón y sus contornos. Por la orilla derecha del valle del Henares van abocando multitud de ríos que proceden de las altas serranías que limitan las dos Castillas: la vieja de Soria y la nueva de Guadalajara. En esas sierras, formando parte del gran Sistema de la Somosierra, y con alturas especialmente destacadas como el Pico del Lobo, el Tres Provincias, el Ocejón, el Santo Alto Rey y el Pico de Grado, se esconden una serie numerosa de pueblos interesantes, paisajes espectaculares, y caminos que están pidiendo ser recorridos, a pie o sobre el motor que cada uno se procure, por cuantos buscan en la Naturaleza ese gozo del silencio, de la paz y de la autenticidad.

                

La Sierra Negra de Guadalajara tiene todos esos elementos en grado sumo. Vamos a verlos.

Hay que considerar que la forma idónea de arribar a esta comarca es, fundamentalmente, a través de tres núcleos históricos que abren sus caminos hasta lo más recóndito del espacio serrano. De una parte es Cogolludo, donde destaca sobre el resto de sus edificios el gran palacio de los duques de Medinaceli, obra espectacular del Renacimiento español. Es preciso detenerse un par de horas aquí, en Cogolludo, y admirar no sólo la fachada, sino el interior del palacio ducal: el patio, que si bien sólo ofrece el esqueleto, este lo tiene limpio y espectacularmente bello. O la gran chimenea de labor mudéjar, una de las más bonitas de Castilla. También en Cogolludo puede el viajero entretenerse en admirar la ahora recién restaurada iglesia de Santa María, joya del Renacimiento. O buscar entre la fronda que las oculta, las ruinas del que fuera convento de frailes carmelitas, con su típica fachada de la Orden.

Otra de las llaves de la sierra es Tamajón, abrigada de encinares y bosques múltiples, al pie mismo del pico Ocejón. Allí debemos pararnos unos minutos ante la bella estampa de su iglesia parroquial, que fue románica en sus primeros días, y luego tenazmente restaurada y ampliada, hasta que ahora nos ofrece su mezcolanza de estilos, pero siempre con la grandiosidad de lo perfecto. No olvidar echar un vistazo a la fachada renaciente del que fuera palacio de los Mendoza, hoy dedicado a remozado Ayuntamiento. Muy cerca del pueblo, en dirección a Majaelrayo (se puede ir andando) está la “Ciudad Encantada” que es un espacio reducido pero variado, con rocas en mil formas, cavernas hondas, husos pronunciados, y mucha sorpresa entre las formaciones rocosas.

Y finalmente es Atienza, esa villa medieval y realenga que de su antiguo esplendor guarda aún el soberbio castillo, las murallas completas abiertas de trecho en trecho por portalones, y una polimorfa serie de templos de estilo románico en los que brillan capiteles, ábsides, cristos góticos, espadañas y un Museo único en la iglesia de San Gil. Las plazas del Trigo y de España son otros elementos que dan carácter de castellanía pura a esta villa. Aunque no es de este lugar la tarea de pararse a demostrar con detenimiento las razones que le caben a Atienza para ser denominada *cumbre del románico+, no podemos olvidar cómo todavía son cinco los templos de este estilo que pueden visitarse, con ábsides opulentos (la Santísima Trinidad), galerías porticadas (San Bartolomé), Iconografía curiosísima a base de saltimbanquis medievales (Santa María del Val) ó portadas fastuosas repletas a cientos de figuras como la de Santa María del Rey. En San Gil, ya lo he dicho, lo mejor es el Museo de Arte que se cobija en su interior.

Ya por los caminos que se marcan en los mapas, debe ascenderse desde Cogolludo a los enclaves que contornean el río Sorbe: así el pueblecito de Muriel, con su cercana “cueva del Gorgocil” y la emoción de encontrar abundantes fósiles en todo su término. También puede subirse, a través de buenos caminos ya asfaltados hasta Umbralejo, pueblo abandonado que hoy se ocupa por colonias infantiles que le restauran en toda su pureza. Y aún pasar, desde La Huerce y Valdepinillos, a través del *alto del Campanario+, a la zona de pinares de Galve de Sorbe, siempre rodeados de altos picos pizarrosos, tapizados de musgos y de brezos.

Es desde Tamajón que pueden realizarse las mejores excursiones en torno a la zona del Ocejón. La carretera se introduce, pasada la ermita de Nuestra Señora de los Enebrales, con su puerta siempre abierta al caminante, hacia la *sierra negra+ propiamente dicha. En ella, cubierto el campo de jarales, y el entorno surcado de rientes arroyejos, van apareciendo los pueblos negros que dan nombre al territorio: los caseríos mínimos de Campillejo,  del Espinar, de Roblelacasa, de Campillo de Ranas y de Robleluengo. Todos ellos ofrecen enormes edificios de vivienda y almacén construidos con piedra oscura de gneis y grandes lajas de pizarra negra con la que forman sus tejados.

Desde Robleluengo puede hacerse una excursión a pie, no larga, que llega hasta la Cascada del Aljibe, uno de esos espacios incógnitos, remotos y sorprendentes de nuestra Sierra.

Finalmente, es Majaelrayo donde se para, se puede comer, y se inicia la ascensión a pie hasta el alto pico del Ocejón, con sus 2.068 metros de altura, todo un reto para montañeros y excursionistas. Aún desde aquí puede seguirse, por una carretera abierta recientemente, hacia la altura del puerto de la Quesera y pasar así a la provincia de Segovia, bajando hasta Riaza, entre paisajes de grandiosidad impensada.

Desde Tamajón debe alcanzarse, en el rato que se tenga libre, la parte oriental del mpico Ocejón. Tras sobrepasar Almiruete, riente siempre entre los múltiples cursos de agua que bajan regándole desde la alturas, a través de fresnedas y rebollares se llega a Palancares, hoy poco a poco remozado, y finalmente a Valverde de los Arroyos, que es para muchos el “pueblo insignia” de esta Sierra Negra de Guadalajara. En Valverde se puede contemplar, en toda su pureza, la situación increíble de todo un pueblo colgando de la montaña, verde su paisaje todos los meses del año, fresca y agradable la atmósfera que le tapiza, y con una estampa demasiado hermosas para ser real: las casas han sido rehabilitadas, conservando su primitiva estampa. La plaza con su juego de bolos; la iglesia tan rural y primitiva; las eras donde la Octava del Corpus resuena gaitas y tamboriles en rito mágico y ancestral. La simpatía y acogimiento de sus gentes añade un elemento por el que toda slas rozones están a favor de viajar hasta Valverde mañana mismo.

Desde Atienza puede llegarse así mismo a la zona de la serranía que ronda la montaña del Santo Alto Rey. Bien desde Albendiego y los Condemios, por el norte, o desde Bustares por el sur, caminos en buen estado llevan hasta la cumbre misma de esta montaña sagrada, en cuya cima se visita una ermita construída originalmente, allá en la remota Edad Media, por los templarios. Pueblos como Prádena de Atienza y Gascueña de Bornova, insertos en paisajes de un perenne verdor, rodeados por todas partes de arroyos y bosquedales, ofrecen también la grandiosidad de su arquitectura popular inmaculada, todos sus edificios de piedra y pizarra, con curiosas costumbres que hay que saber degustar.

En definitiva, una zona apasionante del centro de España que nadie que ame la Naturaleza y el aire libre, la pureza de los pueblos vírgenes y la emoción de descubrir soledades, debe perderse.

Apunte

La guía imprescindible

El viajero que quiera llevar toda la información en la mano, para no perderse, y aprovechar hasta el último de los rincones que se pueden visitar, debe hacerse con la “Guía de la Arquitectura Negra de Guadalajara” que escribieron Tomás Nieto y Esther Alegre hace unos años, y con el que consiguieron el Premio literario “Tierra de Guadalajara”.

Es un libro de 144 páginas, muy ilustrado con planos, esquemas, alzados, y fotografías, que ayudan a reconocer los edificios que se visitan, y dan idea a quien planifica la excursión cuales son los sitios mejor a visitar.

La Editorial Mediterráneo ha sacado hace poco otro estupendo libro, titulado así, “Los Pueblos Negros”, que ha escrito Raúl Conde Suárez, y en el que acompañado de grandes fotografías explica la razón de ser uniforme de esta comarca, y su valor etnográfico y arquitectónico.